Archivo de abril, 2012

La extraña vida de los Gómez-Parker (V)

16 abril 2012

- DISTORSIÓN - 

Helga me habló mucho de su hija Alba pero no de su rostro. Cuando te hablan de alguien a quien nunca has visto, no puedes evitar imaginar sus rasgos: su estatura, su cuerpo, su peinado, el color de sus ojos. Todos necesitamos ponerle cara al protagonista de cada relato, y esa cara suele volverse más nítida a medida que avanza la historia. Si te cuentan al detalle, por ejemplo, aquella vez que Alba se cortó el labio superior con un vaso roto, tú te imaginas unos labios carnosos, rosados, bien definidos. Nunca imaginas un rostro feo a no ser que el narrador te lo advierta. En este caso, en el caso de Alba, yo sabía muchos datos acerca de ella y en cierto modo me creé una imagen mental que retuve obcecado hasta el instante mismo de conocernos.

Yo sostenía un cartel con su nombre, Alba Gómez-Parker, en la puerta de salidas del aeropuerto. Yo era su chofer, el taxista de la familia, y por eso yo buscaba a Alba en cada rostro, los comparaba todos con mi imagen mental de ella, tal y como yo la imaginaba: labios carnosos con una graciosa cicatriz, ojos color miel, cabello ondulado.

Pero no conseguí distinguirla. Fue ella la que, gracias al cartel, se acercó a mí. Y el primer impacto fue un shock. Jamás la hubiera imaginado de ese modo: Alba venía llorando.

Las lágrimas lo distorsionan todo. Enrojecen la mirada, difuminan la línea de los ojos. Tensan los labios, las comisuras. En este caso las lágrimas hacían de Alba la sombra tierna y frágil de esa genio implacable de las finanzas que me había pintado su madre, una suerte de muñeco roto de sí misma. Días atrás, Helga me había contado que su hija Alba, en realidad, era el epicentro de la familia, la única fuente de ingresos de su fortuna millonaria, la gallina de los huevos de oro. A sus 32 años Alba era una de las más cotizadas agentes bursátiles de Wall Street. Algunas de las mayores fortunas del mundo confiaban su dinero en sus predicciones, hacía ganar millones a base de comprar y vender paquetes de acciones en el momento exacto. Tenía un don para las finanzas, y ese don costaba dinero. Mucho dinero. Tanto como para mantener su tren de vida en Nueva York (duplex en la Quinta Avenida, joyas y ropa de las mejores firmas) y también para mantener a su familia en una de las urbanizaciones más lujosas del país durante el resto de sus vidas.

Por eso me costaba entender que una auténtica depredadora como ella apareciera derrumbada en la terminal del aeropuerto, me tendiera su maleta sin saludarme siquiera, y caminara tras de mí como alma en pena hasta mi taxi, y de ahí viajáramos hasta la residencia de los Gómez-Parker, siempre llorando o sollozando o suspirando.

No me preguntes por qué.

(Continuará…)

La extraña vida de los Gómez-Parker (IV)

13 abril 2012

- EL AMOR EN SILENCIO -

Imagina que tomas la firme decisión de no volver a hablar durante el resto de tu vida. Imagina que vives en un entorno donde nunca te faltará de nada, que no trabajas ni tendrás nunca la necesidad de hacerlo. Imagina que llevas siete largos años sin hablar y que todo tu entorno ya se ha terminado acostumbrado. Todos saben que sólo empleas símbolos o expresiones artísticas como único nexo de unión con el mundo. Y quien se atreva a conocerte de cero, sabe que habrá de interpretar tus gestos, tus metáforas y sacar sus propias conclusiones. Imagina también que una madre preocupada por tus votos de silencio te lleva a un psiquiatra. Imagina que la psiquiatra en cuestión resulta ser la mujer más hermosa e interesante que has visto en tu vida. Imagina que acabas enamorándote de ella, que el amor que comienzas a sentir por ella es el único motivo que te lleva a seguir con tu terapia, que sólo te perfumas y te peinas para ella, tres veces por semana, lunes, miércoles y viernes y así a lo largo de más de cinco años. Imagina lo que tiene que ser darte cuenta de que tu decisión de no volver a hablar te llevó a ella. Imagina lo que es asociar el amor con el silencio.

