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Entradas etiquetadas como ‘trabajo no remunerado’

Cobrar como un hombre

Por Dori Fernández Dori Fernández

Hace unas semanas, representando a la PPiiNA, mantuve una conversación con dos de nuestras eurodiputadas, Iratxe García (PSOE) e Izaskun Bilbao (EAJ- PNV) que –todo hay que decirlo- fueron extremadamente amables al hacer un hueco en sus apretadas agendas. Hacía pocos días que se había votado en el Parlamento Europeo si rescatar o no la Directiva de Maternidad que, entre otras cosas, persigue ampliar el tiempo de permiso de las madres sin ampliar a la par el de los padres (u otro progenitor/a). Para que nos entendamos: esa Directiva ensancharía aún más la diferencia entre los días que mujeres y hombres se ausentan del empleo para el cuidado de su prole, lo que en la práctica supondría un ensanchamiento también mayor de la discriminación que sufren las mujeres en el acceso, permanencia y promoción en el empleo por verse y percibirse “menos disponibles” para el mismo por las empresas. Así de claro.

'Mind the gap', cuidado con la brecha, logotipo de la campaña estudiantil feminista británica del mismo nombre, que se inspira en un cartel del metro londinense. Imagen: Mind The Gap

‘Mind the gap’, cuidado con la brecha, logotipo de la campaña estudiantil feminista británica del mismo nombre, que se inspira en un cartel del metro londinense. Imagen: Mind The Gap

Si desean saber más sobre los distintos tipos de discriminación por maternidad y cuidados, pueden escuchar la entrevista que me hicieron en Radio Conectadas sobre el tema meses atrás.

La cuestión es que la actual legislación laboral en materia de permisos por nacimiento, (arts. 48 y 48 bis del E.T.) legitima ese reparto desigual del cuidado, puesto que incentiva a los papás a volver al trabajo en apenas dos semanas tras el nacimiento de la criatura, mientras aleja a las madres del empleo, asignándolas el cuidado y la crianza. Es lo que conocemos como división sexual del trabajo (DST): hombre productor – mujer reproductora y cuidadora.

Cuando nace una criatura, el papá generalmente se toma de permiso las dos primeras semanas, mientras que la mamá toma las 16 completas (las 6 primeras obligatorias, más las 10 que pueden repartirse entre ambos), a las que suele añadir: las horas de lactancia en días, las excedencias (sin salario), las reducciones de jornada (y de salario) e incluso el abandono del empleo como muestra el último informe de la OIT sobre maternidad y paternidad, 2014. Esta es la “norma social” en el trabajo de cuidados; basta con echar un ojo a los datos que nos ofrecen los organismos nacionales e internacionales para atisbar las consecuencias.

Pero no crean que la diferencia en los permisos por nacimiento y adopción es la única que consolida la distribución sexual del trabajo, si bien es cierto que es la primera y más importante. También hay otras normas legales que incentivan a los hombres a participar en el empleo formal (el remunerado), mientras que lo desincentivan para las mujeres, como por ejemplo la desgravación por ‘esposa dependiente’ que sigue vigente en el IRPF. Les invito a leer Desiguales por Ley. Las políticas públicas contra la igualdad de género, de María Pazos Morán, que explica con detalle todas estas disfunciones legales.

El meollo del asunto es que los derechos económicos (prestaciones por desempleo, incapacidad transitoria, permanente, jubilación, etc.) tienen una base contributiva, es decir, su cuantía se calcula en función del tiempo cotizado: menos tiempo cotizado conlleva menor capacidad económica mientras se está trabajando y menores prestaciones cuando no se trabaja. Con lo que la diferencia en la capacidad adquisitiva de mujeres y hombres queda sentenciada y bendecida por las leyes. En este artículo anterior lo explico más extensamente.

Así pues, vemos cómo este reparto desigual del cuidado se convierte en la cimentación perfecta de la distribución sexual del trabajo, el mejor caldo de cultivo para el crecimiento vigoroso de la desigualdad social entre mujeres y hombres. Un hecho que, unido a que en nuestras sociedades sólo tiene valor lo que está monetarizado, lo que ‘aporta dinero’, coloca el trabajo que realizan mujeres y hombres en niveles muy distintos de consideración e importancia. Dicho de otra forma: el reconocimiento y la valoración que aporta a las personas el tipo de trabajo que realizan, deja a las mujeres en clara desventaja y poder de negociación frente a sus parejas varones y frente al resto de los hombres.

