Archivo de mayo, 2012

Consume o revienta

31 mayo 2012

Encuentras tu objetivo y de repente, se te mete en la mollera, te obsesiona. Necesitas conseguirlo a cualquier precio. Sopesas cómo hacerlo, tu estrategia, y al final, después de un esfuerzo relativo, lo consigues. 

Pero no te sacia. De hecho, poco después de haber alcanzado ese objetivo, ya te encuentras pensando en otra cosa: en tu siguiente reto. Te sucede constantemente, al principio sólo con lo material: ahorraste para el iPhone 3, conseguiste comprarlo, pero a los tres días salió el iPhone 4 y ahora tu iPhone 3 quedó obsoleto, o al menos así lo piensas. Pero recuerda también cuando al fin jubilaste ese coche que heredaste de tu padre y te compraste otro nuevo, impecable. A plazos, claro. Al principio lo lavabas y perfumabas cada semana, evitabas los charcos y fumar dentro. Pero cuando apenas te faltaba un año por pagar, aunque el coche aún mostrara un aspecto de puta madre, ya comenzaste a verlo viejo, a fijarte en otros coches y de nuevo volviste a enarbolar otra estrategia, a buscarle peros a tu coche ”viejo”. Y a solapar tu crédito con otro crédito más grande.

Y sin darte cuenta, esta misma sensación de vacío fue calando en todo lo demás. Y ahora todo fluye muy deprisa, se mastica la ansiedad. Coges mi taxi porque el autobús no llega y estás cansado y necesitas verte en casa, urgente, YA. Ansías el momento de llegar a casa y tirarte en el sofá con una birra. Ya en el taxi no disfrutas del trayecto porque sólo piensas en llegar a casa, descalzarte, abrir una cerveza y encender la tele. Pero cuando al fin llegas a casa y te descalzas, te aflojas la corbata y sucumbes a todos tus deseos, comienzas a pensar que joder, te has gastado siete euros y medio en el trayecto, que tampoco habría pasado nada si hubieras esperado al bus. Y te abres una cerveza y sabe a gloria, pero sólo el primer sorbo. Y uno por uno vas pasando los 54 canales de la tele y apenas te interesa ninguno más allá de unos minutos. Te aburres.

Es tanta novedad lo que te atrapa. Tanta variedad al alcance de la mano. Demasiados canales, demasiadas marcas de cerveza, demasiados móviles con demasiadas aplicaciones (ya hasta el Apalabrados te cansa) y, al final resulta que no le has prestado una especial atención a nada. Nada te ha saciado lo suficiente, siempre te queda ansiedad en la recámara. Como un niño delante de mil regalos: lo excitante es abrir el envoltorio y pasar al regalo siguiente.

Tal vez por eso te duren tan poco las novias. Tal vez por eso dudes tanto de todo y barajes mil posibilidades antes de tomar cualquier decisión (y aun después de haberla tomado, no puedas evitar seguir dudando). El consumismo atroz te volvió inseguro, débil.

Eternamente insatisfecho.  

Nota: ¿Crees que estoy exagerando? Dale otra vuelta.

Segundas citas

30 mayo 2012

Mujer de unos 40 años, traje de chaqueta, bonita figura y un rostro algo duro, castigado. Nos damos las buenas tardes, cierra la puerta del taxi, me indica un destino, saca el móvil del bolso, suspira como para armarse de valor,  marca un número, y espera a que descuelguen mordiéndose los labios.

En un principio parece que su interlocutor es alguien relacionado con su trabajo, un antiguo cliente o compañero al que pregunta por cuestiones laborales: qué tal fue la fusión, si está contento con el nuevo proveedor… Pero después la mujer baja el tono y cambia de tema: ”Bueno, y dime… ¿qué tal estás?”. Al preguntar esto, noto a través del espejo que arruga la frente, como si temiera la reacción del otro. Acaba de pasar de lo profesional a lo personal, y parece que las preguntas laborales del principio sólo eran la excusa para llegar al verdadero motivo de su llamada.

Su interlocutor parece darle una respuesta algo neutra, poco convincente para ella. Pero ella insiste: “Hace mucho que no hablamos y… quería volver a saber de ti”. Escucha su respuesta, y vuelve: “Mira, Julio… iré al grano: me apetece verte. Tengo ganas de volver a verte y, ya sabes, hablar…”. Vuelve su interlocutor y luego ella: “¿Te viene bien mañana a las ocho?”. Supongo que él dice que sí, porque ella sonríe, se muestra feliz. Sin duda pasó algo entre ellos, una relación laboral que acabó en algo más. Y sin duda ella quiere una segunda cita.

