Archivo de octubre, 2011

Quererte en este mundo

31 octubre 2011

Tú y yo nacimos, fruto del azar inexplicable, en un primer mundo sin hambre ni epidemias. Este mismo azar nos situó en Madrid, en los vientres de unas familias que tampoco elegimos. Esas madres y esos padres y ese entorno nos convirtió en lo que ahora somos, con nuestras virtudes y nuestros defectos. Nunca nos faltó un plato de sopa, un techo, ropa y medicinas. Incluso tenemos internet y una o varias teles con decenas de canales.

Yo ahora soy taxista como podría haber sido cualquier otra cosa. Fue un cúmulo de casualidades, ya ves. Tuve opciones que aproveché o fui descartando según bailara mi mala cabeza. Y cometí errores, muchos. Los sigo cometiendo. Aquí, en el primer mundo, podemos permitirnos cometer errores. Otros muchos, la gran mayoría en este vasto e injusto planeta, cometan o no errores, pasarán hambre y sufrirán epidemias.

Con esto quiero decirte que te quiero, como también se puedan quererse dos personas en el tercer mundo. Pero yo te quiero, tú y yo, en una cama con cinco capas de látex. Abrazados, calentitos y hambrientos sólo de besos. Es importante que tengas en cuenta esto.

Las putas princesas de los cuentos de hadas

28 octubre 2011

Me fascinan las artes de ciertas mujeres hechas a sí mismas, feministas según con qué diría yo, que se dejan invitar en los taxis y en los bares y restaurantes, halagadas por la caballerosidad del tonto maromo. Para demostrar su aparente solvencia o independencia de género, suelen hacer uso de un estudiado amago de pagar (abriendo la cremallera del bolso), pero apenas insisten cuando él se adelanta y paga (cerrando al instante la cremallera del bolso). Consideran tal detalle (lo veo en sus ojos de princesa y en su tierna sonrisa) un gesto de protección varonil digno del más azul de los cuentos de hadas.

Acaba la noche y él echa cuentas: Dos taxis, cena con velitas y seis copas: 160€. Al final hubo sexo, pero también lo tuvo con la falsa Carla en el Club Colours por 40€ menos. Carla, incluso, se mostró más atenta.

El tonto maromo me cuenta esto, en confianza, mientras le llevo en mi taxi desde la cama de la princesa hasta la humilde morada de él. El tonto maromo se muestra contrariado. Feliz por su descarga genital; cabreado por su escuálida VISA. Por suerte, el maromo no se podrá permitir volver a quedar con ella y, por lo tanto, ser susceptible de enamorarse. Apenas es mileurista: tendría que ahorrar para una siguiente cita.

- Todas putas – sentencia antes de pagarme el último taxi.

Por supuesto, no todas son putas. Ni mucho menos. Pero no perdamos de vista a las putas encubiertas. Las otras, al menos, son honestas.

La indignada Miss Daisy

27 octubre 2011

Miss Daisy se indigna mientras viaja cómodamente sentada en el asiento trasero de mi taxi. Dice que todo va mal y pronostica con resignación que “las cosas” (así, en plural)  irán a peor. No confía en la clase política: es consciente del ya endémico mapa de corrupción en España. En cualquier caso, le resta importancia con un contundente “Todos roban”. Acto seguido me confiesa que el próximo 20N “no quedará más remedio” que votar a los mismos políticos que merecen su total desconfianza. También se queja de la Ley Electoral y del bipartidismo, pero el próximo 20N confiará su voto a uno de esos dos partidos. “Votar es responsabilidad de todos”, añade. Y luego puntualiza: “Hay que echar a Zapatero como sea”. Admite no conocer cuáles son las propuestas reales de “su” partido para salir de esta crisis. Sólo sabe y asume que habrá recortes y que éstos afectarán a todos excepto a políticos y a banqueros. 

