Mi taxi, cualquier taxi, conoce hasta el más recóndito rincón de la ciudad. Amplias avenidas, placitas, callejones. Zonas nobles y barriadas humildes. La desigualdad social del núcleo urbano parece diluida, separada en suave degradado por apenas un puñado de calles. Se intuye, tal vez, en la arquitectura de sus edificios, en el porte medio del viandante y en los comercios.
Los distritos señoriales cuentan con boutiques de moda, restaurantes y centros de estética. Los barrios humildes con tiendas de ropa, bares, talleres mecánicos y bazares de todo a 0,60. Hay muchos más bares en los barrios deprimidos. Es más barato ahogar las penas en alcohol, sucumbir al psicoanálisis de barra o pedir otra ronda para alargar (o anestesiar) la vuelta al drama. Los ricos, por su parte, no ahogan sus penas: las tapan. Botox, rinoplastias, implantes, pastillas, psiquiatras, joyas. Es la misma insatisfacción canalizada de forma distinta.
El engranaje interno del ser humano no varía en función de tu cuenta bancaria. La sensibilidad innata es el máximo exponente del anarquismo.
Todos sufren por amor, todos conocen los celos, todos necesitan, en fin, sentirse protegidos. Los unos mediante cámaras de seguridad a las puertas de su finca; los otros, acurrucados bajo las mantas de un colchón de muelles oxidados en la suave piel de otro regazo.










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