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Huir para quedarse

09 marzo 2012

Me pidió llevarle a ”cualquier pensión del centro donde poder pasar unos días, semanas tal vez”. Había tomado mi taxi en la estación Sur de autobuses, y como equipaje apenas llevaba una bolsa de deporte y una mochila. Era un hombre de unos cuarenta años, cabello corto, barba de tres días, jersey grueso y pantalón de pana. Durante el trayecto hablamos de temas livianos, del tráfico y de fútbol (era del Barça, fan de Messi). También me preguntó si conocía algún restaurante donde sirvieran menús generosos a buen precio.

Llegamos a la pensión y sacó de su bolsillo izquierdo un buen fajo de billetes atados con una goma. Eran billetes de 500, 200, 100 y 50 euros. En total podrían sumar, calculo, unos seis o siete mil euros. Me tendió un billete de 50 y esperó el cambió. Luego se bajó con su bolsa de deporte y su mochila, pulsó el botón de la pensión, preguntó si había habitaciones libres y desapareció por la puerta 

 Ahí quedó todo. Pero volvamos atrás y fijémonos en los detalles:

Por una parte, el hombre llega a Madrid en autobús sin saber dónde alojarse ni durante cuántos días, como si su estancia hubiera surgido de un modo casual o urgente (la bolsa de deporte apenas daba para un par de mudas que tal vez echara con prisa antes de partir). Por otra parte, pese al buen fajo de billetes que llevaba encima, no decide alojarse en un buen hotel sino en cualquier pensión (también me pregunta por un restaurante “de menú a buen precio”, como preocupado por escatimar gastos). Esto indica que, posiblemente, aquel fajo era todo su dinero, que no hubiera más y con él tuviera que administrarse el mayor tiempo posible.

¿Pero quién se instala en una ciudad nueva con apenas un par de mudas de ropa y todos sus ahorros en el bolsillo? ¿qué hubo de sucederle para tomar una decisión tan repentina? ¿cómo será su vida a partir de ahora?

Yo no soy yo

08 marzo 2012

Hace años escribí un relato cuyo protagonista, Nicolás, bebía gintonics. Yo no había probado el gintonic en mi vida, así que sólo por meterme en su piel y en sus gustos, comencé a beberlo yo también. Hoy el gintonic forma parte esencial en mi vida. Y todo por culpa de un personaje de ficción. 

También recuerdo aquel día que subió en mi taxi un hombre calvo, feo y bajito del brazo de una mujer impresionante. A lo largo del trayecto, la bellísima mujer le acariciaba el cráneo mientras le llamaba “mi calvito sexy”. Al día siguiente me afeité la cabeza.

O aquel día que viajó en mi taxi un escritor al que admiro mucho, y hablando con él le advertí un ligero tic en el ojo izquierdo. Siempre admiré su visión de las cosas, así que desde aquel día comencé a imitar su mismo tic en mi ojo izquierdo, y de tanto hacerlo ya se me ha quedado crónico. O la entonación de ese locutor que también subió a mi taxi. Siempre trato de modular mi voz como él. O la forma de caminar de Sean Penn, o esa forma de mirar de Edward Norton en American History X, o los movimientos pélvicos de Rocco Siffredi.

Y ahora vas y me sueltas que te has enamorado de mí, que adoras todo mi ser cuando ni siquiera yo soy capaz de saber quién soy, o quién se esconde detrás del copia y pega que ahora tienes delante. Tú no estás enamorada de mí, sino de esa mezcla que conforma mi yo. Tú, en realidad, estás enamorada de Nicolás, el personaje de ficción de aquel relato, pero también de aquel usuario calvo, bajito y feo que llevé en mi taxi, y del tic del escritor al que yo admiro, y de aquel locutor, y de Sean Penn, y de Edward Norton, y de Rocco Siffredi, hija de puta.

