Todos necesitamos saber que hay alguien que nos mira a los ojos con ojos distintos, que alguien nos mira como si fueran los únicos ojos del universo. Todos necesitamos que haya alguien capaz también de leer nuestros labios, o de leer nuestras pupilas, o interpretar la secuencia de nuestros párpados, ese código que oculta el parpadeo.
El caso es que dos de esos alguien viajaron anoche en el asiento trasero de mi taxi. Apenas me indicaron un destino y se quedaron clavados los ojos de ella en los ojos de él, comiéndose a vistazos, como inyectando brillo en la mirada del otro. Fuera de aquello nada más importaba, o al menos no existía para ellos. Ni las calles, ni el tráfico, ni las luces, ni el taxímetro. Yo les miraba a través del espejo, o más bien admiraba una obra de arte: dos cuerpos enmarcados a punto de besarse. Él entonces bajó la mirada a los labios de ella. Ella entonces bajó la mirada a los labios de él. Parecía un lenguaje encadenado, una suerte de baile sin música: tú me sigues; yo te sigo.
Pero entonces, de tanto admirar su burbuja a través del espejo, perdí de vista el tráfico y a punto estuve de impactar contra el coche de delante. Frené a tiempo, y en ese frenazo sus cuerpos se movieron, ella hacia él, y se tocaron las caras, y aprovecharon aquel movimiento brusco para besarse. Sin querer había sido yo el detonante, la chispa, el empujón urgente a través del cual esos pares de ojos hambrientos comenzaron a comerse a besos. Desconozco si aquel beso fue el primero del resto de sus vidas; al menos parecía el único, como si nunca antes se hubieran besado (o actuaran como si no volvieran a besarse nunca más). Era el beso del sentenciado a muerte, uno de esos besos que desintegran las manillas.
Y podréis creerme o no, pero juro que en ese preciso instante, como a mitad de trayecto, se me apagó el taxímetro. Se nubló la pantalla y con ella los euros que marcaba. Así que al llegar a su destino no supe qué cobrarles, o si pagarles yo por haber sido testigo de aquel impagable beso. Al final quedamos en tablas. Yo no les cobré a ellos ni ellos a mí.
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El pasado viernes leí este mismo post en mi sección del programa Hablar por Hablar de la Cadena SER. Escúchalo aquí.











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