Por la noche todos los taxis son pardos. Conduces como intentando evitarte por una ciudad que es mitad sombra y luz de plástico. Conduces tu taxi libre mientras observas los sonidos: las fachadas, los carteles, las parejas de la mano, los mendigos, las bocas de metro, el camión de la basura, el agua a presión de una manguera que tumba la luna en el suelo. Crees que avanzas, miras a través del espejo y crees que avanzas, o huyes de algo, pero luego giras la siguiente calle a la izquierda, siempre a la izquierda, y en esto te encuentras con una mujer a pie de acera que nada más ver tu luz verde levanta la mano. Crees que avanzas pero no te queda otra que frenar a su lado y esperar a que esa mujer que no conoces de nada abra tu puerta trasera, tome asiento en tu mismo taxi y te indique un destino que no eres tú. Entonces ella sube: “Buenas noches”, te dice con voz de ascensor. “¿Podría llevarme al aeropuerto?”. Tú asientes y al accionar el taxímetro no sabes por qué pero piensas: Los taxímetros son los sicarios del poeta.
Inicias la marcha. Ahora tienes los ojos de ella enmarcados en tu espejo retrovisor. La mujer se muestra cansada, pero aún conserva en la mirada cierta capa de barniz, como en alerta.
Giramos esta vez a la derecha y de repente, de las tripas de su bolso suena un pitido. Parece el aviso de un mensaje en su teléfono móvil. La mujer se tensa. Abre el bolso y mete la mano como quien busca un anillo en la arena. Al sacar el teléfono mira la pantalla, abre los ojos como platos, la boca también, y así se mantiene durante dos o tres manzanas. Sin duda ha leído algo inesperado, sorprendente, de la persona menos oportuna.
Vuelve a sonar otro mensaje. Presiona una tecla y lo lee. Esta vez sus ojos se humedecen. Se tapa la boca en un intento inútil de ocultar su asombro. Pestañea y sus párpados presionan un par de lágrimas. Baja la ventanilla, necesita aire. Es el viento de la autopista el que empieza a empujar sus lágrimas desde los pómulos a los oídos; es el viento el que intenta taponar el dolor, hacerlo sordo.
Un par de llantos después llegáis al aeropuerto. La mujer te paga mientras piensas: Los taxímetros son los sicarios del poeta. Abre su puerta pero antes de bajarse te entrega el teléfono y te dice: “Tómalo, por favor. Te lo regalo”.
Tú te alejas con su móvil en la mano, confuso. Ella cogerá un avión sin equipaje. Y ahora también sin teléfono, sin malas noticias. Sin lágrimas. Estaban todas en tu taxi.
Nada más tomar la autopista volvió a sonar el teléfono, pero bajaste la ventanilla y lo lanzaste al arcén. Tal vez, a partir de ahora, no crezcan más flores en la cuneta del kilómetro 7,300 de la Nacional II. No te culpes por ello. Son gajes del oficio.
…………………………………………………………………………………………………..
Esta noche, a partir de las 1:30 de la madrugada, estreno sección en el programa Hablar por Hablar de la Cadena SER.
AUDIOS:
De taxis, nocturnidades y alevosías con Macarena Berlín.
Lectura del post “Los sicarios del poeta”





Comentarios recientes