Ejemplos como el de Miss Daisy suman el 44,8% de intención de voto al Partido Popular, frente al 30,8% de intención de voto al PSOE. Por lo tanto, más del 75% de los votantes apoyarán un sistema que presumiblemente no comparten, o les indigna, o desearían cambiar.

Periódicamente se publican encuestas que ponen cada vez en peor lugar a la clase política. Sin embargo, no existe encuesta alguna que informe de la valoración que nos damos los ciudadanos a nosotros mismos. 

Con esto intento decir que, tal vez, si perteneces a ese 75%, tú mismo seas el causante de tu propia indignación.

La caja de condones

26 octubre 2011

 

Me encuentro por primera vez en la cama de Nadia, la misma Nadia de otras tantas noches de tanteo cardiaco: la primera, en mi taxi. La segunda, con dos gintonics como excusa premium, y las siguientes los besos y un morbo calmo pero creciente. Quiero creer que hay mucho más, que el fin último no es sólo un polvo, este preciso polvo en su cama. Necesito creer que el sexo con Nadia no es más que un jugoso y excitante medio para alcanzar tantos otros fines aún por concretar. No conozco a Nadia lo suficiente, pero lo poco que intuyo me basta para querer creer que en el fondo hay algo.

Ahora en su cama, como digo, el ansia apremia, nos sobra ropa y nos faltan besos y aliento. En cada rincón que exploramos los gemidos se convierten en licores: barra libre para dos lenguas con sed. Ciegos de manos, comienzan a hablar las uñas.

A punto como estamos de implotar, desafiando la humedad relativa, Nadia me para en seco:

- Ponte un condón.

Pero antes de buscar mi pantalón y sacarlo del bolsillo, Nadia se me adelanta: abre el primer cajón de su mesilla, saca una caja de 12 ya desprecintada, busca en su interior y me tiende uno. Ahí no puedo evitar mirar y pensar en el detalle de una caja que no es virgen, en los condones o los orgasmos que faltan (impresos en la memoria de esa misma cama), en la fecha de caducidad de la caja, en el último condón bastardo anterior al mío (¿quién fue?, ¿cuándo fue?). Pero no puedo ni debo decir nada. Si apenas soy un intruso en su propio presente, ¿cómo querer meterme en el pasado? Siempre habrá una vida anterior implícita y lógica (yo también la tuve) aunque irracional e inevitable en este mismo instante. Ninguno de los dos nació aquel primer día, en mi taxi.

Pensando sin querer pensar en esto, comienzo a notar que mi cuerpo sigue la senda de mi mente y obedece a la flojera del pensamiento. Tremendo y duro pero blando instante:

- No te preocupes – me dice Nadia.

- No lo entiendo. Estaba tan excitado, y de repente…

- Tranquilo. Son cosas que pasan.

Nadia se da media vuelta. Yo no puedo dejar de mirar la caja. Complejo es todo.

Enser o estar

25 octubre 2011

No hay día que no lleve algún bulto, bolsa o maleta en mi taxi. Enseres de usuarios (curiosa palabra: enser) que llevan consigo, a su lado, o que ayudo a introducir en el maletero aun sin ser conocedor del contenido, por mucho que lo imagine y me frustre y me conmueva imaginarlo. En tales casos no puedo evitar cerrar siempre el portón con aprensión, por si se ahoga lo que sea que esté dentro.

En función del tamaño de la maleta o de la caja o del baúl no puedo evitar pensar en distintas categorías de seres vivos (no conozco al usuario, todo es posible) o incluso en fragmentos o extremidades de varios formando un tetris con calcetines, sostenes, pasta dentífrica, camisas o ejemplares atrasados del National Geographic. O en aparatos cilíndricos que vibran, o en fotos de Condoleezza Rice, o cuadernos de sudokus, o laca para el pelo aun siendo calvo el usuario (todos somos absurdos y complejos a veces).

