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Hermano lobo

21 febrero 2012

Dan ganas de quemar periódicos, de apagar la tele, silenciar la radio. Dan ganas de conectarse a internet sólo para enviar y recibir powerpoints de gatitos, nada más. Ni Facebook ni Twitter ni blogs, por si el enfado. Policías que llaman “enemigo” al ciudadano, niñas empotradas contra un coche. Recortes en educación, en sanidad, barra libre al despido. Aquí sólo se salvan los de siempre.

Dan ganas de enseñarle al mundo mi dedo medio. Voltear la realidad y vivir entre ficciones. Inventar, escribir y leer mundos inventados hasta que todas las corbatas se conviertan en aspas de molino.

Pero hoy ha sucedido algo que sucede cada día. Ha sido en mi taxi, como siempre, al final de un trayecto, de todos los trayectos realmente. He dejado a un hombre en su destino (un hombre mayor, de ojos vidriosos) y al tenderme el importe del trayecto, ha rozado la palma de mi mano con sus dedos. Ha sido sólo un instante, pero en esa fracción de segundo he sentido el tacto de su piel. Una piel cálida, como todas las pieles (es la sangre que circula). Unos dedos cuyas huellas tocaron millones de cosas, también otras pieles con sangre por dentro. Un ser vivo rozando a otro ser vivo. Y yo no conozco a ese hombre (sólo de un hola y adiós, un origen y un destino). Tal vez fuera un cabrón en su pasado (o lo siga siendo), quizás esos dedos firmaron sentencias de muerte o apretaron gatillos, pero hoy me han rozado y yo le he rozado a él. Y estamos vivos. Los dos. Sin matices.

Legión mimada

15 febrero 2012

¿Ahora toca vender caos?, ¿necesitas más caos? Pierdes el tiempo, amigo periodista. Los de mi generación ya nacimos rodeados de traumas. Crecimos tan arropados que nos volvimos hipersensibles: todo dolía (y lo que no dolía, nos lo inventábamos). Esta sopa está muy fría, la mercromina escuece, abrázame que tengo fiebre y a la cama si la peli es de dos rombos. Detrás de cada gesto había amor. Amor en los castigos (por tu bien). Amor en el champú antipiojos. Amor en el bocata de Nocilla.

Después llegaron las consecuencias: matamos a nuestro primer amor de juventud sólo por el placer que daba escuchar canciones tristes, y con el segundo amor supimos lo que era echar de menos al primero. Y el tercero resultó ser una copia joven de mamá. Sabía cocinar, nosotros no.

Ahora los grandes medios de comunicación se empeñan en vendernos un caos que parece no tener límite. Todo está mal y estará peor mañana. “Recesión sin remedio”, “crisis profunda”, “generación perdida”. El mensaje queda claro: Lancemos piedras contra cualquier resquicio de luz. Se empeñan en tirar de la manta que nos hizo la abuela, pero aún nos queda el pijama que nos regaló papá. Y estaremos salvados mientras no se nos rompa el pijama. Y si se acaba rompiendo, moriremos de hipotermia por miedo al fuego. 

Porque nadie nos enseñó a luchar. Y yo aún tengo mi taxi, y seguro que tus padres aún conservan tu habitación intacta (con los posters de Samantha Fox). Todo siempre ha estado bien excepto aquella sopa fría, ¿te acuerdas?

