Entradas etiquetadas como ‘alma’

Cuando la belleza es ciega

22 mayo 2013

ojos blindness

Nunca había visto subir a mi taxi mujer de belleza tan pura. Ella tampoco: era ciega. Tal vez por eso su belleza reluciera más aún. La suya era, a fin de cuentas, una belleza libre, una belleza sin el vicio inevitable del espejo, sin las pistas del espejo, o el escrutinio del espejo. No era consciente de sus gestos más favorecidos, ni del carmín más adecuado, o de cómo articular los labios y que resulten sexys, y sin embargo todo en ella conjugaba de un modo salvaje y melodioso a su vez. Sus labios eran un tango aun sin haber aprendido a bailarlos, y arqueaba las cejas como mueve el pincel un pintor impresionista.

Y en casos como este no importa que te digan mil veces lo guapa que eres si no te puedes ver con tus propios ojos, ni comparar con las demás bellezas. No eres consciente y en cierto modo pierdes la importancia del aspecto físico aunque el tacto haga las veces del ojo pero mienta también: hay caras suaves pero feas a la vista; o rasgos bien definidos (que facilitan la imaginación) pero feos en conjunto.

Hablé con ella sólo por ver atentamente cómo movía sus labios. Incluso fingí detener el taxi en un semáforo (en realidad me eché a un lado del arcén) y me acerqué por entre el hueco de los asientos, casi cara a cara y a escasos centímetros, conteniendo el aliento por si notaba mi cercanía, evitando acercarme más por si notaba el calor de mi piel. Y así me mantuve un buen rato hasta que ella me dijo:

-Tarda mucho el semáforo, ¿no?

Y entonces comprendí que, de los cinco sentidos, la vista es el más dado a detener el tiempo.

Amor interplanetario

16 mayo 2013

universo web

Imagina que el mundo está a punto de volar en mil pedazos por la inminente llegada de un inmenso meteorito y que nuestra única vía para la supervivencia fuera viajar a otro planeta en naves estelares. Imagina que nuestro destino más próximo y seguro, aquel que más se asemeja a las condiciones ambientales de la tierra, se encuentra a cien años luz, y que nosotros, por lo tanto, no llegaríamos a pisar el nuevo planeta; ni siquiera nuestros hijos. Serían los hijos de nuestros hijos los primeros en llegar y ocuparlo. De este modo, desde el mismo momento de emprender el viaje nos convertiríamos en mero trámite generacional. Nuestra única misión sería viajar, mantener el correcto rumbo de la nave, sobrevivir, reproducirnos, y educar a nuestros hijos para que éstos, a su vez, enseñaran a sus hijos cómo habitar desde cero ese nuevo planeta.

La nave sería la hostia de grande, claro. Pongamos a mil tripulantes por nave, rollo transatlántico sideral, y decenas de miles de naves en total. Las necesarias para despoblar de un plumazo el planeta tierra.

A lo largo de esos cien años de viaje cada cual se ocuparía de lo que sabe. Yo, por ejemplo, sería el taxista de la nave. Llevaría a los tripulantes de un lugar a otro, de la sala de máquinas a la zona de descanso, o del cine a la disco de la nave a través de sus larguísimos pasillos. Y también escribiría relatos y diarios de a bordo para entretener al personal y, ya de paso, dejar constancia del periplo a futuras generaciones. Otros se encargarían del mantenimiento, otros de la cocina, otros del ganado (sí, habría vacas, ovejas, cerdos, y pollos a bordo), otros de los invernaderos, otros del saber, otros del ocio, etc. (según lo tengo planteado, no haría falta ningún community manager, ni consejeros delegados, ni registradores de la propiedad, ni notarios).

Sólo habría una norma obligada, un objetivo inapelable: Quinientas parejas por nave, siempre las mismas parejas (por cuestiones logísticas: control de censo) y dos futuros hijos por pareja. Y esos dos hijos, cuando alcanzaran la madurez, habrían de elegir a otros dos del sexo opuesto para engendrar a otros cuatro más. De este modo y si no me fallan las cuentas, el viaje se iniciaría con mil tripulantes y, dos generaciones después, la nave llegaría al planeta de destino también con mil. Lo complejo sería educar a la segunda de las tres generaciones (a la que llamaríamos “generación perdida”), la cual nacería y moriría en la nave, sin conocer nada más que la nave.

Digo todo esto porque, de darse el caso, nunca se sabe, si tuviéramos que huir de este mundo a otro planeta y yo tuviera que elegir a una única mujer con quien tener hijos, y luego nietos que poblaran ese nuevo planeta, yo te elegiría a ti. Sin dudarlo. Sería contigo.

