Entradas etiquetadas como ‘piernas’

Cruza las piernas y te diré quién eres

23 diciembre 2008

A continuación he tratado de establecer una relación más o menos genérica entre el cruce de piernas de cada usuario y su personalidad. Juzguen ustedes mismos:

MUJERES

Piernas cruzadas y perpendiculares al eje del suelo del taxi: Segura de sí misma.

Piernas cruzadas y ligeramente inclinadas a su derecha: Sensual, elegante.

Piernas cruzadas y ligeramente inclinadas a su izquierda: Sensual, elegante y zurda.

Piernas doblemente cruzadas (rodillas y pies entrelazados, también llamado “cruce enredadera”): (I) Mujer fría. (II) Incontinencia urinaria.

Cuerpo recostado, piernas abiertas: La vida le queda pequeña.

Cuerpo recostado, piernas cerradas: La vida le queda grande.

Tobillo sujeto con ambas manos sobre rodilla opuesta: (I) La ropa interior le queda demasiado prieta. (II) Lesbiana.

Postura del lotto sobre su asiento: Hippy flexible.

……………………………………………………………………………………………………………………….

HOMBRES

Piernas completamente cruzadas: (I) Seguro de sí mismo. (II) Sensible.

Piernas juntas con las punteras de sus pies hacia dentro: Introvertido.

Piernas juntas con los pies abiertos: Extrovertido.

Tobillo sobre su rodilla opuesta y ambas manos sobre el paquete: Fantasma.

Recostado sobre su asiento y con las piernas abiertas: Domina el mundo que se ha creado.

Recostado sobre su asiento y con las piernas cerradas: Débil.

Piernas paralelas y tobillos cruzados: Hombre práctico, seguro de sí mismo.

Piernas abiertas y tobillos cruzados: (I) Obeso y sin complejos. (II) Superdotado orgulloso.

Espero que nadie confunda mi taxi con una Falla

19 marzo 2008

Camino del Aeropuerto:

- Pues… me voy a pasar unos días a Cancún, ya sabe: sol, mujeres ligeritas de ropa, coctails, playas paradisiacas… – me soltó el usuario (allá donde más duele).

- Suena bien… – dije enseñándole los dientes a través del espejo.

- Y usted se queda en Madrid, ¿verdad? – me preguntó con cierto regustillo cabroncete.

- Ehhh… no. ¡Me voy!. ¡Me voy hoy mismo a… las Fallas!. ¡A ver las Fallas! – improvisé (no te jode…).

Así que, por culpa de unos cuantos pecados capitales (ira, envidia, etc.) proyectados en aquel usuario, tiré de contactos y en apenas diez minutos conseguí una cabaña a pie de playa en uno de esos campings que violan y salpican, a partes iguales, la costa levantina.

Pasé por casa para arramplar con lo básico (un bañador estampado, un par de mudas, 10 bolis bic, un paquete de 500 folios, tres baterías extra para el ordenador portátil y mi patito de goma Made in Hong Kong) y pocos minutos después del mediodía (P.M) salí de estampida con mi taxi a cuestas y el depósito lleno hasta las trancas (y barrancas).

En apenas cuatro horas (sin paradas, respetando las normas) ya estaba merodeando por un precioso pueblo de la costa levantina. Estaban en Fiestes Falleras:

(Espero que nadie confunda mi taxi con una Falla):

Aprovecharé para desconectar del mundo por un número indeterminado de días (aún no lo he decidido; según la inspiración).

…y aparcaré mi taxi, bien a la vista, junto a la cabaña.

…y escribiré hasta que se me borren las huellas dactilares.

…y le pondré un Nick distinto a cada ola del mar (vuestros Nicks, por supueso).

… y comeré arroz avanda hasta que me salgan granos.

…y meditaré sobre lo humano, lo divino y lo taxístico.

…y me acordaré de nadie y os recordaré a todos.

…y apagaré el teléfono, y desconectaré mi sentido arácnido.

…y escribiré, y escribiré y escribiré hasta que al fin explote por sobredósis cada puta letra de la R.A.E.

Buscando musas desesperadamente

09 octubre 2007

Llevo meses trabajando en una novela (cuyo argumento, por otra parte, nada tiene que ver con este nilibreniocupado de mis entretaxis). Meses de múltiples vueltas de centrifugado mental, de noches sin sueño (haciendo censo de gotelé), de colección de legañas; meses de sangre coagulada sobre la almohada, sudor seco y lágrimas de talco… meses sin tregua que me han llevado incluso a temer por el progresivo borrado de mis huellas dactilares por culpa de tanto tecleo (digo esto porque en breve me toca renovar el DNI, con el problema de identidad que esto sugiere).

Aunque su trama, como digo, nada tenga que ver con este blog, he de confesar que todos los personajes que en ella aparecen están sacados directamente del asiento trasero de mi taxi. Unos cuantos usuarios anónimos que, a través de su aspecto físico (o bien a partir de algún gesto o conversación que llamara mi atención), se han convertido, sin saberlo, en auténticos protagonistas de mi novela.

Ayer mismo decidí dejar mi taxi a buen recaudo con la intención de pasarme el día escribiendo, aprovechando un par de musas que había cazado al vuelo la noche anterior (y luego retuve en contra de su voluntad en un cajón de mi escritorio).

Así pues, tras un copioso desayuno Actimelizado, me puse a trabajar sin tregua, a teclear alrededor de un par de pasajes que venía rumiando por dentro cual vaca pensante desvirgando un prado.

Y así permanecí durante un buen puñado de horas (almuerzo y siesta mediante) hasta que, poco antes de alcanzar las ocho de la tarde, y sin previo aviso, las musas fallecieron de colapso cardiaco: me quedé seco.

Nada. Ni una sola palabra. En esos momentos me encontraba en medio de un diálogo cuya estructura no encajaba en su contexto. Y al caer en la cuenta, se enfrió mi fiebre creativa:

- El diálogo queda cojo. Puede que le falte un personaje, una tercera voz que lo sostenga… – pensé.

De entre mi listado de usuarios taxísticos elegidos (y anotados con todo detalle en mi libretaxi) para esta novela, ninguno encajaba en este diálogo. ¿Qué podía hacer?. La respuesta me llegó enseguida, cual flash de imagen cerebral: si no tienes el personaje, búscalo.

Así pues, salí a la calle y cogí el taxi con la intención de buscar, entre todos aquellos transeúntes que se cruzaran en mi camino, algún rostro que pudiera encajar en esa escena coja de mi novela.

Pocos minutos después, me alzó el brazo un tipo que esperaba al borde de la acera apoyado en una de esas muletas ortopédicas. Le abrí la puerta trasera y, al montarse (no sin cierta dificultad), comprendí enseguida que había encontrado al personaje que andaba buscando: era un tipo de unos cincuenta años, al que le faltaba una pierna. Una vez acoplado en su asiento pude observar que la tela de su pantalón se encontraba plegada a la altura de la rodilla, dejando así una pierna imaginaria (la izquierda) junto a su pierna real (la derecha).

Este dato encajaba a la perfección con la carencia que acusaba mi novela. Precisamente, el diálogo cojo que había dejado a medias, se tambaleaba hacia la derecha.

- Si introduzco como personaje adicional a este usuario, conseguiré compensar el equilibrio gracias a la asimetría de su pierna mutilada…

Tras dejar a aquel buen hombre en su destino, apagué el taxímetro en dirección a mi casa y continué escribiendo hasta bien pasada la media noche.