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Ni libre ni ocupado Ni libre ni ocupado

Elegido Mejor Blog 2006.Ya lo dijo Descartes: ¡Taxi!, luego existo...

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A mis treinta y cinco

Pasé la infancia jugando con coches. Me tiraba al suelo y arrastraba coches por los pasillos de casa. Mi madre me cosía rodilleras en los pantalones porque los acababa destrozando con el roce. O si eran cortos me hacía heridas en las rodillas, dejando incluso rastros de sangre en el parqué. Pero el dolor que sentía nunca fue un impedimento. Siempre merecía la pena; aparte de arrastrar coches por el suelo también me imaginaba al volante, a dos mil kilómetros de allí, huyendo de algo. Me tiré toda mi infancia jugando con coches. Y huyendo.

Pasaron los años, crecí por fuera, dejaron de sangrarme las rodillas, me saqué el carnet y acabé de taxista. ¿Cumplí mi sueño? Sí, pero no. O al menos no es tan sencillo porque ahora, lejos de verme al fin manejando mi propio coche, me imagino de niño, arrastrando desde arriba el mismo taxi que ahora conduzco. Como si realmente no fuera yo el que conduce, sino aquel niño a escala 35:1 siempre detrás de mí, arrodillado en las mismas calles que transito. Arrastrándome al antojo del niño que antes fui. Y huyendo.

De niño no cobraba ningún dinero arrastrando coches. Sin embargo ahora, todo lo que gano me lo gasto en psiquiatras. Sigo huyendo de lo mismo pero sigo sin saber de qué. O de quién. A mis treinta y cinco.

Frágil en la ciudad de las piedras

Me quiebran de ternura los miedicas, aquellos que suben a mi taxi y viajan y bajan y viven siempre avergonzados, temerosos,  inseguros, frágiles. Aquellos que aguantan la respiración por no molestar. Actores secundarios de su propia peli.

Nada más entrar me indican su destino con voz de jarrón milenario y luego hunden el cuerpo en su asiento (o en su mundo), bien juntas las piernas, y las manos posadas como plumas sobre las rodillas, pegadito siempre su cuerpo a la puerta (por si tuvieran que huir, de sí mismos tal vez) mientras miran ojipláticos la calle, las luces, los coches y las luces y la calle. Daría mi licencia por saber en qué piensan.

Parecen estar bien, sentirse bien no tanto por su carcasa o por sus gestos como por su forma de entender la soledad en terreno hostil. Se sienten observados aunque nadie les mire, intranquilos pero bien; creen que estorban pero son importantes. Para mí lo son. Su terrible sensibilidad los convierte en esenciales (al contrario que los prescindibles gallitos; los legionarios de la vida misma, los del golpe en el pecho y el dedo en el ojo).

Me inquieta su misma supervivencia. Cómo son capaces de subsistir en una ciudad tan despiadada y cruel como ésta. Cómo pueden sus rostros mostrar temor delante de esa gran manada de lobos salvajes que es Madrid, capital del tonto el último y el sálvese quien pueda.

Quisiera aprender de ellos, pero no hablan. Nunca hablan en los taxis. Viajan porque tienen que viajar pero siempre con su disfraz de aire. ¿O tal vez coraza?

Se armó el Belén

A las puertas de El Corte Inglés de Goya me para un hombre disfrazado de pastor (lo juro):

– A Santa María de la Cabeza, por favor.

Acciono el taxímetro y emprendemos la marcha en un silencio que apenas dura dos semáforos. Corroído por la curiosidad, no puedo evitar preguntarle:

– ¿Participa en algún Belén viviente?

– Mis cojones. Participo en mis cojones.

– ¿Perdón?

– Disculpe. Perdóneme. Es que ando calentito…

– ¿Problemas?

– Esta tarde íbamos a organizar en la empresa un Belén viviente para los hijos de los empleados. Pero justo en el último momento, a las siete menos cinco, va el jefe y nos reune a unos cuantos para decirnos que la empresa está al borde mismo de la suspensión de pagos y que no le queda más remedio que prescindir de nosotros, ¿te lo puedes creer? ¡Nos ha echado a la puta calle!

– ¡Y el día antes de Noche Buena! ¡Qué putada! – le digo.

