Archivo de diciembre, 2011

El bicho

30 diciembre 2011

Cada uno es libre de elegir su enfermedad favorita. A mí me picó el bicho de la literatura. Su efecto es rápido y no hay vacuna: gangrena el alma. Prefiero morir desalmado que aplastado por un camión de siete ejes. Yo al menos no soy como esos gilipollas que se encierran en un cuartucho a escribir. Se masturban por dentro hasta correrse en las paredes de su puto cráneo, y luego dejan que las goteras caigan sobre el papel. Publican pajas secas y ganan dinero. Yo también gano dinero, pero lo gasto en vivir: me lo bebo. Bebo, vivo y luego escribo lo vivido (y lo bebido) a mi manera.

Escribo en mi taxi. Me muevo y busco motivos, personajes, pedazos de mundo que transformo en palabras. Las chicas guapas me pagan por viajar en mi taxi y luego escribo sobre ellas, las desnudo, y también cobro por eso. ¿Entiendes ahora por qué llamo gilipollas a los gilipollas que se encierran en un cuatucho a escribir?

Pero algunas veces el bicho no me deja dormir. Me despierto de madrugada con una puta frase en la cabeza y enciendo el ordenador y esa frase se convierte en veinte más, y esas veintiuna frases en obsesión, y esa obsesión en insomnio. Y si alguna frase cojea, si no sale según me vibra en el alma, sufro y lloro y me autolesiono como un vendedor de cuchillas con párkinson. Me frustro y me siento mierda. De ahí el psiquiatra. Los jueves.

Digo esto porque en breve commienza un nuevo año y yo comenzaré con él de la única forma que sé: escribiendo. Y espero que sigas siendo esa mano que toda paja literaria necesita. Feliz 2012.

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El ciclo de la vida

29 diciembre 2011

Estoy parado en un semáforo de la calle Goya con el taxímetro en posición de LIBRE. Llevo puesto un CD de los Tindersticks, y ahora suena Another Night In a un volumen moderadamente alto. A mi derecha, un chico rollo Nuevas Generaciones del PP se mira los dientes en el espejo retrovisor de su Mini Cooper rojo, unos dientes perfectos. Ahora sonríe al espejo. Se quiere.

Se abre el semáforo. Justo antes de arrancar me alza el brazo una pareja de treinta y tantos con un niño pequeño. Avanzo apenas cinco metros y me detengo a su altura. El hombre sube a mi lado y la mujer y el niño detrás. Es ella quien me indica el destino: Plaza del Perú. Acciono el taxímetro y giro por Velázquez sorteando un par de coches rezagados. El niño, de unos siete años, señala las luces de navidad y pregunta a su padre que si esas luces están enchufadas a las casas de los vecinos o a la calle. A la calle, responde el padre. ¿Y quién paga esa luz?, pregunta el niño. Esas luces las pago yo, sentencia el padre. El niño se muestra orgulloso por tener un padre capaz de mantener las luces de navidad de toda una ciudad. La mujer sonríe y acaricia la cabeza del niño.

Confusiones como ésta hinchan el orgullo de nuestra infancia. Somos falsos héroes para nuestros hijos. Dioses, referentes, fabricantes de miniyoes. Creamos proyecciones físicas de nuestro ego, apéndices externos que cerrarán el ciclo perfecto de la vida: nace, crece, reprodúcete y muere. Deja huellas vivas de tu paso por el mundo para cuando faltes. Cumple con tu compromiso de perpetuar la especie. Y no pienses demasiado en sus consecuencias o te volverás completamente loco.

Pienso en la responsabilidad que conlleva tener un hijo. Si sufre yo sufriría aún más. Si cae, el dolor se haría insoportable. Por eso no tengo. Ni quiero. Prefiero morir solo a vivir muerto de miedo.

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Tan dentro de ti como fuera de mí

28 diciembre 2011

No me fijé en aquel detalle hasta bien avanzado el trayecto. El caso es que aquella usuaria de mi taxi, no sé si por descuido o bien adrede, llevaba clavada en el cuello, a escasos centímetros de su oreja izquierda, una aguja de acupuntura. Puede que su acupuntólogo olvidara retirarla o tal vez la hubiera dejado clavada en su piel como parte del proceso curativo.

