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Apagado (o fuera de cobertura)

09 mayo 2012

La ingrávida joven me pidió recoger a “alguien” en la Glorieta de Bilbao para continuar después hasta un destino que no me llegó a decir (más bien se truncó, como ya veremos). Era una chica de gesto suave, piel lechosa o más bien de horchata, rasgos marcados pero dulces, de unos treinta años, cabello corto y oscuro, ni pendientes ni abalorios y un vestido al más puro estilo naïf.

Cuando llegamos al punto donde habría de subir ese “alguien”, justo en la boca del Metro Bilbao, a las puertas del café Comercial, accioné los WARNING del taxi y ahí nos quedamos esperando, en silencio. Ella mirando la pantalla de su móvil pero sin darle uso, como a la espera de cualquier posible aviso, y yo observando con disimulo a través del espejo. Como digo, se resistía a ponerse en contacto con su cita; tal vez no quisiera parecer insistente o pesada. Pensé que entre ese “alguien” y ella no había un vínculo demasiado estrecho (cuando hay confianza nada te impide llamar o mandar un mensaje: “dnde stas?, t qda muxo?)”. Ella prefería esperar a que ese “alguien” se personara o bien llamara para avisar de que llegaba tarde. Pero aquel era un lugar incómodo para detener el taxi, los autobuses pitaban:

-Aquí no podemos estar mucho tiempo- llegué a decir.

Entonces ella se hizo cargo aunque visiblemente nerviosa: usó el teléfono como en contra de su propia voluntad. Desde mi asiento yo también pude escuchar que el móvil de su interlocutor se encontraba ”apagado o fuera de cobertura”. Pudiera ser por culpa de cualquier contratiempo (se quedó sin batería o en efecto, sin cobertura), sin embargo ella lo interpretó con cierto gesto de derrota. Había algo más, sin duda. Puede que aquel “apagado o fuera de cobertura” fuera la constatación de que él no vendría, un gesto cobarde ya sufrido y repetido. Apagado a propósito. En realidad no hizo falta más ni quiso esperar un segundo más. Después de aquella llamada fallida, me dijo:

-Bien, eh… lléveme a… al mismo sitio donde me recogió.

Es decir, a su casa. Es decir, plan truncado. Es decir, que se rompió algo o se volvió a romper. No me cabe otra explicación. O tal vez tú la tengas…

Multas a la creatividad

04 mayo 2012

Mi nivel de ensimismamiento se mide por el número de multas de tráfico que me llegan a casa: a más multas, más hacia dentro vivo. Ahora, por ejemplo, me encuentro inmerso en pleno proceso de creación. Intento darle forma a una trama con pretensión de novela, obsesión que me ocupa todas las horas del día, tiempo taxial incluido.

En la foto (multa escaneada), circulaba por uno de los túneles de la M-30, supongo que llevando a algún viajero, supongo que interactuando con él, sopesando en qué parte de la trama incluirlo. No se a ti, pero a mí me resulta imposible llevar en mi taxi a un desconocido, imaginar su vida a través de su aspecto físico o hablando con él, calibrar a su vez la posibilidad de incluirlo en mi novela (y si así fuera, en qué parte de la trama o con qué excusa), y con todo y con esto, respetar el límite de 70 kms/h que marca la vía.

Desde que comencé a barruntar esta novela, me han llegado un total de 7 multas: Ocho puntos del carnet y más de mil quinientos euros con su correspondiente reducción pronto pago. En cada una de ellas he presentado el mismo recurso de mi puño y letra, alegando lo que ya os he contado: que en esos instantes me encontraba en pleno proceso creativo, y que por el bien de mi futuro literario, con el fin de no truncar el disfrute a mis futuros lectores, procedieran a retirarme la multa. Y ya de paso, que echaran un vistazo en Google al rótulo “nilibreniocupado” que se puede distinguir en el maletero, en referencia a este blog. 

No he ganado ningún recurso, lo cual demuestra la falta de sensibilidad del Ayuntamiento de Madrid, así como su nulo interés por fomentar la cultura.

En cualquier caso, tengo pensado enviarle todas esas multas a mi editor como gastos del proceso de elaboración de la novela. Espero al menos que nadie se atreva a decir, cuando al fin la termine y se edite y salga a la venta, que mi libro es caro.

