Archivo de abril, 2011

Código de marras

29 abril 2011

Ahora hay otro cuerpo tumbado en mi cama. Está dormida. O muerta. Luce un pequeño tatuaje en la nuca. No reparé en él anoche. Lo cubría el pelo o tal vez fuera mi ceguera. Es un código de barras, con sus líneas verticales y su código numérico debajo. Me pregunto a qué producto corresponderá. Introduzco la secuencia de números en el navegador del móvil:  789.60511.3072.7  

Es leche en polvo para bebés.

Busco en la mesilla y en el suelo y debajo de la cama y en el cubo de la basura. No hay condones usados, ni fundas de condones abiertas. Compruebo la caja de 12 del cajón. No falta ninguno. Ella está desnuda. Yo estoy desnudo. Hay manchas brillantes en las sábanas. Sensación de vacío inguinal. Elemental, querido Watson.

Retiro el pelo de su rostro. No conozco su nombre, no sé quién es, pero me suena. Me suenan sus ojos reflejados en el espejo retrovisor de mi taxi. Me suena que parecía deprimida. Me suena un bar. Me suena otro bar. Y un tercero.

Me acerco despacio a sus labios dormidos o muertos. Acerco los míos. La beso. Otro flash-back: en el quinto whisky ella me dijo:  ”Necesito sentir algo dentro, que se mueva algo dentro de mí”. Pensé que era una metáfora.

Volteo su cuerpo dormido. O muerto. Apoyo mi cabeza en su vientre. Mi oreja succionando su ombligo. Oigo cosas. Me duermo.

Historia de una maleta

28 abril 2011

Aquel anciano, acomplejado en la inmensidad de la Estación de Atocha, se acercó a mi taxi con su maleta a cuestas y sin mediar palabra me tendió un trozo de papel perfectamente plegado. Era la dirección de un humilde hostal del centro escrita a boli con forzada y tenaz caligrafía. Leído el destino abrí el maletero, me dispuse a tomar su maleta, pero él se negó. Prefirió llevarla consigo, sobre sus piernas, como si de un ser vivo se tratara. La maleta en cuestión era casi tan vieja y curtida como él, sin ruedas, sólo un asa y ahorcada con dos cuerdas. Por su forma de manejarla parecía liviana.  

Durante aquel corto trayecto, el anciano no paró de mirar a través de la ventanilla con ojos de novedad y sin embargo distancia. Era, tal vez, su primera estancia en Madrid. Pero, ¿por qué motivo él solo? ¿por qué con tan raquítico equipaje? ¿por qué en aquel preciso y desamparado hostal?

¿Y qué llevaría en aquella maleta? Tal vez, se me ocurre, un par de mudas, un pantalón (de pana o tela gruesa), dos camisas dobladas con mesura, una pastilla de jabón artesanal que él mismo fabricó, un viejo peine de plástico al que le faltan tres o cuatro cerdas, su navaja multiusos (o puede que la llevara en el bolsillo, junto a su cartera cerrada con gomas elásticas). Tal vez también entre las camisas llevara una foto en blanco y negro de su difunta esposa. De cuando era moza. Bella y eterna.

Y tal vez, se me ocurre, al llegar a esa lúgubre habitación de hostal, abriría la maleta y colgaría en perchas las camisas y colocaría la foto en la mesilla, apoyada en la lámpara de noche. Y este simple adorno de la foto le haría sentir igual que en casa; a cientos de kilómetros pero igual que en casa; en una enorme y desconocida ciudad pero igual que en casa. Igual de solo que en casa. Igual de triste. Exactamente igual.

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Nota: No es más que una hipótesis. Pero al menos acerté en algo. Para pagarme, tuvo antes que desenredar las gomas elásticas de su cartera.

Moldear la realidad

27 abril 2011

Muchas de las anécdotas que publico a diario en este blog son fruto de mi propia experiencia real como taxista y así las escribo, tal cual sucedieron. Otras, sin embargo, aunque partan también de un hecho real (con usuarios reales que llaman mi atención pero no ofrecen el suficiente “juego”) acaban distorsionadas y convertidas en ficción. En estos casos resulta divertido imaginar, mientas conduzco y observo al usuario con disimulo a través del espejo, situaciones delirantes, diálogos imposibles o piruetas argumentales que nunca sucedieron pero que recreo y luego escribo como si fueran reales. A los ojos del lector, algunas de estas ficciones son tomadas como ciertas (y viceversa: algunas anécdotas reales también son tomadas como falsas). También sucede a veces que el lector, aun siendo conocedor del cáracter ficticio del relato, opte por jugar a la ficción y tomarlo como real. O que ese mismo lector que aquella vez  jugó a creer, se sienta estafado con otra historia también falsa. O te pida adornar con ficción las anécdotas reales. O busque sólo entretenerse sin importarle la veracidad del asunto.