Ese es Franco. El mismo al que me tocó llevar ayer a su cita con ese amor no correspondido: su psiquiatra. Y el mismo al que me tocará llevar también mañana. Franco es un chico de 25 años, alto y bien parecido: ojos azules, cabello claro y rizado y sonrisa perfecta. Cuando entró en mi taxi por primera vez (se montó delante, a mi lado) primero me tendió la mano y se quedó pendiente de mi mano. Luego alzó su vista y clavó sus ojos en los míos. Era una mirada sin miedo. La mirada más desprovista de miedo que he conocido nunca. Y sin apartar sus ojos, mientras aún me tenía cogida la mano, con la otra mano me enseñó un CD. Esto indicaba que quería que pusiera ese CD durante el trayecto. No hizo falta hablar para conocer sus intenciones. Como, si lo piensas, casi siempre. 

Era una ópera preciosa (no sé cuál; no soy ningún experto en la materia). Mientras, él lo miraba todo como con hambre: los edificios, los coches, la gente. En un momento del trayecto, hice un giro y obligué sin querer a frenar a otro coche. Pedí perdón con la mano (otro gesto sin palabras) pero el otro conductor aceleró y me pitó y comenzó a chillarme y a insultarme (gesticulaba con la boca: hablaba). Franco le miró con ojos de asombro y soltó una carcajada. Franco vivía en otro mundo. Un mundo más plácido que el de cualquiera.     

Cuando le dejé en la dirección de la consulta, sacó de su chaqueta una flor de papel, me miró de nuevo, me dio un beso en la mejilla (esto me dejó helado) y salió del taxi. Una hora después le recogí. Ya sin la flor.

 Luego le dejé en casa y ahí Helga me propuso otro trayecto. Su hija Alba regresaba a España, una semana antes de lo previsto, por una urgencia que no llegó a contarme. Tendría que ir a buscarla al aeropuerto con un cartel: Alba Gómez-Parker. El cuarto miembro que cerraba el círculo.

(Continuará…)

La extraña vida de los Gómez-Parker (III)

12 abril 2012

- FRANCO -

El 17 de abril de 2007 a las 19:35, fecha y hora exactas de su 18 cumpleaños, Franco dedició no volver a hablar durante el resto de su vida. Fue en ese día y a esa hora exactas cuando se subió a una silla en el jardín de su casa, y tras llamar la atención de todos los invitados a su fiesta, les dijo: “Gracias a todos por asistir a mi mayoría de edad. Disculpad, pero estoy cansado. Me marcho arriba”. Dicho esto se bajó de silla, arrancó con la mano un puñado de césped y entró en la casa. Los asistentes interpretaron sus palabras de un modo literal (subiría a su cuarto a descansar tras un largo día de celebraciones), y su gesto de arrancar un puñado de cesped como metáfora (unos decían que quiso representar la niñez arrebatada de esa tierra que es la madre, y otros que tal vez pretendía guardar el cesped arrancado como recuerdo por su mayoría de edad).

Pero todos lo entendieron al revés. En realidad Franco usó la mancha verde que deja el césped para escribir con él, en una de las paredes de su cuarto, el siguiente escrito:

No hay palabra que defina lo que intento decir / Imperfectas / Limitadas / Las palabras

Al contrario, como digo, de lo que pensaron todos, la literalidad de Franco se encontraba en el césped y la metáfora en su discurso de despedida. Cuando dijo “Disculpad, pero estoy cansado”, no se refería a aquel día de fiesta, sino al cansancio que le producían las mismas palabras, al sonido propio de cualquier palabra y a sus posibles nefastas consecuencias. Para Franco las palabras pueden esconder engaños, mentiras o interpretaciones erróneas por un simple motivo: quien las pronuncia nunca es el mismo que las escucha. Y cuando pronunció su última frase, ”Me marcho arriba”, tampoco se refería a su habitación de la segunda planta, sino a otro mundo o estado superior, aquel que decidió iniciar en ese mismo momento.

