Archivo de abril, 2012

Tu ombligo

30 abril 2012

Lo fácil, lo estúpido, es blindarse. No tienes más que mirarte al espejo y trazar un círculo alrededor de tu ombligo: yo soy el bueno: los que son como yo son los buenos: los distintos a mí, a nosotros, son el enemigo, los culpables de todos nuestros males. Si tu ombligo es blanco, los negros son inferiores a nosotros (y quien dice negros dice mestizos, o sudacas, o putos mexicanos si eres gringo). Si eres hombre y te gustan las mujeres, los gais son perversos, aberrantes, enfermos (aunque tienen cura para ser normales, es decir, como yo: porque yo soy ”lo normal”, el punto de referencia del mundo hermético que me he creado). Si naciste en España, los que vinieron de fuera y tuvieron la indecencia de enfermar en suelo ajeno, a la hoguera con ellos. Que se larguen de ”mi” país.

Lo verdaderamente estúpido es que no se refieren a atributos conseguidos por méritos propios, sino a cualidades obtenidas por un azar del que nunca fueron responsables. Nadie elige el color de su piel, o sus tendencias sexuales, o la cuenta corriente de quienes serán sus padres. Nadie elige haber nacido en un país devastado por el hambre, o no tener más remedio que emigrar para dar de comer a los suyos. Y ya seas rico o seas pobre, nadie elige caer enfermo: nadie elige la leucemia, nadie elige el VIH.

Pero sólo alguien estúpido es capaz de negarle a otro ser humano la atención sanitaria que precise para evitar la muerte. Sea de donde sea. Venga de donde venga (puede que de países hambrientos también por nuestra culpa, por comprar petróleo a sátrapas, léase Guinea, o por venderles armas). O sólo alguien estúpido, que no ve más allá de su propio ombligo, es capaz de subirse a un púlpito y en nombre de un dios subvencionado por un Estado laico demonizar a los homosexuales.

O tal vez, en cualquiera de estos dos casos, entendí yo mal el catolicismo, que también puede ser.

Algo ha cambiado

27 abril 2012

Hay personas que están ahí como latentes, que siempre fueron bellas pero pasó algo, no sabes qué, tal vez un golpe en la cabeza o que me hice mayor, y de repente esa belleza clásica se convirtió en la única, en lo más, y sus labios que antes también besabas como quien besa espejos ahora ya son lanchas, y tu lengua un náufrago, y te salvan la vida.

Ella estaba, ella siempre estuvo ahí, enamorada de un muelle, bebiendo las aguas de tu taxi, esas aguas con manchas de alquitrán. Y mientras, tú por otros mares, inmerso en tu colección de sirenas, ella entre ellas, sirenas de asfalto para un taxista al que le escaman los corazones salados solo porque dan sed. Pero pasó algo, no sabes qué, tal vez un golpe en la cabeza o que me hice mayor, y de repente ya no hay sirenas, murieron atropelladas por la envidia, y ahora ella te acompaña por la noche, todas las noches, a tu lado, en tu taxi.

Y jugamos cada día a los cardiólogos para salvar lo nuestro. Y yo me hago el muerto, y como no puedo evitar la risa, tú siempre ganas, las ganas que te tengo. Y antes no supe verte, y ahora me ciegas.

Has cambiado aunque sigues siendo la misma. O tal vez soy yo.

Born to be wild

26 abril 2012

“Dile a José Ángel que me espere, y busca también al de recursos humanos, ¿cómo se llama… ¿Víctor?, ¿Velasco? (…) Eso: Bruno. Pues que me esperen los dos en la sala de juntas. No, espera: mejor en la sala azul, en la otra planta. Prefiero que no se enteren los de gastos. Yo estoy llegando. Llego en cinco minutos. (…) ¿Que aún no tiene el balance de cuentas? ¿y a qué coño espera el hijoputa ese? Se lo pedí hace tres días, TRES DÍAS (…). Claro, pero como no lo tenga en mi mesa a las cinco, dime a ver qué coño les digo yo a los de arriba. (…) ¿Quieres que me coma yo el marrón por culpa del incompetente ese? (…) Me importa una mierda que sea el sobrino del jefe. Si no vale, pues a la puta ca… (…) Bueno, escucha, que lo haga el otro. (…) El becario, sí. Y así lo aprende para la próxima. (…) No, no. No te confundas. Yo aquí soy uno más. Si te pido las cosas ya sabes por lo que es. Sabes que si yo estoy jodido, tú estás jodido. ¿Te has enterado de lo de… ya sabes? (…) Eso es. Otros quince a la calle antes del verano. Así que o me ayudas en esto, o nos vemos los dos en la cola del paro. (…) Bien. Chao”.