Si te interesa, en fin, este tema o te apetece conocer los entresijos de algunas de esas anécdotas reales que luego fueron ficcionadas hasta los límites del delirio, te invito a acudir esta misma tarde a la Librería del Mercado (C/ Tribulete, 18. A partir de las 20 horas). 

Con la inestimable compañía de mi editor, Mariano Zurdo, hablaré de lo que hemos dado en llamar “Fantasías cotidianas”. Y también, cómo no, firmaré ejemplares de mi libro. Será un encuentro organizado por La Librería del Mercado con motivo de la Noche de los Libros de Madrid.

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Nota: En realidad el Día del Libro es el 23 de Abril y así se celebró con notable éxito en Barcelona (Spain). Sin embargo, en la sacrosanta ciudad de Madrid, como la fecha en cuestión coincidía con el Sábado Santo, el equipo de nuestra beata presidenta Esperanza Aguirre decidió trasladarlo al 27 que es el día, como todo el mundo de la cultura sabe, del encuentro de la Champions en el estadio Santiago Bernabeu (Madrid) entre el Real Madrid y el F.C. Barcelona. Desde aquí quiero dedicarle un emotivo aplauso a la Lideresa, por sus ímprobos esfuerzos en favor de la lectura.

Alfa abrazando a beta

26 abril 2011

Tuvo su voz que luchar contra los trámites del aire, pero al fin llegó a mis oídos:

- Hola. Emm… A la calle Farmacia, por favor.

Aquel destino hacía honor a su narcótica presencia: labios de insulina, ojos color Prozac, piel suave como una cápsula de Vicodina y cuerpo de algodón bañado en Betadine (su jersey) y en Viagra (su minifalda vaquera). Con ella en semejante pose, cual gasa aséptica tendida sobre el asiento, evitar el espejo retrovisor suponía en mí un terrible síndrome de abstinencia. Sequedad en la boca del alma. Temblor de uñas. Sudores fríos.

Conduje, por supuesto, con cuidado. Un frenazo en falso, un mal bache, quebraría en mil pedazos su figura. Conduje también inmerso en mi eterna duda: ¿Por qué me atraen las mujeres frágiles? No es tanto, tal vez, lo que veo en ellas sino lo que veo en mí: Su simple presencia me hace sentir fuerte, protector, alfa abrazando a beta. La testosterona al auxilio del estrógeno. La cueva y el mamut.

Pero luego, si sucumben, me sale el pintor rupestre que llevo dentro y acabo siendo yo el protegido, el Castrati, el médico con hernia, el anverso de mi propia fachada.

Tal fue el caso. Al llegar a su destino, calle Farmacia, la dama me tendió un billete con sus dedos Swarovski, y al girarme y devolverle el cambio me miró un segundo y me dijo:

- Te sangra la nariz.

Me tendió un pañuelo de su bolso y se marchó. El pañuelo olía a perfume de hombre.

Los golpes que da la vida

25 abril 2011

Sumar kilómetros no siempre significa avanzar. Pueden ser vueltas alrededor de uno mismo o pasos de ciego o un constante ir y venir de cualquier sitio a ninguna parte. Por eso, cada vez que me toca cambiar los neumáticos de mi taxi por otros nuevos, me pregunto si esas briznas de goma quemada y abandonada en el asfalto también quemó mi tiempo sin dejar cenizas o bien creó otro hombre más viejo y más sabio.

Pero sé, como tú sabes, que la respuesta no está en los neumáticos, sino en la carrocería del taxi. ¿Cuántos golpes he recibido o he provocado en este tiempo? ¿cuántos arañazos? ¿cuántos faros rotos? Esto me recuerda a Crash, impactante film de David Cronenberg, cuando después de un accidente entre dos coches una voz en off dice: “Es la sensación de contacto. En cualquier ciudad por la que camines, ¿comprendes?, pasas muy cerca de la gente y esta tropieza contigo. En Los Angeles nadie te toca. Estamos siempre tras este metal y cristal y añoramos tanto ese contacto que chocamos contra otros sólo para poder sentir algo”.

