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Tan cerca es la distancia

23 febrero 2012

Una postpuber tomó mi taxi en la Glorieta de Bilbao:

-Me lleva primero a la Ciudad Universitaria, recogemos a una amiga, y después nos lleva al centro.

-¿A qué calle de la Ciudad Universitaria?- pregunté accionando el taxímetro.

-Aún no lo sé. Vamos yendo y ahora le digo.

La chica sacó de su bolso una BlackBerry y se dispuso a teclear muy rápido, con ambos pulgares. Al instante sonó un pitido. Leyó algo y lanzó una sonrisa. Volvió a teclear. Otro pitido.

Sin quitar la vista de la pantalla me dijo:

-Vale. Mi amiga nos espera junto a la Facultad de Ciencias de la Información.

Dicho esto continuó tecleando y sonriendo. Cada pitido era una nueva sonrisa que acompañaba con gestos: alzando y arrugando las cejas, abriendo los ojos como platos, o incluso afirmando y negando con la cabeza. Se notaba embebida por el chat que mantenía con su amiga, la misma con la que habría de encontrarse minutos después.

-¿Cuánto queda? -me preguntó en voz alta.

-Nada. Tres minutos.

Se lo escribió a su amiga, otro pitido y sonrió de nuevo. Parecía evidente la perfecta conexión y buen rollo entre ambas.

Llegamos y ahí nos estaba esperando su amiga, con el móvil en las manos, tecleando a mi usuaria (y sonriendo también), sin levantar tampoco la vista, al menos hasta que detuve mi taxi a su altura. Entonces guardó el móvil en el bolsillo, abrió la puerta, tomó asiento junto a la otra y se dieron dos besos:

-Jo, tía. Cómo te has pasado con lo de Jaime- dijo la recién llegada.

-Ya, tía. Qué risa.

Para mi sorpresa, tras decir esto, las dos se quedaron calladas por un momento, como cortadas o abrumadas por la presencia física de la otra. De hecho, fui yo el que consiguió romper su hielo:

-¿Dónde os llevo ahora?

-A la calle Quintana, ¿no?- dijo la primera.

-Sí. A Quintana esquina Tutor- añadió la otra.

El resto del trayecto fue algo tenso. La total confianza que demostraban vía móvil se convirtió en cierta distancia incómoda en persona, como si su mutua desvirtualización sumara barreras en lugar de restarlas. Continuaron con aquella conversación sobre el tal Jaime, pero ahora medían cada palabra. Ya no había bromas, entrecortaban las frases y se tocaban nerviosas el pelo. Parecían forzadas, distantes.

En esto una de ellas propuso a la otra escribir un Whatsapp a una tercera, con la excusa de la anécdota de Jaime, y al instante sacaron sus teléfonos, con sensación de alivio, y comenzaron a escribir y a reír y a relajarse. Sólo cerca cuando es lejos. Sentí miedo.

Sentar la cabeza en el regazo de alguna

22 febrero 2012

Tienes cara de tranquilidad reciente, pero el barniz de tus ojos aún sigue fresco. Tal vez andes esperando a que ella sople y consiga secar tus dudas, frenar de un plumazo la inercia del pasado. Han sido demasiados años picando de flor en flor: siempre te ha gustado comparar néctares, usar tus alas. Pero ahora te ha dado por pensar que todas esas flores eran falsas, de plástico, que tú quieres la savia de Rosa. Crees que llegó el momento de plantar con ella una semilla en tierra firme. Ahora, ya ves, a tus treinta y tantos, te hace ilusión ver crecer algo de cero, centrarte en regarlo cada día, dejarte regar, cortar sus espinas y ella las tuyas en perfecta simbiosis.

Ya cambió tu forma de mirar a las mujeres. Ahora las miras, desde mi taxi, con cierta distancia. No te dan miedo ellas, eres tú. Ahora quieres hacerlo bien, Rosa es más guapa que nadie, Rosa folla mejor que nadie, Rosa te trata como nunca nadie lo hizo. Y sabes que, por ejemplo, esa mujer que ahora camina Gran Vía abajo, la rubia que mueve sus caderas a ritmo de salsa picante, no será mejor que ella, no besará como ella ni tendrá sus tetas ni su risa ni sus ganas ni podrá quererte tanto.

