(Imagen: Las manzanas de Ana Botella)
No entiendo por qué aquel usuario puso tanto empeño en acentuar su falsa heterosexualidad al subir a mi taxi e indicarme su destino, y sin embargo después recibió una llamada y su voz cambió tanto aunque hablara bajito. Pasó de un tono de voz varonil a una evidente pluma que trataba de esconder, como digo, hablando bajito y mirándome nervioso por si mi gesto pudiera demostrar estar atento a su charla. Incluso trató de ocultar sus maneras. Hablaba por teléfono y le salía expresarse también con su mano libre en posición inversa, pero al instante reparaba y cerraba el puño para evitarlo. En pleno siglo XXI seguía sintiéndose evidentemente incómodo al mostrarme, sin poder evitarlo aunque quisiera, su propia naturaleza.
Por eso decidí inventarme mi propia pluma. Cuando colgó, quise solidarizarme con su dilema y me dispuse a sacar un tema cualquiera que pudiera serle afín. Y aprovechando que justo cruzaba por delante del taxi una mujer muy mal conjuntada (sueter azul eléctrico con leggins verde militar, bolso color crema y tacones rojos), solté:
- ¡Jesús! ¡Qué horror!
El chico reparó en la mujer, siguió sus pasos con la mirada y sonrió.
- Azul eléctrico con verde militar, definitivamente NO – dije.
- Y esos pelos de cola de mofeta que me lleva… – dijo él.
- ¿Y qué me dices del bolso de TOUS? – volví yo.
- ¡Por favor! De mercadillo total. Y mira el oso. ¿Está boca abajo, o soy yo?
A medida que sus frases se conjugaban con las mías, la pluma de su voz reflotaba con más fuerza. Ahora se sentía mucho más cómodo, natural. Como tendría que haber sido desde el principio.
Me pregunto si aquellos tabúes o prejuicios iniciales eran más suyos que míos, o si tal vez no hubiera salido del todo del armario o según con quién. Con los amigos más cercanos, sin duda; puede que también con la familia (difícil momento); con el resto, no del todo.
Tiene que ser duro ocultar tu propia naturaleza o taparla copiando comportamientos estándar. O tratar de demostrar que te gusta lo que en verdad no te gusta sólo por seguir la inercia de una tradición que tu cuerpo no comparte. Y las dudas. La inseguridad que generan las dudas. Dudar de tu propia sexualidad por no ceñirte a los cánones tradicionales. Las madres quieren que sus hijos tengan hijos y ellas nietos, pero también que sus hijos sean felices. Y libres. La represión provoca traumas. También las dudas sobre uno mismo. Qué mal lo han tenido que pasar: gays y lesbianas. Y peor aún los transexuales por verse atrapados en un cuerpo que no es su cuerpo. Qué cantidad de tormentos por dentro. Qué injusta ha sido la historia con ellos. Qué crueles, las religiones.











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