Archivo de marzo, 2011

Un armario con dos puertas

31 marzo 2011

(Imagen: Las manzanas de Ana Botella)

No entiendo por qué aquel usuario puso tanto empeño en acentuar su falsa heterosexualidad al subir a mi taxi e indicarme su destino, y sin embargo después recibió una llamada y su voz cambió tanto aunque hablara bajito. Pasó de un tono de voz varonil a una evidente pluma que trataba de esconder, como digo, hablando bajito y mirándome nervioso por si mi gesto pudiera demostrar estar atento a su charla. Incluso trató de ocultar sus maneras. Hablaba por teléfono y le salía expresarse también con su mano libre en posición inversa, pero al instante reparaba y cerraba el puño para evitarlo. En pleno siglo XXI seguía sintiéndose evidentemente incómodo al mostrarme, sin poder evitarlo aunque quisiera, su propia naturaleza.

Por eso decidí inventarme mi propia pluma. Cuando colgó, quise solidarizarme con su dilema y me dispuse a sacar un tema cualquiera que pudiera serle afín. Y aprovechando que justo cruzaba por delante del taxi una mujer muy mal conjuntada (sueter azul eléctrico con leggins verde militar, bolso color crema y tacones rojos), solté:

- ¡Jesús! ¡Qué horror! 

El chico reparó en la mujer, siguió sus pasos con la mirada y sonrió.

- Azul eléctrico con verde militar, definitivamente NO – dije.

- Y esos pelos de cola de mofeta que me lleva… – dijo él.

- ¿Y qué me dices del bolso de TOUS? – volví yo.

- ¡Por favor! De mercadillo total. Y mira el oso. ¿Está boca abajo, o soy yo? 

A medida que sus frases se conjugaban con las mías, la pluma de su voz reflotaba con más fuerza. Ahora se sentía mucho más cómodo, natural. Como tendría que haber sido desde el principio. 

Me pregunto si aquellos tabúes o prejuicios iniciales eran más suyos que míos, o si tal vez no hubiera salido del todo del armario o según con quién. Con los amigos más cercanos, sin duda; puede que también con la familia (difícil momento); con el resto, no del todo.

Tiene que ser duro ocultar tu propia naturaleza o taparla copiando comportamientos estándar. O tratar de demostrar que te gusta lo que en verdad no te gusta sólo por seguir la inercia de una tradición que tu cuerpo no comparte. Y las dudas. La inseguridad que generan las dudas. Dudar de tu propia sexualidad por no ceñirte a los cánones tradicionales. Las madres quieren que sus hijos tengan hijos y ellas nietos, pero también que sus hijos sean felices. Y libres. La represión provoca traumas. También las dudas sobre uno mismo. Qué mal lo han tenido que pasar: gays y lesbianas. Y peor aún los transexuales por verse atrapados en un cuerpo que no es su cuerpo. Qué cantidad de tormentos por dentro. Qué injusta ha sido la historia con ellos. Qué crueles, las religiones.

Busco piso

30 marzo 2011

Tres capas de pintura después, las paredes de mi casa siguen oliendo a ti y no quiero, no puedo soportarlo más. Prefiero mudarme a morir emparedado en el hedor de tu recuerdo. Otros muebles, otra cama, otra ventana con otras vistas. Otras vecinas sin sal.

La decisión está tomada pero, ¿dónde? Me gustan las calles con bullicio, con gente, pero ya lo tengo cada día en mi taxi y cada rato en mi cabeza (oigo voces). Tampoco quiero un barrio deprimido más de lo que estoy, ni vivir junto a un parque con niños que chillan como esquizoides y perros que ladran aunque no muerdan. Ni encima de un bar (demasiado tentador), ni encima de un burdel (demasiado tentador), ni encima de un restaurante o un crematorio (por los humos). ¿Cómo saber si los vecinos son ruidosos o psicópatas? Tampoco quiero gastarme más de lo que valga, ¿alquiler o compra?, ¿piso nuevo o usado?, aunque eso sí, con garaje. Que mi taxi duerma siempre como un rey.