Pero bajas la ventanilla: desde aquí hueles su néctar. Y huele bien. ¿Podrás cambiar? Tal vez mañana.

-Pare aquí- me dices. Me pagas. Te bajas. Sigues su estela. Fundido en verde.

Hermano lobo

21 febrero 2012

Dan ganas de quemar periódicos, de apagar la tele, silenciar la radio. Dan ganas de conectarse a internet sólo para enviar y recibir powerpoints de gatitos, nada más. Ni Facebook ni Twitter ni blogs, por si el enfado. Policías que llaman “enemigo” al ciudadano, niñas empotradas contra un coche. Recortes en educación, en sanidad, barra libre al despido. Aquí sólo se salvan los de siempre.

Dan ganas de enseñarle al mundo mi dedo medio. Voltear la realidad y vivir entre ficciones. Inventar, escribir y leer mundos inventados hasta que todas las corbatas se conviertan en aspas de molino.

Pero hoy ha sucedido algo que sucede cada día. Ha sido en mi taxi, como siempre, al final de un trayecto, de todos los trayectos realmente. He dejado a un hombre en su destino (un hombre mayor, de ojos vidriosos) y al tenderme el importe del trayecto, ha rozado la palma de mi mano con sus dedos. Ha sido sólo un instante, pero en esa fracción de segundo he sentido el tacto de su piel. Una piel cálida, como todas las pieles (es la sangre que circula). Unos dedos cuyas huellas tocaron millones de cosas, también otras pieles con sangre por dentro. Un ser vivo rozando a otro ser vivo. Y yo no conozco a ese hombre (sólo de un hola y adiós, un origen y un destino). Tal vez fuera un cabrón en su pasado (o lo siga siendo), quizás esos dedos firmaron sentencias de muerte o apretaron gatillos, pero hoy me han rozado y yo le he rozado a él. Y estamos vivos. Los dos. Sin matices.

Legión mimada

15 febrero 2012

¿Ahora toca vender caos?, ¿necesitas más caos? Pierdes el tiempo, amigo periodista. Los de mi generación ya nacimos rodeados de traumas. Crecimos tan arropados que nos volvimos hipersensibles: todo dolía (y lo que no dolía, nos lo inventábamos). Esta sopa está muy fría, la mercromina escuece, abrázame que tengo fiebre y a la cama si la peli es de dos rombos. Detrás de cada gesto había amor. Amor en los castigos (por tu bien). Amor en el champú antipiojos. Amor en el bocata de Nocilla.

Después llegaron las consecuencias: matamos a nuestro primer amor de juventud sólo por el placer que daba escuchar canciones tristes, y con el segundo amor supimos lo que era echar de menos al primero. Y el tercero resultó ser una copia joven de mamá. Sabía cocinar, nosotros no.

Ahora los grandes medios de comunicación se empeñan en vendernos un caos que parece no tener límite. Todo está mal y estará peor mañana. “Recesión sin remedio”, “crisis profunda”, “generación perdida”. El mensaje queda claro: Lancemos piedras contra cualquier resquicio de luz. Se empeñan en tirar de la manta que nos hizo la abuela, pero aún nos queda el pijama que nos regaló papá. Y estaremos salvados mientras no se nos rompa el pijama. Y si se acaba rompiendo, moriremos de hipotermia por miedo al fuego. 

Porque nadie nos enseñó a luchar. Y yo aún tengo mi taxi, y seguro que tus padres aún conservan tu habitación intacta (con los posters de Samantha Fox). Todo siempre ha estado bien excepto aquella sopa fría, ¿te acuerdas?