Una de las consecuencias nefastas de la DST es la brecha de género salarial, que es de lo que venía a hablarles hoy, de ‘la diferencia de ingresos entre hombres y mujeres que realizan el mismo trabajo’ y que, además de vergonzosa, es uno de los termómetros de salud de nuestras democracias. En España llega hasta el 25,9 por cinto en edades superiores a 55 años, pero da igual analizar cualquier país del entorno europeo, que es con los que debemos compararnos. En todos vemos la misma tendencia: los hombres perciben unos ingresos bastante superiores a las mujeres. El siguiente gráfico confeccionado con datos de Eurostat, muestra todos los países de la UE, entre los que destaco al nuestro con un óvalo naranja. Las barras verdes representan la brecha de género salarial en 2006, las azules en 2013. Da miedo ¿a que si?

Datos de brecha salarial de género en la Unión Europea. Fuente: elaboración propia de la autora. Eurostat.

Datos de brecha salarial de género en la Unión Europea. Fuente: elaboración propia de la autora. Eurostat.

Pero no voy a extenderme sobre los elementos que causan esa brecha salarial, baste recordar que el tipo de trabajo que se desempeña, la categoría profesional asignada, el tipo de contrato (temporal, a tiempo parcial, a jornada completa, por horas), la diferencia en capital humano, etc. unido a la discriminación machista pura y dura de quienes valoran menos el trabajo de una mujer y por consiguiente lo remuneran peor, configuran esa diferencia de salario. Hay un artículo muy interesante de Sara de la Rica al respecto en el blog Nada es gratis que les enlazo por si desean ampliar.

Me quiero centrar en el tipo de empleo que ‘eligen’ las mujeres generalmente. Y lo pongo entre comillas porque estarán de acuerdo conmigo en que es lo que toca si han leído el artículo desde el inicio. La libertad de elección es una falacia que queda muy progre cuando se intenta convencer de que son las mujeres quienes eligen ser discriminadas en el empleo por no haber estudiado -por ejemplo- ingeniería aeronáutica, o cuando son compradas sexualmente…

Lo que está claro es que los estereotipos de género tradicionales,  forjados desde el nacimiento con el taladro en las orejas de las niñas, los juguetes diferenciados por sexo más tarde y la experiencia de verse cuidados y cuidadas por sus madres, influyen definitivamente en los itinerarios académicos y profesionales que las chicas y chicos eligen posteriormente.

En general, el oficio que eligen las mujeres viene a representar prácticamente una extensión más de su rol cuidador. Así, vemos que una gran mayoría de las féminas desarrolla su carrera profesional fundamentalmente en tres sectores:

  • Salud (enfermeras, médicas, auxiliares…).
  • Educación (maestras de primaria, profes de secundaria, de bachillerato, de universidad…).
  • Servicios (camareras, cocineras, planchadoras…).

En el cuadro de debajo, con datos recién cogidos del INE, podemos verlo con claridad.

Tasas de ocupación 2015

Igualmente resulta curioso comprobar cómo en ninguno de esos sectores la presencia femenina destaca por estar mayoritariamente en puestos de dirección o en ámbitos de toma de decisiones. Que va, la mayoría aplastante de profesionales directivos en esos sectores –y en todos- son varones. ¿Casualidad? Lo dejo para la reflexión junto al enlace Mujeres y Hombres en España, 2014 que publica el INE cada año para que quien lo desee pueda investigar por su cuenta.

La pregunta del millón ahora mismo es otra. ¿Cómo conseguir que las mujeres tengan un sueldo digno por trabajos que en sus casas hacen gratis? Yo lo tengo claro. Espero que si usted ha llegado leyendo hasta aquí, también lo tenga.

Dori Fernández Hernando es Graduada en Igualdad de Género por la URJC. Formadora y consultora freelance en igualdad de género, nuevas tecnologías y Prevención de Riesgos Laborales, colabora entre otras conSinGENEROdeDUDAS, CB., Comunidad de Conocimiento Profesional con Enfoque de Género. Actualmente participa en un proyecto formativo que lidera el Instituto Madrileño de Formación. Pertenece a la PPIINA y a la Asamblea de Mujeres de Córdoba Yerbabuena.

¿Afectan igual los impuestos a las mujeres?

