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¿Crees que te conoces?

23 mayo 2013

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Grabas en HD tu propia voz y al escucharla te suenas raro, ajeno. Tu tono dista mucho del que escuchas mientras hablas, como si la resonancia del circuito interno de tu puto cráneo te ofreciera una audición distorsionada de ti mismo. Crees que no te conoces, en fin, y entonces comienzas a dudar de la opinión que aporta el resto de tus sentidos hacia ti mismo. Te miras en el espejo pero piensas que esa imagen pudiera estar también adulterada por el eco de tu punto de vista. Así que, para salir de dudas, decides preguntar a los demás cómo te ven.

Y aquí viene lo extraño, porque unos te ven guapo, otros te ven feo, otros resultón y otros no saben/ no contestan. El caso es que absolutamente nadie coincide en un mismo criterio. Por eso te da por pensar que emites una imagen poliédrica, y que tal vez le pase lo mismo al resto de los chicos y las chicas. Para comprobarlo preguntas a alguien ajeno a ti, un usuario cualquiera de tu taxi, su opinión acerca de un tercero:

-¿Usted qué opina de Adrien Brody?

El usuario de tu taxi te dice que Brody es feo. Tú opinas lo contrario, que es guapo. Y Elsa Pataky, supongo, también opinará que es guapo (al menos fueron novios por un tiempo). Entonces piensas: “Tal vez el usuario de mi taxi y yo tengamos un concepto distinto de belleza”. Para corroborarlo, le vuelves a preguntar:

-¿Y le parece guapa Elsa Pataki?

Su respuesta desmonta, de nuevo, tu teoría. El usuario te ha respondido que sí (y tú en este caso opinas que también). Así que tal vez compartáis criterios respecto a las mujeres pero no hacia los hombres. Por eso vuelves a preguntar:

-¿Y María Dolores de Cospedal?

-¡Guapísima! -te responde sin dudarlo.

A ti, sin embargo, esa señora te parece un horror. Aunque bien es cierto que te ves condicionado por el cargo que ocupa y su forma de actuar. Si en lugar de política fuera, por ejemplo, azafata del AVE, tal vez pasaría de “horrorosa” a “resultona”.

Así pues, es posible que al fin hayas dado con la solución a este dilema: Todo es subjetivo, incluso tu misma voz. Nadie puede afirmar nada respecto a uno mismo.

¿Te ves guapo? ¡Enhorabuena! Pero, ¿quién más te ve así?

¿Te ves feo? Descuida. Alguien te dirá que te equivocas.

Cuando la belleza es ciega

22 mayo 2013

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Nunca había visto subir a mi taxi mujer de belleza tan pura. Ella tampoco: era ciega. Tal vez por eso su belleza reluciera más aún. La suya era, a fin de cuentas, una belleza libre, una belleza sin el vicio inevitable del espejo, sin las pistas del espejo, o el escrutinio del espejo. No era consciente de sus gestos más favorecidos, ni del carmín más adecuado, o de cómo articular los labios y que resulten sexys, y sin embargo todo en ella conjugaba de un modo salvaje y melodioso a su vez. Sus labios eran un tango aun sin haber aprendido a bailarlos, y arqueaba las cejas como mueve el pincel un pintor impresionista.

Y en casos como este no importa que te digan mil veces lo guapa que eres si no te puedes ver con tus propios ojos, ni comparar con las demás bellezas. No eres consciente y en cierto modo pierdes la importancia del aspecto físico aunque el tacto haga las veces del ojo pero mienta también: hay caras suaves pero feas a la vista; o rasgos bien definidos (que facilitan la imaginación) pero feos en conjunto.

Hablé con ella sólo por ver atentamente cómo movía sus labios. Incluso fingí detener el taxi en un semáforo (en realidad me eché a un lado del arcén) y me acerqué por entre el hueco de los asientos, casi cara a cara y a escasos centímetros, conteniendo el aliento por si notaba mi cercanía, evitando acercarme más por si notaba el calor de mi piel. Y así me mantuve un buen rato hasta que ella me dijo:

-Tarda mucho el semáforo, ¿no?

Y entonces comprendí que, de los cinco sentidos, la vista es el más dado a detener el tiempo.

