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Dios punto cero

20 octubre 2011

En la parada de taxis de Ópera me llegó al móvil el aviso de una solicitud de contacto vía Bluetooth. Me hizo gracia el nick del remitente: DIOS PUNTO CERO. Así que lo acepté.

Al instante me llegó un mensaje del recién agregado:

“Bienvenido a mi Reino”

“Un honor, Señor. ¿O puedo tutearle?”, contesté no más que por seguirle el juego.

Aquel bromista no podría andar muy lejos. El radio máximo de acción del Bluetooth apenas alcanza unos metros a la redonda. Tal vez se tratara de algún otro taxista de mi misma parada, o cualquiera de los chavales que esperaban al autobús, con el móvil en la mano, justo al otro lado de la calle.

“Sé en lo que estás pensando”, volvió DIOS PUNTO CERO.

“En efecto. ¿Qué llevas puesto?”, contesté bromeando.

“Una hoja de parra. Y mi largo cabello rubio me cubre los pechos”. Aquella inesperada respuesta suya me excitó. Bien podría tratarse, en efecto, de una mujer. De hecho, había una taxista justo delante de mi taxi, y otra mujer más sentada en la parada del autobús, las dos manejando sus móviles. Tal vez fuera alguna de ellas.

“Soy el tercer taxista de la parada. ¿Dónde estás tú?”, escribí nervioso.

“Estoy dentro de ti”. Esto me excitó aún más.

“¿Y qué ves en mí?”, pregunté al instante.

“Te preocupa algo que sucedió ayer. Hiciste mal en abrir aquel correo de Beatriz”.

Hice una pausa, absorto.

“Esto no ha tenido gracia. En serio, ¿quién eres?, ¿dónde estás?” contesté desconcertado.

“Ya te lo he dicho: dentro de ti. Pero no te apures. Me he puesto en contacto contigo para ayudarte”.   

 ”¿Cómo sabes lo del mail de Beatriz?”

“Perdiste tu oportunidad. Ahora que Beatriz se va a casar con otro, no te queda más remedio que olvidarla. Yo puedo ayudarte. Sólo tienes que seguir mis instrucciones”.

“Dime”.

“Borra su contacto de la agenda de tu móvil. Si lo haces, también borrarás su recuerdo”.

Miré a mi alrededor. Ahora estaba solo en la parada de taxis (los taxis que me precedían ya se habían marchado) y el autobús también había vaciado la otra parada. DIOS PUNTO CERO no era ninguno de ellos.

Pese a lo incomprensible de aquella situación, le hice caso. Accedí a mi agenda del móvil y borré el contacto de Beatriz. De inmediato, me llegó otro mensaje de DIOS:

“¿Quién es Beatriz?”.

No supe qué contestar a eso:

“¿A qué Beatriz te refieres?”.

“Perfecto. Ahora márchate de aquí”.

Arranqué mi taxi e inicié la marcha. Mientras me alejaba de la plaza pude ver, apoyado en la fachada del Teatro de la Ópera, a un hombre con aspecto de mendigo siguiendo mi estela con la mirada. Al pasar junto a él, me guiñó un ojo. Dos calles después perdí el contacto de DIOS PUNTO CERO en mi móvil.

¿Sería él? ¿Por qué me preguntaría por una tal Beatriz? No entiendo nada.

Dos hombres y un suspiro

11 octubre 2011

Prometes cambiar los muebles de sitio, ahora sí. Quique es un tipo sensato, un regalo caído del cielo que no conviene desperdiciar. Te cuida, te mima, te quiere y soporta tus neuras. Y además es guapo, joder, y tiene charla, ¿qué más quieres? Y si te jode no encontrarle ni un solo defecto, no te culpes: son los posos del rencor de tu pasado, que te nublan el juicio. En cualquier caso, te halaga que alguien como Quique se haya fijado precisamente en ti y precisamente ahora, bloqueada y sumida como estás en ese lastre llamado Luis.