Por Corina Mora Corina Mora

Desde niña siempre me costó entender cómo se hacía el dinero, de dónde salía, por qué algunas cosas había que pagarlas, en el mercado por ejemplo, y otras eran gratis, como la escuela o ir al médico. Mi madre me dijo mil veces  aquello de ‘tú te crees que el dinero crece en los árboles’, pero también que las cosas no son gratis, que todas las personas pagan impuestos para cubrir las necesidades básicas de toda la población. Las calles, las escuelas, los hospitales, etc. no nos los regalan, los pagamos entre todos. Pagamos impuestos y es precisamente el sistema fiscal la herramienta más poderosa que tiene en sus manos el gobierno de un país para garantizar la redistribución de la riqueza y luchar contra la pobreza y la desigualdad. ¿Será entonces también la fiscalidad una forma de lograr la equidad entre hombres y mujeres?

En Sao Paulo (Brasil) una cooperativa de mujeres emprendedoras está ofreciendo un futuro a quienes en el pasado han sido víctimas de abuso y ahora se enfrentan a la vida como empresarias luchadoras. Imagen: Inspiraction.

En Sao Paulo (Brasil) una cooperativa de mujeres emprendedoras está ofreciendo un futuro a quienes en el pasado han sido víctimas de abuso y ahora se enfrentan a la vida como empresarias luchadoras. Imagen: Inspiraction.

La respuesta es sí. La política fiscal suele verse como un asunto técnico y árido que no nos concierne, cuando la realidad es que nuestra vida cotidiana está marcada por la fiscalidad que nos imponen, por los impuestos directos por nuestros ingresos y por los impuestos indirectos que gravan nuestro consumo. Y es evidente que hombres y mujeres no tenemos los mismos ingresos por nuestro trabajo -sigue existiendo una gran brecha salarial en todos los países- , y no consumimos las mismas cosas.

Y otra realidad innegable es que mujeres de todo el mundo trabajan incansablemente para que sus familias salgan adelante, pero ese esfuerzo no aparece en ningún balance. El trabajo no remunerado que realizan las mujeres no sólo abarca los cuidados infantiles o las labores domésticas, son muchas las mujeres que trabajan en el campo, en la agricultura de subsistencia, o en negocios familiares donde su tarea no es reconocida a nivel fiscal. Aunque estos trabajos no se pagan, y no cotizan, es precisamente este trabajo el que permite que la sociedad y el mercado funcionen.

Con apoyo de Strong Woman Alone (SWA) grupos de mujeres en India mejoran sus capacidades y gestionan sus pequeños negocios de forma autónoma. Imagen: Inspiraction.

Con apoyo de Strong Woman Alone (SWA) grupos de mujeres en India mejoran sus capacidades y gestionan sus pequeños negocios de forma autónoma. Imagen: Inspiraction.

En el informe Impuestos a hombres y mujeres: por qué el enfoque de género es crucial para un régimen fiscal justo  se pone de manifiesto cómo en todo el mundo la desigualdad fiscal de género es una realidad. Existe un desequilibrio entre la contribución que hacen las mujeres a la sociedad con su trabajo remunerado y no remunerado y el hecho de que la igualdad de género no es una inquietud inmediata  para quienes hacen la política fiscal.

Tampoco olvidemos que son muchos los países donde las mujeres no acceden a la propiedad directamente, o no cuentan como dueñas de los activos, por ejemplo en Marruecos la mujer es automáticamente ‘dependiente’ de su marido, o en Argentina, los bienes conjuntos son directamente contabilizados como activos del hombre. Son muchos los ejemplos de los distintos países donde vemos que se discrimina a las mujeres en lo relacionado con su acceso a los ingresos, activos y bienes inmuebles y al control que tienen sobre ellos.

Figaro Alourdes ha puesto en marcha un comedor en Puerto Príncipe- Haití- para salir adelante tras el terremoto de 2010. Imagen: Inspiraction

Figaro Alourdes ha puesto en marcha un comedor en Puerto Príncipe- Haití- para salir adelante tras el terremoto de 2010. Imagen: Inspiraction

En esta Semana de Acción Global por la #JusticiaFiscal no podemos olvidar el papel determinante de los impuestos para restablecer el equilibrio entre las desigualdades de género. Es  necesario analizar el gasto público y el sistema fiscal teniendo en cuenta el papel de las mujeres en la economía y en la sociedad, y cambiar las normas y las estructuras de poder que discriminan a la mujer.

Corina Mora Torrero es periodista y trabaja en Comunicación e Incidencia en InspirAction.

Campaña electoral: ¿nadie piensa en los factores T?

