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Feliz Día de la Marmota

24 diciembre 2010

Desconfío de las mayorías, de las tradiciones y de las multitudes (las masas son maleables. Los individuos, no tanto). No me gusta la Navidad como concepto, pero sí celebrarla. En realidad me gusta celebrarlo todo. Juntarme con gente y brindar por cualquier motivo. Ayer mismo, cruzando Carabanchel, vi jolgorio en una administración de lotería y aparqué el taxi. Acabé saltando con unos tipos muy felices que no conocía de nada.

El mes pasado celebré en un bar de catalanes los 5 goles que le metió el Barça al Madrid. Hace dos días también celebré los 8 goles que le metió el Real Madrid a no sé qué equipo, y canté oé oé, y me reí mucho. También disfruto las victorias del Atleti porque me reúno con los amigos (y durante el partido, mientras todo el bar permanece atento a la pantalla, yo estudio a la camarera).

Le cuento esto último a una usuaria, en mi taxi, y me suelta:

- Usted no tiene personalidad.

- ¿Acaso ser de tal o cual equipo imprime personalidad? – pregunté.

- Al menos, ayuda. En esta vida hay que elegir. O una cosa, o la otra. Las medias tintas no son buenas.

- Estoy de acuerdo. Las medias “pintas” no son buenas. Se acaban en seguida.

- Tintas. Tin-tas.

- Perdón. Pensaba en cerveza.

Y las reuniones familiares también molan. Y las buenas cenas (aunque las bendiga sindiós).

¿Contradictorio?

No. Me gusta ver feliz a la peña. Eso es todo.

31 días conmigo mismo (Día 23)

24 agosto 2010

- EL NECROETILICÓN -

Ya sin Beatriz alguna que llevarme a los labios (se marchó temprano, con los últimos grillos) el camping se me antojó un lugar inhóspito y triste. Paseando por el camino que daba a parar al bar me sentí pescador desorientado a orillas del Mar Muerto, Cobrador del Frac en el desierto, fresador recién jubilado.

Antes de alcanzar el bar me pasé por su parcela ahora vacía y me agaché, ya ves tú qué tontería, con la intención de acariciar las huellas recientes de los neumáticos de su caravana (las huellas, al tocarlas, se borran, pensé). Por un instante se me pasó por la cabeza seguir el rastro de esas huellas a cuatro patas, reptando mis narices cual sabueso hasta Madrid, pero entonces me acordé de algo que leí ayer; el comentario de un lector de este blog respecto al post del día 22:

Arck

“Rector” es un cargo muy grande… Quiero decir, que hay muy poquitos:

“Carlos Berzosa, de la Complutense; Javier Uceda Antolín, de la Politécnica; Juan Antonio Gimeno Ullastre, de la UNED; Virgilio Zapatero, de la Universidad de Alcalá; Daniel Peña, de la Carlos III; y Pedro González-Trevijano, de la Rey Juan Carlos. Sólo ha faltado el rector de la Autónoma, que precisamente hoy celebraba sus elecciones, tras la salida de su anterior rector, Ángel Gabilondo, hoy ministro de Educación.”

……………

Me costaba creer que la dulce y traviesa Beatriz andara manteniendo una relación sentimental con alguno de aquellos. Los Rectores suelen ser inaccesibles para cualquier estudiante universitario, más aún si ese estudiante no es más que una niña de 20 años recién cumplidos con pecas y brackets. No la imaginaba con un hombre sesentón o setentón de tal categoría, seguramente casado y con hijos o incluso nietos de su misma edad.

Pero ¿por qué habría de mentirme en algo así? Habría bastado con decirme que estaba con “alguien”, sin especificar su cargo. Ahora sólo tendría que buscar el nombre y los apellidos de Beatriz entre las distintas Universidades de Madrid para conocer cuál de ellos sería su amante Rector. ¿Carlos Berzosa?, ¿Virgilio Zapatero, quizás?