Ahora su felicidad es doble. Por una parte, por la respuesta afirmativa de él. Pero por otra, y yo creo que aún más importante, por haber sido capaz de armarse de valor y llamarle. Tenía toda la pinta de haberse pensado mucho esa llamada, dándole vueltas sobre cómo abordar el tema: si de un modo directo, descarado, o más bien sutil. Al final le salió una mezcla.

Sucede a veces, después de un primer contacto que dejó huella: 

Esperar a que él te llame. Darle un tiempo prudencial. Que pasen los días, demasiados, y no poder olvidar aquello ni querer dejar pasar más tiempo. Creer que si tú no llamas, él tampoco lo hará y quedará todo en eso, en aquella vez, en tu dulce memoria amplificada por unos puntos suspensivos que corroen por dentro. 

No querer perder aquello, luchar cuando algo palpita, ¿por qué no? ¿por qué una mujer no puede dar el paso? ¿qué pensará él? ¿qué importa ahora eso? Lo importante es armarte de valor, no dejarte nada dentro. Y si sale mal, que le jodan. Qué remedio.

De putas con un cliente

29 mayo 2012

Un hombre entra en mi taxi y me pide llevarle de putas, él y yo. Una puta para cada uno. Me dice que él lo paga todo: mi taxi, las copas que nos tomemos y las putas. Le digo que no, que yo ya vengo follado de casa (es mentira, pero me da tiempo para pensar). El hombre se hace el sordo e insiste: “Venga. Llévame al club que más te guste. Y te dejo elegir a la chica”. 

Me pregunto por qué tanto interés en ir de putas con un completo desconocido. Tal vez consista en compartir la culpa, en buscar un cómplice. Me he fijado que lleva una alianza de casado, que subió a mi taxi en un hotel, y que acaba de guardarse la corbata en el bolsillo de la chaqueta. Supongo que estará en Madrid de paso, por negocios. Será de los que piensa que en esos viajes express y con la excusa del trabajo, las infidelidades se cuentan como un partido de fútbol en campo contrario y a puerta cerrada: nadie se entera y cada gol vale el doble.

Incluir al taxista en el juego no es más que su modo de exculpar sus pecados. Así pues, no está intentando convencer al taxista, sino al cura disfrazado de taxista. Quiere que el confesor, quien se ocupa de limpiar su alma, se vaya de putas con él.

Por eso le dije amén, aunque a medias. Le llevé a uno de los clubs más selectos de la ciudad, le di al aparcacoches las llaves de mi taxi (sin parar el taxímetro) y entramos mi usuario y yo. La madame nos pasó a una sala, tomamos asiento en unos sillones comodísimos, pedimos champagne y al instante comenzaron a pasar por delante de nosotros unas chicas impresionantes ligerísimas de ropa. Por supuesto, el tipo me pidió que eligiera yo primero. Yo elegí a una chica que se parecía horrores a una exnovia mía. Luego él eligió a la suya, radicalmente distinta a su mujer (a no ser que su mujer también fuera negra).

El usuario de mi taxi tomó la mano de la chica y se marcharon los dos. Yo me quedé con la otra. Se llamaba Sandra, igual que mi exnovia. Pasamos a una habitación con jacuzzi, abrió el agua, se desnudó despacio (un cuerpo de infarto, como el de Sandra), entró en el jacuzzi y con voz sensual me invitó a compartir su baño.

Pero al acercarme a ella vi algo que me rompió en dos. Sobre una de las esquinas del jacuzzi, no me preguntes por qué, había un patito de goma Made in Hong Kong exacto al que duerme a mi lado, cada noche, desde que vivo solo. Fue verlo y sentir de súbito un pánico indescriptible.  

Y no pude continuar. Salí corriendo.

¿Orgulloso de qué?

28 mayo 2012

¿Orgulloso de qué, señora Aguirre? ¿Qué es para usted “ser patriota”? ¿Ocultar un déficit de dos mil millones?, ¿robar a los españoles para dárselo a una banca de cuya quiebra también es usted responsable?, ¿cargarse todo lo público, lo que es de España y de los españoles, en beneficio de usted y de unos cuantos amiguetes de usted? ¿pertenecer a un partido que respalda y protege a imputados por corrupción?, ¿pertenecer a un partido que aplaude los viajes privados con dinero público del máximo representante de nuestra justicia?, ¿pertenecer a un partido que mintió a sus votantes en su programa electoral?, ¿aumentar, pese a la crisis, las ayudas a la “fiesta” de los toros?, ¿es eso la patria?, ¿darles más de mi dinero a los que matan animales indefensos? ¿mantener intactos los privilegios de una iglesia homófoba y machista en un estado laico? (Y no. La excusa de Cáritas ya no cuela). ¿Respetar y no pitar a un monarca que se pasa nuestra crisis por el forro?

