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Elegido Mejor Blog 2006.Ya lo dijo Descartes: ¡Taxi!, luego existo...

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Defecto Podemos

Ayer mismo, un votante confeso del Partido Popular me confesó en mi taxi que el único camino cívico a la situación “que se nos viene encima” habría de pasar irreversiblemente por un pacto PP-PSOE, ante lo cual no pude más que responderle:

—¡Caramba! ¿Qué fue entonces de aquel PSOE corrupto que nos llevó a la ruina y hundió España?— dije tirando del argumentario Popular del último lustro.

—Ya, pero es que los de Podemos son peores.

—¿Peores que qué?

—Al menos el PSOE demostró ser fiel a la Constitución.

—¿A qué artículos exactamente? ¿Al Artículo 47 que dice que todo español tiene derecho a disfrutar de una vivienda digna y adecuada? ¿Al 128 que dice que toda la riqueza del país en sus distintas formas y sea cual fuere su titularidad estará subordinada al interés general? ¿O al 135 que se cargaron de un plumazo presionados por los grandes inversores?

—Podemos quiere controlar los medios de comunicación, igual que en Venezuela.

—Veamos… ¿quién dirige actualmente la agencia EFE? José Antonio Vera, exdirector de La Razón. ¿Quién dirige los informativos de TVE? Álvarez Gundín, exsubdirector de La Razón. ¿Quién dirige TVE? Sánchez Domínguez, excolumnista de La Razón. Todos ellos, en fin, nombrados sin consenso por el Partido Popular.

—No es lo mismo y, en cualquier caso, si gana Podemos será la hecatombe.

—¿Podría concretar un poco más?

—Yo tengo muchos más años que usted. Sé de lo que hablo. Estos quieren arrasar el país. ¡Mire el Pablo Iglesias ese! ¡Mire qué pintas se gasta!

—Acabáramos. Las pintas de Pablo Iglesias. Haber empezado por ahí.

–Seguro que acaban robando, como todos.

–Presunción de culpabilidad en diferido. Otro argumento de peso, qué duda cabe.

–Cuando le quiten su propia casa, ya lo lamentará.

–¿Se refiere a los bancos?

–No, no. Podemos. Dicen que van a expropiar todas las segundas viviendas.

–¿Pero cuándo y dónde han dicho eso?

–Lo escuché el otro día en 13TV.

–¿Emitieron declaraciones de Pablo Iglesias diciendo eso?

–No, no. Lo dijo un contertulio.

–Mire, déjelo.

–Se nota que es usted de Podemos, ¿eh?

–Yo no soy de nadie, caballero. Cuando ultimen su programa electoral lo leeré, y si me convence, tendrán mi voto. Pero, con independencia de algo tan lógico como es votar unas ideas u otras, no es ni medio normal el linchamiento al que están siendo sometidos. He escuchado auténticas barbaridades sobre ellos que luego han resultado ser falsas, o se han potenciado con la peor de las intenciones. Y esto sólo denota la baja calidad democrática que aún arrastra el país.

Hombres salvados por mujeres

FOTO: Jacinta Lluch Valero

FOTO: Jacinta Lluch Valero

Todos cambiamos con el paso del tiempo (ley de vida, supongo), pero cierto es que algunos, más que cambiar por sí mismos, se dejan cambiar o se arrastran o amoldan a sus nuevas mitades. Acaban adoptando los rasgos más suaves de sus propias parejas, mutando de personalidad o tal vez limándola hasta encajar en sus preferencias, borrando a su vez cualquier rasgo propio o escondiéndolo o hibernándolo en la capa más profunda de su esencia innata.

Algo así intuí en aquel matrimonio de mi taxi: él tenía aspecto de tipo rudo aunque amansado, previsiblemente, por la fuerte influencia que sin duda le inyectaba ella. Me juego el cuello a que el tipo en cuestión, antes de conocerla, había sido un pieza de cuidado: el típico juerguista y mujeriego cuanto menos, dominante y difícil de domar, broncas y egoísta, pero ahora reconvertido en cordero dócil, tierno y sumiso con su mujer. Hablaba siempre un tono más bajo que ella, falseando su voz cazallera y colando en cada frase un cariño por aquí, un mi vida o un mi amor por allá, gracias a lo cual conseguía suavizar el trasfondo del mensaje. Si decía, por ejemplo: “Tu hermano es gilipollas, amor” (léase en tono melódico-meloso), no sonaba igual de incisivo que si le hubiera llamado “gilipollas” a secas con un tono más grueso. Había encontrado, pues, la salvación en ella: de bala perdida a balar cual oveja en su redil. Era ella quien le había suavizado, lo cual sin duda alguna (aunque en silencio) agradecía. Quién sabe cómo habría acabado de no haberse topado con la dosis ansiolítica precisa para acallar su poca y mala cabeza.