Matar a Valentín

14 febrero 2012

Soñé que un coche de la policía arrasaba las azaleas de mi jardín. Desperté de súbito (yo no tengo jardín) y ahí estabas, a los pies de la cama, observándome mientras te abrochabas el pantalón. Ven, te dije. No puedo, llego tarde al trabajo. Que le den por culo al trabajo, te necesito. La puta poli acaba de destrozarme el jardín. ¿Qué jardín? El de dentro, supongo. Tengo miedo. Ven. Abrí la cama y te hice un gesto. Te acercaste para darme un beso y entonces te agarré por la cintura y tiré de ti. No puedo, Daniel, ya llego tarde. Sólo será un minuto. Te necesito. Está bien: un minuto y me voy, ¿vale? Te tumbaste a mi lado. Yo aproveché tu camisa abierta para apretar mi cabeza contra tu escote, sentir calor, o el eco del mar en tus latidos. Mientras, me acariciaste el pelo. ¿Tuviste un mal sueño? Horrible. La policía destrozó mi jardín. No te vayas, por favor. Tengo miedo. ¿Y a qué tienes miedo? A que te vayas. Pero tengo que irme. En esto metí mi mano por debajo de las copas de tu sostén y comencé a acariciarte los pechos. Daniel, no sigas… Tus pezones comenzaron a ponerse duros. Lanzaste un par de gemidos sordos pero al instante conseguiste zafarte. Ya vale, Daniel. Otro día. Me tengo que ir.

Ya en pie te abrochaste la camisa y tomaste tu chaqueta de la silla. Era azul. Del mismo azul que el pantalón. Parecía un uniforme. Al retirar la chaqueta pude ver en el respaldo un cinturón con balas, porra  de goma y un revolver. Y en la chaqueta, tu placa de la Policía Municipal. Te agachaste para tomar la gorra del suelo y me diste un último beso. Antes de marcharte me señalaste una nota sobre la mesilla: no te olvides de eso, me dijiste.

Sonó un portazo y me acerqué a la nota. Era una multa de tráfico cumplimentada a mano con mis datos y la matrícula de mi taxi. Doscientos euros por saltarme un STOP.

El absurdo mundo de los trolls

10 febrero 2012

Y qué decir de esos usuarios altivos que al entrar en tu taxi te miran y te hablan como a dos palmos del suelo, tú eres el taxista y estás aquí para servirme, que insinúan superioridad porque necesitan aparentar que tienen más dinero que tú, o la razón absoluta, o un ego que no les cabe en el pecho. Yo les miro no con inferioridad, sino con ojo crítico (como quien disecciona a una mosca), y a menudo me pregunto de dónde habrán sacado esos modales, o qué tendrá el dinero que todo lo cambia, o cuán gruesos son los muros de la ignorancia. Algunos te hablan con una contundencia que asusta: “Garzón a la cárcel, por rojo y por meter las narices donde no le llaman” me dijo ayer mismo uno, como si su verdad no admitiera réplica. No llegó siquiera a tantear mi opinión. Lo soltó sin complejos, como si mi condición de taxista incluyera estar de su lado.

Algo similar sucede con ciertos comentarios de este blog. Lectores que opinan no tanto sobre lo que escribo (que es lo suyo) sino de cómo lo escribo o incluso si debería continuar escribiendo en este espacio. Se toman la molestia de leerme para luego decir que me dedique a otra cosa, que la escritura no es lo mío, o que mis textos son, directamente, una puta mierda. ¿Acaso no es más fácil que dejen ellos de entrar en este blog? ¿alguien los obliga? ¿pretenden, tal vez, que les devuelva el dinero?

¿Qué les mueve a comentar algo así? Si tanto creen que valen sus críticas, ¿por qué no escriben ellos su propio blog? ¿o tal vez ya lo tengan y no les visite nadie?

En los últimos años he tenido el gusto de conocer a no pocos escritores profesionales. No he oído jamás, a ninguno de ellos, criticar a un solo compañero de oficio. Se respetan porque todos tienen algo en común: su pasión por la literatura (así como el esfuerzo de cientos, miles de horas dedicadas a contar historias y, en definitiva, a entretener al lector).