Elegir el número de habitaciones equivale a pensar en presente o en futuro imperfecto (con presunta mujer, tantos hijos como quiera ella, etc). Mejor con dos habitaciones y un salón: Un dormitorio, un despacho sin distracciones donde escribir largas jornadas y el salón para visitas, pelis, orgías y lecturas sosegadas. La cocina, funcional. El aseo, dice mi pato que con bañera. Y ascensor, siempre. ¿Qué altura? Bajo o entreplanta, nunca. ¿segundo, tercero, undécimo? Undécimo, no. Demasiado tentador.

Aun con todo, sigo bastante perdido. Creo que se me escapan cosas, me faltan datos, preguntas. Es una decisión importante.

Ilumíname, por favor:

¿Qué criterios has seguido o sigues tú para elegir tu actual o futura vivienda?

Señales

29 marzo 2011

Una chica joven (25 años o menos, blanca de piel, gafas finas, labios gruesos) subió al asiento trasero de mi taxi y me indicó como destino un lugar retirado e inhóspito, la estación de tren de Pitis (situada en medio de la nada, entre un descampado y una autopista). Nada más iniciar el trayecto la chica se hundió en su asiento, casi tumbada, y abrió sus piernas dejando a la vista la costura de unas medias nada opacas y detrás, veladas aunque más que evidentes, sus bragas blancas bajo el telón del vestido (corto, fino, de tela negra). De echo, tanto las abrió que una de sus rodillas llegó a rozar mi codo derecho, el del cambio de marchas, por entre el hueco de los asientos.

Aquellas impactantes vistas excedían el límite de mi espejo retrovisor pero no el del rabillo del ojo: con la excusa de cada cambio de dirección, giraba la cabeza atendiendo al tráfico y aprovechaba también para echarle un vistazo al secreto de sus bragas. Ella sabía que yo miraba: más de dos veces me sorprendió bajando la vista a sus bragas y sin embargo se mantuvo impasible, con las piernas igual de abiertas. Quise interpretarlo como una señal de provocación sexual por su parte.

Luego llegó su segunda señal: las miradas. Ella fijó su vista en mis ojos a través del espejo retrovisor y, cada vez que yo cruzaba los míos, sonreía. Luego volví a girar la cabeza con la excusa del tráfico, bajé la vista de nuevo a sus piernas abiertas y otra vez nos cruzamos, sin espejo. Me volvió a sonreír cara a cara.

De todos modos, poco antes de llegar a su destino, ella me indicó verbalmente el camino a seguir con un tono de voz neutral, nada sexy. Me decía “el segundo cruce a la derecha, la próxima rotonda a la izquierda…” de un modo que en absoluto correspondía con el lenguaje de sus piernas, de sus ojos o de su más que pícara sonrisa.

Nos acercamos a la estación (en medio, como digo, de un descampado con un puñado de coches aparcados) y, para mi sorpresa, la chica comenzó a quitarse un pañuelo que llevaba anudado al cuello y a desabrocharse con prisa los botones del abrigo. Ahí estuve a punto de abalanzarme, pero en esto me pidió parar junto a un coche rojo aparcado y me dijo, como si nada:

- ¿Qué le debo?

Desconcertado, contesté:

- 9,80.

Me tendió un billete de 10€, se quitó el abrigo, bajó del taxi, metió el abrigo y el pañuelo en el maletero del coche rojo, se montó en él, arrancó y se largó. Así, sin más.

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Nota: No entiendo a las mujeres.

Inyección en la retina

28 marzo 2011

Una usuaria observa aburrida la calle desde el asiento trasero de mi taxi mientras circulamos Gran Vía arriba dirección Callao. Nos detenemos en un semáforo. De repente, la mujer clava sus ojos en un viandante que ahora camina por la acera de espaldas a nosotros. Se abre el semáforo, avanzamos, y ahora la mujer gira su cabeza para ver el rostro del hombre. En esto, la mujer da un respingo sobre su asiento. Abre mucho los ojos y la boca y me mira con horror como para indicarme que pare pero no lo dice, así que continúo la marcha como si nada. Se echa las manos a la cabeza mientras sigue con la mirada clavada en el viandante, cada vez más lejos. Es un hombre de unos cincuenta años, unos veinte más que ella, de aspecto normal. Por su reacción deduzco que existe algún vínculo entre ambos y que no esperaba en absoluto verle ahí, caminando por la Gran Vía. Sin embargo, tampoco me pidió que detuviera el taxi, más bien dudó o no supo reaccionar a tiempo. ¿Quién sería aquel hombre? ¿por qué sus dudas?