Nada de eso, señora Aguirre. Usted no es mi patria. Y sus palabras y sus gestos sólo consiguen que me avergüence de esa España que usted predica. Yo quiero una España justa, igual para todos; una España que invierta en Educación, en Investigación y en Desarrollo, no en bancos o en casinos. Yo quiero una España honesta, solidaria, próspera, orgullosa de pagar impuestos por el bien de todos. Yo quiero, necesito, pese a usted, sentirme afortunado de haber nacido aquí.

El nieto taxista de Freud

25 mayo 2012

No, no mires. O mira, pero no sientas. O siente, pero no sucumbas. No. Mejor no mires. No mires ni digas nada, que te conozco. Concéntrate en el tráfico. Conduce. Cíñete a eso. Y evita el espejo retrovisor. Usa los espejos laterales pero no el de dentro. Sobre todo, no te cruces con sus ojos, que te pierdes.

Venga, va. Sólo un momento. Un último vistazo y ya: Mirada límpida, joder. Y esa cara hinchada que es de helio. Y mira qué cejas, qué pómulos, qué labios. Y ese lunar bajo el labio como un punto y final de sus besoSTOP. Conduce, coño. Céntrate. No mires. Amordaza a Cupido. Son las normas: jamás te enamores de una embarazada.

¿De cuánto estará? ¿de siete, ocho meses? ¿Y quién será él? ¿se puede odiar a quien no conoces? Imagina la escena: acariciar su vientre, sentir las pataditas en tus manos, hacer el amor con alguien cuyo interior es de otro. Imagina. Besar unos pechos que serán el alimento de algo ajeno. Eyacular dentro de ella. Intentar dormir abrazado a ella pero llorando. Imagina la escena.

Asistir al parto. Tomar al bebé entre tus manos. Sentir entre tus manos un calor extranjero. Imagina la escena.

Luego estás tú: ¿por qué tuviste que fijarte en una embarazada? ¿qué razón oculta te atrajo de ella? Piensa en ello: todo se rige por conexiones internas, asociaciones inconscientes de ideas. Tal vez un complejo de Edipo mal resuelto, el delirio de sentirte hijo y padre al mismo tiempo (pero no un padre real, sino inventado). O tener hijos sin tenerlos. Seguir las tradiciones en la sombra, fingir destellos de responsabilidad. O enseñarle el dedo a Freud, sólo eso.

No mires a través del espejo. Déjala en su destino, que te pague la carrera y se baje de tu taxi. Pero apunta su dirección por si acaso. Nunca se sabe.

Zombis de carne y beso

24 mayo 2012

Nada de volcarlo todo en alguien, ya ves qué pasa. Se marcha y ahí te quedas, sola y muerta por un tiempo, tal vez por siempre. No puedes querer al otro más que a ti misma, no puedes pensar en otro más que en ti misma, sentir más viéndole que cerrando los ojos: eso nunca, no puedes. O morirás en vida si él se muere. O te abandonarás si él te abandona. O sufrirás más que él cuando él sufra.

El amor no es eso, negarse en virtud del otro. Que él te pida un taxi, te montes en mi taxi sola y a medida que avancemos pierdas cobertura de ti misma, o te falte el aire que él respira. El amor no es eso. Que se muera el cable en los tiempos del 3G.

O perder el equilibrio si él se borra. Eso nunca. El desamor no es un tumor ventricular que infecta a la sangre y alcanza el cerebro. Es una gripe. Una mala gripe que se cura con sudor y pastillas de tiempo. O con otro virus más potente. O inyecciones de novedad. Caer no implica un foso: pisa charcos, mánchate. Tatúate a ti misma, besa espejos. Cómprate una brújula para los orgasmos. Viste bonito y sal a la calle de azúcar. Y privatiza tus lágrimas: ya habrá alguien que las compre al precio que mereces. Cotizas siempre al alza, no lo olvides.