– Del cabreo he bajado a recepción, que es donde estaba el decorado del Belén, y le he pegado tal patada al pesebre que el muñeco ha salido volando y todo. Los niños han flipado, claro…

– ¿Han despedido a muchos?

– A unos cuantos, sí. Concretamente a San José, a la Virgen María (que de virgen nada, porque decían que se tiraba al jefe), al Ángel de la Guarda, a Melchor, a dos pajes, a un herrero y a mí.

– Osea, que los hijos de los empleados al final se han quedado sin Belén.

– Bueno, pero aprenderán lo que es un ERE…

Espero que nadie confunda mi taxi con una Falla

Camino del Aeropuerto:

– Pues… me voy a pasar unos días a Cancún, ya sabe: sol, mujeres ligeritas de ropa, coctails, playas paradisiacas… – me soltó el usuario (allá donde más duele).

– Suena bien… – dije enseñándole los dientes a través del espejo.

– Y usted se queda en Madrid, ¿verdad? – me preguntó con cierto regustillo cabroncete.

– Ehhh… no. ¡Me voy!. ¡Me voy hoy mismo a… las Fallas!. ¡A ver las Fallas! – improvisé (no te jode…).

Así que, por culpa de unos cuantos pecados capitales (ira, envidia, etc.) proyectados en aquel usuario, tiré de contactos y en apenas diez minutos conseguí una cabaña a pie de playa en uno de esos campings que violan y salpican, a partes iguales, la costa levantina.

Pasé por casa para arramplar con lo básico (un bañador estampado, un par de mudas, 10 bolis bic, un paquete de 500 folios, tres baterías extra para el ordenador portátil y mi patito de goma Made in Hong Kong) y pocos minutos después del mediodía (P.M) salí de estampida con mi taxi a cuestas y el depósito lleno hasta las trancas (y barrancas).

En apenas cuatro horas (sin paradas, respetando las normas) ya estaba merodeando por un precioso pueblo de la costa levantina. Estaban en Fiestes Falleras:

(Espero que nadie confunda mi taxi con una Falla):

Aprovecharé para desconectar del mundo por un número indeterminado de días (aún no lo he decidido; según la inspiración).

…y aparcaré mi taxi, bien a la vista, junto a la cabaña.

…y escribiré hasta que se me borren las huellas dactilares.

…y le pondré un Nick distinto a cada ola del mar (vuestros Nicks, por supueso).

… y comeré arroz avanda hasta que me salgan granos.

…y meditaré sobre lo humano, lo divino y lo taxístico.

…y me acordaré de nadie y os recordaré a todos.

…y apagaré el teléfono, y desconectaré mi sentido arácnido.

…y escribiré, y escribiré y escribiré hasta que al fin explote por sobredósis cada puta letra de la R.A.E.

Postura fetal

La licencia de taxi que acabo de adquirir lleva bicho incluido: Un Peugeot 406 dotado de mampara eléctrica de seguridad. Es eléctrica porque, botón mediante, sube o baja su luna (lunera) para aislarme (o desaislarme) del usuario díscolo de marras:

Ahora bien; pese al amplísimo habitáculo de este nuevo-viejo taxi, la disposición de su mampara me obliga a adoptar una postura pelín incómoda, teniendo en cuenta que el Dios de las verticalidades me ha dotado de 1,85 metros de estatura, cuyo paquete corporal adjunta un par de piernas largas quetecagas (cual rabo bífido de satán).

Por culpa de la mampara de seguridad y, por extensión, de la posición lumbar del asiento, mis rodillas acaban siendo una pintoresca e incómoda prolongación del salpicadero:

Para que no me rocen las rodillas, tendría que abrir mis piernas en una postura de alto calado erótico y, por consiguiente, no apta para usuarios menores de 18 años.

Tras lo dicho me toca elegir entre las siguientes opciones:

a) Conducir incómodo, pero seguro (manteniendo la mampara).

b) Conducir cómodo, pero con la inseguridad que sugiere no llevar mampara.

Vuestra es la decisión (yo no tengo personalidad para estas cosas). Según vote la mayoría, o dejo la mampara, o la quito.

Voten, pues.