Por Elena Saura Elena Saura

En estos días de campaña electoral y de debates políticos se escuchan distintas propuestas para superar la desigualdad, la crisis y la pobreza. Redistribución de la riqueza, rescate ciudadano, reforma fiscal, cambio del modelo productivo, mejora de la sanidad y la educación… cada grupo político con sus propuestas, pero ninguna que fuerce a hablar sobre la distribución de los tiempos. ¿Habéis escuchado o leído en algún programa electoral estrategias claras para la redistribución del trabajo total?

'Mi mamá me mima'. Grafitti de Lorena Gil: http://www.lorenagil.com/2009/05/03/mi-mama-me-mima/

‘Mi mamá me mima’. Grafitti de Lorena Gil: http://www.lorenagil.com/2009/05/03/mi-mama-me-mima/

Mucha gente habla de trabajo como si se tratara solo del trabajo remunerado. ¿Y el trabajo doméstico y todos los cuidados que hacen que nuestras vidas sean sostenibles? ¿Y las actividades comunitarias que hacen de esta sociedad más llevadera? Ampliar el campo de visión a la hora de hacer el análisis es necesario si queremos que las políticas públicas no incorporen discriminaciones, porque si no comprendemos cómo funcionan los hogares no entenderemos como marcha el sistema económico.

Poner la vida en el centro y no a los mercados es uno de los reclamos de las feministas, que se suma al cuestionamiento de una visión exclusivamente economicista de la pobreza. El feminismo aporta la ampliación de este concepto, incluyendo la pobreza de tiempo y la pobreza oculta de la dependencia, además de la carencia de recursos y oportunidades. Insistimos en que para construir una sociedad más justa es vital que las propuestas además de hablar de rentas y de trabajo remunerado consideren el reparto de los tiempos y del trabajo total. Todos los pilares del bienestar (las familias, el estado, el mercado y la comunidad) deben repartirse los procesos y cuidados para la sostenibilidad de la vida y a día de hoy las mujeres se llevan el pedazo más grande del pastel con el consiguiente empacho y desazón.

No queremos que se hable solo de las diferencias salariales entre mujeres y hombres, de las desventajas de las mujeres (respectos a sus pares varones de la misma clase y condición) en el acceso al mercado laboral remunerado y la alta representación en los sectores más precarios, que también, sino que se incida además en las causas de dicha sobrerrepresentación y de la sobrecarga del trabajo doméstico que vivimos las mujeres.

Queremos T. T de tiempos de calidad, T de trabajos compartidos dignamente, T de tecnologías que faciliten la sostenibilidad de una vida que merezca la alegría de ser vivida (como dicen otras compañeras feministas) y T de transformación necesaria para hacer un mundo más justo y paritario.

Probablemente con un té en la mano y tal vez hablando por teléfono con alguna amiga lejana geográficamente coincidamos en afirmar que queremos nuestro tiempo para ser felices; y eso implica, entre otras cosas, cuidarse a sí misma, compartir todos los trabajos (remunerados y no remunerados) con nuestros pares y sentir armonía en y con nuestro entorno.

Ojalá que quienes diseñan e implementan las políticas tengan todo esto en mente (y en el corazón) y lo reflejen en los presupuestos y en las acciones. No es tan difícil aunque se empeñen en decir lo contrario: basta con que sumen profesionales con experiencia a sus equipos 😉

Elena Saura es economista, especialista en género y desarrollo y miembro del colectivo Tejedoras.

Feliz Día del trabajo (de todos los trabajos)

Rosa_Martínez

Por Rosa Martínez

Hoy me levanté pensando “Qué bien que hoy no trabajo” y de repente me di cuenta que tenía que recoger la casa, vestir a los niños, ir a la compra, pasar por casa de mis padres, etc. Nunca nos paramos a pensar en todo el trabajo que hay que hacer, y que sin embargo nadie considera un trabajo, pero ¿Qué pasaría si esta semana me declaro en huelga y no hago nada de eso? ¿Y si todas las mujeres nos declarásemos en huelga?

Manifestación por los derechos de las limpiadoras del hogar. (C) Territorio doméstico

Manifestación por los derechos de las limpiadoras del hogar. (C) Territorio doméstico

Me gustaría que cuando hablemos del Día del Trabajo, tuviéramos en mente todos los trabajos. Sí, también ese que la sociedad no valora, no remunera y ni siquiera reconoce: el de los cuidados, el reproductivo, el de sacar la vida adelante.

Ese trabajo que realizan mayoritariamente las mujeres en todo el mundo, ese que es imprescindible y que no aparece en ninguna estadística ni indicador de progreso o riqueza. Así somos. En nuestra sociedad tiene más reconocimiento el gerente de una fábrica de armas o el banquero que desahucia a la gente de sus casas, que las mujeres que se ocupan de sus criaturas o de sus familiares dependientes.

