Archivo de julio, 2011

Pintar las paredes

29 julio 2011

No me gusta viajar porque no me encuentro bien. Me obsesionan más las personas que las ciudades donde habitan, más sus emociones que las piedras o los museos o las estatuas o cualquier símbolo del pasado. Amar es renunciar al pasado. El pasado está viciado. El futuro está en el presente. Soy aquí y ahora, y no mañana en el puto Cancún.

Las fotografías me dan miedo. Los retratos me dan miedo. Las biografías son cadáveres formato libro. El origen de todo se encuentra en el asiento trasero de mi taxi (con perdón de los demás asientos). Conduzco un taxi porque no me encuentro bien.

¿Vacaciones? No las necesito. Mi vida está instalada en ellas. Todo cuanto hago me produce placer. Desde que despierto (sin despertador) hasta que mis ganas por biopsiaros a todos me agotan. Y escribir es masturbarse.

Pero llevo masturbándome a diario y sin descanso en este blog desde hace más de cuatro años, agostos incluidos. Y mi psiquiatra me ha dicho que ando falto de calcio. Que necesito pintar mis paredes de dentro y, ya de paso, reparar los golpes de chapa y pintura de mi taxi.  

Y por primera vez en cuatro años creo que tiene razón. Necesito ser otro al menos durante un tiempo. Olvidarme de mí y de ti y de nosotros y de vosotros y de ellos. Romper con todo para evitar romperme por dentro. Dedicarme a no ser y a no pensar hasta recuperar el calcio perdido. Y volver en septiembre sediento de pajas literarias. Necesito echar de menos mi blog y mi taxi.

En cualquier caso, podréis usar el espacio de comentarios para mantener vivo este blog. Podéis escribir cuanto queráis. Sacar temas, debatir o follar entre vosotros a través de la palabra. Os cedo el espacio sin censuras ni límites.

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Nota: He pactado con mi psiquiatra volver al blog el día 1 de septiembre. Pero no le he dicho que seguiré en activo en Twitter.

¿Bailas?

28 julio 2011

En uno de esos momentos porosos de tu piedra vida buscas o te dejas encontrar por alguien de quien sólo conoces matices, su foto de perfil en Twitter, mensajes privados, y crees o necesitas creer que hay algo más allá de ella que necesitas interpretar como tuyo, como una parte nueva o dormida o indescriptible de ti, tal vez crucial, que cambiará tu vida. Miles de mensajes privados después del primer mensaje público decides y ella también decide quedar, encontraros, poneros cara y olfato y gusto y tacto: por fin llega el pánico del primer impacto visual, esos dos primeros besos en sus mejillas recientes nada más tomar asiento en tu mismo taxi, a tu mismo lado.

Sonríes, arrancas el taxi y entonces ella comienza a hablar y tú también hablas y os pisáis las palabras como dos perfectos conocidos. El engranaje rueda mejor que en el mejor de los ensayos, brutal sinergia que notas y necesitas notar en ella aunque no consigas interpretar hasta qué punto (eso nunca se sabe, no al menos en la primera cita de quien crees importante, con ella no es urgente la urgencia). Decides el mismo destino que ella: cerveza a raudales, charla, y miles de excusas para brindar. Te cuenta y cuentas pasados líricos, derribas tus propios muros cegado por el peso atroz del instante. No es el alcohol quien te empuja: son sus ojos.

De tanto negar el paso del tiempo cerráis la terraza. Y quieres más. Y luego, paseando a su lado, también quieres interpretar que ella también quiere el mismo más que tú. Es complejo descifrar el lenguaje mudo de quien ahora deseas que sea una parte generosa de ti o tú una costilla más de su costillar, como dos Adanes ante la atónita Eva. Aquí no vale actuar como el morboso náufrago sin nada que perder porque nadie importa. Aquí te la juegas, y eso nubla y limita tus deseos. Es el miedo a no ser correspondido.

Al despedirte de ella os dais tan leve abrazo que no hay tiempo para sentirlo. Después un beso casto en la mejilla y se marcha. Te imaginas un punto suspensivo por cada paso que da de camino a su portal. Quieres mucho más que todo, pero no sabrías cómo decirlo.