Desde hace casi cinco años llevo escribiendo una historia diaria (te ahorro los cálculos: más de 1200 en total) en la segunda web de información más visitada de España. Y aún hoy algunos comentarios me siguen exigiendo que me dedique a otra cosa, o me repiten hasta la saciedad que no les gusta en absoluto lo que escribo. Comentarios estúpidos de lectores estúpidos, por supuesto, que tal vez no merezcan siquiera este post.

Basado en pechos reales

09 febrero 2012

La usuaria se quitó el abrigo y de súbito emergieron en mi espejo dos enormes tetas (cubiertas, eso sí, por un fino jersey de cuello vuelto). A simple vista me fue imposible discernir si aquellas tetas eran reales o no. Tampoco lo pregunté y no por falta de ganas, sino por esa ley no escrita del decoro (la misma que hace de la vida un gran misterio). Para mí era importante saber si aquel fenómeno era fruto de un capricho de dios, o solo sendos bunkers de silicona. Ese matiz, para que entiendas lo que intento decir, condicionaba mi capacidad de asombro.

A los hombres nos atraen las tetas tal vez por una rara conexión con nuestra infancia. Y tal vez también por eso yo rechace la silicona (ningún lactante podría sobrevivir succionando una sustancia que igual sirve para sellar ventanas). Además, el concepto de belleza natural se me desploma. No me seduce palpar una densidad que previamente fue aprobada en una junta de accionistas, o que tuvo que pasar ciertos controles por encima del control de mis caricias. Me cuesta admirar un tamaño elegido por catálogo, o una forma moldeada en un quirófano al gusto de la portadora y al pulso de un cirujano. Y qué decir de los pezones. Con qué ganas estimulas un pezón si no puedes evitar pensar que una vez fue levantado como la tapa de yogur. En fin. Son mil cosas.

O los famosos implantes PIP. Esa silicona defectuosa que se rompe y se esparce por dentro. Si en lugar de silicona fuera un cúmulo de recuerdos concentrados en la memoria de sus tetas, recuerdos con tara que explotan e inundan su cuerpo, al menos tendría su poso poético.  Pero estamos hablando de un producto industrial fabricado en serie, por el amor de dios…

El caso es que la usuaria de esta historia culminó su trayecto, me pagó la carrera y se bajó del taxi, y yo me quedé sin saber si aquellas tetas eran reales. Nunca dije que la profesión de taxista fuera perfecta.

Armas de mujer

08 febrero 2012

Al principio todas las mujeres te comprenden y te asumen. Saben que eres individualista, que vives y quieres seguir viviendo solo, que  frecuentas y seguirás frecuentando bares de dudosa reputación, que no madrugas y que tu taxi (y, por consiguiente, tu literatura) siempre estará por encima de ellas (hasta el punto de cancelar cualquier plan si la musa asalta). Lo saben porque, después de la segunda o la tercera cita, siempre pones las cartas sobre la mesa: eres feliz así, no quieres cambios. Todas ellas, por supuesto, eligen libremente aceptar tus condiciones o marcharse. 

Sin embargo, la que decide quedarse, siempre tiende a considerarte un reto. Acepta tus condiciones porque sabe que, en el fondo, sólo ella será capaz de cambiar tus hábitos sin que te des cuenta (de un modo casi invisible, subliminal). Y entonces desplegará sus armas de mujer: primero te dará la libertad que requieres. Si pasado un tiempo prudencial no cedes a sus encantos, pasará al plan B: tratará de darte celos con otros hombres para que valores su potencial. Si tampoco esto funciona, se volverá sumisa, detallista o tal vez ruda contigo. Tanteará, en cualquier caso, todo tu espectro con la intención de buscar tus puntos débiles (todos los tenemos). Si por ejemplo te gusta el cariño, será la más cariñosa. Si te agrada una buena conversación, atacará por ahí.

