Sobrado me creí con tres de los cinco sentidos para desentrañar la tragedia de aquel hombre: La vista, el olfato y el tacto. Nada más subir al taxi me llegó un fuerte olor a ginebra barata (una mezcla de alcohol en bruto y enebro): Venía de un bar. Tras indicarme su destino (zona Carabanchel), me fijé en su aspecto: Cincuenta años, piel gruesa y amarillenta, ojeras, barba de tres días, pelo oscuro con muchas canas, camisa gris sin planchar: Vivía solo. No llevaba reloj. Desempleado.
Durante el trayecto mantuvo la mirada perdida hacia la calle, sin fijarla en nada que llamara su atención: Deprimido.
Llegamos a su destino, me tendió un billete de 5€ desgastado y en el tacto de sus dedos noté unas yemas duras como piedras, curtidas.
La ecuación, según mis sentidos, parecía clara: Aquel hombre trabajó toda su vida en algún oficio manual y de súbito se vio en el paro. Tal vez por culpa de ello su mujer le dejó y se abandonó a la bebida en un claro giro autodestructivo.
Pero nada más bajar del taxi gritó:
- ¡Mariam!
En esto, una rubia (espectacular) cargada de bolsas se giró:
- ¡Samuel! ¡no te esperaba tan pronto!
La rubia se acercó a él y le dio un beso en la boca. Mi usuario tomó las bolsas y ambos entraron en una vivienda unifamiliar. La curiosidad me llevó a tirar de freno de mano y acercarme a la plaquita dorada que presidía la puerta. Leí:
“Samuel T. G. – Arquitecto -”
……………………….
Nota: No di una.
Moraleja: De nada sirven los cinco sentidos si no te funciona el sexto.

El testimonio de mis clientes, desde que la vida es taxi (y los taxis, sueños son) me ha llevado, según el caso, a actuar siguiendo los siguientes parámetros:
Nadie alza la vista. Ahora entiendo por qué: el cielo aparece comprimido. El cielo de la Gran Vía no es más que otro archivo visual en Mp4.
Relax, relax, relax… me digo mientras trato de encontrar un hueco entre dos coches que ahora giran, y frenan, y casi chocan con un tercero justo antes de abrirse el último puto semáforo de un José Abascal en parada cardiorrespiratoria, agonizante. Relax, relax… y acelero, y sorteo a un malabarista argentino, seguro que es argentino, el mismo que ahora se quita el sombrero en busca de monedas por entre decenas de coches que no pueden moverse, que mueren tras mi espejo de impotencia (cual niños jugando a presionar su vena aorta), y entonces tomo el Paseo de Recoletos a la derecha, justo donde cinco coches oficiales esperan en doble fila a sus correspondientes peces gordos, y pienso en peces, y miro al cielo: no llueve. Los peces gordos no tardarán en morir de asfixia. Relax… y un Agente de Movilidad con cara de pez poniendo multas, y un hombre gordo con bigote y pinta de comisario que cruza sin mirar (¿le atropello?), y otro en bici, y una mujer que me mira con ojos de no haber dormido en los últimos quince años, y un vagabundo buscando cáscaras de vida en la misma papelera donde otro vagabundo acaba de tirar una American Express sin fondos, supongo, y una joven guapísima, con su coleta y su gorra roja y su abrigo rojo repartiendo el
El A-e-i-o-u-ntamiento de Madrid ha instalado, en plena plaza de Colón, monitores con información sobre los niveles de la calidad del aire que respiramos (no sé si retocados, o no, con el Photoshop).

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