Decálogo de la manipulación

06 marzo 2012

Un hombre de aspecto impecable se dejó olvidada una carpeta de gomas en el asiento trasero de mi taxi. Reparé en ella instantes después de verle desaparecer por un portal, y al cogerla y acercarme corriendo se cerró la puerta en mis narices. Así que abrí la carpeta por si pudiera encontrar en ella cualquier dato que me acercara a él. 

En la carpeta había un sobre lacrado sin remite, recortes de prensa, papeles con el logo de cierto partido político y, por último, la fotocopia de un decálogo cuyo título llamó poderosamente mi atención: “Las 10 estrategias de Manipulación Mediática, por Noam Chomsky”. Antes de poder leerlo apareció el portero de la finca, cerré la carpeta y se la tendí. Pero me quedé con el título y más tarde, al llegar a casa, busqué la información precisa. Esto fue lo que encontré (copio y pego):

 

- NOAM CHOMSKY: LAS 10 ESTRATEGIAS DE MANIPULACIÓN MEDIÁTICA -

 

1. La estrategia de la distracción. El elemento primordial del control social es la estrategia de la distracción, que consiste en desviar la atención del público de los problemas importantes y de los cambios decididos por las elites políticas y económicas, mediante la técnica del diluvio o inundación de continuas distracciones y de informaciones insignificantes. La estrategia de la distracción es igualmente indispensable para impedir al público interesarse por los conocimientos esenciales, en el área de la ciencia, la economía, la psicología, la neurobiología y la cibernética. “Mantener la Atención del público distraída, lejos de los verdaderos problemas sociales, cautivada por temas sin importancia real. Mantener al público ocupado, ocupado, ocupado, sin ningún tiempo para pensar; de vuelta a granja como los otros animales” (cita del texto ‘Armas silenciosas para guerras tranquilas’).

2. Crear problemas, después ofrecer soluciones. Este método también es llamado “problema-reacción-solución”. Se crea un problema, una “situación” prevista para causar cierta reacción en el público, a fin de que éste sea el mandante de las medidas que se desea hacer aceptar. Por ejemplo: dejar que se desenvuelva o se intensifique la violencia urbana, u organizar atentados sangrientos, a fin de que el público sea el demandante de leyes de seguridad y políticas en perjuicio de la libertad. O también: crear una crisis económica para hacer aceptar como un mal necesario el retroceso de los derechos sociales y el desmantelamiento de los servicios públicos.

3. La estrategia de la gradualidad. Para hacer que se acepte una medida inaceptable, basta aplicarla gradualmente, a cuentagotas, por años consecutivos. Es de esa manera que condiciones socioeconómicas radicalmente nuevas fueron impuestas durante las décadas de 1980 y 1990: Estado mínimo, privatizaciones, precariedad, flexibilidad, desempleo en masa, salarios que ya no aseguran ingresos decentes, tantos cambios que hubieran provocado una revolución si hubiesen sido aplicadas de una sola vez.

4. La estrategia de diferir. Otra manera de hacer aceptar una decisión impopular es la de presentarla como “dolorosa y necesaria”, obteniendo la aceptación pública, en el momento, para una aplicación futura. Es más fácil aceptar un sacrificio futuro que un sacrificio inmediato. Primero, porque el esfuerzo no es empleado inmediatamente. Luego, porque el público, la masa, tiene siempre la tendencia a esperar ingenuamente que “todo irá mejorar mañana” y que el sacrificio exigido podrá ser evitado. Esto da más tiempo al público para acostumbrarse a la idea del cambio y de aceptarla con resignación cuando llegue el momento.

