Archivo de la categoría ‘Edición impresa’

Guapas por dentro

17 junio 2013

guapa dentro

A veces los temas de conversación en mi taxi saltan más rápido que los pasos del taxímetro. Ayer una usuaria y yo empezamos a hablar del tiempo y, no me preguntes cómo ni por qué, acabamos hablando de ropa interior femenina.

En el momento álgido de la conversación pregunté a la usuaria por qué las mujeres tienden a usar prendas sexys y conjuntadas aunque tengan la certeza de que nadie más que ellas caerán en la cuenta. El caso es que su respuesta me dejó fascinado:

-Nos gusta sentirnos guapas por dentro -me dijo sin dudarlo.

Guapas por dentro, pensé. Como si la ropa interior fuera una suerte de frontera entre dos mundos. Pero no se refería al interior psíquico o a lo que otros llaman alma, sino a ese intermedio oculto entre la ropa y la piel. Dos franjas envueltas en papel de regalo alrededor de las cuales gravita todo hombre. Un peaje en la sombra, un secreto que tapa otro secreto. Caminar por la calle sabiéndose, sólo ellas, guapas por dentro mientras sienten el roce íntimo de esas precisas prendas.

Repito: fascinado.

Lectores imaginarios

10 junio 2013

¿Crees que tu vida daría para una novela? Si comprimieras, por ejemplo, tus últimos diez años en trescientas páginas, ¿crees que tu historia conseguiría captar la atención del lector? Yo creo que depende de dónde sitúes el foco (y por lo tanto, de lo alargada que sea tu sombra).

Hay gente, por ejemplo, que vive desdoblada, como si realmente creyera que una cámara invisible le acompaña las 24 horas del día y actuara más para esa cámara que para sí mismo. Gente que se sube en mi taxi y le da más importancia al concepto que yo, como taxista anónimo, pueda tener de sus gestos o de lo que dice que a su propia mismidad; gente que se siente permanentemente observada y por consiguiente actúa o incluso sobreactúa. De hecho luego salen del taxi, se ajustan la corbata o se colocan la falda, y continúan inversos en su función atentos al escrutinio del viandante.

Esa gente vive por y para sus lectores imaginarios porque en el fondo cree que su vida merece captar el interés de los demás; sin embargo, ha perdido la noción del conjunto, el concepto de empatía, los matices más allá de sí mismos: su novela, en fin, sería un auténtico fracaso.

Resentidos

03 junio 2013

Me sobrevino a la vez una otitis y la alergia primaveral de todos los años. Fui al médico y me recetó un colirio para la alergia y unas gotas para la otitis, así que compré en la farmacia los dos botecitos, me eché las gotas y salí a trabajar con mi taxi.

El caso es que, casi de inmediato, comencé a sentirme raro. Entró en mi taxi un usuario y, al decirme su destino, me sorprendió comprobar que en realidad le estaba escuchando con los ojos. Me giré hacia él y también comprobé que sólo podía verle a través de los oídos. Nervioso, cogí los dos botes y, en efecto, resultó que me había echado las gotas de los oídos en los ojos y viceversa. En cualquier caso, continué trabajando como si nada durante el resto del día.

Luego llegué a casa. Estabas dormida. Se me ocurrió mojarte los labios con un par de gotas para los oídos y yo mojarme los míos con las gotas para los ojos. Y al besarte pude ver y escuchar tus labios, y y en esa dislexia de sentidos te quise más que nunca.

En serio. Probadlo.

La locura es relativa

27 mayo 2013

arbol loco

Otro usuario de mi taxi me contó (en confianza, como todos) que oía voces en su cabeza. Pero no eran voces obsesivas, sino voces amables, cordiales: le daban consejos constructivos respecto a lo que hacer en cada momento. En este caso pensaba ir andando al psiquiatra, pero las voces de su cabeza le aconsejaron que mejor cogiera un taxi, que así llegaría antes e iría más cómodo.

De todos modos, por una razón o por otra, los consejos de las voces solían tender al consumismo, a gastar más de lo que podía permitirse e incluso a comprar objetos que no necesitaba. Hoy fue lo del taxi, pero ayer sus voces le llevaron a entrar en una tienda y comprar un wok, sin ser él nada de eso. Y el otro día compró una funda para móvil que ni siquiera era compatible con su móvil. Y un pastillero electrónico con memorias y alarmas que le costó una pasta. Y un dispensador de cerveza, aunque él sólo bebía refrescos y zumos.

Atento a esto, le dije que tal vez su cabeza captara la señal de la Tele Tienda y que esas voces eran, en realidad, infocomerciales, pero me miró como si estuviera loco.