Luis es era todo lo contrario. Egoísta y mujeriego. Menos atractivo que Quique y menos atento también. Menos TODO a fin de cuentas. Pero sigues pensando en él. A veces sospechas que el defecto es tuyo, que Luis es tu particular tara, tu defecto de fábrica: un tumor con metástasis. Y sabes que es su posesión lo que te atrapa. Tenerle para ti en exclusiva, que se enamore de ti o que sufra por ti. Que te llame y te diga: Te echo de menos. Nunca lo hizo, ni lo hará. Tal vez si lo hiciera, tal vez si Luis se mostrara sumiso y cobarde o humillado de amor, conseguirías al fin olvidarte de él. Podrías, quizás, pasar página y centrarte en Quique aunque aún no le quieras: el amor viene cuando conviene aunque se llame cariño, paz o inercia. Sabes que Luis te hace tanto mal como bien te haría Quique. Lo sabes y no puedes evitar la sinrazón.

Y aunque hace meses que no sabes ni quieres saber de Luis, no puedes evitar vivir pegada a tu BlackBerry. Necesitas tu dosis diaria de cielo e infierno. Los mensajes lindos de Quique y los agónicos silencios de Luis. La reconfortante seguridad del halago y la insoportable incertidumbre de la duda. ¿Y si Luis te manda un WhatsApp precisamente hoy?

Pero hoy, desde las once de la mañana, la conexión a internet de tu BlackBerry no funciona. Y son las diez y media de la noche. Llevas horas intentando el acceso una y otra vez, llamando al servicio técnico, sumida en el fango de la incertidumbre. No hay pirpopos de Quique, ni certeza de Luis.

No te importa siquiera que yo te mire fijamente, a través del espejo, mientras te llevo a casa en mi taxi. Tu pequeño mundo es demasiado complejo para atender a la trivial mirada de un taxista cualquiera.

Llegamos a tu destino, me tiendes un billete y vuelves a mirar tu BlackBerry y sigue sin conexión. Sales del taxi, te detienes. En un arranque de furia lanzas con todas tus fuerzas la BlackBerry al suelo. El aparato se rompe en mil pedazos.

Salgo del taxi. Me pongo en pie. Te aplaudo.

Me sonríes. Suspiras. Te marchas.

El taxista que acabó siendo nadie

06 octubre 2011

El chico geek tomó asiento a mi lado y, nada más indicarme su destino, sacó su BlackBerry y se aisló de mí. Yo recién había recibido un timbre de mensaje en la mía (un modelo exacto al  del chico), así que aproveché el siguiente semáforo y me dispuse a leer el WhastApp recibido y a contestarlo después. Era Paula, un proyecto de amor progresivo. Solemos hablar a diario, seduciéndonos con calma.

“¿Qué haces?”, me había escrito. “Pensar en ti”, respondí yo.

Se abrió el semáforo. Con el rabillo del ojo vi que el chico también andaba escribiéndose, también vía WhatsApp, con otra tal Paula (hay muchas Paulas, pensé). Su conversación parecía bastante más animada; escribía y recibía a toda velocidad. Él sonreía a cada mensaje de ella.

En el siguiente semáforo le escribí a Paula, a mi Paula, la coincidencia. Ella me envió una sonrisa y luego seguimos chateando por otros derroteros, de su día y de mi día, de cuándo vernos, de aquellos tímidos besos pendientes. Pero yo, mientras tanto, no podía evitar mirar al chico con disimulo. ¿De qué hablará con su tal Paula?, ¿por qué sonríe constantemente? 

Sin pensarlo, en un arranque de curiosidad o tal vez de envidia, le dije:

- Noto floja la rueda delantera derecha. Creo que hemos pinchado.

- ¡No jodas! – me dijo el chico.

- ¿Podrías, si no te importa, mirar la rueda un momento?

Paré en el arcén, el chico dejó su móvil sobre el salpicadero y salió del taxi a mirar la rueda. En esto, cambié su BlackBerry por la mía. Al volver me dijo:

- Parece que está bien – me dijo.

- Qué raro… Será el amortiguador. Gracias de todos modos.

El chico volvió a coger la BlackBerry (la mía) y se dispuso a continuar chateando. Para mi sorpresa, tras escribir un nuevo mensaje, recibió otro de mi Paula y él sonrió y volvió a escribir. Ninguno de los dos parecía haber notado nada.

Yo traté de hacer lo mismo. Escribí a su Paula: “Ya voy por Callao. Este taxista es una máquina”.

