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Ni libre ni ocupado Ni libre ni ocupado

Elegido Mejor Blog 2006.Ya lo dijo Descartes: ¡Taxi!, luego existo...

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El amor y los números

FOTO: Mr Hicks46

FOTO: Mr Hicks46

Un hombre y una mujer, los dos disfrazados de ejecutivos, ultimaban en mi taxi su balance de resultados para el consejo de accionistas de una empresa o algo así, no estuve atento. Sólo me fijé en el amor que se colaba. Quiero decir que intentaban ocuparse del trabajo, pero no podían evitar filtrar las ganas de él hacia ella y viceversa entre los números, las gráficas, y el decoro de mis ojos observándoles de cerca. Les era sin duda imposible separar lo laboral de sus dos cuerpos, ella y él cuadrando cifras aunque hubieran preferido cuadrar el balance de sus cuellos buscándose la boca. De hecho, no podían evitar alternar números, piropos y gráficos.

– Aquí en el balance del primer trimestre no me cuadra esta curva -decía ella.

-Tus curvas sí que cuadran en mis manos -decía él.

-Centrémonos en esto, por favor -volvía ella.

-Vale, perdón. Veamos… Tienes que sumar la cuota variable de febrero al pasivo de marzo -volvió él.

-Hablando de pasivo. -volvía ella-. Un día, con calma, tenemos que jugar a…

-¡Para! -volvía él. -Después de la Junta… nos juntaremos.

Era cosa de dos, pensé observándoles con disimulo. Ninguno de los dos podía evitarlo. Siempre acababan encajando palabras técnicas en su mundo privado. En cierto modo humanizaban los números. Dotaban a los números de vida y sentimientos. Ojalá eso mismo en el Fondo Monetario Internacional, o en el Banco de España. Créditos blandos al máximo interés de abrazar otros cuerpos. O que los tipos de interés busquen a otras tipas de interés. O que los números se vuelvan rojos carmín de tanto besarlos. Ojalá.

Tocarte con los ojos

IMAGEN: Jourixia

IMAGEN: Jourixia

He visto en mi taxi rostros borrachos de lactosa, tan suaves que acariciarlos sería inútil, o al menos ingrávido al tacto, frustrante, motivo de ansiedad para los dedos. Y es que no hay material en este mundo capaz de superar la textura de esos rostros, algunos salpicados de pecas del verbo pecar con los ojos. Son impecables, y el simple gesto de observarlos genera en mí una sensación como de insomnio nervioso, y noto que mis globos oculares se emblandecen hasta el punto de licuarse. Suerte que los párpados hacen las veces de exclusas, de presas conteniendo el continente; de exclusas perfectas para amar con la mirada presa del pánico pero sin prisa y sin embargo con prosa y sorpresa en lo que veo.

Pero el hombre es insaciable, y yo soy hombre, y quiero más. Por eso nunca consigo evitar imaginarme los puntos suspensivos que acompañan a ese rostro y tirar de fantasía por debajo de su cuello: imaginar el mapa de su cuerpo en su conjunto debajo del conjunto de su blusa y pantalón y empantanarme en la linea exacta de sus pechos, de su vientre, de sus curvas, de sus corvas. Observarlo todo con el asombro de un turista japonés de visita por los bajos fondos privados de su cuerpo. Privado yo, que no lo veo y no haré nada por verlo. A veces, los ojos que intentan jugar al desnudo integral, al rayos X con la maldita tela o el jersey ceñido, acarician con más precisión que las más virtuosas de las manos. Excita más el qué será que el ya lo tengo. O dicho de otro modo: Prefiero ser niño sin postre que adulto empachado.

