Archivo de febrero, 2012

La paz a través de Irene

29 febrero 2012

Irene no es alta, ni tiene un cuerpazo, ni estilo al vestir, ni un rostro excesivamente bello. Tampoco domina el arte de la conversación, no atrapa, y lo que sé de su vida resulta cualquier cosa menos interesante. Trabaja como dependienta en una zapatería del centro y duerme en Moncloa, en un piso compartido con dos estudiantes. No le interesa demasiado la música, ni el cine, ni la cocina, ni los libros. Tampoco advertí en ella proyectos o sueños más allá de intentar mantener su puesto de trabajo y pasar por la vida de puntillas. Hace apenas dos años dejó su Zamora natal, dejó a su familia y a sus amigos, para instalarse sola en Madrid (aún desconozco el motivo, si es que lo hubiera). Desde entonces, lleva una vida de lo más discreta, de la zapatería a casa y poco más, apenas algún café con sus compañeras de trabajo, todo muy superficial, ninguna amiga digna de mención. Casi todas las tardes, cuando sale del trabajo, acude caminando a casa no más que por hacer tiempo, por llenar las horas.

Si aquella vez tomó mi taxi fue porque había comprado un televisor, y la caja pesaba demasiado. Lo metí en el maletero y allá que fuimos: primero, por supuesto, en silencio. Luego me dio por hacer un comentario, y surgió una conversación a trompicones, apenas un puñado de frases, el típico diálogo de ascensor. Pero ahí me di cuenta de algo: Irene no tenía nada que ofrecerme, nada por lo que yo pudiera perder la cabeza. Y eso fue, precisamente, lo que me atrajo de ella.

En aquella conversación salió a relucir dónde trabajaba, y allí que me planté a la tarde siguiente, con la excusa de andar buscando unos zapatos del 45. Ella me atendió con suma profesionalidad y yo, a cambio, me ofrecí a llevarla otra vez en mi taxi, pero esta vez con el taxímetro apagado. Irene, en un principio, se mostró reticente, tal vez no entendiera qué interés pudiera yo tener en ella, pero aun así esperé a que cerrara la tienda, insistí de nuevo y acabó aceptando.

En aquel segundo trayecto me contó lo que ya conocéis de ella, siempre muy seria, reservada, como con miedo a darme demasiada información. Incluso me decía una y otra vez que su vida carecía de interés: no sabía ni quería venderse.

Tal vez Irene apareciera en el momento preciso. No tiene nada que ofrecerme, y esa simple sensación me atrapa. En cierto modo, necesito a Irene para no pensar en nada. Aprender de su falta de sustancia. Dejarme seducir por el vacío.  

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Nota: Hoy quedé con ella para tomar un café. Mañana os cuento.

El sabor de un beso ciego

27 febrero 2012

A unos cincuenta metros de mi taxi vi a un hombre apostado en la acera con gafas de sol, un bastón y un cartel de TAXI entre sus manos. El mío era el único taxi libre de la calle, así que avancé despacio hacia el hombre (el tráfico era intenso, y la calle estrecha, de un solo carril) con la intención de detenerme a su altura, ayudarle a subir y llevarle donde él dijera. Pero antes de conseguirlo, sucedió algo inesperado. El coche anterior al que me precedía, un VW Golf rojo, se detuvo a la altura del ciego, abrió desde dentro la puerta del copiloto, y tras intercambiar unas palabras con él, éste plegó su bastón y montó en el coche.

Toqué el claxon. Sin duda, aquel conductor se había hecho pasar por taxista con la intención de estafar al pobre ciego. Como la calle era de un solo carril y apenas nos separaba otro coche, no tuve más remedio que esperar a que el falso taxi se detuviera en el próximo semáforo para acercarme a él e increparle su falta de escrúpulos. Pero el tráfico se volvió fluido, y el Golf continuó calle abajo hasta alcanzar el Paseo de la Castellana, por donde giró a la derecha dirección Cibeles. Ahí aproveché e intenté rebasar a otros coches para alcanzarle. Por suerte, uno de ellos era un coche patrulla de la Policía Municipal.

Pité para llamar su atención. Mientras avanzábamos, el coche patrulla bajó su ventanilla y yo la mía. Le grité al policía:

-¡Detengan a aquel Golf rojo!

Sin más, salió detrás del Golf y yo también. 

Lo abordamos cuando ya se había detenido en el próximo semáforo: el coche patrulla se paró a su izquierda, y yo a su derecha. Pero nada más detenerme y dirigirme hacia él, me quedé pálido. Encontré al ciego girado hacia el conductor del Golf (un chico rubio, bien parecido). Le estaba besando en los labios.

Uno de los policías se bajó del coche y se acercó a mí:

-¿Quiere que detengamos a esos hombres por besarse? 