La táctica del bicho bola

25 marzo 2011

No soy ningún héroe, heroína. Si me atacas, huiré bien lejos sin moverme del sitio: metiéndome pa´dentro con mi cara de poker y mi pareja de Jotas de mierda escondida en la manga. Lo llamo la táctica del bicho bola y siempre funciona, no hay dolor. Lo que importa es preservar el mecanismo de uno mismo, heroína. Disfrutar de lo bueno y plegarse ante cualquier problema susceptible de doler. No afrontarlo. Enterrar y caminar sobre montículos.

Mi taxi es mi burbuja. Si algo me jode, arranco el coche y me pongo a dar vueltas por Madrid. En un taxi nadie conoce a nadie y todos confían en todos. Los usuarios me confían su vida y yo les confío la mía. Es una especie de acuerdo tácito: Yo no estampo el taxi contra un muro y ellos, a cambio, no me clavan desde atrás su puñal en el cuello. Todos guardan en la chaqueta o en el bolso un puñal que sólo usarán si yo incumplo mi parte del trato. Lo sé. Luego me pagan lo que marque el pacto (medido en pasos de taxímetro) y se marchan para no volver jamás. No hay riesgos, ni dolor. La burbuja queda intacta.

Y mientras, imagino cosas. Pienso en historias que molen más que las reales. La vida real está bien como complemento de la fictícia. Transformo a los usuarios de mi taxi en personajes y los someto a mis deseos en ese potro de tortura que es la hoja en blanco. En el universo de la literatura siempre manda el dueño de la pluma. Yo tengo una. Y me divierte horrores.

Llámame cobarde, me importa un huevo. Soy feliz así. ¿Y tú, valiente?

El taxista más profundo del mundo

24 marzo 2011

El azar de las calles otra vez me llevó por extraños derroteros (allende Castilla y León). En la calle Prim tomó mi taxi un hombre con un bolso de mano y me preguntó cuánto le costaría viajar, ahora mismo, a un pueblo cercano a Benavente, en Zamora. Busqué la distancia en mi GPS (270 kms. aprox.) y calculé, según las tarifas vigentes y peajes, 330€. Redondeé por lo bajo:

- 300€, caballero.

- De acuerdo. ¿Le importaría llevarme? – me preguntó, apurado.

Eran las ocho de la tarde. Pensé en mi vida: No tengo que madrugar (nunca madrugo), ni  llevar a los niños al colegio (no tengo hijos), ni consultarlo con mi jefe (no tengo jefe), ni advertirle a mi mujer o a mi madre o a mi perro (vivo solo, nadie me espera).

Le dije que sí. Es más, desde mi último viaje improvisado, siempre llevo en el maletero una muda, bañador y cepillo de dientes, por si el azar lo demanda.

Ya en marcha el usuario me contó que su hermana se había puesto enferma y que le fue imposible encontrar un medio de transporte más rápido, a estas horas, que el taxi. Luego se durmió durante los 250 kms. restantes.

Poco antes de alcanzar Benavente (frío de cojones y lluvia), le di unos golpecitos en la pierna y el hombre despertó. Repuesto ya me indicó cómo llegar al pueblo en cuestión (a escasos 10 kms. de allí, muy oscuro todo, por una carreterita estrecha llena de parches y baches). Al llegar a la misma puerta de la casa de su hermana, me pagó lo acordado (más 20€ de propina) e incluso me dijo que podía pasar allí la noche, que su hermana tenía camas de sobra.

- Agradezco su oferta, pero me esperan – mentí. Apagué el taxímetro y me marché. 

Eran ya las once de la noche y aún no había escrito nada para el post de hoy, así que busqué en el siguiente pueblo (aquel estaba muerto) algún sitio donde alojarme. Antes de alcanzar las primeras casas me sorprendió ver junto a la carretera una explanada con una serie de puertas ancladas en montículos dispuestos al azar, sobre el suelo (foto). De esas puertas entraba y salía gente.