Aquello no tenía ningún sentido. Sin duda era una de, tal vez, tantas otras mentiras.

Entré en el bar y tomé asiento junto a la barra.

- ¿Café? – me preguntó Leyna.

- Sí… ¡No! Ponme una cerveza.

- ¿Te acabas de levantar?

- Sí.

- ¿No prefieres desayunar primero?

- No. Prefiero una cerveza, gracias.

- ¿Problemas?

- Sí. Supongo que sí.

- Parece que cada día tus problemas amanecen más temprano.

- ¿Qué has querido decir con eso?

- Digo que sólo prefieres la barra a una mesa cuando te preocupa algo. Sólo bebes cerveza o whisky en la barra, nunca en la mesa. Cada día te sientas en la barra más temprano. Apenas son las diez de la mañana.

- ¿Insinúas que invento preocupaciones como excusa para beber?

- No hablo de insinuaciones, sino de estadísticas. ¿Quieres que te haga una gráfica con los días que llevas aquí y las horas en las que has empezado a beber cada día? ¿quieres que te dibuje un ascenso al Everest? – me dijo Leyna muy seria.

- Sólo quiero que me pongas UNA cerveza.

- Sabes que no será UNA cerveza. Después de ESA cerveza vendrá OTRA cerveza, y luego OTRA, y luego pasarás al whisky.

- Puedo dejar de beber cuando quiera.

- ¿Te sirvo un café entonces?

- No. He dicho que puedo dejar de beber cuando YO quiera, no cuando quieras . Ponme una cerveza.

Por primera vez Leyna me sirvió una cerveza sin su correspondiente tapa de aceitunas. Sabía que aquel no había sido un descuido casual. Nada de lo que hacía Leyna era casual. La ausencia de tapa era su forma de castigarme, de recriminar mi actitud. 

Siete cervezas después (sin su correspondiente tapa) me acerqué al Market y compré siete latas de aceitunas. Ya en mi bungalow pensé en mis palabras derivadas de las palabras de Leyna: “¿Insinúas que invento preocupaciones como excusa para beber?”

Nota: Las aceitunas en soledad nunca saben como en los bares. Aunque sean las mismas.

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El cazador cazado

09 junio 2010

Su cara de sospechoso me asustó. Nunca me fío de los hombres serios con gafas de sol, peluquín y cuello vuelto:

- A Cea Bermúdez, por favor.

Tenía pinta de estar persiguiendo a alguien, pero el caso es que no me pidió que siguiera a ningún coche, ni había coche alguno al que seguir (eran las dos de la madrugada del lunes. La calle estaba desierta). Por eso pensé que quizás me estuviera siguiendo a mí (disfrazado de usuario). Podría tratarse de un detective privado contratado por algún lector de este blog (de esos que nunca se creen mis historias) obsesionado por contrastar la veracidad de mis escritos, o quizás cumpliera órdenes de alguna exnovia despechada en busca de trapos sucios que tirarme a la cara o, peor aún, de mi propio psiquiatra (como proyección de sus ojos fuera de los límites del diván).

El caso es que durante aquel trayecto fingí actuar con total naturalidad, disimulando no saber que aquel hombre en realidad se había subido a mi taxi para seguirme y estudiar de cerca cada uno de mis movimientos. Sin embargo, mi actitud produjo en él un efecto contrario al deseado: El presunto espía se arrugó en su asiento tapándose la cara con la mano. Parecía asustado, acorralado.

- ¿Me está persiguiendo usted? – me dijo con la voz temblando.

- No. Es usted quien me está siguiendo a mí – dije yo asustado también.

- Yo sólo quiero que me lleve a mi casa.

- Yo sólo quiero llevarle a su casa.

Ninguno de los dos se fió del otro: Nada más frenar en su destino abrimos raudos nuestras respectivas puertas y salimos corriendo en direcciones contrarias. Luego me oculté en el cajero automático de un banco. La cámara de seguridad se giró hacia mí.

(Fundido en negro)