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Ni libre ni ocupado Ni libre ni ocupado

Elegido Mejor Blog 2006.Ya lo dijo Descartes: ¡Taxi!, luego existo...

Entradas etiquetadas como ‘pezones’

Rarezas del sexo

En un abrir y cerrar de semáforos la mujer comenzó a sentirse indispuesta, como aquejada por un súbito mareo. Palideció de repente y no dudó en recostarse en la esquina comprendida entre el respaldo y la puerta trasera, y tanteando con un dedo bajó la ventanilla en busca de un soplo de aire fresco que llevarse a la cara. En casos como éste nada importa más que el interior de uno mismo, el chequeo urgente; no hay vergüenza por la pose que adoptas, buscas la más cómoda, y el mundo y la gente de alrededor sólo es estorbo. Sobra todo, sobran las calles, sobra mi taxi, sobro yo. Aun así me hice cargo. Eché el taxi a un lado, frené, me giré hacia ella y pregunté:

-¿Se encuentra bien?

-No sé. Estoy muy mareada. Pero siga, por favor. Se pasará enseguida.

Dicho esto se tapó los ojos con la mano y volvió a deslizarse aún más hasta casi tumbarse en el asiento, y con ello arrastró su falda hasta alcanzar el límite exacto de su ropa interior. Era verde militar, de aspecto suave. Después movió el cuello hacia la ventanilla y en ese preciso gesto dejó al descuido el borde de un sostén marrón, algo desahogado para la postura, dejando a su vez un leve hueco sombreado bajo el cual se intuía el relieve de su pezón derecho. A pesar del contexto, aquella visión resultaba de lo más erótica.

Y me sentí mal por ello, o al menos me dio que pensar. El sexo, el erotismo, también es contexto. Esa misma mujer, en esa misma pose, pero mirándome a los ojos habría sacado, sin duda, mis más bajos instintos. De hecho me excité aunque, eso sí, amortiguado por la empatía. Sentí deseo y culpa a la vez. Sentí lo que sienten los católicos. Una mezcla rarísima.

Matar a Valentín

Soñé que un coche de la policía arrasaba las azaleas de mi jardín. Desperté de súbito (yo no tengo jardín) y ahí estabas, a los pies de la cama, observándome mientras te abrochabas el pantalón. Ven, te dije. No puedo, llego tarde al trabajo. Que le den por culo al trabajo, te necesito. La puta poli acaba de destrozarme el jardín. ¿Qué jardín? El de dentro, supongo. Tengo miedo. Ven. Abrí la cama y te hice un gesto. Te acercaste para darme un beso y entonces te agarré por la cintura y tiré de ti. No puedo, Daniel, ya llego tarde. Sólo será un minuto. Te necesito. Está bien: un minuto y me voy, ¿vale? Te tumbaste a mi lado. Yo aproveché tu camisa abierta para apretar mi cabeza contra tu escote, sentir calor, o el eco del mar en tus latidos. Mientras, me acariciaste el pelo. ¿Tuviste un mal sueño? Horrible. La policía destrozó mi jardín. No te vayas, por favor. Tengo miedo. ¿Y a qué tienes miedo? A que te vayas. Pero tengo que irme. En esto metí mi mano por debajo de las copas de tu sostén y comencé a acariciarte los pechos. Daniel, no sigas… Tus pezones comenzaron a ponerse duros. Lanzaste un par de gemidos sordos pero al instante conseguiste zafarte. Ya vale, Daniel. Otro día. Me tengo que ir.

Ya en pie te abrochaste la camisa y tomaste tu chaqueta de la silla. Era azul. Del mismo azul que el pantalón. Parecía un uniforme. Al retirar la chaqueta pude ver en el respaldo un cinturón con balas, porra  de goma y un revolver. Y en la chaqueta, tu placa de la Policía Municipal. Te agachaste para tomar la gorra del suelo y me diste un último beso. Antes de marcharte me señalaste una nota sobre la mesilla: no te olvides de eso, me dijiste.

Sonó un portazo y me acerqué a la nota. Era una multa de tráfico cumplimentada a mano con mis datos y la matrícula de mi taxi. Doscientos euros por saltarme un STOP.

Los ojos de Bette Davis

Diez y media de la noche. Calle desértica, como tu cuello. Me lanzas miradas en carne viva mientras hablas por teléfono. Yo conduzco y sólo escucho el carmín de tu boca, tus suaves grietas como anillos de árbol: sabes que podrías ser mi madre. Tus deseos son incestos para mí.

Cuelgas. Me hago el huérfano. Giras las piernas hacia el sur y escucho el sonido de tus medias como piedras de mechero.

– Cambio de planes. Mejor tu casa – me dices, confiada.

Apago el taxímetro sin decir nada. Sólo subo el volumen de la canción: Bette Davis eyes.

En el garaje llegan los besos que saben a sal. Me arrancas los botones del ascensor, abro la puerta con los dientes y en lo que dura el pasillo araño tu espalda que cicatriza al instante con mi propia saliva. Aparto de un manotazo a mi pato de goma Made in Hong Kong y nos lanzamos a la cama buscando el Tetris perfecto. Convierto tus medias en cuartas y luego en octavas. Abro el segundo cajón de la mesilla, meto mis prejuicios y saco los condones.