“Descríbeme al taxista” me escribió su Paula. Siguiendo el juego comencé a describirme a mí mismo. El chico, por su parte, continuaba riéndose con mi Paula.

En esto me dijo:

- Cambio de planes. Llévame a la calle Serrano número 25.

Ahí vivía mi Paula. Por miedo o vergüenza a confesarle el cambiazo, me mordí la lengua y le llevé.

Al pagarme y bajarse de mi taxi, en el portal de Paula y con mi móvil, me contestó su Paula:

“Ya no me haces gracia. Chao”.

Lo apagué. No he vuelto a saber nada de su Paula (volví a encenderlo, pero me falta el PIN). Tampoco he vuelto a tener noticias de mi Paula. Y mi móvil, que se llevó el chico, no da señal. Y ya no sé quién soy. Tal vez nadie.

La anciana asesina

28 septiembre 2011

Era una anciana de aspecto adorable (arrugas suaves, ojos blandos, gesto simpático). Subió a mi taxi con cierta dificultad. Tras cerrar su puerta me saludó (“Pues aquí estamos, hijo”) y me indicó un destino cercano. Resuelto mi itinerario mental pensé que sería mejor girar la primera a la derecha, pero al tratar de hacerlo ella me corrigió y me dijo que siguiera recto, estirando también su brazo por entre los asientos, señalando la calle.

En esto, con su mano a mi altura, algo en su dedo erguido llamó mi atención. Tenía sangre seca alrededor de la uña, una línea roja en su cutícula.

¿Sangre seca en una uña?, me pregunté. Pudiera ser el rastro de sangre ajena. Tal vez la sangre de su difunto esposo después de forcejear con ella. Quizás detrás de ese rostro angelical se encuentre una auténtica psicópata capaz de degollar a su propio marido con sus manos, arañándole la yugular hasta verle desangrarse poco a poco. Y todo ello ante la atenta mirada de sus nietos amordazados en el sofá, con fórceps en los ojos para impedirles parpadear mientras la tele emite una grabación del Sálvame Delux en bucle. “Vosotros seréis los próximos” habría dicho la anciana, y en esto el padre de las criaturas, hijo de la anciana, aparecería por sorpresa en la casa (salió pronto del trabajo, hubo una amenaza de bomba en la oficina) y ella saltaría sobre él para morderle en el cuello hasta acabar también con su vida. Por eso ahora no tiene dientes. No consiguió desencajar su dentadura postiza de la nuez de su hijo y tuvo que salir de casa sin ellos. Y ahora tomó mi taxi para comprar un saco de cal viva con la que disolver los cadáveres, uno a uno, en la bañera. En efecto su destino es, ni más ni menos, una droguería. Todo encaja.

- Es aquí. ¿Qué le debo? – me preguntó la anciana abriendo su bolso.

- Nada, nada – dije con la voz temblando, muerto de miedo.

- Ah, pues gracias. Muy amable – me dijo y salió del taxi, caminando despacio, hasta entrar en la droguería.

Y con el corazón a mil, arranqué quemando ruedas.

- O tal vez, aquella marca de sangre en la uña se deba a un padrastro mal curado – me dijo, horas después, mi psiquiatra.

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Detalle de la foto: La anciana de esta historia leyendo esta historia.

La camisa

29 junio 2011

Eran tres mujeres: dos hermanas (veinteañera y treintañera) y su madre de edad prejubulada. La mayor de las hermanas llevaba, en su mano derecha, una percha con una camisa blanca de hombre perfectamente planchada y abotonada. Abrió la puerta delantera del taxi, tomó asiento a mi lado, y posó con sumo cuidado la camisa sobre sus piernas. La hermana menor y la madre se sentaron detrás. Esta última me dijo con voz neutra, tal vez estoica:

- Al Tanatorio Norte, por favor.

Accioné el taxímetro y marchamos en silencio. Dada la situación supuse que el difunto a visitar era marido de la reciente viuda y padre de las otras dos. Supuse que aquella camisa recién planchada que yacía sobre las piernas de la reciente huérfana era y sería para vestir al difunto. Escogieron, sin duda, su  mejor camisa en vida. Tal vez la misma hija mayor, buscando tomar las riendas del drama reinante, hubiera abierto el armario de su padre con la intención de escoger, de entre otras tantas, su mejor camisa. Habría planchado la camisa con sumo cuidado, despacio, para luego colgarla en una pecha y abrochar, uno a uno, sus botones con igual cadencia, apretando los dientes, recordando mil imágenes o puede que tratando de evitar todo recuerdo por no manchar de lágrimas su tela.

