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Elegido Mejor Blog 2006.Ya lo dijo Descartes: ¡Taxi!, luego existo...

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La soledad, a veces…

FOTO: Tom Godber

FOTO: Tom Godber

He visto hombres solos disfrutando de su soledad los domingos por la mañana, con el periódico bajo el brazo o nada más que las manos en los bolsillos, como manejando ocultos en el interior del pantalón los mandos de su propia vida. Huelen a limpio y no buscan nada o tal vez estar consigo mismos ordenando sus ideas o pensando en nada, sin sobresaltos. Caminar bajo el sol o sentarse a leer en un parque o ver pasar gente o tomarse un café a sorbos cortos, espaciados, sin prisa, porque en esos instantes no hay nada más agradable que simplemente eso. Estar con uno mismo. Olvidarse del bullicio y la burocracia. Nada más.

O simplemente caminan. Necesitan gente pero no mezclarse. Caminan sin destino definido y tal vez entren por azar en una librería a hojear sin pretensiones y encuentren un libro del que oyeron hablar hace tiempo y decidan comprarlo. Leer, en cierto modo, es otra buena forma de conectar con uno mismo a través de otro que no está presente. Los libros son voces nuevas dentro de una misma voz en la cabeza. Y tal vez salgan de la librería y miren el reloj: llegó la hora de comer con su familia. Y por las prisas tomen un taxi de vuelta a casa, y la cara del taxista les resulte familiar y en esto adviertan que la foto de la solapa del libro que recién compraron coincida, precisamente, con el taxista. Y desde el asiento trasero de mi taxi me pregunten: “Perdone, ¿es usted Daniel Díaz?” y yo asienta con la cabeza y el hombre solitario saque mi libro de una bolsa y sin embargo me mire con ojos extraños y yo en cierto modo entienda su extrañeza. Sin querer violé la soledad del libro para cuando él lo lea. De hecho, un autor jamás debería conocer a esos lectores con ganas de soledad.

Los secretos del tacto

En mi taxi, y supongo que en cualquier taxi, el miedo al tacto se produce curiosamente en el momento más pornográfico del trayecto: al pagar por el servicio prestado. Es entonces cuando el cliente demuestra su predisposición al tacto ante un perfecto desconocido. La secuencia es la siguiente: el hombre o la mujer sube a mi taxi, me indica un destino, charla conmigo o permanece en silencio, y al llegar y mirar lo que marca el taxímetro saca el billete o las monedas, yo estiro la mano y me las tiende. Es en ese preciso momento, en su forma de entregarme el dinero, cuando se produce una suerte de lenguaje no verbal que sin embargo dice mucho más que mil palabras. Quiero decir que algunos usuarios, por ejemplo, al tenderme el dinero procuran no tocarme la palma de la mano y me lanzan las monedas a la mínima distancia posible pero sin tocarme, o si me tocan es sin querer y de súbito apartan la mano, como con miedo al más mínimo contacto. Pero otros, sin embargo, parece que buscan tocar mi palma con sus yemas; depositan las monedas presionando los dedos y los arrastran después, como tratando de de leer en braille las líneas de mi mano. Pero más curioso aún es el gesto de algunas mujeres de largas uñas, que me tocan con la punta de las uñas y sin querer me cosquillean la palma de la mano, aunque las yemas de sus dedos no lleguen nunca a tocarme, como si las uñas sirvieran de parapeto que las protege del tacto. Qué invento más extraño el de las uñas, ¿verdad?

Seguro, en fin, que cada forma de tender las monedas significa algo. Supongo que buscar o evitar el tacto demuestra un nivel de introspección imposible de camuflar. Si no te has fijado haz la prueba. Dile a alguien que te tienda algo, una moneda o cualquier otro objeto pequeño, y observa cómo lo hace. Observa si te toca la mano o evita tocarte. Observa si al hacerlo mira lo que hace o si por el contrario te mira a los ojos. O a los labios. O al suelo. Todo eso es importante. Cualquier detalle es importante.