Frágiles

FOTO: Bhumika Bhatia

FOTO: Bhumika Bhatia

Para entender lo frágiles que somos no hay más que compararnos con el mundo animal. Somos la única especie incapaz de valerse por sí misma incluso años después de haber nacido. Nuestro instinto inicial apenas se ciñe a la succión pero sólo si nos plantan un pecho entre los labios, o a llorar cuando sentimos hambre, o frío, o dolor. Nacemos dependientes y esa dependencia nos persigue hasta el fin de nuestros días. Nos enseñan a andar, a comunicarnos, a atarnos los cordones para no caer, a gestionar el amor, a combatir la tristeza y a desenvolvernos en los mil y un pormenores de nuestro día a día: Comprar en un supermercado, manejar el dial de la radio, marcar el número de la policía o pedir un taxi. E incluso en los taxis algunas veces dudamos del destino. O acudimos a lugares en contra de nuestra propia voluntad. No queremos ir al dentista, o a un funeral, pero vamos. Le decimos al taxista: lléveme, y en cierto modo nos sentimos cómodos porque el taxi hace las veces de placenta. El taxi nos lleva, aunque dudemos, y además nos protege.

Pero también somos la única especie sin una misión definida. Al principio nadie sabe en qué empleará su vida, y algunos no llegarán a saberlo nunca: por qué o para qué están aquí. En qué ocupar el tiempo. Vivir solo o en manada. Comandar la manada o dejarse llevar. Reproducirse o no querer hacerlo. O no poder. A veces tú decides y otras veces es tu cuerpo el que decide por ti. A veces no te encuentras y otras veces son los otros quienes buscan encontrarte. En parte todo depende del aprendizaje. Por eso es esencial educar a los niños. Hacerles comprender. Enseñarles el oficio de vivir la vida. Protegerles, aunque nadie sepa exactamente hasta cuándo. Supongo que esa es la madre de todas las preguntas. ¿Hasta cuándo necesitamos ser protegidos?

La androide Esmeralda

Gerhard Uhlhorn

Gerhard Uhlhorn

Después de leer mi último relato en el programa Hablar por Hablar de la Cadena SER, salí de la radio en dirección al parking para coger mi taxi, y entonces alguien comenzó a seguirme. De hecho, la mujer en cuestión estaba esperándome apoyada justo en la pared contigua a la radio, y al verme salir, se incorporó y comenzó a caminar detrás de mí. Yo escuché sus tacones a mi espalda, y aceleré el paso hasta entrar deprisa por las escaleras de acceso al parking. Pagué el ticket, bajé otro tramo de escaleras, y ahí pude ver que la mujer ya no estaba. Luego salí del parking dirección Gran Vía con la idea de dar un par de vueltas en busca de clientes, o de historias. Pero justo al incorporarme a la calle me topé con esa misma mujer esperando en el borde de la acera. Y nada más ver mi taxi libre, alzó su brazo. Nervioso, paré a su lado y ella abrió la puerta trasera del taxi, como una usuaria más, y al tomar asiento me dijo:

-Gire por Gran Vía dirección Princesa.

Accioné el taxímetro y allá que fuimos, en completo silencio. Ella me miraba fijamente a través del espejo y yo desconocía su intención, así que, aprovechando un semáforo, me armé de valor y le dije:

-Sé que me has estado siguiendo. Dime quién eres. Dime qué quieres.

-Me llamo Esmeralda y llevo años leyendo y escuchando tus historias, me dijo. Tenía curiosidad por saber de qué modo me describirías si yo montara en tu taxi. Hace un rato escuché a Macarena Berlín anunciarte por la radio, así que vine con la esperanza de encontrarte. Espero que me entiendas y que aceptes mis disculpas. Estoy pasando por un mal momento; ando un tanto descolocada y necesitaba, no sé, leerme a través de tus palabras, o escucharme a través de una voz que no es la mía. O saber cómo soy desde otros ojos.

-Lo siento -dije. -No me gusta escribir condicionado. No puedo hacerlo.

Pero en esto se abrió el semáforo y el verde de la luz volvió verde su piel, y verdes sus labios como balsas varadas, y verde su nariz rompehielos, y pardos sus ojos por la suma del verde y el azul; un azul mar calmo aunque quebrado por un flequillo en forma de cascada. Y ese reflejo verde del semáforo en su rostro se me antojó de otro planeta, como si ella, la verde Esmeralda, estuviera de paso en este preciso mundo sin llegar a entenderlo del todo. La androide Esmeralda viajando por su universo y mientras yo, imaginando que mi taxi era un OVNI en misión especial por la Gran Vía.

