Archivo de marzo, 2012

Ideología a la carta

30 marzo 2012

Es inútil. El Establishment también mató tu pensamiento crítico. En cuanto decidas tatuarte la ideología que mejor se adapte a tu ombligo, dedícate a engordar lo tuyo con un amplio abanico de panfletos a la carta. El primer paso será desprestigiar lo opuesto. Para ello te crearás un solo enemigo: o conmigo o contra mí. A partir de ahí, y a base de esteroides noticieros, sólo confiarás en las buenas noticias de los tuyos y en las malas del contrario. Si por error cae en tus manos alguna noticia positiva del enemigo, considéralo un bulo o una burda manipulación. Seguro que tu panfleto a la carta logrará dar con una teoría conspirativa adaptada a tus necesidades.

Y cuidado con generalizar. Sólo se generaliza con lo malo del contrario y con lo bueno de los tuyos. Corruptos son los otros; en los nuestros sólo habrá, si es que los hay, casos aislados. O serán campañas de desprestigio orquestadas por el enemigo (esos cabrones son capaces de todo, recuerda).

Y quédate con las cifras de manifestantes que mejor te encajen. Ahora siempre dan tres: las de los tuyos, las de la poli (buena o mala, según quién gobierne), y las del enemigo.

Y sobre todo, cree firmemente en la democracia, pero sólo si ganan los tuyos. Si ganan los otros, lo tendrás claro: el pueblo es idiota. Están manipulados o peor: comprados por el enemigo.

Ahora monta en mi taxi y cuéntame sin pudor lo perversos que son los otros. Recuerda que estás en posesión de la verdad.

#29M

28 marzo 2012

Nos han mentido. Nos mienten. Y si nadie hace nada, nos seguirán mintiendo. Me refiero al gobierno. Me refiero a sus medios afines. Prometieron no subir los impuestos y exactamente fue lo primero que hicieron. Se postularon como el “partido de los trabajadores” y nada más alcanzar el poder emprendieron la reforma laboral más dura e injusta para el trabajador que ha parido la democracia. Una reforma que, lejos de fomentar el empleo, engrosa aún más las listas del paro (despidos más baratos, contratos más precarios), una reforma que sólo contenta a los grandes empresarios. Y mientras tanto, sus medios afines allanan el camino echando pestes contra los sindicatos, con fotos de sindicalistas tomando cañas (¡wow!), o sacando en portada que un sindicalista cobra 181.000 € en un consejo de administración (omitiendo que lo dona íntegro al sindicato) o, directamente y sin reparos, que la del día 29 será una huelga contra España.

Dicen que no nos queda otra, que hay que recortar en sanidad y educación, que no hay dinero. Pero siguen inyectando millones a la banca. Pero siguen gastando nuestros impuestos en gilipolleces. Pero a las grandes fortunas no se las toca, ni a las SICAV, ni toman medidas drásticas contra el fraude fiscal. Ni merman los privilegios de la Iglesia (si caes enfermo, será mejor que reces). Ni frenan la industria armamentística (para tanques y bombas siempre habrá dinero), ni tocan la corona. Y la culpa del déficit la tiene el PSOE. Un déficit generado, en gran medida, por las Comunidades Autónomas. Comunidades que también gobernaban ellos, dinero público que gastaron en proyectos faraónicos, en fórmulas uno, en aeropuertos sin aviones, en gúrteles o en ciudades vacías de la Cultura: la gran fiesta a costa del contribuyente. El PSOE no lo hizo bien, cometió errores imperdonables (ya pagaron por ello en las urnas). Pero ahora el remedio supera a la enfermedad, y la brecha entre ricos y pobres continúa creciendo hasta alcanzar su nivel más alto en 30 años. Y con cinco millones de parados a nuestras espaldas, al marido de Tal lo acaban de colocar en Telefónica. Y la ex de los otros, en Endesa. 

Por eso creo necesaria esta huelga general. Precisamente con la que está cayendo, precisamente para que no caiga más y peor. Porque no es una crisis, es una estafa. 

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Nota: Mañana #29M, yo también aparcaré mi taxi. Es un acto de responsabilidad.

¡Duele!

