Entradas etiquetadas como ‘labios’

Me cago en Megaupload y en el despecho

27 enero 2012

Se hacía llamar Rebeca. Tomó mi taxi en Manuel Becerra y en seguida comenzamos a hablar de temas cada vez más sugerentes: el tráfico, el paro, la corrupción, su novio y, por último, el amor. Rebeca quería a su novio, pero desde que vivían juntos me confesó que se aburría como una mona. A su novio no le gustaba salir, demasiado casero. Ella, sin embargo, era más de buscar sensaciones, de quedar con gente y vivir más allá del zapping y el sofá.

- Más aún desde que cerraron Megaupload - añadió.

Poco antes de llegar a su destino me dijo que, en realidad, no tenía ningún plan a la vista, que haría tiempo por ahí para no llegar tan pronto a casa. Yo sugerí que me acompañara en mi taxi, que se pasara al asiento delantero y continuáramos con la charla mientras dábamos vueltas por Madrid. 

A Rebeca le gustó mi plan. Me pagó su trayecto y luego se sentó delante, a mi lado. Le hablé de este blog, así como de mis proyectos literarios.

- ¡Ahora caigo! Tú eres el taxista ese que salió en Buenafuente, ¿verdad?

Luego me propuso escribir sobre ella en mi blog. Yo le propuse a ella tomar una copa para pensarlo. Los dos aceptamos.

Cinco copas después, tal vez víctimas del alcohol, nos besamos. Luego acabamos en mi casa. En un principio pensé que Rebeca era la típica mujer que necesitaba una vida al margen de su rutina, sentirse deseada a través de otros hombres. De hecho, durante el sexo, se mostró de lo más desinhibida: tuvo más orgasmos que yo.

Pero hoy, al despertarme, ya no estaba.

Tampoco encontré mi guitarra Yamaha (con su funda), ni mi ordenador portátil, ni mi cartera, ni los más de 400€ que guardaba en la mesilla. 

……………………………………………………………………………………………………………………

Nota: Escribo esto desde un locutorio. Ya cancelé las tarjetas. También denuncié la tal Rebeca (si ese es su verdadero nombre). Sólo decir que si Megaupload siguiera en activo, tal vez Rebeca se hubiera quedado en su puta casa con su puto novio.

Tan dentro de ti como fuera de mí

28 diciembre 2011

No me fijé en aquel detalle hasta bien avanzado el trayecto. El caso es que aquella usuaria de mi taxi, no sé si por descuido o bien adrede, llevaba clavada en el cuello, a escasos centímetros de su oreja izquierda, una aguja de acupuntura. Puede que su acupuntólogo olvidara retirarla o tal vez la hubiera dejado clavada en su piel como parte del proceso curativo.

Yo por prudencia no dije nada (¿qué decir en estos casos?: “¿Sabe usted que tiene una aguja clavada en el cuello?”), pero no pude evitar que aquella imagen me mantuviera por largo rato pendiente del espejo. Tenso y pensativo.

En un semáforo tomé el móvil para tuitear la anécdota, pero en esto vi en la pantalla un aviso con la siguiente solicitud de contacto:

“Verónica Adentros desea contactar contigo vía Bluetoth. ACEPTAR / RECHAZAR”.

Acepté por curiosidad (y porque en el fondo me siento solo). Al instante me entró un mensaje de la tal Verónica Adentros:

“¡Que baje un poco la calefacción, por Dios! Me estoy asando…”.

Miré a la usuaria. Estaba en su mundo, observando la calle.

Bajé un par de grados la calefacción y en esto la usuaria sonrió, aunque no me miró siquiera, ni dijo nada. Después me llegó otro mensaje: “Me encanta esta canción. Lástima que el volumen esté tan bajo”. Por la radio sonaba “Love will tear us apart” de Joy Division. Subí el volumen y entonces ella me miró sorprendida y arqueó las cejas y volvió a sonreír. Ahí supe que a través de aquella aguja clavada en su cuello podía acceder con mi móvil a sus pensamientos sin que ella lo supiera.