La fiebre

02 mayo 2012

Fiebre es salir de casa con la actitud de un yonki. Sacar el taxi del garaje, buscar mi dosis diaria y no parar hasta encontrarla, hasta dar con la chispa que prenda el inicio de una frase, cualquier frase de esas que llevan a otras y sacian por dentro, tú ya me entiendes. El taxi es un buen medio, la mejor de las excusas para no levantar sospecha. Nadie sabe al montarse que el trayecto será lo de menos. Nadie sabe que él mismo (o ella misma) es mi auténtico objetivo: su rostro, sus comentarios, su tono, o los motivos que le han llevado a tomar mi taxi (detrás de cada trayecto siempre hay uno o varios porqués, intrahistorias que conforman y ayudan a dar vida al personaje). Me fijo en su gesto, en su tono, en las caras que pone cuando habla por teléfono, en qué dice y cómo lo dice, o cómo se desenvuelve ante mí sin conocerme de nada (tímido, desafiante, acomplejado), o por qué se muerde las uñas en ese preciso instante, al escuchar por la radio esa precisa canción, o por qué frunce el ceño cuando se nos cruza un coche rojo, por qué en concreto un coche rojo, qué suerte de trauma le ocasionó un coche similar, o ese anillo que mueve nerviosa mientras parece ensimismada, por qué le quema ese anillo en el dedo, o por qué sólo se fija con atención en las madres con carritos de bebés que pasean por la acera, o sólo en los carteles que anuncian ropa interior, o sólo en los graffitis o en las papeleras, o si aparta la vista o la mantiene si se cruzan sus ojos con mis ojos a través del espejo. Tampoco saben que el importe de esa precisa carrera, su dinero, lo acabaré gastando en cualquier bar mientras escribo su historia, lo que yo interpreté de él o de ella, lo que llamó mi atención, mientras escribo temblando hasta mitigar la fiebre. 

¿Y por qué lo hago? ¿Y por qué los vampiros se alimentan de sangre?

Born to be wild

26 abril 2012

“Dile a José Ángel que me espere, y busca también al de recursos humanos, ¿cómo se llama… ¿Víctor?, ¿Velasco? (…) Eso: Bruno. Pues que me esperen los dos en la sala de juntas. No, espera: mejor en la sala azul, en la otra planta. Prefiero que no se enteren los de gastos. Yo estoy llegando. Llego en cinco minutos. (…) ¿Que aún no tiene el balance de cuentas? ¿y a qué coño espera el hijoputa ese? Se lo pedí hace tres días, TRES DÍAS (…). Claro, pero como no lo tenga en mi mesa a las cinco, dime a ver qué coño les digo yo a los de arriba. (…) ¿Quieres que me coma yo el marrón por culpa del incompetente ese? (…) Me importa una mierda que sea el sobrino del jefe. Si no vale, pues a la puta ca… (…) Bueno, escucha, que lo haga el otro. (…) El becario, sí. Y así lo aprende para la próxima. (…) No, no. No te confundas. Yo aquí soy uno más. Si te pido las cosas ya sabes por lo que es. Sabes que si yo estoy jodido, tú estás jodido. ¿Te has enterado de lo de… ya sabes? (…) Eso es. Otros quince a la calle antes del verano. Así que o me ayudas en esto, o nos vemos los dos en la cola del paro. (…) Bien. Chao”.

El usuario colgó el teléfono. Suspiró. Se ajustó la corbata. Luego me miró a través del espejo. Le miré yo a él. Cruzamos las miradas. Justo en ese instante comenzó a sonar por la radio “Born to be wild”, de los Steppenwolf. Me gusta esa canción. Despegué la mano del volante y subí el volumen. El hombre siguió con los ojos la trayectoria de mi mano y ahí se quedó, con la mirada fija en el dial de la radio. Parecía gustarle también. Bajé la ventanilla. El viento lo despeinó.

Detuve mi taxi a las puertas de su oficina. Me giré hacia él.

-¿Qué te debo?- me preguntó peinándose con la mano.

-Ocho cincuenta. ¿Quiere el recibo?

-No. Esto no me lo paga la empresa. Salí tarde de una reunión, y ahora tengo otra, y no llegaba a tiempo… por cierto, ¿qué hora tienes?

-Ninguna. No llevo reloj.

Me pagó y salió del taxi con prisa. Guardé su dinero en el bolsillo y reanudé la marcha. Giré la próxima calle a la derecha. O a la izquierda. No lo recuerdo.

Recuerdo, eso sí, el color de su corbata. Era azul.

Flores contra el olvido

25 abril 2012

El setentón repeinado, perfumado, con un ramo de flores amarillas envuelto en papel de periódico (el ABC sección esquelas, para más INRI), me pidió llevarle al cementerio, esperarle un momento y volverle a traer de nuevo al mismo sitio.