Efectos secundarios de las células madre

14 mayo 2013

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Foto real de la crema en cuestión

La mujer volcó su bolso sobre el asiento hasta que encontró el monedero, me pagó deprisa, volvió a meterlo todo de nuevo en el bolso y bajó de mi taxi. Más tarde vi que, con las prisas, se había dejado olvidado un frasco ancho de cristal, una de esas cremas de tapa dorada para el cuidado de la piel. Nada más percatarme cogí el frasco y leí lo que ponía en la etiqueta: “Crema de contorno de ojos con células madre”. Nunca he creído en los poderes mágicos de esas cremas tan caras, pero aquello de células madre me sonó bien. Soy propenso a las ojeras, así que sin pensarlo abrí el bote y me apliqué la crema en las bolsas de los ojos. Sentí un frescor agradable. Nada más.

Luego continué como si nada dando vueltas con el taxi hasta que una chica de unos veinte años me levantó la mano. Detuve el taxi a su lado, subió, me indicó un destino y, al enfocarla en el espejo retrovisor sentí cierto instinto de protección hacia ella. La chica sacó de su mochila un minibrick de zumo de naranja, lo abrió, le pegó un breve sorbo y después lo mantuvo en la mano durante un buen rato. No sé bien cómo ni por qué, pero al ver que no continuaba con el zumo acabé diciendo: “¡Pero bébetelo, que se van las vitaminas!”. La chica se quedó de piedra y yo también. Acababa de soltar, sin poder evitarlo, la típica frase de madre. Pero ahí no quedó todo. Después de eso me fijé que la chica apenas llevaba una camiseta de tirantes y los hombros y los brazos desnudos. Ahí tampoco pude evitar soltar: “Habrás metido en la mochila una rebequita, ¿no? Que esta noche seguro que refresca…”. La chica no salía de su asombro; pero no podía evitar comportarme como una madre. Después llegamos a su destino y la chica, nerviosa, comenzó a buscar en la mochila el monedero. Y entonces dije: “¿A que voy yo y lo encuentro?” Ahí me di cuenta del efecto que surtía en mí aquella crema. Las células madre , al contacto con mis ojos, me hacían verlo todo como eso mismo. Como una madre.

Sin embargo, en los días siguientes el instinto (¿maternal?) me llevó a continuar usando aquella crema, aplicándomela cada poco en las bolsas de los ojos, y en el fondo me gustaba tratar a los usuarios de mi taxi como si fueran mis propios hijos. Y poco a poco, además, para sorpresa de los míos, me fui convirtiendo en mejor persona.

Pero ayer mismo se me acabó la crema. Se me secaron los ojos y ahora, no sé…

Me siento huérfano.

 

“El cáncer me salvó la vida”

13 mayo 2013

El viaje Ecuador-París de Jean Pierre, francés de 44 años, hacía escala en Madrid. Tenía tres horas de espera y le apetecía conocer la ciudad, así que decidió tomar un taxi en el aeropuerto y que el propio taxista le hiciera de guía.

Jean Pierre tenía los ojos más vivos que he visto nunca. Se sentó a mi lado y en un perfecto inglés me pidió que improvisara destinos. Durante el primer tramo del trayecto me contó qué le había llevado hasta aquí, una historia que me dejó absorto: Jean Pierre fue mecánico de aviones militares en Francia hasta que, a la edad de 42 años, le diagnosticaron un cáncer terminal. El médico le dio seis meses de vida. Al conocer la noticia, vendió todas sus propiedades y, sin decirle nada a su exmujer ni a sus dos hijos, se dispuso a viajar por todo el mundo para aprovechar hasta el último aliento y hacer todo aquello que tenía pendiente. Nueva York fue su primer destino. Se instaló en Brooklyn y allí le dio por ejercer su afición frustrada: la pintura. Comenzó a pintar retratos de gente. En poco tiempo y contra todo pronóstico sus retratos comenzaron a tener éxito y se corrió la voz. Le pedían cada vez más retratos y le ofrecían cada vez más dinero por ellos. Según me dijo, ahora pintaba bien, tenía éxito, porque en sus trazos se notaba la claridad de quien le ha perdido el miedo a la vida.

En Brookylyn se enamoró de una marchante de arte. Ella no sabía que apenas le restaban dos meses de vida, así que optó por huir del dolor y viajó al sur. Se instaló en uno de los barrios más peligrosos de Quito, Ecuador. Sin embargo allí se sintió libre. “Nada mejor que tener cerca la muerte para vivir sin temor a nada”, me dijo.

Pero el milagro llegó después. Volvió a acudir a otro médico, y este le dio la buena noticia: el cáncer había remitido. Ya no se iba a morir.

Ya han pasado dos años de aquello, y Jean Pierre sigue vivo, viajando, y viviendo de sus retratos. Esta misma tarde regresará a París para arreglar asuntos pendientes con su familia y después volverá a Broocklyn. A pintar y a reencontrarse con aquel amor.