Yo por prudencia no dije nada (¿qué decir en estos casos?: “¿Sabe usted que tiene una aguja clavada en el cuello?”), pero no pude evitar que aquella imagen me mantuviera por largo rato pendiente del espejo. Tenso y pensativo.

En un semáforo tomé el móvil para tuitear la anécdota, pero en esto vi en la pantalla un aviso con la siguiente solicitud de contacto:

“Verónica Adentros desea contactar contigo vía Bluetoth. ACEPTAR / RECHAZAR”.

Acepté por curiosidad (y porque en el fondo me siento solo). Al instante me entró un mensaje de la tal Verónica Adentros:

“¡Que baje un poco la calefacción, por Dios! Me estoy asando…”.

Miré a la usuaria. Estaba en su mundo, observando la calle.

Bajé un par de grados la calefacción y en esto la usuaria sonrió, aunque no me miró siquiera, ni dijo nada. Después me llegó otro mensaje: “Me encanta esta canción. Lástima que el volumen esté tan bajo”. Por la radio sonaba “Love will tear us apart” de Joy Division. Subí el volumen y entonces ella me miró sorprendida y arqueó las cejas y volvió a sonreír. Ahí supe que a través de aquella aguja clavada en su cuello podía acceder con mi móvil a sus pensamientos sin que ella lo supiera.

Pero aún desconocía si aquel invento también era recíproco. ¿Podría meterme yo en su cabeza? Para comprobarlo pensé en enviarle un mensaje a Verónica Adentros a través del teléfono.

Escribí: “Cierra los ojos”.

Y ella cerró los ojos.

¡Wow!, pensé.

“Humedécete los labios con la lengua”, volví a escribir.

Y así lo hizo.

“Acércate al taxista y bésale en la boca”

Verónica se coló por entre los asientos y con los ojos aún cerrados juntó sus labios con los míos. Mientras me besaba intenté teclear mi próximo deseo, pero al moverme se desprendió la aguja de su cuello. En esto abrió de súbito los ojos y, al verse tan cerca de mí, se separó como un rayo y me dio un sonoro guantazo. Luego salió del taxi con un portazo.

Al menos tengo su aguja en mi poder. Me la he clavado en la misma zona del cuello que ella y he intentado ponerme en contacto conmigo mismo vía Bluetooth para hacerme caso y obligarme a llevar mejor vida a través del móvil, pero no funciona.

Ahora estoy en un bar. Confuso y borracho como todas las noches.

La única salida

27 diciembre 2011

Desayunamos propaganda. Almorzamos propaganda. Cenamos propaganda. También patrocinan nuestros sueños. Correctores de ojeras, gimnasia pasiva, evacuol, prozac. Nos vendieron estilos de vida que no podemos permitirnos mantener. Saben que lo sabemos, por eso después nos vendieron esperanza. Y nos vendieron tan sumamente bien la esperanza, con un azul de fondo tan bonito y una puesta en escena tan perfecta, que sucumbimos y les confiamos nuestro voto por otros cuatro años. Otra vez. El pack incluye amnesia selectiva.

El pack también incluye sumisión. La sodomía que antes desgarraba el Estado del bienestar ahora es asumida como necesaria: compra vaselina y encomiéndate al Señor. Asumimos sin rechistar que un asesor del banco de inversión Lehman Brothers controle el Ministerio de Economía. Asumimos que un asesor en las ventas de bombas de racimo a Gadafi controle ahora el Ministerio de Defensa. Asumimos que una xenófoba a quien nadie ha votado ocupe la alcaldía de Madrid. Y asumiremos recortes, subidas de impuestos, despidos y lo que haga falta mientras los mismos que provocaron esta crisis continúan ganando más y más dinero.

Y a todo esto, en fin, lo llamaremos democracia.

Quisiera aislarme en mi taxi, pero no puedo. Los clientes cada vez son menos y los pocos que quedan no hacen más que recordarme lo mal que están las cosas y lo peor que estarán. Por eso la única salida eres tú para conmigo, el amor y las cuatro inviolables esquinitas de tu cama. Nuestras noches y nuestros besos libres de impuestos. Los orgasmos, las caricias. Ducharnos juntos. Leer un PDF proyectado en tu espalda. Jugar en el pasillo a la rayuela.