La camisa que ahora tenía a mi lado, sobre las piernas de la reciente huérfana, sería en breve usada por un cadáver que no conozco pero ellas sí: el habitáculo del taxi en mayoría, sí.

¿Sería al fin la viuda quien le vista? ¿Cuál será la sensación de esa viuda en el preciso momento de ponerle la camisa y abrocharle por última vez los botones al cuerpo inerte y frío de su Juan de siempre? ¿Qué harán después con la percha? ¿Tirarán la percha en cualquier papelera o tomarán otro taxi de vuelta a casa con la percha ya sin camisa en la mano, acariciando sus formas, o apretando el gancho hasta alcanzar el sosiego de un dolor afortunadamente físico?

Sin embargo no llevaban consigo el traje al completo. Ni la chaqueta, ni el pantalón, ni una corbata. Sólo la camisa. Puede que anoche, durante el velatorio, advirtieran que la camisa que llevaba puesta no le favorecía o no pegaba con su corbata de la suerte y decidieran cambiarla para el último adiós de hoy; para que ese último recuerdo fuera impecable. Sin arrugas.

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Nota: Llegando al Tanatorio no pude evitar tocar con mi dedo meñique el puño de esa camisa. Era de seda. La misma seda que surgió de los gusanos.

El sexto sentido

09 marzo 2011

Sobrado me creí con tres de los cinco sentidos para desentrañar la tragedia de aquel hombre: La vista, el olfato y el tacto. Nada más subir al taxi me llegó un fuerte olor a ginebra barata (una mezcla de alcohol en bruto y enebro): Venía de un bar. Tras indicarme su destino (zona Carabanchel), me fijé en su aspecto: Cincuenta años, piel gruesa y amarillenta, ojeras, barba de tres días, pelo oscuro con muchas canas, camisa gris sin planchar: Vivía solo. No llevaba reloj. Desempleado.

Durante el trayecto mantuvo la mirada perdida hacia la calle, sin fijarla en nada que llamara su atención: Deprimido.

Llegamos a su destino, me tendió un billete de 5€ desgastado y en el tacto de sus dedos noté unas yemas duras como piedras, curtidas. 

La ecuación, según mis sentidos, parecía clara: Aquel hombre trabajó toda su vida en algún oficio manual y de súbito se vio en el paro. Tal vez por culpa de ello su mujer le dejó y se abandonó a la bebida en un claro giro autodestructivo.

Pero nada más bajar del taxi gritó:

- ¡Mariam!

En esto, una rubia (espectacular) cargada de bolsas se giró:

- ¡Samuel! ¡no te esperaba tan pronto! 

La rubia se acercó a él y le dio un beso en la boca. Mi usuario tomó las bolsas y ambos entraron en una vivienda unifamiliar. La curiosidad me llevó a tirar de freno de mano y acercarme a la plaquita dorada que presidía la puerta. Leí:

“Samuel T. G. – Arquitecto -”

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Nota: No di una.

Moraleja: De nada sirven los cinco sentidos si no te funciona el sexto.

Autopsia a un cuerpo

15 febrero 2011

Ojos cerrados, boca entreabierta, acerco la mía. Mis labios rozando casi sus labios. Noto su aliento. Está dormida. Aparto, con cuidado, la sábana. Poco a poco. Emergen sus hombros, la leve curva de sus pechos. Acerco mi ojo derecho al piercing de su pezón izquierdo. Es un aro con una pequeña bola metálica (ya reparé en él anoche). Me veo reflejado en la bola. Mi nariz se ve grande en la bola y mi pómulo pequeño y distorsionado, como muy lejos. Toco sin querer su pezón con la punta de la nariz. Es suave. Mi nariz o su pezón es suave. O ambos. Nunca lo sabré.

Retiro más la sábana y me detengo en el complejo pliegue de su ombligo. Dios estaba enfermo. Saco la lengua. Sabe a sal. La cicatriz de su cordón umbilical esconde el sumidero de todos los mares. Dos islas en sus caderas, un valle seco y un sumidero. Y al otro lado del filo de sus caderas, la nada. O la cama. Es lo mismo.