5. Dirigirse al público como criaturas de poca edad. La mayoría de la publicidad dirigida al gran público utiliza discurso, argumentos, personajes y entonación particularmente infantiles, muchas veces próximos a la debilidad, como si el espectador fuese una criatura de poca edad o un deficiente mental. Cuanto más se intente buscar engañar al espectador, más se tiende a adoptar un tono infantilizante. ¿Por qué? “Si uno se dirige a una persona como si ella tuviese la edad de 12 años o menos, entonces, en razón de la sugestionabilidad, ella tenderá, con cierta probabilidad, a una respuesta o reacción también desprovista de un sentido crítico como la de una persona de 12 años o menos de edad” (ver ‘Armas silenciosas para guerras tranquilas’).

6. Utilizar el aspecto emocional más que la reflexión. Hacer uso del aspecto emocional es una técnica clásica para causar un corto circuito en el análisis racional, y finalmente al sentido crítico de los individuos. Por otra parte, la utilización del registro emocional permite abrir la puerta de acceso al inconsciente para implantar o injertar ideas, deseos, miedos y temores, compulsiones, o inducir comportamientos…

7. Mantener al público en la ignorancia y la mediocridad. Hacer que el público sea incapaz de comprender las tecnologías y los métodos utilizados para su control y su esclavitud. “La calidad de la educación dada a las clases sociales inferiores debe ser la más pobre y mediocre posible, de forma que la distancia de la ignorancia que planea entre las clases inferiores y las clases sociales superiores sea y permanezca imposibles de alcanzar para las clases inferiores” (ver ‘Armas silenciosas para guerras tranquilas’).

8. Estimular al público a ser complaciente con la mediocridad. Promover al público a creer que es moda el hecho de ser estúpido, vulgar e inculto, malhablado, admirador de gentes sin talento alguno, a despreciar lo intelectual, exagerar el valor del culto al cuerpo y el desprecio por el espíritu…

9. Reforzar la autoculpabilidad. Hacer creer al individuo que es solamente él el culpable por su propia desgracia, por causa de la insuficiencia de su inteligencia, de sus capacidades, o de sus esfuerzos. Así, en lugar de rebelarse contra el sistema económico, el individuo se autodesvalida y se culpa, lo que genera un estado depresivo, uno de cuyos efectos es la inhibición de su acción. ¡Y, sin acción, no hay revolución!

10. Conocer a los individuos mejor de lo que ellos mismos se conocen. En el transcurso de los últimos 50 años, los avances acelerados de la ciencia han generado una creciente brecha entre los conocimientos del público y aquellos poseídas y utilizados por las elites dominantes. Gracias a la biología, la neurobiología y la psicología aplicada, el “sistema” ha disfrutado de un conocimiento avanzado del ser humano, tanto de forma física como psicológicamente. El sistema ha conseguido conocer mejor al individuo común de lo que él se conoce a sí mismo. Esto significa que, en la mayoría de los casos, el sistema ejerce un control mayor y un gran poder sobre los individuos, mayor que el de los individuos sobre sí mismos.

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Nota: Pues eso.

El sabor de un beso ciego

27 febrero 2012

A unos cincuenta metros de mi taxi vi a un hombre apostado en la acera con gafas de sol, un bastón y un cartel de TAXI entre sus manos. El mío era el único taxi libre de la calle, así que avancé despacio hacia el hombre (el tráfico era intenso, y la calle estrecha, de un solo carril) con la intención de detenerme a su altura, ayudarle a subir y llevarle donde él dijera. Pero antes de conseguirlo, sucedió algo inesperado. El coche anterior al que me precedía, un VW Golf rojo, se detuvo a la altura del ciego, abrió desde dentro la puerta del copiloto, y tras intercambiar unas palabras con él, éste plegó su bastón y montó en el coche.

Toqué el claxon. Sin duda, aquel conductor se había hecho pasar por taxista con la intención de estafar al pobre ciego. Como la calle era de un solo carril y apenas nos separaba otro coche, no tuve más remedio que esperar a que el falso taxi se detuviera en el próximo semáforo para acercarme a él e increparle su falta de escrúpulos. Pero el tráfico se volvió fluido, y el Golf continuó calle abajo hasta alcanzar el Paseo de la Castellana, por donde giró a la derecha dirección Cibeles. Ahí aproveché e intenté rebasar a otros coches para alcanzarle. Por suerte, uno de ellos era un coche patrulla de la Policía Municipal.