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Tristeando

26 diciembre 2011

Dicen los expertos que, en tiempos de crisis, aumentan las ventas de pintalabios rojos y se acortan los bajos de las faldas. Tus labios son de un rojo intenso y tu vestido, vive Dios, apenas te cubre los muslos. Tú también andas en crisis, pero no económica: viajas en mi taxi, sin prisa, a un destino bien comunicado, ajena al taxímetro, y tu ropa parece cara, caprichosamente complementada.

Pero esos ojos demuestran tristeza, y tus dedos juegan al escondite con las mangas del abrigo. Y frunces el ceño, y arqueas las comisuras formando sendos hoyuelos a ambos lados de la barbilla. Desconozco el motivo de esa tristeza aunque, quién sabe, tú lo desconozcas también o ni siquiera hayas reparado en ello. ¿Hacen falta motivos para dejarse llevar por la melancolía en lo que dura un trayecto en taxi?

Según lo mires, las luces de navidad inducen a ello, la calefacción de mi taxi evoca chimeneas, la música que ahora suena incluye violines, y yo secundo tu silencio. Ayer fue Navidad y a veces las reuniones familiares provocan un efecto inverso al deseado, más de espejo interior, reflexivo, que de exhibicionismo fiestero.

Todo tu entorno, en fin, pudiera ser propicio para dejarte llevar por un llanto anestesiado, monótono, lineal, sin lágrimas. Llorar en seco por simple y pura afición. Creerte suave y frágil por un instante. Tampoco es tan grave.

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Terapia de calles abiertas

23 diciembre 2011

El tercer jueves de cada mes mi psiquiatra y yo hacemos lo que él denomina “Terapia de calles abiertas”. Trasladamos su despacho a mi taxi y el diván al asiento del conductor. Según dice, muchos de mis traumas proceden del taxi, y no hay mejor forma de abordar cualquer problema que, precisamente, desde dentro.

La terapia consiste en dar vueltas por la ciudad mientras él me psicoanaliza desde el asiento trasero, como si él fuera usuario y yo el taxista, solo que al final del trayecto yo le pago a él lo que marca el taxímetro.  Suele marcar algo más de lo que me cobra normalmente por una hora de terapia convencional, cosa que le cabrea bastante (y a mí también).

El caso es que ayer sucedió algo insólito. Mientras él me hablaba de mis proyecciones usuáricas, biopsiando mi interior cual rata de laboratorio, mirándome fijamente a través del espejo retrovisor, moví el espejo para que él se reflejara en sí mismo, con sus ojos en contacto directo con sus propios ojos, y entonces mi psiquiatra implosionó. Pum.

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Adicto a las narcoganas

22 diciembre 2011

Supongamos que todos los días comienzan planos: sin color, ni olor, ni sabor, ni tacto. Supongamos que, cada mañana, nos vemos obligados a construir nuestras ganas desde cero, buscando matices o argumentos que le den volumen y respuesta a cada gesto. Supongamos que esa suma de gestos acaba creando poco a poco nuestro mundo. Un mundo distinto cada día que se destruirá nada más cerrar los ojos, todas las noches.

Ya sabes, motivos reales que ayuden a levantarnos de la cama, o a preparar el primer café del día, o a elegir entre una chaqueta de tweed o un jersey a rayas, o a salir de casa en tal o cual dirección; no por inercia, no como una de tantas conductas aprendidas, sino porque realmente sintamos alguna motivación o finalidad concreta en levantarnos de la cama, o en ese café con dos de azúcar (¿por qué siempre el mismo café y no cambiamos, tal vez hoy, al zumo de pera?), o en el pantalón de pinzas, o en tomar la dirección exacta.

¿Realmente crees que todo lo que haces te apetece, te construye, te sorprende, o las más de las veces sólo copias tu pasado una y otra vez? ¿somos costumbristas o sólo apáticos? ¿creemos de verdad que la vida es tan larga o tan monótona, o la culpa es nuestra?

Desde mis comienzos en esto del taxi y el blog, nunca he comenzado a trabajar a la misma hora, ni he seguido un mismo itinerario, ni he escrito la misma línea. Nunca he llevado dos veces al mismo usuario, ni imaginado dos cuerpos desnudos iguales. Tampoco gano dos días el mismo sueldo, ni acabo siempre en el mismo bar o brindando con la misma chica. Me dejo llevar por las luces, por la suma exacta de sensaciones que genera cada calle y, en definitiva, por esa capacidad de asombro que todos tenemos (aunque algunos no usen). 