 

Efectos secundarios de las células madre

14 mayo 2013

IMG-20130513-WA0002

Foto real de la crema en cuestión

La mujer volcó su bolso sobre el asiento hasta que encontró el monedero, me pagó deprisa, volvió a meterlo todo de nuevo en el bolso y bajó de mi taxi. Más tarde vi que, con las prisas, se había dejado olvidado un frasco ancho de cristal, una de esas cremas de tapa dorada para el cuidado de la piel. Nada más percatarme cogí el frasco y leí lo que ponía en la etiqueta: “Crema de contorno de ojos con células madre”. Nunca he creído en los poderes mágicos de esas cremas tan caras, pero aquello de células madre me sonó bien. Soy propenso a las ojeras, así que sin pensarlo abrí el bote y me apliqué la crema en las bolsas de los ojos. Sentí un frescor agradable. Nada más.

Luego continué como si nada dando vueltas con el taxi hasta que una chica de unos veinte años me levantó la mano. Detuve el taxi a su lado, subió, me indicó un destino y, al enfocarla en el espejo retrovisor sentí cierto instinto de protección hacia ella. La chica sacó de su mochila un minibrick de zumo de naranja, lo abrió, le pegó un breve sorbo y después lo mantuvo en la mano durante un buen rato. No sé bien cómo ni por qué, pero al ver que no continuaba con el zumo acabé diciendo: “¡Pero bébetelo, que se van las vitaminas!”. La chica se quedó de piedra y yo también. Acababa de soltar, sin poder evitarlo, la típica frase de madre. Pero ahí no quedó todo. Después de eso me fijé que la chica apenas llevaba una camiseta de tirantes y los hombros y los brazos desnudos. Ahí tampoco pude evitar soltar: “Habrás metido en la mochila una rebequita, ¿no? Que esta noche seguro que refresca…”. La chica no salía de su asombro; pero no podía evitar comportarme como una madre. Después llegamos a su destino y la chica, nerviosa, comenzó a buscar en la mochila el monedero. Y entonces dije: “¿A que voy yo y lo encuentro?” Ahí me di cuenta del efecto que surtía en mí aquella crema. Las células madre , al contacto con mis ojos, me hacían verlo todo como eso mismo. Como una madre.

Sin embargo, en los días siguientes el instinto (¿maternal?) me llevó a continuar usando aquella crema, aplicándomela cada poco en las bolsas de los ojos, y en el fondo me gustaba tratar a los usuarios de mi taxi como si fueran mis propios hijos. Y poco a poco, además, para sorpresa de los míos, me fui convirtiendo en mejor persona.

Pero ayer mismo se me acabó la crema. Se me secaron los ojos y ahora, no sé…

Me siento huérfano.

 

“El cáncer me salvó la vida”

13 mayo 2013

El viaje Ecuador-París de Jean Pierre, francés de 44 años, hacía escala en Madrid. Tenía tres horas de espera y le apetecía conocer la ciudad, así que decidió tomar un taxi en el aeropuerto y que el propio taxista le hiciera de guía.

Jean Pierre tenía los ojos más vivos que he visto nunca. Se sentó a mi lado y en un perfecto inglés me pidió que improvisara destinos. Durante el primer tramo del trayecto me contó qué le había llevado hasta aquí, una historia que me dejó absorto: Jean Pierre fue mecánico de aviones militares en Francia hasta que, a la edad de 42 años, le diagnosticaron un cáncer terminal. El médico le dio seis meses de vida. Al conocer la noticia, vendió todas sus propiedades y, sin decirle nada a su exmujer ni a sus dos hijos, se dispuso a viajar por todo el mundo para aprovechar hasta el último aliento y hacer todo aquello que tenía pendiente. Nueva York fue su primer destino. Se instaló en Brooklyn y allí le dio por ejercer su afición frustrada: la pintura. Comenzó a pintar retratos de gente. En poco tiempo y contra todo pronóstico sus retratos comenzaron a tener éxito y se corrió la voz. Le pedían cada vez más retratos y le ofrecían cada vez más dinero por ellos. Según me dijo, ahora pintaba bien, tenía éxito, porque en sus trazos se notaba la claridad de quien le ha perdido el miedo a la vida.

En Brookylyn se enamoró de una marchante de arte. Ella no sabía que apenas le restaban dos meses de vida, así que optó por huir del dolor y viajó al sur. Se instaló en uno de los barrios más peligrosos de Quito, Ecuador. Sin embargo allí se sintió libre. “Nada mejor que tener cerca la muerte para vivir sin temor a nada”, me dijo.