Algunas mujeres ejercen sin querer de madres salvadoras (raro es el caso opuesto), y es por eso que son y serán siempre intrínsecamente más fuertes que nosotros. No lo llames calzonazos, no. Llámalo supervivencia.

Los límites del humor (versión beta)

Chica conoce a chico en Twitter. Intercambian menciones (respuestas simpáticas a tuits ocurrentes). Llegan los DMs. Más DMs. Deciden agregarse en Facebook. Chica ojea las fotos del chico (le resulta interesante). Chico pincha en el álbum “Verano 2013 Ibiza con amigas” de la chica (se centra en su figura en bikini y en el piercing de su ombligo). Empiezan a chatearse. La primera noche, cuarenta minutos. La segunda, hora y media. La tercera, deciden quedar. Ella es de Madrid, él de Fuenlabrada. Ella vive con sus padres. Él vive solo, en el piso que en su día compró con su exnovia. Para mayor comodidad de ella, acuerdan quedar en el Mercado de San Miguel de Madrid. Él se acerca en coche y lo mete en el parking de la Plaza Mayor. Ella acude en Metro. Al verse a las nueve treinta en la puerta del mercado, se reconocen enseguida. Deciden tomarse unas cañas y picar algo en los puestos del mercado. El encuentro cara a cara parece funcionar. Las cervezas ayudan.

Después de cuatro o cinco cañas con sus pinchos, deciden pasarse al gintonic en un local más apartado. Y al segundo gintonic, se besan. Y al cuarto gintonic, pasadas ya las tres de la madrugada, el chico propone a la chica dormir en su casa. En Fuenlabrada.

—Venga, vale. ¿Cómo iremos?

—En mi coche. Lo tengo ahí mismo, en el parking.

—Ni hablar. Bebiste demasiado.

—Tranquila. Yo controlo.

—En serio. No insistas. Olvídalo.

Al final el chico, por no dejar su coche toda la noche en el parking, decide marcharse solo a casa. Por el camino, le paran en un control de la A-42, y cuadruplica la tasa de alcoholemia permitida. Le quitan en carnet, se lleva el coche una grúa, y el chico queda a la espera de vérselas con un juez.

La chica, por el contrario, toma un taxi de camino a casa. Mi taxi, para ser exactos. Tal vez movida por el alcohol, se arranca a hablar conmigo sin parar. Me cuenta toda su historia con aquel chico: que la cosa, en un principio pintaba bien, pero que al final la cagó comportándose como un niñato por culpa de lo del coche. Llegamos a su casa, se marcha, y en esto se deja olvidado el móvil en mi taxi. Caigo en la cuenta poco después de arrancar, cuando me sorprende un pitido en el asiento trasero del taxi. Me giro y encuentro su iPhone. El pitido corresponde a un Whatsapp del chico. Lo abro y leo: “Menudo putadón, tía. Acaban de trincarme en un control de alcoholemia. Multaza con juicio, sin puntos, y encima se llevan el coche (emoticono triste)”.

No puedo evitar hacerme pasar por ella y le contesto: “Te jodes, por niñato. Si hubiéramos pillado un taxi, ahora me tendrías en tu cama (emoticono de berenjena, emoticono de boca abierta)”.

Al instante llama la chica a su mismo móvil. Contesto: “Sí, sí. Aquí lo tengo. Doy la vuelta y regreso a tu portal en dos minutos”. Me acerco de nuevo a su casa y le entrego el móvil. La chica me da mil gracias y se marcha. No sé qué pensará cuando vea el mensaje que envié en su nombre. Tal vez se lo tome con humor, tal vez justo lo contrario. Me pueden las formas, lo sé. Y lo siento.

Nota: En mi defensa diré que me reí bastante.

Madrastra Patria

Fragmento del monólogo de un hombre en mi taxi de unos cuarenta años, camisa a cuadros y pantalón de pinzas, en el trayecto comprendido entre la glorieta de Quevedo y la plaza de Tirso de Molina.