La importancia del detalle

Fijaos en la importancia del detalle. Aquel fue un trayecto en apariencia normal. Un hombre de unos cincuenta años, traje de chaqueta, corbata aflojada y cierto olor a whisky, tomó mi taxi en una callecita del centro. Dado su aspecto y las horas, once y pico de la noche, pensé que se habría liado con las copas después del trabajo. Ya sabes, el típico “tómate algo” al salir de la oficina, el típico bar improvisado con algún compañero, las típicas confesiones copa en mano: que si Peláez es un pelota, que si yo creo que el de recursos humanos es gay porque no se le conoce novia y me mira con ojos tiernos, que si tal vez me despidan pero entonces liaré la de Dios y soltaré los trapos sucios de la empresa, en fin. Es fácil calentarse, invitar a otra copa y perder la noción del tiempo. Pero entonces llama tu mujer o te acuerdas de ella, de la cena esperando en casa, te haces cargo y pagas la última ronda y te marchas.

Esto fue lo que pensé de aquel hombre. De hecho, a mitad de trayecto le llamó su mujer por teléfono y con voz sumisa dijo que había salido tarde por lo de la fusión, pero que ya estaba en camino. Que llegaría en unos diez minutos.

En verdad llegamos en siete. No había tráfico. Pero justo en ese último instante me di cuenta del detalle del que os hablo. El caso es que al pagarme los 7,35€ que marcaba el taxímetro, sacó del bolsillo un puñado de monedas y entre ellas encontró su anillo de casado. Al verlo se le cambió la cara a otra más triste, más gris. Me tendió las monedas y se puso el anillo en el dedo, y este gesto creó en él un efecto inverso al de la magia. Entonces me miró como con culpa, lanzó un suspiro olor a whisky y salió del taxi.

Aquel hombre se había liado después del trabajo, sí, pero con otra. Parece mentira que un objeto tan pequeño diga o desmienta tanto: anillo que no ves, corazón que no siente. Parece mentira que el simple gesto de esconderlo anule de un plumazo la noción del compromiso y te permita, aquí el ejemplo, inventar otras vidas.

Por cierto, se me olvidaba. Justo antes de bajarse del taxi saqué de la guantera un caramelo de menta, le tendí el caramelo y le dije:

-El aliento, cuidado.

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Aquí el audio del post en mi sección del programa Hablar por Hablar de la Cadena SER.

 

Protégeme de lo que quiero

Tacha esos peros de tu puta boca. Me comería el mundo, pero soy celiaco. Te comería a besos, pero temo oxidar tus brackets. Quisiera marcharme, pero tengo hipoteca. Quisiera cantar, pero los focos me ciegan.

Viajamos en los taxis de la mano y en silencio. No hace falta hablar porque sabes lo que quiero. El taxista es otro mundo, las calles son atrezzo. Y si en algún momento me falta el aire, te aprieto la mano. Si me entra el sueño, hundo mi cabeza en tu regazo. Si te como la oreja es que quiero bailar. Llámalo simbiosis, llámame enfermo, dependiente dependiendo de quién, sólo contigo. El entorno me hizo débil, mi contorno te hizo débil. No te fíes de la consistencia de los edificios, no te fíes de las personas. Todos son proyectos de vampiro menos tú (esos dientes son de gomaespuma). Y si se muere el mundo, me sudará la polla.

Ahora entiendo a las parejas que no hablan. Protégeme de lo que quiero, yo haré lo mismo. Burbujas que se nutren dos a dos, mundos placenta. Enfermar a la vez como peces en aguas internacionales. Muchos son así. Muchos pretenden serlo. No les culpo. Más aún: los admiro. Ahora sí.

Solo Dimas

Dimas, 1,80 de estatura, complexión fuerte, 37 años. Lleva 12 trabajando como vigilante de seguridad en una fábrica de ropa, en el turno de noche. Su rutina es siempre la misma: sale de la fábrica a las seis de la mañana, coge el metro dirección Coslada y camina un buen trecho hasta llegar a su pequeño chalet. Desayuna, luego duerme hasta las dos, almuerza, y pasa el resto de la tarde inmerso en sus dos pasiones: la primera, cuidar las plantas de su jardín. La otra, pintar minuciosos murales al óleo sobre las mismas paredes de su casa. 

