Archivo de noviembre, 2011

La manzana de Adán

30 noviembre 2011

Gracias a las luces de Navidad los usuarios de mi taxi miran hacia arriba en lugar de al frente, y así puedo ver mejor sus cuellos, los colgantes o abalorios que lucen sus cuellos y, sobre todo, sus nueces. El inquietante mundo de las nueces. La portentosa nuez del hombre, la delatora nuez del transexual o ese tímido bulto, casi inexistente, en las mujeres.

La nuez es la más extraña protuberancia del cuerpo humano. Sobresale del cuello para demostrar, sin palabras, su tono de voz. Sin embargo, las mujeres no tienen nuez, aunque la voz de algunas sea mucho más grave que la de muchos hombres. ¿Qué secreto esconde entonces la nuez? ¿Qué ocultan las mujeres?

Pero más inquietante aún es su equivalencia en inglés. La traducción de la “nuez” (del cuello) es, atención: ”Adam´s apple” (la  manzana de Adán).

Desconozco por qué lo llaman así, su raíz etimológica. Prefiero inventármelo. O mejor, ayúdame tú.

¿Por qué crees que los ingleses llaman a la nuez “manzana de Adán”?

El beso del ahorcado

29 noviembre 2011

No te acerques a un taxista frágil. Me duele la luz de los semáforos y contigo estoy tan mal como sin mí.  No te fíes de un ni libre ni ocupado, del que besa como besan los ahorcados, de un bufón en la cola del INEM. Dame tiempo. Sólo busco subtitular mis sueños, retractilar mis penas y venderlas por entregas al peor postor. Sabes bien que caminar como un cangrejo me ayuda a tomar distancia. Lo malo es el retroceso. 

Ya me conoces: soy el típico taxista suicida que nunca olvida ponerse el cinturón. Y lo que aún no sabes: Finjo orgasmos con muñecas hinchables, colecciono parches y disecciono cadáveres de dudas bañadas en formol. Pero yo, amor, no me conozco tanto. La máscara es reverso del espejo del alma. Invento piedras para tropezar y romperme el cráneo. Y luego lloro como un huérfano en una piscina de bolas.

Es la hora de los muertos de miedo:

No te acerques a mí, pero duerme conmigo.

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El turista

28 noviembre 2011

Caminas solo por las calles de una ciudad que no conoces, que no es la tuya, y sin embargo no encuentras ninguna diferencia: sientes los mismos edificios, las mismas luces, los mismos taxis. Los transeúntes también tiene uñas, codos y huesos por dentro. Y se mueven. Respiran.

 Algunos se besan.

O beben café en terrazas.

O hablan aunque tú no entiendas una sola palabra de lo que dicen.

Continúas caminando calle abajo, como el agua, y tus pasos te llevan a una plaza con un monumento de aspecto antiguo. Te acercas y lo miras sólo porque los demás también lo miran. Todos hacen fotos menos tú. Todos quieren recordar menos tú. Todos confían en lo bien que envejecerá su presente. Valientes o ingenuos todos. Menos tú.   

Decenas de guías turísticos explican a sus respectivos grupos los porqués del monumento. Uno de ellos lleva un distintivo de tu mismo país. Te acercas y saludas, pero nadie parece conocerte. Ni siquiera el guía. ¿Para qué sirven entonces las banderas?

Y aunque te hablen en tu mismo idioma no entiendes nada. Forman parte de tu país, pero no son tu mundo.

Ahí te das cuenta del lugar que ocupas. Turista sin patria.

Perderme en Roma

25 noviembre 2011

Hoy escribo desde Roma, ciudad eterna. Participo en un ciclo de conferencias que organiza el Instituto Cervantes con motivo de la Semana de las letras. Compartiré mesa, si encuentro la mesa, con Eugenia Rico y Eduardo Mendicutti. Todo un lujo. 

Llegué en taxi y avión hace apenas unas horas. Después de instalarme en el hotel y comprobar que el rojo, también aquí, corresponde al agua caliente, me dio por salir a la calle y seguir al primer viandante que se cruzara. Es mi particular forma de hacer turismo.

