La escalera sin peldaños

11 mayo 2012

 

En el fondo, al otro lado del cráneo, quieres ser como ellos. Sigues pensando que algún día sucederá algo, un golpe de suerte o será cosa del karma o lo que sea. Ya lo viste en la tele, lo ves cada año: jóvenes brindando con champán y su décimo premiado sobreimpreso en la pantalla. O aquel tipo, el Zuckerberg ese, que se hizo millonario montando una web con cuatro perras. O Paco el Pocero: casi analfabeto y forrado de pasta. Y aunque te pille mayor lo del fútbol, mira al Cristiano Ronaldo, cómo vive. Eso significa que es posible. Si ellos pueden, tú también.

Y cuando llegue tu momento, porque crees que llegará, algún día, lo sabes, tendrás todo aquello que soñaste: Tu piscina con forma de riñón, tu billar americano, tu Ferrari o no, mejor un Porsche, más manejable. Tu harén de tías buenas (¿quién quiere amor si tienes pasta?), tu playa privada (sin chusma), tu peazo colección de relojes que te cagas de caros, un personal shopper de esos y una sala de cine en casa para invitar a los colegas (y que se mueran de envidia).

Montas en mi taxi y evitas mirar el taxímetro. Estás cansado para pillar un autobús (¡qué coño!, te lo mereces: hoy te lo has currado en la oficina). Y cuando yo te deje en la misma puerta de tu casa de mierda (provisional), un cuarto sin ascensor de treinta metros, me darás propina: quédese con el cambio, jefe. Aunque cobres novecientos treinta euros al mes y pagues seiscientos de alquiler y otros cien de ese crédito que pediste para la moto (que al final no compraste pero aún te quedan mil pavos; dos mil el mes pasado). Aunque sólo compres lotería en Navidad. Aunque no hagas nada más allá del curro.

Mentalidad de lujo sin tener un puto duro ni hacer nada más allá que esperar a que la suerte venga o cambie el rumbo. O a que la palme aquel tío con pasta, hermano de tu madre, y heredes.

Ahí el drama.

Tirar del hilo (de Bankia)

10 mayo 2012

Parada de taxis de las Torres KIO. De la torre de Bankia sale corriendo una mujer de pelo rubio y el rostro oculto con una careta de Zapatero. Aparte de la careta, llama mi atención su contraste: blusa de ZARA, falda de Loewe, zapato de tela y esparto en su pie izquierdo y tacón Manolo Blahnik en el derecho, lo cual no le impide correr con total soltura. También lleva un bolso voluminoso del que sale un hilo, como de madeja, que llega hasta el interior de Bankia. La mujer se detiene en mi taxi, abre la puerta y se monta deprisa.

-¡Arranque, rápido! - me dice tras la careta, imitando la voz de Zapatero.

Al iniciar la marcha compruebo a través del espejo cómo el hilo que sale de su bolso y llega hasta Bankia comienza a tensarse. Cuando alcanza su máxima tensión, de repente, aparece por la puerta del banco un maletín atado al hilo y, sin soltar el maletín, llevado también por la inercia de mi taxi, un tipo al que reconozco: es Claudio Aguirre Permán, consejero de Caja Madrid y a la sazón primo de Esperanza Aguirre. Casi de inmediato, detrás de él y con el mismo hilo atado a otro maletín, sale Carmen Cavero Mestre, cuñada de Ignacio González (vicepresidente del gobierno de Esperanza Aguirre) y vocal del Banco Financiero y de Ahorros del grupo Bankia. Y después, con otro maletín, otro vocal del Banco Financiero del Grupo Bankia, Ricardo Romero de Tejada, ex Secretario General del PP en la Comunidad de Madrid y ex Alcalde de Majadahonda. Y luego la Consejera de Caja Madrid Pensiones Nieves Alarcón Castellanos, esposa del ex Secretario General del PP madrileño (y actual Senador) Francisco Granados. Y luego otra Consejera de Caja Madrid Pensiones, Mayte Jiménez, esposa de Salvador Victoria, Consejero de Asuntos Sociales del Gobierno de Esperanza Aguirre. Y el presidente del Comité de Auditoría de Bankia Manuel Lamela, Ex Consejero de Sanidad y de Transportes de Esperanza Aguirre y Ex Director de Gabinete de Rodrigo Rato (en su etapa de Ministro de Economía). Y luego otra vocal del Banco Financiero y de Ahorros del Grupo Bankia, Mercedes Rojo Izquierdo, Ex Asesora de Esperanza Aguirre y luego otro vocal del mismo Banco Financiero de Bankia, Ángel Acebes, Ex Ministro del Interior del gobierno Aznar. Y el Consejero de Deoleo en representación de la Sociedad de Promoción y Participación Empresarial Caja Madrid, Santiago Alarcó Canosa, excuñado del ahora expresidente de Bankia, Rodrigo Rato y hermano de Ángeles Alarcó, recientemente nombrada Presidenta de Paradores Nacionales.

