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Elegido Mejor Blog 2006.Ya lo dijo Descartes: ¡Taxi!, luego existo...

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Mucho Más Que Todo (Capítulo XI y final)

Ya sé que hay ciertas mentiras que no se sostienen, pero a veces el miedo al rechazo puede más que la verdad, sobre todo si el amor te nubla el juicio. Eva quería tener un hijo mío y yo era estéril, lo sigo siendo, y ahora sé que hice mal por no decírselo o acudir con ella al doctor Rubio y enseñarle las pruebas. Ahora me arrepiento pero tuve que seguir con la mentira, fomentar su ilusión marcando en el calendario sus días fértiles, intentándolo con ahínco. De hecho, nunca llegué a sentir tanto amor como en aquellos días, cuando Eva me decía “hoy toca” y empezaba a darme besos por el cuello y a abrazarse fuerte contra mí. Y así estuvimos seis meses: ilusionada ella y yo sintiéndome horrible en secreto.

Pero hoy, esta misma mañana, estaba yo desayunando cuando Eva, de repente, se ha acercado sigilosa por detrás y cerrándome los ojos me ha soltado: “Buenos días… papá”, y al abrirlos me ha enseñado un test de embarazo con sus dos líneas rojas perfectamente marcadas, joder: POSITIVO. Eva estaba feliz y quería abrazarme, así que me volví hacia ella y la abracé, y con la voz temblando no pude más que decirle al oído: “Enhorabuena, mi amor. Por fin lo conseguimos” mientras mi vida se hacía añicos.

Y juro que llevaré mi secreto a la tumba, y espero que Eva también se lleve el suyo a una tumba contigua a la mía. Tendremos ese hijo y seré el mejor padre de un niño que no llevará mis genes. Porque la quiero. Aunque ya no la conozca, aunque me haya mentido. Quiero a Eva por encima de mucho más que todo.

(FIN)

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Todos los capítulos de la blognovela Mucho Más Que Todo aquí.

Mucho Más Que Todo (Capítulo X)

Me lo dijo Moncho Estribano hará un par de veranos y todavía me acuerdo: “El dinero es el mejor de los aislantes. Compra sentimientos de culpa; compra distancia”. No le falta razón, pero semejante afirmación está incompleta. Hay algo aún más poderoso que el dinero. Me refiero al poder en sí mismo.

Cuando el presidente del Gobierno asegura que ganaría más dinero en el sector privado, o en este caso recuperando su plaza de Registrador de la Propiedad, está diciendo la verdad. Un presidente del Gobierno, por muchos sobres en B que perciba aparte de su sueldo, gana en comparación bastante menos dinero que muchos empresarios o altos cargos de grandes empresas. Sin embargo lo que no dice es que su ambición no es tanto el dinero como el ansia de poder. Me refiero a la sensación de control absoluto sobre los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado, a modificar leyes a golpe de decretazo, a gestionar un presupuesto mayor que el de cualquier empresa, a ser recibido en cualquier país con honores de Jefe de Estado, pero sobre todo me refiero a influir de forma directa en el día a día de más de cuarenta millones de almas. Ese poder jamás lo conseguiría en ninguna empresa privada, ni mucho menos ejerciendo de Registrador de la Propiedad. Es el máximo exponente de eso que llaman la erótica del poder, o el ego a gran escala.

Pero a menor nivel también se puede llegar a ejercer un poder brutal. Un presidente de diputación, por ejemplo, como es el caso que me ocupa. Trabajando en la sombra para él, me he dado cuenta de la enorme maquinaria que maneja. Primero, controlando los más influyentes medios de comunicación inyectando grandes sumas de dinero público en publicidad institucional (comprando a los medios te ganarás a una buena parte del electorado). Pero también, manejando a jueces, a fiscales, a empresarios o a banqueros. Absolutamente nada se escapa a su control. Y por si fuera poco, me tiene a mí espiándolos a todos, ganándome la confianza de los que comen de su mano a base de venderles droga de calidad. A mí, a su propio hijo del cual reniega en público. Apenas nadie sabe que él es mi padre. Pero yo, en fin, le quiero.

