Archivo de septiembre, 2011

El taxista hacedor de besos

30 septiembre 2011

La pareja hablaba muy cerca, casi boca con boca, tal vez por masticar sus susurros, quizás por oler sus palabras. Se miraban a los labios en plano picado, como dos aves rapaces sobrevolando el nido de los labios del otro. Pero no se besaban ni alcanzaron a besarse por sí mismos. Fue por un bache.

Mi taxi tomó un bache por estar yo pendiente de sus bocas a través del espejo. Y con el brusco balanceo, sus labios se juntaron. Se besaron por mi culpa. Fui yo quien prendió la chispa de otro beso más profundo, sin barreras, ahora con las dos bocas abiertas y sus lenguas jugando al deseo o a la capoeira. Un beso que sólo acabó al terminar el trayecto y ni siquiera: sin despegarse (por no perder el néctar de sus salivas) pagaron con prisa, cerraron la puerta y siguieron besándose allá en la acera hasta hacerse pequeños al alejarme yo. Y tal vez ahora, al escribir estas líneas, continúen tirando del hilo invisible que sellan sus labios. Y todo por un bache.

Esto me hizo sentir semidiós. Por encima del dios hacedor de epidemias. En mis manos está que la gente se bese. O gracias a mi pésima conducción. Soy la chispa que prende el amor. Y mi socio el alcalde, la piedra: le he mandado un mail pidiéndole que no repare nunca los baches del asfalto. Si me hace caso los dos, mano a mano, sembraremos la pasión en los asientos traseros de los taxis del mundo. Y no habrá guerras, ni más hambre que el vacío de los besadores sin besantes.

Subid a mi taxi. Regalo pasiones. O accidentes que merecen la pena.

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Nota: Espacio patrocinado por Amortiguadores Jump Arround

El test de embarazo

29 septiembre 2011

Limpiando el habitáculo del taxi me encontré debajo de mi asiento una bolsita de farmacia y, dentro de la bolsa, un test de embarazo. En su caja había un número de teléfono escrito a boli. 

Movido más por la curiosidad que por mi deber de localizar a su dueña para advertirle del extravío, llamé. Era un móvil, con el 6 delante. Descolgó en seguida:

- ¿Dígame? – dijo una voz de hombre.

- Hola. ¿Con quién hablo? – pregunté.

- ¿Quién es usted?

- Soy un taxista. Tengo algo que… le pertenece.

- Vale. Lo que sea déjelo en paquetería. En la sede del Partido Popular de la calle Génova. A nombre de xxxxx xxx.

- Bien, pero…

- No se preocupe. Cuando llegue, entregue un recibo con el importe del taxi y ahí se lo pagan.

- No, no… Lo que quería decirle es que tengo es un… test de embarazo con su número de teléfono anotado en la caja. Por eso le he llamado a usted.

(Silencio)

- ¿Sigue ahí? – dije.

- Jo-der…

- ¿Algún problema?

- Ufff…

- ¿Se encuentra bien?

- Ahora le llamo. Adiós.

Supuse que, dicho esto, me colgaría el teléfono. Pero no colgó. Tal vez le diera a la tecla equivocada. Sonó un clock, como si hubiera dejado el teléfono sobre la mesa y de fondo comencé a escuchar una conversación entre él y otro hombre.

- Cierra la puerta.

- ¿Qué pasa?

- ¿Recuerdas a esa tía que me llevé a casa, después del Pleno?

- ¿La del PSOE?

- Sí.

- ¿Esa que te hizo lo de…?

- Sí. Esa. Me acabo de enterar de que podría estar embarazada.

- ¡No jodas! ¿Pero no tomasteis precauciones?

- Me dijo que tomaba la píldora, ¡y yo qué sé!

- ¡Menuda movida! Y a menos de dos meses para las elecciones…

- ¿Qué hago?

- Déjame pensar… Habla con ella. No creo que se arriesgara a tenerlo. Sería el fin de su carrera y de la tuya. Plantéaselo así.

 - Vale. Trataré de localizarla.

Sonó un ruido como del hombre cogiendo de nuevo el teléfono. Entonces colgué.

La anciana asesina

28 septiembre 2011

Era una anciana de aspecto adorable (arrugas suaves, ojos blandos, gesto simpático). Subió a mi taxi con cierta dificultad. Tras cerrar su puerta me saludó (“Pues aquí estamos, hijo”) y me indicó un destino cercano. Resuelto mi itinerario mental pensé que sería mejor girar la primera a la derecha, pero al tratar de hacerlo ella me corrigió y me dijo que siguiera recto, estirando también su brazo por entre los asientos, señalando la calle.