Pero aún desconocía si aquel invento también era recíproco. ¿Podría meterme yo en su cabeza? Para comprobarlo pensé en enviarle un mensaje a Verónica Adentros a través del teléfono.

Escribí: “Cierra los ojos”.

Y ella cerró los ojos.

¡Wow!, pensé.

“Humedécete los labios con la lengua”, volví a escribir.

Y así lo hizo.

“Acércate al taxista y bésale en la boca”

Verónica se coló por entre los asientos y con los ojos aún cerrados juntó sus labios con los míos. Mientras me besaba intenté teclear mi próximo deseo, pero al moverme se desprendió la aguja de su cuello. En esto abrió de súbito los ojos y, al verse tan cerca de mí, se separó como un rayo y me dio un sonoro guantazo. Luego salió del taxi con un portazo.

Al menos tengo su aguja en mi poder. Me la he clavado en la misma zona del cuello que ella y he intentado ponerme en contacto conmigo mismo vía Bluetooth para hacerme caso y obligarme a llevar mejor vida a través del móvil, pero no funciona.

Ahora estoy en un bar. Confuso y borracho como todas las noches.

La única salida

27 diciembre 2011

Desayunamos propaganda. Almorzamos propaganda. Cenamos propaganda. También patrocinan nuestros sueños. Correctores de ojeras, gimnasia pasiva, evacuol, prozac. Nos vendieron estilos de vida que no podemos permitirnos mantener. Saben que lo sabemos, por eso después nos vendieron esperanza. Y nos vendieron tan sumamente bien la esperanza, con un azul de fondo tan bonito y una puesta en escena tan perfecta, que sucumbimos y les confiamos nuestro voto por otros cuatro años. Otra vez. El pack incluye amnesia selectiva.

El pack también incluye sumisión. La sodomía que antes desgarraba el Estado del bienestar ahora es asumida como necesaria: compra vaselina y encomiéndate al Señor. Asumimos sin rechistar que un asesor del banco de inversión Lehman Brothers controle el Ministerio de Economía. Asumimos que un asesor en las ventas de bombas de racimo a Gadafi controle ahora el Ministerio de Defensa. Asumimos que una xenófoba a quien nadie ha votado ocupe la alcaldía de Madrid. Y asumiremos recortes, subidas de impuestos, despidos y lo que haga falta mientras los mismos que provocaron esta crisis continúan ganando más y más dinero.

Y a todo esto, en fin, lo llamaremos democracia.

Quisiera aislarme en mi taxi, pero no puedo. Los clientes cada vez son menos y los pocos que quedan no hacen más que recordarme lo mal que están las cosas y lo peor que estarán. Por eso la única salida eres tú para conmigo, el amor y las cuatro inviolables esquinitas de tu cama. Nuestras noches y nuestros besos libres de impuestos. Los orgasmos, las caricias. Ducharnos juntos. Leer un PDF proyectado en tu espalda. Jugar en el pasillo a la rayuela.

…………………………………………….

Aíslate conmigo en Twitter: @simpulso

La ventana de Johari

08 noviembre 2011

Pese a su avanzado estado de embriaguez, el usuario parecía lúcido, iluminado por la necesidad de darle un denso contenido a sus palabras. Se había sentado a mi lado. Y mientras yo conducía, el joven me hablaba y me miraba muy de cerca, casi auscultando mi rostro. Aun con estas, en ningún momento llegué a sentirme observado o incómodo. Más bien parecía un ángel que olvidó sus alas en el último bar.

Cruzando el Paseo de la Esperanza le dio por hablar de la ventana de Johari:

- ¿Tienes un papel y un boli?

- Ahí, en la guantera – le dije.