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Nota: El tour y la charla duró algo más de una hora. Luego aparcamos el taxi y le acompañé a visitar el museo del Prado. Al despedirnos en la terminal 4 de Barajas me dio su teléfono y yo el mío (“quiero volver con más calma y regalarte un retrato” me dijo). Nos dimos un abrazo y justo antes de marcharse me soltó una de esas frases que te hielan el alma: “El cáncer me salvó la vida”.

La paja en el ojo del ciego

08 mayo 2013

Leyendo en la parada de taxis de Ortega y Gasset una biografía del guionista y director Willy Wilder, me topo con la siguiente anécdota:

Una historia muy querida por Willy relata la desventura de un amiguete cuyo padre lo descubrió mientras estaba masturbándose y le anunció que si lo hacía cincuenta veces más moriría. Aterrorizado, el chico cesó la práctica, pero sólo durante un día o dos; luego ya no pudo aguantar más y volvió de nuevo a las andadas. Acechado por la sensación de su muerte inminente, el chico empezó a señalar cada sesión en una hoja de papel, apuntando sus orgamos igual que un aviador de la primera guerra mundial hacía muescas en su avión, con la diferencia, claro, de que en este caso él era su propia víctima. Al principio, contaba Wilder, el chico se masturbaba un par de veces a la semana, luego sólo una. Finalmente, llegó a la señal cuarenta y nueve. Según Wilder: “Escribió una nota de despedida para sus padres en la que explicaba cómo había resistido; ahora se iba a la muerte y les rogaba que le perdonaran”. Tras deslizar la carta bajo la puerta del dormitorio de sus progenitores, volvió al suyo y se masturbó hasta la muerte… pero no la muerte del cuerpo y el alma sino la de su fe en su padre: A partir de entonces, no volvió a creerse una sola palabra de lo que le dijera su padre.

En esto sube a mi taxi un padre con su hijo prepúber. Cierro el libro, el padre me indica un destino y acto seguido comienzan a hablar entre ellos. Por lo que escucho de su conversación el niño aún se encuentra en esa etapa límite de confianza hacia su padre, ese punto de inflexión entre el respeto y la duda. El caso es que aún no demostraba el típico gesto de quien ya conoce el noble arte de la masturbación, ese barniz en los ojos que delata la pérdida de inocencia, esa mueca de asombro suave, ese olor a disimulo.

El trayecto fue corto. Pagó el padre, que bajó primero del taxi, y al bajarse el niño le vi fijarse en una chica de uniforme de colegio, falda corta, pechos generosos, y entonces le agarré del brazo y le dije:

-Tranquilo. Diga lo que diga tu padre no morirás. Tampoco te quedarás ciego.

Para mi asombro, en lugar de asustarse, el niño me sonrió. Algo sabía.

 

Fotosíntaxis

02 mayo 2013

Te sientas en el capó de tu taxi, brazos cruzados, y observas la vida. Observas al tipo del chándal y la yonkilata en un escalón de un McDonalds justo en frente de ti. Observas a una teen paseando con su cocker mientras habla por teléfono. Observas a un gafapasta sentado en la terraza de un irlandés con otro gafapasta, los dos bebiendo Guinness en silencio. Observas a un hipster haciendo fotos,en modo macro, a una margarita crecida de una grieta en el asfalto. Observas a dos gays corriendo de la mano. Observas a esa chica que espera apoyada en la baranda del Metro Tribunal. Lleva catorce minutos esperando. Tal vez su cita no llegue nunca.

Podrías seguir a cualquiera de ellos y tirar del hilo de su historia. Buscar el argumento que les lleva a moverse, a salir a la calle y escoger un plan u otro, un camino o el contrario. Podrías alimentarte de sus fuerzas, chupar sus ganas. Demostrarte a través de ellos que el mundo sigue y gira a su antojo, o al antojo de unos dioses que nadie votó, dioses fascistas.

Pero el sol se coló entre dos nubes y te da de lleno en los ojos que ahora cierras y en la frente, y la telilla interna de los párpados se ve roja, y sonríes porque sientes un calor que no te está tocando, ni siquiera te acaricia y sin embargo lo sientes, como si pudieras echar raíces en cualquier momento de no ser por las macetas de tus zapatos. Por eso te descalzas y te quitas los calcetines con los ojos aún cerrados, y el suelo está frío pero pronto tus pies se aclimatan. Y así plantado sólo deseas fundirte con el suelo y quedarte ahí, ajeno al paso del tiempo.