Nunca lo sabré y eso me angustia. Pero más me angustia aún pensar en los recuerdos u objetos de valor sentimental que pudieran llevar dentro. Que este usuario en concreto porte en su maleta cartas sin sello de un amor truncado, o el cordón de aquella peonza de su infancia, o un estetoscopio que usa de fusta en su arrepentimiento por el médico que nunca llegó a ser.

Y me angustia porque esos fetiches merecen respirar tanto o más que cualquier ser vivo. Y ahora todos esos seres, o enseres, o estares, se estarán ahogando no sólo en mi taxi, sino en los millones de taxis que circulan día y noche por todo el mundo. Millones de taxistas angustiados por no saber realmente qué llevan consigo. Millones de recuerdos oprimidos.

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Nota: Si llegáramos a conocer el contenido íntimo del resto de los hombres, este mundo se rompería en mil pedazos.

El calor del dinero

24 octubre 2011

En mi taxi los ciegos, antes de pagarme la carrera, acarician el dinero. Conocen el tacto y el tamaño exacto de un billete de diez euros, o el relieve y el peso de una moneda de dos. Palpan su valor igual que yo palpo el precio incalculable de tu espalda desnuda.

A nosotros los videntes sólo nos entra el dinero por los ojos. Pasamos los billetes de mano en mano negando su tacto implícito: si tocar es sentir, cuando un vidente me paga la carrera, sus ojos nublan los demás sentidos. El ciego, sin embargo, nada más abonarme el trayecto sentirá una irresistible falta de sensación táctil en sus dedos. Y tomará mis euros de cambio con la abstinencia de quien necesita resarcir la carencia anterior, y acariciará con alivio mis monedas.

Y si las monedas que le tiendo están calientes, sentirá algo añadido que ni tú ni yo sentiremos nunca. Sentirá el calor de otra piel impreso en el metal de la moneda. Y luego llevará mi calor en su bolsillo y pagará con mi calor una barra de pan o un vaso de vino o una pastilla de éxtasis. Y su cuelgue será vidente y también será evidente mi presencia en él. El ciego drogado y yo, sobrevolando los dos tu espalda desnuda. Peleando a puñetazos por alcanzar tu cima.

Y tú, mientras tanto, ahí durmiendo sin enterarte de nada.

La paz sin matices

21 octubre 2011

Buscarle contextos o pretextos a la muerte es sembrar de dudas la vida misma. Yo no quiero morir, ni matar, ni que nadie mate o muera en nombre de nadie o nada. No me gusta ETA, ni me gustará mañana, ni por supuesto olvidaré su sangrienta historia. Pero si ETA ha decidido dejar de matar, bienvenido sea. Me alegro mucho y no por ellos, sino por mí: por todos nosotros. Ya no habrá más víctimas inocentes, ni más ciudadanos amenazados, ni más impuestos revolucionarios. Brindemos por ello. Sin matices.

Con esto quiero decir que los matices del fin de ETA, a estas alturas de la sangre, me importan un huevo. Sólo los ingenuos y los necios confiaban en un fin de cuento de hadas: Los tres etarras de la foto quitándose la capucha, pidiendo entre lágrimas perdón a sus víctimas y saliendo esposados del encuadre. Luego están los políticos y periodistas sin escrúpulos que prefieren criticar esos matices antes que reconocer una victoria que no es del PSOE, sino de todos. Como si les importara más su cuota de votos, o de ventas, o de medallas, que la misma paz. Léanse dos ejemplos sacados de las entrañas de Twitter:

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Pero aún me parece más inquietante y triste la opinión de, precisamente, la Asociación de Víctimas del Terrorismo (AVT). Aquella que, precisamente, tendría que ser la más feliz de la tierra por dejar de sumar socios a su lista de esquelas:

 

 

 

 

 

 

 

Nota: La noticia del fin de ETA me pilló en mi taxi, con dos usuarios. Subí el volumen de la radio y los usuarios, ambos hombres de chaqueta y corbata, sin mediar palabra, se abrazaron. Me quedo con eso. Lo demás, como digo, me importa un huevo.

