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Ni libre ni ocupado Ni libre ni ocupado

Elegido Mejor Blog 2006.Ya lo dijo Descartes: ¡Taxi!, luego existo...

Archivo de la categoría ‘31 días conmigo mismo’

Fin (de la primera parte)

simpulso

Sí, familia. Este es y será el último post del blog nilibreniocupado. Han sido más de ocho años escribiendo cada día, de lunes a viernes, ya hiciera frío o calor, lloviera por fuera o por dentro, o enfermo y con fiebre incluso. 1.917 textos en total, 115.894 comentarios  y 333 columnas publicadas conjuntamente en la edición impresa del diario más leído de España. O dicho de otro modo: más de 500.000 kilómetros al volante de mi taxi, buscando la anécdota perfecta que llevaros a este blog. Supongo que son cifras más que suficientes para demostrarme y demostraros que, una vez infectado por el virus de la literatura, siempre hay algo que escribir. Siempre.

Sin duda estos han sido los años más fructíferos en todos los sentidos de mi vida. Gracias a 20minutos, desde aquel 2007 que gané –sigo pensando que por error– el segundo certamen del concurso 20blogs, me ha ocurrido de todo y todo bueno. Desde publicar un libro de la mano de mi mentor Arsenio Escolar y acudir a Buenafuente a presentarlo, hasta dar conferencias por medio mundo invitado por el insigne Instituto Cervantes, o impartir talleres de creación literaria y literatura on line atestados de gente, o colaborar en grandes medios como La Sexta, RNE, Cadena SER (donde aún continúo) o incluso, por esos giros raros que da la vida, ejerciendo de tertuliano en El Gato Al Agua de Intereconomía TV. O acabar casándome con una lectora y ser con ella padre primerizo de la niña más estrictamente hermosa del globomundo.

¿Que por qué me voy? Supongo que necesito cambiar de hábitos. Son ya muchos años escribiendo y publicando cada día, casi al minuto, sin apenas tiempo para revisar lo escrito, perdiendo algunos textos el valor que merecían, y aun a riesgo de caer en el olvido, el cuerpo me va pidiendo otros formatos, o al menos escribir más sosegado, sin la prisa verborreica que hasta ahora me ha exigido el blog (o me he exigido yo, por qué mentiros). A parte del libro de relatos taxiales que estoy a punto de publicar (una suerte de selección ampliada y mejorada del blog con algún que otro texto inédito, a modo de guinda final de esta etapa), guardo desde hace tiempo un par de novelas a medio cocer que quiero, necesito, terminar. Así que, en cierto modo, no me iré del todo: sólo cambiaré de ropa.

Tampoco quiero ni puedo desvincularme de esta casa que tanto me ha dado, mi 20minutos del alma. Tal vez, algún día, ojalá, vuelva más fuerte y renovado por estos lares blogueros, tal vez con otro blog y nuevos aires.

Y poco más. No quisiera despedirme sin antes dar las gracias a todos aquellos que, de un modo u otro, han sido parte imprescindible de este blog. A Arsenio y a Virginia, por supuesto, a Melisa, Jaime, Chema, Victoria y demás familia veinteminutera, a mi tía Sonia (que me animó a presentar aquel primer blog al concurso 20blogs de 20minutos), a mi esposa Mariam (no hay suficientes terabytes en este mundo para explicarlo), pero también y en especial a esos miles de usuarios de mi taxi, protagonistas sin querer de tantas y tantas historias y, cómo no, a vosotros: sin vuestras visitas y comentarios, nada de esto habría sido posible. ¡GRACIAS!

De todos modos y a pesar de los pesares, iré contando mis progresos por las redes: en Twitter (@simpulso) y en mi página de Facebook.

Y sé que me arrepentiré de esto. Sé que en cuanto pulse el botón de publicar, no podré evitar soltar la lagrimilla y echar al instante de menos esa bendita rutina de escribiros y leeros cada día. Han sido muchos momentos buenos. Muchas, demasiadas, sensaciones imposibles de borrar. Sólo espero haber conseguido moveros algo por dentro alguna vez, una escamita del alma, lo que sea.