En ese punto mi usuaria me pide girar a la derecha y ahí pierdo el hilo aunque sigue tenso (sacando más cargos y maletines atados, supongo). Varias calles después me manda parar a las puertas de lo que parece ser un palacete. Detengo el taxímetro en 9,30€. En lugar de pagarme en efectivo me da un Metrobús y me dice: “Quédate con la vuelta”. Antes de que consiga reaccionar ya se ha marchado.  

Bajo del taxi detrás de ella, “¡señora, mi dinero!” pero uno de los policías que custodian el palacete me da el alto y me pide el DNI. Se lo tiendo. Saca una libreta y lo apunta con faltas de ortografía.

Por respeto (y miedo) a la autoridad, vuelvo a mi taxi que en realidad no es mío, sino de Bankia: pedí un crédito a 20 años por la licencia. Con suerte, dentro de 16, aparte de lo que pedí, habré pagado a base de carreras y más carreras unos 50.000€ de intereses. Luego enciendo la radio. Dicen las noticias que Bankia necesita otros 10.000 millones del Estado, los mismos que el Estado recortó en Educación y en Sanidad.

Nota: No sé qué es peor, si no entender nada o entenderlo todo.

Apagado (o fuera de cobertura)

09 mayo 2012

La ingrávida joven me pidió recoger a “alguien” en la Glorieta de Bilbao para continuar después hasta un destino que no me llegó a decir (más bien se truncó, como ya veremos). Era una chica de gesto suave, piel lechosa o más bien de horchata, rasgos marcados pero dulces, de unos treinta años, cabello corto y oscuro, ni pendientes ni abalorios y un vestido al más puro estilo naïf.

Cuando llegamos al punto donde habría de subir ese “alguien”, justo en la boca del Metro Bilbao, a las puertas del café Comercial, accioné los WARNING del taxi y ahí nos quedamos esperando, en silencio. Ella mirando la pantalla de su móvil pero sin darle uso, como a la espera de cualquier posible aviso, y yo observando con disimulo a través del espejo. Como digo, se resistía a ponerse en contacto con su cita; tal vez no quisiera parecer insistente o pesada. Pensé que entre ese “alguien” y ella no había un vínculo demasiado estrecho (cuando hay confianza nada te impide llamar o mandar un mensaje: “dnde stas?, t qda muxo?)”. Ella prefería esperar a que ese “alguien” se personara o bien llamara para avisar de que llegaba tarde. Pero aquel era un lugar incómodo para detener el taxi, los autobuses pitaban:

-Aquí no podemos estar mucho tiempo- llegué a decir.

Entonces ella se hizo cargo aunque visiblemente nerviosa: usó el teléfono como en contra de su propia voluntad. Desde mi asiento yo también pude escuchar que el móvil de su interlocutor se encontraba ”apagado o fuera de cobertura”. Pudiera ser por culpa de cualquier contratiempo (se quedó sin batería o en efecto, sin cobertura), sin embargo ella lo interpretó con cierto gesto de derrota. Había algo más, sin duda. Puede que aquel “apagado o fuera de cobertura” fuera la constatación de que él no vendría, un gesto cobarde ya sufrido y repetido. Apagado a propósito. En realidad no hizo falta más ni quiso esperar un segundo más. Después de aquella llamada fallida, me dijo:

-Bien, eh… lléveme a… al mismo sitio donde me recogió.