Sacó de mi guantera un taco de servilletas de bar (siempre llevo; me gusta su tacto impermeable para escribir poemas) y se dispuso a dibujar y a explicarme cada una de sus partes (foto real):

Según me dijo, la ventana de Johari es una herramienta que usan los psicólogos para ilustrar nuestros procesos de interacción: cuánto de nosotros conocen los demás o en qué grado nos conocemos a nosotros mismos. Todo ello dividido en cuadrantes. Concretamente en cuatro:

  • Abierto o libre: La parte de nosotros mismos que los demás también ven.
  • Oculto: Lo que los otros perciben de nosotros, pero nosotros no.
  • Ciego: La parte más misteriosa del subconsciente que ni el sujeto ni su entorno logran percibir.
  • Desconocido, perdido y oscuro: El espacio personal privado.

Lo importante, añadió, es ser consciente de esos cuatro cuadrantes; tender a ampliar lo que conocemos de nosotros mismos con la intención de reducir al mínimo lo desconocido. Si conseguimos, por ejemplo, que los demás nos describan tal y como ellos nos ven, quizás podamos descubrir cualidades ocultas en nosotros. Te daré un consejo, amigo: Ábrete a los demás y así te conocerás mejor.

Pero lo realmente inquietante llegó después. Al llegar a su destino me tendió el importe del trayecto junto con la servilleta y, antes de bajarse del taxi, se acercó a mí y me dio un beso. Y yo me dejé besar.

Pensarte

05 octubre 2011

 

Me cuesta mantener tu imagen congelada en mi cabeza. Siempre apareces bailando o besando las paredes internas de mi cráneo o abrazada al hemisferio derecho o lamiendo el izquierdo como una gata. En la esquizofrenia del deseo, el pensamiento se convierte en una iCloud pirata. Todo lo nubla pero sé disimular. Soy taxista.

Toma mi taxi un señor con bigote y ahí estás tú, en el salvapantallas del pensamiento. Me indica un destino y actúo mecánico, multitarea, como un zombi disfrazado de civil, e incluso hablo con él de una herencia y de la puta de su nuera y le doy mi opinión aunque me importe un huevo porque ahora mi huevo es tuyo, te pertenece. Y ni ese señor ni su bigote saben nada ni sabrán de ti. Tu presencia en mi cabeza le importaría un huevo, su huevo. O tal vez ese señor también tenga a otra mujer instalada en su cabeza y disimule igual que yo y me hable como otro zombi disfrazado de civil. Tal vez a los dos nos importe un huevo lo que diga el otro porque los huevos y las cabezas son intransferibles.

Y creo que no me equivoqué. La protagonista del hombre con bigote le estaba esperando en su destino. De hecho, abrió su puerta, le esperó a que me pagara y al bajar le besó por debajo del bigote. Es un shock poder besar a la mujer que habita dentro.

Yo no puedo, ella no está. Me tendría que tragar mis propios labios.

El taxista hacedor de besos

30 septiembre 2011

La pareja hablaba muy cerca, casi boca con boca, tal vez por masticar sus susurros, quizás por oler sus palabras. Se miraban a los labios en plano picado, como dos aves rapaces sobrevolando el nido de los labios del otro. Pero no se besaban ni alcanzaron a besarse por sí mismos. Fue por un bache.

Mi taxi tomó un bache por estar yo pendiente de sus bocas a través del espejo. Y con el brusco balanceo, sus labios se juntaron. Se besaron por mi culpa. Fui yo quien prendió la chispa de otro beso más profundo, sin barreras, ahora con las dos bocas abiertas y sus lenguas jugando al deseo o a la capoeira. Un beso que sólo acabó al terminar el trayecto y ni siquiera: sin despegarse (por no perder el néctar de sus salivas) pagaron con prisa, cerraron la puerta y siguieron besándose allá en la acera hasta hacerse pequeños al alejarme yo. Y tal vez ahora, al escribir estas líneas, continúen tirando del hilo invisible que sellan sus labios. Y todo por un bache.