-No, eh… Perdón.

-¿Será xenófobo el tío?

El policía me mandó a la mierda mientras dejó al conductor del Golf que continuara la marcha.

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Nota: Estoy confuso. Tal vez el del Golf le conociera, o ya fueran pareja y hubieran coincidido por azar. O tal vez, por culpa de un farsante, me quedé sin saber a qué sabe el beso de un ciego.

Ángel y diablo

27 febrero 2012

Resulta incómodo llevarte mal contigo mismo, discutir por dentro y que una parte de ti acabe durmiendo en la cama y la otra en el sofá. ¿Cómo permitir que mi diablo duerma siempre a pierna suelta mientras la conciencia pasa frío y sufre dolores de espalda? ¿Alguien ha visto alguna vez a un ángel con ojeras?

Lo del otro día fue la gota que colmó el vaso. A mi diablo le dio por hacer la gracia y comenzó a prender con un mechero, una por una, las terminaciones nerviosas de mi cerebro como si fueran mechas de petardos. Menos mal que llegó a tiempo mi ángel y, a falta de otros recursos, se dispuso a orinar sobre las llamas.

Y yo ahí, en medio, sintiendo semejante espectáculo dentro de mi cabeza mientras conducía mi taxi Castellana abajo. El usuario de mi taxi notó algo raro. Llegó incluso a preguntarme si me encontraba bien, que por qué sudaba tanto y por qué tenía los ojos tan rojos. Le habría contado lo del fuego de dentro, pero me ha dicho mi psiquiatra que no hable de estas cosas.

La pastilla

24 febrero 2012

Limpiando la tapicería de mi taxi encontré una pastilla blanca con apariencia de caramelo, el típico caramelo para la tos. Sugestionado, tal vez, por aquel descubrimiento, comencé a toser sin control. Así que el siguiente impulso fue tomarme la pastilla.

No era de menta o de eucalipto, como pensaba. Tenía un sabor más bien ácido, tirando a corrosivo, pero al menos consiguió quitarme la tos radical. Seguí limpiando el taxi mientras la pastilla se disolvía en mi boca, y en esto, levantando una alfombrilla del suelo del taxi, encontré una nota manuscrita y firmada por el mismo Henry Miller:

Si algún hombre se atreviera alguna vez a expresar todo lo que lleva en el corazón, a consignar lo que es realmente su experiencia, lo que es verdaderamente su verdad, creo que entonces el mundo se haría añicos, que volaría en pedazos, y ningún dios, ningún accidente, ninguna voluntad podría volver a juntar los trozos, los átomos, los elementos indestructibles que han intervenido en la construcción del mundo.

Noté que alguien me tocaba el hombro. Me di la vuelta. Era Mariano Rajoy, vestido con el uniforme de la gasolinera. En su mano llevaba una bolsa de agua con un pez nadando dentro. La bolsa tenía un agujero y se salía el agua, pero él parecía no darse cuenta. Me tendió la bolsa al tiempo que se acercaba para darme un beso, pero conseguí zafarme y correr hasta la tienda de la gasolinera. Ahí encontré una máquina de bolas, y me abracé a ella. Tenía un tacto suave: surgió el flechazo. Como muestra de mi amor hacia la máquina, eché una moneda, le di a la rueda y salió una bola con un pezón dentro. Así de complejo es el sexo, pensé. Conseguí abrir la bola y al ver que venía Rajoy corriendo (esta vez vestido de Harry Potter) me hice pequeño, me metí dentro de la bola, y cerré por dentro. Me escondí debajo del pezón y, por suerte, Rajoy pasó de largo. Luego se tropezó y se clavó la varita mágica en un costado. Se convirtió de súbito en un sapo con pelo, pero yo no tuve nada que ver con esto. Lo juro.

Tan cerca es la distancia

23 febrero 2012

Una postpuber tomó mi taxi en la Glorieta de Bilbao:

-Me lleva primero a la Ciudad Universitaria, recogemos a una amiga, y después nos lleva al centro.

-¿A qué calle de la Ciudad Universitaria?- pregunté accionando el taxímetro.

-Aún no lo sé. Vamos yendo y ahora le digo.

La chica sacó de su bolso una BlackBerry y se dispuso a teclear muy rápido, con ambos pulgares. Al instante sonó un pitido. Leyó algo y lanzó una sonrisa. Volvió a teclear. Otro pitido.

Sin quitar la vista de la pantalla me dijo:

-Vale. Mi amiga nos espera junto a la Facultad de Ciencias de la Información.

Dicho esto continuó tecleando y sonriendo. Cada pitido era una nueva sonrisa que acompañaba con gestos: alzando y arrugando las cejas, abriendo los ojos como platos, o incluso afirmando y negando con la cabeza. Se notaba embebida por el chat que mantenía con su amiga, la misma con la que habría de encontrarse minutos después.

