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Perdido

21 febrero 2013

solo el

Subió un tipo raro en mi taxi, sandalias y calcetines de cuadros, desplegó un enorme mapa delante de mí, señaló con el dedo una calle del mapa y me dijo: “GO HERE, PLEASE!”. El mapa era de Düsseldorf, Alemania. Traté de explicarle el error, pero parecía no entenderme, o más bien no quiso entenderme. Luego me hizo un gesto de seguir adelante, “STRAIGHT, STRAIGHT!” inicié la marcha, y a la tercera o cuarta calle me mandó girar a la izquierda, “LEFT!” y cinco o séis calles después a la derecha “RIGHT!”. El caso es que aquel hombre no tenía ni puta idea de dónde estaba, ni adónde ir, y sin embargo sus ojos destilaban esa felicidad absoluta de quien maneja a su antojo su propia vida. Llegado el momento me dijo “STOP!”, sacó un billete de 100 no sé qué (no supe distinguir de qué moneda se trataba, ni el país) y se marchó caminando. Luego le vi detenerse en el escaparate de una mercería y acariciar el cristal.

Para ser sincero aquel hombre me dio cierta envidia. Resultaba tentador vivir perdido, así que intenté en lo sucesivo comportarme del mismo modo.

En un semáforo me pitó otro coche, bajé la ventanilla y me preguntó:

-Disculpe, ¿la plaza de Canalejas?

-Lo siento, pero no soy de aquí- le dije.

El tipo bajó la vista hacia el logo de mi taxi y luego volvió a mirarme extrañado. Yo le lancé mi mejor sonrisa, y por primera vez en mucho tiempo me sentí perdido y libre como un Tomtom pirata.

Se abrió el semáforo y pocos metros después me mandó parar una mujer. Subió a mi taxi y me dijo:

-Buenas tardes, ¿me lleva a la calle Prim?

-Buenos días, ¿sería tan amable de indicarme? Estoy perdido- dije fingiendo nerviosismo.

-¿Es nuevo?

Asentí con la cabeza. La mujer se refería a “nuevo en el taxi” pero quise interpretarlo como “nuevo en la vida”. ¿Es usted nuevo en la vida? Molaba más. Nuevo en la vida. Ojalá.

En cualquier caso, me indicó amablemente el camino a seguir.

-Haga completa esa rotonda y después, la primera a la derecha- me dijo.

Al llegar a su destino la mujer me tendió un billete de 10€ y, con voz de circunstancia, me dijo:

-Quédese con la vuelta.

El taxímetro marcaba 7,80. Me dio 2,20 de propina por lástima hacia mí. Sintió pena, en serio, como si me creyera huérfano. Y después volví a hacerme el nuevo con el siguiente cliente y a éste le pasó lo mismo y me dio otros 1,70 de propina. Y el próximo, también.

Curioso, ¿verdad?

 

El lobby masón de las figuritas de navidad

22 noviembre 2012

USUARIO DE MI TAXI: Por fin un poco de cordura, querido amigo.

YO: ¿Perdón?

U: Sí hombre, sí. Lo del Evangelio. Lo del nacimiento de Jesús. ¡Menuda patraña!

Y: ¿Se refiere a las palabras de Ratzinger?

U: Pues claro, ¿a qué si no? Es cierto que María fue fecundada por una paloma, y que alumbró a Jesús siendo aún virgen. Algún día la ciencia nos dará la razón, no le quepa duda. ¿Pero lo del asno y el buey en el pesebre? ¿qué puto loco llegó a creerse eso? ¿Un asno y un buey en un pesebre? ¡Válgame Dios! ¡Qué imaginación!

Y: Jajaja.

U: Pues no sé de qué se ríe. El tema es serio. ¡Llevan siglos engañándonos!

Y: ¿Quiénes?

U: El lobby de los fabricantes de figuritas de navidad, ¿quién si no? Masones todos, para más INRI.

Y: ¿Lo dice en serio?

U: No he hablado más en serio en toda mi puñetera vida.

Y: Perdón.

U: ¿Usted sabe la cantidad de figuritas de bueyes y de asnos que se han podido vender en todo este tiempo? ¿Quién nos devuelve el dinero ahora, eh? ¿EH?  ¿A quién le pedimos responsabilidades?

