Archivo de mayo, 2011

Así en el cielo como en mi taxi

31 mayo 2011

Conversación, en el asiento trasero de mi taxi, entre un niño de 6-7 años y su padre:

HIJO: Oye, papá…

PADRE: Dime.

HIJO: ¿Por qué no tenemos alas?

PADRE: Porque no somos pájaros.

HIJO: ¿Y por qué los pájaros no tienen labios?

PADRE: Los pájaros tienen pico para cazar insectos y alimentar a los pollitos.

HIJO: Pero si los pájaros no tienen labios ni brazos, no pueden besar ni abrazar.

PADRE: No. No pueden.

HIJO: Y si no pueden besar ni abrazar, tampoco pueden quererse entre ellos.

PADRE: (Silencio)

HIJO: Y si no tienen amor, ¿para qué vuelan?

PADRE: Ya lo entenderás cuando seas mayor.

TAXISTA: Mentira.

Ciudad en blanco

30 mayo 2011

Lo mismo sería, para un escritor, enfrentarse a una hoja en blanco, que para un taxista enfrentarse a una calle en blanco. El mismo abismo, el mismo vértigo. La misma y total libertad.

Imagina que me levanto endiosado, invierto mis papeles, y saco mi taxi del garaje no como taxista, sino metido en la exclusiva piel del escritor. Imagina que salgo a la calle y no hay calle, sino un inmenso folio a rellenar por mis ruedas manchadas de tinta que habré de girar a derecha e izquierda al antojo de mi propia inspiración. Tampoco hay edificios, ni gente, ni potenciales usuarios. Lo voy creando todo sobre la marcha.

Imagina que, tras recorrer con mi taxi media ciudad inventada con todo lujo de detalles, vuelvo sobre mis pasos. Que repaso lo escrito y me sorprende comprobar que no aparece ni una sola entidad bancaria, ni un solo Ministerio (el de Defensa ahora es una biblioteca pública), ni un Congreso de los Diputados (en la Plaza de las Cortes puse un zoo), ni una empresa de trabajo temporal, ni una sola comisaría (aparecen floristerías en su lugar), y las iglesias y las mezquitas ahora son centros de estudios científicos, y Tele5 un canal de divulgación cultural.

Imagina que, pese a la ausencia de edificios gubernamentales, bancos, intermediarios, comisarías y sucursales de sectas varias, reina la calma y el orden entre la población. Una población culta y civilizada. 

O tal vez gracias a ello.

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Nota: Es utópico, sí. Pero podría funcionar.

El dolor y las risas

27 mayo 2011

 Todo, el dolor y las risas, se junta a veces en un punto y eclosiona y genera una canción. Bailemos juntos. Todo: el ansia, las cosquillas, las ganas, el sopor y tus orgasmos. La ira y la calma, el miedo, decepción, las mariposas.

Tirar de oficio y maquillarte. Rimmel waterproof, no la jodamos. Pensar que el mundo somos dos y mucho atrezzo. Hacer del estribillo una gran fiesta. Taparme los oídos con tus muslos. No escucharme.

Sin filtros anti-spam. Somos nuestro propio virus. Mi taxi me lleva a mí, tú eres un cuerpo. Ando triste. Duele el hígado. Alcohol de quemar las penas. Otros acordes. Desafinar. Y que se joda la NASA.

Las pesadillas son pesos pequeños en femenino. Descartemos el suicidio. El cañón en la boca me provoca arcadas. Tengo acrofobia. Soy inmune a las pastillas. La vida escuece sólo ahora. Reloj de sol.

Aun consciente como soy de quién soy, siempre querré jugar a ser otro.

Dentro de ella

26 mayo 2011

Ahí viene uno:

- ¡Taxi!

 Bien, me ha visto. Frena.

Abro la puerta, tomo posición para sentarme (cuidado con la falda), dejo el bolso a mi lado y digo:

- Buenas tardes. A la Avenida de Brasil, por favor.

Cierro la puerta. Huele bien. ¿Sandía? Miro la hora: llegaré a tiempo. Luis es siempre súper puntual. Aunque no lo diga, sé que le jode que llegue tarde. Aquella vez se lo vi en los ojos. Supongo que aún nos falta ese puntito de confianza para enfadarnos el uno con el otro. Parece tener genio, aunque no lo demuestre. Tiene iniciativa, eso sí. Las cuatro (¿cinco?) veces que hemos quedado, le he visto muy suelto, confiado en sí mismo. Y en la cama, ¡joder!, es tierno, sí, pero me maneja como quiere, el muy cabrón. Sabe lo que me gusta. Lo supo desde el primer instante. Se le nota con tablas. Ha tenido que ser muy mujeriego. Espero que ya no lo sea. Tocaré, con sutileza, ese tema.

