Archivo de febrero, 2011

Ciudad sensible

28 febrero 2011

Mi taxi, cualquier taxi, conoce hasta el más recóndito rincón de la ciudad. Amplias avenidas, placitas, callejones. Zonas nobles y barriadas humildes. La desigualdad social del núcleo urbano parece diluida, separada en suave degradado por apenas un puñado de calles. Se intuye, tal vez, en la arquitectura de sus edificios, en el porte medio del viandante y en los comercios.

Los distritos señoriales cuentan con boutiques de moda, restaurantes y centros de estética. Los barrios humildes con tiendas de ropa, bares, talleres mecánicos y bazares de todo a 0,60. Hay muchos más bares en los barrios deprimidos. Es más barato ahogar las penas en alcohol, sucumbir al psicoanálisis de barra o pedir otra ronda para alargar (o anestesiar) la vuelta al drama. Los ricos, por su parte, no ahogan sus penas: las tapan. Botox, rinoplastias, implantes, pastillas, psiquiatras, joyas. Es la misma insatisfacción canalizada de forma distinta.

El engranaje interno del ser humano no varía en función de tu cuenta bancaria. La sensibilidad innata es el máximo exponente del anarquismo.

Todos sufren por amor, todos conocen los celos, todos necesitan, en fin, sentirse protegidos. Los unos mediante cámaras de seguridad a las puertas de su finca; los otros, acurrucados bajo las mantas de un colchón de muelles oxidados en la suave piel de otro regazo.

Eva y un Adán cualquiera

25 febrero 2011

Ayer subió a mi taxi la misma chica (ahora mujer) que hace muchos, tantos años, me desvirgó. Reconocí su rostro en seguida; no tanto su cabello (ahora corto), ni su aspecto (ahora algo más gruesa y disfrazada de persona mayor). Ella, sin embargo, no me reconoció. Me indicó su destino y se pasó el resto del trayecto tecleando su móvil y ojeando mis revistas. Apenas lanzó un par de miradas fugaces a mis ojos reflejados en el espejo retrovisor; insuficientes vistazos, tal vez, para asociarme con aquella experiencia crucial para mí (y rutinaria para ella).

Eva era el putón del grupo. Con apenas 15 años ya se había trajinado a medio barrio (la mitad más uno, después de mí). Suyo fue el primer pecho que acariciaron mis manos, bajo su abrigo invernal, su jersey de lana y el difícil engranaje del sostén en aquel parque solitario. Y mi primer contacto con humedades ajenas en la trastienda del estudio fotográfico del padre de un amigo. Y mi primera experiencia en el difícil manejo del látex. Y la extraña sensación de meterla por primera vez, y mis movimientos arrítmicos, ridículos, y sus gemidos sin mirarme. Eva me enseñó a comer manzanas. Yo me dejé aprender. Y tanto me gustó lo que aprendí que acabé siendo más putón que ella, buscando manzanos por doquier en el paraíso de mi adolescencia.

Llegamos a su destino, muy cerca del estudio fotográfico del padre de aquel amigo.

- ¿Qué le debo? – me preguntó.

- 9,55€.

Me tendió un billete de 10 y al abrir su puerta no pude evitar decir:

- Gracias, Eva.

- Gracias a ti, Daniel.

Y se fue.

Los relojes torcidos de Dios

24 febrero 2011

Barrio de Canillejas, 11.45 de la mañana. Me levanta el bastón una anciana apostada en la acera junto a otra más anciana aún. Detengo el taxi a su lado, toman las dos asiento, y la más viva me dice:

- Buenos días, hijo. Queremos ir a una iglesia, lo más rápido posible.

- Eso está hecho. ¿A qué iglesia desean ir? – pregunto accionando el taxímetro.

- No lo sé. No somos de aquí. Mi nieta me ha apuntado un par de ellas. Dice que son las mejores. Mire - la anciana saca de su bolsillo una nota con dos direcciones apuntadas.

- Sí. Están en el centro -digo después de leer el papel..

