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Elegido Mejor Blog 2006.Ya lo dijo Descartes: ¡Taxi!, luego existo...

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Estúpidos hombres blancos

(EFE/Seven News TV Channel)

(EFE/Seven News TV Channel)

Reina el pánico en un café de Sídney —la vida de decenas de rehenes penden del criterio loco de un presunto yihadista armado hasta los dientes— y paralelamente a esto, un puñado de oportunistas 2.0 se aproximan al lugar con la sola intención de hacerse selfies y colgarlos en la red. Un cristal separa el terror de la guasa: los unos, con las manos en la nuca presas del pánico y los otros, mientras tanto, al otro lado del escaparate, poniendo morritos en pose sexy delante del ojo de su smartphone. Es la rara distancia abisal del nuevo siglo, la estrecha línea que separa la ficción tecnológica del realismo en alta definición. Las sensaciones han mutado en píxeles sedados por el colapso de miles de frames por segundo. Cierto es que todos hemos visto y criticado alguna vez la crueldad medieval que se gasta el ala irracional del islamismo; pero acá, en la cultura occidental supuestamente culta y abierta, cuesta pensar que seamos mejores.

Un primer mundo capaz de llorar con la ficción de un anuncio de lotería de Navidad mientras se muestra indiferente ante las más crueles imágenes del telediario. Un primer mundo que frena su coche para observar mejor el accidente múltiple que acaba de producirse, y sin embargo sin tiempo para pensar en la frugalidad de la vida, o que el próximo puré de cadáver podrías ser tú. Un primer mundo de vuelta de todo que busca adrede vídeos de de gatitos para demostrarse que es posible gestionar cada dosis de ternura y por tanto no creernos monstruos deshumanizados. Aunque lo somos. Poco a poco la cultura del consumo masivo nos está devorando el juicio como un virus letal, silencioso, invisible. Pero sobre todo, irreversible. Como ejemplo, lo de Uber, que ante la creciente demanda por acercarse a ver in situ el secuestro de Sídney, es decir, al olor del negocio de la sangre, aprovecharon para cuadruplicar sus tarifas.

Terapia de grupo

Magda llevaba años acumulando gotas, rebasando el vaso, reforzando el borde del vaso para contener más gotas, ahuecando sus manos para las gotas sobrantes, fregando las gotas que caían al suelo. Hora y media para ir al trabajo, ocho horas y media de curro con un descanso para comerse un mísero tupper que cocinaba la noche anterior, otra hora y media de vuelta, bañar a los niños, ayudar al mayor con los deberes, darles la cena, limpiar la casa, cruzarse con Juanma, su marido, vigilante de seguridad en el turno de noche, pagar el alquiler, la luz, el agua, el gas, dos teléfonos, la guardería del pequeño y el comedor del mayor, las letras de la lavadora, las cinco últimas cuotas de un crédito al consumo que tuvieron que pedir para pagar a Hacienda y arreglar el coche… La pillé de vuelta a casa, saliendo del metro para tomar el autobús interurbano que perdió por segundos. El próximo salía en media hora, y no le daba tiempo a bañar a los niños (hoy Juanma doblaba turno), de modo que tomó mi taxi.

—Buenas noches. A Parla, por favor. ¿Cuánto me costará, más o menos?

Metí el destino en el navegador, calculé los kilómetros y dije:

—Unos 20 euros.

—¿Admites tarjeta?

—Sí.

Y allá que fuimos. En el trayecto me contó cada gota de su vaso, desbordándose ella y salpicándome a mí. Y tanto nos ahogamos que al tomar el desvío, dirección Parla, paré un momento en el arcén, detuve el taxímetro, bajé del taxi, abrí su puerta y dije:

—Sal.

—¿Cómo dices?

—Sal conmigo. Terapia de grupo.

Corrí unos metros por el descampado aledaño y comencé a gritar:

—¡¡AAAAHHHHH!!

Ella sonrió desde el taxi y corrió hacia mí.

—¡¡AAAAHHHHH!!

—Suéltate —dije.

