- DISTORSIÓN -
Helga me habló mucho de su hija Alba pero no de su rostro. Cuando te hablan de alguien a quien nunca has visto, no puedes evitar imaginar sus rasgos: su estatura, su cuerpo, su peinado, el color de sus ojos. Todos necesitamos ponerle cara al protagonista de cada relato, y esa cara suele volverse más nítida a medida que avanza la historia. Si te cuentan al detalle, por ejemplo, aquella vez que Alba se cortó el labio superior con un vaso roto, tú te imaginas unos labios carnosos, rosados, bien definidos. Nunca imaginas un rostro feo a no ser que el narrador te lo advierta. En este caso, en el caso de Alba, yo sabía muchos datos acerca de ella y en cierto modo me creé una imagen mental que retuve obcecado hasta el instante mismo de conocernos.
Yo sostenía un cartel con su nombre, Alba Gómez-Parker, en la puerta de salidas del aeropuerto. Yo era su chofer, el taxista de la familia, y por eso yo buscaba a Alba en cada rostro, los comparaba todos con mi imagen mental de ella, tal y como yo la imaginaba: labios carnosos con una graciosa cicatriz, ojos color miel, cabello ondulado.
Pero no conseguí distinguirla. Fue ella la que, gracias al cartel, se acercó a mí. Y el primer impacto fue un shock. Jamás la hubiera imaginado de ese modo: Alba venía llorando.
Las lágrimas lo distorsionan todo. Enrojecen la mirada, difuminan la línea de los ojos. Tensan los labios, las comisuras. En este caso las lágrimas hacían de Alba la sombra tierna y frágil de esa genio implacable de las finanzas que me había pintado su madre, una suerte de muñeco roto de sí misma. Días atrás, Helga me había contado que su hija Alba, en realidad, era el epicentro de la familia, la única fuente de ingresos de su fortuna millonaria, la gallina de los huevos de oro. A sus 32 años Alba era una de las más cotizadas agentes bursátiles de Wall Street. Algunas de las mayores fortunas del mundo confiaban su dinero en sus predicciones, hacía ganar millones a base de comprar y vender paquetes de acciones en el momento exacto. Tenía un don para las finanzas, y ese don costaba dinero. Mucho dinero. Tanto como para mantener su tren de vida en Nueva York (duplex en la Quinta Avenida, joyas y ropa de las mejores firmas) y también para mantener a su familia en una de las urbanizaciones más lujosas del país durante el resto de sus vidas.
Por eso me costaba entender que una auténtica depredadora como ella apareciera derrumbada en la terminal del aeropuerto, me tendiera su maleta sin saludarme siquiera, y caminara tras de mí como alma en pena hasta mi taxi, y de ahí viajáramos hasta la residencia de los Gómez-Parker, siempre llorando o sollozando o suspirando.
No me preguntes por qué.
(Continuará…)






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