Y en cierto modo no le faltaba razón. La locura, como todo, es relativa.

Enajenación ‘metal’

20 mayo 2013

Supongo que, como a muchos idiotas, tu mayor sueño es que te toque la Lotería. Pero no un pellizquito, no: el Gordo. A ser posible con Bote. O mejor: el Euromillón. Decenas de millones de euros así, de repente. De un día para otro. La probabilidad es mínima, pero imagina que tienes un golpe de suerte y te acaba tocando.

¿Y ahora, qué? ¿Qué harás con ese sueño? ¿Comprar una casa con siete habitaciones, quince cuartos de baño y piscina con forma de riñón? ¿Viajar a la Polinesia? ¿Tirarte en la playa, daikiri en mano, mientras piensas: “¡soy rico, dios mío, RICO!”? ¿Comprar todo aquello que te venga a la cabeza sin pasarlo por el filtro de la cordura o la estricta necesidad?

¿Comprar amor, tal vez?

laparra webCuéntale eso mismo a José Laparra, empresario de éxito y expresidente del Club Deportivo Castellón. Resulta que el tal Laparra llegó a pagar a una pitonisa 165.000 euros para que le hiciera un conjuro de amor. El tipo lo tenía todo, en fin, excepto a la chica. El caso es que el conjuro, al final (¡oh sorpresa!), no funcionó. La chica no se enamoró de él por mucho que Laparra se frotara el cuerpo con tierra de cementerio (¿?). Y al darse cuenta del fraude el empresario intentó recuperar su dinero (con la inestimable ayuda de unos amiguetes sicarios) y la Guardia Civil los acabaron trincando con las manos en la masa. Los cinco detenidos pasaron a dependencias judiciales imputados por diversos delitos (allanamiento de morada, amenazas con arma de fuego, extorsión y pertenencia a banda criminal, entre otros). Así que todo apunta a que el rico y exitoso empresario acabará con sus huesos en la cárcel.

Después de esto, ¿sigues pensando que el dinero te lo da todo?

Pues yo opino justo lo contrario: que el dinero, cuando tienes más del que realmente necesitas, te acaba volviendo rematadamente estúpido.

 

Dentro de otra piel

06 mayo 2013

Cuando te encuentras en pleno proceso creativo de una gran obra, novela en mi caso, todo acaba girando en torno a ella. Tratas de respirar como respira el protagonista, observas el mundo a través de sus ojos y actúas tirando del hilo de su lógica. En mi caso resulta más raro y complejo aún, ya que el protagonista que elegí conduce un taxi, y yo también conduzco un taxi.

Así que ahora conduzco mi taxi embutido en otra piel, y trato a mis clientes tal y como haría el protagonista de mi novela, un tipo excéntrico, un crápula, y me fijo y anoto las reacciones de mis clientes porque esas sí que son reales.

Lo malo es que algunas veces me meto en su piel hasta tal punto que no desconecto del todo.

No es fácil, por ejemplo, que mi novia asuma la afición del personaje por la mala vida, o que frecuente locales de dudosa reputación. Yo lo hago para documentarme, claro. La novela es lo importante. Y si llego borracho a casa, oliendo a perfume barato, no es por mí. No es culpa de nadie.

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Nota: Mi novia acabó contraatacando. Me dijo que ella, a su vez, estaba trabajando en otra novela protagonizada por una ninfómana sin escrúpulos. Lo raro es que, hasta ahora, no la he visto escribir ni una sola palabra, pero sale con más frecuencia que antes. En fin, que no sé cómo manejar este asunto. Se me va de las manos.

Te odio

29 abril 2013

Lo que ganaba como taxista y como escritor me lo gastaba viajando de bar en bar: vivía al día y bebía de noche. Entre tanto buscaba historias o excusas para escribir, caminando por esa extraña cuerda floja que separa la realidad de la ficción.

Colgaba mis textos en internet, también en el diario 20minutos, y recibía decenas de cartas y mails de chicas ansiosas por conocerme (y algún que otro hombre).

Quedé con algunas de esas mujeres, sí. No recuerdo el número. Las recogía en mi taxi y se sentían princesas por un día. Todas ellas, en el fondo, buscaban ser protagonistas de mis historias; querían leerse a la mañana siguiente en el diario más leído de España, recortar la columna y guardarla en su cartera junto a las fotos de sus sobrinos y las tarjetas de crédito.

Aquello duró años, la estrategia perfecta del perfecto ‘single’ con miedo al compromiso. Éxito, dinero, y un número de chicas impensable de no haber sido por mi faceta de escritor.