Pité para llamar su atención. Mientras avanzábamos, el coche patrulla bajó su ventanilla y yo la mía. Le grité al policía:

-¡Detengan a aquel Golf rojo!

Sin más, salió detrás del Golf y yo también. 

Lo abordamos cuando ya se había detenido en el próximo semáforo: el coche patrulla se paró a su izquierda, y yo a su derecha. Pero nada más detenerme y dirigirme hacia él, me quedé pálido. Encontré al ciego girado hacia el conductor del Golf (un chico rubio, bien parecido). Le estaba besando en los labios.

Uno de los policías se bajó del coche y se acercó a mí:

-¿Quiere que detengamos a esos hombres por besarse? 

-No, eh… Perdón.

-¿Será xenófobo el tío?

El policía me mandó a la mierda mientras dejó al conductor del Golf que continuara la marcha.

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Nota: Estoy confuso. Tal vez el del Golf le conociera, o ya fueran pareja y hubieran coincidido por azar. O tal vez, por culpa de un farsante, me quedé sin saber a qué sabe el beso de un ciego.

Miradas

16 febrero 2012

Cuando alcé la vista hacia el espejo retrovisor, sus ojos ya estaban allí. Clavados en los míos como ganchos. Desconozco cuánto tiempo llevaba mirándome, o si realmente me miraba a mí o tal vez a un infinito coincidente con mis ojos, más allá incluso de mis ojos, allá donde el mundo da la vuelta. Algunas veces miramos sin mirar; son pensamientos teñidos de blanco que nos vuelven ciegos, ausentes. Miradas perdidas que a veces se cruzan sin querer con otros ojos que no importan, no molestan. No tienen el poder de aniquilar las musarañas.

El caso es que sus ojos me gustaron (o más bien, su forma de mirarme aun sin querer). Aquella mirada, casual o no, resultaba acogedora, me sentaba bien, y yo necesito sentirme bien por siempre, como todos. Así que no dudé en tomar medidas, aunque sólo fuera por prolongar aquella sensación de bienestar. 

Sin perderla de vista, saqué de la guantera un rotulador permanente y me dispuse a dibujar sobre el espejo el contorno de sus ojos reflejados. Y sus pestañas también las dibujé. Eran lindas.

Y mientras yo dibujaba sus ojos, ella los desfiguró con su sonrisa.

Matar a Valentín

14 febrero 2012

Soñé que un coche de la policía arrasaba las azaleas de mi jardín. Desperté de súbito (yo no tengo jardín) y ahí estabas, a los pies de la cama, observándome mientras te abrochabas el pantalón. Ven, te dije. No puedo, llego tarde al trabajo. Que le den por culo al trabajo, te necesito. La puta poli acaba de destrozarme el jardín. ¿Qué jardín? El de dentro, supongo. Tengo miedo. Ven. Abrí la cama y te hice un gesto. Te acercaste para darme un beso y entonces te agarré por la cintura y tiré de ti. No puedo, Daniel, ya llego tarde. Sólo será un minuto. Te necesito. Está bien: un minuto y me voy, ¿vale? Te tumbaste a mi lado. Yo aproveché tu camisa abierta para apretar mi cabeza contra tu escote, sentir calor, o el eco del mar en tus latidos. Mientras, me acariciaste el pelo. ¿Tuviste un mal sueño? Horrible. La policía destrozó mi jardín. No te vayas, por favor. Tengo miedo. ¿Y a qué tienes miedo? A que te vayas. Pero tengo que irme. En esto metí mi mano por debajo de las copas de tu sostén y comencé a acariciarte los pechos. Daniel, no sigas… Tus pezones comenzaron a ponerse duros. Lanzaste un par de gemidos sordos pero al instante conseguiste zafarte. Ya vale, Daniel. Otro día. Me tengo que ir.