En esto, con su mano a mi altura, algo en su dedo erguido llamó mi atención. Tenía sangre seca alrededor de la uña, una línea roja en su cutícula.

¿Sangre seca en una uña?, me pregunté. Pudiera ser el rastro de sangre ajena. Tal vez la sangre de su difunto esposo después de forcejear con ella. Quizás detrás de ese rostro angelical se encuentre una auténtica psicópata capaz de degollar a su propio marido con sus manos, arañándole la yugular hasta verle desangrarse poco a poco. Y todo ello ante la atenta mirada de sus nietos amordazados en el sofá, con fórceps en los ojos para impedirles parpadear mientras la tele emite una grabación del Sálvame Delux en bucle. “Vosotros seréis los próximos” habría dicho la anciana, y en esto el padre de las criaturas, hijo de la anciana, aparecería por sorpresa en la casa (salió pronto del trabajo, hubo una amenaza de bomba en la oficina) y ella saltaría sobre él para morderle en el cuello hasta acabar también con su vida. Por eso ahora no tiene dientes. No consiguió desencajar su dentadura postiza de la nuez de su hijo y tuvo que salir de casa sin ellos. Y ahora tomó mi taxi para comprar un saco de cal viva con la que disolver los cadáveres, uno a uno, en la bañera. En efecto su destino es, ni más ni menos, una droguería. Todo encaja.

- Es aquí. ¿Qué le debo? – me preguntó la anciana abriendo su bolso.

- Nada, nada – dije con la voz temblando, muerto de miedo.

- Ah, pues gracias. Muy amable – me dijo y salió del taxi, caminando despacio, hasta entrar en la droguería.

Y con el corazón a mil, arranqué quemando ruedas.

- O tal vez, aquella marca de sangre en la uña se deba a un padrastro mal curado – me dijo, horas después, mi psiquiatra.

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Detalle de la foto: La anciana de esta historia leyendo esta historia.

Antecedentes penales

27 septiembre 2011

  • Foto: “Somnis a la presó”, de xavipat.

Imagina que alguien te acusa de un delito que no has cometido. Imagina que una mujer reciente, larva de mariposa, se entera y por prudencia se aparta de ti. Imagina que, ahogado por su distancia, la llamas y te confiesa sus dudas: todas esas chispas no alcanzaron la suficiente lumbre para poner la mano en el fuego. Su primera reacción, en cierto modo, es comprensible. La vida tiene ese punto de crueldad. No siempre las rosas son de color rosa.

Tratas entonces de explicar tu inocencia y ella simula creerte, tal vez te cree, tu coartada es convincente. Pero hay algo distinto en su mirada. Ahora hay distancia, lo notas. Ya no sabes qué decir para borrar ese incidente, ese rumor. En ciertos casos es más fácil demostrarte culpable que probar tu inocencia. Es más fácil enseñar el cadáver que probar que no hay cadáver si no sabes, siquiera, quién ha muerto.  

Aun probada tu inocencia comprendes que no hay forma de disipar sus dudas. Ella vive y quiere vivir tranquila en su atalaya, sin indicios ni sospechas sobre alguien que aún no es nada, tal vez otra larva de mariposa, un boceto de proyecto con vistas al mar. Apenas un taxista que escribe cosas lindas y regala oídos.

Imagina que el taxista manchado por error no puede dar marcha atrás ni huir hacia delante. Imagina que, para recuperar la confianza de antes, tiene que volver a empezar de cero o peor, de más abajo.

Sin delito pero con antecedentes penales. Esa sensación.

Azul Laura

26 septiembre 2011

Te gusta el azul de los ojos de Laura porque adoras a Laura en su conjunto. De ahora en adelante ese color exacto marcará, sin tú saberlo, tus hábitos consumistas. La camisa que llevas, por ejemplo. Es del mismo azul que el azul de los ojos de Laura. Tú crees que la compraste simplemente porque te pareció bonita. Te equivocas.

Tampoco recuerdas, pero tu mente sí, que en el instante de comprarla sonaba un tema de los Smiths, el mismo que sonó en mi taxi cuando te llevé después de camino a Laura. En ese preciso trayecto, mientras sonaba aquella canción también asociada a los ojos de Laura, te fijaste sin querer en el cartel de un partido político. Era época de elecciones. 

No asociaste el fondo azul del cartel con los ojos de Laura, pero tu subconsciente unió cabos.

Sin saber muy bien por qué acabaste votando a ese partido. Y gracias a tu voto ese partido ganó las elecciones. Y meses después, ese mismo partido acabó despidiendo a miles de profesores interinos.

Tú eres profesor interino y ahora estás en la calle. Jamás se te ocurriría achacar tu despido a los ojos de Laura, pero así fue. Como ves, en el mundo inconsciente de la estética y la propaganda, sólo se salvan los daltónicos.