Y si miras para atrás que sea por ver tu pasado cada vez más lejos. Y cuando sólo veas un guisante azul, ríete de él, princesa.

Pero no te comportes como un zombi. Al menos no en mi taxi, que me rompes. 

 

La parroquia

23 mayo 2012

Después de un buen tramo de autopista, entro en la ciudad y aparco mi taxi en frente del primer bar que me encuentro. Me revienta la vejiga. Salgo rápido del taxi y entro en el bar. Por pudor pido antes un café. Me lo sirve una camarera colombiana, guapísima. Echo azúcar, lo muevo, doy un sorbo, ARDE. Voy al baño.

Vuelvo a la barra y ahora me encuentro a la camarera hablando con un parroquiano. Es el típico borracho baboso que intenta ligársela con la técnica del donjuán de mercadillo. ” Tienes los ojos más bonitos de todo Carabanchel”, suelta el gilipollas. Ella le sonríe, qué remedio, y se aleja a limpiar la cafetera. Así dispuesta, de espaldas, el hombre aprovecha y le mira el culo. Un segundo parroquiano que se encuentra al otro lado de la barra también se lo mira. Yo estoy en medio de los dos. En esto, el primer parroquiano se fija en los ojos clavados del segundo. Le mira como a un rival: lo dice su cara. Esto parece un puto documental de La2.

En segundo parroquiano llama a la camarera por su nombre: “Yudith, ¿me pones otro cacharro?”. El primer parroquiano se tensa. Ella estira su cuerpo hasta alcanzar la botella de DYC del estante. En esa postura asoma por debajo de su blusa la tira del tanga. El segundo parroquiano se da cuenta y abre los ojos como platos. El primero prefiere perderse el espectáculo y mira al otro. Yo les miro a los dos. Divertidísimo.

Me acabo el café y pido una cerveza. Esto no me lo pierdo. Nada más servirme la cerveza, me mira a los ojos y sonríe. Tiene una sonrisa preciosa.  Me pregunta: “¿Quieres aceitunas?”. Contesto que sí. Le devuelvo la sonrisa. Ahora el parroquiano número uno no cuenta con un rival, sino con dos.

En esto, el parroquiano número uno cambia su estrategia y se une al enemigo. Decide romper el hielo conmigo: ”¿Es tuyo ese taxi?”. Mi gesto afirmativo le sirve para comenzar a hablarme del gremio del taxi, que su “cuñadPRIMO Jacinto” (ese lapsus demuestra que está casado pero que prefiere ocultarlo ante Yudith) también es taxista y le dice que está la cosa bien jodida. Esa es otra estrategia para echar por tierra mi estatus ante Yudith. Pero entonces contraataco y le digo que en realidad no soy taxista, sino del Servicio de Inteligencia, y que uso el taxi como tapadera para seguir la pista a un grupo de taxistas proxenetas que operan por la zona. El parroquiano número dos se une y me invita a otra cerveza. Este dice ser Ingeniero Aeronáutico en la Base de Torrejón. Mis cojones.

Lo que empieza siendo un juego para mí, acaba en borrachera. En concreto, cinco cervezas y tres jotabés con cola. Como ya no estoy para conducir, llamo a un colega taxista, le doy la dirección del bar y me pido la última mientras le espero. Los otros dos siguen y ahí seguirán cuando me marche. Ahora rivalizan ante Yudith a ver quién bebe más.

Antes de marcharme se me acerca Judith y me dice al oído que conoce a esa red de taxistas proxenetas a los que sigo la pista. Que mañana, cuando vuelva a recoger el taxi, me pase por el bar y me cuenta.

La vida es rara.

La casa

22 mayo 2012

Tengo una casa en mi cabeza, la típica casa en la que sueñas vivir, ya sabes, con su jardincito, su pequeña piscina, su garaje para mi taxi y una buhardilla donde escribir. También tengo pensado que viviré solo, y que yo mismo me encargaré de limpiar el polvo y de planchar la ropa (me encanta planchar: siempre que plancho me imagino capitán de un barco aplanando las olas del mar). 

Y en la casa de al lado vivirá una vecina de esas con un marido que viaja mucho. Perros no. Ni gatos. Me angustian los vertebrados que no hablan.

Con el tiempo he ido perfeccionando cada detalle de esa casa hasta tal punto, que ahora la tengo perfectamente instalada en mi cabeza. Y recorro sus pasillos mentalmente, y entro en el baño de abajo, todo está muy limpio, y me veo escribiendo en la buhardilla, por ejemplo, lo que lees. Esto que lees ahora está escrito desde la buhardilla de mi casa de dentro.

