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Miradas

16 febrero 2012

Cuando alcé la vista hacia el espejo retrovisor, sus ojos ya estaban allí. Clavados en los míos como ganchos. Desconozco cuánto tiempo llevaba mirándome, o si realmente me miraba a mí o tal vez a un infinito coincidente con mis ojos, más allá incluso de mis ojos, allá donde el mundo da la vuelta. Algunas veces miramos sin mirar; son pensamientos teñidos de blanco que nos vuelven ciegos, ausentes. Miradas perdidas que a veces se cruzan sin querer con otros ojos que no importan, no molestan. No tienen el poder de aniquilar las musarañas.

El caso es que sus ojos me gustaron (o más bien, su forma de mirarme aun sin querer). Aquella mirada, casual o no, resultaba acogedora, me sentaba bien, y yo necesito sentirme bien por siempre, como todos. Así que no dudé en tomar medidas, aunque sólo fuera por prolongar aquella sensación de bienestar. 

Sin perderla de vista, saqué de la guantera un rotulador permanente y me dispuse a dibujar sobre el espejo el contorno de sus ojos reflejados. Y sus pestañas también las dibujé. Eran lindas.

Y mientras yo dibujaba sus ojos, ella los desfiguró con su sonrisa.

Matar a Valentín

14 febrero 2012

Soñé que un coche de la policía arrasaba las azaleas de mi jardín. Desperté de súbito (yo no tengo jardín) y ahí estabas, a los pies de la cama, observándome mientras te abrochabas el pantalón. Ven, te dije. No puedo, llego tarde al trabajo. Que le den por culo al trabajo, te necesito. La puta poli acaba de destrozarme el jardín. ¿Qué jardín? El de dentro, supongo. Tengo miedo. Ven. Abrí la cama y te hice un gesto. Te acercaste para darme un beso y entonces te agarré por la cintura y tiré de ti. No puedo, Daniel, ya llego tarde. Sólo será un minuto. Te necesito. Está bien: un minuto y me voy, ¿vale? Te tumbaste a mi lado. Yo aproveché tu camisa abierta para apretar mi cabeza contra tu escote, sentir calor, o el eco del mar en tus latidos. Mientras, me acariciaste el pelo. ¿Tuviste un mal sueño? Horrible. La policía destrozó mi jardín. No te vayas, por favor. Tengo miedo. ¿Y a qué tienes miedo? A que te vayas. Pero tengo que irme. En esto metí mi mano por debajo de las copas de tu sostén y comencé a acariciarte los pechos. Daniel, no sigas… Tus pezones comenzaron a ponerse duros. Lanzaste un par de gemidos sordos pero al instante conseguiste zafarte. Ya vale, Daniel. Otro día. Me tengo que ir.

Ya en pie te abrochaste la camisa y tomaste tu chaqueta de la silla. Era azul. Del mismo azul que el pantalón. Parecía un uniforme. Al retirar la chaqueta pude ver en el respaldo un cinturón con balas, porra  de goma y un revolver. Y en la chaqueta, tu placa de la Policía Municipal. Te agachaste para tomar la gorra del suelo y me diste un último beso. Antes de marcharte me señalaste una nota sobre la mesilla: no te olvides de eso, me dijiste.

Sonó un portazo y me acerqué a la nota. Era una multa de tráfico cumplimentada a mano con mis datos y la matrícula de mi taxi. Doscientos euros por saltarme un STOP.

Basado en pechos reales

09 febrero 2012

La usuaria se quitó el abrigo y de súbito emergieron en mi espejo dos enormes tetas (cubiertas, eso sí, por un fino jersey de cuello vuelto). A simple vista me fue imposible discernir si aquellas tetas eran reales o no. Tampoco lo pregunté y no por falta de ganas, sino por esa ley no escrita del decoro (la misma que hace de la vida un gran misterio). Para mí era importante saber si aquel fenómeno era fruto de un capricho de dios, o solo sendos bunkers de silicona. Ese matiz, para que entiendas lo que intento decir, condicionaba mi capacidad de asombro.

