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Elegido Mejor Blog 2006.Ya lo dijo Descartes: ¡Taxi!, luego existo...

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Una de las dos españas ha de helarte el bolsillo

A veces busco vallas que saltar, como en Melilla pero a la inversa, porque en cierto modo sé que lo de España no tiene solución a corto plazo, al menos sin sangre de por medio (como tantas otras veces en vergonzoso bucle). Ni siquiera aquel verso de Machado,”Una de las dos españas ha de helarte el corazón” podría aplicarse ahora: ya sólo se nos hielan los ombligos capaces, como somos, de votar a quien nos roba sólo por orgullo o revancha o pura pose o peor: por salvaguardar un estatus que resultó ser falso. He visto ideologías vendidas por un puñado de euros, gente íntegra desintegrada por culpa del vil metal. El dinero se ha convertido en un único ideal inquebrantable y poderoso. Sin marcha atrás posible. El dinero es como un virus, como el óxido. Compramos el cariño con regalos. El tontaco barrigón con halitosis pero forrado de pasta heredada se casa con la miss. El emprendedor intenta convencerte de que la única opción de tener “éxito” pasa por currar veintitrés horas diarias (léase “éxito=dinero”).  Y al que curra ocho horas ahora lo llaman vago. Nos hemos convertido en esclavos de nosotros mismos, en ejemplos de mierda para nuestros hijos. Unos hijos que, si nada lo remedia y dada esta deriva de consumismo atroz, acabarán siendo aún más imbéciles que nosotros.

El síndrome de la clase media

se vende

La falsa sensación de clase media fue un mal sueño para muchos. En plena burbuja te dijeron: “¡Ahora tu piso vale ciento cincuenta mil euros más que cuando lo compraste hace sólo tres años! ¡Están subiendo como la espuma!”. Aún te quedaba demasiada hipoteca por pagar, pero casi de un día para otro te creíste poseedor de un patrimonio mayor del que pensabas. “¡Mi piso ahora vale trescientos mil!”. Y pasaban los meses y todo era buenas noticias: “¡Mi piso ahora cuesta trescientos cincuenta mil!”. Dado que el resto de los pisos de tu entorno también subían en la misma proporción que el tuyo, no podías plantearte venderlo y comprar otro mejor; sin embargo, tu sensación de estatus fue creciendo, y aunque siguieras ganando lo mismo y Charo siguiera ganando lo mismo, esa cifra en ascenso imparable quedó grabada a fuego: “¡Pagué ciento cincuenta mil por un piso que ahora vale cuatrocientos mil!”.

Y como todo el mundo sabe, alguien que vive en un piso de cuatrocientos mil necesita un Audi a juego, así que convenciste a Charo y fuiste al banco. Y el tipo del banco te lo puso facilísimo, todo sonrisas: te aconsejó ampliar la hipoteca tres años más (¿qué son tres años en el país de las oportunidades y el dinero fácil?) Y además, te regaló un juego de cuchillos japoneses afilados a láser. De los buenos.

Corría el año 2008. Recuerdo que ese chico tomó mi taxi en su casa de Moratalaz para ir al concesionario donde le esperaba su nuevo y flamante Audi full equip. Recuerdo que me contó feliz y orgulloso todo esto, y me acabó dando una propina digna de alguien que le sobra el dinero o apenas le cuesta ganarlo.

Curiosamente ayer pasé por ese mismo portal y me llamó la atención ver un Audi aparcado en la calle con matrícula GFH (del año 2008), del mismo color que me dijo, gris daytona, y un cartel de “SE VENDE” pegado en la luna.  A su vez, en el segundo balcón de ese mismo edifico vi colgado otro cartel de “SE VENDE”. El número de teléfono del cartel del piso coincidía con el que figuraba en el cartel del coche.

Por curiosidad, consulté el piso en cuestión en idealista: salón, dos dormitorios y un baño. Valor, 150.000 euros (anuncio publicado en febrero de este año y seguía en venta, tras tres bajadas sucesivas de precio).

Ciento cincuenta mil era exactamente lo mismo que les costó cuando lo compraron en 2006.

El dolor y las risas

 Todo, el dolor y las risas, se junta a veces en un punto y eclosiona y genera una canción. Bailemos juntos. Todo: el ansia, las cosquillas, las ganas, el sopor y tus orgasmos. La ira y la calma, el miedo, decepción, las mariposas.

