Dan ganas de quemar periódicos, de apagar la tele, silenciar la radio. Dan ganas de conectarse a internet sólo para enviar y recibir powerpoints de gatitos, nada más. Ni Facebook ni Twitter ni blogs, por si el enfado. Policías que llaman “enemigo” al ciudadano, niñas empotradas contra un coche. Recortes en educación, en sanidad, barra libre al despido. Aquí sólo se salvan los de siempre.
Dan ganas de enseñarle al mundo mi dedo medio. Voltear la realidad y vivir entre ficciones. Inventar, escribir y leer mundos inventados hasta que todas las corbatas se conviertan en aspas de molino.
Pero hoy ha sucedido algo que sucede cada día. Ha sido en mi taxi, como siempre, al final de un trayecto, de todos los trayectos realmente. He dejado a un hombre en su destino (un hombre mayor, de ojos vidriosos) y al tenderme el importe del trayecto, ha rozado la palma de mi mano con sus dedos. Ha sido sólo un instante, pero en esa fracción de segundo he sentido el tacto de su piel. Una piel cálida, como todas las pieles (es la sangre que circula). Unos dedos cuyas huellas tocaron millones de cosas, también otras pieles con sangre por dentro. Un ser vivo rozando a otro ser vivo. Y yo no conozco a ese hombre (sólo de un hola y adiós, un origen y un destino). Tal vez fuera un cabrón en su pasado (o lo siga siendo), quizás esos dedos firmaron sentencias de muerte o apretaron gatillos, pero hoy me han rozado y yo le he rozado a él. Y estamos vivos. Los dos. Sin matices.











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