Esto me hizo sentir semidiós. Por encima del dios hacedor de epidemias. En mis manos está que la gente se bese. O gracias a mi pésima conducción. Soy la chispa que prende el amor. Y mi socio el alcalde, la piedra: le he mandado un mail pidiéndole que no repare nunca los baches del asfalto. Si me hace caso los dos, mano a mano, sembraremos la pasión en los asientos traseros de los taxis del mundo. Y no habrá guerras, ni más hambre que el vacío de los besadores sin besantes.

Subid a mi taxi. Regalo pasiones. O accidentes que merecen la pena.

…………………………………………………………………………..

Nota: Espacio patrocinado por Amortiguadores Jump Arround

Autopsia a un cuerpo

15 febrero 2011

Ojos cerrados, boca entreabierta, acerco la mía. Mis labios rozando casi sus labios. Noto su aliento. Está dormida. Aparto, con cuidado, la sábana. Poco a poco. Emergen sus hombros, la leve curva de sus pechos. Acerco mi ojo derecho al piercing de su pezón izquierdo. Es un aro con una pequeña bola metálica (ya reparé en él anoche). Me veo reflejado en la bola. Mi nariz se ve grande en la bola y mi pómulo pequeño y distorsionado, como muy lejos. Toco sin querer su pezón con la punta de la nariz. Es suave. Mi nariz o su pezón es suave. O ambos. Nunca lo sabré.

Retiro más la sábana y me detengo en el complejo pliegue de su ombligo. Dios estaba enfermo. Saco la lengua. Sabe a sal. La cicatriz de su cordón umbilical esconde el sumidero de todos los mares. Dos islas en sus caderas, un valle seco y un sumidero. Y al otro lado del filo de sus caderas, la nada. O la cama. Es lo mismo.

Ahora deslizo la sábana con los dientes. Poco a poco, se compone la figura de su sexo en el quicio de sus piernas. Me acerco desde arriba. Huele a electricidad estática. A peligro. A tarro de miel vacío. A isobara. Me chupo el dedo y lo introduzco en su sexo con cuidado. Recorro sus paredes con la yema. Húmedo Braille. Soy un ciego leyendo la Biblia.

Me aparto. Vuelvo a acostarme a su lado. No sé su nombre. Apenas nos conocimos ayer. En mi taxi. Las circunstancias no importan. Su nombre no importa. Ahora duerme. Eso es todo.

Falsas parejas

01 febrero 2011

Después de saber que mi novia Paula no podía evitar acordarse de su ex, después de saber que ese ex no era un hombre, sino una mujer, después de saber que esa ex suya se llamaba Beatriz, igual que mi ex Beatriz, comprendí que en el fondo yo también seguía enamorado de mi ex, no de Paula.

Aun con esas, o precisamente por ello, Paula y yo decidimos continuar nuestra relación de pareja.

Ahora Paula me utiliza a mí para olvidar a su Beatriz y yo la utilizo a ella para olvidar a la mía. Somos nuestra mutua terapia. La simbiosis perfecta.

Lo raro es que ahora nos llevamos mejor que nunca. Hablamos mucho, abiertamente: ella de su Beatriz y yo de la mía. También hacemos el amor con más frecuencia que antes. El sexo se ha convertido en una rutina tan extraña como placentera. Ahora siempre que comenzamos a besarnos parece como si ambos buscáramos los labios de Beatriz, de dos Beatrices distintas pero unidas por su mismo nombre. Como si estuviéramos besando los dos a una misma persona que no fuera ni ella ni yo.

Incluso me excita pensar que Paula piense en mi Beatriz, y no en la suya, mientras me besa. También me excita pensar en su Beatriz, en fin. No sé en qué acabará esto pero, por el momento, parece que funciona.Lamernos las heridas mutuamente nos está ayudando a olvidar y a recordar al mismo tiempo.  