Durante aquel primer trayecto no soltó el ramo. Lo apretaba fuerte entre sus manos, en silencio, mientras miraba a través de la ventanilla: los coches, las farolas, un perro orinando, un buzón, los graffitis. Cuando llegamos al cementerio me dijo que le esperara unos minutos, que ahora mismo regresaba. Y así fue: bajó del taxi, entró en el camposanto y al rato regresó ya sin el ramo de flores, con las manos en los bolsillos del abrigo. Tomó asiento y por justificar su ausencia, me dijo: “Mi Paca, la pobre”.

Luego hicimos el camino inverso, también en silencio. Le dejé de nuevo en el mismo portal, me pagó los doce euros del taxímetro y ahí quedó todo, como en puntos suspensivos. Tal vez, después de aquel trayecto, subiría los tres pisos por la escalera (para ejercitar las piernas), entraría en casa, regaría las plantas de interior, intentaría desatascar el desagüe del baño, resolvería el sudoku que dejó a medias no más que por hacer tiempo hasta la hora de comer: un caldo bien caliente y una lata de sardinas con su vaso de vino, y comería despacio en lo que dura el telediario, y luego una pequeña siesta en el sofá, duermevela, cabezadas, la partida de cartas de las cinco en el Centro de Mayores, y otra vez a casa, otro sudoku, otro telediario y a la cama, con la radio en la oreja. Siempre quieto en su lado de la cama. El otro lado intacto.

Tal vez aquel ramo de flores, para su Paca, representara esa batería que mantiene vivo el pasado, su único contacto invisible para evadir la soledad: se acuerda de Paca y ahí el símbolo, las flores, sobre una lápida. Y yo lo entiendo. No soy religioso, pero lo entiendo. Porque tal vez no lo haga por ella, por el espíritu de ella, sino por él.

La cuadratura del vínculo

24 abril 2012

La puta me tendió un trozo de papel cuadriculado con una dirección escrita a boli. Debajo de la calle y número del putero al que habría de visitar, me fijé en la siguiente anotación: “60-30m+2T”. Según mi experiencia taxial en el transporte de putas, 60 era el precio que pactaron por un servicio de media hora (30m). Los taxis de ida y vuelta también correrían a cargo del cliente (+2T). De hecho, al bajar de mi taxi y como tantas otras veces, la puta me pidió un recibo que después entregaría al putero como justificante de pago.

Aparte de la frialdad que representa buscar placer en otro cuerpo desalmado como quien compra cien gramos de chopped, en esta ocasión me dio por pensar en los motivos del precio: ¿por qué follar con esa chica, o dejarse follar por el cliente, costaba 60€ y no 50, ó 250, ó 25.000? ¿qué baremos determinan las tarifas del alquiler de cuerpos?

Ahí está lo atroz: es el mercado. La belleza relativa se mide en euros: la talla del sostén, el peso, las medidas (cadera, cintura, pecho, altura), los rasgos, el color del pelo, el color de la piel… la nacionalidad. Es importante la nacionalidad: las más caras en España son siempre españolas, cotizan al alza las japonesas (no confundir con chinas o asiáticas), y las bellezas nórdicas se han devaluado a medida que aumentó la oferta y descendió el prestigio (para saber hacia quiénes somos racistas los españoles, no hay más que conocer el precio medio de las putas en función de su país de origen). Aparte, se estandariza la belleza hasta alcanzar un grado de objetividad consentida que asusta, sumada a una macabra ley de la oferta y la demanda. Estamos hablando de seres humanos negociando con el oficio más antiguo del mundo. Estamos hablando del azar de haber nacido en un entorno u otro (ellas), con unas u otras características físicas también fruto del azar (ellas), cuyo conjunto determinará cuánto será capaz de pagar el hombre, cualquier hombre con dinero ya sea guapo, feo, asiático, obeso o maniaco depresivo (lo de él no importa).

Ella, esta usuaria de mi taxi en cuestión, era consciente de que no podría cobrar más de 60€ dada la competencia, o la crisis, o su grado de belleza estandarizada en una escala del cero al diez. Su trabajo consistía en captar clientes a través de un anuncio en el periódico, acudir a todas las citas, abrirse de piernas y tragar (en el sentido más jodidamente dual de la palabra). Desconozco los motivos que la llevaron a ser puta, si fue forzada (la mayoría, por desgracia, ejerce en contra de su voluntad) o por decisión propia.

En cualquier caso hay algo en esta sociedad que no funciona.  

Nunca funcionó.

Y seguirá sin funcionar.

iGlesia

04 abril 2012

El GPS del taxi me indicó cruzar la calle, seguir recto, pero apenas unos metros después nos encontramos el cruce cortado por una valla y un agente de policía custodiándola. Al verme el policía me indicó con el brazo que girara a la derecha.

