Una postpuber tomó mi taxi en la Glorieta de Bilbao:
-Me lleva primero a la Ciudad Universitaria, recogemos a una amiga, y después nos lleva al centro.
-¿A qué calle de la Ciudad Universitaria?- pregunté accionando el taxímetro.
-Aún no lo sé. Vamos yendo y ahora le digo.
La chica sacó de su bolso una BlackBerry y se dispuso a teclear muy rápido, con ambos pulgares. Al instante sonó un pitido. Leyó algo y lanzó una sonrisa. Volvió a teclear. Otro pitido.
Sin quitar la vista de la pantalla me dijo:
-Vale. Mi amiga nos espera junto a la Facultad de Ciencias de la Información.
Dicho esto continuó tecleando y sonriendo. Cada pitido era una nueva sonrisa que acompañaba con gestos: alzando y arrugando las cejas, abriendo los ojos como platos, o incluso afirmando y negando con la cabeza. Se notaba embebida por el chat que mantenía con su amiga, la misma con la que habría de encontrarse minutos después.
-¿Cuánto queda? -me preguntó en voz alta.
-Nada. Tres minutos.
Se lo escribió a su amiga, otro pitido y sonrió de nuevo. Parecía evidente la perfecta conexión y buen rollo entre ambas.
Llegamos y ahí nos estaba esperando su amiga, con el móvil en las manos, tecleando a mi usuaria (y sonriendo también), sin levantar tampoco la vista, al menos hasta que detuve mi taxi a su altura. Entonces guardó el móvil en el bolsillo, abrió la puerta, tomó asiento junto a la otra y se dieron dos besos:
-Jo, tía. Cómo te has pasado con lo de Jaime- dijo la recién llegada.
-Ya, tía. Qué risa.
Para mi sorpresa, tras decir esto, las dos se quedaron calladas por un momento, como cortadas o abrumadas por la presencia física de la otra. De hecho, fui yo el que consiguió romper su hielo:
-¿Dónde os llevo ahora?
-A la calle Quintana, ¿no?- dijo la primera.
-Sí. A Quintana esquina Tutor- añadió la otra.
El resto del trayecto fue algo tenso. La total confianza que demostraban vía móvil se convirtió en cierta distancia incómoda en persona, como si su mutua desvirtualización sumara barreras en lugar de restarlas. Continuaron con aquella conversación sobre el tal Jaime, pero ahora medían cada palabra. Ya no había bromas, entrecortaban las frases y se tocaban nerviosas el pelo. Parecían forzadas, distantes.
En esto una de ellas propuso a la otra escribir un Whatsapp a una tercera, con la excusa de la anécdota de Jaime, y al instante sacaron sus teléfonos, con sensación de alivio, y comenzaron a escribir y a reír y a relajarse. Sólo cerca cuando es lejos. Sentí miedo.











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