Tirar de oficio y maquillarte. Rimmel waterproof, no la jodamos. Pensar que el mundo somos dos y mucho atrezzo. Hacer del estribillo una gran fiesta. Taparme los oídos con tus muslos. No escucharme.

Sin filtros anti-spam. Somos nuestro propio virus. Mi taxi me lleva a mí, tú eres un cuerpo. Ando triste. Duele el hígado. Alcohol de quemar las penas. Otros acordes. Desafinar. Y que se joda la NASA.

Las pesadillas son pesos pequeños en femenino. Descartemos el suicidio. El cañón en la boca me provoca arcadas. Tengo acrofobia. Soy inmune a las pastillas. La vida escuece sólo ahora. Reloj de sol.

Aun consciente como soy de quién soy, siempre querré jugar a ser otro.

Embebido

La mujer tomó asiento a mi lado, me dijo un hola seco y una calle y un portal de Pozuelo, arranqué y partimos. Unos metros después, con pasmosa naturalidad, la mujer cambió el dial de la radio, subió el volumen y desplegó la visera del techo para mirarse en el espejo. Se acercó al espejo y abrió un párpado con los dedos. Parecía habérsele metido algo en un ojo. 

Aprovechando el siguiente semáforo en rojo se giró hacia mí y me dijo: 

– Sopla.

Soplé en su ojo, ella parpadeó deprisa y volvió a su postura inicial.

Nada más entrar en la autopista reparé en el taxímetro. Había olvidado accionarlo. Ahora ella permanecía con los ojos cerrados, disfrutando del viento y del I want you, de Bob Dylan, que susurraba siguiendo el ritmo con la cabeza.  Aquella escena cotidiana me reconfortó tanto, que opté por mantenerla intacta y prescindir del taxímetro. Parecíamos la típica pareja de vuelta a casa después de un largo día de trabajo. 

Escasos metros antes de alcanzar su portal, la mujer me señaló un espacio libre entre una hilera de coches aparcados y me dijo:

– Ahí tienes un hueco.

Por seguir su juego, aparqué. Ella salió del taxi y yo también. Seguí sus pasos hasta su casa. Ya dentro me preguntó si quería algo especial para cenar. Dije que no.

Cenamos en silencio una ensalada que compartimos y un plato de lasaña precocinada, y luego nos acomodamos en el sofá y vimos una peli ya empezada, ella acurrucada sobre mis piernas y yo acariciando su cabeza. Al tercer bloque de anuncios, ella me dijo:

– Me voy a la cama. ¿Vienes, o esperas a que acabe la peli?

– Acuéstate. Ahora voy.

Se marchó a nuestra habitación y yo me levanté y me dispuse a observar a hurtadillas la casa. En el pasillo vi colgado un cuadro con la foto de un hombre muy parecido a mí pero diez o quince años más viejo. Posaba apoyado en un taxi, sonriente. Y en la esquina superior derecha del marco, un crespón negro.

La memoria muerta de la música

Fue casual, como todo. La radio emitió el tema apropiado en el momento preciso. Tres o cuatro canciones después de tomar mi taxi comenzó a sonar The sun always shines on TV, de a-ha, y entonce ella estiró el ceño y dio un respingo y abrió la boca y al instante, como por instinto del decoro, se cubrió el rostro con ambas manos. Era, sin duda, la reacción de quien se ve sorprendido por un estímulo ya olvidado cuyo recuerdo emite de súbito imágenes y vivencias, también olvidadas, cual tsunami de múltiples olas.

En casos como este, los recuerdos son más importantes que la canción misma. Como una suerte de teletransportación. O un retroceso en lo más recóndito del alma.

Los de mi generación y anteriores tenemos una o varias canciones pasadas que iniciaron, sin querer, lo que ahora somos. Canciones cuyo rastro perdimos y sólo el azar encontró o se perdieron (como lágrimas en la lluvia) y tal vez vuelvan algún día. Canciones que no retomamos o sólo por azar porque aún no existía Yotube ni Spotify. No eran tan accesibles como ahora: escuchabas el tema en un garito y ahí quedaba, tarareada en tu recuerdo, pero no siempre era facil conseguir su título o intérprete y buscarlo en la tienda de marras o en las cintas TDK de un amigo.