A partir de aquel día Franco sustituyó su voz por su propio lenguaje. Comenzó a llenar toda la casa de raras esculturas creadas por él (en su taller de la caseta, al fondo de la finca), así como de mensajes irónicos dirigidos, sobre todo, a su madre Helga. Por ejemplo, la enorme bandera de Cuba que cubría la piscina en invierno, confeccionada por él mismo a base de retales, le servía para contrarrestar su particular resentimiento hacia su madre por haberle bautizado con el nombre de Franco. O el tiovivo dispuesto en el jardín, con tantos caballitos como miembros tiene la familia Gómez-Parker, era su excusa para reunirlos y montarlos a todos cada domingo por la tarde, pero también era otra de sus irónicas metáforas: las familia empeñada en seguir las tradiciones, avanza en círculos para dirigirse a ninguna parte.

En ese punto, por cierto, supe que me faltaba un miembro de la familia Gómez-Parker por conocer: el tiovivo contaba con cuatro caballitos.

……………………………………………………………………………………………………

Nota: Fue Helga quien me contó todo esto aprovechando el trayecto en mi taxi a su clase de esgrima. Aquella tarde yo tendría que llevar por vez primera al famoso Franco a su cita con el psiquiatra. Me puso en precedentes para darme después una serie de exhaustivas recomendaciones para aquel trayecto. Él y yo solos. En mi taxi.

(Continuará…)

La extraña vida de los Gómez-Parker (II)

11 abril 2012

- VIAJE FUGAZ AL CASINO -

A las siete y media en punto pulsé el timbre en la residencia de los Gómez-Parker. Al instante salió la señora. Llevaba un vestido largo con “El Grito” de Munch estampado a base de lentejuelas. Me sonrió, me pellizcó la mejilla y subió al taxi. Luego apareció quien supuse sería su marido. Era un hombre de unos cincuenta años, no muy alto y gordito. Su bigote y su pajarita torcida, de lunares, le daban un aspecto ridículo. Me acerqué a él y le di la mano:

-Señor Gómez, supongo.

-No. Gómez-Parker es mi esposa. A mí me puedes llamar señor Smith, si no es molestia- me dijo con una voz fina, aguda, bastante acorde con su aspecto y en perfecto castellano (más que inglés parecía de Burgos). En ningún momento me miró a los ojos y, al tenderle mi mano, la suya me pareció de mantequilla.

Llamó mi atención que los apellidos de la familia, Gómez-Parker, correspondieran a la mujer: ella era Gómez y ella era Parker. Luego, ya en el taxi y de camino al Casino, comprendí que el señor Smith no sólo había perdido su apellido al casarse. Su comportamiento exageradamente sumiso a todo cuanto decía ella rozaba lo infantil.

-Cambiaré 5.000€  en fichas for me and 1.000 for you. No me pidas más, all right?

-Sí, Helga. Te lo prometo- decía él una y otra vez.

Ahí también supe que ella se llamaba Helga.

Cuando llegamos al Casino, Helga me pidió esperar un par de horas o tres ”with the taxímetro en marcha, if you want” y bajarles de nuevo a casa. También me tendió un billete de 100€ en concepto de adelanto por los servicios prestados.

Marché a cenar a Torrelodones y apenas una hora después me llamó al móvil para que pasara a buscarles. Lo habían perdido todo mucho antes de lo previsto. Los 6.000 euros.

Ya en el camino de vuelta (el señor Smith no abrió la boca en todo el trayecto), Helma me propuso algo: ser el taxista particular de la familia al menos hasta que encontrar un nuevo chofer “para sus coches” (ninguno de los dos conducía). Mañana a mediodía tendría que llevar al señor Smith a Majadahonda, a sus clases de canto (¿?), esperarle y traerle de nuevo. Luego a ella, a su clase de esgrima.

Y por la tarde tendría que llevar a su hijo Franco a su cita con el psiquiatra.

Yo, por supuesto, acepté.