Aparqué el taxi, cogí el ordenador portátil y entré en una de ellas. Tras un buen tramo de empinadas escaleras descendentes accedí a una bóveda con una barra, mesas de madera, barricas de vino y gente comiendo y bebiendo. Era una bodega (o cueva) excavada bajo la tierra o, más bien, bajo el rocoso subsuelo. Las mismas paredes formaban parte de la roca, y olía mucho a humedad. Tomé asiento en la barra y pedí, como no podía ser de otra forma, vino de la casa y algo para picar. Saqué el ordenador portátil.

- ¿Tienen Wi-Fi? – le pregunté al camarero.

- No. Comida china no servimos. Tenemos chorizo, jamón, morcilla, entresijos, gallinejas…

- Vale…

Con las tres raciones que elegí y un chato de vino alrededor del portátil me dispuse a escribir lo que ahora estáis leyendo. Le pregunté al camarero a qué profundidad nos encontrábamos. Me dijo que a 25 metros bajo un manto de tierra y rocas.

Como aquí no hay Wi-Fi, ni cobertura móvil, en cuanto termine de escribir estas líneas, tendré que subir a la superficie para colgarlo en la web.

Nota: Este post ha sido escrito, fruto del más literario azar, no sólo a 290 kms. de mi casa, sino también a 25 metros bajo tierra. Para que luego algunos digan que lo que escribo no es profundo.

Celos (Rare Remix)

23 marzo 2011

Dos hermanas en el asiento trasero de mi taxi. A la derecha, una auténtica belleza: rostro élfico, cuerpo perfecto, impecables curvas. A la izquierda, todo lo contrario: bajita, regordeta, los mismos ojos que la bella pero distorsionados por un rostro demasiado hinchado, cejas gruesas, pelo ralo. Por su conversación no sólo deduje, como digo, que eran hermanas (de edad similar, algo menor la fea). También demostraron llevar dos vidas diametralmente opuestas.

Pese a todo pronóstico, la fea parecía haber cumplido todos sus sueños: Éxito laboral (dirigía su propio estudio de arquitectura), un marido impecable, dos adorables hijos y un precioso chalet con piscina en las afueras (ese fue, precisamente, nuestro destino). Su bella hermana, sin embargo, llevaba más de dos años en el paro, recién había roto su enésima relación sentimental y vivía aún con los padres de ambas. La fea no paraba de darle sabios consejos a la guapa. La guapa sentía palpable envidia hacia la fea.

Imaginé la infancia de ambas dentro de un mismo ambiente: los mismos padres y las mismas oportunidades. La hermana mayor, consciente de su potencial físico, tal vez pensara que no haría falta más mérito que el de dejarse ver para triunfar en la vida. Confió sólo en su belleza y acabó fracasando. La fea, por su parte, optó por tomar el camino contrario al de su hermana mayor e incidió en su única arma: el intelecto y un don de gentes forjado, tal vez, a base de cagarse en los clichés y demás convencionalismos estéticos. La fea, de hecho, demostraba una personalidad arrolladora. La guapa era guapa a rabiar, pero carecía de sustancia; se veía perdida, derrotada.

Cada cual, en fin, se forja su propio destino. Aun en la misma casa (y distinta carcasa).

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Nota: Si yo fuera ciego, tendría bien claro con quién quedarme. Putos ojos.

Vox Populi (trigésima entraña)

21 marzo 2011

Trayecto: Desde el Círculo de Bellas Artes (calle Alcalá, 42) hasta un gimnasio de la Plaza República Dominicana.

Descripción del usuario: Cuarenta años, bronceado, ancho de hombros. Chaqueta, camisa, pantalón vaquero y una bolsa de deportes. 

“Escritores malditos, poetas malditos, músicos malditos… Suicídate y aumentará exponencialmente el interés del público. Tu obra cadáver se venderá por miles. Serás más famoso post morten que en vida, sin duda. Foster Wallace, Kurt Cobain, Ian Courtis…. Colas en las librerías y en las tiendas de discos (con el cuerpo del autor aún caliente). Peregrinos haciendo cola para besar sus tumbas. Herederos ahogando su duelo en su nueva mansión. Reediciones, telediarios. Textos rescatados de la nada. Biografías a la venta cinco días después su muerte. ¿Y qué opina el autor de todo esto? Le importa un huevo. Está muerto.