Las arrugas son costuras del envés del alma

Instagram (mariam_otea)

Instagram (mariam_otea)

Todo pasa. El tiempo pasa. El tiempo pasa de todo. De todos. Los niños se mofan del anciano porque es lento, es torpe, arrugado, come blando y no pelea. Pero los niños no saben que el tiempo se mide en artritis. Desconocen que el corazón es un reloj de arena incapaz de voltearse ni aun haciendo el pino, y esa fina arena siempre cae hacia abajo y se amontona en el riñón y forma piedras que llaman cálculos por eso mismo: porque su peso calcula el paso del tiempo. Los niños no saben de esas cosas porque no les duele la minga al orinar. Y dicen que son sinceros, dicen que los niños y los borrachos nunca mienten, pero su sinceridad se debe a que no saben, no son conscientes, del paso del tiempo. Los niños y los borrachos pasan por encima del tiempo con la misma frialdad que un sicario pasa por encima de un cadáver.

Un anciano en mi taxi, mirándome a través del espejo, es la viva imagen del abismo que me queda por vivir. Las canas, la experiencia y el olvido. La estampa del amor desmesurado. Ese dolor calmo mitigado por la anestesia de la resignación. Esa tierna mirada de quien se encuentra de vuelta de todo, ese último intento por dejar el mundo atado y bien atado. Y la distancia de saberse que, detrás del próximo GAME OVER, ya no habrá un INSERT COIN.

Las arrugas son costuras del envés del alma. Y detrás de ese anciano, dentro de ese anciano, hubo un niño. No lo olvides.

No quiero saber de ti

No quiero saber de ti más allá de esa minifalda vaquera, esas piernas bronceadas, esa fricción de tus muslos al caminar o esa camiseta azul, ceñida, insinuante, cuyos tirantes delimitan en tu espalda unos omóplatos que son proyectos de alitas de ángel. Esa coleta rubia, ladeada, que parece un telón abierto para enseñar tu cuello, sólo apto para ser besado o tal vez tocado con la punta de mis yemas, o mi aliento caliente muy cerca.

No quiero saber qué esconde ese escote; sólo imaginar posar mi cabeza o tan sólo observarlo de cerca durante horas, días, meses, lustros, y maldecir mi estampa por no saber pintar ese preciso (o precioso) contorno como lo haría John William Waterhouse. No quiero saber si escondes tatuajes o piercings, ni conozco ni intuyo el tamaño de tus bragas o la curva exacta de tus pechos desnudos, ni quiero saberlo. Sólo el simple hecho de creer que hay un cosmos oculto en lo que veo ya me estremece y me da esa ansiedad que demuestra que esta vida merece la pena.

No quiero saber tu nombre, ni hablar contigo, ni acercarme y besarte sin mediar palabra; sólo disfrutar una y mil veces del instante: yo apoyado en mi taxi y tú pasando delante de mí como una más de entre otras miles, caminando ajena a todo o tal vez sabiéndote observada, escrutada, deseada, admirada por los ojos de un taxista que seguiría tu estela por todas las calles del mundo.

No hay nada de malo en esto. Es más: creo que te halagaría saber lo mucho que me alegras la cabeza, los pelos de punta, la piel de gallina, los ojos, el recuerdo, sobre todo el recuerdo. Mientras dure.

Los secretos del tacto

En mi taxi, y supongo que en cualquier taxi, el miedo al tacto se produce curiosamente en el momento más pornográfico del trayecto: al pagar por el servicio prestado. Es entonces cuando el cliente demuestra su predisposición al tacto ante un perfecto desconocido. La secuencia es la siguiente: el hombre o la mujer sube a mi taxi, me indica un destino, charla conmigo o permanece en silencio, y al llegar y mirar lo que marca el taxímetro saca el billete o las monedas, yo estiro la mano y me las tiende. Es en ese preciso momento, en su forma de entregarme el dinero, cuando se produce una suerte de lenguaje no verbal que sin embargo dice mucho más que mil palabras. Quiero decir que algunos usuarios, por ejemplo, al tenderme el dinero procuran no tocarme la palma de la mano y me lanzan las monedas a la mínima distancia posible pero sin tocarme, o si me tocan es sin querer y de súbito apartan la mano, como con miedo al más mínimo contacto. Pero otros, sin embargo, parece que buscan tocar mi palma con sus yemas; depositan las monedas presionando los dedos y los arrastran después, como tratando de de leer en braille las líneas de mi mano. Pero más curioso aún es el gesto de algunas mujeres de largas uñas, que me tocan con la punta de las uñas y sin querer me cosquillean la palma de la mano, aunque las yemas de sus dedos no lleguen nunca a tocarme, como si las uñas sirvieran de parapeto que las protege del tacto. Qué invento más extraño el de las uñas, ¿verdad?

