- EL NECROETILICÓN -
Ya sin Beatriz alguna que llevarme a los labios (se marchó temprano, con los últimos grillos) el camping se me antojó un lugar inhóspito y triste. Paseando por el camino que daba a parar al bar me sentí pescador desorientado a orillas del Mar Muerto, Cobrador del Frac en el desierto, fresador recién jubilado.
Antes de alcanzar el bar me pasé por su parcela ahora vacía y me agaché, ya ves tú qué tontería, con la intención de acariciar las huellas recientes de los neumáticos de su caravana (las huellas, al tocarlas, se borran, pensé). Por un instante se me pasó por la cabeza seguir el rastro de esas huellas a cuatro patas, reptando mis narices cual sabueso hasta Madrid, pero entonces me acordé de algo que leí ayer; el comentario de un lector de este blog respecto al post del día 22:
Arck
“Rector” es un cargo muy grande… Quiero decir, que hay muy poquitos:
“Carlos Berzosa, de la Complutense; Javier Uceda Antolín, de la Politécnica; Juan Antonio Gimeno Ullastre, de la UNED; Virgilio Zapatero, de la Universidad de Alcalá; Daniel Peña, de la Carlos III; y Pedro González-Trevijano, de la Rey Juan Carlos. Sólo ha faltado el rector de la Autónoma, que precisamente hoy celebraba sus elecciones, tras la salida de su anterior rector, Ángel Gabilondo, hoy ministro de Educación.”
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Me costaba creer que la dulce y traviesa Beatriz andara manteniendo una relación sentimental con alguno de aquellos. Los Rectores suelen ser inaccesibles para cualquier estudiante universitario, más aún si ese estudiante no es más que una niña de 20 años recién cumplidos con pecas y brackets. No la imaginaba con un hombre sesentón o setentón de tal categoría, seguramente casado y con hijos o incluso nietos de su misma edad.
Pero ¿por qué habría de mentirme en algo así? Habría bastado con decirme que estaba con “alguien”, sin especificar su cargo. Ahora sólo tendría que buscar el nombre y los apellidos de Beatriz entre las distintas Universidades de Madrid para conocer cuál de ellos sería su amante Rector. ¿Carlos Berzosa?, ¿Virgilio Zapatero, quizás?
Aquello no tenía ningún sentido. Sin duda era una de, tal vez, tantas otras mentiras.
Entré en el bar y tomé asiento junto a la barra.
- ¿Café? – me preguntó Leyna.
- Sí… ¡No! Ponme una cerveza.
- ¿Te acabas de levantar?
- Sí.
- ¿No prefieres desayunar primero?
- No. Prefiero una cerveza, gracias.
- ¿Problemas?
- Sí. Supongo que sí.
- Parece que cada día tus problemas amanecen más temprano.
- ¿Qué has querido decir con eso?
- Digo que sólo prefieres la barra a una mesa cuando te preocupa algo. Sólo bebes cerveza o whisky en la barra, nunca en la mesa. Cada día te sientas en la barra más temprano. Apenas son las diez de la mañana.
- ¿Insinúas que invento preocupaciones como excusa para beber?
- No hablo de insinuaciones, sino de estadísticas. ¿Quieres que te haga una gráfica con los días que llevas aquí y las horas en las que has empezado a beber cada día? ¿quieres que te dibuje un ascenso al Everest? – me dijo Leyna muy seria.
- Sólo quiero que me pongas UNA cerveza.
- Sabes que no será UNA cerveza. Después de ESA cerveza vendrá OTRA cerveza, y luego OTRA, y luego pasarás al whisky.
- Puedo dejar de beber cuando quiera.
- ¿Te sirvo un café entonces?
- No. He dicho que puedo dejar de beber cuando YO quiera, no cuando quieras TÚ. Ponme una cerveza.
Por primera vez Leyna me sirvió una cerveza sin su correspondiente tapa de aceitunas. Sabía que aquel no había sido un descuido casual. Nada de lo que hacía Leyna era casual. La ausencia de tapa era su forma de castigarme, de recriminar mi actitud.
Siete cervezas después (sin su correspondiente tapa) me acerqué al Market y compré siete latas de aceitunas. Ya en mi bungalow pensé en mis palabras derivadas de las palabras de Leyna: “¿Insinúas que invento preocupaciones como excusa para beber?”
Nota: Las aceitunas en soledad nunca saben como en los bares. Aunque sean las mismas.
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