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Ni libre ni ocupado Ni libre ni ocupado

Elegido Mejor Blog 2006.Ya lo dijo Descartes: ¡Taxi!, luego existo...

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No quiero saber de ti

No quiero saber de ti más allá de esa minifalda vaquera, esas piernas bronceadas, esa fricción de tus muslos al caminar o esa camiseta azul, ceñida, insinuante, cuyos tirantes delimitan en tu espalda unos omóplatos que son proyectos de alitas de ángel. Esa coleta rubia, ladeada, que parece un telón abierto para enseñar tu cuello, sólo apto para ser besado o tal vez tocado con la punta de mis yemas, o mi aliento caliente muy cerca.

No quiero saber qué esconde ese escote; sólo imaginar posar mi cabeza o tan sólo observarlo de cerca durante horas, días, meses, lustros, y maldecir mi estampa por no saber pintar ese preciso (o precioso) contorno como lo haría John William Waterhouse. No quiero saber si escondes tatuajes o piercings, ni conozco ni intuyo el tamaño de tus bragas o la curva exacta de tus pechos desnudos, ni quiero saberlo. Sólo el simple hecho de creer que hay un cosmos oculto en lo que veo ya me estremece y me da esa ansiedad que demuestra que esta vida merece la pena.

No quiero saber tu nombre, ni hablar contigo, ni acercarme y besarte sin mediar palabra; sólo disfrutar una y mil veces del instante: yo apoyado en mi taxi y tú pasando delante de mí como una más de entre otras miles, caminando ajena a todo o tal vez sabiéndote observada, escrutada, deseada, admirada por los ojos de un taxista que seguiría tu estela por todas las calles del mundo.

No hay nada de malo en esto. Es más: creo que te halagaría saber lo mucho que me alegras la cabeza, los pelos de punta, la piel de gallina, los ojos, el recuerdo, sobre todo el recuerdo. Mientras dure.

El taxista torcido de Dios

Un costalero de paisano, supuse, con una enorme cruz apoyada en la pared de una ebanistería, mandó parar mi taxi e insistió en meter la cruz en el habitáculo del coche. Como los asientos traseros no se pueden abatir, en lugar de introducir la cruz por el culo del taxi intentamos meterla por el costado: abrí al máximo la puerta y, con sumo cuidado, conseguimos encajarla. Pero el madero horizontal era demasiado largo, así que no tuve otra que abrir las ventanillas delanteras y dejar que sobresaliera unos centímetros por ambos lados. El siguiente inconveniente lo encontré al sentarme en el asiento del conductor. La cruz ocupaba toda la franja, a la altura de los reposacabezas, y tuve que conducir encorvado, apoyando mi cabeza en la cruz.

-Como tengamos un golpe, me partiré el cuello -le dije al costalero.

-Descuide. Dios nos asiste.

Y así, encorvado yo y él sentado cómodamente en el asiento de atrás, iniciamos la marcha. Me pidió llevarle a una Iglesia del centro, cerca de la Gran Vía (Crucis) y allá que fuimos. Por el trayecto la gente y los demás conductores me miraban con resignación; también dos policías municipales que pese a verme de esa guisa (agachado y con una cruz atravesando mi taxi y mi cuello de lado a lado) hicieron la vista gorda.

-Buenos cristianos, sin duda- añadió mi usuario.

Luego llegamos a la Iglesia y al sacar la cruz vi que había dejado el habitáculo hecho un Cristo, con virutas y polvo de madera en todos los asientos. Y estuve el resto de la tarde con dolor de espalda.

Para mitigar el dolor recé muy fuerte, pero no surtió efecto. Sin embargo luego me tomé un par de Myolastan y oye, mano de Santo.

 

Masaje y algo más…

– Tanta información concentrada me tensa. Cada día ando pendiente de un tema crucial distinto: La #leysinde, la reforma de la ley antitabaco, el retraso en la edad de jubilación, los cables de Wikileaks, el arresto de Assange, la subida del gasoil, el rescate a Irlanda, el rescate a Grecia, las Bolsas, los controladores aéreos, el temporal de nieve en el Norte, las inundaciones en el Sur, mi dolor de espalda…

– ¿Te duele la espalda? – me interrumpió la usuaria (treinta y tantos años, cabello corto, oscuro, piel lechosa, ojos grandes).

– Sí. Mucho.

La usuaria resultó ser fisioterapeuta. Al llegar a su destino me propuso aparcar el taxi y subir a su consulta para darme uno de sus “masajes express”. Acepté sin dudarlo.

Minutos después, tumbado en su camilla con la espalda desnuda, sus manos me ayudaron a olvidar uno a uno los problemas de este mundo. 

Cuando dio por finalizado el masaje noté que me anotaba con un boli algo en la espalda:

–  ¿Qué haces? – pregunté girando la cabeza.

– Te reconocí nada más montarme en tu taxi. Eres Daniel, el del blog nilibreniocupado, ¿verdad?

– Mmmsí – dije.

– No te cobraré nada por el masaje a cambio de que me invites a comer mañana.

– ¿A comer?

– Sí. He de contarte algo. 

– ¿No me lo puedes contar ahora?