¡Hasta siempre!

31 días conmigo mismo (Día 31)

– CADA ORIGEN ES UN DESTINO AL REVÉS –

Quise salir temprano del camping  y así aprovechar, 700 kilómetros después, la tarde en Madrid.

Activé el despertador del móvil (tuve que llamar a un amigo para preguntarle cómo se hacía) a las siete de la mañana, me acosté a la hora de los jubilados y en cuanto comenzó a sonar el politono del “Boys don´t cry” de los Cure, me levanté sin rechistar. Con dos cojones. 

Cargué todas mis cosas en el taxi menos una: Estos 31 días me habían hecho madurar (conseguir el amor de una chica con brackets y sin embargo no follar con ella, sino con la puta Cruz, que un comisario de policía te de una paliza o perder al poker con unos moteros, curte a cualquiera), así que decidí hacer algo que supusiera un antes y un después en mi vida. Antes de cerrar con llave el bungalow, dejé mi patito de goma Made in Hong Kong sobre la cama. 

Preparado para partir, metí la llave en el buzón de Leyna, entré en el taxi, le di al contacto, pero no arrancó. Volví a intentarlo dos, tres veces, pero nada. Se había quedado sin batería.

Tuve que esperar a que amaneciera Roger (las diez y media) para que me ayudara a conseguir una batería nueva, instalarla y poder marcharme. (¿Moraleja?: Va a volver a madrugar su puta madre).

Mientras llegaba la batería me tomé el último café en el bar de Leyna.

– Volverás – me dijo.

– Antes muerto – dije yo.

– Volverás – me dijo también Miss Fisher (sentada al fondo, con el Times abierto entre sus manos).

A cosa de las doce salí del camping. Cincuenta kilómetros después, sintonizando una radio musical cualquiera, comenzó a sonar una versión en directo, preciosa, del Nothing compares to you de la O´Connor y, no me preguntes por qué, de repente sufrí una de esas bajadas de tensión lacrimal con piel de gallina adjunta. Paré en la cuneta, me bajé del taxi, respiré hondo (o tan hondo como me permitieron mis alquitranados pulmones) y tomé asiento en el descampado aledaño.

Había hormigas siguiendo una senda, todas en fila, rodeando ahora el improvisado muro de mis zapatillas. En su lomo portaban fragmentos de lo que parecían ser restos de tela negra. Todas provenían del otro lado de un arbusto. Me acerqué al arbusto y ahí tirado encontré un tanga casi desmenuzado. Lo volteé con un palo y leí en su envés: “Ich liebe dich”.

Volví al taxi y en lugar de continuar mi camino di la vuelta en dirección al camping. Otros cincuenta kilómetros después aparqué en la misma entrada, entré en el bar de Leyna y dije:

– Devuélveme mi pato.

– Te dije que volverías…

– Quiero mi pato ¡ahora!

Leyna lo sacó del mostrador. Lo tenía ahí guardado, lo cual, a tenor de todo lo vivido aquí en estos últimos 31 días, no me extrañó en absoluto.

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31 días conmigo mismo (Día 30)

– LA FAMILIA INGALLS –

Ahora me ha dado por observar no tanto a los campistas con los que he mantenido algún tipo de relación a lo largo de estos 30 días, sino a los que han sido sin estar, o han estado sin ser: los “to be or not to be”. Me refiero a esa familia de vascos (padre, madre y dos niñas de unos diez y doce años) del bungalow contiguo al mío que en todo este tiempo no se han relacionado con nadie externo a su núcleo familiar más allá de lo imprescindible. Nunca les he visto charlar con ningún otro campista, ni siquiera he visto a esas niñas jugar con otros niños en la piscina o en la playa, sino sólo entre ellas o con sus mismos padres.