Y: ¿A Zapatero?

U: ¡Pues tal vez! (…). Pare ahí delante, a la derecha. En aquella iglesia.

(Freno el taxi en el margen derecho de la calzada)

U: Ande, tome. (Me tiende un billete de 5€). Quédese con el cambio. Para que luego no digan de la caridad cristiana.

Y: Señor… el taxímetro marca 5,10€.

U: Uy, perdón… (Vuelve a mirar su cartera). Pues sólo tengo un billete de 50. No me hará cambiar 50 euros por diez míseros céntimos, ¿verdad?

Y: Vale. Déjelo.

U: Bien. Rezaré por usted. Y ya de paso, rezaré también por ese atajo de hijos de puta.

Y: ¿Los masones?

U: Los masones.

Que la muerte no te pille despeinada

29 junio 2012

Me dijo su edad, noventa y cuatro años, con voz de haberse fumado las cenizas de sus tres maridos. Pero no fue eso lo que llamó mi atención, ni tampoco su cuerpo enjuto, o sus pómulos huesudos con varias capas de colorete fucsia, o todas esas joyas alrededor del cuello (un cuello más fino que mi muñeca). Lo que más destacaba era la sonrisa pícara que mantuvo a lo largo del trayecto. Aquella anciana era la imagen misma de todo lo que puedas entender por decadencia, la mismísima antesala de la muerte, y sin embargo sonreía a nadie en particular, sonreía siempre (incluso después de bajarse del taxi pude ver por el espejo cómo se alejaba sonriendo). 

Solista en la orquesta del Titanic, pensé. Que la muerte no te pille despeinada.

De entre todas las opciones se quedó con la pose, maquillarse contra la debilidad, usar sus dientes para tapar rendijas. Construir un bunker alrededor de sí misma para no darle pistas a nadie. Tampoco el espejo. 

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Nota: Al llegar a casa y hacer números me di cuenta que me faltaba una carrera. Había cobrado todas menos una. Me faltaban, exactamente, 12,85€,. Los 12,85€ de aquella anciana. Ahora que lo pienso, me quedé tan absorto en su sonrisa, y luego se bajó del taxi con tal naturalidad, que ni siquiera reparé en que se marchaba sin pagarme. Me dijo incluso ‘Adiós, y buena suerte’, la muy…

Muerte de un taxista

26 julio 2011

Cuando te hospedas sola, todas las habitaciones de todos los hoteles son la misma ciudad. Las mismas paredes asépticas, la misma cesta de bienvenida, la misma cama inabarcable, el mismo mueble bar (siempre insuficiente pero que nunca tocas), las mismas toallas bordadas sin tu nombre, el albornoz siempre grande que huele a nada, el escritorio repelente de musas, una tele con todos los canales menos el tuyo, una biblia en el cajón que no abrirás, o ese teléfono color cadáver que nunca suena y descuelgas para escuchar que funciona, que todo a tu alrededor funciona menos tú, que a veces.

Te asomas a la calle y las ventanas son otro distinto canal de la misma tele, los mismo otros coches, la misma otra gente que camina. Sabes bien por qué estas aquí pero te preguntas qué haces aquí. Sabes por qué te hospedas sola pero te preguntas por qué te hospedas sola, por qué esa cama amarga, por qué no hay rastro de siluetas pasadas o de copas rotas. Pero te tumbas y ahora la habitación es más pequeña que en tu párrafo anterior, y evitas mirar la pantalla del móvil pero aún lo tienes en la mano, nunca lo soltaste. Es el único vínculo con tu mundo exterior de dentro, tan lejos pero tan cerca, tan falso todo y sin embargo imprescindible. Abres tu correo, abres Facebook, abres Twitter. Todo novedades, pero nada nuevo.

Sacas de la maleta tu billete de vuelta. Mañana a las once. Bendito maldito billete cerrado. Lo usas como antifaz para poder dormir (la luz de emergencia te molesta). Y duermes y sueñas un sueño prestado. El mismo sueño de todos los hoteles.

A la mañana siguiente te despierta el teléfono que nunca suena. El recepcionista, en inglés pausado, te dice que tienes un taxi esperando en la puerta. El mismo taxi que te llevará al aeropuerto, al avión de tu vida pasada y futura y de siempre. Cuelgas.

