Subió un tipo raro en mi taxi, sandalias y calcetines de cuadros, desplegó un enorme mapa delante de mí, señaló con el dedo una calle del mapa y me dijo: “GO HERE, PLEASE!”. El mapa era de Düsseldorf, Alemania. Traté de explicarle el error, pero parecía no entenderme, o más bien no quiso entenderme. Luego me hizo un gesto de seguir adelante, “STRAIGHT, STRAIGHT!” inicié la marcha, y a la tercera o cuarta calle me mandó girar a la izquierda, “LEFT!” y cinco o séis calles después a la derecha “RIGHT!”. El caso es que aquel hombre no tenía ni puta idea de dónde estaba, ni adónde ir, y sin embargo sus ojos destilaban esa felicidad absoluta de quien maneja a su antojo su propia vida. Llegado el momento me dijo “STOP!”, sacó un billete de 100 no sé qué (no supe distinguir de qué moneda se trataba, ni el país) y se marchó caminando. Luego le vi detenerse en el escaparate de una mercería y acariciar el cristal.
Para ser sincero aquel hombre me dio cierta envidia. Resultaba tentador vivir perdido, así que intenté en lo sucesivo comportarme del mismo modo.
En un semáforo me pitó otro coche, bajé la ventanilla y me preguntó:
-Disculpe, ¿la plaza de Canalejas?
-Lo siento, pero no soy de aquí- le dije.
El tipo bajó la vista hacia el logo de mi taxi y luego volvió a mirarme extrañado. Yo le lancé mi mejor sonrisa, y por primera vez en mucho tiempo me sentí perdido y libre como un Tomtom pirata.
Se abrió el semáforo y pocos metros después me mandó parar una mujer. Subió a mi taxi y me dijo:
-Buenas tardes, ¿me lleva a la calle Prim?
-Buenos días, ¿sería tan amable de indicarme? Estoy perdido- dije fingiendo nerviosismo.
-¿Es nuevo?
Asentí con la cabeza. La mujer se refería a “nuevo en el taxi” pero quise interpretarlo como “nuevo en la vida”. ¿Es usted nuevo en la vida? Molaba más. Nuevo en la vida. Ojalá.
En cualquier caso, me indicó amablemente el camino a seguir.
-Haga completa esa rotonda y después, la primera a la derecha- me dijo.
Al llegar a su destino la mujer me tendió un billete de 10€ y, con voz de circunstancia, me dijo:
-Quédese con la vuelta.
El taxímetro marcaba 7,80. Me dio 2,20 de propina por lástima hacia mí. Sintió pena, en serio, como si me creyera huérfano. Y después volví a hacerme el nuevo con el siguiente cliente y a éste le pasó lo mismo y me dio otros 1,70 de propina. Y el próximo, también.
Curioso, ¿verdad?




El pasado lunes un usuario se dejó olvidada su billetera en el asiento trasero de mi taxi. Nada más reparar en ella busqué en su interior algún documento que pudiera remitirme a su domicilio para hacérsela llegar, o en su defecto, entregarla en la oficina de objetos perdidos. Soy consciente de la putada que supone perder una cartera (no tanto por el dinero que pudiera contener, sino por el trastorno de quedarte indocumentado).
Cuando trabajas conmigo, a mi lado, me olvido de los clientes que me llaman y me buscan por la calle: Alzan su brazo pero son árboles, silban pero son pájaros, gritan “taxi” pero escucho “sexy” y pienso que lo dicen por ti y freno y me bajo y les parto la cara.
“Libertad” fue lo primero que dijo
Conozco a un taxista que colecciona taxis en miniatura de todas las épocas y ciudades, a otro que colecciona perritos de esos que mueven la cabeza con el traqueteo del taxi (los lleva pegados al salpicadero), a otro que colecciona todos los paraguas que se dejan olvidados sus clientes (y hace esculturas y composiciones plásticas con ellos), a otro que colecciona calendarios de Radio Teléfono Taxi (desde su fundación), a otro que colecciona figuritas de goma (tiene todo un poblado de pitufos mezclados con personajes de Astérix, a modo de Belén, en la bandeja trasera de su taxi), a otro que colecciona cabellos de usuarios que recoge del asiento trasero y los etiqueta con la descripción de su correspondiente portador y los guarda en una caja de zapatos, a otro que colecciona autógrafos de todos los rostros famosos que han montado en su taxi (desde 1973), a otro que colecciona números de teléfono de usuarias, a otro que colecciona carteles de LIBRE/OCUPADO de otras ciudades del mundo, a otro que colecciona llaveros (los lleva colgados en el techo de su taxi), a otro que colecciona fotos de la Puerta del Sol (siempre que pasa con su taxi por ahí hace una foto; desde 1985) y a otro que colecciona dinero.

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