Y esto mismo, en las próximas generaciones, ya no pasará. Ahora el acceso a cualquier canción es inmediato. Incluso tarareándola al micro del ordenador, la web de marras te chiva nombre e intérprete. Ahora el azar ya no será tan sorprendente como para aquella usuaria. Y todos esos recuerdos sonoros súbitos serán megas archivadas en carpetas. Y la memoria sonora será caché. Y la música perderá su excitante campo gravitatorio.

Gramíneas

Durante los diez primeros minutos del trayecto ninguno de los dos dijo nada, sólo un mutuo buenos días nada más subir al taxi y el destino de rigor, dicho como sin ganas, apático como su aspecto. Podría tener entre ochenta y doscientos años, arrugas en el rostro como para hundir los dedos hasta la cutícula (el tirante moño en su cabello ni siquiera conseguía ese efecto lifting, o tal vez sí; imagínense sin él), los lóbulos de las orejas estirados hasta casi rozar sus hombros (¿cuánto pesarán esos pendientes? ¿100 kg?) y un cuerpecito similar al de un galgo desnutrido, sólo huesos envueltos en un vestido largo y blanco (como esos huesos para caldo que te envuelve el carnicero). Con ese aspecto tan frágil me pregunté cómo podía tenerse en pie y sin ayuda, o incluso cómo conseguía sobrevivir con semejante edad y semejante porte en esta ciudad caníbal.

Pero después de, como digo, diez minutos de sepulcral silencio, sucedió algo que me desconcertó y maravilló al mismo tiempo: bajé la ventanilla, me llegó ese olor a primavera, y estornudé. No fue mi estornudo lo extraordinario (soy alérgico a las gramíneas), sino la reacción de aquella mujer ante aquel explosivo e incómodo momento. Trataré de transcribirlo tal cual sucedió:

– ¡¡¡Assschhhisss!!!

– Salud – dijo ella.

– Gracias.

– ¿Es usted alérgico?

– Sí.

– Me alegro mucho por usted.

Levanté las cejas, sorprendido.

– De joven yo también era alérgica a las gramíneas.  Me ponía fatal, malísima. Se me hinchaba la cara y los ojos, parecía que me fueran a explotar en cualquier momento. También estornudaba, como usted. En uno de esos brotes de alergia, tenía yo 19 años (le hablo del año 35, uno antes de estallar la guerra), mi madre me llevó al médico, al Doctor Robles. Recuerdo que después de hacerle una serie de preguntas a mi madre, el doctor se acercó a mí, me abrió un párpado con los dedos y dejó caer con mucho cuidado una gota de colirio sobre mi ojo. El efecto-lente de esa gota amplificó mi visión del doctor con sumo detalle y tal vez gracias a eso, gracias a verle TAN grande y TAN bello, me enamoré perdidamente de él. Apenas siete meses después de aquello, el Doctor Robles y yo nos casamos. Él también se enamoró de mí. Yo era muy guapa de joven. Tardamos tan pocos meses en casarnos porque él tuvo que marchar a la guerra y quería darme un hijo por lo que pudiera pasarle. Y pasó. ¡Vaya si pasó! Un mes antes de que naciera nuestra hija me llegaron noticias de su muerte. Fue fusilado, por error, por el bando Nacional. El también pertenecía al mismo bando, pero los suyos le confundieron con un soldado Republicano infiltrado. Desde entonces nunca he estado con otro hombre. Siempre he vivido por y para nuestra hija Lourdes, mi niña Lou, que por cierto: también era alérgica a las gramíneas. Lourditas murió hace dos años, a los 73. Y yo sigo viva, ya ve. Con mis 93 castañas. Siempre he pensado que aquellas gotas de colirio que mi marido me echó en los ojos aquella vez, cuando me enamoré de él y él de mí, me hicieron inmortal.

Sexus

Ahora con Paula todo es sexo, ansiedad y tiritas. Ya no hablamos, al menos no como antes. Sólo follamos, nos abrazamos y lloramos por turnos (siempre llora el abrazado, nunca el abrazante). Durante el sexo, Paula se muestra de un deshinibido que asusta. Me busca agujeros impropios en una lesbiana militante como ella. Tal vez busca lo que sabe que no quiero precisamente por eso: cuanto menos me guste a mí, más disfruta ella. Ahora, por ejemplo, no me deja tocarle las tetas con el deseo que merecen. Sólo me permite succionar sus pezones, como una madre amamantando a su vástago. Cada vez que lo hago, me mece entre sus brazos mientras canta nanas en alemán.