A simple vista parece una familia normal. No se aburren. No paran de hacer cosas: montar en bici (tienen cuatro bicis de distintos tamaños), jugar al parchís o a las cartas o con la pelota, bucear con sus cuatro pares de aletas, construir castillos en la arena, leer (cada cual su libro pero siempre juntos, en sillas contiguas). No se les podría tachar de “antisociales” porque se relacionan entre ellos, saben compartir y comportarse. Sin embargo pareciera como si, para ellos, el resto del camping (y, por extensión, del mundo entero) no existiera.

Layna los llama “familia Ingalls” (en homenaje a La casa de la pradera). Dice que llevan años viniendo a este camping, siempre durante todo el mes de agosto, pero que apenas sabe nada de ellos. Sólo que son de San Sebastián (lo vio en el DNI del padre) y muy estrictos con su dieta y sus horarios: Acuden todas las mañanas al Market con una lista, compran lo que vayan a consumir ese día (mucha fruta y verdura; pescado los lunes, carne los martes… nada de conservas ni productos congelados), pagan con una sonrisa, siempre en efectivo, y se marchan. Luego se van a la piscina, nadan diez largos cada uno (ni uno más, ni uno menos), dan un paseo en bici y a las dos y media en punto vuelven a su bungalow. A las cinco se van a la playa hasta las siete, después leen sentados en el porche durante una hora, luego juegan al parchís o a las cartas y a las nueve y media se encierran de nuevo en su bungalow hasta la mañana siguiente. Así todos los días, con una minuciosidad que asusta.

Puede que esa actitud se deba a un exagerado instinto de protección de los padres hacia ellos mismos y también hacia sus hijas (ambas féminas; dato tal vez importante). No relacionarse con el exterior supone no sufrir decepciones ni ataques. Tener, por otra parte, unos horarios tan marcados y unas costumbres tan estrictas supone no pensar (la improvisación implica incertidumbre y la incertidumbre se escapa siempre al control de quien necesita tenerlo todo controlado, a salvo, virgen, aséptico).

Aquella familia es, sin lugar a dudas, mi completa antítesis. Pero parecen tan felices…

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31 días conmigo mismo (Día 29)

– EL PSICÓPATA Y LA LUNA –

Cabreado como estaba con la luna me acerqué a su franquicia más cercana, el mar, y con mi dedo amenazante en su reflejo, grité:

– No me hagas la ola, hija de puta. No te burles de mí. Aquí me tienes, cara a cara. Sí, sí; no mires para atrás: estamos solos. ¿Tiemblas ahora?, ¿eh?, ¿estás temblando de miedo? Are you talking to me? Acércate si tienes cráteres. Baja de una jodida vez y enfréntate a mí. Estoy hasta las pelotas de tus insinuaciones; eres falsa. ¡Mientes! Te crees especial porque inspiras a los incautos, pero yo no soy como ellos, no… A mí no me la pegas. No haces más que crecer y menguar, como una polla cualquiera. Ni siquiera luces por ti misma: chupas del sol. Eres corrupta y vaga… Y aunque no bajes para que yo mismo te dé tu merecido, te aseguro al final el cielo te pondrá en el lugar que te mereces. Caerás, farsante. Acabarás en la trena del Cosmos…

En esto, alguien me tocó el hombro. Pegué un salto.

– Tranqui, tranqui… que soy el Jota.

– Joder, qué susto…

– Oye… ¿te sobra alguna seta de esas?

– ¿Qué seta?

– Yo que sé. Peyote, o pastis, o lo que estés tomando. Menudo subidón, ¿no?

– No me he tomado nada – dije sentándome en la arena.

– ¡No jodas! ¿Le gritas a la luna así, de forma natural?

– Sólo me estaba desahogando un poco.

– Te entiendo… Puto camping… a mí también me ha ido de culo aquí.

– Ya. Lo de tu mujer, ¿no?

– Sí. Pero yo esas cosas las enfrento guay, no te creas.

– ¿No te afecta que se haya marchado?