Pero últimamente me está pasando algo inquietante. Desde hace un tiempo no puedo evitar asociar habitaciones de esa casa con mis estados de ánimo. Cuando algo me asusta, me veo de inmediato en la habitación del fondo del pasillo a la derecha, acurrucado en la esquina opuesta a la ventana. O cuando estoy motivado, me veo en el salón, donde se encuentra el equipo de música. O si cambio de estado de ánimo, me veo subiendo o bajando las escaleras de mi casa de dentro. O si monta en mi taxi alguna guapa usuaria me veo en el dormitorio. Pero no en el mío real, sino en la cama con dosel de mi casa de dentro.

Anoche, por ejemplo, desperté flotando en la piscina. Mi psiquiatra dice que la piscina representa el vientre de mi madre, que me ahogaba en su líquido amniótico. Yo no sé qué pensar. Estoy confuso.

Jugar a la amnesia

21 mayo 2012

Si no existiera el pasado, morirían de sed los psiquiatras. No habría vicios, ni reproches, ni manchas, ni parches, ni ojeras, ni canas. Empiezas algo serio con alguien y piensas: es mejor quemar su libro que pasar página, es mejor comenzar en un blanco absoluto, aunque te mientas.

Y dices: a partir de ahora serás lo que soy contigo.

Y piensas: todas esas cicatrices nacieron con ella (y aquel tatuaje también. Viene de fábrica).

Los amores recientes no asumen huellas, construyen futuros sobre cuerpos presentes: las pieles son nuevas, las espaldas son nuevas. No hay peso, ni lumbalgias. No hay memoria.

Ella compra un pintalabios sólo para ti, que es su forma de estrenar tus besos. Pero pasa el tiempo, la lluvia corroe y el carmín se seca. Y al final, el pasado del otro siempre llega demasiado pronto. Es la indomable curiosidad por levantar sus capas, por querer saberlo todo más allá de ti.

Y entonces te preguntas: ¿Qué esconderá esa cicatriz? ¿qué historia habrá detrás de aquel tatuaje? Y lo que sea que conteste, o aprietas los dientes y lo asumes todo, o decides jugar a la amnesia, o vuestra historia acabará cadáver.

Un mechón de pelo rubio

18 mayo 2012

En mi taxi. Un niño berreando detrás de mí, y su madre a su lado, gritando al padre:

-Te dije que bajaras a comprar aspirinas, Tomás. ¿Te lo dije o no te lo dije? Ya verás cómo mañana se te vuelve a olvidar, ya… ¿Y el cupón? Tampoco te acordaste del cupón, ¿verdad? Mira que como toque…

Tomás, sin embargo, se mostraba impasible, ausente del niño y de la madre. Sentado delante, a mi lado, miraba a la calle como si nada, sonriendo incluso.

Luego entendí por qué, o al menos intuí el motivo de su ausencia. Al bajar la vista, junto a la palanca de cambios, encontré sus dedos acariciando algo que le sobresalía del bolsillo. Parecía un mechón de pelo rubio. Jugaba con el mechón tal vez soñando, imaginando otra vida con otra mujer (el cabello de la suya era moreno, rizado y más grueso) y sin hijos que berrean en los taxis.

En esto me pilló mirando su amuleto, pero en lugar de sonrojarse, sonrió. Luego, me acercó con disimulo el mechón de pelo de su bolsillo, como instándome a que yo también lo acariciara. Y así lo hice: con la excusa de cambiar de marcha, toqué las puntas del mechón con el meñique. Aquel tacto me produjo un efecto ansiolítico sin precedentes, hasta tal punto que dejé de escuchar yo también los gritos de su mujer y los berridos del niño.

Al ver mi rostro sosegado, Tomás me guiñó un ojo. Yo le devolví el guiño como muestra de complicidad, pero debió de interpretar mi gesto de otro modo, ya que después extendió su brazo hasta mi rodilla y comenzó a acariciarla, a apretar mi muslo y a subir la mano en dirección a mi entrepierna. 

Le paré en seco, retirándole la mano con violencia. La mujer, por su parte, no se enteró de nada. Seguía reprochando en voz alta y el niño llorando, a su aire.

Llegamos a su destino, me pagó ella y bajaron los tres de mi taxi.

Ya solo, pensando en lo ocurrido, comprendí que aquel mechón rubio no correspondía a otra mujer:

Era de un hombre.