A los hombres nos atraen las tetas tal vez por una rara conexión con nuestra infancia. Y tal vez también por eso yo rechace la silicona (ningún lactante podría sobrevivir succionando una sustancia que igual sirve para sellar ventanas). Además, el concepto de belleza natural se me desploma. No me seduce palpar una densidad que previamente fue aprobada en una junta de accionistas, o que tuvo que pasar ciertos controles por encima del control de mis caricias. Me cuesta admirar un tamaño elegido por catálogo, o una forma moldeada en un quirófano al gusto de la portadora y al pulso de un cirujano. Y qué decir de los pezones. Con qué ganas estimulas un pezón si no puedes evitar pensar que una vez fue levantado como la tapa de yogur. En fin. Son mil cosas.

O los famosos implantes PIP. Esa silicona defectuosa que se rompe y se esparce por dentro. Si en lugar de silicona fuera un cúmulo de recuerdos concentrados en la memoria de sus tetas, recuerdos con tara que explotan e inundan su cuerpo, al menos tendría su poso poético.  Pero estamos hablando de un producto industrial fabricado en serie, por el amor de dios…

El caso es que la usuaria de esta historia culminó su trayecto, me pagó la carrera y se bajó del taxi, y yo me quedé sin saber si aquellas tetas eran reales. Nunca dije que la profesión de taxista fuera perfecta.

Tres horas

25 enero 2012

Es esa mezcla. La tensión de una ambulancia sonando a lo lejos. Restos de carteles de Lou Reed en la pared de un comercio (se alquila o traspasa). Barrenderos que fuman en silencio. Mi taxi libre detrás de un furgón policial. La luz de enero. Dos chavales compartiendo un iPod. El precinto de un condón en el suelo. De esa suma de imágenes surge una idea, llámalo flash. El grueso de un relato literario. 

Cosme, 27 años, sobrepeso. Una mujer de mediana edad sentada a su lado en la última fila del autobús. La mujer lleva un número de teléfono anotado a boli en el dorso de su mano. Cosme se fija con disimulo y lo memoriza. La curiosidad de Cosme y un cúmulo de casualidades conforman el resto de la historia. Lo estoy viendo, secuencias nítidas como en Full HD. Apenas dará para un relato corto de tres, cuatro páginas, pero tengo que escribirlo ya, ahora, o perderá la frescura que merece.

El parking más cercano está en la calle Augusto Figueroa. Aparco allí mi taxi, agarro el portátil y me dirijo a una cafetería cualquiera. Aunque me tiente el alcohol, pido un café solo y tomo asiento en una mesa junto a la ventana. Enciendo el portátil, apago la BlackBerry y comienzo a escribir. El primer borrador es una trascripción literal de la historia que tengo en la cabeza, de principio a fin. Esto me ocupa unos 30 minutos. Durante ese intervalo no existe nada más. Sólo Cosme, la piel de Cosme, lo que ven sus ojos. El mundo desde la perspectiva de una promesa del ajedrez de 120 kg. sentado en un autobús dirección Quevedo. Luego reviso lo escrito, le voy dando forma. Ahí me relajo. Pido otro café y miro fugazmente a través de la ventana. Dos hombres besándose al otro lado de la calle me dan la idea de otro giro argumental, un final impactante, de esos que dejan seco al lector. Me vengo arriba. Sonrío. Me dispongo a escribir la corrección. Lo releo y al instante reparo en un fallo en el punto de vista. Tal vez debiera matar al narrador omniescente y volver a escribirlo todo en primera persona. Me vengo abajo.

Cuando doy por concluida la primera versión del relato ya han pasado tres horas. Tres horas de orgasmos mezclados con bajadas al infierno, como el delirio de un politoxicómano. Adrenalina y frustración en grandes dosis. Lo que haga después con esta historia carece por completo de importancia. Ahora no importa eso. Lo realmente importante es que he conseguido olvidarme de todo.

He conseguido olvidarme de mí. He conseguido olvidarme de ti.