– Tengo un método para que no me afecten esas cosas – me dijo.

– ¿Cuál?

– Disfrazarme de psicópata. Pero no de uno de esos psicópatas que matan, no… de los otros. Tú ya me entiendes.

– No.

–  Una vez vi un documental de La2 que hablaba del tema. Los psicópatas no sienten nada, tío. Digamos que… no empatizan con los demás. Tienen esa parte del cerebro anulada. A algunos les da por matar, pero no a todos. Otros son capaces de llevar una vida más o menos normal. Lo disimulan de puta madre, ¿entiendes lo que quiero decir?

– ¿Y cómo se disfraza uno de psicópata?

– Lo del disfraz no es más que una forma de hablar; una… metáfora de esas. 

– Vale, bien. ¿Y cómo se mete uno en la piel de un psicópata?

– Yo, por ejemplo, guardo siempre un hueso de cerdo en el bolsillo – sacó un pequeño hueso y me lo enseñó.

– ¿Un hueso de cerdo?

– Este no es el hueso de un cerdo cualquiera, tío. Este hueso tiene muchos años y mucha historia. Perteneció a un cerdo que mi padre sacrificó cuando yo era pequeño. ¿Has presenciado alguna vez una matanza de esas que suelen hacerse en los pueblos?

– No.

– Aquello me dejó traumatizado. Tendría nueve o diez años cuando lo presencié. Recuerdo que mi padre me hizo agarrar el cuchillo y me ayudó a clavárselo al animal. El grito de ese cerdo no se me olvidará en la vida. Como lo de Clarise en El Silencio de los Corderos, ¿recuerdas?

– Sí.

– Cuando trocearon al pobre cerdo mi padre me regaló este hueso como trofeo por mi primera matanza. Yo no quería tenerlo, así que lo enterré en el jardín de casa. Mi padre murió hace cinco años; entonces, no me preguntes por qué, me acordé del hueso y lo desenterré. Desde ahí lo llevo siempre encima, y cuando me pasa algo que me afecta lo aprieto fuerte y me creo un psicópata pero de los buenos, de los que no matan.

– Ya.

– Toma: agárralo fuerte y di en voz alta: “Vanessa me importa un huevo”. 

– Vanessa me importa un huevo.

– No, hombre. Ya sé que Vanessa te importa un huevo. Es mi mujer, no la tuya. Me refería a que dijeras el nombre de quien te esté jodiendo la vida ahora.

– Daniel: Me importo un huevo.

– ¿Tus problemas vienen de ti mismo?

– Sí.

– Eres un poco rarito, ¿no?

– ¿Habló el que guarda un hueso de cerdo en el bolsillo para dárselas de psicópata?

– Ya, pero a mí me funciona. ¿Te ha funcionado a ti también? ¿te encuentras mejor?

– La verdad es que sí – dije, sorprendido.

– Pues búscate tu propio hueso, tío. Este es mío.

Me quitó el hueso y se lo metió en el bolsillo.

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31 días conmigo mismo (Día 26)

– CADA DÍA MÁS NILIBRENIOCUPADO –

Pasan los días y cada vez estoy más perdido. Con 20 años tenía las ideas más claras o al menos creía saber lo que quería. Ahora, con 32 (y subiendo), las hostias de la vida, en lugar de curtirme, me han hecho débil, cobarde. Sólo follo con mujeres que quieren ser mi madre (o con damas que admiten VISA), lloro por nada y me cuesta reír antes de la quinta cerveza. Busco historias que luego se vuelven en mi contra (ayer me encontré aquel tanga de la alemana con la inscripción “Ich liebe dich” colgado en el pomo de mi puerta). Se me acerca la gente para contarme lo suyo (sé de Jota que acaba de separarse de su mujer, que lleva cinco años trabajando en una consultoría, que gana 1.200 brutos con dos pagas extra más otra de beneficios, y que el mes que viene se operará de hemorroides; él, sin embargo, aún no sabe ni cómo me llamo) o para darme consejos que no he pedido, o para sacarme el dinero que no tengo.