- ¿Llegaremos a la misa de doce? – me pregunta la otra.

- Imposible. Apenas faltan 10 minutos para las doce, y estamos lejos del centro - digo.

- Pues llévenos a la más cercana. ¡Deprisa!

Busco en el navegador la iglesia más cercana. En el menú de búsqueda selecciono “Lugares de Culto”. La iglesia más cercana se encuentra a escasos 950 metros. Iniciamos la marcha.

Durante el corto trayecto, la más anciana le dice a la otra:

- Tendríamos que haber salido con más tiempo, Conchita. Si tu nieta nos apuntó esas dos iglesias, por algo será. Ya sabes que no me gusta ir a lo loco y meterme en cualquier parrocucha de barrio.

Aun con los semáforos y el atasco, llegamos 5 minutos antes de las 12. En efecto, se trataba de una parroquia humilde de barrio.  

- A menuda birria de iglesia nos ha traído, hijo.

- Era la más cercana – contesté.

- En fin. Al menos hemos llegado a tiempo. No te enojes, Maruja. Tome, cóbrese.

Me pagaron los 3,15€ de la carrera y allá que fueron. Las dos, cogidas del brazo, puntuales a su cita diaria con Dios.

Maruja no quería celebrar su misa de hoy en una parroquia de barrio. Pensé que llevaría bien a mano, en el bolso, su Tarjeta Eternal Travel con miles de puntos acumulados durante toda su vida:

  •  Asistir, puntual, a misa: +6 puntos
  • Celebrar la misa en iglesia o catedral con imágenes en oro y suntuosos pórticos: +6 puntos
  • Celebrar la misa en parroquia de barrio: +2 puntos
  • No acudir a misa: -8 puntos (x día)

Tal vez canjeara demasiados puntos en pedirle a Dios la pronta recuperación de su ahora difunto esposo (iba de luto), y por eso necesitara recuperarlos con tanta urgencia. Menudo disgusto sería quedarse a las puertas de los 100.000, y no poder cursar su vida eterna en Preferente.

Fiel a su doble vida

23 febrero 2011

Dos silencios después de indicarme su destino, recibió una llamada. Por su alto contenido domestico, deduje que se trataba de su marido. Las paperas del niño, el recibo de la luz, calienta el tupper de la tapa azul, en el segundo estante de la nevera, llegaré tarde, reunión de última hora, ya sabes… En apenas dos minutos despachó con maestría su bien curtida faceta de madre y esposa ejemplar.

Colgó y apenas dos segundos después realizó otra llamada. Cambió el registro:

“Te echo de menos”, dijo ahora con voz melosa. “Le he dicho a Juan que tengo una reunión, que llegaría tarde. Necesito verte”. (…). “No hay excusa. Tú eres su jefe. Arréglatelas. Dale la tarde libre. Tenemos al niño con paperas. En cuanto salga, irá directo a recogerlo. Acabo de hablar con él”. (…). “A las cinco, sí, donde siempre”. Y colgó.

Según deduje, la usuaria mantenía un romance con el jefe de su marido. En realidad, parecía actuar de amante jefa del jefe de su marido. Ahora su rostro mostraba una mueca muy distinta a la anterior llamada. Más pícara, relajada y tensa a la vez: alterada pero radiante. Me asombró su capacidad de cambiar el registro en apenas dos segundos. Del rictus solemne de su primera llamada, a la calidez de la segunda (como si portara una llave en su interior que regulara el flujo del cerebro o el corazón, según el caso).

Tal vez tomara su matrimonio como un proyecto fruto de la tradición y encontrara en su marido al padre y esposo ejemplar, y en su amante esa chispa que incendiara a ratos una vida demasiado lineal, demasiado monótona pero no por ello prescindible. Necesitaba de ambos mundos.

Pero algún día, a base de estirar los dos extremos de su misma vida, llegarán las dudas. Cuando el otro le haga más feliz que el uno. Cuando ese polvo clandestino se convierta, sin quererlo, en polvo de estrellas. Cuando el amor se imponga a la tradición y el juego ya duela y acabe pidiendo perdón no al marido, sino al amante.