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Mucho Más Que Todo (Capítulo IX)

Vendiendo coca de calidad a mi selecta cartera de clientes gano una media de 20.000 euros limpios al mes (libres de impuestos, claro) más otros 10.000 por filtrar al Jefe información privilegiada. De esos 30.000 euros blanqueo 5.000 a través de mi taxi y el resto lo voy guardando en cajas fuertes, en dobles fondos y en escondites varios. No me gustan los lujos, no me gusta el dinero, pero el miedo a no tenerlo supera todo lo demás: me refiero al temor de no tener para comer, de no poder darle un futuro próspero a mis hijos (si es que Eva y yo conseguimos tenerlos), o que el banco me acabe echando a patadas de mi propia casa.

¿Y la ética?, te preguntarás. ¿Qué ética?, ¿acaso vivimos en un mundo ético? ¿Acaso esta es una crisis ética? ¿Acaso el hambre o la incertidumbre entienden de ética? Sólo un dato: de mis 136 clientes cocainómanos, al menos 110 han aumentado sus beneficios en plena crisis: yates más grandes, coches más caros, fiestas cada vez más locas. Me refiero a banqueros, a inversores, a políticos, a los mayores empresarios de este país. Incluso a miembros de la Conferencia Episcopal. Pregunta a cualquiera de esos séis millones de parados si se cambiarían por mí, si se cambiarían por un camello que, en cierto modo, se dedica a envenenar gramo a gramo a los causantes de esta crisis, a los mismos que les llevaron al paro, a la ruina. Un camello que cuenta con la protección de el Jefe en la sombra de policías y jueces. Imagina las ventajas de vender droga a indeseables sin los peligros que conlleva traficar con sustancias ilegales. Imagina, a su vez, que encontraste a la mujer de tu vida y tienes con ella un proyecto en común en un contexto y en un mundo que no has elegido.

Vuelvo a repetir la pregunta, ¿te cambiarías por mí?

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Mucho Más Que Todo (Capítulo VIII)

Aún no lo había dicho, pero creo que es importante para entender los entresijos de nuestra historia de amor: Eva es dermatóloga. De hecho, fue precisamente Eva quien me curó las quemaduras que me hice al intentar apagar aquel incendio que yo mismo provoqué por ella, o para ella (cierto es que se me fue de las manos: ella me pidió fuego para encenderse un cigarrillo y yo quemé un bosque). Ya os conté ayer que por culpa de aquel incidente me detuvo la policía, y que pasé toda la noche en el calabozo aunque feliz por haber conocido a Eva, pero también por haber conseguido cumplir su primer deseo de todos los que vinieron después. El amor es eso, supongo: querer dar más de lo que recibes.

El caso es que al salir del calabozo (con cargos), las quemaduras en las palmas de mis manos me seguían doliendo horrores, así que fui directo a urgencias. Después de pasar un primer reconocimiento, el médico de guardia me derivó a un especialista. El especialista resultó ser Eva, que apareció por el pasillo con su bata blanca y unas gafas de chica lista que no llevaba el día anterior. Al verme sonrió, pero trató de guardar las formas hasta que pasamos a su consulta.

Eva cerró la puerta tras de mí, y sin mediar palabra, me abrazó. Yo también la abracé a ella, apretando mis manos quemadas contra su espalda, y en esa mezcla de dolor y placer entendí lo que estaba pasando, que el amor también es eso: confusión. Pero en pleno abrazo entró un enfermero en la consulta para decirnos que había trazas de un virus rondando por el hospital, y que al menos hasta que evaluaran el alcance, debíamos ponernos las mascarillas. El hombre nos tendió unas mascarillas, nos las pusimos, y al marcharse y cerrar la puerta, Eva volvió a acercarse a mí y me besó. Ese fue nuestro primer beso; sin notar los labios del otro, ni mucho menos las lenguas: sólo el calor de su mascarilla pegada a mi mascarilla, sólo el sabor de su aliento a través de una fina tela aséptica.

Y a pesar de esto, aquel fue el beso más sentido que me habían dado nunca.

Después del beso Eva me curó las heridas. Todas. Y hasta hoy.