Pero entonces llegaste tú, la perfecta tú, la más bella de entre las bellas, y todas aquellas chicas sin nombre dejaron de apetecerme. Y tampoco frecuento los bares si no es contigo. Y en mi taxi ya sólo me fijo en los padres con hijos. Y en los notarios.

Te quiero pero te odio, quiero decir.

La princesa de Carabanchel

15 abril 2013

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Foto: “Princesa destronada” de sunset miami motel

Ayer una mujer viajó en mi taxi en principesca pose, sonriendo y saludando a la gente de la calle con la mano abierta y ligeros movimientos laterales de muñeca. Algunos viandantes se la quedaban mirando extrañados, pero ella seguía impasible, en silencio, sin parar de sonreír y saludar.

Viajamos de Carabanchel a Aluche, de su casa al dentista. Tal vez confundiera su casa real con la Casa Real, su familia real con la Familia Real, y mezclara, en fin, realidad con realeza y realeza con ficción. En cualquier caso, aquella burbuja que separaba su mundo de la plebe me resultó igual de paródico y absurdo que si de un miembro real de la Casa Real se tratara (valga la frase).

Como a mitad de trayecto paramos en un semáforo. Un hombre se acercó a mi taxi para pedir limosna y ella le saludó a través del cristal del mismo modo que al resto, con la misma sonrisa. El hombre me miró y me hizo un gesto como preguntándome si estaba loca; pero no supe qué responder.

Loca o no, la falsa princesa se sentía impasible, inmortal, ajena a todo. ¿Falsa?, pensé después. ¿Acaso hay princesas verdaderas?

Imaginaria

08 abril 2013

mili

Nada más montar en mi taxi el hombre se me quedó mirando un buen rato y al final me dijo:

-Tu cara me suena, ¿Victor?, la leche, ¡Victor! ¡hicimos la mili juntos! ¿no te acuerdas de mí? ¡soy Fonseca!

Ni que decir tiene que yo no soy Víctor, y además me libré del servicio militar por un error en mi informe psiquiátrico, pero aquel hombre parecía tan entusiasmado que decidí seguirle la corriente.

-¡Fonseca, qué sorpresa! ¿qué tal te va? -le dije imitando su mismo gesto.

Confirmada la coincidencia el hombre se soltó y pasó todo el trayecto solapando anécdotas de la mili (y yo asintiendo y sonriendo):

-¿Te acuerdas de aquella vez que nos tocaba imaginaria y tú te largaste con no sé qué tía y al final me arrestaron por encubrirte? Fue justo el finde que venía de visita mi mujer al cuartel, y me quedé sin verla. ¡Menuda putada!

-Sí, sí. Cómo olvidarlo…

Al llegar a su destino me pidió que aparcara el taxi y subiera a saludar a Merche, su mujer:

-¿Te acuerdas de Merche?

Tuve que decir que sí, claro, así que aparqué mi taxi y subí con él.

Lo raro es que al entrar en su casa, Merche también pareció reconocerme:

-¿¡Victor!? ¡No me lo puedo creer..!

Fonseca marchó un momento a la cocina y en esto Merche se acercó a mí y me dijo al oído que nunca olvidaría lo que pasó aquella noche. Luego me metió su número de teléfono en el bolsillo.

-Llámame. Por las tardes estoy sola.

Me marché antes de que saliera Fonseca. Confundido y sin embargo excitado.

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Nota: La tal Merche era preciosa.

 

Columna vertebral

01 abril 2013

(Post pensado y escrito en formato columna para la edición impresa del diario 20minutos)

espalda

Me duele esta columna. Sí, esta: la que lees ahora. Tal vez sea por tu forma de agarrarme, ondeando el papel. Es difícil mantener rectas, con ambas manos, unas hojas tan grandes y finas y evitar ese cúmulo de olas de mar impreso. O esas dunas. Sostienes este diario entre dunas porque tal vez imagines que la columna que ahora lees, o cualquier noticia, es un desierto. Pero lees con la esperanza de encontrar un oasis entre sus líneas, o un viento a favor que limpie de arena la verdad que esconde.

Recuerdo que, siendo niño, mis padres trataban de acostumbrarme a mantener la espalda siempre recta porque no era bueno curvar la columna, ya sabes, encorvar los hombros. Pasaron los años y ahora, en cierto modo, vivo de mi columna, y sufro cada vez que un usuario de mi taxi toma el 20minutos del asiento y me lee sujetando mal las hojas, sin hacer lo posible por mantener recta mi columna tal y como me enseñaron mis padres.

Mis padres, en fin, me educaron bien. Sois vosotros, lectores, los que me torcéis la vida.