La coherencia del autor maldito que acaba sus días volándose la tapa de los sesos atrae a las masas. En esos casos piensas: Este tío no mentía cuando dijo que la vida era una mierda. El resto son faroles. Nenazas que venden sus miserias inventadas. Thom Yorke no ha muerto aún. Robert Smith no ha muerto aún. ¿A qué esperan?

Los que adoran a estos tipos suelen ser adolescentes, niñatos que en su día heredarán el mundo. Encuentran en los suicidas una especie de ejemplo a seguir. Estúpido ejemplo, diría yo. Que tu ídolo sea un tío autodestructivo desmuestra que nuestra sociedad está enferma. Lo mismo pasa con los adoradores de Charles Manson, o con aquellos que cuelgan en su habitación pósters de estrellas del rock que en realidad son unos yonkis adictos al crack o la heroína. Adoran a tipos decrépitos que no son capaces de salir siquiera a un escenario si no se inyectan antes toda esa mierda. O todos esos grupos que hacen apología constante de las drogas. Los chavales escuchan o leen algo de eso y lo acaban idealizando. Son esponjas con ganas de experimentar; y ha muerto mucha gente por eso, joder,  y seguirán muriendo si no se controla ¿no crees?”   

Otro sueño

21 marzo 2011

Algunas veces cuesta diferenciar el sueño de la vigilia. O tal vez no quieras. Abres un ojo y poco a poco comienzas a tomar conciencia: el tacto de la almohada, la mesilla, un reloj, un cuadro en la pared que reconoces, tu pared, el dormitorio, tu casa, tu hipoteca, tu mundo, tienes hambre. Ahora sabes, aunque no quieras, que lo de atrás era un sueño, que no eres ningún galán con melena ni mucho menos conseguiste rescatar a la princesa del infierno de la droga. Aun así te resistes a creer que aquello no existiera. Parecía TAN real…

Abriste el ojo justo antes de acceder a la cama onírica de una dama cuyo rostro no recuerdas. Justo antes del beso, del roce, de la fusión descarnada. Te levantas, desayunas, una ducha, lees la prensa. No paras de pensar en ese rostro. Tratas de reconstruir cada uno de sus rasgos. La línea de sus ojos, el mentón, las comisuras. No recuerdas nada (puede que su imagen apareciera pixelada para preservar su intimidad, aun en mis sueños).

O tal vez si volvieras a verla sabrías que es ella. Sales a trabajar, coges tu taxi y comienzas a dar vueltas por la ciudad, pero no buscas clientes. Hoy no. Buscas un rostro que encaje con la dama de tu sueño. De dar con ella quizás consigas concluir la historia. Saber al fin a qué saben los besos en sueños. Nada peor que los sueños a medias, los besos a medias. Decapitado amor, como siempre.

Eternamente ahora

18 marzo 2011

No busques mi bala perdida. Me la tragué. Si te dije que te quiero eternamente yo no miento pero sabes, como yo, que lo eterno es el momento: esa cama mundi justo antes del sueño. Y mañana, ¿quién soy yo para saberlo? Sólo sé que soy taxista. Mañana será siempre otra vida con nuevos aires, otros destinos, distintos rostros. No puedo renunciar a eso. Demasiado tentador.

Rectifico. Te quiero eternamente ahora, amor.

Mientras tiras tu toalla le das cuerda al reloj. Sabes que no podrás cambiarme. Tal vez el tiempo. El paso del tiempo lo cambia todo: asienta cabezas, frena las ansias, cierra los bares. Inventa nuevos instintos. Niña y niño, un perro y barbacoa. No quiero eso. Hoy no, mañana no. Si lo quisiera mañana, mañana sería siempre. Y siempre es la muerte en vida, vida mía. Y la vida son dos días. Con sus noches.

O buscar esa aguja capaz de explotar mi burbuja sin hacer ruido. Mi burbuja opaca o con vistas, según el día (o los rostros de mi taxi). Reforzada, en cualquier caso, a la altura del corazón. Por si me tienta el parasiempre. Chaleco antibalas contra un Cupido disfrazado de desidia. Que la ciencia consiga clonar a Cupido por miles. Que ardan en la hoguera los contratos.

Imposible decir tanto en tan poco espacio. Sólo añadir que te quiero eternamente ahora, amor.