Seguro, en fin, que cada forma de tender las monedas significa algo. Supongo que buscar o evitar el tacto demuestra un nivel de introspección imposible de camuflar. Si no te has fijado haz la prueba. Dile a alguien que te tienda algo, una moneda o cualquier otro objeto pequeño, y observa cómo lo hace. Observa si te toca la mano o evita tocarte. Observa si al hacerlo mira lo que hace o si por el contrario te mira a los ojos. O a los labios. O al suelo. Todo eso es importante. Cualquier detalle es importante.

Efectos secundarios de las células madre

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Foto real de la crema en cuestión

La mujer volcó su bolso sobre el asiento hasta que encontró el monedero, me pagó deprisa, volvió a meterlo todo de nuevo en el bolso y bajó de mi taxi. Más tarde vi que, con las prisas, se había dejado olvidado un frasco ancho de cristal, una de esas cremas de tapa dorada para el cuidado de la piel. Nada más percatarme cogí el frasco y leí lo que ponía en la etiqueta: “Crema de contorno de ojos con células madre”. Nunca he creído en los poderes mágicos de esas cremas tan caras, pero aquello de células madre me sonó bien. Soy propenso a las ojeras, así que sin pensarlo abrí el bote y me apliqué la crema en las bolsas de los ojos. Sentí un frescor agradable. Nada más.

Luego continué como si nada dando vueltas con el taxi hasta que una chica de unos veinte años me levantó la mano. Detuve el taxi a su lado, subió, me indicó un destino y, al enfocarla en el espejo retrovisor sentí cierto instinto de protección hacia ella. La chica sacó de su mochila un minibrick de zumo de naranja, lo abrió, le pegó un breve sorbo y después lo mantuvo en la mano durante un buen rato. No sé bien cómo ni por qué, pero al ver que no continuaba con el zumo acabé diciendo: “¡Pero bébetelo, que se van las vitaminas!”. La chica se quedó de piedra y yo también. Acababa de soltar, sin poder evitarlo, la típica frase de madre. Pero ahí no quedó todo. Después de eso me fijé que la chica apenas llevaba una camiseta de tirantes y los hombros y los brazos desnudos. Ahí tampoco pude evitar soltar: “Habrás metido en la mochila una rebequita, ¿no? Que esta noche seguro que refresca…”. La chica no salía de su asombro; pero no podía evitar comportarme como una madre. Después llegamos a su destino y la chica, nerviosa, comenzó a buscar en la mochila el monedero. Y entonces dije: “¿A que voy yo y lo encuentro?” Ahí me di cuenta del efecto que surtía en mí aquella crema. Las células madre , al contacto con mis ojos, me hacían verlo todo como eso mismo. Como una madre.

Sin embargo, en los días siguientes el instinto (¿maternal?) me llevó a continuar usando aquella crema, aplicándomela cada poco en las bolsas de los ojos, y en el fondo me gustaba tratar a los usuarios de mi taxi como si fueran mis propios hijos. Y poco a poco, además, para sorpresa de los míos, me fui convirtiendo en mejor persona.

Pero ayer mismo se me acabó la crema. Se me secaron los ojos y ahora, no sé…

Me siento huérfano.

 

Fotosíntaxis

Te sientas en el capó de tu taxi, brazos cruzados, y observas la vida. Observas al tipo del chándal y la yonkilata en un escalón de un McDonalds justo en frente de ti. Observas a una teen paseando con su cocker mientras habla por teléfono. Observas a un gafapasta sentado en la terraza de un irlandés con otro gafapasta, los dos bebiendo Guinness en silencio. Observas a un hipster haciendo fotos,en modo macro, a una margarita crecida de una grieta en el asfalto. Observas a dos gays corriendo de la mano. Observas a esa chica que espera apoyada en la baranda del Metro Tribunal. Lleva catorce minutos esperando. Tal vez su cita no llegue nunca.