El usuario colgó el teléfono. Suspiró. Se ajustó la corbata. Luego me miró a través del espejo. Le miré yo a él. Cruzamos las miradas. Justo en ese instante comenzó a sonar por la radio “Born to be wild”, de los Steppenwolf. Me gusta esa canción. Despegué la mano del volante y subí el volumen. El hombre siguió con los ojos la trayectoria de mi mano y ahí se quedó, con la mirada fija en el dial de la radio. Parecía gustarle también. Bajé la ventanilla. El viento lo despeinó.

Detuve mi taxi a las puertas de su oficina. Me giré hacia él.

-¿Qué te debo?- me preguntó peinándose con la mano.

-Ocho cincuenta. ¿Quiere el recibo?

-No. Esto no me lo paga la empresa. Salí tarde de una reunión, y ahora tengo otra, y no llegaba a tiempo… por cierto, ¿qué hora tienes?

-Ninguna. No llevo reloj.

Me pagó y salió del taxi con prisa. Guardé su dinero en el bolsillo y reanudé la marcha. Giré la próxima calle a la derecha. O a la izquierda. No lo recuerdo.

Recuerdo, eso sí, el color de su corbata. Era azul.

Flores contra el olvido

25 abril 2012

El setentón repeinado, perfumado, con un ramo de flores amarillas envuelto en papel de periódico (el ABC sección esquelas, para más INRI), me pidió llevarle al cementerio, esperarle un momento y volverle a traer de nuevo al mismo sitio.

Durante aquel primer trayecto no soltó el ramo. Lo apretaba fuerte entre sus manos, en silencio, mientras miraba a través de la ventanilla: los coches, las farolas, un perro orinando, un buzón, los graffitis. Cuando llegamos al cementerio me dijo que le esperara unos minutos, que ahora mismo regresaba. Y así fue: bajó del taxi, entró en el camposanto y al rato regresó ya sin el ramo de flores, con las manos en los bolsillos del abrigo. Tomó asiento y por justificar su ausencia, me dijo: “Mi Paca, la pobre”.

Luego hicimos el camino inverso, también en silencio. Le dejé de nuevo en el mismo portal, me pagó los doce euros del taxímetro y ahí quedó todo, como en puntos suspensivos. Tal vez, después de aquel trayecto, subiría los tres pisos por la escalera (para ejercitar las piernas), entraría en casa, regaría las plantas de interior, intentaría desatascar el desagüe del baño, resolvería el sudoku que dejó a medias no más que por hacer tiempo hasta la hora de comer: un caldo bien caliente y una lata de sardinas con su vaso de vino, y comería despacio en lo que dura el telediario, y luego una pequeña siesta en el sofá, duermevela, cabezadas, la partida de cartas de las cinco en el Centro de Mayores, y otra vez a casa, otro sudoku, otro telediario y a la cama, con la radio en la oreja. Siempre quieto en su lado de la cama. El otro lado intacto.

Tal vez aquel ramo de flores, para su Paca, representara esa batería que mantiene vivo el pasado, su único contacto invisible para evadir la soledad: se acuerda de Paca y ahí el símbolo, las flores, sobre una lápida. Y yo lo entiendo. No soy religioso, pero lo entiendo. Porque tal vez no lo haga por ella, por el espíritu de ella, sino por él.