Traduces tu orgasmo en palabras. Gritas “Carlos”, sin querer. En el cigarro me dices que Carlos es el nombre del hijo que siempre quisiste tener. Tienes cuatro hijas de dos maridos distintos. Cuatro. Y ya es tarde para más.  

Apago el cigarro, me acerco a tu pecho, tomo tu pezón entre mis labios y comienzo a succionar.

– Buen chico – me dices.

Me quedo dormido en esa misma postura. Tú permaneces despierta durante toda la noche.

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Mañana, a las 12, encuentro digital en 20minutos.es. Os espero a TODOS.

Circular sin cinturón de seguridad no me quita puntos

A menudo me preguntan por qué los taxistas no estamos obligados a llevar puesto el cinturón de seguridad si el riesgo de sufrir un accidente es el mismo (o incluso mayor, dada la cantidad de horas que nos tiramos conduciendo al cabo del día) al del resto de los conductores que de no llevarlo serían multados, y yo les hablo por mí y les digo que no lo llevo nunca puesto (en vías urbanas) porque en mi taxi viajan personas a las que no conozco de nada ni sé cómo actuarán durante el trayecto, si son psicópatas de los que tener que huir de inmediato en cuanto sacan, desde su asiento trasero y a mis espaldas, un cuchillo jamonero para atracarme (en el peor de los casos) o violarme (en el mejor), o si bien quien sube es una mujer desvalida de amor que de repente rompe a llorar y en ese preciso instante te ves obligado a abrazarla (no podrías si llevaras el cinturón enganchado o se perdería la magia del momento si tuvieras primero que desengancharte el cinturón para luego abalanzarte sobre ella), o si el usuario en cuestión quiere pegarte dos hostias porque le acabas de decir que no te gusta el fútbol, o que el Real Madrid es un equipo de nenazas millonarias y necesitas zafarte de sus puños, o si te levanta alguien la mano en una calle estrecha y para no formar un atasco de cojones no te queda otra que bajar del taxi rápido y ayudarle a introducir en tu maletero un baúl, una jaula, las bolsas del Carrefour, el cadáver de su suegra o lo que quiera llevar consigo o, si prefieres que te lo razone de otra forma, imagínate el grado de irritabilidad que alcanzarían mis ya de por sí sensibles pezones si estuvieran expuestos al roce de un cinturón durante horas, o que de llevarlo tanto tiempo me olvidara de su existencia y saliese luego del taxi sin desengancharlo y me acabara ahorcando con él en una trágica (aunque cómica también) muerte, y si dándole la vuelta al tema me dijeras que el cinturón salva vidas, que mi vida vale mucho más que todo esto, te diría que no, que el abrazo de aquella usuaria desvalida vale más que mi propia vida y que sé que en mi próxima reencarnación seré un koala y ahí sí que seré feliz que te cagas (con mi eucaliptus y mis cositas de koalas) y además te diría también que a mí, por no llevar el cinturón de seguridad puesto, no me pueden quitar ningún punto de mi carné de conducir, ni siquiera me podrían quitar los puntos del presente post, porque no tiene ni uno sólo (búscalos), excepto este último punto y final (que te lo doy, de regalo).

La mosca y el sexo

El aire acondicionado anudó los pezones de aquella usuaria como si de un complejo sistema hidráulico se tratara. Cuando el habitáculo alcanzó los 18ºC sus pechos se hicieron puntos suspensivos en Braille. Y mis dedos, ciegos de tacto, desearon más que nunca aprender a leer.

Pero justo en el momento de subir las ventanillas se coló dentro una mosca común que empezó a revolotear por los alrededores de la usuaria. Tras un par de piruetas la mosca acabó posándose sobre su pecho, a la altura del pezón izquierdo, y comenzó a caminar a su alrededor como en una rotonda, en el sentido de las agujas del reloj del pecado. Tres vueltas completas después alzó el vuelo, y saltándose el semáforo del canalillo aterrizó en el pezón opuesto para realizar la misma operación. Luego comenzó a caminar bien despacio por su vientre hasta perderse entre sus muslos. En ese instante la usuaria lanzó un suspiro.

– ¡¡¡Ufff!!!

Quise pensar que aquella mosca había sido la causante del suspiro. Quise pensar que la suculenta propina que me dio la usuaria nada más bajarse del taxi fue en agradecimiento por aquel orgasmo involuntario.

Por eso, cuando reapareció la mosca y se posó sobre el salpicadero no dudé en enrollar un 20minutos y sacudirla de lleno. El golpe la dejó aturdida, así que aproveché para meterla en un paquete de Malboro vacío y dejarla ahí, con la intención de soltarla en cuanto apareciera otra nueva usuaria de pezones como rotondas.

Ahora hemos montado un tandem perfecto. En cuanto abro el paquete de Malboro ya sabe lo que tiene que hacer: su itinerario de rotondas, vientres y túneles. Ellas se quedan con los suspiros y yo con las propinas.

Quiero mucho a Orgasmafly.