La pareja hablaba muy cerca, casi boca con boca, tal vez por masticar sus susurros, quizás por oler sus palabras. Se miraban a los labios en plano picado, como dos aves rapaces sobrevolando el nido de los labios del otro. Pero no se besaban ni alcanzaron a besarse por sí mismos. Fue por un bache.
Mi taxi tomó un bache por estar yo pendiente de sus bocas a través del espejo. Y con el brusco balanceo, sus labios se juntaron. Se besaron por mi culpa. Fui yo quien prendió la chispa de otro beso más profundo, sin barreras, ahora con las dos bocas abiertas y sus lenguas jugando al deseo o a la capoeira. Un beso que sólo acabó al terminar el trayecto y ni siquiera: sin despegarse (por no perder el néctar de sus salivas) pagaron con prisa, cerraron la puerta y siguieron besándose allá en la acera hasta hacerse pequeños al alejarme yo. Y tal vez ahora, al escribir estas líneas, continúen tirando del hilo invisible que sellan sus labios. Y todo por un bache.
Esto me hizo sentir semidiós. Por encima del dios hacedor de epidemias. En mis manos está que la gente se bese. O gracias a mi pésima conducción. Soy la chispa que prende el amor. Y mi socio el alcalde, la piedra: le he mandado un mail pidiéndole que no repare nunca los baches del asfalto. Si me hace caso los dos, mano a mano, sembraremos la pasión en los asientos traseros de los taxis del mundo. Y no habrá guerras, ni más hambre que el vacío de los besadores sin besantes.
Subid a mi taxi. Regalo pasiones. O accidentes que merecen la pena.
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Nota: Espacio patrocinado por Amortiguadores Jump Arround











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