Por cierto, espero que hoy no me pida dormir en su casa. Me da vergüenza decirle que tengo la regla. Tampoco me rasuré las ingles. Le diré que estoy cansada. Mañana madrugo, y no tengo ropa. Me tomaré un par de copas con él, y luego cada uno a su casa. Que el sábado, si eso. Me bajó ayer, tres días de píldora, y para el sábado estaré dispuesta. Me rasuraré el mismo sábado, cuando me duche. Y luego, alisarme el pelo.

Me encanta esta canción: Mr. Jones, de… ¿cómo se llamaba este grupo…? Era un tipo con rastas… ¡Joder! Ya podría el taxista subir el volumen. Me da palo pedírselo. ¿Y si la tarareo para que se dé por aludido? A ver… el estribillo:

- Mister Jones and me… – susurro mientras le miro a través del espejo.

Es un tío más o menos de mi edad, tal vez mayor, rapado y con ojeras. Seguro que lleva horas y horas al volante y tendrá hijos pequeños que le despiertan por la noche. Sus manos son enormes, pero delicadas, y cambia de marchas como acariciando la palanca, y mueve el volante con la mano abierta. Ahora me mira y me ve susurrando la canción. Sonríe y sube la música. Sonrío yo también. Qué vergüenza.

- Me encanta esta canción – le digo para salir del paso.

- La compuso Counting Crows para este preciso momento.

Eso. Counting Crows. Pero, ¿a qué ha venido ese comentario? ¡”La compuso Counting Crows para este preciso momento”, me dice! No entiendo en qué sentido me ha dicho esto. ¿Estará intentando ligarme? No es posible. No ha intentado iniciar ninguna conversación, ni me ha mirado hasta ahora. O eso creo. Fui yo, con mi comentario de la canción.

Paramos en un semáforo y le veo sacar de la guantera una libreta y me mira por el espejo y comienza a escribir algo. Vuelve a mirarme. Vuelve a escribir. Qué intriga.

Al abrirse el semáforo, deja la libreta sobre el otro asiento y me asomo con disimulo pero no alcanzo a ver nada. Escribe con letra muy pequeña y curvada. Se acaba la canción, y selecciona otro tema. Es un CD. El que suena ya es la leche: Interstate Love Song, de Stone Temple Pilots. Qué cabrón. Me ha calado.

- ¿Giramos por la próxima? - me pregunta.

- Sí. Y luego a la derecha. Voy al irlandés. Al Irish Rover. ¿Lo conoces?  

- Claro – me dice bajando y subiendo después el volumen.

Gira suave, como la piel de su cuello, y detiene el taxi no en la puerta del pub, sino diez metros antes, junto a  Luis, que me espera apoyado en un coche. ¿Cómo sabe que había quedado precisamente con él?

El taxímetro marca 6,85 €. Le tiendo un billete de 10. Al darme el cambio, extiendo la mano y él posa sobre mi palma cada moneda, una a una, de forma independiente. Un euro, otro euro, otro euro, cinco céntimos, otros cinco céntimos… y al darme los últimos cinco céntimos retira su mano y me toca, no sé sin querer, la yema de los dedos.

- Gracias – me dice mirándome a los ojos.

- A ti – le digo, nerviosa, evitando su mirada.

Salgo del taxi. Luis se agacha para mirar al taxista y luego se acerca a mí y me da un beso.

- Llegas cinco minutos tarde – me dice.

El taxista continúa detenido. Escribe algo en su libreta y luego se marcha. Sigo su estela hasta que Luis toma mi mano y tira de mí.

Embebido

25 mayo 2011

La mujer tomó asiento a mi lado, me dijo un hola seco y una calle y un portal de Pozuelo, arranqué y partimos. Unos metros después, con pasmosa naturalidad, la mujer cambió el dial de la radio, subió el volumen y desplegó la visera del techo para mirarse en el espejo. Se acercó al espejo y abrió un párpado con los dedos. Parecía habérsele metido algo en un ojo. 

Aprovechando el siguiente semáforo en rojo se giró hacia mí y me dijo: 

- Sopla.