—¡¡ESTOY HASTA EL MISMÍSIMO MOÑO DE MI JEFE, Y DE CHUPARME TRES HORAS DE VIAJE PARA IR A UN TRABAJO DE MIERDA, Y DE LA SUBIDA DEL RECIBO DE LA LUZ, MENUDA PANDA DE MANGANTES, Y DE NO PARAR NI UN MALDITO SEGUNDO DESDE QUE ME LEVANTO HASTA QUE ME ACUESTO!

—¡Sigue, sigue!

—¡¡Y QUE A VICTOR NO LE GUSTEN LAS LENTEJAS, Y QUE JUANMA SE ADUEÑE DEL MANDO CUANDO HAY FUTBOL, Y QUE EL RETRETE GOTEE Y EL CASERO PASE DE ARREGLARLO, Y QUE HACE CINCO AÑOS QUE NO TENEMOS VACACIONES!!

—¡Vas muy bien!

—¡¡Y NI ME ACUERDO LA ÚLTIMA VEZ QUE JUANMA ME HIZO UN CUNNILING

—VALE, vale. Esto…  Hace frío, ¿eh? Vámonos, anda.

Cuando el dinero está en manos de quien deshace el mundo

Admiro a los médicos por encima de todas las cosas. Admiro a los misioneros a pesar de sus creencias. Admiro a los asistentes sociales, a la ecuatoriana que cuida de mi abuela, a los maestros. Pero también al camarero que curra como un bestia doce horas seguidas soportando a borrachos o sirviendo trescientos cafés al día. Y a la que limpia escaleras con ciática y al minero, joder, no conozco trabajo más puto que ese. Y al bombero, y al policía que se juega el pellejo en pro del ciudadano (no confundir con el antidisturbios al servicio del poder). Admiro al periodista de raza incapaz de venderse. Admiro a ciertos escritores, admiro a ciertos artistas, admiro a ciertos taxistas (me admiro a veces).

No me jodería en absoluto que un médico fuera millonario. O un científico. O cualquiera que salve vidas o ayude a mejorarlas. Sin embargo el mundo gira en sentido contrario a mi ideal de mundo. Echando un vistazo a la lista Forbes, podrás comprobar que los cien hombres y mujeres más ricos del mundo sólo saben gestionar bien su dinero. Invertir en negocios rentables: comprar y vender. Sólo compran barato y venden caro, o aprovechan las oscilaciones del mercado: dinero llama a dinero. Monta un imperio textil, reduce los salarios de tus empleados, manufactura en países del tercer mundo para ahorrarte pasta, y saca tu negocio a bolsa. No digo que hacerlo sea fácil, sólo digo que no admiro en absoluto a quien lo hace. Jamás admiraré al multimillonario que paga a sus empleados setecientos euros netos acogiéndose a reformas laborales dictadas a la carta con la única intención de ampliar sus beneficios y extender su negocio ad infinitum. El multimillonario que hace eso me parece un perverso hijo de puta. La fortuna de Bill Gates hoy alcanza los 76.000 millones de dólares (ganó 9.000 millones sólo en el último año, relegando a Carlos Slim al segundo puesto). El tercero es Amancio Ortega, con 55.000 millones, y a pesar del vergonzoso dato, parece ser que algunos españoles sienten orgullo. “Amancio Ortega es la auténtica Marca España, todos querríamos ser como él” decía hace unos días Risto Mejide en su Viajando con Chester de CUATRO. Yo no, Risto. Yo no quiero ser Amancio. No le admiro en absoluto.

“Votaré al PP sobre todas las cosas”

Y mientras, en TeleMadrid… Consiguen dar la noticia de Francisco Granados sin nombrar al PP pero sí al PSOE (vía @elNota_Lebowski)

Y mientras, en TeleMadrid… Consiguen dar la noticia de Francisco Granados sin nombrar al PP pero sí al PSOE (vía @elNota_Lebowski)