Y en mi teléfono móvil, nueve llamadas perdidas: 2 de Vodafone, 3 del banco, 2 de 20minutos y 2 de mi gestor. Y en el buzón de voz, un mensaje: “Soy Carlos, del taller. Ya tienes lista tu Kawasaki. Tenía yo razón: fallaban los inyectores. Puedes venir a por ella cuando quieras” (ni sé quién es Carlos ni tengo moto ¿?). Y en mi correo, 13 mails de gente que dice que me admira pero no me conoce, 2 amenazas de muerte, 3 mails de una viuda de 55 años y unos 90 kg (con fotos adjuntas en ropa interior) proponiéndome hacer un trío con Hugo (su perro), 1 mail de un tío que me ofrece 300€ por llevar mañana en mi taxi las cenizas de su difunto padre desde Alcobendas hasta un pueblo de Toledo (“mi padre te leía”, me dice; “sería un placer, pero mi taxi está cerrado por reforma”, le contesto), y otros 3 con propuestas de intercambios comerciales entre mi blog y otras webs (un sex-shop on-line de temática gay, un portal de productos macrobióticos y un centro para dejar de fumar).

Nada de poesía o demasiada poesía mal interpretada. Todo da vueltas o puede que sea yo. Me estoy volviendo loco o demasiado cuerdo o cada vez más nilibreniocupado.

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31 días conmigo mismo (Día 25)

– BIOPSIAR TU PROPIO CEREBRO –

Según dicen, los mejores historiadores de un país suelen ser precisamente extranjeros por esa visión objetiva implícita en su distancia. Así pues decidí alejarme del camping caminando por la playa y luego campo a través, hasta alcanzar lo alto de una loma desde donde se podía divisar toda su extensión: la entrada de acceso por carretera, las parcelas con tiendas y caravanas, los bungalows, la piscina, el Market, el bar de Leyna, los aseos y duchas y el camino hacia la playa. ´

Desde aquella loma el camping tenía la forma de un cráneo diseccionado, con sus dos hemisferios cerebrales perfectamente delimitados por el camino de asfalto:

En el hemisferio izquierdo (el del raciocinio) estaba, precistamente, el bar de Leyna, la lavandería, el bungalow de Miss Fisher y la parcela de unos catalanes que se pasaban el día haciendo sudokus.

En el derecho (el de los sentimientos) estaba mi bungalow, la parcela vacía de Beatriz, otras dos parcelas habitadas por cinco moteros que llegaron hace tres o cuatro días (anoche jugué al poker con ellos y perdí, por cierto), la piscina (el agua podría ser un derrame de mi materia gris) y el acceso a la playa.

Todo, en fin, encajaba a la perfección. Aquel camping de mis últimos 25 días era un cerebro en medio de la nada, tal vez el mío propio sacado de mi mismo cuerpo. Puede que mi estancia aquí no fuera casual, sino una oportunidad única para conocerme desde fuera, biopsiar mi propio cerebro con forma de camping, analizar las muestras extraídas y sacar conclusiones.

Nota: En esto me di cuenta de algo. El techo de todos los bungalows eran de color madera excepto el del mío. El techo de mi bungalow era el único negro. ¿Será un tumor? 

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31 días conmigo mismo (Día 24)