Matar a Valentín

14 febrero 2012

Soñé que un coche de la policía arrasaba las azaleas de mi jardín. Desperté de súbito (yo no tengo jardín) y ahí estabas, a los pies de la cama, observándome mientras te abrochabas el pantalón. Ven, te dije. No puedo, llego tarde al trabajo. Que le den por culo al trabajo, te necesito. La puta poli acaba de destrozarme el jardín. ¿Qué jardín? El de dentro, supongo. Tengo miedo. Ven. Abrí la cama y te hice un gesto. Te acercaste para darme un beso y entonces te agarré por la cintura y tiré de ti. No puedo, Daniel, ya llego tarde. Sólo será un minuto. Te necesito. Está bien: un minuto y me voy, ¿vale? Te tumbaste a mi lado. Yo aproveché tu camisa abierta para apretar mi cabeza contra tu escote, sentir calor, o el eco del mar en tus latidos. Mientras, me acariciaste el pelo. ¿Tuviste un mal sueño? Horrible. La policía destrozó mi jardín. No te vayas, por favor. Tengo miedo. ¿Y a qué tienes miedo? A que te vayas. Pero tengo que irme. En esto metí mi mano por debajo de las copas de tu sostén y comencé a acariciarte los pechos. Daniel, no sigas… Tus pezones comenzaron a ponerse duros. Lanzaste un par de gemidos sordos pero al instante conseguiste zafarte. Ya vale, Daniel. Otro día. Me tengo que ir.

Ya en pie te abrochaste la camisa y tomaste tu chaqueta de la silla. Era azul. Del mismo azul que el pantalón. Parecía un uniforme. Al retirar la chaqueta pude ver en el respaldo un cinturón con balas, porra  de goma y un revolver. Y en la chaqueta, tu placa de la Policía Municipal. Te agachaste para tomar la gorra del suelo y me diste un último beso. Antes de marcharte me señalaste una nota sobre la mesilla: no te olvides de eso, me dijiste.

Sonó un portazo y me acerqué a la nota. Era una multa de tráfico cumplimentada a mano con mis datos y la matrícula de mi taxi. Doscientos euros por saltarme un STOP.

La pareja politoxicómana

07 febrero 2012

La politoxicómana tenía más prisa que el politoxicómano. Al menos su temblor era más fuerte.

-Tranquila, mi vida. Que ya llegamos – decía él agarrando la mano de ella (los dos consumidos por el mono, pero él inventando fuerzas para ella).

Así dispuestos, en el asiento trasero de mi taxi, raquíticos, roídos, desdentados y sin embargo unidos, ambos con ojos de calle pero muertos de miedo, parecían representar el último aliento de aquello que llaman amor, lo peor del cielo y lo peor del infierno, las dos cruces sin cara de la puta vida. Tal vez tomaron mi taxi después de haber dado un buen palo, y las prisas por el mono nublaran el importe del trayecto (cada gasto supone un chute de menos, pensarían después). Lo importante era ahora aliviarse el dolor de la abstinencia, drogarse juntos, evadirse hacia una misma nube, una nube de sobra conocida y sin embargo imprescindible, cíclica. Compartir su escalera en forma de jeringuilla (sangre de su sangre) o de turulo: él sujetando el papel de plata para ella y luego ella para él. Aspirando base porque no hay futuro. Buscándose la vida porque no hay presente.

-Fuma, mi heroína- diría él confundiendo la coma.

Son enfermos, pensé. Pero de esa enfermedad que nadie asume y nadie hace nada por curar. Desplazados sociales, leprosos del primer mundo. Y se quieren porque nadie les quiere. Sólo se tienen el uno al otro. Hasta que la sobredosis los separe.

Acabemos con el capitalismo o el capitalismo acabará con nosotros

02 febrero 2012

A lo largo de mi vida taxial he conocido a no pocos taxistas realmente obsesionados por el dinero. Taxistas que en tiempos de bonanza económica trabajaban hasta 24 horas seguidas sólo porque, después de haber pagado su vivienda habitual y su casita en el pueblo, ansiaban comprarse un chalet en la playa, y luego una moto de campo, y luego un reloj de oro. Tal era su estúpida obsesión, que apenas conseguido su objetivo ya tenían otro objetivo en mente más ambicioso y más caro que el anterior, para el cual necesitaban seguir matándose a trabajar. (El término ”matarse” no es casual. Ya he conocido tres casos de taxistas “ambiciosos” que han muerto en carretera por quedarse dormidos al volante.)

Ahora, con la actual crisis económica, como el trabajo (aun con todas las horas del mundo) ya no da para pagar tal suma de hipotecas o caprichos, muchos de esos taxistas están desahuciados o de baja por depresión.