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Mucho Más Que Todo (Capítulo VII)

Desde el 13 de abril de 2009 vivo instalado en un sueño del que espero despertar después de muerto o cuando muera Eva y yo me mate, lo que antes llegue. Aquel día, para que entiendas lo que intento decir, salía yo del Green´s Club cuando me crucé con Eva por primera vez, la tímida y cálida y eterna Eva de espaldas a mí, tocándome en el hombro para llamar mi atención. Me di la vuelta y no pude evitar quedarme clavado en sus ojos, y en sus labios, y en sus ojos, y en sus labios, como víctima de un bucle del que no quería salir por miedo a perder detalle. “Perdona, ¿tienes fuego?” recuerdo que me dijo. Y recuerdo también que no conseguí articular palabra, por eso al rato volvió a preguntarme lo mismo: “¿Tienes fuego?” señalándome, esta vez, el cigarro que llevaba entre los dedos. Yo no tenía fuego, nunca he fumado, pero no podía dejar escapar esa oportunidad, así que hice un gesto con la mano, ¡espera!, y crucé corriendo la calle hasta adentrarme en una pequeña arboleda. Busqué por el suelo un par de palos pequeños, tomé asiento apoyado en un árbol, y sin dejar de mirarla como a unos diez metros de distancia, me dispuse a frotar los palos, girando fuertemente un palo sobre el otro, tal y como había visto en las películas. Atenta a mis movimientos, Eva se echó a reír. Luego vi cómo otro hombre se le acercaba con un mechero en la mano, pero Eva lo rechazó, señalándome desde el extremo opuesto de la calle: prefería esperar y encenderse el cigarrillo con mi fuego.

Me costó, pero al final conseguí la fricción necesaria para que el madero echara chispas y prendiera. Luego, soplando suave para mantener la llama, crucé la calle con el palo entre las manos y se lo acerqué haciendo pantalla con la mano hueca. Eva se llevó el cigarro a la boca y, fascinado por su forma de encajar el cigarro entre sus labios, se me ocurrió decir: “Me acabas de recordar a Amstrong clavando su bandera en la luna”.

Pero en esto Eva asomó la cabeza por encima de mi hombro, abrió los ojos como platos y gritó: ¡FUEGO! Me di la vuelta y comprendí que, con los nervios, había dejado olvidado el otro palo también incandescente sobre un manto de hojas secas que ahora ardían cada vez con más furia. Así que volví a cruzar la calle e intenté apagarlo con los pies y con las manos (de hecho, acabé con serias quemaduras en las palmas y en las rodillas) sin apenas resultado: el fuego continuaba extendiéndose imparable.

Al final vinieron los bomberos. Y vino también la policía. Y pasé la noche en el calabozo sin poder dormir, pero soñando.

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Nota: Lo que vino después nos unió para siempre. Mañana, si gustáis, os lo cuento.

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Capítulos del I al VI aquí.

Mucho Más Que Todo (Capítulo VI)

-Todas putas, querido amigo. O al menos la gran mayoría. ¿Crees que Claudia se fijó en Fermín Baeza, o más bien EN EL PATRIMONIO de Fermín Baeza? ¿te imaginas a Claudia, exmodelo de 32 años, casada con un viejo feo, gangoso, sin carisma y… sin dinero? ¿Por qué no empezamos a llamar a las cosas por su nombre y nos dejamos ya de tanta hipocresía? Claudia es puta las 24 horas del día, y punto. Eligió ser puta. Y ¡ojo!, no me malinterpretes, que a mí me parece estupendo, ¿eh? Bien por Claudia y bien por Fermín. En cierto modo los dos salen ganando, ¿no crees? Ahora bien, ¿resulta imprescindible ser guapo, o atractivo, o talentoso, para conquistar a una mujer? Obviamente, NO. ¿Quién tiene el poder entonces? ¿Por qué se jactan las mujeres de tenernos dominados si al final las más guapas, es decir, las que pueden, acaban comiendo de la mano del dinero? ¿de qué te sirve a ti machacarte en un gimnasio si la auténtica finalidad de ese esfuerzo podría resolverse a golpe de talonario?

Héctor vuelca la papelina sobre la mesa de cristal y se dispone a preparar otra raya..