Se basa en ciudades inventadas por él, plagadas de edificios con ventanas minúsculas y cielos imposibles. Suele tardar entre seis y ocho meses en pintar cada pared, desde el techo hasta el filo del suelo (no deja ni el más mínimo hueco sin pintar, puertas y enchufes incluidos). En los últimos diez años apenas ha conseguido completar las tres habitaciones del chalet, el salón y un pasillo. Aún le falta por completar el cuarto de baño, un pequeño aseo, la cocina y el garaje. No tiene prisa por acabar. Vive solo y su intención nunca ha sido enseñárselo a nadie.

A las nueve cena, se ducha, y marcha otra vez al trabajo. Dimas es el único vigilante de noche en la fábrica de ropa. Ahí aprovecha para leer (sobre todo novela histórica y ciencia ficción), y en sus rondas suele hablar a los maniquíes. También los viste y desviste con retales que se encuentra, incluso confecciona vestidos que luego esconde en su taquilla o se lleva a casa. De hecho, el otro día consiguió rescatar tres viejos maniquíes que habían tirado al contenedor.

Ahí fue cuando conocí a Dimas. Salió de la fábrica con sus tres maniquíes a cuestas y al ver mi taxi libre me mandó parar. Metimos los maniquíes en el maletero y le llevé hasta Coslada. Dimas había pensado colocar los maniquíes en las habitaciones pintadas para que pudieran contemplar su obra. Edificios pintados y maniquíes. Ni rastro de vida (más allá de las plantas de su jardín).

Dimas no se relaciona con nadie porque no lo necesita. Y a pesar de ello, o tal vez gracias a ello, es profundamente feliz.

Los cuernos de Sara

Eran siete amigos, cuatro chicas, que habían salido a celebrar lo que ellos mismos denominaron “los cuernos de Sara”. La despechada en cuestión tomó asiento a mi lado y el resto se repartió entre mi taxi y otro, que nos siguió de cerca. Todos estaban visiblemente borrachos. También Sara. Como suele pasar en estos casos, en seguida tomaron confianza: los tres de atrás comenzaron a cantar la música de mi taxi (Radiohead) y mientras, casi entre gritos, Sara me contó su historia:   

– Llevábamos 4 años juntos, con fecha de boda para agosto de este año, y justo ayer me entero por terceros que me ha puesto los cuernos con media empresa. Que me los llevaba poniendo desde el primer día. Unos cuernos detrás de otros, ¿te lo puedes creer?

– ¿En qué trabajas? – pregunté.

– En una fábrica de pan.

– Vaya.

– ¿Cómo te llamas? – me preguntó ella.

– Daniel.

– Yo soy Sara.

Aprovechando el semáforo me tendió la mano. Una de sus amigas, atenta a mi conversación con Sara, soltó:

– Vente a tomar algo, Daniel. Aparca el taxi y tómate algo, que la chica necesita consuelo.

– Venga, sí. Tómate algo – volvió Sara.

Como nunca tengo nada que perder, con el mismo importe de aquel trayecto, invité a Sara a una copa. La discoteca era espantosa (música disco de pésimo gusto y un ambiente de mal beber), pero conseguí mantener una excitante conversación con Sara, levantarle la tapa de los cuernos a base de preguntas cabronas y silencios suicidas. Por el volumen de la música tuvimos que hablar muy de cerca, con mi boca casi en su oreja (y su aliento y su calor en la mía), rozándonos mejilla con mejilla, dejándonos rozar. Como dije, estaba borracha y confusa: necesitaba algo. Sacarse de sí, de sus problemas, sentirse guapa (lo era), perderse el respeto por una noche, buscar su daño colateral, un mensaje contundente: ahora soy yo, manejo mi propia vida. Por eso ella también aprovechó mi cercanía para sentir el contacto de mi piel, el calor de mis palabras en su cuello. Por eso mis labios comenzaron a jugar con su lóbulo, rozándolo mientras le hablaba, y ella se dejó rozar, acercó también su cuerpo, sus pechos en contacto con mi pecho, girando poco a poco la cabeza, huyendo poco a poco de sí misma. Y en ese sensual cortejo, ella me acercó su cuello y comencé a besarlo despacio, suave, húmedo. Se separó por un momento, y aproveché su rostro al frente para besar también sus labios. Y ella, en fin, se dejó besar.