(Continuará…)

La extraña vida de los Gómez-Parker (I)

10 abril 2012

-¿Dónde maldiciones estar Germán? Su telephone tu-tu-tú all the time (…) ¿Despedido? Oh my god… (…) Well… Yo ahora en taxi. (…)  Wow, wow, wow, listen: forget that tema, forget Germán. Yo coger toro por cuernos. Estoy in ten minutes.- La mujer colgó y lanzó el móvil al interior de su bolso. Se hizo el silencio.

Subí la música con la intención de llenarlo. Por la radio sonaba un viejo tema de Roxy Music.

Viajábamos del aeropuerto a la urbanización “La Moraleja”.  Era una mujer de aspecto extraño: alta, muy delgada, muy pintada, con un vestido rojo dos tallas más grande y gafas wayfarer. Desde mi asiento, a través del espejo, me resultó imposible determinar su edad: entre 50 mal llevados y 65 bien cuidados. Ahora había comenzado a tararear la canción de la radio. 

-Excuse me, joven- me dijo mirándome por primera vez a través del espejo. Bajé el volumen.

-Esta canción me trae good memories. Whatever… trabaja usted taxi tonight?

-Depende.

-Buen respuesta. Emm… Well. Hubo a problem with my chofer y yo tengo cita importante. I need a taxi. ¿Podría llevarme? Su música es bien y el olor del taxi es bien. Good vibrations, you know.

-¿A qué hora?

-Seven y media. From Moraleja to Casino de Torrelodones.

Acepté y además le tendí una tarjeta con mi número de teléfono. Ella me dictó el suyo. Lo copié en mi libreta de clientes.

Poco antes de llegar a su destino la mujer sacó del bolso un llavero con un mando a distancia. 

-Es la finca del final de esta calle. Si no le importa entrar inside y dejarme en la puerta de la casa…

Accionó el mando y se abrieron dos enormes puertas metálicas. Tras pasar la entrada accedimos a un camino custodiado por una serie de boyas de barco (con ojos y boca dibujados en cada una de ellas) ancladas al suelo. Dejamos a la derecha una enorme piscina vacía (cubierta por una lona que en realidad era una inmensa bandera de Cuba), a la izquierda un tiovivo de feria (con cuatro caballitos todos ellos pintados de rojo), hasta detenernos rodeando una pequeña rotonda con una fuente de piedra (de la que emanaba un líquido amarillo y flotaban letras negras, como una sopa). La casa en cuestión, de dos plantas con un balcón en el centro y varias cuerdas con nudos colgando, tendría unos cuarenta metros de fachada. Ahí, frente a la puerta de entrada, me mandó parar. La señora sacó una billetera de piel de cocodrilo, me pagó la carrera y se despidió de mí hasta las “seven y media” de esa misma tarde.

-Cuando llegue, llame al timbre, ring, ring. O´clock, please!

Al salir de aquella extraña propiedad me acerqué a su buzón. La plaquita rezaba: Familia Gómez-Parker.  

(Continuará…)  

Los hijos del vacío

09 abril 2012

Somos eso que se encuentra entre el suelo y las nubes, materia blanda con huesos, latidos, piel y ropa. La única especie que come sin hambre, bebe por motivos distintos a la sed y necesita pastillas para dormir. La única que besa y se aparea de mentira. La que inventa constantes excusas para no aburrirse. Inventamos los sudokus, los psiquatras, el vacío. Inventamos los paraguas, las angustias, el despecho.

Y también los abrazos.

Y también la ansiedad.

Inventamos los taxis: yo conduzco un taxi entre el suelo y las nubes. Inventamos el asfalto. Inventamos motivos para movernos: un oftalmólogo en la otra punta de la ciudad, un amigo en el sur, una novia en el centro. Inventamos los taxímetros, inventamos el dinero. Inventamos relojes que desdicen el tiempo. Inventamos las prisas: los sauces nunca tienen prisa, las hormigas nunca tienen prisa.

Inventamos otros mundos dentro de este mundo. Lo que vemos y tocamos no nos llena. O nos da por tocar lo mismo una y otra vez, las mismas caricias en su misma espalda.