Ya en pie te abrochaste la camisa y tomaste tu chaqueta de la silla. Era azul. Del mismo azul que el pantalón. Parecía un uniforme. Al retirar la chaqueta pude ver en el respaldo un cinturón con balas, porra  de goma y un revolver. Y en la chaqueta, tu placa de la Policía Municipal. Te agachaste para tomar la gorra del suelo y me diste un último beso. Antes de marcharte me señalaste una nota sobre la mesilla: no te olvides de eso, me dijiste.

Sonó un portazo y me acerqué a la nota. Era una multa de tráfico cumplimentada a mano con mis datos y la matrícula de mi taxi. Doscientos euros por saltarme un STOP.

Basado en pechos reales

09 febrero 2012

La usuaria se quitó el abrigo y de súbito emergieron en mi espejo dos enormes tetas (cubiertas, eso sí, por un fino jersey de cuello vuelto). A simple vista me fue imposible discernir si aquellas tetas eran reales o no. Tampoco lo pregunté y no por falta de ganas, sino por esa ley no escrita del decoro (la misma que hace de la vida un gran misterio). Para mí era importante saber si aquel fenómeno era fruto de un capricho de dios, o solo sendos bunkers de silicona. Ese matiz, para que entiendas lo que intento decir, condicionaba mi capacidad de asombro.

A los hombres nos atraen las tetas tal vez por una rara conexión con nuestra infancia. Y tal vez también por eso yo rechace la silicona (ningún lactante podría sobrevivir succionando una sustancia que igual sirve para sellar ventanas). Además, el concepto de belleza natural se me desploma. No me seduce palpar una densidad que previamente fue aprobada en una junta de accionistas, o que tuvo que pasar ciertos controles por encima del control de mis caricias. Me cuesta admirar un tamaño elegido por catálogo, o una forma moldeada en un quirófano al gusto de la portadora y al pulso de un cirujano. Y qué decir de los pezones. Con qué ganas estimulas un pezón si no puedes evitar pensar que una vez fue levantado como la tapa de yogur. En fin. Son mil cosas.

O los famosos implantes PIP. Esa silicona defectuosa que se rompe y se esparce por dentro. Si en lugar de silicona fuera un cúmulo de recuerdos concentrados en la memoria de sus tetas, recuerdos con tara que explotan e inundan su cuerpo, al menos tendría su poso poético.  Pero estamos hablando de un producto industrial fabricado en serie, por el amor de dios…

El caso es que la usuaria de esta historia culminó su trayecto, me pagó la carrera y se bajó del taxi, y yo me quedé sin saber si aquellas tetas eran reales. Nunca dije que la profesión de taxista fuera perfecta.

Tres horas

25 enero 2012

Es esa mezcla. La tensión de una ambulancia sonando a lo lejos. Restos de carteles de Lou Reed en la pared de un comercio (se alquila o traspasa). Barrenderos que fuman en silencio. Mi taxi libre detrás de un furgón policial. La luz de enero. Dos chavales compartiendo un iPod. El precinto de un condón en el suelo. De esa suma de imágenes surge una idea, llámalo flash. El grueso de un relato literario. 

Cosme, 27 años, sobrepeso. Una mujer de mediana edad sentada a su lado en la última fila del autobús. La mujer lleva un número de teléfono anotado a boli en el dorso de su mano. Cosme se fija con disimulo y lo memoriza. La curiosidad de Cosme y un cúmulo de casualidades conforman el resto de la historia. Lo estoy viendo, secuencias nítidas como en Full HD. Apenas dará para un relato corto de tres, cuatro páginas, pero tengo que escribirlo ya, ahora, o perderá la frescura que merece.