Ya nada podrá cambiar

22 febrero 2011

No hay vaso medio lleno o medio vacío, sino sed de cambio. Le pego un trago: el whisky aprieta más de lo que ahoga. Pienso en Libia, pienso en Gadafi. Pido otro whisky. Brindo al aire, al viento tibio de las aspas del techo. En esto, una mosca choca contra mi vaso. Pese al impacto la mosca consigue remontar el vuelo. Yo no.

Mi taxi sigue en doble fila, con el WARNING encendido, el taxímetro apagado y un cartel de mi puño y letra a la vista de todos: “Estoy en el bar. No me pites: Únete”. Iniciaré mi particular revolución en este mismo bar. Sin armas, ni cámaras, ni micrófonos, sólo whisky. El mundo está hecho mierda, amigo. Los representantes de mi país se hacen fotos con dictadores a cambio de petroleo. Mohámed VI, Teodoro Obiang. Gadafi matando a su propio pueblo. Repsol en Libia. El motor de mi taxi consume sangre humana. Me hacen cómplice los hijos de puta.

Pido otro whisky. El ansia de poder nos pudre las entrañas. El dinero. Las fronteras. Gobiernos que se limpian el culo con tu voto. PSOE y PP, la misma mierda. Políticos corruptos arrasando en las encuestas. José Bono visita al asesino Obiang y declara: “es muchísimo más lo que nos une que lo que nos separa”. El mismo día,  #nolesvotes es trending topic por culpa de, atención, la Ley Sinde. A nadie importa que pactemos con dictadores pero, ¡ojo!, que no nos toquen seriesyonkis.

Alguien entra en el bar. Le oigo decir: “¿De quién es ese taxi?”. Al fin: mi cartel surgió efecto. Será otro hastiado con ganas de atrincherarse conmigo en pro de la sensatez.

Me volteo hacia él. Es un Policía Municipal. Me pilla con el whisky en la mano. Se acerca.

- Le doy dos opciones. O mueve su taxi y le someto a un control de alcoholemia, o llamo a la grúa.

Elijo la segunda opción y pido otro whisky. Seguiré aquí, en la barra de este bar, hasta que alguien se una y comparta mi lucha. O acabe en coma.

El amor pixelado

21 febrero 2011

Me pidió recoger a la chica del chat en mi taxi y llevarla a cenar. Era su primer encuentro en persona, sin un monitor delante. Se conocieron en un foro de debate en internet, a propósito de la Ley Sinde. Las opiniones que vertía él llamaron la atención de ella y viceversa. De ahí pasaron a los mensajes privados y de éstos al interés mutuo por la vida del otro.

Tras varios días de confesiones, se mandaron fotos: surgió el flechazo.

- Si me atrae lo que dice y también me atrae su físico, nada puede fallar – me dijo.

Llegamos al punto de encuentro y ahí estaba ella. Ambos se reconocieron en seguida. El chico abrió su puerta, le hizo una seña y la chica subió al taxi.

Ya dentro, se dieron sus dos primeros besos analógicos, piel contra piel, aunque rehuyendo las miradas. Los ojos en vivo impactan más. Nadie teme a nada en internet, y sin embargo… 

Reiniciamos la marcha y los dos comenzaron a hablar como víctimas de una timidez que nadie esperaba. Se mascaba, tal vez, la decepción. La química presencial no coincidía con aquellos otros pálpitos en banda ancha. Cara a cara no hay píxeles. No hay café del propio hogar frente al teclado. El tiempo transcurre a distinta velocidad. Es difícil el manejo de los tiempos en persona (los silencios, en un chat, no son silencios: puedes excusarte en falso).