Por la tele echan una de James Dean. Sin pensar o pensando más en blanco que nunca abres el mueble bar, escoges una botellita de Jack Daniel´s y te la bebes de un trago. Sabe a sábana arrugada. Luego despliegas la ventana y lanzas tu teléfono móvil al vacío.

Te asomas y miras hacia abajo. Le has dado al taxista en la cabeza. Sonríes.

1.000 posts. ¡GRACIAS 1.000!

21 junio 2011

Este post que tienen ustedes ante sus ojos cumple el número 1.000 de mi etapa en 20minutos. Desde aquel primer post publicado el 30 de mayo de 2007 (hace más de 4 años, madre mía), mis ganas de contar los entresijos de mi taxi (y las gallinejas de mí) no han decaído ni un sólo día. Más bien podría decir que han ido en aumento (hasta el punto de no concebir mi profesión de taxista sin mi vocación de escritor, o viceversa). Me apasionan las dos cosas. Amo su perfecta simbiosis. La piedra filosofal es la calle, el azar, los usuarios anónimos e inagotables; ese diván dinámico que es el asiento trasero de mi taxi, ese bisturí aséptico que es mi espejo retrovisor, esas ganas de comer con los ojos que son las mías, y de contarlo todo, y de soltar mi lastre…

Por mucho que tal vez lo creas, no hay mérito alguno en lo que hago. 1.000 posts son mil días en los que sucedieron cosas. Todos los días pasan cosas. Y si no pasan, se buscan. Y si aun buscándolas no se encuentran, te las inventas. El caso es escribir. El caso es respirar para no ahogarte. Todos llevamos muchos más de 1.000 días respirados y vividos. Y la vida son palabras en el orden que tú quieras. Y el amor por las palabras es una enfermedad similar al insomnio.

Pero no olvido que el auténtico motivo de estos mil posts no soy yo: sois vosotros. Sin vuestra curiosidad lectora yo no sería éste yo que conocéis, sino otro. Sin vosotros yo no estaría aquí. Tampoco estaría aquí, después de 4 años, sin la generosidad y la confianza de papá Arsenio y de mamá Virginia. Mil gracias a ellos dos también y al resto de la familia, mi familia, que conforma 20minutos.

Y ahora… ¿qué toca? Otros 1.000 más. No me será difícil encontrar nuevas historias, anécdotas y reflexiones. Recuerda que tengo un taxi.

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Nota: La tarta que adjunto arriba fotografiada, minutos antes de ser engullida entre amigos, es obra de la (primero) lectora y (después) amiga Mariam. Mil gracias por el detallazo. La guardaré siempre en la memoria de mi estómago.

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Casting de un actor en pleno atasco

14 octubre 2010

El chico (25 años, piel bronceada, cabello corto, rizado) me indicó como destino el nombre de una calle que no existía:

- ¿General Panteras? ¿Estás seguro?

- Mmmm… no. ¿General… Pardiñas, tal vez?

- Esa sí.

- Bien. Vale. Perdona. Estoy un poco nervioso, ¿sabes? tengo un casting en media hora ahí, en esa calle.

- ¿Actor? – le pregunté.

- Sí.  Y esta vez me han dado un guión para la prueba realmente jodido.

- Puedes ensayarlo mientras llegamos, si quieres. Con este atasco calculo que tardaremos quince o veinte minutos – le dije. 

- ¿No te importa?

- Por supuesto que no.

- Vale, pero tendrás que hacerme un favor. Te paso una copia del guión y si me equivoco en alguna parte del texto, me lo dices, ¿vale?

- Hombre… no suelo leer mientras conduzco.

- Tranquilo. Aprovecharemos los parones del atasco y los semáforos.

- Ok.

El chico me tendió un par de hojas arrugadas.

- Una cosa más. Si me equivoco, no me lo digas de palabra, que me jode mucho. Hazme un gesto o… no. Mejor aún, toca el claxon.

- De acuerdo.

Dicho esto comenzó a respirar profundo dos, tres veces, cambió su gesto y en cuanto el taxi se detuvo en el primer atasco soltó (a la vez que yo leía):

- “No me mires con esos ojos que no son tuyos ni míos ya. Los reconozco. No a ti. A ellos” – me señaló a través del espejo retrovisor, con el ceño fruncido - “Son los ojos de una ira que no tienes. Ira robada a los lobos. Tú eres manso. No eres tú quien me mira. Arráncate esos ojos. Tíralos lejos. Que se los coman los lobos”

Piiiiii (toqué el claxon).