La cuadratura del vínculo

24 abril 2012

La puta me tendió un trozo de papel cuadriculado con una dirección escrita a boli. Debajo de la calle y número del putero al que habría de visitar, me fijé en la siguiente anotación: “60-30m+2T”. Según mi experiencia taxial en el transporte de putas, 60 era el precio que pactaron por un servicio de media hora (30m). Los taxis de ida y vuelta también correrían a cargo del cliente (+2T). De hecho, al bajar de mi taxi y como tantas otras veces, la puta me pidió un recibo que después entregaría al putero como justificante de pago.

Aparte de la frialdad que representa buscar placer en otro cuerpo desalmado como quien compra cien gramos de chopped, en esta ocasión me dio por pensar en los motivos del precio: ¿por qué follar con esa chica, o dejarse follar por el cliente, costaba 60€ y no 50, ó 250, ó 25.000? ¿qué baremos determinan las tarifas del alquiler de cuerpos?

Ahí está lo atroz: es el mercado. La belleza relativa se mide en euros: la talla del sostén, el peso, las medidas (cadera, cintura, pecho, altura), los rasgos, el color del pelo, el color de la piel… la nacionalidad. Es importante la nacionalidad: las más caras en España son siempre españolas, cotizan al alza las japonesas (no confundir con chinas o asiáticas), y las bellezas nórdicas se han devaluado a medida que aumentó la oferta y descendió el prestigio (para saber hacia quiénes somos racistas los españoles, no hay más que conocer el precio medio de las putas en función de su país de origen). Aparte, se estandariza la belleza hasta alcanzar un grado de objetividad consentida que asusta, sumada a una macabra ley de la oferta y la demanda. Estamos hablando de seres humanos negociando con el oficio más antiguo del mundo. Estamos hablando del azar de haber nacido en un entorno u otro (ellas), con unas u otras características físicas también fruto del azar (ellas), cuyo conjunto determinará cuánto será capaz de pagar el hombre, cualquier hombre con dinero ya sea guapo, feo, asiático, obeso o maniaco depresivo (lo de él no importa).

Ella, esta usuaria de mi taxi en cuestión, era consciente de que no podría cobrar más de 60€ dada la competencia, o la crisis, o su grado de belleza estandarizada en una escala del cero al diez. Su trabajo consistía en captar clientes a través de un anuncio en el periódico, acudir a todas las citas, abrirse de piernas y tragar (en el sentido más jodidamente dual de la palabra). Desconozco los motivos que la llevaron a ser puta, si fue forzada (la mayoría, por desgracia, ejerce en contra de su voluntad) o por decisión propia.

En cualquier caso hay algo en esta sociedad que no funciona.  

Nunca funcionó.

Y seguirá sin funcionar.

Los nuestros

23 abril 2012

Y ahí, mientras tratabas de cruzar Cibeles al volante de tu taxi, te diste cuenta. No sólo os sorbieron el cerebro: también os lo han retorcido. Lo viste en aquel chico que se plantó delante de tu taxi y te obligó a frenar. “Si no pitas no pasas” te gritó eufórico a la vez que ondeaba la bandera de un equipo de fútbol.

Ese chico y otros cientos que, en conjunto, rodeaban la plaza se creían triunfadores, orgullosos, felices: como en posesión de la verdad absoluta. Y eran jóvenes, como tú. Ahí vitoreando oé oé se encontraba el futuro de un país que, inexorablemente, se estaba yendo a la mierda. Nuestra generación perdida coreando el triunfo de un equipo compuesto por multimillonarios sin estudios, los héroes de nuestro particular circo romano.

Ahora, pensaste, las empresas o “los otros” manejan nuestros sentimientos: “Madridista hasta la médula”, “orgulloso de Fernando Alonso”, “YPF es España”. No importan las deudas de los clubs de fútbol ante un país en quiebra. No importa que “nuestro” campeón de la Fórmula 1, aquel que ondea la bandera de Asturias, tribute sus millones fuera de España. Asumimos sin rechistar la escalada de precios del combustible mientras el presidente de la petrolera, Antonio Brufau, se embolsa 7,8 millones de € sólo en el último año (¡viva Repsol!). Tampoco parece importar demasiado el repago en Sanidad, los recortes en Educación y en Ciencia, el asalto a RTVE o el indulto a los condenados por el Yak-42. O la subida de la luz, el gas, el IRPF y el paro. O la fuga de cerebros. Lo importante es que ganen los nuestros.