Primero seguí a un hombre cargado de bolsas, pero en seguida se metió en un portal y le perdí la pista. Luego comencé a seguir a una pareja que caminaba de la mano, a paso lento. Parecían innamorato. Después de diez o quince minutos a prudencial distancia, entraron en un café, y yo después. Tomé asiento un par de mesas más allá y pedí una cerveza. Él se marchó un momento al baño y nada más regresar, no sé muy bien por qué, comenzaron a discutir. En italiano, claro. Ella parecía realmente ofendida por algo que no alcancé a comprender. Luego el chico pagó la cuenta y se marchó sin ella. Yo también pagué lo mío y le seguí.

Aquel hombre me condujo a otro bar. Comenzó a beber solo. Yo también. Pensé que aquello acabaría pronto, pero luego pidió otra copa, y luego otra y otra más. Y así, por culpa del despecho de aquel desconocido, acabé a las dos de la madrugada borracho y perdido. Literalmente. No solo perdí mi sentido de la orientación; también la llave y la dirección del hotel.

Y así, de esta guisa, perdido como estaba en la inmensidad histórica de Roma, me sentí libre. No encontrar la forma de llegar a casa, y tan lejos de casa, se convirtió en el mejor camino para olvidarme de ti.

Defecto placebo

24 noviembre 2011

Busquemos excusas. Echémosle la culpa a una cuarta dimensión. Ante la falta de equilibrio, Power Balance. Grifos con filtros de iones para purificar el alma. Monedas de la suerte, amuletos, medallas de oro (el cobre apenas tiene cobertura). Y a tope con tus bifidus activos. Y no te olvides de ponerle velas a la Virgen de Loquesea para el próximo sorteo de Navidad (que este año trae bote). El azar y las leyes de la probabilidad no existen si realmente tienes fe en tu Virgen. Las matemáticas, como bien sabes, son cosa de ateos. Y no viertas sal, que trae mala suerte: si suspendes ese examen o te caes de la bici, te acordarás de aquel salero. Y recemos por la enfermedad de mi Manolo. Como se salve, prometo recorrer 100 kilómetros de rodillas (¿?). Si se muere, denunciaré al servicio médico.

Ayer fui testigo de un accidente de tantos. Un taxi se saltó un STOP y colisionó contra otros dos coches. Cuando me acerqué a prestarles ayuda, me llamó la atención la pegatina que llevaba el propio taxi en el portón del maletero. Rezaba: “Yo conduzco. Cristo me guía”.

Llámalo, si quieres, paradoja.

Los amantes del taxi bipolar

23 noviembre 2011

Alrededor, el mundo se expande y a mí me faltan pantalones. Es frustrante la barba, las canas, la vista cansada, el tacto rectal de un urólogo. Y echarte de menos en un bar cualquiera, rodeado de viejos que no proyectan sombra. Y usar de posavasos un reloj. Y dibujar olas con pipas de calabaza. Y llorar después en un baño sin puerta. Y secarme con la manga que yo mismo planché. Y luego volver a la barra con cara de domingo, y pedir otra cerveza para mí y un gintonic a esa mujer, la de la cara de lunes, la misma que no paró de mirarme desde que entré, o entró ella, no recuerdo.

Que la mujer se acerque y tome asiento a mi lado. Que me de las gracias por la copa y luego añada:

- Te advierto que no soy puta. 

- Te advierto que yo tampoco.

Con esto te digo que puedes estar tranquila. Al final de esa noche nadie le hizo el amor a nadie. Sólo acabamos follando en el asiento trasero de mi taxi, cada cual inmerso en su propio orgasmo. Ella, para excitarse, se arañaba su propia cara. Yo necesité acariciar la tapicería. 

Te echo de menos, ya lo sabes. Podrías haber sido tú, pero no quieres. Yo no tengo la culpa de otros mundos.

Quemar un amor con la chispa del siguiente

22 noviembre 2011

“No consigo dormir. Tengo una mujer atravesada entre los párpados. Si pudiera, le diría que se vaya; pero tengo una mujer atravesada en la garganta.”