Inventamos la obsesión.  

Inventamos el amor y ahora morimos de amor. Así somos.

iGlesia

04 abril 2012

El GPS del taxi me indicó cruzar la calle, seguir recto, pero apenas unos metros después nos encontramos el cruce cortado por una valla y un agente de policía custodiándola. Al verme el policía me indicó con el brazo que girara a la derecha.

-¡No me jodas! ¡Pero si vivo al final de esa calle!- soltó el usuario.

Me hice cargo y crucé mi taxi hasta detenerlo a la altura del policía. Bajé la ventanilla y le dije:

-Disculpe. El señor vive al final de esta misma calle. 

-Imposible, caballero. Está a punto de pasar una procesión de Semana Santa.

-¡Llevo maletas! ¡Y pesan mucho!- gruñó mi usuario.

El policía me miró con resignación, se agachó para mirar también a mi usuario, lanzó un suspiro y apartó la valla:

-Está bien. Pero deténganse en el siguiente cruce y esperen a que pase la procesión, ¿de acuerdo?

-¡Gracias!

Continuamos la macha hasta el próximo cruce. Justo en esos momentos ya estaba pasando la cabecera de la procesión. Era una enorme plataforma móvil con una virgen cubierta toda ella por un manto de fino encaje y bordado en oro, custodiada bajo un palio también de oro y rodeada toda ella de velas con candelabros de plata y enormes ramos de flores frescas. La plataforma se movía muy despacio mediante decenas de pies humanos, como los tuyos y los míos, con sus zapatos, sus calcetines y sus perneras. No eran ruedas de camión, no. Eran personas las que llevaban aquello a cuestas. Y con tanta madera y tanto oro tenía pinta de pesar un quintal.

Detrás de la virgen caminaban, en dos filas perfectamente coordinadas, mujeres con mantilla y vestido negro, todas muy serias, tirando a compungidas. Y después de las mujeres, hombres con traje negro y niños con traje negro (sí, niños) estos últimos jugando a imitar a los adultos. Y después, más niños serios interpretando con trompetas y tambores no la canción de Bob Esponja ni la última de Pitbull, no: era un ritmo más bien tétrico, como de fin del mundo.

Antes de esto mi usuario ya había sacado su iPhone para grabarlo todo. El público también hacía fotos con sus smartphones y sus cámaras de última generación. Pero justo en el momento de pasar por delante de mi taxi la cola del desfile, cuando cerraba el espectáculo un sacerdote con una cruz de oro y piedras brillantes, comenzó a llover con fuerza. La primera reacción del sacerdote fue tapar la cruz con un paraguas que no conseguí adivinar de dónde sacó. Luego me asomé a la cabecera, y la plataforma con la virgen ya había aligerado el paso. Ahora se movía de un lado a otro, nivel trote. El público, por su parte, reaccionó primero escondiendo sus iPhones de la lluvia. Luego corrieron todos a refugiarse en los soportales más cercanos. Y en los bares.

Aquella reacción ante la lluvia, aquel contraste, me dejó pensativo. Los unos protegiendo a su virgen del agua enviada por el mismo dios al que veneran. Y los otros, protegiendo su iPhone. Condicionados ambos, en cualquier caso, por los designios del señor (o por la condensación del vapor de agua que contienen las nubes). 

Igual de frágiles los dos: el invento más antiguo, y el invento más reciente.