Y los días más difíciles, esos que huelen a tedio, me visto con ropa interior femenina y todo cambia y se vuelve fascinante. Nada mejor que jugar a ser otra.

Nota: Las ganas nunca llegan solas: se buscan. Conozco una narcogana en cada esquina. Y sí. Lo reconozco: soy adicto.

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Proyecto lesbiana

21 diciembre 2011

Descartada ya la realidad práctica del sentimiento, ahora que jugamos al amor platónico, os recomiendo una lesbiana. No habrá celos, que es la parte mala del asunto. La esencia de los celos está, precisamente, en la comparación. ¿Qué tendrá ESE que no tenga yo? Los ataques de celos son punzadas en la base del ego y aquí, en este caso, no hay ego que valga. Si te enamoras de una lesbiana no te podrás comparar con una mujer, por muy varonil que sea. Siempre habrá un abismo genital entre ambos. Si Ana, el amor platónico que ayer conocí en mi taxi, mantiene una relación con otra mujer, será porque forma parte de su naturaleza. Me descartará no por mi falta de cualidades, sino porque simplemente no le atraen los hombres. De este modo, mi ego se mantendrá intacto y lo nuestro será imposible (como siempre ha sido) pero por culpa de nadie. Como concepto teórico no está mal. Pasemos a la práctica.

Llamé a Ana y me citó en su estudio a última hora de la tarde. Era una casa de techos altos en pleno barrio de Chueca, un ajado tercer piso sin ascensor. Ahí trabajaba pero también vivía, o al menos vi una cocina y una habitación con una cama de matrimonio y dos mesillas. El salón principal parecía, nunca mejor dicho, un cajón de sastre: varias máquinas de coser, maniquíes y mesas con telas desplegadas formaban una suerte de Tetris intransitable.

Tras enseñarme la casa, me ofreció una cerveza y nos sentamos en un sillón vintage. Ana llevaba una camiseta blanca, muy abierta y sin sostén. Sus pechos se me antojaron pequeños y firmes, y sus pezones parecían mensajes en braille de la misma camiseta. También lucía una falda corta de tela, sin medias (hacía calor) y al final de sus suaves y bronceadas piernas, unas All Star azules, desgastadas. Así dispuesta, recostada en el sofá y con el filo de su falda al límite de lo indecente, parecía una ninfa de extrarradio: preciosa, cercana, casual e irresistible.

Estuvimos hablando durante cinco o seis cervezas de su trabajo, su vida y viceversa. Incidió en lo mucho que había influido su condición de lesbiana en sus diseños.

En esto, se levantó del sillón y tirando de mí me soltó:

- Hagamos algo. Desnúdate.

- ¿Qué?

- Tranquilo. No voy a violarte. Desnúdate. Ahora vengo.

Sin apenas entender nada, comencé a desnudarme y entonces ella llegó con un vestido de mujer en la mano. El vestido parecía a medio hacer, aún con las guías de las costuras a la vista. Me ayudó a ponérmelo y comenzó a ajustarme con alfileres la zona del pecho y las caderas. Se arrodilló ante mí para meterme el bajo y, con su rostro a escasos centímetros de mi entrepierna, separada su boca de mí por la fina tela (podía notar el calor de su respiración), me dijo:

- ¿Has vivido alguna vez situación más sensual que ésta?

Antes de que pudiera decir nada, me tocó de lleno mi cada vez más abultado paquete y me dijo:

- Déjalo. No hace falta que contestes.

Y ahí quedó la cosa. Bueno, ahí no. Después de eso me regaló el vestido:

- Para que se lo ponga tu chica y te acuerdes de mí.

También me cedió un espacio al fondo su estudio para que viniera a escribir cuando quisiera.

- Tal vez te inspire escribir mientras me ves trabajando.

Y me marché de ahí borracho y excitado. Extasiado y confuso a partes iguales. Sois muy raras.