(Eduardo Galeano)

Pienso en todas esas mujeres perdidas, en los cambios de rumbo. La sonrisa perfecta de Ana. Los rizos de Elena. El ombligo de Marta. De no haber roto con Ana jamás hubiera conocido a Elena. Ni a Marta. Ni siquiera al hombre que ahora soy. Mis manías. Los pijamas de Elena. Las caderas de Marta. Las ganas de Ana. Pero Marta es la suma de Elena y de Ana. A partir del segundo amor todos son vicios, comparativas, collages. Mi ideal es el rostro de Ana, con los ojos de Elena, con las tetas de Marta, con la inocencia de Ana, con los orgasmos de Elena, con el sentido del humor de Marta.

Yo me amoldé a ellas y ellas, supongo, también a mí. Fui yo mismo con las tres, pero un distinto yo con cada una. El amor es soluble, polimórfico. Nadie teme perder su propia personalidad: la compartes, la regalas. Te disfrazas de esponja. Sin embargo, hay algo en mi interior que no varía: tarde o temprano acabo quemando ese amor con la chispa del siguiente. No puedo evitar querer vivir otras vidas, nuevas Beatrices, Rebecas, Paulas o estériles Estheres. No puedo evitar creer que aún no me conozco porque aún me quedan mujeres, matices, matrices, vientres por conocer.

Ahora no tengo a Ana, ni a Elena, ni a Marta. Las tres comparten sus nuevas vidas con nuevos amores únicos, todos lo son. Y las tres serán tan felices como lo fui yo con ellas, con las tres. Una felicidad distinta, no hay dos iguales.  

Yo ahora soy taxista. Me dedico a cambiar de rumbo según me indiquen, o yo decida, igual que hice con ellas y ellas conmigo. Y no me arrepiento de ninguna. Tampoco de las calles que transito.

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Nota: ¿A quién quise más? No tengo duda: A mí.

Estabilidad emocional

21 noviembre 2011

En la sala de espera del dentista, tomas una revista al azar y te dispones a ojearla. Pasas las páginas sin mucho interés, más por aplacar los nervios: consejos de belleza, cine, música, moda… Te detienes en un test de personalidad. Lees las preguntas y contestas mentalmente. Aunque te lo tomes como un juego, sumas tus puntos y resulta que eres una persona emocionalmente estable. Eso dice la revista: Más de 50 puntos, emocionalmente estable.

Sacaste 55.

Te llama el dentista. Tomas asiento en el sillón y abres la boca. Te dejas hacer mientras piensas en tu estabilidad emocional. Sientes cómo la aguja se introduce en la encía, un dolor que poco a poco se transforma en anestesia.

Tu vida siempre ha sido así: una suma de anestesias contra el dolor.

Media hora más tarde estás en un taxi camino a casa. El taxista lleva una foto de sus dos hijos pegada en su espejo retrovisor. Los efectos de la anestesia comienzan a desaparecer. El dolor vuelve. Por primera vez, se invierte el proceso.

Le dices al taxista:

- Pare aquí. Aquí mismo. 

Pagas la carrera y bajas del taxi. Está lloviendo.

Entre pájaros y mariposas

18 noviembre 2011

Apenas me fijé en ella cuando subió a mi taxi. Yo estaba inmerso en otras cosas, inventando migas de pan para los pájaros de mi cabeza. Tan sólo escuché que me dijo: “Buenas noches. A la estación de Atocha, por favor” y por inercia accioné el taxímetro e inicié la marcha. Los pájaros continuaban picoteándome el cráneo, así que decidí matarlos a cañonazos echando mano de mi propio kit de supervivencia: una carpeta con CDs de música.

Aprovechando el siguiente semáforo tomé un CD al azar y lo introduje por el sexo del equipo. Al instante comenzó a sonar, a un volumen que no esperaba, los primeros acordes del Are you gonna be my girl.  

En esto la usuaria comenzó a percutir con su pie el suelo del taxi, siguiendo el ritmo de la música.