Perfiles: Juan José

27 julio 2011

Además de feliz, Juan José parece satisfecho, sin traumas. Durante el trayecto hablamos de ello:

- Tal vez me sobren unos kilos, no muchos, pero me gusta comer. Los sacrificios, para los mártires. En cuanto a mi estatura, ahí no hay nada que hacer, o todo lo que pudiera hacer para intentar disimular que soy bajito me haría caer en el ridículo. Como llevar los pantalones pesqueros para parecer más alto, o usar alzas o plantillas para ganar unos centímetros. Lo único que evidencias con eso es un complejo, lo cual te convierte en un gilipollas. Y yo, por encima de todo, me niego a ser un gilipollas. Hay que conformarse con lo que tienes, ¿no crees? Tirar palante con la carcasa que te toque. Los feos decimos que lo importante es el coco. Tener el coco amueblado. Conocer tus límites, asumirlos, y potenciar tus virtudes. Escribe eso: “Potenciar tus virtudes”. Todos tenemos virtudes.

- ¿Cuáles son las tuyas? – le pregunto.

- Mi mayor virtud es no alardear de mis virtudes. El que quiera, que las busque.

Juan José lleva una camisa azul por fuera de su pantalón vaquero, unas All Star grises y un ejemplar de mi libro (quiso aprovechar y traérmelo para que se lo firmara). Llama mi atención una pequeña cicatriz que luce debajo de su barbilla. Le pregunto por ella:

- Fue de una hostia que me pegó mi padre cuando era pequeño. La marca de su anillo, para más señas.

- Si quieres omito esta parte – le digo.

- No. Escríbelo si quieres. Es la verdad. Yo aprendí a base de hostias.

- ¿Y qué aprendiste?

- Aprendí a no enseñar nunca a base de hostias. Tengo un hijo pequeño, de dos años, y jamás se me ocurriría ponerle la mano encima. Si algo falla en esta sociedad es la mala herencia. Heredar también lo malo, quiero decir. Todo el que emplea la violencia lo hace porque en su día, normalmente en la infancia, lo aprendió de alguien muy influyente para él. Es como una bola de nieve, ¿entiendes? O la paras cuando empiezas a tener uso de razón y criterio, o cada vez se hará más gorda. Los hijos son una responsabilidad tremenda. Si no eres capaz de asumirla, mejor será que no los tengas.

- ¿En qué trabajas?

- Soy programador y diseñador de páginas web en el paro. Escríbelo también, por si a través de tu blog me sale algún curro.

- ¿Tienes alguna afición?

- El ping pong. Y colecciono pendrives.

- ¿Pareja?

- Casado con mi Patri por lo civil. Y enamorado hasta las trancas desde hace 14 años, seis meses y tres… cuatro días. También soy bueno con las fechas.

Dejé a Juan José en su mismo punto de partida: el portal de su casa. No quería ni necesitaba ir a ningún sitio, sólo dar una vuelta en mi taxi (“Para qué moverme si lo tengo todo aquí”, me dijo). Al llegar nos estaba esperando su mujer en el portal. Era guapa, muy guapa. A simple vista no pegaban en absoluto. Pero sólo a simple vista.

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Nota: Si tú también, como Juan José, te atreves y quieres ser tú el descrito a propósito (y vives o estás de paso por Madrid) manda un mail a simpulso@nilibreniocupado.es. Te iré a buscar en mi taxi (sin coste alguno) y biopsiaré tu perfil en este mismo blog.

Muerte de un taxista

26 julio 2011

Cuando te hospedas sola, todas las habitaciones de todos los hoteles son la misma ciudad. Las mismas paredes asépticas, la misma cesta de bienvenida, la misma cama inabarcable, el mismo mueble bar (siempre insuficiente pero que nunca tocas), las mismas toallas bordadas sin tu nombre, el albornoz siempre grande que huele a nada, el escritorio repelente de musas, una tele con todos los canales menos el tuyo, una biblia en el cajón que no abrirás, o ese teléfono color cadáver que nunca suena y descuelgas para escuchar que funciona, que todo a tu alrededor funciona menos tú, que a veces.

Te asomas a la calle y las ventanas son otro distinto canal de la misma tele, los mismo otros coches, la misma otra gente que camina. Sabes bien por qué estas aquí pero te preguntas qué haces aquí. Sabes por qué te hospedas sola pero te preguntas por qué te hospedas sola, por qué esa cama amarga, por qué no hay rastro de siluetas pasadas o de copas rotas. Pero te tumbas y ahora la habitación es más pequeña que en tu párrafo anterior, y evitas mirar la pantalla del móvil pero aún lo tienes en la mano, nunca lo soltaste. Es el único vínculo con tu mundo exterior de dentro, tan lejos pero tan cerca, tan falso todo y sin embargo imprescindible. Abres tu correo, abres Facebook, abres Twitter. Todo novedades, pero nada nuevo.

