A veces los temas de conversación en mi taxi saltan más rápido que los pasos del taxímetro. Ayer una usuaria y yo empezamos a hablar del tiempo y, no me preguntes cómo ni por qué, acabamos hablando de ropa interior femenina.
En el momento álgido de la conversación pregunté a la usuaria por qué las mujeres tienden a usar prendas sexys y conjuntadas aunque tengan la certeza de que nadie más que ellas caerán en la cuenta. El caso es que su respuesta me dejó fascinado:
-Nos gusta sentirnos guapas por dentro -me dijo sin dudarlo.
Guapas por dentro, pensé. Como si la ropa interior fuera una suerte de frontera entre dos mundos. Pero no se refería al interior psíquico o a lo que otros llaman alma, sino a ese intermedio oculto entre la ropa y la piel. Dos franjas envueltas en papel de regalo alrededor de las cuales gravita todo hombre. Un peaje en la sombra, un secreto que tapa otro secreto. Caminar por la calle sabiéndose, sólo ellas, guapas por dentro mientras sienten el roce íntimo de esas precisas prendas.
Repito: fascinado.







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