Prohibido comerle el coño si llevo barba o “pincho” (no se concentra). Prohibido follar cara a cara (siempre de espaldas). Prohibido apagar cigarrillos en sus nalgas. Prohibido llorar durante el coito. Prohibido eyacular sobre su piel, sólo dentro de ella. Eso sí: sin condón (dice que toma la píldora).

Tras el orgasmo (ella siempre me avisa: “Tres, dos, uno, ¡mieeerda!” como si no quisiera o buscara retardarlo o evitarlo), nos damos la espalda. Luego, uno de los dos se voltea y abraza al otro. Ese otro, llora. Cuando soy yo el abrazado, suelo fingir que lloro al principio pero siempre acabo llorando de verdad. No hay motivos. Sólo lloro por el simple placer de desatascar atascos acumulados.

No más de diez lágrimas después, me marcho a mi casa y me masturbo pensando en ese último preciso encuentro. No en el polvo en sí, sino en el abrazo posterior o en ese momento que me da el pecho y me canta nanas en alemán. Y el orgasmo manual siempre es mejor que el que sufrí con ella. O al menos, más libre. O más sincero.

Dios y sus límites

¿Motivos para levantarme cada mañana? Sólo uno: La incertidumbre. ¿Qué si no? Al contrario de lo que dicen los católicos, musulmanes, protestantes, baptistas, testigos de Jehová y demás adoradores de lo macabro, no creo que la vida sea un medio para ganarte tu propia parcela VIP en el cielo de los zombies, sino un fin en sí mismo. O, dicho de otro modo, los que ni follan, ni se emborrachan, ni blasfeman (con lo que mola blasfemar, cagoendiós), ni comen carne, ni desean a la mujer del prójimo porque todo ello les restaría puntos en su carnet imaginario, viven y vivirán siempre reprimidos y a crédito. Yo prefiero seguir mi instinto animal y vegetal al 50% viviéndolo todo a débito, sin saber qué pasará, ni echándole la culpa a ninguna deidad inventada o maquillada o metaforizada muchos siglos atrás (antes de Darwin, Nietzsche, Hawkins y el CERN).

Y si mañana me fostio con el taxi y acabo en coma, no quisiera que nadie le pidiera a ningún dios mi pronta recuperación (prefiero que se lo pidan al médico). Y si al final estirara la pata, no quisiera que nadie dijera que “se ha ido porque dios lo quiso así, pero denunciaré al médico por negligencia”.

Y si acabara terminal y sufriendo, sédenme, por dios. Moriré igual, pero sin dolor.

Aún recuerdo el caso del Doctor Montes. Le crucificó la fundamentalista Esperanza Aguirre por sedar a sus pacientes terminales en lugar de dejarles morir, de forma natural, retorciéndose del dolor hasta que el altísimo decidiera la fecha y la hora exacta. Este caso creó precedentes y, desde entonces, los médicos de la Comunidad de Madrid sedan a los enfermos terminales (que agonizan y en ciertos casos mueren a causa del mismo dolor) con miedo a posibles demandas de sus católicos, apostólicos y romanos familiares.

Las religiones (todas) son peligrosas. Lobotomizan. Limitan. Frustran ese regalo de dios que es el orgasmo o el jamón ibérico o la tentación en sus múltiples manifestaciones. Anulan el libre pensamiento.

He dicho.

Un día cualquiera

Despierto sin despertador a las diez y cuarenta, salto sin pensarlo, medio litro de agua, me afeito la cabeza, ducha rápida, me visto, saco el taxi del garaje, paro en el quiosco y compro EL PAÍS, Público y ABC, sigo unos metros con el taxi y paro en la delegación de Hacienda para pillar el 20minutos. De ahí me voy directo, con el taxímetro apagado, a la bolsa de taxis del aeropuerto (T-4). 

Durante las próximas tres horas de espera hasta que me toque cargar al cliente de marras desayuno mientras leo los periódicos (una hora), me enchufo en el taxi a internet y reviso y contesto correos (media hora), acabo y envío mi columna para la Gaceta del Taxi (una hora) y aún me queda media hora para escribir unas líneas más de mi novela. Ya en la cabecera del aeropuerto llevo a un italiano a Guadalajara.