Tres copas y mil besos después acabamos en mi casa. Sin mediar palabra, Sara buscó mi cama y se tumbó, como asumiendo un final que no sabía si quería. Ahora me miraba con cierta frialdad: por primera vez noté distancia. Yo me tumbé a su lado y con mis ojos clavados en los suyos busqué su pantalón vaquero. Comencé a desabrochar sus botones uno a uno y fui metiendo, muy despacio, la mano (por debajo de la fina seda de su tanga) hasta alcanzar su sexo. Estaba húmedo, más de lo que esperaba. Me dispuse a acariciarlo y entonces su rostro, su gesto, se fue transformando. Era esa mezcla entre el deseo y la ira, entre las ganas y el luto. Sara me miraba como sin poder evitar encontrar en mi mano y en mis ojos a su reciente exnovio, los cuernos que no hubo tiempo de asimilar, un dolor anestesiado por las copas, ese cambio de rumbo radical, ese futuro recién truncado. Cerraba los puños e intentó retener sus gemidos hasta que no pudo más: sufrió un orgasmo intenso pero raro, inocente y sin embargo culpable.

Entonces me dio la espalda y yo le di la espalda a ella. Me dormí en seguida. Supongo que ella no pudo. 

Y al despertar, por supuesto, ya no estaba.

Proyecto lesbiana

Descartada ya la realidad práctica del sentimiento, ahora que jugamos al amor platónico, os recomiendo una lesbiana. No habrá celos, que es la parte mala del asunto. La esencia de los celos está, precisamente, en la comparación. ¿Qué tendrá ESE que no tenga yo? Los ataques de celos son punzadas en la base del ego y aquí, en este caso, no hay ego que valga. Si te enamoras de una lesbiana no te podrás comparar con una mujer, por muy varonil que sea. Siempre habrá un abismo genital entre ambos. Si Ana, el amor platónico que ayer conocí en mi taxi, mantiene una relación con otra mujer, será porque forma parte de su naturaleza. Me descartará no por mi falta de cualidades, sino porque simplemente no le atraen los hombres. De este modo, mi ego se mantendrá intacto y lo nuestro será imposible (como siempre ha sido) pero por culpa de nadie. Como concepto teórico no está mal. Pasemos a la práctica.

Llamé a Ana y me citó en su estudio a última hora de la tarde. Era una casa de techos altos en pleno barrio de Chueca, un ajado tercer piso sin ascensor. Ahí trabajaba pero también vivía, o al menos vi una cocina y una habitación con una cama de matrimonio y dos mesillas. El salón principal parecía, nunca mejor dicho, un cajón de sastre: varias máquinas de coser, maniquíes y mesas con telas desplegadas formaban una suerte de Tetris intransitable.

Tras enseñarme la casa, me ofreció una cerveza y nos sentamos en un sillón vintage. Ana llevaba una camiseta blanca, muy abierta y sin sostén. Sus pechos se me antojaron pequeños y firmes, y sus pezones parecían mensajes en braille de la misma camiseta. También lucía una falda corta de tela, sin medias (hacía calor) y al final de sus suaves y bronceadas piernas, unas All Star azules, desgastadas. Así dispuesta, recostada en el sofá y con el filo de su falda al límite de lo indecente, parecía una ninfa de extrarradio: preciosa, cercana, casual e irresistible.

Estuvimos hablando durante cinco o seis cervezas de su trabajo, su vida y viceversa. Incidió en lo mucho que había influido su condición de lesbiana en sus diseños.

En esto, se levantó del sillón y tirando de mí me soltó:

– Hagamos algo. Desnúdate.

– ¿Qué?

– Tranquilo. No voy a violarte. Desnúdate. Ahora vengo.

Sin apenas entender nada, comencé a desnudarme y entonces ella llegó con un vestido de mujer en la mano. El vestido parecía a medio hacer, aún con las guías de las costuras a la vista. Me ayudó a ponérmelo y comenzó a ajustarme con alfileres la zona del pecho y las caderas. Se arrodilló ante mí para meterme el bajo y, con su rostro a escasos centímetros de mi entrepierna, separada su boca de mí por la fina tela (podía notar el calor de su respiración), me dijo:

– ¿Has vivido alguna vez situación más sensual que ésta?