Pero el milagro llegó después. Volvió a acudir a otro médico, y este le dio la buena noticia: el cáncer había remitido. Ya no se iba a morir.

Ya han pasado dos años de aquello, y Jean Pierre sigue vivo, viajando, y viviendo de sus retratos. Esta misma tarde regresará a París para arreglar asuntos pendientes con su familia y después volverá a Broocklyn. A pintar y a reencontrarse con aquel amor.

……………………………………………………………………………………………………………………..

Nota: El tour y la charla duró algo más de una hora. Luego aparcamos el taxi y le acompañé a visitar el museo del Prado. Al despedirnos en la terminal 4 de Barajas me dio su teléfono y yo el mío (“quiero volver con más calma y regalarte un retrato” me dijo). Nos dimos un abrazo y justo antes de marcharse me soltó una de esas frases que te hielan el alma: “El cáncer me salvó la vida”.

Hoy no estaré para nadie

10 mayo 2013

dedos sangre

Hoy no salí a trabajar con el taxi. Me quedé en casa, escribiendo. Y si hubiera tenido una reunión familiar, también me habría quedado en casa, escribiendo. O si hubiera tenido cita con el médico lo habría anulado para quedarme en casa, escribiendo. O si hubiera tenido un funeral. Incluso el funeral de mi mejor amigo. En ese caso también me habría quedado en casa, escribiendo. O si hoy mismo me casara. Anularía la boda. O si fuera el día de las elecciones, aunque mi voto cambiara el rumbo del universo.

Porque hoy sólo me apetece escribir. Sentarme y darle a la tecla hasta que me sangren los dedos. No tengo una idea exacta, tampoco importa. Es el pulso, la furia, retener a mi antojo la vida que se escapa a raudales. Suturar con palabras todas esas heridas. Descifrar el código PIN del alma. Estimular el clítoris de las musas mientras me cuentan historias al oído. Sentirme eterno, único, y retener ese instante por siempre, negro sobre blanco. Jugar a detener el tiempo. Jugar a crear un mundo dentro de otro mundo y yo manejando los hilos. Aunque el papel que imprima acabe en la basura. Aunque no me lea nadie. Eso no importa.

Humilde y egoísta a la vez. Surcando nuevas dimensiones. Hoy no estaré para nadie. El viércoles, tal vez.

Derechos inhumanos

07 mayo 2013

Recuerdo a aquel niño: sus gestos, su mirada. Recuerdo que le costó un horror tomar asiento en mi taxi. Apenas podía andar. Tampoco hablaba con soltura. Su madre, sin embargo, se tiró todo el trayecto hablándome del niño. No sólo me contó los pormenores de su enfermedad, espina bífida abierta, sino también me habló de los cuidados que precisaba, así como de las intervenciones quirúgicas que llevaba a sus espaldas: siete. En cierto modo, parecía orgullosa de él, pero también de su faceta de madre coraje, entregada y sufrida. Aparte de aquello, de hablarme de su hijo sin yo dar pie a ello, llamó mi atención sus constantes alusiones a Dios (“Si Dios quiere”, “gracias a Dios”, “un regalo de Dios”, etc).

Recuerdo que esa misma noche, al llegar a casa, me dio por googlear “espina bífida abierta”. Me sorprendió y apenó comprobar que era la más grave de las distintas variantes de espina bífida, que se formaba (o malformaba) en la segunda o tercera semana de gestación del feto y que, en el peor de los casos, el niño en cuestión estaba condenado a una vida corta y dolorosa.

El caso es que volví a recordar aquello transcurridos varios meses, a raíz de la última ocurrencia del Ministro de Justicia Gallardón: la nueva ley del aborto, según la cual cualquier malformación del feto no será motivo de aborto provocado. Es más, será ilegal.

Aquella mujer, en fin, pudo decidir tenerlo al igual que lo tendría con la nueva ley. Fue decisión suya y solo suya. Supongo que tuvo aquel niño (enfermo de por vida) movida por sus creencias religiosas. Supongo que ella es de las que piensan que su niño nació así porque Dios lo quiso (un Dios bastante hijo de puta, añado) y por eso, en ningún momento, se planteó abortar. Otras, en su caso, lo habrían hecho sin dudarlo. Con todo el dolor de su corazón, no me cabe la más mínima duda.