Tras el escándalo de las tarjetas black perpetrado por dos miembros premium del Partido Popular, Blesa y Rato, tras el auto del juez Ruz demostrando una vez más que el PP pagó gran parte de las obras de su sede central con dinero negro (pantallas de plasma incluidas), tras la imputación de Acebes por la compra de acciones de un medio de comunicación afín (más afín aún, curiosamente, después de esa venta de acciones), tras el arresto del pupilo de Aguirre, Alberto Granados, por llevarse sacas de pasta pública a Suiza junto con otros 50 más (el presidente de la diputación de León entre ellos), la reacción de los usuarios de mi taxi más ostentosos, los de la derecha detodalavida, las Cármenes de peluquería diaria y anillos equivalentes al PIB de Urganda, los Borjas de blazer, Rolex y mirada emprendedora, los jóvenes Nicolases de pelo canalla y pulseritas rojigualdas en ambas muñecas, no se han hecho esperar: Todos ellos, sin excepción, como poseídos por una furia incontrolable, nunca vista hasta ahora en mi taxi, han cargado duramente contra Podemos.

—Como gobiernen los perroflautas me voy de España —me dijo uno en frío y sin venir a cuento.

—El Pablito ese quiere traernos Venezuela a España. ¡Qué horror! —soltó otra.

—He oído que lo primero que tienen pensado hacer es controlar todos los medios de comunicación. Igual que en las dictaduras bolivarianas y comunistas—añadió un tercero.

—¿Controlar los medios? ¡Qué escándalo! ¡El PP nunca haría eso! —dije yo con sarcasmo y sin embargo, para mi sorpresa, el tipo pensó que hablaba en serio y me dio la razón:

—¡Por supuesto que no! ¡No hay más que ver lo plurales que son ahora los informativos de TVE o los de TeleMadrid! ¡Da gusto verlos! –(juro que lo decía en serio, sin despeinarse)

Así que lo siento, me rindo. Yo con esta gente no puedo más que tirar la toalla. La derecha genética de este país se ha convertido en una suerte de secta del estilismo: roban, sí, pero saben llevar un traje con elegancia. No como el Pablemos, dios mío, un hombre con coleta. ¡Qué vergüenza!

Pequeño manual del escritor dormido

FOTO: Bas Leenders

FOTO: Bas Leenders

Escribe. Aunque sólo sea para soñar con ligarte a esa chica, o para ordenar sobre el papel tus pensamientos. Escribe. Aunque no te guste lo que leas, aunque no te reconozcas. Aunque duela. El dolor es el paso necesario hasta alcanzar la verdad, aunque mientas, aunque ficciones otros mundos, siempre habrá posos, rastros de ADN en tus palabras, huellas más allá de lo que pisas. Y si hace años que no escribes, recupera esos escritos, léelos, viaja a través de ti mismo, recuerda quién eras, cómo eras, en qué te has convertido y pregúntate, en fin, qué pasó. Qué maldito infortunio provocó tu retirada de las letras, por qué huiste sin más. El devenir de la vida no es excusa, el trabajo no es excusa, las facturas no lo son, tampoco el zapping, ni el bostezo, ni la página en blanco. La página en blanco no existe, recuerda eso. De una página en blanco surgió Hamlet, surgió Trainspotting, surgió Memorias De Mis Putas Tristes. Sé sincero. Dejaste de escribir por miedo a ti. Aterra a veces hondear demasiado en uno mismo, tocar en hueso y seguir taladrando, y tal vez pienses que es mejor simplificar tus días, dormir en blanco por las noches, vivir con lo puesto y dejarte llevar por unas olas que no has provocado. Pero amar es desnudarse y demostrarlo, sentir frío, ser valiente y cobarde a la vez, estar vivo. Amar es escribir y viceversa.

¿Que realmente no sabes de qué escribir? Sal a la calle. Entra, por ejemplo, en un supermercado. Acércate a la caja y observa qué está comprando esa chica. Cereales, dos de leche, tarrina de helado de 500 ml., pizza margarita congelada, una bolsa de lechuga mezclum, un brick de caldo de pollo, vinagre de Módena, pack de seis Cocas Zero, bastoncillos para los oídos y una caja de (seis) condones Nature. Observa, además, en qué lugar de la cinta mecánica ha colocado cada producto. Primero, la tarrina de helado. Y los condones, entre la pizza y el caldo de pollo. Bien. Ahí tienes una historia. Un perfil. Tira del hilo y constrúyete un mundo alrededor. ¿Qué crees que hará la chica nada más salir del super? ¿Qué plan tendrá esta noche? ¿Y mañana sábado? ¿Cumplirá sus deseos o entrará en conflicto? Ahí lo tienes.