Sacas de la maleta tu billete de vuelta. Mañana a las once. Bendito maldito billete cerrado. Lo usas como antifaz para poder dormir (la luz de emergencia te molesta). Y duermes y sueñas un sueño prestado. El mismo sueño de todos los hoteles.

A la mañana siguiente te despierta el teléfono que nunca suena. El recepcionista, en inglés pausado, te dice que tienes un taxi esperando en la puerta. El mismo taxi que te llevará al aeropuerto, al avión de tu vida pasada y futura y de siempre. Cuelgas.

Por la tele echan una de James Dean. Sin pensar o pensando más en blanco que nunca abres el mueble bar, escoges una botellita de Jack Daniel´s y te la bebes de un trago. Sabe a sábana arrugada. Luego despliegas la ventana y lanzas tu teléfono móvil al vacío.

Te asomas y miras hacia abajo. Le has dado al taxista en la cabeza. Sonríes.

Maletas

25 julio 2011

Son tiempos de maletas en los taxis, de trayectos a estaciones y aeropuertos. Las familias se marchan al pueblo, a la playa o al extranjero a ver museos y a beber daikiris. También hay museos y daikiris en su ciudad (que nunca visitan ni pedirían en el bar de su barrio), pero esa es precisamente la idiosincrasia de las vacaciones: cambiar de actividad o jugar a ser otros durante unos días.

Como taxista observador del inicio y fin de las vacaciones de muchos, lo que más llama mi atención es el volumen de las maletas, más bien baúles de dimensiones cósmicas, que portan algunos. Me pregunto si en siete días y seis noches de resort les dará tiempo (sobre todo a ellas) a usar diez pantalones, seis vestidos, tres jerséis (por si refresca en Benidorm en pleno mes de agosto) y docenas de pares de sandalias y zapatos conjuntados cada cual con otros tantos bikinis y/o pareos (y cremas, y un secador de viaje, y cinco bolsos vacíos también conjuntables). Me pregunto si realmente serán capaces de descansar ante tal cúmulo de decisiones estéticas.

Sin duda  esos viajeros y yo tenemos distinto concepto del descanso. Aunque tal vez sus viajes no sean tales, sino mudanzas encubiertas de sí mismos. Algo así como abrir sucursales playeras de su estilo de vida meramente material por miedo, tal vez, a un cambio demasiado brusco que los descojone por dentro.

Huir

22 julio 2011

Mi taxi no es más que una excusa para huir como huimos los pobres: en círculos. Cada mañana me piro tan lejos como dicte el azar, pero siempre regreso a mi punto de partida.

¿Que de quién huyo? ¿Y tú me lo preguntas? Está claro: de mí.

Durante mis huidas, tiendo a fijarme en los usuarios que me dictan cuál será el nuevo destino. Me apasiona el porqué de los trayectos. Siempre hay un motivo para cada causa. Dios no existe.  

Luego está el amor subyacente, los flechazos subyacentes. Salir de casa con la intención de encontrar por las calles a la mujer de tu vida. Tener esperanza y un margen de pulsaciones holgado. Vivir expectante, con las pestañas pegadas a sus respectivas cejas.

Los únicos accidentes que he sufrido en mi vida han sido por seguir con la mirada a mujeres caminantes que rompieron el iris de mis sentidos. En el último (embestí por detrás a un todoterreno) salí del taxi corriendo hacia la chica, toqué su hombro y cuando se giró señalé el accidente y dije:

- Lo que siento por ti está en el humo que sale del capó de ese taxi.

La mujer sacó de su bolso un kleenex y me dijo:

- Te sangra la frente.

Tomé el kleenex y ella se marchó. Se marchó sonriendo.

Mi amor por ella duró lo que tardó el taller en arreglarme el coche. Fue más de una semana sin dormir y sin comer víctima del embrujo de sus ojos color cian. Por los puntos de sutura que me dieron en la frente supe que el amor siempre duele. Por la cuota extra que me cobró el seguro supe que el amor nunca es barato.

Escribo esto desde un bar. Dentro de tres o diez cervezas regresaré a casa, me meteré en la cama y cuando cierre los ojos volveré a reencontrarme conmigo. Con un poco de suerte el alcohol conseguirá que el techo gire como gira mi taxi durante el día. Con un poco de suerte continuaré huyendo hasta caer rendido.