Digo esto no por criticar al gremio de los taxistas (por fortuna no todos son  iguales, y gilipollas los hay en todas partes), sino como ejemplo cercano de los vicios del capitalismo. Cuando un trabajo te permite la posibilidad de ganar más o menos dinero en función del número de horas que le prestes, siempre habrá gilipollas que se inventen ilimitados objetivos traducidos, por otra parte, en una eterna y profunda frustración: no existe un tope para el que sólo ansía dinero.

El problema llega cuando esa ambición ciega que ha creado, precisamente, el capitalismo, también afecta y repercute en sus víctimas, en los que no sólo ansiamos dinero y aspiramos a otras cosas (me conformo con lo que tengo, os lo aseguro, pero que no me lo quiten). Porque aparte de todo el dinero que ya tienen esos gilipollas (y no me refiero a esos pobres gilipollas taxistas, que a fin de cuentas no hacen mal a nadie, sino a los grandes e insaciables capos de la banca y las finanzas) también querrán nuestro dinero, quitarnos nuestro dinero por escaso que sea. Y si nadie pone coto a esa ceguera, si nadie frena esa obsesión insaciable por el dinero (¿alguien puede explicarme para qué coño quiere Carlos Slim 74.000 millones de dólares?) el mundo será cada vez más profundamente desigual y, sobre todo, cada vez más peligroso. 

Por eso urge un cambio de modelo. Y como quienes controlan el actual modelo son, precisamente, esos mismos gilipollas, habrá que ahogarlos con su propia soga, acorralarlos cortando el cable que les nutre. #yonopago

Me cago en Megaupload y en el despecho

27 enero 2012

Se hacía llamar Rebeca. Tomó mi taxi en Manuel Becerra y en seguida comenzamos a hablar de temas cada vez más sugerentes: el tráfico, el paro, la corrupción, su novio y, por último, el amor. Rebeca quería a su novio, pero desde que vivían juntos me confesó que se aburría como una mona. A su novio no le gustaba salir, demasiado casero. Ella, sin embargo, era más de buscar sensaciones, de quedar con gente y vivir más allá del zapping y el sofá.

- Más aún desde que cerraron Megaupload - añadió.

Poco antes de llegar a su destino me dijo que, en realidad, no tenía ningún plan a la vista, que haría tiempo por ahí para no llegar tan pronto a casa. Yo sugerí que me acompañara en mi taxi, que se pasara al asiento delantero y continuáramos con la charla mientras dábamos vueltas por Madrid. 

A Rebeca le gustó mi plan. Me pagó su trayecto y luego se sentó delante, a mi lado. Le hablé de este blog, así como de mis proyectos literarios.

- ¡Ahora caigo! Tú eres el taxista ese que salió en Buenafuente, ¿verdad?

Luego me propuso escribir sobre ella en mi blog. Yo le propuse a ella tomar una copa para pensarlo. Los dos aceptamos.

Cinco copas después, tal vez víctimas del alcohol, nos besamos. Luego acabamos en mi casa. En un principio pensé que Rebeca era la típica mujer que necesitaba una vida al margen de su rutina, sentirse deseada a través de otros hombres. De hecho, durante el sexo, se mostró de lo más desinhibida: tuvo más orgasmos que yo.

Pero hoy, al despertarme, ya no estaba.

Tampoco encontré mi guitarra Yamaha (con su funda), ni mi ordenador portátil, ni mi cartera, ni los más de 400€ que guardaba en la mesilla. 

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Nota: Escribo esto desde un locutorio. Ya cancelé las tarjetas. También denuncié la tal Rebeca (si ese es su verdadero nombre). Sólo decir que si Megaupload siguiera en activo, tal vez Rebeca se hubiera quedado en su puta casa con su puto novio.

Cuando el suelo se mueve

26 enero 2012

Imagina que desconfías del suelo. Imagina que pierdes la fe en la consistencia del asfalto y no te atreves siquiera a salir a la calle por miedo a tropezar y caer, ni a circular con tu taxi por si se hundiera de repente. Imagina qué sensación.