Pero entonces se te acerca alguien con voz de mujer y te pregunta si tu taxi está libre, y sin abrir los ojos dices que no, que estás haciendo la fotosíntaxis. Que coja otro, por favor.  Notas que se marcha y con el rabillo del ojo compruebas que es ella, la misma chica que esperaba apoyada en la baranda del Metro Tribunal. Tal vez se cansó de esperar. O la dieron plantón. Qué cosas.

El niño que llevo dentro (del taxi)

16 abril 2013

Ese niño era igual que yo de niño, ¡lo juro!: el mismo pelito rubio, el mismo cuerpo fideo, la misma mirada triste y perdida… Subió a mi taxi con una madre que no era igual que mi madre (tal vez él fuera adoptado; o yo) y se mantuvo en silencio durante todo el trayecto, observando la calle y al taxista, es decir, a mí. Hubo un momento en que el niño me miró a través del espejo y yo le miré a él, nos quedamos clavados, y aquello fue un shock para mí, como si aquel espejo tuviera la cualidad de viajar en el tiempo. Bajé incluso el espejo hacia él, enfocando a sus ojos, y así lo mantuve hasta el final del trayecto. Su mirada parecía pedir auxilio. La mía también. En cualquier caso era asombroso verme reflejado con décadas de diferencia.

Luego, cuando “mi yo pretérito” y mi madre falsa bajaron del taxi, volví a colocar el espejo en su postura original y en su reflejo comencé a ver la trasera de mi taxi y la calle pero veintitantos años antes, los mismos que me separaban de aquel niño. Vi por el espejo que me seguía un Seat 1430 pero después me adelantó y se convirtió en un Seat Toledo último modelo. Lo mismo me pasó con un Renault Cinco Copa que mutó en un Clio nuevísimo (su conductor antes llevaba una camisa con cuellos de pico y flores, y ahora una blazer azul eléctrico). Algunos edificios también eran distintos, incluso vi descampados a través del espejo donde ahora figuran enormes rascacielos.

A medida que avanzaba, en fin, el presente le iba comiendo terreno al pasado, pero no había forma de quitármelo de encima: sentía el aliento del pasado en mi nuca, como persiguiéndome de cerca todo el rato. Entonces me acordé de aquella vez, allá por EGB, cuando mi profe de mates me pilló pintando un corazón en la fachada de la escuela. Por aquel entonces estaba enamorado de una tal Patricia (mi primer amor: una niña preciosa de pelo rizado) y quise dar fe de ello con un Edding 500 color rojo en la fachada principal del colegio y mucha paciencia. El castigo por esa primera muestra de amor duró meses. Ahí me di cuenta que el amor dolía.

Ahora el pequeño edificio de aquel colegio sigue en pie, pero ya no es un colegio, sino un burdel de lujo (lo juro). De todos modos allá que fui con mi taxi.

Cuando llegué al punto exacto del muro maniobré para enfocar en mi espejo la pintada de antaño. Y en efecto, ahí estaba; sólo visible a través del espejo:

“Yo (corazón) Patricia”.

Y con la pintada en el punto de mira, metí marcha atrás, aceleré todo lo que pude, y empotré la trasera de mi taxi contra el muro.

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Nota: El taxi se lo llevó la grúa, pero hoy mi psiquiatra me ha visto genial. Me encontró tan mejorado que incluso me ha reducido otra media pastilla. Bien, ¿no?

Mujer al otro lado del espejo

12 abril 2013

Te tengo en la punta de tu lengua. Tu nombre. Tus gestos. Juro que reconozco esa forma de respirar aunque no te ubico. Tu pelo. Tus labios fríos. Tal vez sea eso: reconozco tu cara pero no al hombre que yo era cuando me crucé contigo. Como si mi nueva etapa hubiera conseguido borrar todos esos rostros o el significado de esos rostros. Como si todo aquello perteneciera a otra vida o a otro mundo y tú hubieras sido importante para mí en aquel preciso instante aunque no sé dónde ni cuándo. Tal vez te soltara un tequiero, un parasiempre, y así lo sintiera en esa vida aunque hoy no recuerde tu nombre, aunque no te localice en el mapa del recuerdo. Ni los lugares que frecuentamos, ni las puestas de sol.

Sólo quiero decirte “¡Dios mío, ha pasado tanto tiempo..! Pensé que nunca volvería a verte, pero ahora estás aquí en mi taxi, y aquí estoy yo también, y el azar nos ha cruzado”.