La vida privada del porno

23 septiembre 2011

Supongamos que es cierto lo que me contó ayer mismo aquel usuario en mi taxi. Supongamos que conoce a una mujer, se enamora de ella y viceversa, y que en ese punto de no retorno ella le dice que en realidad no es azafata de congresos, sino actriz porno. Siguiendo su relato pongámonos por un momento en la piel del usuario:

Él sabe que el amor de ella es sincero. Ella le asegura que se trata de un trabajo y nada más, y en sus ojos quiere ver que le dice la verdad. Tampoco encuentra justo apartarla de un mundo que ella eligió antes de conocerle y pinta como muy profesional, incluso artístico. ”Basta de prejuicios: La actriz porno no es ninguna puta”, le dice una y otra vez. En parte tiene razón. Y gana mucho más dinero del que podría obtener en cualquier otro trabajo. En cualquier caso, le ha prometido que en cuatro o cinco años “colgará los tacones para siempre”.

Mi usuario intenta manejar la situación con suma naturalidad. Pero en ciertos momentos no puede evitar sentir los celos más raros que ha sufrido en su vida. De hecho, nunca ha querido ver una escena suya. Ni lo hará. No quiere siquiera imaginar cómo otros hombres la penetran, aunque sea sin amor, sin sentimiento alguno, para que otros muchos miles más se masturben al otro lado de la pantalla.

- En este caso, que tu mujer excite a los hombres no tiene ni puta gracia – me dice.

De hecho, desde que se enteró de aquello, su vida sexual con ella es tensa. No puede evitarlo. Es bellísima, pero encuentra su cuerpo sucio, frío, como una oficina vacía. Y siente no estar a la altura de cualquiera de sus actores. El sexo con amor es otra cosa, lo sabe, pero no puede evitarlo. Aun bajo los efectos de todo el amor mutuo del mundo, no puede evitarlo. 

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Pregunta simpulso: ¿Qué harías tú en su lugar?

Insomnio

22 septiembre 2011

Una tela de araña en la esquina superior derecha del techo. Mañana se lo digo a Teresa. O mejor, me ocupo yo. O mejor, se lo digo: que sepa que me fijo en todo. Yo me porto bien con ella, qué menos. Diez euros la hora está muy bien. Aunque apenas es un hilillo. ¿Seguirá la araña ahí? No la veo. ¿Las arañas duermen? Me recuerda a aquella canción de los Cure, Lullaby. On candystripe legs the spiderman comes… ¿dónde está el mando? A ver qué echan. Pitonisa, pitonisa, pitoniso, pitonisa, Jes Extender, pitonisa, aparato de gimnasia pasiva, telediario. El mismo que echaron hace media hora. Las mismas imágenes. Las mismas noticias. Ahora viene lo de los chavales que saltan a un río desde un puente. ¡Bingo! Pitonisa, pitonisa, emisión en pruebas, vídeos musicales, vídeos no, que me despejo. Mejor será apagar la tele. Silencio.

Que no se me olvide pasar mañana por la gestoría. Y llamar a Alfonso, que cumple años. Dos más que yo. ¿Dos o tres? Bah, no pienses. Cierra los ojos y no pienses en nada. Cambia de postura. Cierra los ojos y no pienses en nada.

Y tengo que lavar el taxi. Pero no en el túnel de la última vez, que me lo dejó fatal. No aclara bien la espuma ese túnel. Cállate. Silencio, silencio, silencio. Piensa en algo que relaje. El desierto. Una duna. Tumbado en una duna. Pero hace calor en la duna. Podrían venir escorpiones. Son peligrosos los escorpiones.

Cambio de postura. De lado ahora. No. Mejor del otro lado. Con la almohada entre las piernas. Las tres y once de la mañana, ¡no lo pienses! Las tres y doce. Me acosté cansado, no lo entiendo. Y nada me preocupa demasiado. ¿Por qué el insomnio? 

Es este colchón. Caro de cojones, pero no me acostumbro. Aunque en este mismo colchón ya he dormido mil veces y del tirón. Sin problema. No es el colchón. ¿Y si me voy al sofá? ¿Y si me voy al sofá, me enciendo un cigarro y cuando acabe vuelvo y me duermo de verdad? 

¿Por qué el insomnio?

Ansia

21 septiembre 2011

Tiro de ti porque yo conduzco pero tú me llevas: el destino es tuyo, lo indicaste tú. 

Tiras de mí porque yo confundo pero tú me ciegas: el placer es tuyo, me mataste tú.

Tu calma pisa mi prisa. Es el tirante destiempo de intentar llegar a ti antes que tú, aunque tú ahora viajes dentro de mí, en mi mismo taxi que es mi mundo, quiero decir.