El parking más cercano está en la calle Augusto Figueroa. Aparco allí mi taxi, agarro el portátil y me dirijo a una cafetería cualquiera. Aunque me tiente el alcohol, pido un café solo y tomo asiento en una mesa junto a la ventana. Enciendo el portátil, apago la BlackBerry y comienzo a escribir. El primer borrador es una trascripción literal de la historia que tengo en la cabeza, de principio a fin. Esto me ocupa unos 30 minutos. Durante ese intervalo no existe nada más. Sólo Cosme, la piel de Cosme, lo que ven sus ojos. El mundo desde la perspectiva de una promesa del ajedrez de 120 kg. sentado en un autobús dirección Quevedo. Luego reviso lo escrito, le voy dando forma. Ahí me relajo. Pido otro café y miro fugazmente a través de la ventana. Dos hombres besándose al otro lado de la calle me dan la idea de otro giro argumental, un final impactante, de esos que dejan seco al lector. Me vengo arriba. Sonrío. Me dispongo a escribir la corrección. Lo releo y al instante reparo en un fallo en el punto de vista. Tal vez debiera matar al narrador omniescente y volver a escribirlo todo en primera persona. Me vengo abajo.

Cuando doy por concluida la primera versión del relato ya han pasado tres horas. Tres horas de orgasmos mezclados con bajadas al infierno, como el delirio de un politoxicómano. Adrenalina y frustración en grandes dosis. Lo que haga después con esta historia carece por completo de importancia. Ahora no importa eso. Lo realmente importante es que he conseguido olvidarme de todo.

He conseguido olvidarme de mí. He conseguido olvidarme de ti.

Esa sensual geometría imaginaria

24 enero 2012

Conduces tu taxi detrás de una moto. Sigues de cerca a esa moto porque en ella viaja todo lo que entiendes por sensual: una larga melena rubia, un rostro abierto a la imaginación (lleva casco), espalda cóncava y apenas dos centímetros de carne a la intemperie, espontánea por la postura. Esos dos centímetros incluyen el filo de un tanga color infarto: es la base invertida de un triángulo equilátero cuya máxima tensión lo vuelve isósceles. Sensual es intuir que ese tanga desafía todas las leyes de la trigonometría. Todos sus vértices se prolongan convirtiéndose en líneas, y la línea del vértice inferior viola sin querer ese infinito bucle de la misma vida, y se transforma de nuevo en otro triángulo algo más grande, al otro lado de su cuerpo, debajo de un ombligo que también juegas a imaginar hasta con piercing. No existe ecuación que lo demuestre, apenas puedes ver una mínima parte de aquel complejo entramado, pero sabes que es así, y esa geometría imaginaria te vuelve loco.

Sensual es el triunfo del descuido por encima del pudor. Esa pista extra que te ayuda a tirar del hilo, esa nueva pieza a encajar en el puzzle que poco a poco vas formando en tu cabeza. Y cada nueva pieza (tal vez la tira del sostén en un descuido, o la franja de sus ojos si levantara la visera del casco, o un nuevo tatuaje en un tobillo) es celebrada por todo lo alto, como un niño que consigue el cromo más difícil del álbum.

Pero la más compleja sensualidad radica en saber frenar a tiempo, en no querer ver más de lo necesario por miedo a la decepción. ¿Y si sus pechos no fueran tal cual imaginaste? ¿Y si al bajar de la moto y perder la tensión de esa postura su trasero dejara de ser tan perfecto? ¿Y si se quita el casco y con él desaparece esa belleza que pensaste a juego con su pelo y con su cuerpo? Por eso cuando ella al fin se echa a un lado con la moto y sube a la acera como fin de su trayecto, decides no seguir sus pasos. Es mejor acelerar tu taxi y quedarte con esa imagen nítida que siempre será más bella que la real. Repito: SIEMPRE.