27 marzo 2012

“¡Eh! Esa de ahí es mi exnovia. ¡Duele!” El usuario se refería a una chica que cruzó justo delante de nosotros. Iba sola pero contenta, despreocupada, con un café del Starbucks en la mano y unos cascos, embebida en su música, cantando y sonriendo a la vez. Caminaba despacio, sin rumbo o tal vez con rumbo pero sin prisa, disfrutando en cualquier caso del sol de primavera, del bullicio, del instante. Llamó mi atención que su sola presencia fuera causa de dolor en mi usuario. Dolor por una ruptura reciente, sin duda. Pero también por verla contenta o peor aún: independiente. Cuando cortamos un amor de los que marcan, reconforta pensar que la parte contraria cojea igual que cojean los recién mutilados, que continuará cojeando durante un tiempo, cuanto más tiempo mejor, triste y desorientada por la falta repentina de su punto de apoyo. Nos tranquiliza saber que estará hecha polvo, sin levantar cabeza, llorando por las esquinas de muestra ausencia, como ancladas en un pasado, obsesionadas por esa herida no resuelta, víctimas de un súbito bloqueo. Y ese deseo es sin duda irracional, tampoco queremos que sufra porque seguimos amándola aunque ya no sea nada. De ahí que se le escapara ese “¡duele!”. Que no pudiera evitar decirle “¡duele!” al taxista, a mí, sin conocerme.

“Ya lo creo que duele”, pensé. Ella era guapa pero nunca más será ”su” guapa. Ni podrá volver a besar su cuello suave, ni a compartir la música que ella escucha (¿cuál será?), ni a beber de su mismo café.

-¿Cómo toma ella el café?- se me ocurrió preguntarle.

-Espresso con leche, vainilla y caramelo- me dijo. Y rompió a llorar.

Llegamos a su destino, me pagó y se bajó de mi taxi cabizbajo, desorientado, mutilado, sin su punto de apoyo.

Yo apagué el taxímetro y me fui a un Starbucks. Pedí un espresso con leche, vainilla y caramelo.

Estaba bueno. Como ella.

Dentro de un espejo

26 marzo 2012

Ayer viajó en mi taxi una “famosa”. Así, tal cual. Sin sustantivo. Ni “escritora famosa”, ni “actriz famosa”, ni “famosa neurocirujana”. Sólo “famosa”, a secas. Su rostro me resultó familiar porque había salido mil veces en televisión, en todos los canales, imposible evitarla; no recuerdo haciendo qué, tal vez contando su vida íntima, o la vida íntima de otros. Creo que hace años se casó con un torero y luego se divorció del torero, y primero vendió su matrimonio y luego vendió su divorcio porque hay gente que compra esas cosas para que otra gente, mucha gente, sienta envidia. Una envidia que tampoco entiendo (¿qué ha hecho digno de mención? ¿casarse?, ¿divorciarse?)

En fin, el caso es que la mujer llamó mi atención no tanto por su condición de “famosa”, lo cual no me impresiona, sino por su gesto: actuaba como consciente de ser el foco de atención de todas las miradas aunque nadie la estuviera mirando. Y ese durísimo papel ya había moldeado su rostro hasta el punto de acartonarlo (ojos blindados, mueca complaciente, cejas arqueadas por encima del límite entre el bien y el mal).

A través del espejo sentí que no era ella quien viajaba en el asiento trasero de mi taxi, sino el personaje que ella misma se había creado. De tanto actuar, de tanto perpetuarse ante los focos (en los platós, en restaurantes, en los taxis, en la calle, o de compras), en una suerte de Gran Hermano (de Orwell, se entiende), tal vez se hubiera olvidado de sí misma, tal vez no recordara quién era o cómo actuaba en su vida anónima, sin ojos que siguieran y escrutaran sus pasos. Podría decirse que había borrado todo indicio de intimidad. Como quien vive dentro de un espejo.

No puedo

23 marzo 2012

No puedo evitar la lluvia. No puedo evitar el hambre. No puedo evitar Standard & Poor’s, ni a Pedro Jota. No pude evitar Fukushima, ni aquel vómito en mi taxi. No puedo evitar el precio del arroz, ni Eurovisión, ni las heces de perro, ni los servicios de atención al cliente. No puedo evitar estornudar, ni que las uñas crezcan, ni los trolls. No puedo evitar las actualizaciones de Windows, ni las pelis de Coixet. Ni el paso del tiempo, ni los bordes de las pizzas, ni los pelos de punta.