Errores NOT FOUND

21 julio 2011

En nuestra curiosa España tenemos por costumbre pecar a espaldas de Dios y cuando todo Dios nos pilla negarlo todo. Si robamos y nos delatan, acusamos de traidor al mensajero o inventamos conspiraciones o en última instancia tiramos del manido “robo porque todo el mundo roba”. Cualquier cosa antes de reconocer el error cometido. La presunción de inocencia nos convierte en inocentes y cuando se dicta sentencia siempre es injusta y recurrimos al Tribunal Supremo, a la Haya o donde haga falta. Jamás confesaremos ni admitiremos los hechos tal cual sucedieron. Jamás seremos humanos (ni mucho menos sabios).

Si tal vez escucháramos a un solo imputado decir: “Lo reconozco. Robé. Obran en su poder sobradas pruebas que lo demuestran. Sucumbí a la tentación de quien buscó tentarme. No supe evitarlo. Asumo las consecuencias” podríamos incluso llegar a empatizar con su dilema (el dinero fácil siempre tienta: el condenado fue débil) y así asumir que los límites de la ley acaban donde empieza una ética común para todos.

 Pero nunca es así. Quienes roban y son cazados, en lugar de admitirlo, optan por ensayar su mejor sonrisa mientras inventan una cuartada perfecta que lo niegue todo. Y esa sonrisa y esa coartada y ese victimismo sale por la tele en Prime Time. Y el famoso que comete delitos le copia la sonrisa al político electo que comete delitos. Y como ambos salen por la tele y la tele es glamour, nuestro inconsciente también desea tener yates, lucir rinoplastias y evadir impuestos. 

El elegante y siempre sonriente Camps, Correa, Pantoja, Muñoz, Campanario, Bárcenas, los EREs, los Brugal, los Malaya, los Pretoria, los Gürtel, los Palma Arena. Nadie se reconoce culpable de nada. Todos fingen ser hombres de paja, cabezas de turco o víctimas indefensas de un poder superior. Y esa actitud deja rastro en la conciencia ciudadana. Y el ciudadano, hechizado por las 52 pulgadas de su televisor, vota a Camps y llama ¡guapa! a la Pantoja.

Yo no soy folclórica ni político. Soy taxista. Digo esto porque yo también, igual que ellos, igual que todos, podría robar. En mi caso podría estafar, a golpe de taxímetro, a turistas e incautos. Algunos lo llaman “picaresca” (sutil palabra de nuestra literatura patria). Yo lo llamo, igualmente, robar. Y no robo porque no paso hambre. No robo porque me conformo con lo que tengo. No robo porque me gusta más la Mahou que el Moët & Chandon, los yates, mayormente, me marean, y los Rolex de oro no alargan las horas. No robo porque mi ángel y mi demonio firmaron un pacto de no agresión.

Llamemos, por favor, a las cosas por su nombre o los principios inherentes al ser humano se irán al carajo.

Extracción de un cuerpo extraño

20 julio 2011

Dos burbujas follando suave. El hombre burbuja, mientras penetra con su fálico pistón a la mujer burbuja, piensa que quizás, a su vez, la esté inflando. Teme que la mujer burbuja se hinche demasiado y explote entre sus brazos. Por eso muerde sus pezones (creyendo que son los tapones de sus válvulas de escape) con la urgencia de intentar liberar presión en ella y salvarla. Sus tetas saben a plástico dulce. 

La mujer burbuja, por su parte, disfruta al sentir un cuerpo extraño dentro de su cuerpo extraño. Parece hinchada de placer, flotando como si el hombre burbuja inyectara helio por entre sus piernas.

La fricción entre ambos cuerpos comienza a generar electricidad estática. El hombre burbuja cree que es síntoma de un amor permeable. La mujer burbuja lo interpreta como antesala de su inminente orgasmo. En cualquier caso, ambos se corren. Él eyacula fragmentos del muro de su burbuja. Ella se los queda dentro sin decir nada.

Exhaustos duermen en esa misma postura sobre la misma alfombra, sin siquiera extraer el cuerpo extraño de él del cuerpo extraño de ella. Gracias a esa conexión física, los dos sueñan un mismo sueño que jamás recordarán.

A la mañana siguiente, al despertarse el hombre burbuja, la mujer burbuja no está. Dejó algo escrito sobre la alfombra:

“NECESITO PENSAR. ME LLEVO TU TAXI”

El hombre burbuja sonríe. Por seguridad, siempre deja un pincho oculto en el respaldo del conductor. En cuanto ella tome asiento, explotará su burbuja.