Ahora escribe esa historia de una sentada. No importa el estilo, ni el tono: ya lo pulirás. Después, léelo. Habrá algo de ti en ese escrito. Es más: habrá más de ti que de ella. Ella no es más que una excusa. Apenas un hilo conductor. Una puerta. Ábrela. No hay cojones. Ábrela.

Porno llorar

FOTO: Wikipedia

FOTO: Wikipedia

Lourdes no era la típica actriz porno. Ni siquiera era actriz. Ni había hecho porno en su vida. Acudió en mi taxi a un casting, el primero de su vida, después de muchos meses dando tumbos buscando trabajo en lo que fuera, ahogándose en las deudas y el desánimo. Ni siquiera había conseguido optar a limpiar escaleras –ciertamente hay hostias para conseguir limpiar escaleras– así que el porno era su penúltimo cartucho previo a la prostitución. Si no conseguía el puesto, se haría puta en cualquier club, y si no encontraba club que la quisiera, haría la calle.

Lourdes no era especialmente guapa, ni su cuerpo especialmente apto para el gusto medio, pero si algo tiene el porno es el amplio abanico de fantasías que abarca. Sin duda habría un público para ella, capaz de pagar on line por ver su cuerpo desnudo entregado a los más bajos instintos. En cualquier caso parecía nerviosa, como tratando de no pensar en las posibles consecuencias de ser admitida, y que sus escenas de sexo acabaran circulando por una red del todo incontrolable. Nadie realmente se imagina quién consume porno: tal vez su panadero, o el profesor de mates de su hija, o su casero, o su dentista.

El caso es que en pleno trayecto salió por la radio Rajoy hablando del buen dato del empleo en septiembre, con sólo 19.720 parados más que el mes anterior, y antes de que Lourdes se incendiara de rabia decidí cambiar de emisora y poner música. Luego llegamos, justo a tiempo. Era un chalet, por la zona de Pío XII. Había cola en la entrada. Mujeres de todo tipo: altas, bajas, delgadas, gruesas, españolas, sudamericanas, africanas. Lourdes me pagó. Suspiró fuerte y se puso la última.

(D)efecto placebo

FOTO: Wikipedia

FOTO: Wikipedia

La bella y cándida Laura pasó su infancia entre algodones impregnados en formol: su infancia y primera juventud giraron en torno a los estudios, a sus clases forzadas de solfeo y violín, a su misa de doce los domingos, y a un selecto grupo de amistades femeninas (filtradas, previamente, por sus padres). Nada de internet, nada de libros que no salieran de la biblioteca familiar, nada de golosinas ni de comida rápida, y nada de comprarse ropa escotada, o faldas más allá de las rodillas.

El padre era Notario. Serio. Recto. Apenas nunca se le vio sonreír. Su madre, ama de casa abnegada, volcada día y noche al bienestar de su marido, de su anciana madre, y de su única hija. En cierto modo Laura llegó a acostumbrarse al camino recto. Acabó por pensar que la felicidad era eso: no salirse de la raya.

Al cumplir los 18, por primera vez, Laura consiguió que sus padres la dejaran ir al cine con su grupo reducido y selecto de amigas. De vuelta a casa, y dado que debía regresar como máximo a las 10, antes que nadie, decidió volver en taxi sola. Y en aquel taxi, ya de noche, escuchó una canción que habría de cambiar su vida para siempre. El tema era “Protect Me From I Want”, de Placebo, aunque podría haber sido cualquier otro, y en cualquier otro contexto. Preguntó al taxista por el nombre del tema y del grupo. Oír la palabra “Placebo” tal vez fuera el detonante, la chispa que incendió los pilares de su mundo interior.

El resto de su historia podría resumirse en una frase: Años después, la novia guineana de Laura acabó empeñando su violín para comprar cocaína.

¿Culpa del taxista? No lo creo.