Ahora deslizo la sábana con los dientes. Poco a poco, se compone la figura de su sexo en el quicio de sus piernas. Me acerco desde arriba. Huele a electricidad estática. A peligro. A tarro de miel vacío. A isobara. Me chupo el dedo y lo introduzco en su sexo con cuidado. Recorro sus paredes con la yema. Húmedo Braille. Soy un ciego leyendo la Biblia.

Me aparto. Vuelvo a acostarme a su lado. No sé su nombre. Apenas nos conocimos ayer. En mi taxi. Las circunstancias no importan. Su nombre no importa. Ahora duerme. Eso es todo.

Masaje y algo más…

22 diciembre 2010

- Tanta información concentrada me tensa. Cada día ando pendiente de un tema crucial distinto: La #leysinde, la reforma de la ley antitabaco, el retraso en la edad de jubilación, los cables de Wikileaks, el arresto de Assange, la subida del gasoil, el rescate a Irlanda, el rescate a Grecia, las Bolsas, los controladores aéreos, el temporal de nieve en el Norte, las inundaciones en el Sur, mi dolor de espalda…

- ¿Te duele la espalda? – me interrumpió la usuaria (treinta y tantos años, cabello corto, oscuro, piel lechosa, ojos grandes).

- Sí. Mucho.

La usuaria resultó ser fisioterapeuta. Al llegar a su destino me propuso aparcar el taxi y subir a su consulta para darme uno de sus “masajes express”. Acepté sin dudarlo.

Minutos después, tumbado en su camilla con la espalda desnuda, sus manos me ayudaron a olvidar uno a uno los problemas de este mundo. 

Cuando dio por finalizado el masaje noté que me anotaba con un boli algo en la espalda:

-  ¿Qué haces? – pregunté girando la cabeza.

- Te reconocí nada más montarme en tu taxi. Eres Daniel, el del blog nilibreniocupado, ¿verdad?

- Mmmsí – dije.

- No te cobraré nada por el masaje a cambio de que me invites a comer mañana.

- ¿A comer?

- Sí. He de contarte algo. 

- ¿No me lo puedes contar ahora?

- No. Tengo un paciente en 5 minutos. Tendrás que marcharte. Te he apuntado mi número de teléfono en la espalda. Llámame mañana a medio día.

Aunque me anotara su número de teléfono en la espalda, aunque pidiera comer juntos mañana, algo me dijo que no eran precisamente seductoras sus intenciones (tal vez su lineal tono de voz, o esa mirada esquiva…).

Cuando llegué a casa, me quité la camisa y anoté con cierta dificultad (girando el cuello al máximo) los números que iba viendo reflejados en el espejo del baño.

- Séis, dos, nueve, cuatro, cinco…

Anotada la secuencia completa, la leí en voz alta. Entonces me quedé de piedra. No era posible. Coincidían, uno a uno, con el número de teléfono de Beatriz, la misma a quien no veía desde hace más de dos años, la misma que me rompió el corazón y a la que rompí el corazón en iguales pedazos.

Cogí el teléfono y marqué esos mismos números con el dedo temblando. Una larga señal de llamada, otra, otra… y a la sexta, el sonido de quien cuelga o desconecta al otro lado. Volví a insistir pero ya no daba señal alguna.

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Nota: Mañana, a primera hora, volveré a la consulta de la fisioterapeuta para que me explique qué coño está pasando.

¿De dónde habrá sacado esa usuaria el teléfono de Beatriz? ¿por qué me habrá escrito en la espalda el número de Beatriz y no el suyo? ¿habrá colgado ella? ¿habrá colgado Beatriz al ver que era yo quien llamaba? No entiendo nada.

Mundo táctil

17 noviembre 2010

Vivo rodeado de pantallas táctiles (la del móvil, la del ordenador, la del navegador GPS, la del monitor de TV del taxi, la del iPad…), de ahí mi lapsus: Se me había metido algo en un ojo. Aprovechando un semáforo me asomé al espejo retrovisor y, en lugar de abrirme el ojo con los dedos para buscar mejor la mota, toqué el espejo con la intención de seleccionar y agrandar la imagen, o algo así. Lo raro fue que nada más tocar el espejo se abrió una pestaña nueva (en mi párpado). Hice doble click en el espejo y aparecieron, de súbito, otras dos pestañas más sobre mi ojo derecho.

