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Un día señalado para rendir homenaje a la vida

Por María Sánchez-Contador             Maria Sanchez-Contador

Hoy se celebra el Día Mundial de la Ayuda Humanitaria. Un día como hoy, 19 de agosto, de 2003, 22 trabajadores humanitarios fueron asesinados en un atentado en la sede de la ONU en Bagdad. Años más tarde, en 2008 se decidió designar este día para que el público tome mayor conciencia de las actividades de ayuda humanitaria en todo el mundo.

Quiero aportar mi granito de arena recordando a compañeros de Sudán del Sur. Recientemente viajé allí para conocer de primera mano los proyectos que Oxfam está realizando gracias al apoyo de la Comisión Europea. El país está devastado por la guerra, la violencia, el hambre. Debo reconocer que tenía cierto temor; es distinto leerlo o  escucharlo que verlo con tus propios ojos. Y lo que vi renovó la convicción de lo necesaria que es la ayuda humanitaria y la admiración por los compañeros por su abnegada dedicación.

Me gustó compartir una semana con el equipo de prevención, preparación y respuesta a emergencias en la provincia de Tonj East. Me encantó que todo el equipo fuera local, sur sudanés, y que fuera realmente un equipo mixto.  Conocí así a Mariana, Juan Joyce y Kiden, mujeres comprometidas y entusiastas que viven con pasión su trabajo.

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Juan Joyce se siente orgullosa del trabajo que realizan como equipo, sobre todo cuando ve resultados palpables en las comunidades que aplican las formaciones. (C) Gabriel Pecot / Oxfam Intermón

La provincia de Tonj East es fronteriza con  el Estado de Unity, donde el conflicto armado se recrudeció en el pasado abril. La guerra entre el Gobierno y la oposición, la escasez de alimentos y la crisis económica en la que está sumergido Sudán del Sur han provocado un incremento de la violencia y el vandalismo. Los ataques se sucede: arrasan pueblos, roban ganado y las pocas pertenencias de sus habitantes, queman las casas y en la lucha se llevan vidas por delante. Los supervivientes solo tienen una cosa: miedo. Esta zona además está muy castigada por la naturaleza y llevan dos años padeciendo sequías e inundaciones consecutivas, lo que agrava la situación de inseguridad alimentaria.

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Descargando kits de higiene del coche: cubos, jarras y jabón para transportar el agua en buenas condiciones y usarlo como lavamanos. (C) Gabriel Pecot / Oxfam Intermón

Gracias al apoyo de la Comisión Europea, desde  Oxfam estamos impulsando el trabajo de  Emergencia, Preparación y Respuesta.  Un equipo de respuesta rápida es capaz de ir directamente a las zonas más afectadas, por lo general muy remotas, y asistir inmediatamente con agua limpia o comida, antes de que el resto de la comunidad humanitaria pueda responder. Durante un periodo corto, de 3 a 5 meses, se cubren las necesidades más básicas y se trabaja junto a la población para que pueda afrontar la crisis. En esta ocasión, el equipo tiene la misión de reparar pozos e instalaciones de agua en la provincia -casi todos inutilizados-, antes de que las lluvias los hagan inaccesibles y facilitar a la población el acceso a agua limpia y la promoción de higiene que mejore sus condiciones de vida e impida contraer enfermedades.

Pregunto a las compañeras que es lo que más les gusta de su trabajo: “Me gusta lo que hago porque ayudo a la gente a que consigan agua ¡agua limpia! Aquí en Sudán del Sur la gente no tiene acceso a agua y aquí en Tonj East la situación es muy mala. Me hace sentir bien; puedo ayudar a la gente y me hace sentir feliz”, me dice Mariana, ingeniera técnica de higiene pública. A sus 31 años ha tenido que superar muchas barreras para lograr estudiar, en el contexto de guerra que vivía el país, con mayores retos al ser mujer, y ahora, al vivir alejada de su familia para trabajar en lo que cree.

Juan Joyce, también de 31 años, hace 5 meses que trabaja como oficial de promoción de higiene pública en el mismo equipo.  “Lo que más me gusta del trabajo es cuando hago talleres de higiene en las comunidades, cuando les animas y formas en higiene personal, tratamiento de los alimentos, el agua y el entorno. Cuando ves que la gente aplica las formaciones, cambia sus hábitos. Ves que el entorno está cambiando. ¡Es muy gratificante!

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Juan Joyce revisando la lista de niñas a las que distribuirán las compresas. Algo tan básico para nosotras puede significar la diferencia de su futuro. Desde hace relativamente poco tiempo, se han introducido en el kit de higiene a distribuir. Muchas niñas abandonan la escuela durante el periodo y esta es una forma de fomentar la permanencia. (C) Gabriel Pecot / Oxfam Intermón

“Me gusta salvar a gente vulnerable. Aquí en Sudán del Sur la gente está sufriendo mucho, especialmente las mujeres, los niños y las personas mayores. Realmente necesitan asistencia. Me siento bien por poder ayudarles. Me gusta trabajar con las comunidades. En cuanto veo que las comunidades están sufriendo, veo a mi madre, a mi padre, a mi hermana sufriendo y me alegra poder hacer algo para aliviarlo. Gracias a los donantes y a la organización, que me permite trabajar aquí” añade Kiden.