También la lluvia

FOTO: Félix García

FOTO: Félix García

Andrea quería quitarse a Juanjo de la cabeza, así que bloqueó su contacto en el Facebook, en Twitter, Instagram, WhatsApp, FourSquare y GTalk, además de ponerle un candado de privacidad a todas sus cuentas. Pero nada más hacerlo cayó en su error: si Juanjo volviera a intentar saber de ella y se topara de bruces con un candado, se creería aún más importante de lo que realmente merecía, causante de más dolor que el verdadero ante una Andrea asolada, cobarde y débil. Sin embargo, no podía volver a agregarle, ya que Juanjo podría tomarlo como un intento de ofrecerle una nueva oportunidad. Lo que sí hizo fue quitar el candado y escribir desde su móvil en Facebook y en Twitter lo feliz que se sentía y mucho que lucía el sol. Pero nada más hacerlo público se puso a llover, y Andrea gritó un NO desde el asiento trasero de mi mismo taxi, y yo me encogí de hombros, como dando a entender que la lluvia no era culpa mía. Y en esto, Andrea recibió una llamada. No había barajado la posibilidad de que Juanjo pudiera llamarla por teléfono. De todos modos descolgó. No era Juanjo, era su madre. Y sí, llegaría a tiempo a cenar. De hecho, ya estaba de camino.

Nos metimos en un túnel, y en el túnel se perdió la cobertura móvil, también la lluvia, y sólo entonces Andrea consiguió olvidarse de Juanjo por un momento. Lanzó el móvil al  asiento, bajó su ventanilla, acercó la nariz, e inspiró una buena dosis de dióxido de carbono que tomó como el oxígeno más puro.

Todo está en la cabeza, pensé. También el aire. También la lluvia.

Mitos y leyendas del gran empresario

Soy trabajador autónomo, titular de una licencia de taxi en Madrid y escritor remunerado. A estas alturas de la crisis, y a pesar de la recuperación económica que nos vende el Gobierno, sigo viéndome obligado a trabajar no menos de catorce horas diarias que apenas me dan para cubrir gastos (pagué un riñón por la licencia; háganse cargo). Con la lógica intención de reducir mi jornada de catorce a ocho horas diarias y dedicarle más tiempo a la escritura, podría plantearme contratar a un conductor asalariado para mi taxi, pero pagarle según dicta el convenio de transportes (poco más de 800 al mes, incluyendo nocturnidad, peligrosidad, y festivos) me parece cifra indigna, y tampoco podría permitirme ofrecerle mucho más. De modo que he descartado la opción de contratar a nadie. Prefiero seguir currando mis catorce horas alternando el taxi y la escritura antes que contribuir a la precariedad más absoluta de un tercero. A cualquier trabajador habría que pagarle un sueldo justo (800 al mes es indecente), y si no eres capaz de cumplir con eso, si no te puedes permitir pagar lo que merece, será mejor no hacerlo. Así de simple.

Digo esto porque me sigue sorprendiendo el servilismo que muestran ciertos líderes de opinión, así como políticos de primer nivel, respecto a esos grandes empresarios “generadores de riqueza y empleo” y “exportadores de la marca España”. Aclaremos, pues, unos cuantos conceptos: Primero, no hay un solo gran empresario que contrate por simple altruismo y bondad. Quien contrata sólo pretende aumentar su volumen de negocio y, por tanto, obtener más beneficios. Cada uno de esos miles de trabajadores que componen cualquier gran empresa generan, individual y colectivamente, más beneficio que el gasto que ellos mismos representan a la empresa. De modo que no es un acto de generosidad “crear empleo”. Es más: ni siquiera debería hablarse de  “creación de empleo” por parte del empresario, sino más bien de un acuerdo mutuo enfocado a generar beneficios a cambio de productividad. Conviene recordar que el empresario jamás obtendría tales cifras de resultados sin el sacrificio necesario de cada uno de esos trabajadores.