Pero entonces, con los chicos gritando eufóricos “si no pitas no pasas” alrededor del taxi, tu usuario te dijo:

-Pite, pite.

Y tuviste que pitar, y te abrieron el paso porque pensaron que eras uno de los suyos. Pero tú no te sentiste de los suyos. Tal vez no te sientieras de nadie. Ya no.

La extraña vida de los Gómez-Parker (IX)

20 abril 2012

- EL TAXISTA GILIPOLLAS -

Cargué las maletas en mi taxi y después montaron Franco y Alba. No les vi siquiera despedirse de sus padres. Por el camino Alba me dijo que no sólo había discutido con ellos; también les había bloqueado las cuentas, despedido a las tres asistentas y cancelado el alquiler de la mansión. Y todo por culpa de la reacción de Helga cuando Alba les dijo que estaba embarazada de su hermanastro. Ahí supo que Helga nunca había querido a su padre, que sólo le importaba el dinero y que el hijo que esperaba de Franco sólo suponía para ella el aval perfecto para seguir viviendo del cuento durante el resto de su vida.

Por eso Alba le preguntó a su padre: “O Helga, o yo”. Alba tenía previsto llevarle con ella y Franco a Nueva York, ciudad donde nunca le faltaría de nada. Sin embargo el señor Smith optó por Helga. Prefirió renunciar a su propia hija (y al dinero) y quedarse en Madrid con su esposa y empezar de cero. “Trabajaré en lo que sea para mantener a mi mujercita”, añadió desafiante. Y ahí fue cuando la familia Gómez-Parker se rompió en dos.

Dejé a Alba y a Franco en el aeropuerto. Saqué las maletas y me despedí primero de Alba (con dos besos) y luego de Franco (le di un abrazo y él me correspondió con un besó en la boca; luego me tendió una flor de papel, como las que regalaba a su psiquiatra, su falso amor). 

Luego regresé de nuevo a la mansión con la intención de cobrar lo mío y despedirme. Desde el segundo o tercer trayecto (que me pagaron en el momento) acordé con Helga apuntar cada importe de taxímetro con la intención de cobrarlo todo junto al final de la semana. Según mis cálculos, Helga tendría que pagarme 857,35€.

Pero al llegar y tocar el timbre, no me abrió nadie. Llamé al móvil de Helga y una voz metálica me dijo que el número marcado no existía (supuse que estaría a nombre de Alba y lo habría dado también de baja).

A la tarde volví a pasarme por la casa y en una de las puertas vi colgado un cartel de SE VENDE O ALQUILA con un número de teléfono. En ese número (era una inmobiliaria) me dijeron que no podían facilitarme ningún dato de los anteriores inquilinos y que ahí ya no vivía nadie.

Y de ahí fui directo a la comisaría de Alcobendas. Les conté lo ocurrido y presenté una denuncia contra Helga por el impago de 857,35€ en servicios de taxi. Al comprobar los datos en el ordenador el policía me dijo:

-Disculpe, caballero. No existe nadie que atienda al nombre de Helga Gómez-Parker.

Claro, pensé. Y así quedó todo.

- FIN -

La extraña vida de los Gómez-Parker (VIII)

19 abril 2012

- EL AMOR EN LOS TIEMPOS DE SKYPE -

No pude evitar sonreír cuando me enteré de quién era el padre del bebé que esperaba Alba. Fue la típica sonrisa que lanzas sin querer cuando todo te encaja de repente. Ahí comprendí que Franco, en realidad, no estaba enamorado de su psiquiatra, sino que fingía estarlo para desviar la atención y no levantar sospechas. Era consciente del revuelo que podría organizarse. Imagina que Helga y el señor Smith se enteran de que Franco mantiene desde hace años una relación con su propia hermanastra. Una hermanastra sin lazos sanguíneos, de acuerdo; pero hermanastra al fin y al cabo. 