Y ahora, lee esto:

No hicieron creer que el Poder Judicial era la base misma de nuestro Estado de Derecho, el suelo firme donde asentar los pilares que sustentan la Democracia. Nos hicieron creer que todos somos iguales ante la Ley y para ello establecieron, o así nos lo hicieron creer, la separación del Poder Ejecutivo, independiente del Poder Legislativo, e independiente a su vez del Poder Judicial. Nosotros, ciudadanos de a pié, nos vimos en la obligación de creer en su palabra porque se hace díficil caminar sobre un suelo de tablas rotas: imagina una España que se tambalea, o dormir en una habitación cuyo techo podría desprenderse en cualquier momento. Si no hay justicia social, todo lo demás se hunde.

Pero mientras comenzamos a caminar con paso firme, nos fueron llegando noticias en forma de temblores. El suelo tiembla cuando El Supremo absuelve a ’Los Albertos’ al considerar prescrito un delito de estafa por el caso Urbanor, o cuando el gobierno en funciones del PSOE indulta a Alfredo Saenz, número 2 del Banco Santander, librándose in extremis de un delito de acusación falsa, o cuando si ocultas 2.000 millones en Suiza y te apellidas Botín no pasa absolutamente nada, o cuando tres niñatos esconden un cadáver no es motivo de cárcel, o cuando el único imputado por los crímenes de la dictadura franquista acaba siendo el mismo Juez que investiga la causa, o cuando la esposa de un imputado por varios delitos, cuya firma figura en los poderes de las empresas implicadas, es hija de nuestro no elegido Rey, no es siquiera llamada a declarar, o cuando el elegantísimo Camps hace negocios con una trama corrupta a costa del dinero de los valencianos y sin embargo es declarado no culpable, o cuando en un mismo delito tu defensa y sentencia dependan del dinero que tengas para pagarte un “buen” abogado. Ahí, después de la enésima evidencia (sobre todo después de esta última), comienzas a dejar de creer en el mismo suelo que sustenta los cimientos de la democracia.

Así que ahora sólo me queda preguntar a esos “padres de la Democracia” que me pidieron confianza: Si ya no me fío ni del suelo que piso, si ya he perdido la confianza y las ganas de caminar, ¿qué me queda?

La vena de los idiotas

01 diciembre 2011

Fue fascinante y a la vez terrorífico escuchar a esa mujer. Sus ojos como platos demostraban una ilusión desmedida por su trabajo de mierda. Llevaba apenas un mes como secretaria adjunta de dirección en una empresa sin futuro, cobrando 900€ (el alquiler medio de una vivienda en Madrid ronda los 700€) y además con un contrato de sustitución por maternidad de apenas tres meses de duración. Ella sabía que en pocas semanas se iría a la calle y sin embargo no sólo lo asumía con total naturalidad; también regalaba tantas horas extra como precisara el jefe para demostrarle su buena disposición. Además, agradecía la experiencia adquirida. Su trabajo consistía en hacer fotocopias, ordenar archivos y servir cafés.

La mujer, por otra parte, no era ninguna idiota: buen manejo del lenguaje y de las formas, licenciada en marketing y publicidad, ofimática y nivel alto de inglés y francés.

Me pareció fascinante, como digo, la actitud de aquella usuaria de mi taxi. Pero atroz el trasfondo del asunto.

Nuestro grado de sumisión ha alcanzado tales cotas que incluso damos sinceras y emotivas gracias por conseguir el privilegio de ser explotados. Y esa vena que tenemos en el cuello ya no se hincha, ya no palpita. Nos han inyectado el virus de la resignación. Y no hay nada más peligroso.

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Mis venas en Twitter: @simpulso

La indignada Miss Daisy

27 octubre 2011

Miss Daisy se indigna mientras viaja cómodamente sentada en el asiento trasero de mi taxi. Dice que todo va mal y pronostica con resignación que “las cosas” (así, en plural)  irán a peor. No confía en la clase política: es consciente del ya endémico mapa de corrupción en España. En cualquier caso, le resta importancia con un contundente “Todos roban”. Acto seguido me confiesa que el próximo 20N “no quedará más remedio” que votar a los mismos políticos que merecen su total desconfianza. También se queja de la Ley Electoral y del bipartidismo, pero el próximo 20N confiará su voto a uno de esos dos partidos. “Votar es responsabilidad de todos”, añade. Y luego puntualiza: “Hay que echar a Zapatero como sea”. Admite no conocer cuáles son las propuestas reales de “su” partido para salir de esta crisis. Sólo sabe y asume que habrá recortes y que éstos afectarán a todos excepto a políticos y a banqueros. 