– LOSING MY RELIGION –

PLAY

Tra-ti-ta-to-tán… extiendo los brazos, me subo al colchón de espuma y comienzo a saltar… tra-ta-to-tán… la adrenalina inicia su ascenso desde el coxis a la nuez… tra-ti-ta-to-tán… cierro los ojos y sigo el punteo con la mano izquierda… tra-ta-to-tán… me aclaro la voz, ejeeem: Oooohh life… is bigger… no puedo gritar más alto… and you are not me… señalo con el dedo en chulesca pose el marco con las fotocopias del DNI de Beatriz… the distance in your eyes… le hago un corte de mangas al aire, me toco los huevos y pongo cara de malo… oh, no I´ve said too much… con la mano en el corazón, agarro la camiseta… That´s me in the corner… tiro fuerte de la camiseta. Se desgarra por la mitad… Losing my religion… vuelvo a saltar y me golpeo la cabeza con el techo del bungalow… oh, no, I´ve said too much… creo que se me han saltado los puntos de la cabeza. Me toco con los dedos: están manchados de sangre… I thought that I heard you laughing… me chupo los dedos ensangrentados simulando una felación. Abro la ventana y saco la cabeza: I think I thought I saw you try… le grito al camping entero.

Every whisper… vuelvo a saltar y me doy con el marco de la ventana otra vez en la cabeza…  Choosing my confessions… trato de agarrarme a la ventana pero pierdo el equilibrio; caigo fuera del bungalow… Oh no, I,ve said too much… sigo cantando ahora al aire libre y con los brazos en alto… Consider this… vuelvo a saltar, cojeando. Viene alguien con una linterna… The hint of the century… se acerca y comienza a manipular su teléfono móvil… I thought that I heard you laughing… le oigo decir: “¿Policía? Hay un hombre desnudo y ensangrentado…” But that was just a dream… “cantando y dando saltos”… that was just a dream… Se acercan más campistas… that´s me in the corner… me rodean en círculo. That was just a dream, dream…

Tí-ta-ta-to-tí-ta-ta-te-tonnn…. hago una reverencia. Silencio sepulcral.

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31 días conmigo mismo (Día 23)

– EL NECROETILICÓN –

Ya sin Beatriz alguna que llevarme a los labios (se marchó temprano, con los últimos grillos) el camping se me antojó un lugar inhóspito y triste. Paseando por el camino que daba a parar al bar me sentí pescador desorientado a orillas del Mar Muerto, Cobrador del Frac en el desierto, fresador recién jubilado.

Antes de alcanzar el bar me pasé por su parcela ahora vacía y me agaché, ya ves tú qué tontería, con la intención de acariciar las huellas recientes de los neumáticos de su caravana (las huellas, al tocarlas, se borran, pensé). Por un instante se me pasó por la cabeza seguir el rastro de esas huellas a cuatro patas, reptando mis narices cual sabueso hasta Madrid, pero entonces me acordé de algo que leí ayer; el comentario de un lector de este blog respecto al post del día 22:

Arck

“Rector” es un cargo muy grande… Quiero decir, que hay muy poquitos:

“Carlos Berzosa, de la Complutense; Javier Uceda Antolín, de la Politécnica; Juan Antonio Gimeno Ullastre, de la UNED; Virgilio Zapatero, de la Universidad de Alcalá; Daniel Peña, de la Carlos III; y Pedro González-Trevijano, de la Rey Juan Carlos. Sólo ha faltado el rector de la Autónoma, que precisamente hoy celebraba sus elecciones, tras la salida de su anterior rector, Ángel Gabilondo, hoy ministro de Educación.”

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Me costaba creer que la dulce y traviesa Beatriz andara manteniendo una relación sentimental con alguno de aquellos. Los Rectores suelen ser inaccesibles para cualquier estudiante universitario, más aún si ese estudiante no es más que una niña de 20 años recién cumplidos con pecas y brackets. No la imaginaba con un hombre sesentón o setentón de tal categoría, seguramente casado y con hijos o incluso nietos de su misma edad.

Pero ¿por qué habría de mentirme en algo así? Habría bastado con decirme que estaba con “alguien”, sin especificar su cargo. Ahora sólo tendría que buscar el nombre y los apellidos de Beatriz entre las distintas Universidades de Madrid para conocer cuál de ellos sería su amante Rector. ¿Carlos Berzosa?, ¿Virgilio Zapatero, quizás?

Aquello no tenía ningún sentido. Sin duda era una de, tal vez, tantas otras mentiras.