- “Fieras” dije. 

- Eso, joder, “fieras”, “fieras”. Primero “lobos” y luego “fieras”, joder. Sigo: “Que se los coman las fieras. Prefiero tenerte ciego a estar con otro que no conozco. Ven. Abrázame…”

Piiiiii (toqué el claxon)

- “Dame tus brazos” – dije.

En esto, el conductor que me precedía se bajó de su coche y se dirigió hacia mí con muy malos humos.

- ¿Tienes prisa? – me gritó al otro lado de mi ventanilla subida.

Negué con la cabeza.

- Como vuelvas a pitarme, te lo tragas. ¿Entendido?

Asentí con la cabeza.

- Putos taxistas… – soltó.

Regresando el conductor a su coche, mi usuario bajó su ventanilla, sacó la cabeza y le gritó:

- “Dame tus brazos. El calor no miente. La piel jamás podrá mutar en piel de lobo, ni se arrugará de ira. Seguirá siempre suave”.

Piiiiii (toqué el claxon).

- “Tersa” – dije.

Y ahí se lió pero bien gorda.

¿Qué harías tú con esta cartera?

05 mayo 2010

El pasado lunes un usuario se dejó olvidada su billetera en el asiento trasero de mi taxi. Nada más reparar en ella busqué en su interior algún documento que pudiera remitirme a su domicilio para hacérsela llegar, o en su defecto, entregarla en la oficina de objetos perdidos. Soy consciente de la putada que supone perder una cartera (no tanto por el dinero que pudiera contener, sino por el trastorno de quedarte indocumentado).

Como ya era tarde (la una y media de la madrugada) decidí entregársela a la mañana siguiente (su DNI me dijo que vivía relativamente cerca de mi casa).

El caso es que esta mañana, justo antes de salir de casa, revisé mi correo y me topé con el siguiente mensaje enviado desde la pestaña de contacto de este blog (copio y pego; las negritas son mías):

Ayer me dejé olvidada mi cartera en tu taxi sobre la una de la madrugada (me llevaste de Caleruega a Sol). Al salir del taxi me fijé de casualidad en el cartel que llevas en el maletero, ese que pone ni libre ni ocupado y fíjate cómo son las cosas que cuando caí en lo de la cartera me acordé del cartel, lo busqué en google y me salió tu blog. La foto del blog es la tuya, así que no tienes escapatoria. Como sé cómo sois los taxistas para lo ajeno, me temo que esta vez no podrás quedarte con ella. Ahora te tengo localizado, así que llámame cuanto antes al nº xxx xx xx xx o atente a las consecuencias. Juan Luis

Como digo, ya me disponía a salir de casa para entregarle su billetera, pero a tenor de semejante correo he preferido replantearme qué hacer con ella y someterlo al escrutinio del lector. He pensado en cuatro opciones:

a) Hacer como que no he leído nada y devolverle la cartera tal cual me la encontré.

b) Donar todo su efectivo (185€) a alguna ONG (¿existe “Bocazas sin Fronteras”?) y devolverle el resto (billetera, documentos, tarjetas, etc.).

c) Correrme una buena juerga con sus 185€ (¡a su salud!) y devolverle el resto de su cartera + un matasuegras.

d) Guardarme su cartera intacta, esperar a que me denuncie y, de celebrarse el juicio, entregarle al juez la cartera intacta y una copia del correo de marras.

e) Se admiten más ideas.

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Nota: Como digo, me decidiré por la opción más votada (no más de un voto por nick; el voto del interesado, por motivos obvios, será declarado nulo).

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¡Sígueme tú también en Twitter, Juanlu!

Jugando a los coágulos

15 abril 2010

Cuando trabajas conmigo, a mi lado, me olvido de los clientes que me llaman y me buscan por la calle: Alzan su brazo pero son árboles, silban pero son pájaros, gritan “taxi” pero escucho “sexy” y pienso que lo dicen por ti y freno y me bajo y les parto la cara.