Esa sensual geometría imaginaria

24 enero 2012

Conduces tu taxi detrás de una moto. Sigues de cerca a esa moto porque en ella viaja todo lo que entiendes por sensual: una larga melena rubia, un rostro abierto a la imaginación (lleva casco), espalda cóncava y apenas dos centímetros de carne a la intemperie, espontánea por la postura. Esos dos centímetros incluyen el filo de un tanga color infarto: es la base invertida de un triángulo equilátero cuya máxima tensión lo vuelve isósceles. Sensual es intuir que ese tanga desafía todas las leyes de la trigonometría. Todos sus vértices se prolongan convirtiéndose en líneas, y la línea del vértice inferior viola sin querer ese infinito bucle de la misma vida, y se transforma de nuevo en otro triángulo algo más grande, al otro lado de su cuerpo, debajo de un ombligo que también juegas a imaginar hasta con piercing. No existe ecuación que lo demuestre, apenas puedes ver una mínima parte de aquel complejo entramado, pero sabes que es así, y esa geometría imaginaria te vuelve loco.

Sensual es el triunfo del descuido por encima del pudor. Esa pista extra que te ayuda a tirar del hilo, esa nueva pieza a encajar en el puzzle que poco a poco vas formando en tu cabeza. Y cada nueva pieza (tal vez la tira del sostén en un descuido, o la franja de sus ojos si levantara la visera del casco, o un nuevo tatuaje en un tobillo) es celebrada por todo lo alto, como un niño que consigue el cromo más difícil del álbum.

Pero la más compleja sensualidad radica en saber frenar a tiempo, en no querer ver más de lo necesario por miedo a la decepción. ¿Y si sus pechos no fueran tal cual imaginaste? ¿Y si al bajar de la moto y perder la tensión de esa postura su trasero dejara de ser tan perfecto? ¿Y si se quita el casco y con él desaparece esa belleza que pensaste a juego con su pelo y con su cuerpo? Por eso cuando ella al fin se echa a un lado con la moto y sube a la acera como fin de su trayecto, decides no seguir sus pasos. Es mejor acelerar tu taxi y quedarte con esa imagen nítida que siempre será más bella que la real. Repito: SIEMPRE.

Los cuernos de Sara

10 enero 2012

Eran siete amigos, cuatro chicas, que habían salido a celebrar lo que ellos mismos denominaron “los cuernos de Sara”. La despechada en cuestión tomó asiento a mi lado y el resto se repartió entre mi taxi y otro, que nos siguió de cerca. Todos estaban visiblemente borrachos. También Sara. Como suele pasar en estos casos, en seguida tomaron confianza: los tres de atrás comenzaron a cantar la música de mi taxi (Radiohead) y mientras, casi entre gritos, Sara me contó su historia:   

- Llevábamos 4 años juntos, con fecha de boda para agosto de este año, y justo ayer me entero por terceros que me ha puesto los cuernos con media empresa. Que me los llevaba poniendo desde el primer día. Unos cuernos detrás de otros, ¿te lo puedes creer?

- ¿En qué trabajas? – pregunté.

- En una fábrica de pan.

- Vaya.

- ¿Cómo te llamas? – me preguntó ella.

- Daniel.

- Yo soy Sara.

Aprovechando el semáforo me tendió la mano. Una de sus amigas, atenta a mi conversación con Sara, soltó:

- Vente a tomar algo, Daniel. Aparca el taxi y tómate algo, que la chica necesita consuelo.

- Venga, sí. Tómate algo – volvió Sara.