Los cuernos de Sara

10 enero 2012

Eran siete amigos, cuatro chicas, que habían salido a celebrar lo que ellos mismos denominaron “los cuernos de Sara”. La despechada en cuestión tomó asiento a mi lado y el resto se repartió entre mi taxi y otro, que nos siguió de cerca. Todos estaban visiblemente borrachos. También Sara. Como suele pasar en estos casos, en seguida tomaron confianza: los tres de atrás comenzaron a cantar la música de mi taxi (Radiohead) y mientras, casi entre gritos, Sara me contó su historia:   

- Llevábamos 4 años juntos, con fecha de boda para agosto de este año, y justo ayer me entero por terceros que me ha puesto los cuernos con media empresa. Que me los llevaba poniendo desde el primer día. Unos cuernos detrás de otros, ¿te lo puedes creer?

- ¿En qué trabajas? – pregunté.

- En una fábrica de pan.

- Vaya.

- ¿Cómo te llamas? – me preguntó ella.

- Daniel.

- Yo soy Sara.

Aprovechando el semáforo me tendió la mano. Una de sus amigas, atenta a mi conversación con Sara, soltó:

- Vente a tomar algo, Daniel. Aparca el taxi y tómate algo, que la chica necesita consuelo.

- Venga, sí. Tómate algo – volvió Sara.

Como nunca tengo nada que perder, con el mismo importe de aquel trayecto, invité a Sara a una copa. La discoteca era espantosa (música disco de pésimo gusto y un ambiente de mal beber), pero conseguí mantener una excitante conversación con Sara, levantarle la tapa de los cuernos a base de preguntas cabronas y silencios suicidas. Por el volumen de la música tuvimos que hablar muy de cerca, con mi boca casi en su oreja (y su aliento y su calor en la mía), rozándonos mejilla con mejilla, dejándonos rozar. Como dije, estaba borracha y confusa: necesitaba algo. Sacarse de sí, de sus problemas, sentirse guapa (lo era), perderse el respeto por una noche, buscar su daño colateral, un mensaje contundente: ahora soy yo, manejo mi propia vida. Por eso ella también aprovechó mi cercanía para sentir el contacto de mi piel, el calor de mis palabras en su cuello. Por eso mis labios comenzaron a jugar con su lóbulo, rozándolo mientras le hablaba, y ella se dejó rozar, acercó también su cuerpo, sus pechos en contacto con mi pecho, girando poco a poco la cabeza, huyendo poco a poco de sí misma. Y en ese sensual cortejo, ella me acercó su cuello y comencé a besarlo despacio, suave, húmedo. Se separó por un momento, y aproveché su rostro al frente para besar también sus labios. Y ella, en fin, se dejó besar.

Tres copas y mil besos después acabamos en mi casa. Sin mediar palabra, Sara buscó mi cama y se tumbó, como asumiendo un final que no sabía si quería. Ahora me miraba con cierta frialdad: por primera vez noté distancia. Yo me tumbé a su lado y con mis ojos clavados en los suyos busqué su pantalón vaquero. Comencé a desabrochar sus botones uno a uno y fui metiendo, muy despacio, la mano (por debajo de la fina seda de su tanga) hasta alcanzar su sexo. Estaba húmedo, más de lo que esperaba. Me dispuse a acariciarlo y entonces su rostro, su gesto, se fue transformando. Era esa mezcla entre el deseo y la ira, entre las ganas y el luto. Sara me miraba como sin poder evitar encontrar en mi mano y en mis ojos a su reciente exnovio, los cuernos que no hubo tiempo de asimilar, un dolor anestesiado por las copas, ese cambio de rumbo radical, ese futuro recién truncado. Cerraba los puños e intentó retener sus gemidos hasta que no pudo más: sufrió un orgasmo intenso pero raro, inocente y sin embargo culpable.

Entonces me dio la espalda y yo le di la espalda a ella. Me dormí en seguida. Supongo que ella no pudo. 

Y al despertar, por supuesto, ya no estaba.