Y el trayecto a tu destino suena obvio: todo recto.

Y en ese camino más corto entre mi origen y tu destino no caben rodeos ni excusas. Ni siquiera taxímetros: lo llevo apagado.

Tan solo está en mi mano acelerar más allá de lo preciso (o frenar y moverte del piso) o darle un sentido creativo a la línea recta de la vida o pactar y mezclar mis ansias con tu calma y vendarnos los ojos nuca contra nuca, guiarnos ciegos hasta quemarme tu piel, caminar por la cuerda floja sin la red del pasado, confiar en el mutuo equilibrio. Y si las piernas flojean y tiemblan y perdemos pie, que el mundo crea que bailamos.

O marearnos, tal vez, como dos niños que juegan a la asfixia.

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Nota: Pido disculpas por la densidad de esta metáfora. Te jodes y le das al coco.

Mapa del comportamiento humano

20 septiembre 2011

Conmigo Virginia es correcta, tirando a tímida. Hablamos solapando temas: del Eurobasket a su casero, del nuevo disco de Amaral al estramonio. Todo mediante frases asépticas, neutrales, prudentes; se cuida muy mucho de no contradecir mi opinión, de no profundizar demasiado, de respetar los turnos. Emplea un tono de voz tirando a grave. Serio. Tirante. Es difícil ahondar en ella.

Pero luego recogemos a su amiga Cris. Cris es más jovial, natural, descarada. Al entrar nada sabe del tono empleado entre Virginia y yo (en cierto modo, no soy más que un taxista). Comienza a hablarle a Virginia ignorando el clima previo, en un lenguaje más directo, muchos “tía, tía, tía” espídicos, en voz alta y aguda. Habla deprisa, sin dejar espacio para la réplica.

Ahora entran en juego las dos Virginias. Cómo pasar del tono que empleó conmigo al tono que empleará con su amiga sin que yo note un cambio demasiado brusco. Virginia sabe que estaré escuchando aunque no intervenga en su conversación. Me tiene en cuenta porque ya creamos cierto vínculo antes de Cris, el suficiente para crearnos un somero mapa del comportamiento en público del otro. Tal vez por ello, cuando al fin consigue meter baza en el monólogo de Cris, Virginia no se muestra tan natural como la otra espera. Habla alegre y rápido, sí, pero algo más forzada que su amiga.

Cris se da cuenta del tono de Virginia y me mira a través del espejo. Ahora Cris es consciente de mí por primera vez en lo que va de trayecto. Ahora sabe que hay una tercera persona que mantuvo, antes que ella, una conversación con Virginia, con la Virginia neutral y anónima. Por ello tensa también su tono y guarda más cuidado en lo que dice. Ahora Cris ya no es Cris para Virginia, ni Virginia es Virginia para Cris. Sin duda cada cual volverá a interpretar su papel cuando salgan del taxi pero ahora, y en lo que dure el trayecto, nadie será tal y como presume ser. O, al menos, no del todo.  

La naturalidad, en fin, sólo se muestra ante un reducido número de personas. Y no siempre. No en cualquier situación.

Todos somos varios. Todos somos actores.

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Video-reportaje de mi taxi en La Trinchera. Gracias, Luis.

Baile con orquesta

19 septiembre 2011

Santiago tiene 57 años y hace dos se separó de su mujer. Ahora comparte piso en Moratalaz con una pareja de ecuatorianos. Quisiera vivir solo, pero el juez le obligó a seguir pagando la hipoteca del piso que ahora se quedó su ex también por orden del juez.

- Los jueces sentencian, en minutos, toda una vida – me dice.

En tres años acabará de pagar el piso de su ex, y entonces tal vez sus 1.300€ de sueldo le den para un alquiler modesto. O quizás, quién sabe, acabe conociendo a alguien y consiga rehacer su vida. Por de pronto, se tiñó las canas y viste más moderno gracias a las camisas que le prestó su hijo el mayor. También le ha dado por hacer ejercicio y comer más sano. Necesita sentirse joven.

Su ex le dice que está ridículo con esas pintas, pero a él le da igual. Sólo quiere rehacer su vida, empezar de nuevo ahora que aún no es demasiado tarde.

- ¿Cuándo es tarde para empezar de cero? – me pregunta.

Me quedo en blanco.

Santiago continúa hablando de su vida presente y futura mientras le llevo en mi taxi a un baile con orquesta. Nunca le ha gustado bailar, pero cree que es el peaje que tendrá que pagar si quiere conocer a otra mujer.

- A los bailes con orquesta van divorciadas y viudas de mi edad. No puedo aspirar a otra cosa - me dice.

Tal vez tenga razón. Terca vida.