Como nunca tengo nada que perder, con el mismo importe de aquel trayecto, invité a Sara a una copa. La discoteca era espantosa (música disco de pésimo gusto y un ambiente de mal beber), pero conseguí mantener una excitante conversación con Sara, levantarle la tapa de los cuernos a base de preguntas cabronas y silencios suicidas. Por el volumen de la música tuvimos que hablar muy de cerca, con mi boca casi en su oreja (y su aliento y su calor en la mía), rozándonos mejilla con mejilla, dejándonos rozar. Como dije, estaba borracha y confusa: necesitaba algo. Sacarse de sí, de sus problemas, sentirse guapa (lo era), perderse el respeto por una noche, buscar su daño colateral, un mensaje contundente: ahora soy yo, manejo mi propia vida. Por eso ella también aprovechó mi cercanía para sentir el contacto de mi piel, el calor de mis palabras en su cuello. Por eso mis labios comenzaron a jugar con su lóbulo, rozándolo mientras le hablaba, y ella se dejó rozar, acercó también su cuerpo, sus pechos en contacto con mi pecho, girando poco a poco la cabeza, huyendo poco a poco de sí misma. Y en ese sensual cortejo, ella me acercó su cuello y comencé a besarlo despacio, suave, húmedo. Se separó por un momento, y aproveché su rostro al frente para besar también sus labios. Y ella, en fin, se dejó besar.

Tres copas y mil besos después acabamos en mi casa. Sin mediar palabra, Sara buscó mi cama y se tumbó, como asumiendo un final que no sabía si quería. Ahora me miraba con cierta frialdad: por primera vez noté distancia. Yo me tumbé a su lado y con mis ojos clavados en los suyos busqué su pantalón vaquero. Comencé a desabrochar sus botones uno a uno y fui metiendo, muy despacio, la mano (por debajo de la fina seda de su tanga) hasta alcanzar su sexo. Estaba húmedo, más de lo que esperaba. Me dispuse a acariciarlo y entonces su rostro, su gesto, se fue transformando. Era esa mezcla entre el deseo y la ira, entre las ganas y el luto. Sara me miraba como sin poder evitar encontrar en mi mano y en mis ojos a su reciente exnovio, los cuernos que no hubo tiempo de asimilar, un dolor anestesiado por las copas, ese cambio de rumbo radical, ese futuro recién truncado. Cerraba los puños e intentó retener sus gemidos hasta que no pudo más: sufrió un orgasmo intenso pero raro, inocente y sin embargo culpable.

Entonces me dio la espalda y yo le di la espalda a ella. Me dormí en seguida. Supongo que ella no pudo. 

Y al despertar, por supuesto, ya no estaba.

Terapia de calles abiertas

23 diciembre 2011

El tercer jueves de cada mes mi psiquiatra y yo hacemos lo que él denomina “Terapia de calles abiertas”. Trasladamos su despacho a mi taxi y el diván al asiento del conductor. Según dice, muchos de mis traumas proceden del taxi, y no hay mejor forma de abordar cualquer problema que, precisamente, desde dentro.

La terapia consiste en dar vueltas por la ciudad mientras él me psicoanaliza desde el asiento trasero, como si él fuera usuario y yo el taxista, solo que al final del trayecto yo le pago a él lo que marca el taxímetro.  Suele marcar algo más de lo que me cobra normalmente por una hora de terapia convencional, cosa que le cabrea bastante (y a mí también).

El caso es que ayer sucedió algo insólito. Mientras él me hablaba de mis proyecciones usuáricas, biopsiando mi interior cual rata de laboratorio, mirándome fijamente a través del espejo retrovisor, moví el espejo para que él se reflejara en sí mismo, con sus ojos en contacto directo con sus propios ojos, y entonces mi psiquiatra implosionó. Pum.

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Adicto a las narcoganas

22 diciembre 2011

Supongamos que todos los días comienzan planos: sin color, ni olor, ni sabor, ni tacto. Supongamos que, cada mañana, nos vemos obligados a construir nuestras ganas desde cero, buscando matices o argumentos que le den volumen y respuesta a cada gesto. Supongamos que esa suma de gestos acaba creando poco a poco nuestro mundo. Un mundo distinto cada día que se destruirá nada más cerrar los ojos, todas las noches.