-¿Cuánto queda? -me preguntó en voz alta.

-Nada. Tres minutos.

Se lo escribió a su amiga, otro pitido y sonrió de nuevo. Parecía evidente la perfecta conexión y buen rollo entre ambas.

Llegamos y ahí nos estaba esperando su amiga, con el móvil en las manos, tecleando a mi usuaria (y sonriendo también), sin levantar tampoco la vista, al menos hasta que detuve mi taxi a su altura. Entonces guardó el móvil en el bolsillo, abrió la puerta, tomó asiento junto a la otra y se dieron dos besos:

-Jo, tía. Cómo te has pasado con lo de Jaime- dijo la recién llegada.

-Ya, tía. Qué risa.

Para mi sorpresa, tras decir esto, las dos se quedaron calladas por un momento, como cortadas o abrumadas por la presencia física de la otra. De hecho, fui yo el que consiguió romper su hielo:

-¿Dónde os llevo ahora?

-A la calle Quintana, ¿no?- dijo la primera.

-Sí. A Quintana esquina Tutor- añadió la otra.

El resto del trayecto fue algo tenso. La total confianza que demostraban vía móvil se convirtió en cierta distancia incómoda en persona, como si su mutua desvirtualización sumara barreras en lugar de restarlas. Continuaron con aquella conversación sobre el tal Jaime, pero ahora medían cada palabra. Ya no había bromas, entrecortaban las frases y se tocaban nerviosas el pelo. Parecían forzadas, distantes.

En esto una de ellas propuso a la otra escribir un Whatsapp a una tercera, con la excusa de la anécdota de Jaime, y al instante sacaron sus teléfonos, con sensación de alivio, y comenzaron a escribir y a reír y a relajarse. Sólo cerca cuando es lejos. Sentí miedo.

Sentar la cabeza en el regazo de alguna

22 febrero 2012

Tienes cara de tranquilidad reciente, pero el barniz de tus ojos aún sigue fresco. Tal vez andes esperando a que ella sople y consiga secar tus dudas, frenar de un plumazo la inercia del pasado. Han sido demasiados años picando de flor en flor: siempre te ha gustado comparar néctares, usar tus alas. Pero ahora te ha dado por pensar que todas esas flores eran falsas, de plástico, que tú quieres la savia de Rosa. Crees que llegó el momento de plantar con ella una semilla en tierra firme. Ahora, ya ves, a tus treinta y tantos, te hace ilusión ver crecer algo de cero, centrarte en regarlo cada día, dejarte regar, cortar sus espinas y ella las tuyas en perfecta simbiosis.

Ya cambió tu forma de mirar a las mujeres. Ahora las miras, desde mi taxi, con cierta distancia. No te dan miedo ellas, eres tú. Ahora quieres hacerlo bien, Rosa es más guapa que nadie, Rosa folla mejor que nadie, Rosa te trata como nunca nadie lo hizo. Y sabes que, por ejemplo, esa mujer que ahora camina Gran Vía abajo, la rubia que mueve sus caderas a ritmo de salsa picante, no será mejor que ella, no besará como ella ni tendrá sus tetas ni su risa ni sus ganas ni podrá quererte tanto.

Pero bajas la ventanilla: desde aquí hueles su néctar. Y huele bien. ¿Podrás cambiar? Tal vez mañana.

-Pare aquí- me dices. Me pagas. Te bajas. Sigues su estela. Fundido en verde.

Hermano lobo

21 febrero 2012

Dan ganas de quemar periódicos, de apagar la tele, silenciar la radio. Dan ganas de conectarse a internet sólo para enviar y recibir powerpoints de gatitos, nada más. Ni Facebook ni Twitter ni blogs, por si el enfado. Policías que llaman “enemigo” al ciudadano, niñas empotradas contra un coche. Recortes en educación, en sanidad, barra libre al despido. Aquí sólo se salvan los de siempre.

Dan ganas de enseñarle al mundo mi dedo medio. Voltear la realidad y vivir entre ficciones. Inventar, escribir y leer mundos inventados hasta que todas las corbatas se conviertan en aspas de molino.

Pero hoy ha sucedido algo que sucede cada día. Ha sido en mi taxi, como siempre, al final de un trayecto, de todos los trayectos realmente. He dejado a un hombre en su destino (un hombre mayor, de ojos vidriosos) y al tenderme el importe del trayecto, ha rozado la palma de mi mano con sus dedos. Ha sido sólo un instante, pero en esa fracción de segundo he sentido el tacto de su piel. Una piel cálida, como todas las pieles (es la sangre que circula). Unos dedos cuyas huellas tocaron millones de cosas, también otras pieles con sangre por dentro. Un ser vivo rozando a otro ser vivo. Y yo no conozco a ese hombre (sólo de un hola y adiós, un origen y un destino). Tal vez fuera un cabrón en su pasado (o lo siga siendo), quizás esos dedos firmaron sentencias de muerte o apretaron gatillos, pero hoy me han rozado y yo le he rozado a él. Y estamos vivos. Los dos. Sin matices.