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Otro extraño proyecto de amor

20 diciembre 2011

Ayer subió a mi taxi la vigésimo séptima mujer de mi vida. Tenía los ojos color verde militar y sin embargo transmitían una paz indescriptible: miraba como pidiendo perdón, y sus pestañas eran toldos contra el llanto inverso. Su labio inferior tenía pequeños surcos, como los discos de vinilo, y cada vez que paseaba la punta de su lengua de izquierda a derecha, cual aguja de tocadiscos, sonaba una distinta de los Beatles. Lástima que la flecha de su barbilla señalara un escote hacia el que no pude viajar: demasiado alto el horizonte de mi espejo retrovisor.

En mi taxi nunca digo a nadie que escribo. A nadie excepto a las veintisiete mujeres de mi vida. A ésta, en concreto, le dije que estaba trabajando en mi próxima novela, y que su modo de comerse la calle con los ojos daba el perfil que andaba buscando para uno de mis personajes. Ella se mostró ilusionada:

- ¿En serio?

- Ahora dime: ¿qué ves? ¿en qué te fijas? - pregunté.

- Me fijo en la gente.

- ¿Podrías concretar un poco más?

- En lo hortera que es la gente. Me dedico al mundo de la moda, y me horroriza lo mal que suele vestir la gente en general.

- ¿De veras? ¿Por qué te metiste en el mundo de la moda?

- Soy lesbiana.

- ¿Cómo?

- Que soy lesbiana. Me excita diseñar ropa de mujer, imaginar el cuerpo perfecto y vestirlo a mi gusto. Confeccionar el vestido y probarlo en modelos. Ajustarlo por allí y por allá, sentir el contacto de su piel con mi propia creación… Buff… Es lo más.

- ¡Vaya!

- ¿Qué? ¿Ya no encajo en el perfil que andas buscando? 

- Mmmm… No del todo, pero me interesa mucho lo que dices. Tal vez cambie el personaje.

- La verdad es que me encantaría ser un personaje de novela. Ahora tengo prisa, pero si quiere podemos quedar otro día y lo hablamos con más calma – me dijo.

- Sí. Claro.

Comenzó a buscar algo en su bolso.

- Toma una tarjeta. Es de mi estudio. Llámame, o manda un mail y hablamos, ¿ok?

- Ok.

- Aquí. Para aquí. En ese portal. ¿Qué te debo? – me preguntó abriendo el monedero.

- No, no. Nada. Nunca cobro a los personajes de mi novela.  

- ¡Vaya! ¡Gracias! Hablamos, ¿vale?

- Vale.

- Chao.

Y salió del taxi. Por alguna extraña razón, ahora me atraía más aún.

Miré su tarjeta. Se llamaba Ana. Guardé su contacto en mi teléfono: LesbiAna (652 48…). Podría llegar a enamorarme de esa chica.

¿La llamo?

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Los límites del arte

19 diciembre 2011

El famoso torero, cuyo nombre no diré, tomó mi taxi en una de las calles más exclusivas de la ciudad. Iba cargado de bolsas, todas ellas de firmas exclusivas. Dejó las bolsas sobre el asiento, cerró su puerta, nos saludamos y me pidió llevarle a una urbanización, por supuesto, exclusiva también. Olía, además, a un perfume caro.

Aprovechó el trayecto para hacer un par de llamadas. Ahí colgado al teléfono observé por el espejo que llevaba una pulserita con la bandera de España. Toros y patria, pensé. Manchar de sangre una bandera. Rancia mezcla.

Aquel hombre había construido un imperio (económico, se entiende) a base de torturar y matar animales indefensos. España es un país de matices, y algunas tradiciones pueden más que ciertos delitos tipificados, si no hay “arte” de por medio, en el Código Penal. Puedes matar en nombre del “arte” mientras los mismos jueces que dictan sentencias aplauden tu hazaña desde el tendido.

 Convendría, tal vez, unificar el significado del “arte”, así como sus límites. Pero algo me dice que entraríamos en un eterno bucle: Los defensores del toreo achacan su pasión a un sentimiento imposible de explicar. Y punto. Fin de la discusión.

En cualquier caso, sentí aprensión al recibir los 20€ que me tendió aquel torero. De hecho, aún guardo ese billete manchado de sangre en el segundo cajón de mi mesilla. Y no sé qué hacer con él. Tal vez debiera gastarlo en comprar un arma (para no romper la cadena…).

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