De este modo, cada vez que la compañía de seguros de mi taxi me sube la cuota (por excederme en el límite máximo de accidentes), me siento más sabio. Más pobre, pero más sabio. Más imbécil, pero más sabio.

Malditos edificios

20 abril 2011

Cuando temo caer, me fijo en los edificios. Si ellos no caen, que fueron construidos por el hombre, yo soy hombre y yo tampoco. Por mis santos cojones. Aunque tenga que apoyar mi espalda en ellos (en los edificios, no en los hombres). Aunque tenga que insertarme un palo por el orto. Aunque tenga que sacarme el líquido sinovial de las rodillas. No caeré.

Esto es un canto a la vida. No te olvides.

Cuando temo llorar, lloro. Me gusta llorar en el fregadero, mientras lavo los platos. Y en las salas de embarque de los aeropuertos. Y en el pasillo de los productos lácteos del supermercado. Nunca en los bares. En los bares sólo lloran los amateurs. Las nenazas. Los abogados.

Cuando temo caer, te miro el culo. Tengo especial predilección por las amas de casa. Seducirlas. Añadirle un asterisco en clave a su lista de la compra. Llenar de flores sus bostezos. Generar secretos. Las vidas cristalinas son lupas para el sol y provocan incendios. Hay que ser opaco, ser el otro, siempre el otro. El mar en la dieta sin sal de las sirenas.

Cuando no quiero ser, me escondo en mi taxi. Llevo un bigote postizo en la guantera. Pongo otras voces que no son mi voz. Agacho la cabeza dignamente. Lleno de vaho el espejo y dibujo corazones y estetoscopios. Me invento canciones. Desafino pero no me escucho porque me quiero.

Esto es un canto a la vida. No lo olvides.

La actriz de mis sueños

19 abril 2011

Escribo desde mi taxi y ya sólo le queda el 21% de batería a mi ordenador portátil y acabo de darme cuenta de que olvidé el cargador en casa. De haberlo sabido antes no habría empleado un 79% de batería en buscar el nombre de aquella actriz porno que me enamoró anoche (volví a esa web y su vídeo ya había desaparecido) y después soñé con ella, un sueño precioso: yo era registrador de la propiedad y ella entró en mi despacho y me pidió, por favor, si podía recalificar su ombligo (de zona edificable a parques y jardines) y firmé un papel con la recalificación y entonces comenzó a crecer, de su ombligo, una planta carnívora vestida, lo que es el tallo, con sotana y alzacuellos. La planta abrió sus fauces y en su interior encontré dos anillos. Entonces la actriz porno y yo nos casamos, ahí mismo, con la planta carnívora de su ombligo oficiando la unión. Luego, en la noche de bodas, ella me dijo que llevaba toda una vida esperando este momento, que era virgen. Y yo me enfadé, claro.

- ¡Venga, coño!, ¡si acabo de verte en una web porno, en la sección ”Interracial big cock”!

- ¿Y qué hacías tú viendo porno, cariño?

- ¡No me cambies de tema!

- Esto es un sueño, ¿recuerdas? Aquí soy virgen.

- Doy fe. Es virgen – dijo la planta carnívora.

En esto, me desperté. Justo antes de reconciliarme con ella. Justo antes de comprobar si mentía. Por eso acabo de emplear un 79% de batería en buscarla de entre decenas de videos porno (arduo trabajo). Necesitaba su nombre; más datos que me acercaran a ella. Ahora lo sé. Se llama Rebeca Linares y, aunque aquel negro hablara en inglés y ella en un lenguaje inteligible (difícil entenderla con la boca tan llena), me asombró comprobar que es de nacionalidad española. De Barcelona, para más señas. Y desde el punto de vista onírico, mi esposa.

A lo que iba: ya sólo me queda el 9% de batería y estoy en mi taxi y no creo que vuelva a casa más pronto de las 3 (necesito un bar para pensar en mi nueva vida con Rebeca) y suelo publicar mis posts a media noche y ya es media noche (6%). No me gusta escribir con tantas prisas, bajo la presión del puto icono de la batería (2%), pero entiéndanlo, estoy locamente enamorad

Dos pares de labios

18 abril 2011

En estos momentos una pareja se está besando en el asiento trasero de mi taxi. Tengo sus rostros perfectamente encuandrados en mi espejo retrovisor: él besa con la mirada caída hacia los labios de ella y ella, por su parte, mantiene sus ojos clavados en los ojos de él. Ella mira que él mira los labios de ella. Delicioso bucle aquel que se retroalimenta.

