- Voy un segundo a la farmacia y ahora vuelvo. Le dejo aquí las cosas.
La usuaria bajó del taxi sólo con su monedero y marchó corriendo a la farmacia. Instantes después, desde las tripas de su bolso, comenzó a sonar un teléfono móvil. En cualquier otra circunstancia lo habría dejado estar, pero ya eran las nueve de la noche y aún me encontraba seco de anécdotas para este blog. Corroído por la ausencia de musas metí la mano en su bolso, saqué el teléfono y descolgué.
No dije nada. Se adelantó la voz de un hombre:
- No vengas a mi casa, Carla. Lo he pensado mejor y he decidido volver a intentarlo con mi mujer. Acabo de hablar con ella y está de camino. Te llamo para advertirte. Lo nuestro no tiene sentido, entiéndelo. En realidad, nunca lo tuvo.
Ahí colgué. Sobresaltado, volví a meter el móvil en el bolso. Al instante entró Carla con una bolsita de la farmacia. No llegué a distinguir qué contenía.
- Ahora vamos al Paseo de la Habana esquina Castellana – me dijo.
Reinicié la marcha y circulamos en silencio. Su rostro parecía jovial.
Un puñado de semáforos después, al llegar a su destino, Carla me pagó y bajó del taxi con un juego de llaves en la mano. Supuse que serían las llaves de la casa de él, lo cual le añadió cierto suspense al asunto. También me fijé en el llavero: era medio corazón de metal con una ”M” grabada.
Entró en el portal y yo me quedé parado, en el mismo sitio. Algo me decía que apenas tardaría un momento en bajar y buscar otro taxi.
Pero a los cinco minutos, en lugar de ella, salió otra mujer. Y al ver mi taxi, me hizo una seña y subió dando luego un portazo. Tenía los ojos vidriosos y el rímel corrido.
- Al Hotel Urban, por favor.
En esto metió un juego de llaves en su bolso. Su llavero también era el mismo medio corazón de metal, pero con otra letra grabada. En este caso la letra “C”.










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