Volverá sin su armadura y su alma dura se hará blanda.

El hombre burbuja piensa cómo será ella cuando regrese sin su burbuja. Ahora al hombre burbuja le cuesta respirar. La burbuja del hombre se desinfla.

El panteón familiar

19 julio 2011

En estos instantes mi espejo retrovisor parece una postal: un padre guapo, una madre guapa y en el centro, el hijo de ambos, precioso. Los tres perfectamente encuadrados en los límites del asiento trasero de mi taxi. Los tres sonriendo, como víctimas de una extraña hipnosis. Los tres hablando de temas cotidianos: a qué hora irá el niño mañana al campamento de verano, qué cenarán esta noche (¿toca carne?, ¿pescado?) o qué película decidirán los tres después de cenar.

- ¡Mira papá!, ¡un Porsche Carrera 4!

Por comparación de género, me fijo en el padre. Parece feliz, relajado. Su rostro mantiene el rictus de la responsabilidad. Lleva años asumiendo su papel de padre y marido ejemplar; años sin salirse del tiesto o regando y mimando la misma planta. Asumió su papel elegido. Sin vuelta atrás.

- No tiene plazas traseras, hijo. No podríamos ir los tres en ese coche.

Asumió mantenerse siempre íntegro delante de su hijo. Asumió serle fiel a su mujer. Asumió consensuar planes y horarios durante el resto de su vida. Asumió no poderse permitir tener un día tonto y liarse a copas hasta las tantas porque sí, llegar a casa borracho y feliz porque sí, o necesitar estar solo y dormir solo de vez en cuando porque sí, sin pedir explicaciones previas. Asumió no sucumbir a los encantos de su vecina del tercero, la misma que le mira con ojos de vicio en el ascensor, la misma que en otra vida se habría follado sin remordimientos.  Asumió no hacerse más preguntas que las precisas, ni mirar al otro lado de la raya ni mucho menos esnifarla. Asumió creer que su vida ahora es tres, que sus planes se diluyen siempre en otros planes, que su libertad de pensamiento sólo empieza cuando el niño duerme.

Pensando en esto mi espejo retrovisor comenzó a arrugarse. Y así, distorsionados,ninguno de los tres era tan guapo. Parecían zombis.

Triunfales psicópatas

18 julio 2011

Tenía un aspecto impecable: traje italiano a medida, corbata de seda, piel bronceada y el blanco de los ojos más blanco que han visto mis ojos. Antes de tomar asiento en mi taxi se quitó la americana, la dobló con suma maestría y la posó a su lado como si de un delicado ser vivo se tratara. Cerró su puerta, me indicó un destino con sobrada amabilidad y ya en marcha sacó su teléfono y comenzó a hablar:

- Tomás. ¿Qué pasa con esos despidos?- dijo sin levantar lo más mínimo el tono de voz.

- (…)

- No quiero excusas, Tomás. Treinta de la planta. Despide a treinta de la planta. Lo tienes fácil. Les vence el contrato este mes a cuarenta y siete. Despide a treinta de esos, los que más rabia te de. Antes de agosto. Y al encargado ese… ¿cómo se llama?

- (…)

- Germán, eso es. Despide también a Germán. Con el nuevo convenio nos saldrá más barato que en el último recorte. Tienen que cuadrar las cuentas como sea, ¿entiendes?

- (…)

- No hay excusas. Si no eres capaz de echarlos tú, tendré que prescindir también de ti. Business, Tomás. O estás dentro o estás fuera. 

Y colgó sin despedirse siquiera. Luego se ajustó la corbata, se miró las uñas y por último lanzó una sonrisa que me dejó helado. Era una de esas sonrisas de triunfador, de líder, de “yo mando y los tengo a todos bajo control”. Sin duda tenía la situación controlada: el futuro de treinta familias, ni más ni menos. Su vida entera y la de muchos a su entera disposición. El Dios de su microcosmos. 

Todo impecable a su modo de ver: Su aspecto físico, sus modales, su precioso chalet con piscina (ese fue nuestro destino), su margen de beneficios y su falta de escrúpulos. Un perfecto psicópata, en fin, socialmente aceptado. Y lo más grave: admirado por muchos.

Me pagó con un billete de 50€ recién estrenado y al rozar su dedo sentí un miedo indescriptible.

¿Estaremos todos en manos de psicópatas?