-¡No me jodas! ¡Pero si vivo al final de esa calle!- soltó el usuario.

Me hice cargo y crucé mi taxi hasta detenerlo a la altura del policía. Bajé la ventanilla y le dije:

-Disculpe. El señor vive al final de esta misma calle. 

-Imposible, caballero. Está a punto de pasar una procesión de Semana Santa.

-¡Llevo maletas! ¡Y pesan mucho!- gruñó mi usuario.

El policía me miró con resignación, se agachó para mirar también a mi usuario, lanzó un suspiro y apartó la valla:

-Está bien. Pero deténganse en el siguiente cruce y esperen a que pase la procesión, ¿de acuerdo?

-¡Gracias!

Continuamos la macha hasta el próximo cruce. Justo en esos momentos ya estaba pasando la cabecera de la procesión. Era una enorme plataforma móvil con una virgen cubierta toda ella por un manto de fino encaje y bordado en oro, custodiada bajo un palio también de oro y rodeada toda ella de velas con candelabros de plata y enormes ramos de flores frescas. La plataforma se movía muy despacio mediante decenas de pies humanos, como los tuyos y los míos, con sus zapatos, sus calcetines y sus perneras. No eran ruedas de camión, no. Eran personas las que llevaban aquello a cuestas. Y con tanta madera y tanto oro tenía pinta de pesar un quintal.

Detrás de la virgen caminaban, en dos filas perfectamente coordinadas, mujeres con mantilla y vestido negro, todas muy serias, tirando a compungidas. Y después de las mujeres, hombres con traje negro y niños con traje negro (sí, niños) estos últimos jugando a imitar a los adultos. Y después, más niños serios interpretando con trompetas y tambores no la canción de Bob Esponja ni la última de Pitbull, no: era un ritmo más bien tétrico, como de fin del mundo.

Antes de esto mi usuario ya había sacado su iPhone para grabarlo todo. El público también hacía fotos con sus smartphones y sus cámaras de última generación. Pero justo en el momento de pasar por delante de mi taxi la cola del desfile, cuando cerraba el espectáculo un sacerdote con una cruz de oro y piedras brillantes, comenzó a llover con fuerza. La primera reacción del sacerdote fue tapar la cruz con un paraguas que no conseguí adivinar de dónde sacó. Luego me asomé a la cabecera, y la plataforma con la virgen ya había aligerado el paso. Ahora se movía de un lado a otro, nivel trote. El público, por su parte, reaccionó primero escondiendo sus iPhones de la lluvia. Luego corrieron todos a refugiarse en los soportales más cercanos. Y en los bares.

Aquella reacción ante la lluvia, aquel contraste, me dejó pensativo. Los unos protegiendo a su virgen del agua enviada por el mismo dios al que veneran. Y los otros, protegiendo su iPhone. Condicionados ambos, en cualquier caso, por los designios del señor (o por la condensación del vapor de agua que contienen las nubes). 

Igual de frágiles los dos: el invento más antiguo, y el invento más reciente.

Negro sobre blanco

03 abril 2012

Marcelo, nombre ficticio, trabaja de negro para un conocido escritor de best sellers (cuya identidad no puedo desvelar, y no por falta de ganas: me encantaría desenmascarar a ese cretino). Según Marcelo, el famoso novelista sólo ha publicado dos obras escritas de su puño y letra, la primera de las cuales apenas tuvo poca o ninguna repercusión. Fue en la segunda cuando pegó un pelotazo inesperado: firmó con una gran editorial y, para sorpresa de todos, editorial incluida, comenzó a vender cientos de miles de ejemplares hasta convertirse en un best seller de fama internacional. En apenas unos meses no sólo alcanzó la categoría de escritor de culto; también ganó más dinero del que nunca hubiera llegado a imaginar. El problema le llegó después, cuando la editorial y el público comenzaron a apremiarle para que escribiera una tercera novela. La editorial le propuso un plazo adjuntando un nuevo cheque con otros muchos ceros en concepto de adelanto. El escritor aceptó el dinero y el plazo marcado y se encerró confiando plenamente en el poder de sus musas. Pero las musas le dieron la espalda. Puede que víctima de tan altas espectativas, por miedo a no estar a la altura de su último gran éxito, se quedó seco, completamente bloqueado. Pero en lugar de rendirse, en lugar de devolver el cheque y desaparecer de la escena por un tiempo, el famoso escritor contactó a través de las cloacas del mundillo con Marcelo, negro de profesión. Marcelo aceptó el trabajo por un ridículo porcentaje, y tras estudiar el estilo y la trama de sus novelas anteriores, no sólo consiguió cumplir con el plazo, sino también con las expectativas: la tercera novela, escrita íntegramente por Marcelo pero con la firma del famoso novelista, fue otro éxito en ventas. Nadie, ni siquiera la editorial, ni la crítica especializada, se dio cuenta del fraude. Y después de la tercera llegó una cuarta, también escrita en la sombra por Marcelo.  