En cualquier caso, su historia me resultó insólita teniendo en cuenta que Franco consiguió enamorar a Alba, su hermanastra, sin emitir ni una sola palabra (os recuerdo que Franco dejó de hablar hace cinco años), y a 6.000 kilómetros de distancia. Ella en Nueva York y él en Madrid. Cuando Helga me dijo que Franco enamoró a Alba a través de Skype (videoconferencias), conociendo como llegué a conocer la cautivadora personalidad de Franco, imaginé mil escenas: Franco acariciando en la pantalla los píxeles de Alba, o ampliando su boca a máxima resolución, o desplegando todo su ingenio para que ella alcanzara a entender y compartir sus sentimientos. Imaginé a Franco dibujando símbolos en la misma pantalla sobre la cara de Alba, dibujando rayos de sol en sus pestañas, o dunas prolongando la silueta de sus labios, bajo la palmera de su nariz, y direccionando después su webcam a la pantalla para que ella se viera a sí misma, como formando un bucle, según la ve él: un sol que lo ilumina todo sobre un oasis que es su rostro en el desierto de la distancia. Y mientras, ella hablándole. Hablando a la imagen y al silencio de Franco.

A partir de ese enamoramiento, Alba comenzó a viajar con más frecuencia a Madrid. Y con sus visitas a la residencia familiar comenzaron también los contactos carnales. Y en el último de esos contactos, Alba se quedó embarazada. Y nadie supo nada hasta ahora.

El caso es que la desdicha que advertí en Alba cuando fui a recogerla al aeropuerto no era tal, sino un miedo atroz a la reacción de sus respectivos padres. Pensaba que los perdería para siempre, y en cierto modo así fue. La familia Gómez-Parker se rompió en dos pedazos no por la mala reacción de sus padres al enterarse de la noticia, sino al contrario. Se rompió porque Helga, para sorpresa de todos, reaccionó demasiado bien.

Mañana os cuento el porqué.

(Continuará…)  

La extraña vida de los Gómez-Parker (VII)

18 abril 2012

- NADIE ES SU VERDADERO NOMBRE -

Fue lo primero que me contó Helga tras el bombazo de ayer: que Alba y Franco no eran hermanos, sino hermanastros. Franco, en realidad, era hijo de Helga y Alba la hija del señor Smith. Yo sabía que Helga siempre había sido una vividora cazafortunas. De hecho, llegó a reconocerme dos maridos anteriores al señor Smith: un empresario taurino del cual se separó apenas unos meses después de contraer matrimonio, y un excéntrico coleccionista inglés que falleció, según me dijo, “de un paro cardiaco mientras buceaba en las islas Fiyi”. Del primer matrimonio apenas pudo sacar tajada (resultó no tener más que deudas), pero el segundo dejó a Helga una suculenta herencia y un hijo en común: Franco. Tras la muerte de su segundo marido, Helga, que no había trabajado en su vida ni pensaba hacerlo, invirtió casi toda la fortuna que le dejó con la intención de vivir de las rentas por una buena temporada. Invirtió en un producto que, según decían, ofrecía una altísima rentabilidad a corto plazo. Invirtió en sellos. En el Forum Filatélico, para más datos.

Por supuesto, se arruinó. Pero después de esto, lejos de venirse abajo y con un hijo a su cargo, Helga volvió a probar suerte. Y ojeando el Wall Street Journal leyó un artículo sobre una jovencísima economista española que empezaba a dar mucho que hablar entre los círculos financieros “por sus predicciones certeras en inversiones de deuda”. Así fue como supo de Alba y así fue como también, con no demasiado esfuerzo, consiguió dar con su padre, el señor Smith, un tipo de aire bobalicón y además viudo, al cual fue fácil conquistar y enamorar.

Y así se conocieron y casaron Helga y el señor Smith. Y así se conocieron Alba y Franco.