Soplé en su ojo, ella parpadeó deprisa y volvió a su postura inicial.

Nada más entrar en la autopista reparé en el taxímetro. Había olvidado accionarlo. Ahora ella permanecía con los ojos cerrados, disfrutando del viento y del I want you, de Bob Dylan, que susurraba siguiendo el ritmo con la cabeza.  Aquella escena cotidiana me reconfortó tanto, que opté por mantenerla intacta y prescindir del taxímetro. Parecíamos la típica pareja de vuelta a casa después de un largo día de trabajo. 

Escasos metros antes de alcanzar su portal, la mujer me señaló un espacio libre entre una hilera de coches aparcados y me dijo:

- Ahí tienes un hueco.

Por seguir su juego, aparqué. Ella salió del taxi y yo también. Seguí sus pasos hasta su casa. Ya dentro me preguntó si quería algo especial para cenar. Dije que no.

Cenamos en silencio una ensalada que compartimos y un plato de lasaña precocinada, y luego nos acomodamos en el sofá y vimos una peli ya empezada, ella acurrucada sobre mis piernas y yo acariciando su cabeza. Al tercer bloque de anuncios, ella me dijo:

- Me voy a la cama. ¿Vienes, o esperas a que acabe la peli?

- Acuéstate. Ahora voy.

Se marchó a nuestra habitación y yo me levanté y me dispuse a observar a hurtadillas la casa. En el pasillo vi colgado un cuadro con la foto de un hombre muy parecido a mí pero diez o quince años más viejo. Posaba apoyado en un taxi, sonriente. Y en la esquina superior derecha del marco, un crespón negro.

La puta masa

24 mayo 2011

Uno se siente diferente y se encuentra con otro que se siente diferente y estos dos con otro más, y con otro y otro y otro y cuando ya son varios deciden reunirse, y hablan entre ellos de su diferencia y se sienten afines en su diferencia y ya no son tan diferentes, son iguales a ellos mismos y a su grupo, cada vez más numeroso. Se corre la voz: la masa vulgar también quiere ser diferente, suena alternativo y cool lo diferente, y ahora sabe que hay un grupo de individuos que se sienten diferentes y algunos deciden escapar de la masa y unirse a ellos. El grupo de diferentes se convierte en legión de iguales que reivindica su diferencia hacia el resto de los iguales.

 Los diferentes iguales carecen de líderes (se consideran iguales, sin rangos). Los iguales iguales, sin embargo, necesitan de alguien que les guíe por uno de tantos pensamientos únicos. Los iguales iguales harán siempre lo que les dicte su líder. Los diferentes iguales, por su parte, actuarán por consenso; cada decisión pasará por todos ellos y obrarán según la mayoría y los disconformes acatarán con resignación la mayoría y se verán frustrados aunque arropados por el resto. Los iguales iguales, por su parte, sólo verán frustración si su líder flaquea y sentirán orgullo cuando su líder venza sobre el resto de los líderes.

En cualquier caso, tanto el súbdito grupal como el individuo agrupado sentirá, en algún momento de su vida, esa frustración.

En mi taxi soy solo y son mis normas y son mis calles; y mis grupos de máximo cinco individuos (conductor y cuatro pasajeros) siempre surgen del azar y se disuelven al final de cada trayecto. Algunas veces me junto con otros taxistas tal vez afines pero no iguales y con ellos, cuando somos muchos, demasiados, no puedo evitar comportarme como un perfecto imbécil (pienso luego, cuando estoy solo) y esto me deprime y me frustra. Cuantos más ingredientes le metas a una pizza más difícil será diferenciarlos al gusto excepto el más picante, el que anula los demás sabores: el líder. 

Sólo soy yo, me siento yo, en las distancias cortas, cuando retomo mis riendas y mis normas y mis calles y mis grupos de máximo cinco individuos que surgen al azar y luego, por fortuna, se disuelven.

Y me gusta sentirme yo. Como a todos.

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Nota 1: Cuanto más nosotros, menos yo.

Nota 2: Brindo por un individualismo atroz como única salida a este espanto grupal que no representa a nadie y, sin embargo, nos representa a todos.