Es decir, a su casa. Es decir, plan truncado. Es decir, que se rompió algo o se volvió a romper. No me cabe otra explicación. O tal vez tú la tengas…

Palabras encadenadas

08 mayo 2012

Palabras escritas en los brazos y en las manos y en la lengua. Palabras alrededor de las orejas. Elige las que quieras: SUAVE, AMANTE, DIOS, TAXI, PECHO, BUNKER, MELODÍA. Pero tatúalas: que no se borren, que no se olviden. Usa tus palabras para aislarte. BESO. Que nada más penetre en ti. PASIÓN. Escribe en el lóbulo de tu oreja izquierda: PASIÓN. Y cuando alguien entre en tu taxi, después de escuchar el destino, blíndate. Y si te habla de la crisis, cuando escuches la palabra CRISIS, entenderás PASIÓN. Y mirarás a la usuaria con ojos de QUIERO. Y cuanto más veces pronuncie la palabra CRISIS más querrás querer. Será tu placebo.

 Y ese engaño inundará tu sonrisa. Prefieres vivir de mentira pero feliz. Ahora que la realidad sólo es apta para amantes del sado, ahora que todo son punzadas que anestesian el alma, los tiempos de la moda del desánimo, ya sólo dominarán el mundo los locos y los hijos de puta. Y tú sigues queriendo dominar el mundo. Y no vales para hijo de puta. Tu sangre no es tan licuada, demasiado espesa para los filtros de la miseria. PASIÓN, entiendes PASIÓN cuando dice CRISIS, cuando mueve sus labios cuarteados por el tedio mientras piensas: se volverían bellos con un barniz de saliva. SUAVE, AMANTE, PECHO, BUNKER, MELODÍA.

Reducir con ácido palabras aislantes… aislates… islates… lates, corazón… 

O que ella también acabe jugando contigo a lanzaros palabras de una punta a la otra del taxi, de tu asiento a su asiento espejo mediante, de tu boca a su boca. Jugar a las palabras encadenadas:

VIENTRE

TREMENDO

DOMINAR

NARCO

Tengo un hijo

07 mayo 2012

Subió a mi taxi una mujer con un niño de cuatro o cinco años y en seguida la mujer y yo comenzamos a hablar primero del tiempo (llovía), después de la crisis, y de la crisis pasó a contarme la suya propia con todo lujo de detalles: que si llevaba tres meses en el paro, que si apenas les llegaba la prestación para cubrir los gastos de la casa, que si ahora tenía que llevar al niño al logopeda…

El niño, por su parte, permanecía en silencio atento a los saltos del taxímetro.

A mitad de trayecto la madre me indicó que tomara mejor la autopista, que llegaríamos antes. Me incorporé al carril de aceleración y en esto el niño me tocó el hombro y me dijo:

-No corras tanto, papá.

La madre me miró sorprendida y sonrojada a través del espejo y yo a ella, pero ninguno de los dos dijo nada.

Y así, en silencio, llegamos a su destino. Busqué un sitio donde aparcar, salimos del taxi, y entramos los tres juntos, de la mano, en la consulta del logopeda.

Y aquí estamos, Mamen y yo, en la sala de espera. Disimulando. Felices.

Multas a la creatividad

04 mayo 2012

Mi nivel de ensimismamiento se mide por el número de multas de tráfico que me llegan a casa: a más multas, más hacia dentro vivo. Ahora, por ejemplo, me encuentro inmerso en pleno proceso de creación. Intento darle forma a una trama con pretensión de novela, obsesión que me ocupa todas las horas del día, tiempo taxial incluido.

En la foto (multa escaneada), circulaba por uno de los túneles de la M-30, supongo que llevando a algún viajero, supongo que interactuando con él, sopesando en qué parte de la trama incluirlo. No se a ti, pero a mí me resulta imposible llevar en mi taxi a un desconocido, imaginar su vida a través de su aspecto físico o hablando con él, calibrar a su vez la posibilidad de incluirlo en mi novela (y si así fuera, en qué parte de la trama o con qué excusa), y con todo y con esto, respetar el límite de 70 kms/h que marca la vía.