Las fotos o mil charlas no son todo. El tacto, el olfato. Compartir el mismo frío o calor. Encontrarse en el contexto exacto fuera de la habitación de cada uno. Esa imagen mental ahora resuelta, un algo oculto en esas fotos (tal vez los nuevos volúmenes de sus dos dimensiones). El campo gravitatorio de dos cuerpos. Códigos mal desencriptados. Conversión fallida. Ahí la prueba.

Pantalla en blanco

18 febrero 2011

Algunas veces no tengo nada especial que decir, como ahora, o no me ha sucedido nada digno de mención en mi taxi, como hoy, o hubiera preferido emborracharme a escribir, como es el caso, y sin embargo enciendo el ordenador, accedo al editor de este blog, se abre la línea de texto y en esa pantalla en blanco veo cosas, pasajes delirantes, o románticos, o crueles, o calmos, o amargos, o viscerales, como si el blanco de la pantalla me estuviera retando, cara a cara, y sólo pudiera vencer uno. Ahí me enveneno. Entro en delirio y comienzo a teclear como un enfermo aunque sólo sea para que se joda el blanco de la pantalla. De una hoja en blanco surgió Madame Bovary. De una hoja en blanco surgió Humbert Humbert, Patrick Bateman, Pedro Páramo, Gregor Samsa.

Ahora, esta misma pantalla en blanco que voy rellenando me sugiere la figura de un hombre asomado a una ventana (el icono de Windows me dio la idea). Ese hombre, llamémosle Héctor, repara en otro hombre que, como él, permanece asomado a su ventana en un edificio contiguo al suyo. El otro hombre lleva unos prismáticos enfocados a la calle. Parece estar siguiendo los pasos de una chica que camina sola por la acera. Héctor, desde su ventana, apenas distingue a la chica (abrigo gris, cabello negro). No entiende por qué el otro hombre sólo sigue a esa precisa mujer y no al resto de hombres y mujeres que también caminan. Instantes después, la mujer se detiene, trata de apoyarse como si estuviera sufriendo un mareo y, de súbito, se desploma contra el suelo. Héctor vuelve su vista a la ventana del otro hombre. Ya no está. Ni rastro de él. Sale corriendo de casa, baja los cinco tramos de escalera y sale a la calle en dirección a la chica. Ahora se ha formado un corro de gente a su alrededor. Héctor se abre paso por entre el tumulto. La chica continúa completamete inmóvil, tumbada boca abajo sobre la acera. Voltea su cuerpo y entonces Héctor palidece. Es su mujer y está muerta.

Palabras huecas

17 febrero 2011

Las cuerdas vocales tiran de ti. No hablas tú: es el decoro, la costumbre. Me formulas preguntas cuyas respuestas, en realidad, ya conoces o no te importan. El caso es llenar el hueco sonoro del trayecto. Un acuerdo no escrito entre ambos: yo conduzco y tú me das conversación. Siempre son las mismas preguntas, en cada taxi (dos o tres diarios, tal vez más): “¿Qué tal va la tarde, jefe?”; “Está jodida la cosa con esto de la crisis, ¿verdad?”; ”Vaya frío que hace, ¿no cree?”. Son preguntas comodín, relajadas siempre porque conoces de antemano las respuestas. Si el taxista contesta con un monosílabo, ya sabes que no le apetece hablar. Si el taxista se alarga con matices, continúas con tu muestrario de frases hechas, comunes a más no poder, cuidadosamente asépticas, neutrales. Dominas un amplio abanico. Tu preferida: “Todos los políticos son iguales”. Ahí no fallas. Siempre te dan la razón.

Y al bajar del taxi dejarás el habitáculo tan vacío como antes. No habrás aprendido nada; tampoco el taxista. Absurda forma de llenar el silencio.

¿Será eso?

Llenar el silencio de ruido. Evitar el silencio para no pensar. O acaparar la atención del taxista como quien lanza bengalas en una plaza repleta. O sentirte integrado en el mundo. Cómodo en el pensamiento único. Uno más, uno de tantos. Sin voto pero con voz. El rey de los muertos en vida.