-Ya sabes a qué me refiero -prosigue-. Un chico guapo, que se cuide y domine el arte de la seducción, podrá tener cierto éxito con las mujeres, no lo dudo. Irá a una discoteca y si la cosa pinta bien, después de todo el ritual de acercarse, seducir, convencer, etcétera, tendrá más o menos posibilidades de acabar ligando con alguna tía buena. Ahora bien: si ese mismo chico, o más feo incluso, llega al club de moda en su Ferrari y lo aparca en la puerta, sólo tendrá que esperar. Antes de acabarse la primera copa ya tendrá a sus pies a la misma tía buena que el otro chico, el guapo sin pasta, tuvo que trabajarse durante horas. ¿Y entonces, qué? ¿Quién tiene realmente el poder?

Esnifa la raya del tirón y continúa:

-Pero lo más curioso de todo es que el resto de las mujeres, las que dicen no ser como ellas, las que van de dignas, en el fondo envidian a las putas vocacionales. No hay más que ver el éxito que tienen las revistas del corazón, que no son más que catálogos de putas vocacionales cuyo único mérito es el de haber conseguido enganchar al millonario de turno. Y verás a esas otras putas frustradas en la peluquería, en la consulta del dentista o en la sala de espera del veterinario, ojeando esas revistas con los ojos como platos, muertas de envidia en secreto. ¿Y qué decir de los cuentos de hadas? Eso sí que es mitificar a las putas. Cenicienta es lo más reputa que ha parido Disney. O pregunta, por ejemplo, a cualquier mujer joven que conozcas cuántas veces ha visto Pretty Woman y te darás cuenta de lo que hablo. Por cierto, ¿has visto Una Proposición Indecente? Incómoda peli para muchas, ¿no crees?

-¿Y el amor?, ¿dónde queda el amor? -le interrumpo.

-¿Estás de guasa? El amor es mercancía. El amor se mide en quilates.  No me seas ingenuo, por el amor de Dios, y véndeme otro gramo.

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Mucho Más Que Todo (Capítulo V)

¿Quieres un consejo? Pierde toda esperanza. No tengas miedo de perder toda esperanza. A lo largo de la historia sólo los hombres excepcionales han conseguido cambiar las cosas, pero tú no eres un hombre excepcional. Y yo, por supuesto, tampoco. De hecho, ya no hay hombres excepcionales, ya no hay héroes. Es la gran trampa del siglo XXI: nos hacen creer que podemos cambiar las cosas porque lo hemos visto en televisión: pueblos enfurecidos derrocando gobiernos. Cae el régimen y al final resulta que nuevos líderes acaban siendo más de lo mismo en un bucle infinito. Estoy pensando en Siria, estoy pensando en Egipto. Así que olvídate de intentarlo siquiera. Pierde toda esperanza de cambio y, sobre todo, no te sientas un traidor si algún día acabas comiendo de la mano del sátrapa. Se llama conformismo, se llama paz interior. Cuestión de prioridades.

Pierde toda fe en la raza humana y amarás como nunca antes habías amado. Piensa en la belleza de una flor crecida en el fango. Piensa en el ejemplar único en su especie, piensa en la química, piensa en la rareza. Pierde toda esperanza de cambiar una mierda y céntrate en la chica. Refúgiate en ella y te sentirás libre.

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Mucho Más Que Todo (Capítulo IV)

Esto es lo que me encuentro al entrar en la residencia de verano del empresario Rodolfo Bato: salón minimalista de unos 200 metros con vistas al acantilado y en el centro del salón, una silla de árbitro de tenis sobre una enorme alfombra con velas derretidas alrededor, varias cuerdas anudadas a la escalera de la silla de tenis, dos mordazas, una caña de pescar de juguete con un billete de 50€ enganchado a su anzuelo y dos pistolas de paintball. A la derecha, sobre un sofá de piel, duerme una chica joven (rastas, piercing en el labio y la nariz), completamente desnuda con manchas de pintura roja en la espalda y en los muslos y amarilla en los glúteos, como si alguien hubiera pretendido disparar sobre ella cartuchos de pintura emulando los colores de la bandera de España.