Todas transmiten la satisfacción de poder ayudar y sobre todo ver los resultados palpables sin dar mayor importancia a sus vidas sacrificadas compartiendo las penurias de la población: sin acceso al agua corriente, bebiendo el mismo agua que se trata -innegable que es la mejor prueba de trabajo bien hecho-, las letrinas,.. vidas limitadas por los toques de queda y la atención permanente ante un posible conflicto.

La situación es complicada y los retos enormes. Aún así sacan las fuerza para empezar y empezar una y otra vez ante tales desafíos, adecuándose al contexto específico de cada comunidad, y además, hacerlo todo con alegría. Ante todo, mi reconocimiento a la superación de la frustración, del que apenas hablan. En estos días que he compartido con el equipo en el terreno es de los aspectos que más me ha admirado.

Notas:

  • Sudán del sur es el estado más frágil del mundo. El conflicto y el desplazamiento de la población impide que puedan cultivar, hecho que sumado a las sequías e inundaciones recurrentes, ha provocado una alarmante situación alimentaria y económica. Muchas personas no pueden comer cada día y se están viendo obligadas a vender lo poco que tienen para conseguir alimentos. El país ha entrado en una espiral de caída libre, con un constante aumento del coste de la vida.
  • Más de dos millones de personas se han visto obligadas a huir de sus hogares a causa del conflicto y más de 4 millones pasan hambre.
  • Desde Oxfam hemos liderado, con la colaboración de la Unión Europea, la provisión de agua y saneamiento en el asentamiento de Minkaman, así como en los centros de Protección de civiles de Naciones Unidas en Bor y Juba, entre otros. Realizamos también distribución de alimentos, promoción de higiene, cobijo y protección. Desde que se inició el conflicto, hemos conseguido ayudar a más de 690.000 personas con acción humanitaria.
  • El viaje forma parte del proyecto EUsaveLIVES-Tu salvas vidas, impulsado por Oxfam y la Unión Europea para visibilizar la situación de la población refugiada y desplazada en el mundo

 

María Sánchez-Contador, publicista y RRPP, trabaja en el departamento de Comunicación de Oxfam Intermón, con el convencimiento que a partir de la comunicación es posible cambiar vidas que cambian otras vidas. Un efecto multiplicador parar conseguir vivir en el mundo justo que deseamos

Estamos acabadas

Por María Sánchez-Contador Maria Sanchez-Contador

‘Estoy acabada’. Así de rotunda fue la declaración de Maria Ayok, en el campo de desplazados de Baryar, cerca de Wau, en Sudán del Sur. Tuve la oportunidad de compartir una calurosa tarde con ella en el campo. Maria no sabe exactamente la edad que tiene. No es que la quiera esconder por capricho o por ser presumida. La mayoría de mujeres aquí no saben su propia edad. Cuando les preguntas por su edad, todo el grupo alrededor comienza a conversar y discutir hasta llegar a algún cálculo que satisface a la mayoría y entonces alguien contesta con contundencia: ‘37, tiene 37 años’.

Maria Ayoc con un hatillo de paja que quiere llevar para venderlo a la ciudad de Wau, a 10 kilómetros. Imagen: Gabriel Pecot.

Esa frase, ‘Estoy acabada’, retumbó en mi cabeza y me resuena con frecuencia. Sólo tiene 37 años. Maria, mi tocaya y 10 años más joven que yo, es viuda y tuvo siete hijos de los que sólo sobreviven tres. Ella vivía en Abye, una provincia fronteriza entre Sudán y Sudán del Sur. Las milicias atacaron su pueblo por la noche mientras dormían, mataron a su marido, a niños y a animales, robaron todas las pertenencias y destrozaron la población. Desde entonces su vida dio un vuelco total. Ella huyó arrastrando su hija menor, impedida, enferma de polio. Andando de un lugar a otro, más de 200 kilómetros hasta llegar a Wau, donde pudo instalarse en 2011 en el campo de desplazados.

Es una mujer enérgica y comunicativa que lideró al grupo en una conversación animada, y de golpe, se rompió al relatarnos su vida y la situación en la que viven ella, su familia y todas las personas que han huido como ella. Se le arremolinaron los recuerdos y los pensamientos. En un momento de desesperación lo concluye claramente: ‘Mi tiempo ya ha pasado. Nací en guerra, crecí en guerra, moriré en guerra’.

Al atardecer, Maria Ayok cocina algo de sorgo y hojas silvestres que recoge por los alrededores. Imagen: Gabriel Pecot.