Igual que el resto de las parejas, pero a lo bestia.

El laberinto de los sentidos

18 enero 2011

La sordomuda me tendió un papel con su destino escrito: Calle Hilarión Eslava, número 13. Accioné el taxímetro y nada más iniciar la marcha ella se giró hacia su acompañante y comenzaron los dos a conversar en silencio.

Primero él escuchaba con los ojos mientras ella le hablaba con las manos. Luego él contestó, también con las manos, pero entonces ella le interrumpió y antepuso las suyas a las manos de él y comenzó a moverlas por encima en una suerte de batalla dialéctica sorda pero de lo más visual: si el nivel de las manos de cada uno correspondía al volumen de su voz, ella ahora gritaba más alto.

Al verse silenciado, el chico atrapó con sus manos las manos de ella, como tratando de amordazar sus palabras. Aunque, si tenemos en cuenta que los sordomudos hablan con las manos (y que, por consiguiente, sus manos son su boca), también podría tratarse de un beso apasionado y a traición. Un beso sin lengua, o tal vez con veinte lenguas (o veinte dientes), según se mire. 

(En cualquier caso, aquella imagen me excitó.)

Luego él apartó sus manos y le dio un manotazo a ella en el cuello.

-  Tremendo beso en el cuello - me dije con los ojos clavados en el espejo.

Después del manotazo, o del beso brusco, ella cruzó los brazos y se giró hacia su ventanilla. Él se acercó, meloso, a ella y le acarició la mejilla. Entonces ella se giró y le besó esta vez en los labios, juntando a su vez sus manos con las de él. Y entre medias de esta orgía de sentidos (para mis ojos) comenzó a sonar por la radio del taxi Love is Blindness, de U2.

Parpadeé un segundo y, durante esa misma fracción, la música se silenció. Volví a parpadear y la música volvió a entrecortarse, como si mis ojos se hubieran convertido en mis oídos (y mis párpados en sendos tapones).

…………………………………………………………..

Nota: Con la siguiente canción mis sentidos volvieron a recuperar su compostura. Minutos después llegamos al portal de marras, detuve el taxímetro y ella me tendió un billete de 10€. Al tomarlo rocé las yemas de sus dedos, o de sus labios, y ella se ruborizó y yo volví a excitarme. Pensé que me besaba a cambio de dinero. En fin…

Filtraciones de tu rostro en mi cabeza

09 diciembre 2010

Siempre que duermo, en mis sueños, tus besos son trending topic. Son tus labios que se abren al cerrar mis ojos. Cables desde tu cama hasta la mía. Filtraciones de tu rostro en mi cabeza.

Pero ayer el Hombre del Saco intentó piratearme el sueño, hackear tu boca. Por eso cogí mi taxi y me fui a un hotel: para soñar tus besos desde otra cama espejo.

Para mi sorpresa, al pagar la habitación, el recepcionista me rechazó la VISA. Tampoco aceptó mi Master Card. Estaban canceladas por orden del Hombre del Saco. Recordé entonces otras formas de pago (hace sólo unos días compré el Mein Kampf en eBay por PayPal).

- ¿Y PayPal?

- Lo siento, señor. El Hombre del Saco también le canceló esa cuenta.

Desesperado por volver a encontrarme tus besos pensé en mi cuenta en Suiza. Paraíso fiscal, ya sabes (me la recomendó un amigo, traficante de armas, también cliente). Podrían hacerme una transferencia desde allí. Llamé:

- Lo siento, señor. Su cuenta ha sido cancelada. 

Cabizbajo volví al taxi, me adentré en un bosque y ahí, fuera de toda cobertura (y pastillas antipánico mediante), conseguí dormir. Pero tuve una extraña pesadilla: Tus labios de ensueño comenzaron a besarme, hicimos el amor, se rompió el condón y me denunciaste por acoso.

Desperté en un calabozo, pendiente de juicio y sin fianza. No entiendo nada.