Cuando escribo siempre tiendo a dejarme llevar por el oído en el uso de las comas (“,”) en lugar de seguir las típicas normas sintácticas. Para mí la literatura es música, ritmo: crecendos, decrecendos y silencios. Cada coma es un golpe de batuta. Según coloques la coma, así respirará el texto y podrá leerse como quien lee una partitura. Si tienes dudas en el uso de las comas, te invito a que leas en voz alta un texto cualquiera: ¿suena bien?, ¿desafina? La pluma de Javier Marías, por ejemplo, es Mozart. Las comas se las dicta Dios, estoy seguro. Sin embargo, si lees en voz alta noveluchas petaliterarias como 50 sombras de Grey, creerás que el traductor (o tal vez también su autora) es rematadamente sordo.
Mi obsesión por las comas ha llegado a tal punto que incluso guardo unas cuantas comas extra en la guantera del taxi. Fuera de la literatura las uso poco, pero las uso. Cuando algún usuario de mi taxi me habla atropellado, sin pausa ni aliento, le tiendo una para que la chupe y se disuelva en su boca. En realidad son orfidales y es cierto que producen adicción. Pero ‘adicción’ también significa ‘falta de dicción’, y si sufren el mono, los monos no tienen ritmo: que se jodan.
Pero también uso las comas para contigo. Cuando duermes te coloco, con mesura, una coma en tu ombligo, y mis ojos y mis dedos sienten la pausa precisa. O preciosa. Y al sumarte comas entro en coma en tu cama. Y después vienen los puntos suspensivos…


Hace años inventé mi propio método para dejar de fumar: Tras mi último cigarrillo me afeité la cabeza con la idea de dejarme crecer el pelo desde cero siempre y cuando no volviera a fumar, en cuyo caso volvería a afeitarme. De este modo, cada vez que me apeteciera encender un cigarro me tocaría la cabeza para recordarme cuánto tiempo (medido en milímetros de pelo) había conseguido permanecer sin fumar. Cuanto más largo estuviera mi pelo, mejor para mis pulmones.
A mi derecha, un hombre de unos ochenta años comenzó a manipular con nerviosismo su respirador automático. Lo llevaba entre las piernas, apoyado en el suelo del taxi. El respirador en cuestión era un aparato cilíndrico, tirando a fálico, con un asa en su “glande” para su fácil transporte. De un lateral salían dos tubos, o venas, que el anciano tenía insertados en la nariz.
Me vio tirar el cigarro justo antes de detenerme a su lado. Como llevaba maletas, bajé del taxi y abrí el maletero:
Anoche discutí con Beatriz. Fue una discusión tonta, la típica que se desata desde la nada y sin venir a cuento con el único propósito de tantear los límites del otro:
De los 12 puntos del carnet de conducir ya sólo me quedan 3. Eso me pasa por decir que la vida es como un videojuego…
Al verle con aquella maleta con ruedas bajé del taxi con la intención de abrirle el maletero:

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