En el camino de vuelta a Madrid llamo al presidente de mi comunidad de vecinos (el banco me pasó dos recibos repetidos), al servicio técnico de mi teléfono móvil (fallos en la gestión del correo electrónico) y a mi amigo Germán: “¿comemos?”.

Dos carreras después, las tres de la tarde, aparco en La Latina y como en un bar de menú con Germán. Durante la comida hablamos de las últimas pelis que hemos visto (Germán es guionista), de Esperanza Aguirre y sus nuevas hijaputadas, y acabamos con una ronda de chistes sobre Sánchez Dragó. La sobremesa se prolonga hasta las cinco.

Sigo con el taxi por las calles de Madrid un par de horas más. En ese intervalo suben tres clientes. Con el último (me reconoce: “¿eres el del blog?”) acabo tomándome un café en el bar de su oficina.

Vuelvo al aeropuerto: otras dos horas y media que aprovecho para escribir el próximo post y el inicio de un relato corto que hace tiempo me viene rondando. El cliente que me toca me lleva cerca, así que vuelvo al aeropuerto, reviso el post y luego leo unas cuantas páginas de Crónica del pájaro que da la cuerda al mundo, de Murakami. Este nuevo cliente me lleva a la calle Palma.

Metros después de dejarle, encuentro un hueco y aparco. Ceno un par de tostas en un bar cercano y me pongo a hablar con otro cliente que me invita a más y más cervezas. Me caliento y me voy con él a un bar de copas cercano. Ahí me paso al Gin-tonic y acabo charlando con un par de chicas Erasmus. Estoy tan borracho que me retiro. Dejo el taxi ahí y busco otro que me lleve a casa. Ya en la cama (las tres de la madrugada) veo en la tele una tertulia literaria entre pedantes que te cagas hasta que caigo rendido.

Nota: Esta es mi vida. No paro ni un segundo para no pensar. Porque si tuviera tiempo para pensar en cómo la cagué con Beatriz, o en quién soy, o por qué escribo, o para qué sirve la literatura, o qué pinto yo o cualquiera en este mundo (como hacen los filósofos o los poetas), me acabaría pegando un tiro en la cabeza. Y no quiero.

After hours

Salí de casa con la intención de trabajar, lo juro, pero no sé qué le pasó al cartel del taxi (se quedó atascado, sin poder girarlo, con el LIBRE hacia la calle y el OCUPADO hacia dentro) y, claro, interpreté la avería como una señal (que mi interior se mantuviera ocupado en sus asuntos, o algo así). Por eso acabé (sin siquiera haber empezado a nada) en aquel After Hours, más fresco yo que una rosa y rodeado de crápulas desorientados, coleccionistas de relojes rotos y demás fauna sin flora en las venas.

Como no servían café a esas horas de la mañana pedí un cubata con servilletas y boli, por si las musas. Pagué con un billete enrollado y, boli en ristre, me dispuse a describir el horizonte en verso y rima asonante, en consonancia con el deep house de mis oídos.

Tuneé en palabras (de transcripción servilleta-post ilegible ahora, sobrio ya) el censo de los siguientes: 5 cuarentones solitarios tratando de ligar con la misma camarera, 3 pasaos de todo bailando en cada esquina (con sus mandíbulas a pie de pista), 2 estudiantes varones en celo (¿cómo habrán acabado, a las 12 de la mañana de un miércoles, en este decrépito lugar?), tres jovencitas mayores de edad por los pelos y un maromo con pinganillo adjunto entrando y saliendo del baño cada 15 minutos.

Quince versos después se me acercó una chica, con aire cándido, y me dijo:

– ¿Qué escribes? ¿la lista de la compra?

– No. Trabajo en un diario, en la sección de necrológicas. Me estaba inventando la vida de un par de muertos.

– Vaya.

– ¿Te apetece morir de mentira y ocupar, mañana mismo, un octavo de página impresa a nivel nacional?

– Suena divertido.

– Dime tu nombre.

Me dio su nombre completo y sus sueños:

– Siempre he querido tener mi propia cadena de peluquerías caninas.

– ¿Eres peluquera de perros?

– No. Soy puta. Si quieres que vayamos a tu casa, cobro 100€ por hora.

– Bien. Si tú quieres que publique tu sueño en vida y tu muerte falsa, cobro 100€ por esquela.

La chica se marchó y yo me pedí otro cubata y continué con mis versos hasta bien entrada la tarde, o la noche. No recuerdo.