- Me encanta este tema. ¿Podrías subirlo un poco? – me dijo.

- ¿Más?

- Sí. Por favor.

Subí el volumen a un nivel obsceno y entonces la chica comenzó a mover la cabeza y los hombros. Contagiado por su necesidad de seguir el ritmo, comencé yo también a percutir las manos sobre el volante. Y luego a mover el cuello, y luego el tronco. Y a cantar con ella.

- ¡Wow! Dan ganas de salir a la calle a bailar – me gritó.

En un arranque de simpulsismo, frené el taxi en plena calle Serrano y abrí mi puerta.

- Sal conmigo. Bailemos - dije.

La chica me sonrió y sin pensarlo siquiera abrió su puerta y salió a la calle. Ambos comenzamos a bailar alrededor del coche hasta quedarnos delante, aprovechando la luz de los faros como dos rockstars en el clamor de la noche. Me miraba y yo a ella, sonriendo los dos, moviéndonos pero ahora sin quitarnos los ojos del otro de encima, como unidos sendos iris con cadenas. Tampoco nos importaban los curiosos que poco a poco se iban acercando. No existían. Era guapa. Profundamente guapa. Ahí lo supe.

Se acabó la canción y empezó al instante Please, please, please, let me get what I want, de los Smiths, un tema mucho más lento y riguroso que ella, para mi asombro, también conocía. Y entonces ella comenzó a cantarla acercándose a mí, y yo también. Y quise abrazarla, o tal vez besarla, pero en esto apareció un coche de la policía que, como siempre, rompió la magia.

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Nota: Quince disculpas después reiniciamos la marcha hasta llegar a Atocha. Ella se tenía que marchar, perdía el AVE. Tampoco me dio su teléfono.

A efectos prácticos su AVE se llevó mis pájaros, sí. Pero son peores las mariposas.

Los ojos por dentro

17 noviembre 2011

 

Calle Prim, sede de la ONCE. Una mujer invidente espera en la acera con un cartel de TAXI entre las manos. Freno a su altura y me estiro para abrir desde dentro su puerta.

- ¡Suba!

La mujer palpa el marco de la puerta, pliega su bastón y toma asiento. Tras un escueto buenas noches me dice:

-  Lléveme al mismo sitio de ayer.

- ¿Perdón? Creo que se ha confundido de taxista. Y de taxi. Yo ayer no…

- Soy ciega, sí. Pero usted no es sordo, ¿verdad? Le he dicho que me lleve al mismo sitio de ayer - me insiste.

Confuso, inicio la marcha mientras trato de enmarcar su rostro en mi espejo retrovisor. Sus ojos son blancos, nublados, pero hay algo en ellos que atrapa: parecen hablar aunque no miren. Es difícil de explicar, pero dicen cosas, hipnotizan, emiten mensajes que no sé cómo ni por qué consigo descifrar. Ahora parecen indicarme que gire a la izquierda por la calle Barquillo. Y así lo hago.

La mujer nota mi giro y sonríe. Unos metros más tarde, movido por la expresión ciega de sus ojos, tomamos Gran Vía.

Plaza de España, Moncloa y después la autopista. Salida 19.

Siempre atento a las indicaciones de su ingrávida mirada nos adentramos en un camino de piedras y olmos. Al fondo del camino distingo un caserón de tres plantas con varias ventanas encendidas.

- Aparca el taxi en la puerta. Doña Claudia estará furiosa – me dice la ciega.

En efecto, una mujer de edad indefinida, aire rudo y abrigo grueso nos espera apoyada en la barandilla. Nada más frenar el taxi abre mi puerta y, visiblemente enfadada, me dice:

- Llegas diez minutos tarde, Daniel. Esta noche no habrá postre, ni tele. Después de la cena irás directo a la cama.

- Te lo dije – vuelve la ciega.

Salgo del taxi. Junto a la puerta de acceso, un letrero iluminado me da la bienvenida. Debajo, con letras finas, el nombre del orfanato.

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Relato escrito a cuatro manos. O más bien con mis dos muñones y el talento de Hugo Bonet