“A mí no me jodas. Esa horterada del “sentimiento patriótico” sólo sirve para odiar a gente que no conoces por el simple hecho de haber nacido en un trozo de tierra que no es el tuyo. Ahora el catalán independentista odia al Español centralista y viceversa. El primero quiere separarse del segundo, y el segundo, el Español, a pesar de odiar igualmente al primero, pretende mantenerlo encerrado en su misma patria. ¿Lo ves?  Tan paradójicamente absurda resulta una postura como la otra. Hablan de cultura, hablan de historia. Como si alguno de ellos hubieran tomado parte en la conquista de América, en la expulsión de los moriscos, o en la Guerra Civil. “Somos una gran Nación. Echamos a los moros de Al Andalus”. ¿Tú y quiénes más, pedazo de idiota? ¿Acaso estuviste ahí? ¿Quién derramaría ahora una sola gota de sangre por defender un trozo de tela aparte de cuatro brutos sin cerebro y una cabra? ¿Qué pretendes proteger? ¿El legado de una cultura que cíclicamente, cada cuarenta años, siempre acaba a hostias? ¿El legado de un país que jamás ha vivido cien años seguidos en paz? ¿Y ahora quién está detrás de esto? Veamos: por una parte, un partido cuyo líder ideológico ha robado a su pueblo durante treinta años. Y por otro, un partido que se ha financiado a base de mordidas a empresarios y, por tanto, hinchando presupuestos públicos y, por tanto, robando a la gente. El mismo que ahora se aferra al estricto cumplimiento de la Constitución. El mismo que modificó la Constitución en dos tardes por mandato de la troika. Anda y que les den por el culo. A los dos. Y a todos esos imbéciles que les bailan el agua. Ahí. Párame en ese portal. Y perdona por la chapa. Me saca de quicio tanto cinismo. ¿Qué te debo?”

Lucas

FOTO: THX0477

FOTO: THX0477

No es difícil de entender lo mucho que se volcaron Maite y Carlos con su hijo Lucas habida cuenta del calvario y el deseo que sufrieron al tenerlo. Después de mil pruebas, después de inseminaciones y decepciones varias, les costó cinco años conseguir que Maite, al fin, se quedara embarazada. De hecho, a punto estuvieron de tirar la toalla y plantearse tramitar una adopción, cuando de repente y de forma natural, sucedió el milagro.

El parto fue normal, pero pocos días después los médicos confirmaron a Maite y a Carlos un diagnóstico que habría de cambiar sus vidas para siempre: Lucas había nacido sordomudo. La noticia al principio fue un shock para ellos, pero una vez asumida, decidieron estudiar a fondo el lenguaje de signos y todo lo referente a ese mundo nuevo tan para ellos, de cara a normalizar al máximo la situación de su hijo. Y como no querían que Lucas se sintiera desplazado, con el tiempo empezaron también a hablar con las manos entre los dos, y a ver la tele siempre con subtítulos, y a ir los tres a espectáculos adaptados. Pasaron los años y Maite y Carlos, de tanto volcarse a las necesidades de su hijo, ahora apenas hablaban nada más que con las manos. También se deshicieron del aparato de música y de sus discos por no desmerecerle, hasta el punto de crear un hogar totalmente enfocado al silencio.

Esta tarde tomaron mi taxi los tres. Lucas, sentado en medio de los dos, ahora es un niño guapísimo de seis o siete años. Maite me indicó un destino de viva voz, pero me lo dijo con acento extraño, como si después de tantos años volcada en cuerpo y alma al silencio, hubiera olvidado cómo se pronuncian las palabras. Y en el trayecto, hablaron Maite y Carlos con las manos y Lucas, mientras tanto, se mostraba ajeno a ellos, como si no le interesara, en este caso, la charla mantenida por sus padres (exactamente igual que cualquier otro niño al uso). Luego Carlos me dijo, “¿Qué le debo”?, con la misma dificultad en el habla que ella.

De modo, concluyo, que es posible olvidar el sonido de las palabras por amor a un hijo.

 

¿Hay límite en los piropos?