Ahora ambos abren más las bocas y cierran los ojos. Se abandonan. Resulta curioso el poder de coordinación de los besantes; que ambos sepan cuándo abrir y cerrar la boca, o en qué momento deciden traspasar la frontera del otro con la punta de la lengua, o cuál será el instante preciso para volver a abrir los ojos y regresar al mundo real. Resulta curioso el beso en sí, el porqué nos atraen tanto las bocas ajenas, por qué tendemos a juntar nuestros dos pares de labios y no las nucas, por ejemplo, o las plantas de los pies, o las corvas. Será tal vez la necesidad de unir dos lenguajes en uno: callarse la boca mutuamente para no decir nada y decirlo todo al mismo tiempo. Probar las palabras del otro auscultando su lengua o analizando el sabor de su saliva. Leer entre labios.

De repente, mi taxi choca contra el coche de delante. No se puede estar a todo.

Cero traumas. Uno contigo.

15 abril 2011

Para finiquitar de un plumazo todos mis traumas, renuncié al pasado quemándolo. Mejor dicho: lo ahogué primero, dejé que se secara y lo quemé después. Media botella de whisky, un mechero y siete álbumes de fotos. Luego enterré las cenizas no recuerdo dónde. En el típico bosque al que acuden los rebeldes a ocultar sus cadáveres, supongo.

Desde entonces, para evitar traumas nuevos, me olvido de mí cada día. Despierto con cara de asombro, tomo una ducha fría para sentirme, saco mi taxi usando identidades que me invento y al caer la noche, me emborracho. Bebo hasta borrar mi nombre. Nada libera más que perder la identidad. Nada reconcilia más que llegar a casa siendo un perfecto don nadie y dormir con pijama de frac abrazado al mismo bombín que robaste aquella vez en el casino.

Ya sé que mi ausencia de traumas derivará en cirrosis. Nunca dije que este plan fuera perfecto.

Pero por más que los gusanos se disfracen de cenizas, por más que beba como si no hubiera un mañana, consigo cada día olvidar mi nombre pero no el tuyo. Estás siempre ahí, tatuada en alguna parte que no encuentro, como un tumor fantasma tan maligno como mi potencial cirrosis. Te recuerdo en cada foto que enterré, en la sombra que proyectan los semáforos (el ámbar que parpadea son tus pechos palpitando) y en el fondo de todos los vasos de whisky de todos los bares del mundo. Y salgo a la calle cada vez más aturdido, cada vez con más miedo, por si te encuentro.

Si fui nadie contigo, ahora soy nada sin ti.

Una pipa

14 abril 2011

A mitad de trayecto el usuario se quedó profundamente dormido y poco a poco fue deslizándose en su asiento hasta quedar con la cabeza apoyada en el marco inferior de la ventanilla. En esa postura pude ver su chaqueta abierta y debajo de ella, enfundada en el lateral de sus costillas, una pistola. También lucía, enganchada al cinto, una brillante placa de la Policía Nacional.

Tal era la profundidad de su sueño (ni con frenazos y giros bruscos se despertaba) que bien podría haberle arrebatado la pistola y la placa. Estremece lo fácil que puede llegar a ser matar a un hombre. También podría haber continuado el trayecto como si nada, y haberle dejado en su destino como si nada.

Pero en lugar de eso, detuve el taxi en el arcén, paré el motor y lo desperté zarandeándole una pierna.

- Grugñs… ¿ya hemos llegado? – me preguntó de un salto.

- No, no es eso. Se me acaba de parar el motor. Una avería. Y no arranca. El alternador, supongo.

- Vaya…

Dicho esto, le hice señas a otro taxi libre que bajaba en mi misma dirección, le dije por la ventanilla que si podía llevar a aquel hombre, que se me había averiado el taxi, y el taxista asintió con la cabeza.

- ¿Qué le debo? – me preguntó el policía.

- Nada, nada. Ya le cobra mi compañero lo que reste del trayecto.

El hombre se bajó de mi taxi, montó en el otro, y cuando ya les perdí de vista, arranqué y me marché.

Nada de pistolas en mi taxi. Intimidan, ofenden a la misma vida. Nada de artefactos expresamente diseñados para matar. Ni aunque sus dueños las porten en nombre de la Ley. Ni aunque sólo las usen en legítima defensa. Si todos la usaran en legítima defensa, nunca habría muertos. Y maldito trabajo aquel que precise de artefactos para matar. Y aunque no pueda evitar ver armas en las calles, en mi taxi elijo yo y elijo no. Ni hablar.