Asombrado, pasé el dedo por el reflejo de mi ojo en el espejo, de derecha a izquierda (como quien pasa de una foto a otra en un iPad) y, de súbito, mi ojo se giró 180º, mirando ahora hacia dentro, hacia mi cráneo, sólo ese ojo. Y así acabé: con el ojo izquierdo mirando hacia la calle y el derecho observando mi propio cerebro (con sus chispitas neuronales rodeando la corteza).

Se abrió el semáforo y los coches comenzaron a pitarme. Yo accioné los warning y acerqué de nuevo la cara ante mi espejo para darle con el dedo y retomar así la posición normal de mi ojo invertido. Pero no atiné, y en lugar de darle al reflejo de mi ojo derecho, le di al izquierdo, y me quedé completamente ciego para el mundo exterior, pero con unas vistas en 3D, bien nítidas, de mi coco por dentro.

Las neuronas se movían rápido, como siguiendo un espectacular entramado de terminaciones nerviosas a lo largo y ancho de mi corteza cerebral. Eran azules. Brillaban. Al instante comprendí que todas mis neuronas seguían un mismo camino alrededor del córtex. Un camino que, en su conjunto, formaba una silueta, la silueta de un rostro perfectamente delimitado: frente, nariz, boca, barbilla, cuello, nuca, cabello…

Reconocí la silueta. No existe otra igual en este mundo. Era la tuya. Manda huevos que sólo consiga ver las cosas más claras quedándome ciego. Te amo.

Nunca sabremos qué pasó

16 noviembre 2010

- ¿Qué le debo? – me preguntó el usuario.

- 9,35€ – le dije parando el taxímetro.

El hombre se tanteó los bolsillos y soltó:

- ¡Mierda! Me lo he dejado todo en el despacho. La cartera, las llaves y el móvil. Si me espera un momentito, le digo a mi mujer, por el telefonillo, que me baje dinero y yo le pago, ¿ok?

- De acuerdo – le dije.

El hombre salió del taxi corriendo, se detuvo en su portal, pulsó un botón del telefonillo y, tras una breve conversación que no alcancé a escuchar, volvió al taxi.

- Que… mi mujer no puede bajar. Tendré que subir yo. Así que, mire: le dejo lo que sea “en prenda”, para que se fíe, y ya bajo, ¿vale? -  el hombre comenzó a hurgarse en los bolsillos y, al no encontrar nada de valor, se miró las manos (su alianza de casado, para más señas), y de un tirón se sacó el anillo del dedo y me lo lanzó por la ventanilla.

- No hace falta que me deje nad… – quise decirle, pero ya se había marchado.

Le vi llamar de nuevo al telefonillo y desaparecer por el portal.

Durante la espera biopsié el anillo. Era una alianza de oro con muescas, feísimo, y una inscripción en su cara interna: “Lourdes & Juan. 12/07/1989″. Calculé los años que llevaba casado: 21. Por su aspecto tendría entre 40 y 45 años. Se casó joven.

Pasaron los minutos. Dos, tres, siete… Pasados los diez comencé a mosquearme. ¿Le habrá pasado algo?

Entonces imaginé una hipotética escena: El hombre sube a casa sin un euro y le dice a su mujer que se ha dejado la cartera, las llaves y el móvil en el despacho. En esto ella se da cuenta de que él no lleva su anillo de casado y piensa que se lo ha gastado todo en un burdel, o tal vez con alguna querida que le creyó divorciado. O pudiera ser que en algún momento de su pasado hubiera tenido serios problemas con el juego o con el alcohol y que ella pensara en una inminente recaída nada más entrar él por la puerta sin blanca y sin su alianza (“¿y también empeñaste el anillo?”, le gritaría decepcionada).

Pero veinte minutos después apareció por fin el hombre y me tendió un billete de 20€.

- Siento la espera – me dijo con la voz entrecortada.

Le devolví el anillo y en lugar de ponérselo se lo metió en el bolsillo. Luego se marchó, cabizbajo, no de vuelta al portal sino al bar de la esquina.