Desde que comencé a barruntar esta novela, me han llegado un total de 7 multas: Ocho puntos del carnet y más de mil quinientos euros con su correspondiente reducción pronto pago. En cada una de ellas he presentado el mismo recurso de mi puño y letra, alegando lo que ya os he contado: que en esos instantes me encontraba en pleno proceso creativo, y que por el bien de mi futuro literario, con el fin de no truncar el disfrute a mis futuros lectores, procedieran a retirarme la multa. Y ya de paso, que echaran un vistazo en Google al rótulo “nilibreniocupado” que se puede distinguir en el maletero, en referencia a este blog. 

No he ganado ningún recurso, lo cual demuestra la falta de sensibilidad del Ayuntamiento de Madrid, así como su nulo interés por fomentar la cultura.

En cualquier caso, tengo pensado enviarle todas esas multas a mi editor como gastos del proceso de elaboración de la novela. Espero al menos que nadie se atreva a decir, cuando al fin la termine y se edite y salga a la venta, que mi libro es caro.

Sintonía adolescente

03 mayo 2012

Siete y treinta de la tarde, seis cincuenta de taxímetro. Cielo forzado. En el asiento trasero de mi taxi, madre en el centro y dos hijas. La menor, de unos siete años, habla para su madre que sólo asiente, dice ahá, ahá, pero no escucha. La niña intenta una y otra vez atraer su atención: “¿Has visto ese señor de ahí? El del sombrero. Qué raro, ¿verdad?” dice señalando a un transeúnte. “Ahá”, contesta la madre sin siquiera girar la cabeza, mirando siempre al frente.

Inmersa en sus problemas, supongo.

Pero llama más mi atención su otra hija, de unos trece o catorce años. Ésta lleva puestos unos cascos, la barbilla apoyada en su mano y el codo en el reposabrazos de la puerta, mirando a la calle por mirar algo, con gesto aburrido. Bajo el volumen de la radio y me doy cuenta que la música que escupen sus cascos corresponde a la misma emisora que llevo sintonizada en mi taxi. Ahora suena un tema de Placebo. Buen gusto el suyo.

Tal vez supiera que su música y la del taxi era la misma y aun así optara por llevar los cascos más por aislarse de su madre y de su hermana. Con esa edad, en plena adolescencia, nadie parece decir nada que interese, al menos nadie de su entorno forzoso. La familia fue impuesta, ella no eligió a su madre o a la cursi de su hermana. Por tanto, aunque se viera obligada a acompañarlas en este trayecto, no tenía por qué soportar a ninguna de las dos más allá de lo preciso. Y lo preciso siempre era egoísta, pataletas de una incomprendida: Dame la paga o déjame llegar más tarde, que los padres de Sonia dejan a Sonia llegar a las once. Si ya es difícil que una madre se ponga en la piel de su hija adolescente, resulta del todo imposible al contrario. Un auténtico abismo entre ambas. La niña jamás entenderá por qué su madre impone normas tan absurdas, contradictorias a veces. Pero la madre es la madre. La autoridad (in)competente. Sólo queda asumirlo con resignación.

Miré a la hija. Me miró. Fruncí el ceño para llamar su atención. Ella alzó el suyo. En esto, subí el volumen de la radio. Lo subí a un volumen estridente, justo en el estribillo de la siguiente canción. La niña se quitó un casco y sonrió.

-¿Está usted loco?- me gritó la madre.

Pero yo me hice el sordo.

La fiebre

02 mayo 2012

Fiebre es salir de casa con la actitud de un yonki. Sacar el taxi del garaje, buscar mi dosis diaria y no parar hasta encontrarla, hasta dar con la chispa que prenda el inicio de una frase, cualquier frase de esas que llevan a otras y sacian por dentro, tú ya me entiendes. El taxi es un buen medio, la mejor de las excusas para no levantar sospecha. Nadie sabe al montarse que el trayecto será lo de menos. Nadie sabe que él mismo (o ella misma) es mi auténtico objetivo: su rostro, sus comentarios, su tono, o los motivos que le han llevado a tomar mi taxi (detrás de cada trayecto siempre hay uno o varios porqués, intrahistorias que conforman y ayudan a dar vida al personaje). Me fijo en su gesto, en su tono, en las caras que pone cuando habla por teléfono, en qué dice y cómo lo dice, o cómo se desenvuelve ante mí sin conocerme de nada (tímido, desafiante, acomplejado), o por qué se muerde las uñas en ese preciso instante, al escuchar por la radio esa precisa canción, o por qué frunce el ceño cuando se nos cruza un coche rojo, por qué en concreto un coche rojo, qué suerte de trauma le ocasionó un coche similar, o ese anillo que mueve nerviosa mientras parece ensimismada, por qué le quema ese anillo en el dedo, o por qué sólo se fija con atención en las madres con carritos de bebés que pasean por la acera, o sólo en los carteles que anuncian ropa interior, o sólo en los graffitis o en las papeleras, o si aparta la vista o la mantiene si se cruzan sus ojos con mis ojos a través del espejo. Tampoco saben que el importe de esa precisa carrera, su dinero, lo acabaré gastando en cualquier bar mientras escribo su historia, lo que yo interpreté de él o de ella, lo que llamó mi atención, mientras escribo temblando hasta mitigar la fiebre. 