No pude evitar encontrarte. No puedo evitar las taquicardias, ni los suspiros. Ni petar de pétalos tu sombra. No puedo evitar pensar que todos esos pasos del taxímetro son los besos que me quedan por darte. Ni que detrás de cada usuario estás tú, disfrazada, jugando a los taxis conmigo. Ni que detrás de mi espejo estás tú, si lo raspara con la uña. No puedo evitar abrazar tu espalda cuando duermes a mi lado, pegar mi pecho a tu espalda, coordinar latidos, regar tu cuello con mi aliento, inventar ganzúas para okupar tus sueños. No puedo evitar que estés presente en mi futuro, regalarte lo que fui para tu hoguera, construir lo que seremos.

Tampoco puedo evitarme. Ya me ves.

Mimeetic

22 marzo 2012

Todas las parejas son iguales dos a dos: Él gordito, ella gordita. Guapo él nivel 7, guapa ella nivel 7. Hippies ambos, casuales ambos, o los dos gafapasta, o los dos repijos. Si por algún casual no existe tal equilibrio físico, ya sea en su grado de belleza o en una notable diferencia de edad, será porque sin duda ocultan información relevante: Si ella es muy guapa y él es muy feo, él será famoso, o sobresaliente en alguna materia, o reconocible y admirado en ciertos círculos. Si existe diferencia de edad, si se llevan 20 años o más, el mayor de los dos tendrá mucho dinero (o el menor buscará conseguir la nacionalidad del mayor).

Este mimetismo o equilibrio entre ambos puede incluso llegar a calar en sus propios gustos. Ayer, sin ir más lejos, un usuario de mi taxi bajito, rechoncho y tirando a feo, me señaló a una chica que paseaba por la calle y, dándome un codazo cómplice, me dijo (palabras textuales):

-¡Mira qué moza! ¡Así me gustan a mí, con carnes donde agarrar!

La muchacha en cuestión era bajita, rechoncha y también tirando a fea, exactamente igual que él, pero en fémina. No podría decirse que aquella “moza” entrara en los cánones de la belleza clásica, pero a él le gustaba o al menos así me lo expresó. Tal vez, pensé, al no poder permitirse mujer de mayor rango, sus gustos también se hubieran visto forzados a amoldarse. Igual que los gustos de aquellos hombres que de jóvenes se casan con mujeres guapas y esbeltas, y con el paso de los años ellas engordan mucho, y entonces ellos cambian y dicen que les gustan “rellenitas”. A la fuerza ahorcan, diría yo. 

En fin, que para gustos, los colores. Aunque juguemos sin querer al daltonismo selectivo.   

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 Nota: Si te ha ofendido la contundencia de este post, es que tú también eres feo.

Tirar del hilo de tu voz

21 marzo 2012

Dijeron tu nombre en la radio y después llegó tu voz. Eras tú. No había duda. El locutor te presentó como la actriz protagonista de un cortometraje nominado a no sé qué premio europeo. En cierto modo, no me sorprendió. Siempre supe que acabarías cumpliendo ese sueño. Cuando estábamos juntos, ya apuntabas maneras en aquella escuela de teatro. Yo siempre te animaba a continuar: eras buena, tenías futuro. Incluso llegué a escribir monólogos sólo para ti, ¿recuerdas? Para ayudarte a ensayar el texto, yo hacía de público (me ponía un bigote postizo) mientras tú interpretabas. ¿Recuerdas aquel de la cajera transexual del Pryca? ¿o el de la monja embarazada? Al final yo te aplaudía, y luego tú te sentabas sobre mí, me abrazabas fuerte y me besabas el bigote postizo. Lo pasábamos bien. Nos quisimos mucho, mientras duró.

No me sorprendió, como digo, que varios años después te escuchara aparecer en la radio. En esos instantes yo me encontraba conduciendo mi taxi libre por el Paseo de la Castellana y, de súbito, tu voz comenzó a evocarme decenas de recuerdos como flashes sorprendentemente nítidos. De hecho, tal vez siguiendo tus cantos de sirena o arrastrado por el hilo del recuerdo, cuando quise darme cuenta, ya me había dirigido a las inmediaciones de la radio en la que estabas (Cadena SER, Gran Vía 32). Acabó tu intervención y en los minutos siguientes yo, en Gran Vía, aminoré la marcha por intentar coincidir con tu salida de la radio. Tenía curiosidad por saber, aunque fuera de lejos, cómo te había sentado el paso de los años. 