Dios punto cero

20 octubre 2011

En la parada de taxis de Ópera me llegó al móvil el aviso de una solicitud de contacto vía Bluetooth. Me hizo gracia el nick del remitente: DIOS PUNTO CERO. Así que lo acepté.

Al instante me llegó un mensaje del recién agregado:

“Bienvenido a mi Reino”

“Un honor, Señor. ¿O puedo tutearle?”, contesté no más que por seguirle el juego.

Aquel bromista no podría andar muy lejos. El radio máximo de acción del Bluetooth apenas alcanza unos metros a la redonda. Tal vez se tratara de algún otro taxista de mi misma parada, o cualquiera de los chavales que esperaban al autobús, con el móvil en la mano, justo al otro lado de la calle.

“Sé en lo que estás pensando”, volvió DIOS PUNTO CERO.

“En efecto. ¿Qué llevas puesto?”, contesté bromeando.

“Una hoja de parra. Y mi largo cabello rubio me cubre los pechos”. Aquella inesperada respuesta suya me excitó. Bien podría tratarse, en efecto, de una mujer. De hecho, había una taxista justo delante de mi taxi, y otra mujer más sentada en la parada del autobús, las dos manejando sus móviles. Tal vez fuera alguna de ellas.

“Soy el tercer taxista de la parada. ¿Dónde estás tú?”, escribí nervioso.

“Estoy dentro de ti”. Esto me excitó aún más.

“¿Y qué ves en mí?”, pregunté al instante.

“Te preocupa algo que sucedió ayer. Hiciste mal en abrir aquel correo de Beatriz”.

Hice una pausa, absorto.

“Esto no ha tenido gracia. En serio, ¿quién eres?, ¿dónde estás?” contesté desconcertado.

“Ya te lo he dicho: dentro de ti. Pero no te apures. Me he puesto en contacto contigo para ayudarte”.   

 ”¿Cómo sabes lo del mail de Beatriz?”

“Perdiste tu oportunidad. Ahora que Beatriz se va a casar con otro, no te queda más remedio que olvidarla. Yo puedo ayudarte. Sólo tienes que seguir mis instrucciones”.

“Dime”.

“Borra su contacto de la agenda de tu móvil. Si lo haces, también borrarás su recuerdo”.

Miré a mi alrededor. Ahora estaba solo en la parada de taxis (los taxis que me precedían ya se habían marchado) y el autobús también había vaciado la otra parada. DIOS PUNTO CERO no era ninguno de ellos.

Pese a lo incomprensible de aquella situación, le hice caso. Accedí a mi agenda del móvil y borré el contacto de Beatriz. De inmediato, me llegó otro mensaje de DIOS:

“¿Quién es Beatriz?”.

No supe qué contestar a eso:

“¿A qué Beatriz te refieres?”.

“Perfecto. Ahora márchate de aquí”.

Arranqué mi taxi e inicié la marcha. Mientras me alejaba de la plaza pude ver, apoyado en la fachada del Teatro de la Ópera, a un hombre con aspecto de mendigo siguiendo mi estela con la mirada. Al pasar junto a él, me guiñó un ojo. Dos calles después perdí el contacto de DIOS PUNTO CERO en mi móvil.

¿Sería él? ¿Por qué me preguntaría por una tal Beatriz? No entiendo nada.

Ocultar nuestros deseos

19 octubre 2011

 

“Madrid no es vida. Aquí los peces vienen en camiones, por el amor de Dios” me dice una usuaria en pleno atasco justo antes de acercarse a mí para pintarse la raya del ojo con mi espejo retrovisor. La mujer se acaba de colar por entre los asientos delanteros hasta plantarse frente al espejo, y ahora su hombro está rozando mi hombro y huele a jazmín, y mantiene el lápiz en su párpado con un pulso envidiable, la boca semiabierta (las mujeres entreabren la boca cuando se pintan los ojos), su boca y su rostro a escasos centímetros de mi boca y de mi rostro. Esto me hace sentir bien pero raro, pero tenso, desorientado: como un pirata somalí en tierra firme.