Ya sabes, motivos reales que ayuden a levantarnos de la cama, o a preparar el primer café del día, o a elegir entre una chaqueta de tweed o un jersey a rayas, o a salir de casa en tal o cual dirección; no por inercia, no como una de tantas conductas aprendidas, sino porque realmente sintamos alguna motivación o finalidad concreta en levantarnos de la cama, o en ese café con dos de azúcar (¿por qué siempre el mismo café y no cambiamos, tal vez hoy, al zumo de pera?), o en el pantalón de pinzas, o en tomar la dirección exacta.

¿Realmente crees que todo lo que haces te apetece, te construye, te sorprende, o las más de las veces sólo copias tu pasado una y otra vez? ¿somos costumbristas o sólo apáticos? ¿creemos de verdad que la vida es tan larga o tan monótona, o la culpa es nuestra?

Desde mis comienzos en esto del taxi y el blog, nunca he comenzado a trabajar a la misma hora, ni he seguido un mismo itinerario, ni he escrito la misma línea. Nunca he llevado dos veces al mismo usuario, ni imaginado dos cuerpos desnudos iguales. Tampoco gano dos días el mismo sueldo, ni acabo siempre en el mismo bar o brindando con la misma chica. Me dejo llevar por las luces, por la suma exacta de sensaciones que genera cada calle y, en definitiva, por esa capacidad de asombro que todos tenemos (aunque algunos no usen). 

Y los días más difíciles, esos que huelen a tedio, me visto con ropa interior femenina y todo cambia y se vuelve fascinante. Nada mejor que jugar a ser otra.

Nota: Las ganas nunca llegan solas: se buscan. Conozco una narcogana en cada esquina. Y sí. Lo reconozco: soy adicto.

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Proyecto lesbiana

21 diciembre 2011

Descartada ya la realidad práctica del sentimiento, ahora que jugamos al amor platónico, os recomiendo una lesbiana. No habrá celos, que es la parte mala del asunto. La esencia de los celos está, precisamente, en la comparación. ¿Qué tendrá ESE que no tenga yo? Los ataques de celos son punzadas en la base del ego y aquí, en este caso, no hay ego que valga. Si te enamoras de una lesbiana no te podrás comparar con una mujer, por muy varonil que sea. Siempre habrá un abismo genital entre ambos. Si Ana, el amor platónico que ayer conocí en mi taxi, mantiene una relación con otra mujer, será porque forma parte de su naturaleza. Me descartará no por mi falta de cualidades, sino porque simplemente no le atraen los hombres. De este modo, mi ego se mantendrá intacto y lo nuestro será imposible (como siempre ha sido) pero por culpa de nadie. Como concepto teórico no está mal. Pasemos a la práctica.

Llamé a Ana y me citó en su estudio a última hora de la tarde. Era una casa de techos altos en pleno barrio de Chueca, un ajado tercer piso sin ascensor. Ahí trabajaba pero también vivía, o al menos vi una cocina y una habitación con una cama de matrimonio y dos mesillas. El salón principal parecía, nunca mejor dicho, un cajón de sastre: varias máquinas de coser, maniquíes y mesas con telas desplegadas formaban una suerte de Tetris intransitable.

Tras enseñarme la casa, me ofreció una cerveza y nos sentamos en un sillón vintage. Ana llevaba una camiseta blanca, muy abierta y sin sostén. Sus pechos se me antojaron pequeños y firmes, y sus pezones parecían mensajes en braille de la misma camiseta. También lucía una falda corta de tela, sin medias (hacía calor) y al final de sus suaves y bronceadas piernas, unas All Star azules, desgastadas. Así dispuesta, recostada en el sofá y con el filo de su falda al límite de lo indecente, parecía una ninfa de extrarradio: preciosa, cercana, casual e irresistible.

Estuvimos hablando durante cinco o seis cervezas de su trabajo, su vida y viceversa. Incidió en lo mucho que había influido su condición de lesbiana en sus diseños.

En esto, se levantó del sillón y tirando de mí me soltó:

- Hagamos algo. Desnúdate.

- ¿Qué?

- Tranquilo. No voy a violarte. Desnúdate. Ahora vengo.