Como no veo a Rodolfo por ninguna parte, subo por la escalera de cristal hasta la segunda planta. Abro una puerta (despacho vacío con cabezas de jabalíes en las paredes), otra puerta (habitación rosa con motivos infantiles en cuya cama, rodeado de peluches, me encuentro a Blas Rodrigo, actual consejero de Medio Ambiente, dormitando abrazado a un hombre joven, de color, que reconozco de venderme DVDs en el top manta de la plaza de la Marina), tercera puerta (cuarto de baño con jacuzzi y sauna). Abro una cuarta puerta y ahí está Rodolfo, en batín de seda, arrodillado delante de un pequeño altar con un Cristo en madera policromada de aspecto antiguo. Al notar mi presencia se gira y me hace una señal para que le espere fuera. Cierro despacio. Dos o tres minutos después sale, se seca las lágrimas o el sudor con la manga del batín, me da unas palmaditas en el hombro y me dice:

-Blasco, gracias por venir tan rápido.

-No hay problema. ¿Satisfecho con la mercancía? -le pregunto.

-¿Bromeas? Es la mejor coca que he probado nunca, amigo. Realmente sublime. Pero nos quedamos cortos. Calculé mal.

-¿Cuánto quieres esta vez?

-Hombre, yo supongo que con tres o cuatro gramos bastará. Aún me queda mucho que celebrar. Por fin conseguí meterme a Blas en el bolsillo. Por cierto, ¿lo has visto?

-Sí. Le vi sin querer en esa otra habitación. Estaba dormido.

-Por mí como si está muerto, que Dios me perdone. Anoche firmamos lo de las aguas residuales, así que ya está. Misión cumplida. Y en parte gracias a ti. Tu coca le hizo enloquecer. Tenías que haberle visto: Estaba como poseído, el cabronazo…

-Vaya… me alegro de veras, Rodolfo.

-Un millón doscientos mil al año durante los próximos tres años por gestionar las aguas fecales. ¿Te lo puedes creer?

-Fantástico. Enhorabuena -le digo mientras saco del bolsillo cuatro papelinas.

-Oh, genial. Espera.

Vuelve a entrar en el pequeño santuario y al instante sale con un billete de 500 en la mano.

-¿Tienes cambio? -me pregunta.

-Por supuesto.

Ya en mi taxi, camino a casa, llamo al secretario del Jefe:

-Rodolfo ganó la concesión. Un millón doscientos por tres años.

-Querrás decir novecientos mil por tres años. El pliego del concurso era… de novecientos mil -me dice el secretario.

-No. He dicho bien: un millón doscientos mil.

(Silencio largo).

-Ok -me dice.

Y cuelga.

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Capítulo I

Capítulo II

Capítulo III

Mucho Más Que Todo (Capítulo III)

(CAPÍTULO BESADO EN LECHOS REALES)

Acabamos de hacer el amor y ahora Eva descansa con el cuerpo de lado, de espaldas a mí. Me asomo por encima de sus curvas como un niño curioso y veo que está trasteando con su móvil, ojeando Twitter. Me dice que esta misma tarde se han concentrado miles de manifestantes en distintas sedes del PP, a modo de protesta pacífica, y que en estos momentos lo están tuiteando bajo el hashtag #barbacoaconstituyente. Me dice que es necesario que el gobierno caiga, que no sabe si este tipo de protestas de carácter festivo son la fórmula, o si existe alguna fórmula efectiva que no implique el uso de la violencia.

-No es tan fácil derrocar a un gobierno. Detrás de todo gobierno hay poderes ocultos que no van a permitir que sus planes se trunquen por un puñado de exaltados. Demasiados intereses -digo tumbándome de nuevo.

Por supuesto, Eva no sabe para quién trabajo. Sigue creyendo que sólo soy un taxista metido a camello que distribuye coca de calidad a millonarios viciosos. No le gusta que trate con esa gente, no le gusta esa gente y no le gusta lo que hago, pero sigue creyendo que será algo temporal; que en cuanto se quede embarazada de mí dejaré el negocio y empezaremos de cero en otra parte. El problema es que, al menos por ahora, no puedo dejarla embarazada. Tampoco puedo dejar esta vida (ya que, en cierto modo, yo también formo parte de ese entramado de poderes ocultos). Y sería muy complicado explicárselo. No lo entendería.