Sin embargo ahora, con la nueva ley, las mujeres que se lo puedan permitir tendrán que ir a Londres, como en tiempos de Franco. O tenerlo y condenarse, madre, padre y niño, a una vida ingrata. Por la gracia de Dios.

Fotosíntaxis

02 mayo 2013

Te sientas en el capó de tu taxi, brazos cruzados, y observas la vida. Observas al tipo del chándal y la yonkilata en un escalón de un McDonalds justo en frente de ti. Observas a una teen paseando con su cocker mientras habla por teléfono. Observas a un gafapasta sentado en la terraza de un irlandés con otro gafapasta, los dos bebiendo Guinness en silencio. Observas a un hipster haciendo fotos,en modo macro, a una margarita crecida de una grieta en el asfalto. Observas a dos gays corriendo de la mano. Observas a esa chica que espera apoyada en la baranda del Metro Tribunal. Lleva catorce minutos esperando. Tal vez su cita no llegue nunca.

Podrías seguir a cualquiera de ellos y tirar del hilo de su historia. Buscar el argumento que les lleva a moverse, a salir a la calle y escoger un plan u otro, un camino o el contrario. Podrías alimentarte de sus fuerzas, chupar sus ganas. Demostrarte a través de ellos que el mundo sigue y gira a su antojo, o al antojo de unos dioses que nadie votó, dioses fascistas.

Pero el sol se coló entre dos nubes y te da de lleno en los ojos que ahora cierras y en la frente, y la telilla interna de los párpados se ve roja, y sonríes porque sientes un calor que no te está tocando, ni siquiera te acaricia y sin embargo lo sientes, como si pudieras echar raíces en cualquier momento de no ser por las macetas de tus zapatos. Por eso te descalzas y te quitas los calcetines con los ojos aún cerrados, y el suelo está frío pero pronto tus pies se aclimatan. Y así plantado sólo deseas fundirte con el suelo y quedarte ahí, ajeno al paso del tiempo.

Pero entonces se te acerca alguien con voz de mujer y te pregunta si tu taxi está libre, y sin abrir los ojos dices que no, que estás haciendo la fotosíntaxis. Que coja otro, por favor.  Notas que se marcha y con el rabillo del ojo compruebas que es ella, la misma chica que esperaba apoyada en la baranda del Metro Tribunal. Tal vez se cansó de esperar. O la dieron plantón. Qué cosas.

La vida en un búnker

30 abril 2013

bunker web

Nos robaron la isla, también, pero ya estoy preparado para el búnker, ya sabría qué llevarme: latas de conserva hasta el fin de los días, vino joven para verlo envejecer, ninguna foto. El espejo retrovisor de mi taxi, cristasol y un trapo, un reloj parado en las ocho y treinta y tres, el cuadro de El Grito, cien mil folios y quinientos bolis Bic. Esos cedés que tú y yo sabemos, esas pelis que tú y yo sabemos, esos libros. Dos macetas con flores de plástico, mi pato de goma Made in Hong Kong y, por supuesto, tú conmigo y tu guitarra.

Y seríamos felices en el búnker, aún más que ahora. Yo escribiendo para ti; tú soñando por los dos. Contándonos historias inventadas. Y a salvo, por fin, de las inclemencias del tiempo (pagaríamos el búnker al contado), sin planes de pensiones ni llamadas a deshoras del 1004, sólo amor. Sin cielos ni celos, sólo amor. Arreglando el mundo sin salir del búnker, jugando al Comunismo tu boca y la mía.

Y por la ventanita del búnker observaría cómo se matan los hombres (se acabarán extinguiendo, no lo dudes), cómo arrasan los campos y mientras tú, abrazándome desnuda, sintiendo los dos el calor del cuerpo a cuerpo. Y tapando la ventana sería de noche cuando tú quisieras. Y contaríamos el paso del tiempo en arrugas, como anillos de árbol. Y mis hijos y tus hijos seguirían escribiendo por mí, cantando por ti y a salvo. Ajenos al mundanal ruido. Mirando por la ventana mientras piensan: los presos son ellos.

 

Almas de destrucción (+IVA)

26 abril 2013

carne envasada

Cuando pierdo el rumbo y me olvido de quién soy suelo refugiarme en los supermercados, que es mi forma de encontrar personalidades a la carta divididas por pasillos. Los supermercados son mi Tibet particular. Lo tienen todo tan ordenado, etiquetado y limpio que no puedes evitar pensar que el mundo funciona (y por extensión, tú también). El caso es que la última crisis de angustia me sobrevino en mi taxi, bajando libre por la Nacional II. Había un centro comercial en esa misma dirección (cualquiera que sea tu dirección, siempre habrá un centro comercial a mano), así que tomé el desvío, aparqué mi taxi y entré directo, no me preguntes por qué, a los productos cárnicos envasados en bandejas.

