Fijaos en la importancia del detalle. Aquel fue un trayecto en apariencia normal. Un hombre de unos cincuenta años, traje de chaqueta, corbata aflojada y cierto olor a whisky, tomó mi taxi en una callecita del centro. Dado su aspecto y las horas, once y pico de la noche, pensé que se habría liado con las copas después del trabajo. Ya sabes, el típico “tómate algo” al salir de la oficina, el típico bar improvisado con algún compañero, las típicas confesiones copa en mano: que si Peláez es un pelota, que si yo creo que el de recursos humanos es gay porque no se le conoce novia y me mira con ojos tiernos, que si tal vez me despidan pero entonces liaré la de Dios y soltaré los trapos sucios de la empresa, en fin. Es fácil calentarse, invitar a otra copa y perder la noción del tiempo. Pero entonces llama tu mujer o te acuerdas de ella, de la cena esperando en casa, te haces cargo y pagas la última ronda y te marchas.
Esto fue lo que pensé de aquel hombre. De hecho, a mitad de trayecto le llamó su mujer por teléfono y con voz sumisa dijo que había salido tarde por lo de la fusión, pero que ya estaba en camino. Que llegaría en unos diez minutos.
En verdad llegamos en siete. No había tráfico. Pero justo en ese último instante me di cuenta del detalle del que os hablo. El caso es que al pagarme los 7,35€ que marcaba el taxímetro, sacó del bolsillo un puñado de monedas y entre ellas encontró su anillo de casado. Al verlo se le cambió la cara a otra más triste, más gris. Me tendió las monedas y se puso el anillo en el dedo, y este gesto creó en él un efecto inverso al de la magia. Entonces me miró como con culpa, lanzó un suspiro olor a whisky y salió del taxi.
Aquel hombre se había liado después del trabajo, sí, pero con otra. Parece mentira que un objeto tan pequeño diga o desmienta tanto: anillo que no ves, corazón que no siente. Parece mentira que el simple gesto de esconderlo anule de un plumazo la noción del compromiso y te permita, aquí el ejemplo, inventar otras vidas.
Por cierto, se me olvidaba. Justo antes de bajarse del taxi saqué de la guantera un caramelo de menta, le tendí el caramelo y le dije:
-El aliento, cuidado.
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Aquí el audio del post en mi sección del programa Hablar por Hablar de la Cadena SER.










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