La chica de la foto

16 febrero 2011

Hice esta foto desde mi taxi, en la parada de Ortega y Gasset esquina Velázquez, a las 16.10 de la tarde de ayer (martes). Hice más fotos, pero me quedé con esta. La chica del margen derecho salió de la oficina que se ve al fondo, habló por teléfono durante 7 minutos y luego volvió a entrar en la misma oficina. Fue esto último lo que llamó poderosamente mi atención. Nadie se pone un abrigo, lo abrocha (hasta el cinturón), coge el paraguas y el bolso para salir un momento a la calle (más bien a un soportal, resguardado de la lluvia) a contestar o realizar una simple llamada. La chica tampoco se encendió un cigarrillo durante ese intervalo (lo cual podría justificar su salida y vuelta, pese al frío).

Por otra parte, la conversación que mantuvo durante esos 7 minutos no parecía importante ni tensa, sino más bien relajada. La chica sonreía mientras hablaba y luego colgó sin apenas cambiar el gesto. No fue, por lo tanto, el contenido de aquella conversación la causante de su vuelta a la oficina. Tampoco lo motivó el típico olvido de última hora (recordar, nada más salir, que tenías que mandar un fax o apagar el ordenador, o recoger el tupper vacío del office). Durante los 25 minutos siguientes que me mantuve en la parada de taxis, la chica no volvió a salir de su oficina. Resolver un simple olvido no dura tanto.

También conviene tener en cuenta la hora de su llamada: de 16.10 a 16.17. Los horarios de un trabajador de oficina suelen ser redondos (en punto, y cuarto, y media).

Por otra parte, su indumentaria tampoco era propia de la clásica curranta. Tenía más porte de jefa: zapatos de tacón caros, abrigo y medias a juego, perlas… Lo único que no cuadraba con su imagen era el paraguas. Tal vez se lo hubiera prestado alguien de la oficina justo antes de salir y en previsión (en ese instante no llovía). 

¿Pero qué posible lluvia si ni siquiera llegó a salir del soportal? 

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Nota desesperada: Si atendemos a los datos que acabo de aportar, su actitud carece de lógica. O tal vez la tenga. Seguro que sí. Siempre hay un porqué detrás de todo. Ayúdame, por favor. ¿Alguna idea? Me estoy volviendo loco.

Autopsia a un cuerpo

15 febrero 2011

Ojos cerrados, boca entreabierta, acerco la mía. Mis labios rozando casi sus labios. Noto su aliento. Está dormida. Aparto, con cuidado, la sábana. Poco a poco. Emergen sus hombros, la leve curva de sus pechos. Acerco mi ojo derecho al piercing de su pezón izquierdo. Es un aro con una pequeña bola metálica (ya reparé en él anoche). Me veo reflejado en la bola. Mi nariz se ve grande en la bola y mi pómulo pequeño y distorsionado, como muy lejos. Toco sin querer su pezón con la punta de la nariz. Es suave. Mi nariz o su pezón es suave. O ambos. Nunca lo sabré.

Retiro más la sábana y me detengo en el complejo pliegue de su ombligo. Dios estaba enfermo. Saco la lengua. Sabe a sal. La cicatriz de su cordón umbilical esconde el sumidero de todos los mares. Dos islas en sus caderas, un valle seco y un sumidero. Y al otro lado del filo de sus caderas, la nada. O la cama. Es lo mismo.

Ahora deslizo la sábana con los dientes. Poco a poco, se compone la figura de su sexo en el quicio de sus piernas. Me acerco desde arriba. Huele a electricidad estática. A peligro. A tarro de miel vacío. A isobara. Me chupo el dedo y lo introduzco en su sexo con cuidado. Recorro sus paredes con la yema. Húmedo Braille. Soy un ciego leyendo la Biblia.

Me aparto. Vuelvo a acostarme a su lado. No sé su nombre. Apenas nos conocimos ayer. En mi taxi. Las circunstancias no importan. Su nombre no importa. Ahora duerme. Eso es todo.