El lenguaje corporal

23 mayo 2011

El cuerpo nunca miente. El lenguaje corporal, por ejemplo. De mi psiquiatra aprendí a forzar mis gestos para evitar que hablaran por mí. En las consultas de los psiquiatras las mesas son de cristal para poder ver a través de ellas: si el paciente invierte los pies, o cruza las piernas, o cierra los puños cada vez que tratas ciertos temas sensibles para ti, o cada vez que mientes. Todos tenemos un gesto o un tic que surge inconsciente en estos casos. Unos se muerden el labio inferior o la comisura interna, otros juntan las rodillas, se tocan el lóbulo de una oreja o se atusan el pelo sin darse cuenta.

En mi caso, cada vez que hablaba de ciertos pasajes de mi infancia, tendía a clavar las uñas de mis dedos índices en las palmas de mis manos. O así lo hacía, hasta que pillé a mi psiquiatra mirando de reojo a través de la mesa de cristal y escribiendo después notas en su libreta, ya sabes, como si aquel gesto fuera un síntoma, una relación no verbal de mi cuerpo a un pasado no resuelto. Desde entonces, acudo a la consulta con manoplas.

El psiquiatra, a cambio, me ha subido la medicación. No entiendo nada.

Y ahora, ya ves. Gracias a mi psiquiatra aprendí las múltiples formas del lenguaje gestual; aprendí a evitar que mi propio cuerpo me delatara (también conduzco con manoplas), pero también a detectarlas en los usuarios de mi taxi.

El otro día, una usuaria guapísima me dijo que le gustaban mis ojos. Lo dijo mientras se atusaba el pelo: mentía.  

- Lo siento, pero estoy casado – mentí yo también sin que mi cuerpo me delatara (llevaba las manoplas puestas).

- Eso no importa. Te invito a una copa en mi casa.  

- No. En serio. No me apetece.

- ¡Mientes!

- ¿Cómo lo sabes? – pregunté.

- Me lo está diciendo ese bulto en tu pantalón.

Acabé en su cama. Sobre la mesilla de noche pude ver un frasco con las mismas pastillas que me recetó el psiquiatra.

La memoria muerta de la música

20 mayo 2011

Fue casual, como todo. La radio emitió el tema apropiado en el momento preciso. Tres o cuatro canciones después de tomar mi taxi comenzó a sonar The sun always shines on TV, de a-ha, y entonce ella estiró el ceño y dio un respingo y abrió la boca y al instante, como por instinto del decoro, se cubrió el rostro con ambas manos. Era, sin duda, la reacción de quien se ve sorprendido por un estímulo ya olvidado cuyo recuerdo emite de súbito imágenes y vivencias, también olvidadas, cual tsunami de múltiples olas.

En casos como este, los recuerdos son más importantes que la canción misma. Como una suerte de teletransportación. O un retroceso en lo más recóndito del alma.

Los de mi generación y anteriores tenemos una o varias canciones pasadas que iniciaron, sin querer, lo que ahora somos. Canciones cuyo rastro perdimos y sólo el azar encontró o se perdieron (como lágrimas en la lluvia) y tal vez vuelvan algún día. Canciones que no retomamos o sólo por azar porque aún no existía Yotube ni Spotify. No eran tan accesibles como ahora: escuchabas el tema en un garito y ahí quedaba, tarareada en tu recuerdo, pero no siempre era facil conseguir su título o intérprete y buscarlo en la tienda de marras o en las cintas TDK de un amigo.

Y esto mismo, en las próximas generaciones, ya no pasará. Ahora el acceso a cualquier canción es inmediato. Incluso tarareándola al micro del ordenador, la web de marras te chiva nombre e intérprete. Ahora el azar ya no será tan sorprendente como para aquella usuaria. Y todos esos recuerdos sonoros súbitos serán megas archivadas en carpetas. Y la memoria sonora será caché. Y la música perderá su excitante campo gravitatorio.

El dudante

19 mayo 2011

Soy uno o somos todos o soy todos y me diluyo. Debate entre mis dos mundos: bien cómodo dentro pero eres TAN linda… Ombliguismo o te doy mis ojos. Suma o número primo. Al ser completamente solo lo llaman volverse loco. Perder esos vínculos que te amarran a la tierra. Soy humano, humanos somos, sociables por natulaleza, complementarios como testículos, simbiótica pura. Afines, amigos, confidentes, unidad familiar. Llamar a alguien cuando tienes problemas y escuchar como propios los problemas de alguien. O ahorcar lo tuyo, tus problemas, con el cable del teléfono.  O con el cordón umbilical que guardas en la nevera.