Segundo, eso de “generadores de riqueza” es relativo. ¿Para quién? ¿Cómo se explica entonces que empresas con beneficios despidan o reduzcan el sueldo a sus empleados? ¿Por qué la OCDE ha llegado a reconocer que la bajada de sueldos a los de abajo sólo ha servido para aumentar los beneficios de los de arriba y no para aumentar la contratación? ¿Cómo se explican reformas laborales emprendidas al dictado de esos grandes empresarios enfocadas en exclusiva a precarizar al trabajador al tiempo que “blindan” la figura del inversor? ¿Cómo es posible que el inversor, cuyo único mérito consiste en jugarse el dinero que le sobra a golpe de tecla (nadie en su sano juicio invertiría el pan de sus hijos), sea mimado muy por encima de quienes realmente producen?  ¿Cómo un gobierno puede permitirse cambiar la ley para mermar las condiciones de los trabajadores sólo para que aumenten los beneficios del inversor?

Tercero, ¿debemos dar las gracias a ese gran empresario? Yo creo que no. Más bien deberíamos reprocharles que, por culpa de su ambición desmedida (y su dudosa empatía hacia sus propios trabajadores), han llegado a tal nivel de “poder en la sombra”, que ahora son ellos quienes imponen las normas, convirtiendo en legal la evasión de impuestos, la precariedad laboral, el machismo o las prácticas tercermundistas (por ejemplo, “diversificando” su negocio en Bangladesh).

Y cuarto, ¿puede ser considerada una virtud trabajar sin descanso? ¿Acaso trabajar de sol a sol es meritorio de algo? Yo, como dije antes, trabajo catorce horas diarias, y no me siento especialmente orgulloso de ello. Si me dieran a elegir, prefiero dedicarle menos tiempo al trabajo y más al aprendizaje, a la lectura (o ensanchamiento del alma), a la escritura y,  por supuesto, al cuidado de mi hija. Eso sí que sería una virtud: ser el dueño de tu tiempo y no un esclavo enfermo del sistema.

Idiotas por fuera, complejos por dentro

FOTO: Wikipedia

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“El libro de mantenimiento te dice que cambies el aceite cada 30.000 kilómetros, pero yo lo cambio cada 15.000, junto con el filtro del aceite, porque la vida del motor depende del aceite, y cuanto menos impurezas tenga, mejor. El aceite de un coche es como la sangre para nuestro corazón. Ojo, que no soy maricón ni nada raro, ¿eh? Sólo era un ejemplo” me dice un tipo recostado en el asiento trasero de mi taxi que huele a porro y a whisky nacional, alguien que acaba de fumarse una china que viajó mil quinientos kilómetros metida el en culo de un marroquí y ahora inunda sus pulmones y, por ende, también su sangre. Me asombra esa gente que cuida más de su coche que de sí mismos, esos que lo lavan a mano por dentro y por fuera en El Elefante Azul cada sábado después de comer, moviendo el cepillo a un ritmo endiablado para apurar el euro y sudando y oliendo a tigre de circo abandonado. Esos que limpian las llantas radio a radio y tienen sarro en los dientes. Esos que conducen super serios, y hablan de caballos de potencia como el psicólogo habla de cociente intelectual, y me preguntan cuál es el par/motor de mi taxi como si yo tuviera puta idea de qué significa eso. “¿Qué aceite usa el tuyo, 15w30?”, me pregunta el porrero. Y estoy apunto de decir “Creo que aceite de girasol”, pero evito el drama y le digo que sí, que el 15w30 es el mejor para mi taxi. Y que una vez se me jodió la culata y tuve que cambiarla por otra modificada, porque me suena haber escuchado esa frase en el Discovery Max. Los usuarios siempre suponen que el taxista entiende de coches. Y de fútbol. No hay guiri que tome asiento a mi lado y no me pregunte cuál es mi equipo, si el Real Madrid o el Atlético de Madrid, como si no tuviera más que esas dos opciones.

Pues no, no tengo puta idea de coches ni mucho menos de fútbol, pero escribo sobre aquellos que me preguntan de coches y de fútbol. Nunca digo que escribo, por supuesto. Es mucho más divertido fingir que soy como ellos. Así de simples por dentro y sin embargo complejos. Estoy seguro de que lo son. Sin duda el porrero, ahondando en su historia, da para novela.