Entré en el bar y tomé asiento junto a la barra.

– ¿Café? – me preguntó Leyna.

– Sí… ¡No! Ponme una cerveza.

– ¿Te acabas de levantar?

– Sí.

– ¿No prefieres desayunar primero?

– No. Prefiero una cerveza, gracias.

– ¿Problemas?

– Sí. Supongo que sí.

– Parece que cada día tus problemas amanecen más temprano.

– ¿Qué has querido decir con eso?

– Digo que sólo prefieres la barra a una mesa cuando te preocupa algo. Sólo bebes cerveza o whisky en la barra, nunca en la mesa. Cada día te sientas en la barra más temprano. Apenas son las diez de la mañana.

– ¿Insinúas que invento preocupaciones como excusa para beber?

– No hablo de insinuaciones, sino de estadísticas. ¿Quieres que te haga una gráfica con los días que llevas aquí y las horas en las que has empezado a beber cada día? ¿quieres que te dibuje un ascenso al Everest? – me dijo Leyna muy seria.

– Sólo quiero que me pongas UNA cerveza.

– Sabes que no será UNA cerveza. Después de ESA cerveza vendrá OTRA cerveza, y luego OTRA, y luego pasarás al whisky.

– Puedo dejar de beber cuando quiera.

– ¿Te sirvo un café entonces?

– No. He dicho que puedo dejar de beber cuando YO quiera, no cuando quieras . Ponme una cerveza.

Por primera vez Leyna me sirvió una cerveza sin su correspondiente tapa de aceitunas. Sabía que aquel no había sido un descuido casual. Nada de lo que hacía Leyna era casual. La ausencia de tapa era su forma de castigarme, de recriminar mi actitud. 

Siete cervezas después (sin su correspondiente tapa) me acerqué al Market y compré siete latas de aceitunas. Ya en mi bungalow pensé en mis palabras derivadas de las palabras de Leyna: “¿Insinúas que invento preocupaciones como excusa para beber?”

Nota: Las aceitunas en soledad nunca saben como en los bares. Aunque sean las mismas.

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31 días conmigo mismo (Día 22)

– DESORIENTADO EN LA ORILLA DEL MAR –

A las 0:15 horas del sábado, estando yo en el bar ultimando la penúltima, recibí el siguiente SMS de Beatriz: Te espero dentro de 5 mins en la playa. Trae condones.

De aquel mensaje me llamaron la atención dos cosas: La primera, que no utilizara ese típico puto lenguaje abreviado que tanto detesto (cualquier otra, y más con su edad, habría escrito algo así como: T sxro n 5 min n l playa. Tre cndons). La segunda, lo de traer condones. Hasta ahora no habíamos pasado de los besos, las caricias y las miradas penetrantes pero cándidas, nada fogosas. Tampoco recordaba muy bien cuan sexuales eran las chicas de veinte años que yo acostumbraba a rondar tanto tiempo atrás, o si el Tuenti, los móviles de última generación y los anuncios de alargadores de pene habían roto esos tabues tan relativamente patentes en mi generación Spectrum. De todos modos, antes de acudir a la playa me pasé por mi bungalow y desprecinté mi optimista caja de 24 condones. Como aquella noche no había bebido demasiado, me vine arriba y cogí 4.

Beatriz estaba sentada en la arena, a escasos metros de la orilla. Lucía un vestido mínimo de tirantes, sin sostén, los pies descalzos y una esclava de plata en su tobillo izquierdo. A su lado yacía una especie de caza-mariposas.

– ¿Y eso? – pregunté señalando al palo con la red.

– Ahora lo verás. ¿Trajiste los condones?

– Sí.

Beatriz se levantó, se quitó el vestido (llevaba un tanga negro y sus pechos parecían suaves dunas coronadas por sendos rubíes pequeños y erectos), agarró el caza-mariposas y se lanzó al mar. Aquel gesto lo interpreté como una provocación sexual por su parte, una especie de juego erótico. Me desnudé yo también y seguí sus pasos.