Otra parte curiosa de esta historia se encuentra, precisamente, en los apellidos de ambos. Ni el señor Smith en realidad se apellida Smith, ni Helga se apellida Gómez-Parker. Lo de Smith se lo puso él mismo fascinado y abrumado por el éxito de su hija en Wall Street. Le daba vergüenza que Alma le presentara a sus inversores (en esas fiestas de gala donde a veces les invitaban) con su verdadero nombre: Bernardo Villaespesa (nombre imposible, por otra parte, de pronunciar en inglés). Sin embargo nunca llegó a dar con un nombre apropiado, por eso se quedó simplemente con ”señor Smith”, a secas. Pero más curioso es lo de Helga. En realidad Gómez era el apellido de su primer marido y Parker el apellido del segundo. Aquella forma de mantenerlos no era más que su particular (a la par que irónico) homenaje a los hombres que habían dejado huella en su vida (o en su cuenta corriente). De hecho, en la actualidad, su nombre completo es Helga Gómez-Parker-Smith (“Villaespesa no, ni cracy”, llegó a decirme).

Helga también me contó el embarazo de su hijastra Alba y por qué aquello cayó como un jarro de agua fría entre los Gómez-Parker. Pero es demasiado fuerte para un solo post. Mejor os lo cuento mañana.

(Continuará…)

La extraña vida de los Gómez-Parker (VI)

17 abril 2012

- EL SECRETO DE ALBA -

No te imaginas la rareza de aquel viaje, desde la residencia de los Gómez-Parker hasta el Asador Donostiarra, los cuatro miembros de la familia juntos, por primera vez, y en mi taxi. Franco a mi lado, con su mano sobre la mía en la palanca de cambios y la otra mano jugando a mover un volante imaginario, imitándome. De hecho, viéndole cómo me imitaba, me di cuenta de que yo frunzo mucho las cejas o que tiendo a morderme el labio inferior.

Y en las plazas traseras, el complaciente y sumiso señor Smith luciendo otra de sus habituales pajaritas, mirando por la ventanilla con cara de bobo; en el centro Alba, con los ojos todavía rojos (mirando al infinito de mi espejo retrovisor), y a su derecha, Helga Gómez-Parker, que no paró de hablar en todo el trayecto. Me hablaba a mí, de hecho. Al único que no era miembro de su familia.

-Hoy el cielo es blue, blue, pero con stupid clouds, Daniel. Cielo limpio or clouds, luz or blindness. Tú decides.   

En los últimos días, Helga y yo habíamos intimado bastante (o más bien era ella quien había intimado conmigo). Me contaba su vida y la vida del resto de su familia porque, en realidad, no tenía a nadie con quien hablar. Su marido era demasiado soso y complaciente, imposible hablar con él sin aburrirse, su hija Alba vivía casi todo el año en Nueva York y su hijo, directamente, no hablaba. Tampoco tenía relación con sus vecinos (en la Moraleja no hay más que enormes chalets incomunicados, y Helga detestaba los clubs sociales). Y digo que era ella quien había intimado conmigo porque apenas sabía nada de mí. Sólo hablaba de lo suyo: de su colección de vestidos, de las rarezas de su hijo y de los logros de su hija (nunca me habló de su marido). Pero aún me faltaba por conocer el motivo de la tristeza de Alba, y por sus caras cuando salieron del restaurante y volvieron a mi taxi, supe que en ese preciso intervalo ella les había contado el motivo de su desdicha. Y habría de ser un motivo que afectara al resto, pues ahora eran todos menos ella, Franco incluIdo, los que se mostraban claramente preocupados.  Alba, sin embargo, parecía aliviada. Sonriente incluso.  

Llegamos de nuevo a su casa y se bajaron todos excepto Alba, que me pidió acercarla al centro comercial La Moraleja Green: tenía antojo de helado. Me dijo esto mientras se recostaba en su asiento y se acariciaba satisfecha, con ambas manos, la ligera curva de su vientre. Una curva que me pasó inadvertida (y tal vez al resto también) por la ropa ancha que siempre lucía (jersÉis gruesos, abrigos holgados) y sin embargo ahora emergía satisfecha, ya sin miedo. Ahí descubrí que Alba estaba embarazada, que por primera vez no lo ocultaba y que aquel era, sin duda, el motivo de la reciente desdicha del resto de su familia.

(Continuará…)