Me detuve en un semáforo y, de repente, te vi salir tan guapa como siempre o más que nunca. Pero en lugar de marcharte caminando te acercaste a la acera y alzaste el brazo al primer taxi libre de la calle, que resultó ser el mío. 

Respiré hondo. Y antes de que se abriera el semáforo, saqué mi bigote postizo de la guantera.     

La sola libertad

20 marzo 2012

Sucede que cualquier usuario de mi taxi se tensa si le miro insistentemente a través del espejo. Tensa su espalda, tensa los músculos de la cara: las cejas, el mentón, las comisuras; carraspea, incluso. Se siente incómodo. Sin embargo, cuando no se cree observado, cuando yo me comporto como si no existiera (atento a la conducción o simulando ensimismamiento aunque me fije en él, con disimulo), tiende a relajarse, a confiar los músculos del rostro y a sentirse progresivamente libre casi hasta el grado de creerse solo en el taxi, como si el taxista fuera parte del mobiliario.

Algo similar sucede cuando escribimos pensamientos, sensaciones. No es lo mismo escribir para uno mismo, que hacerlo presuponiendo que esas precisas palabras serán leídas. El texto predestinado a ser quemado o guardado con siete llaves, sólo escrito para uno mismo, conserva una frescura inigualable. Carece de prejuicios, de mentiras. Es y será siempre un texto libre, auténtico, sin vicios: nunca fue pensado para agradar a nadie, ni para sorprender a nadie, ni para ser comprendido por nadie más allá de uno mismo, del desahogo.  Es un texto escrito en libertad.

Por eso tal vez la libertad, ya sea libertad de movimientos o libertad de pensamiento, se encuentre precisamente en eso: en la falta de ojos ajenos, en la más estricta intimidad. Por eso, tal vez, seamos más libres cuanto más lejos nos creamos de otros juicios. Por eso, tal vez, precisamente, cuanto más solo, más libre.

Piensa en ello.

Taxifobia

19 marzo 2012

Detienes tu taxi en un semáforo. Las luces rojas también tiñen el color de tus ojos, tu forma de mirarlo todo. Echas un vistazo alrededor y, de repente, detectas en el tráfico, en los coches que te rodean, en la gente que cruza, en ese malabarista que ameniza la espera, en el rumano que insiste en limpiarte el cristal, en la pareja de policías de espaldas a ti, en el sol y en el frío, un reflejo de lo que realmente eres por dentro: la representación exacta de tu misma esencia. Eres fluido aunque a veces te atascas. Divertido y dinámico, pero lleno de humo. Caótico, y sin embargo funcionas. O al menos el resto cree que funcionas. Con luces pisando sombras, y extraños limpiándote el camino. Con tu taxímetro haciendo las veces de horizonte: avanzar es dinero, solo eso. Y un profundo amor detrás de todo. Esa es tu esencia. Sentir claustrofobia de ti. Tu taxi dentro de ti circulando por una ciudad que eres tú mismo. Como quien respira de su mismo aliento. Un suicida arrepentido que disfruta del sabor de las heridas.

Pasión

16 marzo 2012

La pasión se demuestra respirando. Es pasión los ojos como platos, las uñas que amenazan, un gemido. La corbata fucsia del funcionario, la camisa arrugada del científico, el jubilado palpando los mejores kiwis, el impoluto libro de registros del bibliotecario, el segurata con su pin de Star Trek, los orgasmos de una puta. El taxista que lo apunta todo: origen y destino de cada usuario, sus tics, a qué huelen, el color de sus ojos o hacia dónde miran.

Pasión es cantar muy serio y muy mal en los karaokes, ir solo a los karaokes, comprar flores para ella, intentar caminar recto cuando vas borracho y nadie mira. Pasión es maquillarte para bajar a por el pan, subrayar los libros, hacer footing, cada día, a las ocho y media, soñar con una isla, fotografiar objetos. Pasión es cagarte en el árbitro, pegar puñetazos en la mesa, llorar con Unchained Melody, haber visto Pulp Fiction más de cien veces, pasar tus apuntes a limpio, buscar droga en una ciudad que no conoces. Pasión es chupar los bornes de una pila de 9 voltios, limpiar el coche los domingos, decirle al cura que te masturbas. Pasión es comentar en este blog, insultar a la madre que parió al bloguero.

Pasión es querer seguir viviendo. Pese a todo.