Tienes cara de tranquilidad reciente, pero el barniz de tus ojos aún sigue fresco. Tal vez andes esperando a que ella sople y consiga secar tus dudas, frenar de un plumazo la inercia del pasado. Han sido demasiados años picando de flor en flor: siempre te ha gustado comparar néctares, usar tus alas. Pero ahora te ha dado por pensar que todas esas flores eran falsas, de plástico, que tú quieres la savia de Rosa. Crees que llegó el momento de plantar con ella una semilla en tierra firme. Ahora, ya ves, a tus treinta y tantos, te hace ilusión ver crecer algo de cero, centrarte en regarlo cada día, dejarte regar, cortar sus espinas y ella las tuyas en perfecta simbiosis.
Ya cambió tu forma de mirar a las mujeres. Ahora las miras, desde mi taxi, con cierta distancia. No te dan miedo ellas, eres tú. Ahora quieres hacerlo bien, Rosa es más guapa que nadie, Rosa folla mejor que nadie, Rosa te trata como nunca nadie lo hizo. Y sabes que, por ejemplo, esa mujer que ahora camina Gran Vía abajo, la rubia que mueve sus caderas a ritmo de salsa picante, no será mejor que ella, no besará como ella ni tendrá sus tetas ni su risa ni sus ganas ni podrá quererte tanto.
Pero bajas la ventanilla: desde aquí hueles su néctar. Y huele bien. ¿Podrás cambiar? Tal vez mañana.
-Pare aquí- me dices. Me pagas. Te bajas. Sigues su estela. Fundido en verde.











Comentarios recientes