Ellos (porque en ese tipo de puestos son mayoritaria y aplastantemente ellos) cobran algo más que un buen sueldo, tienen prestigio y estatus social; se les reconoce su contribución a la sociedad y a la economía. Ellas tienen más riesgo de caer en la pobreza y sufrir violencia, y su trabajo no es valorado ni social, ni económicamente.

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Cuidadoras invisibles

Por Alejandra Luengo Alejandra Luengo

Vivimos en una sociedad que envejece y se hace más dependiente, con un mayor número de demencias que incapacitan a las personas para poder desenvolverse de forma autónoma. A esto hay que añadir que a diferentes edades se puede sufrir una enfermedad terminal o algún tipo de discapacidad grave, tanto física como psíquica, que impide que puedan desenvolverse con normalidad en su vida cotidiana. Es así como la persona dependiente (de cualquier edad) no puede valerse por sí misma en cuestiones básicas y cotidianas tipo comer, vestirse, alimentarse, ir al baño y desplazarse dentro y fuera del hogar, por lo que necesitan de otra para llevarlas a cabo.

El cuidado a las personas dependientes por parte del Estado es una batalla que según el desarrollo económico y social abre una gran brecha entre unos países y otros. Por ejemplo, ya hemos visto que en España esas ayudas son escasas e insuficientes y que son las familias las que asumen principalmente ese cuidado, aunque se pueda contar con centros de día o con personal auxiliar de ayuda a domicilio, resulta claramente insuficiente. La realidad es que hay lugares donde eso ni siquiera existe, pero en todos, sean más o menos desarrollados, es la mujer la que cuida principalmente a las personas dependientes.

En psicoterapia me he encontrado a muchas cuidadoras a lo largo de los años y me he dado cuenta que ese papel de responsable principal de los cuidados abarca todas las edades. Muchas son hijas, madres, otras esposas, hermanas y también nueras de la persona dependiente.

El cuidar es de las funciones sociales más importantes y valiosas que hay, pero también es de las tareas más difíciles, desagradecidas, invisibles y agotadoras. De hecho, la mayoría de las personas que son cuidadoras no reciben ayuda para compartir el peso y tensión que supone hacerse cargo de una persona que a menudo se va deteriorando cada vez más.

Cuidadoras. Foto: Sergio Perea

Foto: Sergio Perea

Además, más de la mitad de estas personas dedican al cuidado el mismo tiempo que destinan a trabajar, lo que provoca que en muchos casos no sea compatible aunar ambos papeles por lo que o bien ni se pueden plantear trabajar o tienen que abandonar su empleo o reducir su jornada. Esto les deja en una situación de desventaja económica y social, no sólo por perder ingresos, sino por el no generar derechos en materia de pensiones o de protección por desempleo.

Todo esto supone un sobreesfuerzo poco valorado y apoyado por las administraciones y por la sociedad en general, ya que se da un mandato más o menos explícito a nivel social y familiar de que debe ser la mujer la máxima responsable del cuidado, y por tanto es ella la que debe ‘abandonar’ su vida personal, profesional y social para responsabilizarse de la persona dependiente.

Esta presión conlleva un deterioro físico, por el esfuerzo corporal y cansancio que supone, y también psicológico, por la sensación de pérdida de espacio personal, vida privada, sentimientos de excesiva responsabilidad, rabia, culpa, soledad, tristeza e impotencia. Además, se da el miedo a que ocurra algo y no saber quién se haría cargo de la persona dependiente si ella no está. No es de extrañar que la mayoría de estas mujeres sufran estrés o ansiedad y gran parte se sientan deprimidas. No son profesionales que tengan un horario específico y puedan contar con tiempo libre, ocio, o incluso vacaciones. La dedicación suele ser total y el coste personal, físico y anímico también.

No tenemos que irnos a países subdesarrollados para ser testigos de esta situación, lo tenemos bien cerca, en nuestro país, barrio y hogares. Es uno de los grandes retos para las sociedades. Por un lado que se favorezca y fomente la equidad entre hombres y mujeres en los cuidados a personas dependientes, por otro lado que se reconozca y recompense de alguna forma económica, lúdica, de disfrute, cuidado etc., esa labor tan poco “mediática” y tan clave para la sociedad potenciando espacios para que estas mujeres puedan tener un tiempo propio. Un tiempo de cuidado, no como un lujo, sino como una necesidad de cualquier ser humano que revierte positivamente no sólo en la mujer que lo recibe, sino en el espacio familiar y social. Por último, y sin deseo de caer en la irrealidad, que se fomenten los espacios profesionalizados del cuidado como una meta social que cualquier gobierno, en cualquier país, debe tener en cuenta.