Te ríes y lames mis puños manchados con la sangre de otros. Cromosomas sin nombre entre tus dientes: Permíteme jugar a los vampiros. Permíteme dormir en el arcén. Permíteme llamarte concubina (desnudarme de cuello para arriba) mientras cuentas hasta cien.

Desde el féretro trasero de mi taxi ahora buscas mis venas con los ojos cerrados. Hundes tu nariz en mi cuello. Hueles a glóbulo. Atacas y acatas las reglas de un juego inventado por mí. Es el colmo de tus colmillos: incisión pareada, alimento licuado que duele pero excita pero duele pero incita pero puedes seguir, no pares.

Dime cuánta sangre necesitas y te diré quién eres. Dime cuan pálido estoy y te diré quién eres. Dime si prefieres guardar mis coágulos en el segundo cajón de tu ego o escupirlos o tragarlos o asumirlos y te diré quién eres.

Inventé este juego para conocerte mejor. Te engañé. Me mataste.

Libertad, según la Taxipedia

19 marzo 2010

“Libertad” fue lo primero que dijo Sherpa cuando el reportero de Veo7 le preguntó por qué era taxista. Yo no habría sido capaz de encontrar mejor palabra. Libertad. Con dos cojones.

Libertad, según la Taxipedia, es no tener jefes, ni horarios, ni un sueldo fijo que condicione tu tren de vida. Personalmente me entristecería ganar lo mismo todos los meses. Las nóminas son cajas de zapatos apiladas en un armario a medida; un calendario con círculos y cruces.

Los días que gano más de lo previsto lo celebro y me voy de cañas. En esos casos suelo llegar a casa con menos dinero de lo previsto, pero feliz.

Los días que gano menos de lo previsto también me voy de cañas, pero en lugar charlar e invitar a los parroquianos, escribo poemas en servilletas. Y si me sale, aunque sea, una buena estrofa, también llego a casa feliz.

Y si algún cliente me lleva lejos que te cagas (el azar, otra ventaja del taxi) a la vuelta paro, y me adentro en los bosques, y me subo a los árboles, y le enseño el dedo a la silueta de Madrid, y almuerzo hormigas que luego me hacen cosquillas dentro.

Y si alguna usuaria usa sus artes para usarme, suelo dejarme llevar (en su casa o en mi descampado) con la condición de no volver a vernos nunca. La guantera de mi taxi, en esos casos, siempre lleva un hueco libre para esconder el corazón a buen recaudo.

Por estos (y muchos más) motivos creo que el taxi no es un trabajo. El taxi, amigo mío, es la metáfora más exacta de lo que yo entiendo por vida.

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A continuación el reportaje de Veo7. Con el susodicho Sherpa, la princesita Chica-T y el bala perdida (pero hallado en el templo) que suscribe:

Coleccionistas

02 marzo 2010

Conozco a un taxista que colecciona taxis en miniatura de todas las épocas y ciudades, a otro que colecciona perritos de esos que mueven la cabeza con el traqueteo del taxi (los lleva pegados al salpicadero), a otro que colecciona todos los paraguas que se dejan olvidados sus clientes (y hace esculturas y composiciones plásticas con ellos), a otro que colecciona calendarios de Radio Teléfono Taxi (desde su fundación), a otro que colecciona figuritas de goma (tiene todo un poblado de pitufos mezclados con personajes de Astérix, a modo de Belén, en la bandeja trasera de su taxi), a otro que colecciona cabellos de usuarios que recoge del asiento trasero y los etiqueta con la descripción de su correspondiente portador y los guarda en una caja de zapatos, a otro que colecciona autógrafos de todos los rostros famosos que han montado en su taxi (desde 1973), a otro que colecciona números de teléfono de usuarias, a otro que colecciona carteles de LIBRE/OCUPADO de otras ciudades del mundo, a otro que colecciona llaveros (los lleva colgados en el techo de su taxi), a otro que colecciona fotos de la Puerta del Sol (siempre que pasa con su taxi por ahí hace una foto; desde 1985) y a otro que colecciona dinero.

Cada vez que me hablan de sus respectivas colecciones, todos ellos parecen felices y orgullosos. Todos, menos el último. El último siempre me habla de su colección con los ojos inyectados en sangre y un gesto en su rostro que da miedo.

Curioso, ¿verdad?