Pero ya no soy el mismo, pero ya no eres la misma y tampoco mi forma de mirarte: ¿dónde se perdieron esas chispas? Tal vez mis ojos cambiaron y crucé tantas fronteras que ya ni me acuerdo.

Y llegaremos a tu destino, me pagarás, te bajarás del taxi y yo seguiré siendo ese pasado perdido entre los rostros, ese presente perdido entre los nombres.

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Nota: Post basado en la canción “Elderly woman behind the counter in a small town” de Pearl Jam.

Seré mi misma voz

01 marzo 2013

Ayer un usuario de mi taxi me reconoció por la voz. Hace años que colaboro en diversos programas de la Cadena SER, pero nunca antes me había sucedido algo así. Me habían reconocido por las fotos de mi blog o la edición impresa de 20minutos, o por mis apariciones en la tele, pero nunca por mi voz.

Al confesarle que sí, que era yo, me pidió que volviera la cabeza para verme de frente.

-Te creía mayor- me dijo.

-La tele engorda y la radio suma años- se me ocurrió contestar.

-También te imaginé gordito. Con aire bonachón. Y gafas. No sé por qué, pero te imaginé con gafas.

-¿Y qué más?- pregunté sorprendido.

-Sin barba. Y con menos de pelo. Y camisa de cuadros. Y un reloj Casio en la muñeca.

-No uso reloj.

-Ya veo, ya. La verdad es que no eres el hombre que imaginaba. Eres mucho más delgado, sin duda. En fin… menuda decepción.

Llamó mi atención esto último. Aquel usuario se sentía decepcionado por haber errado en su predicción. Incluso bajó de mi taxi cabizbajo. En su caso le importaba más el poder de la imaginación que la misma realidad. La radio, para él, suponía crearse un mundo de matices alrededor. De hecho, me había descrito con todo lujo de detalles.

Unos metros después de aquello subió a mi taxi otra usuaria. Nada más montarse me dijo:

-¡Uy! Alguien se ha dejado esto en el asiento.

Me lo tendió. Era un reloj Casio.

Quedé pálido.

Volví a repasar lo que me dijo aquel hombre. Que mi voz, en la radio, me hacía más viejo. Y que además me imaginaba con un reloj Casio.

¿Se habría adelantado al futuro a través de mi voz?

También me imaginó con gafas y es cierto que cada vez veo peor; algún día no tendré más remedio que usarlas. Y más gordo. Dijo que me imaginaba más gordo. Mucho más gordo.

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Nota: Guardé el reloj. Mañana mismo empiezo la dieta.

Pablo y Ana

28 febrero 2013

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Pablo y Ana se aprendieron a través de Instagram. Pablo subía con su móvil capturas de la calle que llamaban su atención. Ana, por su parte, encontró por casualidad, googleando, una foto de Pablo. En la foto aparecía el rostro de Pablo reflejado en un escaparate de lencería fina. Amplió su rostro y aquellos rasgos angulosos de Pablo eclipsaron a Ana. Por eso Ana abrió su propia cuenta en Instagram, subió un par de fotos de sí misma, agregó sólo a Pablo y clickeó un “Me gusta” en cada una de las 136 fotos de él. Pablo, abrumado por semejante avalancha de Megustas, entró en el perfil de Ana y también se vio eclipsado por el rostro rubio, angelical, de ella. Y por supuesto, la agregó, y clickeó “Me gusta” y “Me gusta” en las dos fotos de ella.

A partir de entonces Pablo comenzó a subir fotos pensando en Ana, y Ana comenzó a subir fotos pensando en Pablo. Y entre ambos se creó un lenguaje sin palabras, clickeando “Me gusta”, o no, en función de los gustos del otro. Si Pablo, por ejemplo, colgaba la foto de una cerveza y ella no le daba a “Me gusta”, significaba que a Ana no le gustaba la cerveza y a Pablo sí. O si Ana colgaba la foto de un cartel de Django y Pablo pinchaba en “Me gusta”, significaba que a los dos les gustaba el cine de Tarantino. Y así lo hicieron con libros, con comidas, con lugares, hasta que cientos de fotos después consiguieron aprenderse al dedillo.

La última foto que colgó Ana fue el letrero de un café del centro, y su mano sujetando un papel con una fecha y una hora escritos a boli. Sin pensarlo dos veces Pablo pinchó “Me gusta”. Habían quedado, por fin, para verse en persona.

Pablo me enseñó esa última foto al montar en mi taxi. Café Comercial, 27 de febrero, 19:30 horas. Le temblaban las piernas como a un niño.