Alejandra LuengoPsicóloga clínica,  combino la atención psicológica en servicios públicos con la consulta privada. Creo firmemente que se pueden cambiar las cosas y en esa dirección camino. Autora del blog unterapeutafiel

Igualdad de género ¿en peligro de extinción?

Por Elena Saura  Elena Saura

En días pasados el Gobierno, bajo el paraguas de una reforma para la racionalización del sector público, decretó una serie de cambios que afectan a la igualdad entre mujeres y hombres. El cambio más notorio es la modificación, no solo del nombre sino de las competencias, del Instituto de la Mujer que pasa a ser Instituto de la Mujer y para la Igualdad de Oportunidades e incorpora las políticas contra la ‘discriminación de las personas por razón de nacimiento, sexo, origen racial o étnico, religión o ideología, orientación o identidad sexual, edad, discapacidad o cualquier otra circunstancia personal o social’.

Bajo el paraguas de la igualdad. Ilustración de Ana Sara Lafuente.

Bajo el paraguas de la igualdad. Ilustración de Ana Sara Lafuente.

Al eliminarse la Dirección general de Igualdad de Oportunidades, sus competencias se incorporan al Instituto de la Mujer compartiendo estructura, es decir equipos, y presupuesto. Los presupuestos 2015 están en discusión en estos momentos, pero pretenden mantener los mínimos del año pasado con una ligerísima subida para evitar el desplome de casi el 10% en cuatro años de recortes. Son exiguos pues suponen aproximadamente un 0.1% de los presupuestos generales que si ahora tienen que destinarse además de para la igualdad entre mujeres y hombres, para evitar todo tipo de discriminaciones ¿será suficiente? Los presupuestos confirman la verdadera voluntad política en abordar el tema. Veremos que sucede.

No obstante, algunas alarmas se nos vienen a la cabeza. La primera y la más acuciante, la ya mencionada del presupuesto.

Segunda, la alerta de los recursos humanos. Lo mismo da la formación en igualdad de género que para evitar la discriminación por origen étnico, religión, edad, discapacidad y demás mencionadas entre las nuevas competencias del Instituto. ¿No existía un amplio consenso que confirma que la especialización es necesaria si se quieren realmente afinar las propuestas políticas?

Tercero, se va a diluir –si no desaparecer- la transversalización de la igualdad de género en todas las acciones, propuestas y políticas generales del Estado. Para que la igualdad empape todo, tiene que haber oportunidades para ejercer influencia en la formulación de todas las políticas gubernamentales ¿con un equipo más reducido y un presupuesto menor es viable? Si ya brillaba por su ausencia el horizonte no es muy halagüeño.

Cuarto, el rango del mecanismo nacional de igualdad ¿queda en entredicho? Desde hace dos décadas que se insiste que para lograr un funcionamiento eficaz de los mecanismos nacionales es preciso que se los considere en las instancias más altas de gobierno que sea posible, y que estén bajo la responsabilidad de un ministro del gabinete ¿es así? La igualdad tenía un ministerio propio, ahora se integra en el de sanidad, políticas sociales e igualdad pero el rango de Instituto no es el mismo. El dilema está servido.

Quinto, estos procesos institucionales ¿agilizan la planificación descentralizada, la aplicación y la vigilancia con miras a lograr la participación de las organizaciones no gubernamentales y organizaciones comunitarias, empezando por las de base?

Sexto, la crisis ha evidenciado que se necesitan políticas específicas. La sobrecarga de los cuidados y el trabajo doméstico no remunerado en manos de las mujeres es alarmante pero esto no parece preocupar a la clase política. No obstante, también ¿son ciegos ante la cantidad de mujeres asesinadas este año? ¿Y la violencia sexual? ¿No les importa el incremento del desempleo femenino o la ampliación de la brecha salarial?

Con una decisión como ésta el Gobierno nos hace retroceder y mucho. Es otro ataque a la igualdad y la libertad de mujeres y hombres. Lo peor, que los resultados perjudicarán a toda la sociedad. Si no lo ven, la crisis continúa y que no vendan en el exterior que España va bien.

Elena Saura es economista, especialista en género y desarrollo y miembro del colectivo Tejedoras.