
Ahí viene uno:
- ¡Taxi!
Bien, me ha visto. Frena.
Abro la puerta, tomo posición para sentarme (cuidado con la falda), dejo el bolso a mi lado y digo:
- Buenas tardes. A la Avenida de Brasil, por favor.
Cierro la puerta. Huele bien. ¿Sandía? Miro la hora: llegaré a tiempo. Luis es siempre súper puntual. Aunque no lo diga, sé que le jode que llegue tarde. Aquella vez se lo vi en los ojos. Supongo que aún nos falta ese puntito de confianza para enfadarnos el uno con el otro. Parece tener genio, aunque no lo demuestre. Tiene iniciativa, eso sí. Las cuatro (¿cinco?) veces que hemos quedado, le he visto muy suelto, confiado en sí mismo. Y en la cama, ¡joder!, es tierno, sí, pero me maneja como quiere, el muy cabrón. Sabe lo que me gusta. Lo supo desde el primer instante. Se le nota con tablas. Ha tenido que ser muy mujeriego. Espero que ya no lo sea. Tocaré, con sutileza, ese tema.
Por cierto, espero que hoy no me pida dormir en su casa. Me da vergüenza decirle que tengo la regla. Tampoco me rasuré las ingles. Le diré que estoy cansada. Mañana madrugo, y no tengo ropa. Me tomaré un par de copas con él, y luego cada uno a su casa. Que el sábado, si eso. Me bajó ayer, tres días de píldora, y para el sábado estaré dispuesta. Me rasuraré el mismo sábado, cuando me duche. Y luego, alisarme el pelo.
Me encanta esta canción: Mr. Jones, de… ¿cómo se llamaba este grupo…? Era un tipo con rastas… ¡Joder! Ya podría el taxista subir el volumen. Me da palo pedírselo. ¿Y si la tarareo para que se dé por aludido? A ver… el estribillo:
- Mister Jones and me… – susurro mientras le miro a través del espejo.
Es un tío más o menos de mi edad, tal vez mayor, rapado y con ojeras. Seguro que lleva horas y horas al volante y tendrá hijos pequeños que le despiertan por la noche. Sus manos son enormes, pero delicadas, y cambia de marchas como acariciando la palanca, y mueve el volante con la mano abierta. Ahora me mira y me ve susurrando la canción. Sonríe y sube la música. Sonrío yo también. Qué vergüenza.
- Me encanta esta canción – le digo para salir del paso.
- La compuso Counting Crows para este preciso momento.
Eso. Counting Crows. Pero, ¿a qué ha venido ese comentario? ¡”La compuso Counting Crows para este preciso momento”, me dice! No entiendo en qué sentido me ha dicho esto. ¿Estará intentando ligarme? No es posible. No ha intentado iniciar ninguna conversación, ni me ha mirado hasta ahora. O eso creo. Fui yo, con mi comentario de la canción.
Paramos en un semáforo y le veo sacar de la guantera una libreta y me mira por el espejo y comienza a escribir algo. Vuelve a mirarme. Vuelve a escribir. Qué intriga.
Al abrirse el semáforo, deja la libreta sobre el otro asiento y me asomo con disimulo pero no alcanzo a ver nada. Escribe con letra muy pequeña y curvada. Se acaba la canción, y selecciona otro tema. Es un CD. El que suena ya es la leche: Interstate Love Song, de Stone Temple Pilots. Qué cabrón. Me ha calado.
- ¿Giramos por la próxima? - me pregunta.
- Sí. Y luego a la derecha. Voy al irlandés. Al Irish Rover. ¿Lo conoces?
- Claro – me dice bajando y subiendo después el volumen.
Gira suave, como la piel de su cuello, y detiene el taxi no en la puerta del pub, sino diez metros antes, junto a Luis, que me espera apoyado en un coche. ¿Cómo sabe que había quedado precisamente con él?
El taxímetro marca 6,85 €. Le tiendo un billete de 10. Al darme el cambio, extiendo la mano y él posa sobre mi palma cada moneda, una a una, de forma independiente. Un euro, otro euro, otro euro, cinco céntimos, otros cinco céntimos… y al darme los últimos cinco céntimos retira su mano y me toca, no sé sin querer, la yema de los dedos.
- Gracias – me dice mirándome a los ojos.
- A ti – le digo, nerviosa, evitando su mirada.
Salgo del taxi. Luis se agacha para mirar al taxista y luego se acerca a mí y me da un beso.
- Llegas cinco minutos tarde – me dice.
El taxista continúa detenido. Escribe algo en su libreta y luego se marcha. Sigo su estela hasta que Luis toma mi mano y tira de mí.
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