FOTOGRAMA de 'La Tentación Vive Arriba'

FOTOGRAMA de ‘La Tentación Vive Arriba’

Hace un par de días varé mi taxi en una parada de tantas que salpican Madrid con otros seis taxis libres delante de mi taxi libre. Los taxistas hacían corro y decidí sumarme a ellos más por socializar un rato, despejarme y estirar las piernas. No conocía a ninguno de ellos, somos miles, pero es habitual charlar entre nosotros, unidos por una suerte de conciencia gremial. Pero al acercarme pude ver que todos, sin excepción, apenas se ceñían a lanzar piropos a las viandantes más ligeras de ropa, compitiendo los seis en osadía, a ver quién lanzaba el piropo más alto, o más ingenioso, o más directo. En una de estas, el taxista cabecilla soltó a una chica algo tan típico como “PERO CHIIIICA, VETE POR LA SOMBRA, QUE LOS BOMBONES SE DERRITEN AL SOL” y los otros le siguieron con otros tantos piropos a cual más manido aunque ninguno, bien es cierto, desagradable ni obsceno. El caso es que la chica objeto de los piropos en realidad quería tomar un taxi y le tocaba el turno al tipo de los BOMBONES, y la chica se negó a montar con él, y también se negó a montar en ninguno de los otros taxis que también participaron con sus piropos. Así que optó por subir al mío aunque yo era el último en llegar y, por tanto, no me tocaba el turno hasta seis taxis después. Los taxistas, tal vez por vergüenza, no dijeron nada por mi salto de turno y al final, la llevé.

En el trayecto la mujer me mostró su indignación por semejante arsenal de piropos, lo cual entendí pero no del todo, ya que piropos de tan baja intensidad no alcanzan la categoría de acoso, ni siquiera pretendían ligar con ello (de hecho NADIE consigue ligar de ese modo). Aunque también es cierto que ha de ser incómodo viajar en mismo taxi de un tipo que segundos antes llamó su atención sobre tu físico, lo cual amplía mi arsenal de dudas al respecto.

¿Tú qué opinas? ¿Hay límite en los piropos? ¿Halagan algunos? ¿Desagradan todos? ¿Tú qué habrías hecho en la misma situación de la chica?

Puta vida

FOTOGRAMA: Jodie Foster en Taxi Driver

FOTOGRAMA: Jodie Foster en Taxi Driver

Larysa es puta. Vino de Ucrania engañada por un falso agente de modelos y ahora curra a comisión para saldar su deuda con la misma mafia que la trajo. Tiene los ojos azules No Frost, cuerpo y piel de Barbie, y reconoce que jamás besa en la boca a sus clientes. Ejerce en Sor Ángela de la Cruz, cerca del Bernabeu, de lunes a domingo, de diez de la noche a seis de la mañana, junto con otras ocho o nueve chicas. Tomó mi taxi porque venía la policía directa hacia ella y justo yo pasaba por ahí. Así que levantó el brazo como si estuviera esperando un taxi. Nada más subirse la patrulla paró a mi lado y uno de los Nacionales me preguntó que a dónde iba. Yo dije que al centro, y se marcharon. Larysa me dio las gracias y me pidió dar vueltas a la manzana hasta que la poli se esfumara.

-¿Cuánto costará taxi? -me preguntó.

-Depende de las vueltas que demos.

-Ay, no… Y en lugar de pagarte taxi, ¿prefieres mamada?

-No, esto… Ya vengo mamado de casa.

-Vaya. Entonces para aquí. Vuelvo andando.

-No, espera. Hagamos algo.

-¿Paja? ¿Te enseño pechos? ¿Mirar cómo me toco?

-Tentador, pero no. Cuéntame algo.

-¿Qué?

-Respóndeme a una pregunta.

-Di.

-Cuando estás chupando o follando con el típico tío asqueroso y borracho, ¿en qué piensas?

-En acabar rápido. Y en mi hija. Tengo hija en Ucrania de cuatro años.

-¿Te has enamorado alguna vez de algún cliente?

-Vale. Pregunto yo a ti. Si compras frigorífico, ¿te has enamorado alguna vez de frigorífico?

-Pero un frigorífico no es una persona.

-Y cliente cuando folla con dinero tampoco persona. Solo es cliente y yo frigorífico. Abrir piernas y abrir puerta de frigorífico es misma cosa.

-¿No has pensado nunca en volver de nuevo a Ucrania?

-Si me escapo, amenazan matar a mi hija.

-Quiénes.

-No voy a decirte esta cosa.