– No. Tengo un paciente en 5 minutos. Tendrás que marcharte. Te he apuntado mi número de teléfono en la espalda. Llámame mañana a medio día.

Aunque me anotara su número de teléfono en la espalda, aunque pidiera comer juntos mañana, algo me dijo que no eran precisamente seductoras sus intenciones (tal vez su lineal tono de voz, o esa mirada esquiva…).

Cuando llegué a casa, me quité la camisa y anoté con cierta dificultad (girando el cuello al máximo) los números que iba viendo reflejados en el espejo del baño.

– Séis, dos, nueve, cuatro, cinco…

Anotada la secuencia completa, la leí en voz alta. Entonces me quedé de piedra. No era posible. Coincidían, uno a uno, con el número de teléfono de Beatriz, la misma a quien no veía desde hace más de dos años, la misma que me rompió el corazón y a la que rompí el corazón en iguales pedazos.

Cogí el teléfono y marqué esos mismos números con el dedo temblando. Una larga señal de llamada, otra, otra… y a la sexta, el sonido de quien cuelga o desconecta al otro lado. Volví a insistir pero ya no daba señal alguna.

………………………………………………………………………………………………………………………………….

Nota: Mañana, a primera hora, volveré a la consulta de la fisioterapeuta para que me explique qué coño está pasando.

¿De dónde habrá sacado esa usuaria el teléfono de Beatriz? ¿por qué me habrá escrito en la espalda el número de Beatriz y no el suyo? ¿habrá colgado ella? ¿habrá colgado Beatriz al ver que era yo quien llamaba? No entiendo nada.

La espalda del nuevo año

Hoy escribo el post nº 664 desde mi trono destronado: Lo tiene ella y ahora duerme, de espaldas, abrazada a una corona de espinas que no pinchan (foto), a escasos centímetros de un escritorio cuyas teclas no paran de ser violadas por esas diez finas pollas con uñas que tengo por dedos, en una suerte de fiebre literaria sin precedentes.

Tecleo mientras con el rabillo del ojo de mis gafas vigilo su sueño, su contorno pausado, su piel en calma, sus ojos cerrados por defunción de orgasmos.

¿Y qué he conseguido este año? Olvidarme de Bea y acordarme de ti. Escribir mi taxi, recibir miles de visitas en este blog, publicar un libro y celebrar que sigo vivo con decenas de borracheras sin apenas resaca. Ser un poco más viejo de nuez para abajo, pero un poco más joven de pestañas para arriba.

Escribo para leerme y entenderme mejor. Escribo, me leo y a veces lo flipo: ¿Eso ha salido de mí?, ¿yo soy ese? Tú también deberías de escribir para luego leerte: Si todo el mundo escribiera, los psicólogos acabarían siendo taxistas.

Tengo un blog para que los demás me digan quién soy.

Leo los comentarios y entonces, solo entonces, me conozco.

Y aún me quedan tantos posts por escribir, o tantos comentarios por leer, que me mareo sólo de pensarlo, y vomito letras con la ansiedad del mañana qué vendrá, o del quién coño será el próximo usuario de mi taxi, tu taxi, o el taxi de la vida rara.

Que tu espalda de hoy sean tus tetas de mañana. Y los dos ceros del 2010 se conviertan en los únicos pezones que me acabe aprendiendo de memoria.

Y en cuanto publique este post me tumbaré abrazando por detrás a esta foto. Y dormiré cual koala en un zoo cerrado por vacaciones. O hasta el año que viene:

El tercer ojo

El frenazo pilló a la usuaria tan desprevenida que acabó dándose de bruces contra el respaldo de mi asiento.

– ¡Mierda! – me dijo.

– ¿Se ha hecho daño? – pregunté pseudoasustado.

– No, no… pero acabo de perder una lentilla.

Paré como pude y ambos dos comenzamos a buscar la lentilla por todas partes (por el suelo alfombrillado del taxi, en cada rincón zurcido de la tapicería, debajo de los asientos delanteros…).

Al rato la mujer desistió:

– No te preocupes. Es una de esas lentillas desechables. Llevo más en el bolso.

Sin embargo, nada más bajarse (cual tuerta en el reino de los taxis), comencé a sentirme incómodo. Sabía que aquella lentilla aun estaba en algún recóndito lugar del habitáculo y eso hacía sentirme extrañamente observado. Como si un tercer ojo (distinto al de Dios) estuviera en todo momento percatándose de cada uno de mis movimientos.

– El Gran Hermano me vigila – pensé (pero con el rictus facial de quien parece no estar pensando).

Luego me acordé de las últimas palabras de aquella usuaria: ‘Es una de esas lentillas desechables’ lo cual me tranquilizó y me preocupó a la vez (en una dualidad insoportable): Como todo el mundo sabe, las lentillas desechables tienen una esperanza de vida limitada (agotada la cual, se vuelven ciegas).

Así pues, comprendí que en cualquier momento aquel tercer ojo dejaría de mirarme. Pero, ¿cuándo sucedería? ¿qué duración visual tiene una lentilla desechable?

El caso es que, desde entonces, no puedo pegar ojo.