Y pienso en qué fácil sería besar a una mujer mientras se pinta los ojos. Ninguna mujer espera un beso cuando se maquilla. Ese momento es íntimo: aísla. Sería inesperado para ella, insospechado a todas luces. ¿Y cuánto tardaría en reaccionar si yo la beso? ¿Dónde estará en ella ese punto de inflexión que determina si apartarse o dejarse llevar? ¿Predomina en tal caso la inercia, la razón o el desconcierto? ¿Durante cuánto tiempo podría mantener mis labios pegados a los suyos? ¿Qué pasaría por su cabeza en ese intervalo? ¿Soltaría primero el lápiz de ojos y se apartaría después, o usaría el lápiz como arma si se siente agredida? ¿o acaso se dejaría llevar víctima de un bloqueo indescriptible o de una atracción repentina? ¿Cuán lenta o rápida es la reacción del ser humano ante aquellos estímulos que pueden ser interpretados de modos tan opuestos, de la agresión al tierno deseo? ¿Cómo saber si esa primera reacción es la válida, o te falló el instinto?

No hay plan B para aquellas situaciones que no contemplamos. Y tal vez por eso nadie en su sano juicio se atreva a saltar la línea si no hay contexto, si no hay señales.

Por desgracia para ambos. O por fortuna. Nunca lo sabremos.

La belleza y el caos

18 octubre 2011

Con la intención de estirar las piernas detuve mi taxi junto a un descampado del extrarradio. Entre Alcorcón y Móstoles, para más señas. De aquel descampado llamó mi atención una mujer con pamela y vestido de lino blanco que caminaba a lo lejos por entre un sucio oasis de amapolas silvestres.

Víctima de la curiosidad y el disimulo no pude evitar acercarme a ella. La mujer, aun de espaldas a mí, parecía mayor, muy mayor, tal vez octogenaria. Portaba una cesta de mimbre en la que depositaba, con suma lentitud, no sólo las amapolas que iba seleccionando y arrancando del suelo, sino también jeringuillas y condones usados. Para ello se servía de un par de guantes de látex que hacían raro en el conjunto de su vestido blanco y su pamela.

Aquella práctica, pese a los guantes de látex, se me antojó peligrosa. A su edad podría pincharse con alguna de esas jeringuillas. Sin pensarlo dos veces decidí acercarme aun más y prevenirla:

- ¡Disculpe…! ¿Sabe usted lo que está haciendo? – pregunté a escasos cinco metros de ella y en voz bien alta.

La mujer se giró hacia mí. Ya de frente me estremeció su piel arrugada, sus labios mal pintados de un rojo chillón y una gruesa silueta negra y torpe en la base de sus ojos. Su rostro, así maquillado, parecía un boceto decrépito y distorsionado de sí misma.

Advertida por mi presencia y mis palabras la anciana me miró fijamente y alzó su cesta. En su interior pude ver, en efecto, decenas de jeringuillas y de condones usados sobre un manto de amapolas dispuestas en línea.

Instantes después de mostrarme su cesta, con una voz lánguida y pausada, me dijo:

- Los tiempos han cambiado. Así se presentan, ahora, los bodegones. Un impactante contraste, ¿verdad? Naturaleza y destrucción. Flores salvajes y SIDA. Vida y muerte en un mismo formato.

- ¿Y qué piensa hacer con esa cesta?

- Separar la belleza del caos, por supuesto. Disecar las amapolas para convertir sus pétalos en marca páginas y tirar los preservativos y las jeringuillas fuera del alcance de los niños. ¿Se cree que estoy loca?

- Al contrario. Es lo más cuerdo que he oído en mi vida – dije. Y me marché.

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Nota: Su aspecto tal vez fuera un fiel reflejo de su propia actitud ante la vida. Caótico por fuera. Bello por dentro.