Parece que no estás bien ni mal pero en ambos casos, mientes. Sentado en tu taxi miras a cada usuario como si en sus ojos encontraras canicas inertes y en los tuyos, esponjas sudadas.
Tratas de describir lo que te pasa: Enredaderas en el abdomen, o polvo de espejo en los pulmones, o puede que todos tus órganos internos se hayan derretido de repente mezclándose los unos con los otros (como si de un cocktail visceral se tratara). La anarquía no funciona, piensas, si se impone dentro.
Y te falta el aliento porque:
a) Tus pulmones se aburren.
b) La atmósfera cortó el suministro de aire por suspensión de pagos (o ERE celestial).
c) Sumatorio de ambas.
Sabes que tienes la culpa de todo lo que te pasa pero puedes adornarlo y decir que “el mundo te ha hecho así”, o que “la sociedad está enferma, y te empuja”:
Víctima o verdugo. Tú eliges.
Mientras tanto no te queda otra que empuñar un boli bic y ahí mismo (en plena Plaza de España y en tu mismo taxi) someterte a una traqueotomía bajo el botón de la nuez. Que el aire, la sangre y la tinta negra del boli se mezclen en un nuevo agujero. Que tu tráquea virgen confiese lo que nunca se atrevió a decir tu misma boca.
Y bajas la ventanilla y gritas sin cuerdas vocales, susurrando en voz alta:
- ¡Me quiero más que a mi vida!
Borracho precoma de domingo. Diez de la mañana.
Ahora estoy en casa (moooola eso de que te lleve un taxi a la mismísima puerta), con la penúltima cerveza a mi vera (y el resto en la nevera…) y mogollón de estrellas ridículas sobre mi cabeza. Los del chalet de enfrente parecen estar jugando al parchís en el jardín, porque oigo el tintineo de dados y cubiletes. Me encanta la palabra ‘cubilete’.

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