Antes de que pudiera decir nada, me tocó de lleno mi cada vez más abultado paquete y me dijo:

– Déjalo. No hace falta que contestes.

Y ahí quedó la cosa. Bueno, ahí no. Después de eso me regaló el vestido:

– Para que se lo ponga tu chica y te acuerdes de mí.

También me cedió un espacio al fondo su estudio para que viniera a escribir cuando quisiera.

– Tal vez te inspire escribir mientras me ves trabajando.

Y me marché de ahí borracho y excitado. Extasiado y confuso a partes iguales. Sois muy raras.

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La belleza y el caos

Con la intención de estirar las piernas detuve mi taxi junto a un descampado del extrarradio. Entre Alcorcón y Móstoles, para más señas. De aquel descampado llamó mi atención una mujer con pamela y vestido de lino blanco que caminaba a lo lejos por entre un sucio oasis de amapolas silvestres.

Víctima de la curiosidad y el disimulo no pude evitar acercarme a ella. La mujer, aun de espaldas a mí, parecía mayor, muy mayor, tal vez octogenaria. Portaba una cesta de mimbre en la que depositaba, con suma lentitud, no sólo las amapolas que iba seleccionando y arrancando del suelo, sino también jeringuillas y condones usados. Para ello se servía de un par de guantes de látex que hacían raro en el conjunto de su vestido blanco y su pamela.

Aquella práctica, pese a los guantes de látex, se me antojó peligrosa. A su edad podría pincharse con alguna de esas jeringuillas. Sin pensarlo dos veces decidí acercarme aun más y prevenirla:

– ¡Disculpe…! ¿Sabe usted lo que está haciendo? – pregunté a escasos cinco metros de ella y en voz bien alta.

La mujer se giró hacia mí. Ya de frente me estremeció su piel arrugada, sus labios mal pintados de un rojo chillón y una gruesa silueta negra y torpe en la base de sus ojos. Su rostro, así maquillado, parecía un boceto decrépito y distorsionado de sí misma.

Advertida por mi presencia y mis palabras la anciana me miró fijamente y alzó su cesta. En su interior pude ver, en efecto, decenas de jeringuillas y de condones usados sobre un manto de amapolas dispuestas en línea.

Instantes después de mostrarme su cesta, con una voz lánguida y pausada, me dijo:

– Los tiempos han cambiado. Así se presentan, ahora, los bodegones. Un impactante contraste, ¿verdad? Naturaleza y destrucción. Flores salvajes y SIDA. Vida y muerte en un mismo formato.

– ¿Y qué piensa hacer con esa cesta?

– Separar la belleza del caos, por supuesto. Disecar las amapolas para convertir sus pétalos en marca páginas y tirar los preservativos y las jeringuillas fuera del alcance de los niños. ¿Se cree que estoy loca?

– Al contrario. Es lo más cuerdo que he oído en mi vida – dije. Y me marché.

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Nota: Su aspecto tal vez fuera un fiel reflejo de su propia actitud ante la vida. Caótico por fuera. Bello por dentro.

El laberinto de los sentidos

La sordomuda me tendió un papel con su destino escrito: Calle Hilarión Eslava, número 13. Accioné el taxímetro y nada más iniciar la marcha ella se giró hacia su acompañante y comenzaron los dos a conversar en silencio.

Primero él escuchaba con los ojos mientras ella le hablaba con las manos. Luego él contestó, también con las manos, pero entonces ella le interrumpió y antepuso las suyas a las manos de él y comenzó a moverlas por encima en una suerte de batalla dialéctica sorda pero de lo más visual: si el nivel de las manos de cada uno correspondía al volumen de su voz, ella ahora gritaba más alto.

Al verse silenciado, el chico atrapó con sus manos las manos de ella, como tratando de amordazar sus palabras. Aunque, si tenemos en cuenta que los sordomudos hablan con las manos (y que, por consiguiente, sus manos son su boca), también podría tratarse de un beso apasionado y a traición. Un beso sin lengua, o tal vez con veinte lenguas (o veinte dientes), según se mire. 