Negro sobre blanco

03 abril 2012

Marcelo, nombre ficticio, trabaja de negro para un conocido escritor de best sellers (cuya identidad no puedo desvelar, y no por falta de ganas: me encantaría desenmascarar a ese cretino). Según Marcelo, el famoso novelista sólo ha publicado dos obras escritas de su puño y letra, la primera de las cuales apenas tuvo poca o ninguna repercusión. Fue en la segunda cuando pegó un pelotazo inesperado: firmó con una gran editorial y, para sorpresa de todos, editorial incluida, comenzó a vender cientos de miles de ejemplares hasta convertirse en un best seller de fama internacional. En apenas unos meses no sólo alcanzó la categoría de escritor de culto; también ganó más dinero del que nunca hubiera llegado a imaginar. El problema le llegó después, cuando la editorial y el público comenzaron a apremiarle para que escribiera una tercera novela. La editorial le propuso un plazo adjuntando un nuevo cheque con otros muchos ceros en concepto de adelanto. El escritor aceptó el dinero y el plazo marcado y se encerró confiando plenamente en el poder de sus musas. Pero las musas le dieron la espalda. Puede que víctima de tan altas espectativas, por miedo a no estar a la altura de su último gran éxito, se quedó seco, completamente bloqueado. Pero en lugar de rendirse, en lugar de devolver el cheque y desaparecer de la escena por un tiempo, el famoso escritor contactó a través de las cloacas del mundillo con Marcelo, negro de profesión. Marcelo aceptó el trabajo por un ridículo porcentaje, y tras estudiar el estilo y la trama de sus novelas anteriores, no sólo consiguió cumplir con el plazo, sino también con las expectativas: la tercera novela, escrita íntegramente por Marcelo pero con la firma del famoso novelista, fue otro éxito en ventas. Nadie, ni siquiera la editorial, ni la crítica especializada, se dio cuenta del fraude. Y después de la tercera llegó una cuarta, también escrita en la sombra por Marcelo.  

En los últimos tiempos, el falso escritor ha concedido centenares de entrevistas y acudido a decenas de actos por unas novelas que jamás llegó a escribir, haciéndose pasar por alguien que ya no es. Y a Marcelo, por su parte, no le importa en absoluto. Sigue escribiendo para él y lo seguirá haciendo. Siempre en la sombra.  

 Marcelo es un cliente habitual de mi taxi. Me costó decenas de trayectos y mucha confianza conocer los entresijos de esta historia. La historia de un ego de cartón, modestia aparte.

4D

02 abril 2012

Me despertaron unos golpes. Venían del patio, de la pista de pádel. Eran toques de raqueta: POP… POP… POP… POP… Siempre iguales, con idéntica frecuencia: POP… POP… Los contrincantes no parecían rendirse ni fallar nunca: POP… POP… Le daban a la bola una y otra vez, con la fuerza precisa: POP… POP… Exactamente 1,5 segundos entre golpe y golpe:

POP…

[1,5 segundos]

POP…

[1,5 segundos] 

POP…

Cerré los ojos. Los golpes seguían ahí. Conseguí dormirme pero no del todo. Duermevela, lo llaman. El caso es que aquella unidad de tiempo, el intervalo comprendido entre un golpe de pelota y el siguiente, fue asimilado por mi inconsciente hasta tal punto que mis segundos biológicos se acabaron convirtiendo en 1,5 segundos de reloj. Y a partir de entonces mi vida comenzó a fluir más despacio. Cada minuto real se convirtió, exactamente, en minuto y medio para mí. Y mis días pasaron a tener 36 horas.

Buscando en internet posibles respuestas a mi problema, di con una tal Melisa, también de Madrid, a la que le había sucedido lo mismo que a mí, pero a la inversa: En su caso, se había quedado dormida escuchando el goteo del grifo roto de la cocina, a un intervalo de 3/4 de segundo entre gota y gota. Cuando despertó de aquel sueño, todo en ella había comenzado a ir más deprisa, acortando sus horas; reduciendo sus días. 

Propuse a Melisa quedar y conocernos. Antes incluso de enviar mi propuesta, ella accedió. Los dos teníamos la misma curiosidad por conocer en persona el destiempo del otro.

Esa misma tarde, a las seis y treinta de vuestro reloj, pasé a buscarla en mi taxi. Melisa tomó asiento a mi lado y, de repente, comencé a sentir taquicardias. Ella sin embargo, según me dijo, comenzó a notar cierto descenso en sus pulsaciones.

Y no me preguntes cómo ni por qué ocurrió, pero después de aquel primer flechazo, en una fracción de segundo imposible de definir, nos besamos. Y aquel fue el beso más perfecto de nuestras vidas.