Pero todos tenemos secretos aunque ella no los demuestre. Eva es translúcida en lo que respecta a su presente. Y a su pasado. Me refiero, por ejemplo, al tatuaje en forma de estrella que luce en su omoplato izquierdo. Nunca ocultó que se lo hizo en tiempos de su anterior marido, y que su exmarido tiene otro tatuaje idéntico pero en su omoplato derecho, representando ambos el equilibrio cósmico: dos estrellas que lucirán por siempre a pesar de la distancia. Fingí que no me importaba, que aquel tatuaje era cosa del pasado, pero cada vez que lo miro como lo estoy mirando ahora, no puedo evitar pensar en ese otro tatuaje idéntico que seguirá ahí por siempre allá donde se encuentre el tal Oscar de las pelotas. Juro que le mataría sólo por descompensar el cosmos que ellos dos unieron y no soy capaz de olvidar. ¿Cómo olvidarlo si duermo abrazado a esa estrella cada noche; mi piel pegada a esa estrella CADA NOCHE? Insisto, ¿cómo olvidarlo?

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Mucho Más Que Todo (Capítulo I)

Mucho Más Que Todo (Capítulo II)

 

Mucho Más Que Todo (Capítulo II)

Estoy en la terraza del Tona con la mirada fija en mi zumo de pomelo con arándanos -que apenas he probado- mientras Carla, mi terapeuta, le da el último sorbo a su tercer dry martini. De fondo suena el nuevo single de Daft Punk. Hace un calor espantoso. Carla le enseña la copa vacía a la camarera, enciende otro cigarro, echa el humo rápido y continúa hablándome de la a-som-bro-sa gama de colores de la nueva colección de bolsos Loewe.

-Por cierto -prosigue Carla-, ayer se presentó en mi consulta, sin cita ni nada, la nueva mujer del tipo este… ¿como se llama? El constructor de las dos torres nuevas del puerto….

-Fonseca. Víctor Fonseca.

-¡Ese! Muy mona, por cierto. Se da un aire a Letizia. El caso: entra en mi despacho, se sienta medio llorando, y va y me dice que necesita mi ayuda. Que de un tiempo a esta parte le ha dado por entrar en todos los servicios públicos que se encuentra con la única intención de, atención al dato, ¡robar las escobillas de los retretes! Te juro que me quedé muerta. ¡Se guarda las escobillas en el bolso y luego se las lleva a casa! ¿te lo puedes creer? Algo así como una mezcla de cleptomanía rara y Diógenes, ¡virgen santísima!

-Carla.

-No sé ni por dónde empezar con ella.

-Carla -insisto.

-Dime.

-Ya han pasado veinte minutos y no has hecho más que hablarme de tus cosas.

-Somos amigos, ¿no?

-Soy tu paciente, Carla. Te pago para que me ayudes.

-Sí, sí, claro. Perdona. Ya sabes cuál es mi opinión. Deberías contárselo a Eva.

-¿Y si me deja?

-Eso aún no lo sabes. Tampoco estamos seguro si lo tuyo es reversible. Puede que sólo se trate de un bloqueo estacionario.

-No consigo eyacular, Carla. Eso no es ningún bloqueo.

-¿Acaso eres médico?

-No.

-Pues tranquilízate un poco y habla con ella.

-Ahora lo veo imposible. Eva ya ha dejado de tomarse la píldora, y está muy ilusionada con que tengamos un hijo.

En esto me suena el móvil. Es un Whatsapp. De Tamara López: “Perdona la prisa, pero me urge que vengas para tres pasajeros. Estoy en la casa de la playa”.

-Lo siento. Una urgencia -le digo a Carla mientras me levanto de la mesa.

-Entiendo. Llámame mañana y te hago un hueco.

Cojo su paquete de tabaco e introduzco con disimulo una papelina de un gramo en concepto de honorarios por la terapia. Le tiendo el paquete, nos damos un beso en la mejilla y me marcho.

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Mucho Más que Todo (Capítulo I)