(En cualquier caso, aquella imagen me excitó.)

Luego él apartó sus manos y le dio un manotazo a ella en el cuello.

–  Tremendo beso en el cuello – me dije con los ojos clavados en el espejo.

Después del manotazo, o del beso brusco, ella cruzó los brazos y se giró hacia su ventanilla. Él se acercó, meloso, a ella y le acarició la mejilla. Entonces ella se giró y le besó esta vez en los labios, juntando a su vez sus manos con las de él. Y entre medias de esta orgía de sentidos (para mis ojos) comenzó a sonar por la radio del taxi Love is Blindness, de U2.

Parpadeé un segundo y, durante esa misma fracción, la música se silenció. Volví a parpadear y la música volvió a entrecortarse, como si mis ojos se hubieran convertido en mis oídos (y mis párpados en sendos tapones).

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Nota: Con la siguiente canción mis sentidos volvieron a recuperar su compostura. Minutos después llegamos al portal de marras, detuve el taxímetro y ella me tendió un billete de 10€. Al tomarlo rocé las yemas de sus dedos, o de sus labios, y ella se ruborizó y yo volví a excitarme. Pensé que me besaba a cambio de dinero. En fin…

Masaje y algo más…

– Tanta información concentrada me tensa. Cada día ando pendiente de un tema crucial distinto: La #leysinde, la reforma de la ley antitabaco, el retraso en la edad de jubilación, los cables de Wikileaks, el arresto de Assange, la subida del gasoil, el rescate a Irlanda, el rescate a Grecia, las Bolsas, los controladores aéreos, el temporal de nieve en el Norte, las inundaciones en el Sur, mi dolor de espalda…

– ¿Te duele la espalda? – me interrumpió la usuaria (treinta y tantos años, cabello corto, oscuro, piel lechosa, ojos grandes).

– Sí. Mucho.

La usuaria resultó ser fisioterapeuta. Al llegar a su destino me propuso aparcar el taxi y subir a su consulta para darme uno de sus “masajes express”. Acepté sin dudarlo.

Minutos después, tumbado en su camilla con la espalda desnuda, sus manos me ayudaron a olvidar uno a uno los problemas de este mundo. 

Cuando dio por finalizado el masaje noté que me anotaba con un boli algo en la espalda:

–  ¿Qué haces? – pregunté girando la cabeza.

– Te reconocí nada más montarme en tu taxi. Eres Daniel, el del blog nilibreniocupado, ¿verdad?

– Mmmsí – dije.

– No te cobraré nada por el masaje a cambio de que me invites a comer mañana.

– ¿A comer?

– Sí. He de contarte algo. 

– ¿No me lo puedes contar ahora?

– No. Tengo un paciente en 5 minutos. Tendrás que marcharte. Te he apuntado mi número de teléfono en la espalda. Llámame mañana a medio día.

Aunque me anotara su número de teléfono en la espalda, aunque pidiera comer juntos mañana, algo me dijo que no eran precisamente seductoras sus intenciones (tal vez su lineal tono de voz, o esa mirada esquiva…).

Cuando llegué a casa, me quité la camisa y anoté con cierta dificultad (girando el cuello al máximo) los números que iba viendo reflejados en el espejo del baño.

– Séis, dos, nueve, cuatro, cinco…

Anotada la secuencia completa, la leí en voz alta. Entonces me quedé de piedra. No era posible. Coincidían, uno a uno, con el número de teléfono de Beatriz, la misma a quien no veía desde hace más de dos años, la misma que me rompió el corazón y a la que rompí el corazón en iguales pedazos.

Cogí el teléfono y marqué esos mismos números con el dedo temblando. Una larga señal de llamada, otra, otra… y a la sexta, el sonido de quien cuelga o desconecta al otro lado. Volví a insistir pero ya no daba señal alguna.

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Nota: Mañana, a primera hora, volveré a la consulta de la fisioterapeuta para que me explique qué coño está pasando.

¿De dónde habrá sacado esa usuaria el teléfono de Beatriz? ¿por qué me habrá escrito en la espalda el número de Beatriz y no el suyo? ¿habrá colgado ella? ¿habrá colgado Beatriz al ver que era yo quien llamaba? No entiendo nada.