En cierto modo me tranquiliza saber que hay especies que corren peor suerte que yo. Pero también me conmueve imaginar que esa vaca, o ese pavo, o ese cerdo, de tener alma, estaría desperdigada por infinidad de bandejas o incluso por distintos supermercados de la misma cadena. Las vacas son grandes, dan para muchas bandejas, por lo que no es descabellado pensar que parte de esa vaca se encuentre en un supermercado de Alcorcón, otra parte en Cuenca y otra en Murcia. Así pues los consumidores de Alcorcón, Cuenca y Murcia compartirían el alma indivisible de esa misma vaca y sin saberlo estarían, desde un punto de vista místico, conectados pero sin saberlo.

Y si el consumidor de Cuenca viajara a Murcia (porque se metió en una multipropiedad, y era la única vivienda de vacaciones que quedaba libre) podría cruzarse con el consumidor o consumidora de Murcia y sentir a primera vista como que se conocen pero no saben de qué, y todo por haberse comido el alma de una misma vaca, y aquella primera sensación podrían incluso interpretarla como un flechazo sentimental. Y siguiendo el impulso de ese flechazo Roberto de Cuenca y Cristina de Murcia tratarían de seducirse mutuamente y acabarían, tal vez, sucumbiendo y haciendo el amor en la casa en multipropiedad de él (ella está casada), y en cierto modo juntarían dos partes del alma de la vaca con sus mismos cuerpos, y en esta suerte de conjunción cósmica explotaría el universo en mil pedazos.

Entré en shock, lo reconozco. Vino un guarda de seguridad del supermercado y me pilló con la mirada perdida, abrazando un par de bandejas de lomo. Intentó quitármelas pero le aticé con una de ellas al grito de “¡LAS VACAS SON AMOR, MALA BESTIA!”.

Y me echaron. Siempre me acaban echando.

La máquina de vivir

23 abril 2013

Tomó mi taxi porque no podía cargar con un bulto tan pesado hasta la parada del autobús. Y el metro también quedaba lejos. De hecho, desplazarlo desde el portal de su casa hasta mi taxi le supuso un esfuerzo enorme. Se llamaba Blasco, tenía 87 años y aquello tan pesado era su vieja aunque impoluta máquina de escribir. Le ayudé a subir la máquina en mi taxi, tomó asiento a mi lado y me pidió por favor que le llevara a una casa de empeños a escasas manzanas de ahí. Blasco era un tipo enjuto, de ojos grises y escaso pelo cano aunque bien peinado. Su traje de chaqueta y su corbata vieja le daban cierto aire de coquetería melancólica, como si le diera meticulosa importancia al simple gesto de salir a la calle.

Durante el trayecto me contó que aquella máquina era lo último que le quedaba por empeñar; que trató de resistirse pero en breve le venían pagos y no tenía el dinero suficiente. Su pensión era mínima, apenas le servía para cubrir gastos, pero la luz había subido, y el agua había subido, y también la comunidad de vecinos, y el impuesto sobre bienes inmuebles, y la tasa de basuras. Para afrontar esas constantes subidas se había ido desprendiendo de todo, hasta de una vieja olla express, también del teléfono (“para qué tenerlo, ya no me queda nadie”, me dijo). Calculó que vendiendo esa máquina podría ir tirando tres o cuatro meses más. Una máquina de escribir que siguió usando hasta ayer mismo. Ya no tenía pulso para escribir a mano, y con ella, aunque despacio, le escribía cartas a su Carmen, que en paz descanse. Cartas que después guardaba en una caja de zapatos. De este modo se entretenía y esquivaba la soledad. “Chifladuras de viejo”, añadió.

Le pregunté que cuánto pensaba sacar vendiendo esa máquina. Me dijo que, con suerte, cien euros descontando el taxi de ida. Pensaba volver andando. Cien cochinos euros, pensé. Un hombre de 87 años condenado a la eterna soledad por culpa de cien cochinos euros.

Nada más oírle decir esto di la vuelta y volví de nuevo a su portal. Aparqué mi taxi, saqué cien euros de un cajero y después le ayudé a subir la máquina por las escaleras. Vivía en un cuarto piso sin ascensor. Lo que más llamó mi atención fue el pasillo de su casa. Las marcas fantasma de cuadros sin cuadros en las paredes. Esas alcayatas sujetando nada.