Sin apenas entender nada, comencé a desnudarme y entonces ella llegó con un vestido de mujer en la mano. El vestido parecía a medio hacer, aún con las guías de las costuras a la vista. Me ayudó a ponérmelo y comenzó a ajustarme con alfileres la zona del pecho y las caderas. Se arrodilló ante mí para meterme el bajo y, con su rostro a escasos centímetros de mi entrepierna, separada su boca de mí por la fina tela (podía notar el calor de su respiración), me dijo:

- ¿Has vivido alguna vez situación más sensual que ésta?

Antes de que pudiera decir nada, me tocó de lleno mi cada vez más abultado paquete y me dijo:

- Déjalo. No hace falta que contestes.

Y ahí quedó la cosa. Bueno, ahí no. Después de eso me regaló el vestido:

- Para que se lo ponga tu chica y te acuerdes de mí.

También me cedió un espacio al fondo su estudio para que viniera a escribir cuando quisiera.

- Tal vez te inspire escribir mientras me ves trabajando.

Y me marché de ahí borracho y excitado. Extasiado y confuso a partes iguales. Sois muy raras.

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Otro extraño proyecto de amor

20 diciembre 2011

Ayer subió a mi taxi la vigésimo séptima mujer de mi vida. Tenía los ojos color verde militar y sin embargo transmitían una paz indescriptible: miraba como pidiendo perdón, y sus pestañas eran toldos contra el llanto inverso. Su labio inferior tenía pequeños surcos, como los discos de vinilo, y cada vez que paseaba la punta de su lengua de izquierda a derecha, cual aguja de tocadiscos, sonaba una distinta de los Beatles. Lástima que la flecha de su barbilla señalara un escote hacia el que no pude viajar: demasiado alto el horizonte de mi espejo retrovisor.

En mi taxi nunca digo a nadie que escribo. A nadie excepto a las veintisiete mujeres de mi vida. A ésta, en concreto, le dije que estaba trabajando en mi próxima novela, y que su modo de comerse la calle con los ojos daba el perfil que andaba buscando para uno de mis personajes. Ella se mostró ilusionada:

- ¿En serio?

- Ahora dime: ¿qué ves? ¿en qué te fijas? - pregunté.

- Me fijo en la gente.

- ¿Podrías concretar un poco más?

- En lo hortera que es la gente. Me dedico al mundo de la moda, y me horroriza lo mal que suele vestir la gente en general.

- ¿De veras? ¿Por qué te metiste en el mundo de la moda?

- Soy lesbiana.

- ¿Cómo?

- Que soy lesbiana. Me excita diseñar ropa de mujer, imaginar el cuerpo perfecto y vestirlo a mi gusto. Confeccionar el vestido y probarlo en modelos. Ajustarlo por allí y por allá, sentir el contacto de su piel con mi propia creación… Buff… Es lo más.

- ¡Vaya!

- ¿Qué? ¿Ya no encajo en el perfil que andas buscando? 

- Mmmm… No del todo, pero me interesa mucho lo que dices. Tal vez cambie el personaje.

- La verdad es que me encantaría ser un personaje de novela. Ahora tengo prisa, pero si quiere podemos quedar otro día y lo hablamos con más calma – me dijo.

- Sí. Claro.

Comenzó a buscar algo en su bolso.

- Toma una tarjeta. Es de mi estudio. Llámame, o manda un mail y hablamos, ¿ok?

- Ok.

- Aquí. Para aquí. En ese portal. ¿Qué te debo? – me preguntó abriendo el monedero.

- No, no. Nada. Nunca cobro a los personajes de mi novela.  

- ¡Vaya! ¡Gracias! Hablamos, ¿vale?

- Vale.

- Chao.

Y salió del taxi. Por alguna extraña razón, ahora me atraía más aún.

Miré su tarjeta. Se llamaba Ana. Guardé su contacto en mi teléfono: LesbiAna (652 48…). Podría llegar a enamorarme de esa chica.

¿La llamo?

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