Podrías seguir a cualquiera de ellos y tirar del hilo de su historia. Buscar el argumento que les lleva a moverse, a salir a la calle y escoger un plan u otro, un camino o el contrario. Podrías alimentarte de sus fuerzas, chupar sus ganas. Demostrarte a través de ellos que el mundo sigue y gira a su antojo, o al antojo de unos dioses que nadie votó, dioses fascistas.

Pero el sol se coló entre dos nubes y te da de lleno en los ojos que ahora cierras y en la frente, y la telilla interna de los párpados se ve roja, y sonríes porque sientes un calor que no te está tocando, ni siquiera te acaricia y sin embargo lo sientes, como si pudieras echar raíces en cualquier momento de no ser por las macetas de tus zapatos. Por eso te descalzas y te quitas los calcetines con los ojos aún cerrados, y el suelo está frío pero pronto tus pies se aclimatan. Y así plantado sólo deseas fundirte con el suelo y quedarte ahí, ajeno al paso del tiempo.

Pero entonces se te acerca alguien con voz de mujer y te pregunta si tu taxi está libre, y sin abrir los ojos dices que no, que estás haciendo la fotosíntaxis. Que coja otro, por favor.  Notas que se marcha y con el rabillo del ojo compruebas que es ella, la misma chica que esperaba apoyada en la baranda del Metro Tribunal. Tal vez se cansó de esperar. O la dieron plantón. Qué cosas.

La imaginación al desnudo

paris texas

De los usuarios de mi taxi sólo veo hasta donde marca el límite de mi espejo retrovisor, apenas sus ojos, sus narices, sus bocas, sus barbillas y algún que otro cuello. Todo lo demás, es decir, de cuello para abajo me lo invento. A veces el tono de su voz me ofrece algunas pistas, e imagino su indumentaria y su cuerpo en función de lo que dicen o cómo lo dicen. Las voces gruesas, por ejemplo, me sugieren camisas en tonos ocre y pantalones de pana. Las voces aflautadas, piernas finas y calcetines de colores. O las voces neutras, pantalón de pinzas y mocasines. Así pues, cuando encuadro sus caras en mi espejo y comenzamos a hablar, les voy vistiendo palabra tras palabra, como si al tirar del hilo de su voz fuera tejiendo el jersey que les cubre. Luego, cuando salen del taxi y me fijo bien, comparo su aspecto con aquel que imaginé, y si coincide me gusta pensar que fui yo quien les puso esa camisa o esa falda, que el poder de mi imaginación consiguió cambiar su aspecto.

Pero a veces también me sucede a la inversa. Ayer mismo subió a mi taxi una mujer cuyo encuadre en mi espejo se me antojó asombroso: ojos verde musgo, nariz exacta y labios como almohadas de plumón. Mi espejo apenas alcanzaba su barbilla, así que me dispuse a hablar con ella y al instante el terciopelo de su voz me sugirió un vestido de noche negro pegado a sus curvas, unas piernas largas de cristal y tacones de aguja. Pero aquello me supo a poco, así que en este caso me propuse desnudar aquel vestido imaginario. Pensé entonces en deshacer una a una sus palabras, es decir, escuchar sus frases de atrás hacia delante. Así, cuando la mujer me dijo: “Parece que hay poco tráfico”, yo mentalmente lo repetí al contrario: “Tráfico poco hay que parece”, y en esto desapareció el foulard que imaginé, dejando sus hombros al aire. De seguido me dijo “aunque es hora punta” y yo pensé “punta hora es aunque” y desapareció de mi imaginación un tirante de su vestido. Pero siguiente frase fue: “Pare en ese portal” y yo pensé “portal ese en pare” y aunque conseguí que desapareciera su zapato de tacón izquierdo, ahí quedó todo. El caso es que al pagarme y bajar del taxi pude ver a la mujer con el mismo vestido que imaginé, los hombros desnudos, un solo tirante y cojeando.