En los últimos tiempos, el falso escritor ha concedido centenares de entrevistas y acudido a decenas de actos por unas novelas que jamás llegó a escribir, haciéndose pasar por alguien que ya no es. Y a Marcelo, por su parte, no le importa en absoluto. Sigue escribiendo para él y lo seguirá haciendo. Siempre en la sombra.  

 Marcelo es un cliente habitual de mi taxi. Me costó decenas de trayectos y mucha confianza conocer los entresijos de esta historia. La historia de un ego de cartón, modestia aparte.

4D

02 abril 2012

Me despertaron unos golpes. Venían del patio, de la pista de pádel. Eran toques de raqueta: POP… POP… POP… POP… Siempre iguales, con idéntica frecuencia: POP… POP… Los contrincantes no parecían rendirse ni fallar nunca: POP… POP… Le daban a la bola una y otra vez, con la fuerza precisa: POP… POP… Exactamente 1,5 segundos entre golpe y golpe:

POP…

[1,5 segundos]

POP…

[1,5 segundos] 

POP…

Cerré los ojos. Los golpes seguían ahí. Conseguí dormirme pero no del todo. Duermevela, lo llaman. El caso es que aquella unidad de tiempo, el intervalo comprendido entre un golpe de pelota y el siguiente, fue asimilado por mi inconsciente hasta tal punto que mis segundos biológicos se acabaron convirtiendo en 1,5 segundos de reloj. Y a partir de entonces mi vida comenzó a fluir más despacio. Cada minuto real se convirtió, exactamente, en minuto y medio para mí. Y mis días pasaron a tener 36 horas.

Buscando en internet posibles respuestas a mi problema, di con una tal Melisa, también de Madrid, a la que le había sucedido lo mismo que a mí, pero a la inversa: En su caso, se había quedado dormida escuchando el goteo del grifo roto de la cocina, a un intervalo de 3/4 de segundo entre gota y gota. Cuando despertó de aquel sueño, todo en ella había comenzado a ir más deprisa, acortando sus horas; reduciendo sus días. 

Propuse a Melisa quedar y conocernos. Antes incluso de enviar mi propuesta, ella accedió. Los dos teníamos la misma curiosidad por conocer en persona el destiempo del otro.

Esa misma tarde, a las seis y treinta de vuestro reloj, pasé a buscarla en mi taxi. Melisa tomó asiento a mi lado y, de repente, comencé a sentir taquicardias. Ella sin embargo, según me dijo, comenzó a notar cierto descenso en sus pulsaciones.

Y no me preguntes cómo ni por qué ocurrió, pero después de aquel primer flechazo, en una fracción de segundo imposible de definir, nos besamos. Y aquel fue el beso más perfecto de nuestras vidas.

Ideología a la carta

30 marzo 2012

Es inútil. El Establishment también mató tu pensamiento crítico. En cuanto decidas tatuarte la ideología que mejor se adapte a tu ombligo, dedícate a engordar lo tuyo con un amplio abanico de panfletos a la carta. El primer paso será desprestigiar lo opuesto. Para ello te crearás un solo enemigo: o conmigo o contra mí. A partir de ahí, y a base de esteroides noticieros, sólo confiarás en las buenas noticias de los tuyos y en las malas del contrario. Si por error cae en tus manos alguna noticia positiva del enemigo, considéralo un bulo o una burda manipulación. Seguro que tu panfleto a la carta logrará dar con una teoría conspirativa adaptada a tus necesidades.

Y cuidado con generalizar. Sólo se generaliza con lo malo del contrario y con lo bueno de los tuyos. Corruptos son los otros; en los nuestros sólo habrá, si es que los hay, casos aislados. O serán campañas de desprestigio orquestadas por el enemigo (esos cabrones son capaces de todo, recuerda).

Y quédate con las cifras de manifestantes que mejor te encajen. Ahora siempre dan tres: las de los tuyos, las de la poli (buena o mala, según quién gobierne), y las del enemigo.

Y sobre todo, cree firmemente en la democracia, pero sólo si ganan los tuyos. Si ganan los otros, lo tendrás claro: el pueblo es idiota. Están manipulados o peor: comprados por el enemigo.

Ahora monta en mi taxi y cuéntame sin pudor lo perversos que son los otros. Recuerda que estás en posesión de la verdad.