¿Y por qué lo hago? ¿Y por qué los vampiros se alimentan de sangre?

Tu ombligo

30 abril 2012

Lo fácil, lo estúpido, es blindarse. No tienes más que mirarte al espejo y trazar un círculo alrededor de tu ombligo: yo soy el bueno: los que son como yo son los buenos: los distintos a mí, a nosotros, son el enemigo, los culpables de todos nuestros males. Si tu ombligo es blanco, los negros son inferiores a nosotros (y quien dice negros dice mestizos, o sudacas, o putos mexicanos si eres gringo). Si eres hombre y te gustan las mujeres, los gais son perversos, aberrantes, enfermos (aunque tienen cura para ser normales, es decir, como yo: porque yo soy ”lo normal”, el punto de referencia del mundo hermético que me he creado). Si naciste en España, los que vinieron de fuera y tuvieron la indecencia de enfermar en suelo ajeno, a la hoguera con ellos. Que se larguen de ”mi” país.

Lo verdaderamente estúpido es que no se refieren a atributos conseguidos por méritos propios, sino a cualidades obtenidas por un azar del que nunca fueron responsables. Nadie elige el color de su piel, o sus tendencias sexuales, o la cuenta corriente de quienes serán sus padres. Nadie elige haber nacido en un país devastado por el hambre, o no tener más remedio que emigrar para dar de comer a los suyos. Y ya seas rico o seas pobre, nadie elige caer enfermo: nadie elige la leucemia, nadie elige el VIH.

Pero sólo alguien estúpido es capaz de negarle a otro ser humano la atención sanitaria que precise para evitar la muerte. Sea de donde sea. Venga de donde venga (puede que de países hambrientos también por nuestra culpa, por comprar petróleo a sátrapas, léase Guinea, o por venderles armas). O sólo alguien estúpido, que no ve más allá de su propio ombligo, es capaz de subirse a un púlpito y en nombre de un dios subvencionado por un Estado laico demonizar a los homosexuales.

O tal vez, en cualquiera de estos dos casos, entendí yo mal el catolicismo, que también puede ser.

Algo ha cambiado

27 abril 2012

Hay personas que están ahí como latentes, que siempre fueron bellas pero pasó algo, no sabes qué, tal vez un golpe en la cabeza o que me hice mayor, y de repente esa belleza clásica se convirtió en la única, en lo más, y sus labios que antes también besabas como quien besa espejos ahora ya son lanchas, y tu lengua un náufrago, y te salvan la vida.

Ella estaba, ella siempre estuvo ahí, enamorada de un muelle, bebiendo las aguas de tu taxi, esas aguas con manchas de alquitrán. Y mientras, tú por otros mares, inmerso en tu colección de sirenas, ella entre ellas, sirenas de asfalto para un taxista al que le escaman los corazones salados solo porque dan sed. Pero pasó algo, no sabes qué, tal vez un golpe en la cabeza o que me hice mayor, y de repente ya no hay sirenas, murieron atropelladas por la envidia, y ahora ella te acompaña por la noche, todas las noches, a tu lado, en tu taxi.

Y jugamos cada día a los cardiólogos para salvar lo nuestro. Y yo me hago el muerto, y como no puedo evitar la risa, tú siempre ganas, las ganas que te tengo. Y antes no supe verte, y ahora me ciegas.

Has cambiado aunque sigues siendo la misma. O tal vez soy yo.