Ejemplos como el de Miss Daisy suman el 44,8% de intención de voto al Partido Popular, frente al 30,8% de intención de voto al PSOE. Por lo tanto, más del 75% de los votantes apoyarán un sistema que presumiblemente no comparten, o les indigna, o desearían cambiar.

Periódicamente se publican encuestas que ponen cada vez en peor lugar a la clase política. Sin embargo, no existe encuesta alguna que informe de la valoración que nos damos los ciudadanos a nosotros mismos. 

Con esto intento decir que, tal vez, si perteneces a ese 75%, tú mismo seas el causante de tu propia indignación.

El taxista que acabó siendo nadie

06 octubre 2011

El chico geek tomó asiento a mi lado y, nada más indicarme su destino, sacó su BlackBerry y se aisló de mí. Yo recién había recibido un timbre de mensaje en la mía (un modelo exacto al  del chico), así que aproveché el siguiente semáforo y me dispuse a leer el WhastApp recibido y a contestarlo después. Era Paula, un proyecto de amor progresivo. Solemos hablar a diario, seduciéndonos con calma.

“¿Qué haces?”, me había escrito. “Pensar en ti”, respondí yo.

Se abrió el semáforo. Con el rabillo del ojo vi que el chico también andaba escribiéndose, también vía WhatsApp, con otra tal Paula (hay muchas Paulas, pensé). Su conversación parecía bastante más animada; escribía y recibía a toda velocidad. Él sonreía a cada mensaje de ella.

En el siguiente semáforo le escribí a Paula, a mi Paula, la coincidencia. Ella me envió una sonrisa y luego seguimos chateando por otros derroteros, de su día y de mi día, de cuándo vernos, de aquellos tímidos besos pendientes. Pero yo, mientras tanto, no podía evitar mirar al chico con disimulo. ¿De qué hablará con su tal Paula?, ¿por qué sonríe constantemente? 

Sin pensarlo, en un arranque de curiosidad o tal vez de envidia, le dije:

- Noto floja la rueda delantera derecha. Creo que hemos pinchado.

- ¡No jodas! – me dijo el chico.

- ¿Podrías, si no te importa, mirar la rueda un momento?

Paré en el arcén, el chico dejó su móvil sobre el salpicadero y salió del taxi a mirar la rueda. En esto, cambié su BlackBerry por la mía. Al volver me dijo:

- Parece que está bien – me dijo.

- Qué raro… Será el amortiguador. Gracias de todos modos.

El chico volvió a coger la BlackBerry (la mía) y se dispuso a continuar chateando. Para mi sorpresa, tras escribir un nuevo mensaje, recibió otro de mi Paula y él sonrió y volvió a escribir. Ninguno de los dos parecía haber notado nada.

Yo traté de hacer lo mismo. Escribí a su Paula: “Ya voy por Callao. Este taxista es una máquina”.

“Descríbeme al taxista” me escribió su Paula. Siguiendo el juego comencé a describirme a mí mismo. El chico, por su parte, continuaba riéndose con mi Paula.

En esto me dijo:

- Cambio de planes. Llévame a la calle Serrano número 25.

Ahí vivía mi Paula. Por miedo o vergüenza a confesarle el cambiazo, me mordí la lengua y le llevé.

Al pagarme y bajarse de mi taxi, en el portal de Paula y con mi móvil, me contestó su Paula:

“Ya no me haces gracia. Chao”.

Lo apagué. No he vuelto a saber nada de su Paula (volví a encenderlo, pero me falta el PIN). Tampoco he vuelto a tener noticias de mi Paula. Y mi móvil, que se llevó el chico, no da señal. Y ya no sé quién soy. Tal vez nadie.