En el fondo, al otro lado del cráneo, quieres ser como ellos. Sigues pensando que algún día sucederá algo, un golpe de suerte o será cosa del karma o lo que sea. Ya lo viste en la tele, lo ves cada año: jóvenes brindando con champán y su décimo premiado sobreimpreso en la pantalla. O aquel tipo, el Zuckerberg ese, que se hizo millonario montando una web con cuatro perras. O Paco el Pocero: casi analfabeto y forrado de pasta. Y aunque te pille mayor lo del fútbol, mira al Cristiano Ronaldo, cómo vive. Eso significa que es posible. Si ellos pueden, tú también.
Y cuando llegue tu momento, porque crees que llegará, algún día, lo sabes, tendrás todo aquello que soñaste: Tu piscina con forma de riñón, tu billar americano, tu Ferrari o no, mejor un Porsche, más manejable. Tu harén de tías buenas (¿quién quiere amor si tienes pasta?), tu playa privada (sin chusma), tu peazo colección de relojes que te cagas de caros, un personal shopper de esos y una sala de cine en casa para invitar a los colegas (y que se mueran de envidia).
Montas en mi taxi y evitas mirar el taxímetro. Estás cansado para pillar un autobús (¡qué coño!, te lo mereces: hoy te lo has currado en la oficina). Y cuando yo te deje en la misma puerta de tu casa de mierda (provisional), un cuarto sin ascensor de treinta metros, me darás propina: quédese con el cambio, jefe. Aunque cobres novecientos treinta euros al mes y pagues seiscientos de alquiler y otros cien de ese crédito que pediste para la moto (que al final no compraste pero aún te quedan mil pavos; dos mil el mes pasado). Aunque sólo compres lotería en Navidad. Aunque no hagas nada más allá del curro.
Mentalidad de lujo sin tener un puto duro ni hacer nada más allá que esperar a que la suerte venga o cambie el rumbo. O a que la palme aquel tío con pasta, hermano de tu madre, y heredes.
Ahí el drama.






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