Dentro y fuera

20 febrero 2012

Otro usuario de mi taxi me contó que él siempre vestía en función de su estado de ánimo. Un estado de ánimo que, a su vez, descubría a través de la música. Cada mañana, antes de vestirse, se preguntaba qué canción le apetecía escuchar. Era su particular método, una suerte de atajo que le ayudaba a conocer de qué humor se había levantado: optimista, enérgico, depre, tranquilo, sensual, romántico, tristón…

Cada canción o estilo seleccionado (rock, hardcore, pop, hip-hop, disco, blues, jazz, soul o incluso clásica) adjuntaba, a su vez, una vestimenta concreta: camisas más o menos coloridas, pantalones formales o juveniles, accesorios (o en su lugar, minimalismo), contrastes cromales, zapatillas de deporte, botas, zapatos.

Hoy, por ejemplo, se había despertado con Master of Puppets de Metallica.

-Disidente pero lleno de energía- me dijo. Pantalón vaquero, camiseta blanca y cazadora de cuero.

También me confesó que algunas veces había intentado engañarse a sí mismo; ponerse una canción distinta a la que le pedía el cuerpo, o una ropa distinta a la que le pedía la música, pero en estos casos no podía evitar sentirse ridículo, disfrazado, como si de un impostor se tratara. Se veía incapaz de sentirse triste y llevar, a su vez, una camisa de flores, o jovial y vestir de negro.

Como si todo en él, su interior y su envoltorio, significara lo mismo. Siempre transparente. Siempre desnudo.

180º

17 febrero 2012

No es necesario conocer a nadie para ser conocido. Y esa es la grandeza de internet: construir un blog desde cero (un nombre, un tema, un diseño), escribir en él lo que tú quieras, y que la magia de la red consiga el resto. Para muestra, mi propia experiencia: los primeros posts de mi blog nilibreniocupado apenas superaron las ocho o diez visitas (un puñado de amigos, mis padres y mi hermana). Al cabo de unas semanas, no me preguntes por qué, esos diez lectores se convirtieron en cien (supongo que San Google corrió la voz de mi taxi), esos cien en doscientos más, y esos trescientos en quinientos. Meses después, ya con más de mil lectores diarios, alguien me propuso presentar mi blog a la II Edición del concurso 20blogs. Corría el año 2006. 

El resto de la historia ya la saben. Gané dos premios, al mejor blog en la categoría ”mi ciudad” y el premio gordo: una buena suma de dinero y la posibilidad de entrar a formar parte del equipo de 20minutos.

Y ahí sigo. Desde hace más de cuatro años escribo un post diario en 20minutos.es, y una columna semanal en el diario más leído de España. No os podéis imaginar la cantidad de cosas que me han pasado desde entonces (y me siguen pasando).

Por eso, cada vez que acudo a un nuevo certamen del concurso (ayer se celebró la VI Edición), no puedo evitar congeniarme con un mundo cargado de posibilidades. Posibilidades como las de un taxista con ganas de escribir que acabó cumpliendo el sueño de ser leído por miles de personas cada día.

Y espero que la nueva y merecida ganadora, Mati y sus mateaventuras, sienta lo mismo. Mi más sincera enhorabuena.

Miradas

16 febrero 2012

Cuando alcé la vista hacia el espejo retrovisor, sus ojos ya estaban allí. Clavados en los míos como ganchos. Desconozco cuánto tiempo llevaba mirándome, o si realmente me miraba a mí o tal vez a un infinito coincidente con mis ojos, más allá incluso de mis ojos, allá donde el mundo da la vuelta. Algunas veces miramos sin mirar; son pensamientos teñidos de blanco que nos vuelven ciegos, ausentes. Miradas perdidas que a veces se cruzan sin querer con otros ojos que no importan, no molestan. No tienen el poder de aniquilar las musarañas.

El caso es que sus ojos me gustaron (o más bien, su forma de mirarme aun sin querer). Aquella mirada, casual o no, resultaba acogedora, me sentaba bien, y yo necesito sentirme bien por siempre, como todos. Así que no dudé en tomar medidas, aunque sólo fuera por prolongar aquella sensación de bienestar. 

Sin perderla de vista, saqué de la guantera un rotulador permanente y me dispuse a dibujar sobre el espejo el contorno de sus ojos reflejados. Y sus pestañas también las dibujé. Eran lindas.

Y mientras yo dibujaba sus ojos, ella los desfiguró con su sonrisa.