-¿Y denunciarlos?

-¿Naciste ayer o qué te pasa?

-Disculpa. Tienes razón.

-Gracias a dios soy guapa y tengo cuerpo bonito. Pienso en esta cosa. Tengo más clientes que chicas feas. Aquí, aquí. Para aquí.

-Ok. Vete. Estamos en paz. No me des nada. -dije parando el taxímetro.

-¿En serio no quieres mamada?

-Ni en un millón de años.

-Gracias, guapo.

Y se marchó calle arriba, subiéndose la falda a cada paso.

Aislada en su misma voz

FOTO: Katie Tegtmeyer

FOTO: Katie Tegtmeyer

Hablaba todo el rato. Me habló de un casting, de sus buenas vibraciones con el director del casting. Hoy tenía otra audición. “¿Ves esto? Pues no lo necesito” dijo bajando la ventanilla y lanzando una pastilla a la calle. Parecía un valium. Ella no se dio ni cuenta, pero al lanzar la pastilla asustó a un motorista que acabó frenando en seco y a punto estuvo de chocarse contra otro coche. Después vi por el espejo cómo el motorista intentaba acercarse al taxi pero justo le cerró otro coche y le pilló un semáforo. Ella seguía: “Confianza. Esa es la clave. Pensar que los demás no son tan buenos como tú. Yo siempre que voy a una audición lo primero que hago es fulminar con la mirada a los otros candidatos. Lo hice en los últimos dos castings de La Voz, porque también canto, ¿sabes?, y conseguí que un par de ellos se encogieran en su silla. Los puse nerviosos. Hay que presentarse ahí pensando que los demás son rivales a batir. No pasé esa criba, ni tampoco la del año pasado, pero al año que viene ahí estaré de nuevo. Porque soy buena, ¿sabes? aunque aún, en fin, no haya llegado mi oportunidad. Con el casting al que voy ahora es diferente. Veo muchas posibilidades. Es para una peli, un papel secundario, pero algo me dice que ese personaje ha sido escrito para mí. Es una choni de barrio, y yo bordo el rollo choni, ¿sabes? Lo estuve ensayando, y mi novio dice que lo bordo: él tiene mucho ojo para eso. Me anima mucho. Confía en mí. Sí, aquí es. El número 32. Ese portal. ¿Podrías esperarme y llevarme después a casa? No creo que tarde más de quince minutos. ¿Hace?”.

Esperé con mi taxi en la puerta y apenas diez minutos después volvió cabizbaja. Entró en el taxi, cerró con un portazo y me dijo: “Mira, que les jodan, ¿sabes? Resulta que ya le habían dado el papel a una puta con las tetas caídas que ni vocalizar sabía, ¿te lo puedes creer? Pero bah, la semana que viene tengo otro y esa sí que será una buena oportunidad, y no la peli de mierda esta. Es más, me alegro de que no me hayan cogido. Yo creo que merezco algo más que trabajar con un director de segunda… Joder, y tiré el valium. ¿Tienes un valium? O no, mejor. Me vendría mejor una copa. Te invito a tomar algo. ¿Quieres? Venga, aparca el taxi ahí mismo. Conozco un sitio justo enfrente”.

Y nos tomamos no uno, sino tres gintonics. Ella sólo dejaba de hablar entre sorbo y sorbo (yo apenas abrí la boca). Su truco era ese, supongo: Tejer las paredes de su bunker con el hilo de su propia voz. En realidad nunca había conseguido nada y tal vez nunca lo consiguiera, pero no daba muestras de flaqueza o había optado por no pensar usando el método de la verborrea fácil: hablar por hablar sin pasar por el filtro de la conciencia. Agotarse, tal vez, con el ruido de sus propias palabras hasta acabar rendida al final de cada día. Y actuar, además, por impulsos: en una de estas, se levantó del taburete con la excusa de ir al baño, se acercó a mí y sin mediar palabra, tal vez víctima del achispamiento, se le cruzó el cable y me besó.

Fue un beso largo, con lengua, y en cierto modo suave. Después de un buen rato auscultándonos se despegó de mí y no fue al baño: salió del bar directamente y no volví a saber de ella. Como si aquel beso le hubiera servido para ordenar al fin sus pensamientos y actuar con cordura por primera vez. O tal vez el silencio en bucle entre dos bocas resultara insoportable para ella. Supongo que el beso le gustó, o al menos lo mantuvo ingrávido con la punta de su lengua. Así que no sé. Prefiero no darle más vueltas.

