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Quise salir temprano del camping y así aprovechar, 700 kilómetros después, la tarde en Madrid.
Activé el despertador del móvil (tuve que llamar a un amigo para preguntarle cómo se hacía) a las siete de la mañana, me acosté a la hora de los jubilados y en cuanto comenzó a sonar el politono del “Boys don´t cry” de los Cure, me levanté sin rechistar. Con dos cojones.
Cargué todas mis cosas en el taxi menos una: Estos 31 días me habían hecho madurar (conseguir el amor de una chica con brackets y sin embargo no follar con ella, sino con la puta Cruz, que un comisario de policía te de una paliza o perder al poker con unos moteros, curte a cualquiera), así que decidí hacer algo que supusiera un antes y un después en mi vida. Antes de cerrar con llave el bungalow, dejé mi patito de goma Made in Hong Kong sobre la cama.
Preparado para partir, metí la llave en el buzón de Leyna, entré en el taxi, le di al contacto, pero no arrancó. Volví a intentarlo dos, tres veces, pero nada. Se había quedado sin batería.
Tuve que esperar a que amaneciera Roger (las diez y media) para que me ayudara a conseguir una batería nueva, instalarla y poder marcharme. (¿Moraleja?: Va a volver a madrugar su puta madre).
Mientras llegaba la batería me tomé el último café en el bar de Leyna.
- Volverás – me dijo.
- Antes muerto - dije yo.
- Volverás – me dijo también Miss Fisher (sentada al fondo, con el Times abierto entre sus manos).
A cosa de las doce salí del camping. Cincuenta kilómetros después, sintonizando una radio musical cualquiera, comenzó a sonar una versión en directo, preciosa, del Nothing compares to you de la O´Connor y, no me preguntes por qué, de repente sufrí una de esas bajadas de tensión lacrimal con piel de gallina adjunta. Paré en la cuneta, me bajé del taxi, respiré hondo (o tan hondo como me permitieron mis alquitranados pulmones) y tomé asiento en el descampado aledaño.
Había hormigas siguiendo una senda, todas en fila, rodeando ahora el improvisado muro de mis zapatillas. En su lomo portaban fragmentos de lo que parecían ser restos de tela negra. Todas provenían del otro lado de un arbusto. Me acerqué al arbusto y ahí tirado encontré un tanga casi desmenuzado. Lo volteé con un palo y leí en su envés: “Ich liebe dich”.
Volví al taxi y en lugar de continuar mi camino di la vuelta en dirección al camping. Otros cincuenta kilómetros después aparqué en la misma entrada, entré en el bar de Leyna y dije:
- Devuélveme mi pato.
- Te dije que volverías…
- Quiero mi pato ¡ahora!
Leyna lo sacó del mostrador. Lo tenía ahí guardado, lo cual, a tenor de todo lo vivido aquí en estos últimos 31 días, no me extrañó en absoluto.
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