Ya en el agua (se me antojó fría de cojones, lo cual no mermó mi creciente erección), me acerqué a ella con la intención de abrazarla, pero frenando mi impulso simpulso me dijo:

– Espera. No te muevas. Creo que he visto algo.

Mediante un rápido movimiento Beatriz cazó un pez con el caza-mariposas.

– Salgamos – me dijo ahogando la red con el pez dentro.

Ya en la orilla me pidió un condón.

– Llénalo de agua.

Tratando de disimular mi desconcierto cogí uno del bolsillo del pantalón ahí tirado, rompí el precinto, desenrollé el condón y me metí en el agua para llenarlo. Luego ella se acercó con el pez preso en la red, lo tomó por la cola, lo metió dentro del condón y le practicó un nudo con suma maestría.

– Toma. Es un regalo. Cuídalo. Que no se muera – me dijo.

Volvió a la orilla, se quitó el tanga, se tumbó y comenzó a restregar su cuerpo desnudo en la arena. Me tumbé a su lado y me acerqué a ella.

– No. Follaremos cuando yo lo diga – me dijo.

– Te quiero – dije yo víctima ahora de una erección dolorosa.

– Mañana regreso a Madrid.  

– ¿En serio?

– Me espera mi novio.

Me alejé de ella y dije:

– ¿A qué viene esto?

– Tranquilo. No le quiero. Es el rector de mi Universidad. Una larga historia. Llámame cuando regreses a Madrid.

– No me gusta este juego.

Me dio un beso en los labios, cogió su ropa y se marchó.

– Llámame, por favor… – me dijo.

Y ahí me quedé. Con la luna como único testigo, el mar rompiendo sus olas a mis pies y, colgando de mi mano, un ridículo pez dentro de un condón factor espermicida.

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31 días conmigo mismo (Día 19)

– AMOR EN CONSERVA –

Dormí sin Bea pero no sin su olor. También encontré un par de pelos suyos en la almohada que decidí pegarme en lo alto de la calva con cinta adhesiva. Abrí la ventana y el aire comenzó a mover los dos pelos de Bea sobre mi cabeza, bailando entrelazados, como si uno de los pelos fuera ella y el otro yo haciendo piruetas en el salón de baile de mi calva.

Tuve un sueño extraño: Los brackets de Beatriz estaban imantados y al besarme mi organismo se quedó bajo mínimos de hierro. Mi vena del cuello acabó pegada a sus dientes metálicos. En ese instante apareció Esteban, su padre, vestido de Cupido (mallas blancas, peluca rizada) con un arco y un falo enorme y negro haciendo las veces de flecha. Tensó el arco y lanzó el falo en mi dirección; me agaché y le dio a Bea en la cabeza. Bea comenzó a sangrar zumo de limón, y tras una breve y amarga agonía, se desplomó muerta entre mis brazos. “Al fin solos, mi amor”, me dijo su padre bajándose las mallas. 

Desperté sobresaltado. Aquel sueño demostraba que mi subconsciente aún no tenía demasiado claro lo mío con Beatriz. ¿Qué busco realmente en ella? ¿por qué cojones se me escapó aquella noche un “te quiero”? Soy de tequieros fáciles en momentos puntuales, y sé que en el instante de soltarlos necesito hacerlo. Sólo digo “te quiero” cuando lo siento, en esa misma fracción de segundo, sin pensar siquiera en sus consecuencias o en sus efectos a largo plazo. Puedo querer ahora, YA, pero sigo siendo incapaz de saber si querré mañana. No conozco la fecha de caducidad de ningún “te quiero”, le falta la etiqueta o el precinto de calidad, pero tampoco me puedo arrepentir de haberlo dicho, porque juro que no mentí al decirlo. Nunca miento cuando digo “te quiero” aunque deje de querer al minuto siguiente.

Sé quien soy y quién he sido, pero no tengo ni idea de quién seré. Afortunadamente…

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