Siete citas siete

siete citas

Un hombre de mirada triste me contó en mi taxi su plan fallido de esta noche. Venía de una suerte de cita a ciegas grupal, organizada por un café del centro. La cita consistía en lo siguiente: siete hombres solos, siete mujeres solas y siete mesas. Cada hombre tenía un total de siete minutos para charlar en una mesa, frente a frente, con cada una de las siete mujeres. Pasados los siete minutos, sonaba un gong y entonces rotaban a la siguiente mesa. La idea era que todos acabaran hablando con todas en dos rondas de siete minutos. Después de esto, anotaban en secreto en un papel con quién habían sentido mayor afinidad, y si el nombre escrito por ella coincidía con el nombre escrito por él, podían seguir charlando durante un tiempo indefinido (y lo que después surgiera). Los demás, los no afines, habrían de marcharse del café cada cual por su camino.

El usuario de mi taxi, como digo, venía de una de esas citas. Y venía solo. Me confesó que era demasiado tímido y no podía evitar comportarse torpe y tenso. No era fácil romper el hielo con mujeres que buscaban, como él, la misma chispa forzada a prenderse en apenas catorce minutos, siete en cada turno. Para él los primeros minutos eran clave: ¿De qué hablar sin parecer demasiado obvio? ¿Qué será mejor, tomar la iniciativa o dejar que empiece ella? ¿Mirar a los ojos, a las manos, o a la boca? Lo curioso, y ahí su fallo, fue que acabó sintiendo mayor afinidad por la mujer, a priori, menos atractiva de las siete congregadas. De hecho, a medida que hablaba con ella, le iba pareciendo más y más interesante, y fue la única con la que verdaderamente llegó a sentirse cómodo. Sin embargo acabó escribiendo el nombre de la más atractiva pero menos afín de las siete, una tal Teresa de preciosos ojos verdes y labios sensuales aunque parca en palabras, tirando a seca. La menos atractiva pero mucho más afín, por su parte, había escrito el nombre de él, y la guapa escribió el nombre de otro, así que al final, los dos más bien feuchos pero afines cien por cien se marcharon cabizbajos hasta perderse de vista. Y ahora aquel hombre se arrepentía, en fin, de haber pensado sólo con los ojos. Si hubiera escrito el nombre de Lucía, la afín e interesante Lucía, ahora seguirían charlando y no habría tomado mi taxi solo en su viaje de vuelta a casa. El mismo taxi en soledad que la semana pasada. El mismo taxi en soledad que la anterior.

Ella y él

Él, hombre apuesto, 45 años. Ella unos quince años menos, atractiva, buen tipo. Él lo quería todo de ella y urgente. Ella parecía ilusionada aunque confusa: hace apenas dos meses lo había dejado con su novio de siempre (convivencia larga y aburrida), y en este hombre reciente había descubierto nuevas formas de pasarlo bien, de sentirse princesa. Con su ex, sin embargo, nunca salía de casa: apenas paseaban por el campo algún domingo y jamás tomaban copas por ahí. Por eso, este nuevo romance había supuesto un revulsivo para ella. De pronto había comenzado a sentirse viva y, lo más importante, a no acordarse de su ex. (Tampoco ha escrito nadie cuánto luto hay que dejar entre una pareja y la siguiente, o cuánto hay que sufrir).

Con el nuevo hombre salía casi a diario, pero él parecía querer ir más deprisa que ella, más en serio: vivir con ella urgente, sin más demora. Presentarle a sus  padres, decirlo abiertamente en la empresa (sí, trabajaban juntos; él era el jefe de ella) y a su hijo (sí, el hombre tenía un hijo). Y compartir el resto de sus vidas. Los tres.

Escuchándoles con disimulo desde el asiento del conductor de mi taxi, acabé por formarme mi propio perfil de él y de ella, o qué buscaba realmente cada cual del otro:

Ella, tal vez, buscaba el polo opuesto a su novio. Alguien maduro y con mundo para pasar página o, directamente, quemar el libro del pasado a base de sumar presentes (y sin pensar, todavía, en el futuro).

Él tal vez buscaba sentirse siempre joven a través de ella. Empezar más que de cero, de menos quince.

¿Tú qué opinas?