Necesidad de vínculos, el contacto, otro aliento en tu nuca, que te digan lo que sucede a tu espalda. Aunque haya espejos retrovisores y los espejos no mientan (sólo invierten la imágen, pero se asume) queremos, necesitamos de alguien que supla ese espejo. Creer que lo que dice y no vemos es cierto. Confiar. Elegir en quién confías. Poner la mano en el fuego.

Pero dentro hay confianza (me conozco desde la lactancia) y me quiero, no hay más remedio. Y puedo tocarme también, aunque no la espalda. Y vivir del cuento. Hay mucho por hacer aun siendo solo. Libros, cine, solitarios. Chatear inventando identidades. Sumar ovejas. Enamorarme del sistema planetario. Crear otros mundos. Hacer la compra. Revisar facturas. Y siempre habrá putas que no quieran saber mi nombre.

Pero el tacto de las voces y esa mano en mi hombro y tu vagina irrepetible y saber que soy en vuestras bocas. Y mi taxi, sin otros cuerpos, sin otros ojos, es chatarra.

Vox Populi (trigésimo primera entraña)

18 mayo 2011

Trayecto: Desde la calle General Yagüe hasta la Puerta del Sol.

Descripción del usuario: Sesenta y tantos años, traje de chaqueta sin corbata, bigote y gafas.

“Mire usted. Yo, por tradición y principios, me considero de derechas, de la derecha tradicional, digamos. Soy conservador y cristiano.  Pero últimamente ando bastante cabreado, si me permite la expresión, con ciertos políticos de mi partido de siempre, así como con ciertos medios también de derechas que se dedican más a la carnaza y a humillar a la izquierda que a informar con veracidad o a opinar con sentido común. Desde que comenzó la crisis cierto sector de la derecha, aunque no lo parezca, se encuentra en una encrucijada sin precedentes: una de las ramas de su sentir político, es decir, el liberalismo o el ‘neocon’ que muchos llaman, ha resultado ser un auténtico fracaso. Yo soy de derechas pero también trato de ser objetivo, recto y justo. Y objetivamente le diré que esta crisis se ha generado fruto de un liberalismo descontrolado, y que se le ha dado toda la cobertura legal posible para que esos buitres carroñeros de Wall Street campen a sus anchas. Y eso tampoco puede ser, caballero. Yo estoy a favor de privatizar todo lo público, que nada quede en manos del Estado, eso es cierto. Creo que el mundo evoluciona más deprisa y con mayor eficiencia y eficacia en manos privadas. Pero también creo que el Estado debería crear un marco legal que impidiera los abusos que ahora estamos viviendo. Es inadmisible que un grupo de multimillonarios, desde Nueva York, nos obligue a recortar nuestras pensiones, nuestra educación o nuestra sanidad bajo la amenaza de hundir nuestra deuda a través de sus agencias de calificación. También me parece inadmisible rescatar con dinero público a bancos y cajas cuyos directivos siguen cobrando primas millonarias. Aunque yo abogue por la sanidad privada, ahora es pública; no me gusta, pero ante todo soy demócrata y así lo decidió mi país, qué le vamos a hacer. Y ese señor o señores que nadie ha votado no tienen por qué meterse en decisiones que sólo son nuestras, de los españoles. Por eso entiendo y aplaudo que nuestros jóvenes y no tan jóvenes salgan a la calle y protesten. Y por eso también me cabrea que ciertos medios y políticos de derechas traten de menospreciar a estos jóvenes tratándoles de ‘antisistema’ o de la ‘extrema izquierda’. ¡No señor! Esos jóvenes tienen motivos de sobra para estar cabreados. Yo lo estoy, y ni mucho menos soy de extrema izquierda. Tengo nietos, ¿sabe?, y no me gustaría que sufrieran las consecuencias de esta crisis injusta para todos y que a todos nos afecta. A todos, sí: a la derecha y a la izquierda. Y si el PP no acaba por unirse a este intento por cambiar las cosas, será porque no pretenden hacer nada cuando gobiernen. Seguirán consintiendo y alentando, como el cabrón de Zapatero, con perdón, esta dictadura de los mercados. Y si así es, le aseguro que perderán mi voto. Bueno… parece que llegamos. ¡Mire qué de gente! ¡Qué maravilla! ¿Son ya las ocho, o llego tarde? A ver cómo cruzo ahora la Puerta del Sol. He quedado con mi hijo justo en el otro extremo”