Aunque parezca lo contrario, este modo de actuar no determina una falta de personalidad por su parte. Tan solo cede temporalmente hasta que al fin te ablandes y caigas en sus redes. Es un reto, repito. No tanto por amor sino por salirse con la suya. De hecho, sólo aguantan las más testarudas. Aguantan al menos hasta que, en un último intento desesperado, te plantan su cepillo de dientes en tu baño, o se hacen un hueco en tu cómoda y entonces eres tú quien acaba cortando por lo sano.

Y así con una, y con otra, en los cinco últimos años.

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Nota: Me gusta vivir solo y las mujeres. Por ese orden.

La pareja politoxicómana

07 febrero 2012

La politoxicómana tenía más prisa que el politoxicómano. Al menos su temblor era más fuerte.

-Tranquila, mi vida. Que ya llegamos – decía él agarrando la mano de ella (los dos consumidos por el mono, pero él inventando fuerzas para ella).

Así dispuestos, en el asiento trasero de mi taxi, raquíticos, roídos, desdentados y sin embargo unidos, ambos con ojos de calle pero muertos de miedo, parecían representar el último aliento de aquello que llaman amor, lo peor del cielo y lo peor del infierno, las dos cruces sin cara de la puta vida. Tal vez tomaron mi taxi después de haber dado un buen palo, y las prisas por el mono nublaran el importe del trayecto (cada gasto supone un chute de menos, pensarían después). Lo importante era ahora aliviarse el dolor de la abstinencia, drogarse juntos, evadirse hacia una misma nube, una nube de sobra conocida y sin embargo imprescindible, cíclica. Compartir su escalera en forma de jeringuilla (sangre de su sangre) o de turulo: él sujetando el papel de plata para ella y luego ella para él. Aspirando base porque no hay futuro. Buscándose la vida porque no hay presente.

-Fuma, mi heroína- diría él confundiendo la coma.

Son enfermos, pensé. Pero de esa enfermedad que nadie asume y nadie hace nada por curar. Desplazados sociales, leprosos del primer mundo. Y se quieren porque nadie les quiere. Sólo se tienen el uno al otro. Hasta que la sobredosis los separe.

Solo tú conoces la verdad

03 febrero 2012

Era un padre normal, una madre normal y dos hermanos, ella normal también. Sin embargo el chico, de unos 12 años (dos o tres menos que ella), observaba en silencio mis manos manejando el taxi, ajeno a la charla que mantenían los otros. Su madre, de vez en cuando, le intentaba hacer partícipe de la conversación: “mira lo que dice tu hermana, Javier”, pero él sólo asentía sonriendo, con ese gesto de “me importa un huevo; lo mío es volar”.  

Sin duda Javier era de los que preferían inventarse cómo funciona un coche, o por qué no se caen los edificios, o por qué no se hunden los barcos, antes de conocer el verdadero mecanismo de las cosas. La verdad siempre es más aburrida, carece de magia (tus teorías funcionan bien en tu cabeza, tienen su lógica, Javier. La verdad te haría ser como ellos: no les escuches cuando intenten explicarte algo. No les escuches o romperán tu mundo).

(Y esa mezcla de ficción y realidad hará de ti un hombre extraordinario. Eres sensible a las cosas: también lo serás al amor. Tu universo carece de vicios porque es hermético. Sólo se corrompe cuando es compartido o comprendido. Procura que nadie entienda cómo has conseguido pintar ese cuadro o componer esa canción. Procura cantar sin dar clases de canto, o escribir poemas sin haber leído un solo verso de Neruda. Serás un artista, ya lo eres).

Cuando llegamos a su destino el padre me pidió un recibo con el importe del trayecto. Se fueron bajando todos, Javier era el último.

- Coge tú el recibo, Javier. – le pidió su padre.

En esto, aproveché ese instante a solas con Javier y, una vez rellenado, escribí en el anverso del recibo:

“No les escuches. Sólo tú conoces la verdad.”

Se lo tendí señalando mi nota. 

Javier lo leyó, me sonrió y, por supuesto, se bajó del taxi sin decir nada.