Al atardecer, Maria Ayok cocina algo de sorgo y hojas silvestres que recoge por los alrededores. Imagen: Gabriel Pecot.

La contundencia me cortó la respiración. La desesperación y la angustia por no poder dar un futuro a sus hijos, una educación, o ni siquiera tanto: simplemente darles de comer. Maria recuerda el tiempo en el que vivía en Abye, con sus hijos y su marido. En esa época tenían pollos, cabras, vacas, un campo que cultivar, y el marido iba a pescar y traía la leche para los niños. Aquí no tiene nada de eso, ni tiempo para descansar. Ahora para comer depende del reparto mensual del Programa Mundial de Alimentos, cuyas raciones cada vez son menores. Actualmente la ración es de 50 kilos de sorgo, 3 kilos de lentejas y 1  litro de aceite para 4 personas. Lo complementa con frutos y hojas silvestres y, cuando puede, compra algo de azúcar, sal y té en el mercado.

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Maria Ayok, en el campo de desplazados de Baryar, donde vive desde 2011. Imagen de Gabriel Pecot

No tenemos tiempo para nada‘ es una frase que se nos hace cotidiana, pero el quehacer concreto de esta mujer es bien diferente: ‘Desde la mañana hasta la noche estoy ocupada: ir a por agua, hacer las tareas de la casa, ir al bosque a cortar hierbas, cañas, ramas, traerlas aquí, llevarlas al mercado, por la tarde ir a buscar más agua, cuidar de los niños, cocinar…’· La única manera de ganarse la vida es ir a cortar cañas, que luego secan para hacer los tejados de las casas, o ramas para hacer fuego y poder cocinar. Cargan el hatillo sobre su cabeza para venderlo en el mercado, a unos 10 km. y poder sacarse así algo de dinero. Esto es todo lo que tienen.

Maria vive así, en el campo de desplazados, desde hace 4 años. Cada día luchando por sobrevivir un día más. En el campo están seguros, no hay incidentes, pero la vida se hace muy difícil, muy dura, y ella echa de menos a sus antiguos vecinos, parientes y amigos. Quizás  vuelva algún día, pero por el momento el conflicto continúa y no se atreve. Se siente parte de un rebaño sin saber muy bien qué pasa. Le cuesta tener esperanza y es incrédula sobre la paz. Sólo aspira que algún día llegue y que sus hijos no tengan que pasar lo mismo que ella.

Pide ayuda a la comunidad internacional, que puedan dar un futuro a los niños, una educación que les permita una vida mejor, que no tengan que sufrir de hambre. ‘Estábamos en un mundo difícil, y todavía estamos en él’. María es mujer de palabras claras. Se te hace un nudo en la garganta al querer darle ánimos y devolverle la esperanza. La única promesa que le puedo hacer es que contaré su historia, transmitiré su sufrimiento y sus deseos. Y aquí estoy cumpliendo mi palabra. Desde aquí podemos reclamar que realmente haya un esfuerzo internacional para llegar a acuerdos de paz en Sudán del Sur. Sólo así ella podrá volver a empezar.

Sudán del Sur consiguió la independencia el 9 de julio de 2011, tras décadas de guerra con Sudán. Dos años más tarde, en diciembre de 2013, estalló el conflicto interno. La mayoría de la población ha vivido en condiciones de guerra casi toda su vida. Actualmente, más de dos millones viven desplazadas o refugiadas en países vecinos y casi 8 millones sufren hambre. Sudán del Sur es el país más joven y más frágil del mundo. Oxfam, gracias al apoyo de la Comisión Europea, ha realizado instalaciones de agua, letrinas y organizado sesiones de sensibilización en higiene en el campo de desplazados de Baryar. Sin agua, no hay vida.

María Sánchez-Contador, publicista y RRPP, trabaja en el departamento de Comunicación de Oxfam Intermón, con el convencimiento que a partir de la comunicación es posible cambiar vidas que cambian otras vidas. Un efecto multiplicador parar conseguir vivir en el mundo justo que deseamos.

Haz que suceda: el ejemplo de las mujeres de Sudán del Sur

 Por Winnie Byanyima Winnie_Byanyima

La primera vez que nuestro equipo la encontró fue en abril de 2013 en Juba, en una base de Naciones Unidas a la que  había acudido en busca de protección y asistencia médica. Josephine (no es su verdadero nombre) estaba embarazada y había salido de su casa en el campo acompañada de uno de sus cinco hijos. Cuando intentó regresar sus planes se vieron truncados por la guerra y su vida entera dio un vuelco. Desde entonces, no ha visto ni ha hablado con su marido y se ha visto separada de sus otros cuatro hijos. Josephine es una de las dos millones de personas desplazadas por la guerra en Sudán del Sur.

Una mujer espera durante un reparto de alimentos en el campo de refugiados de Mingkaman. Imagen de Pablo Tosco/Oxfam Intermón.

Una mujer espera durante un reparto de alimentos en el campo de refugiados de Mingkaman. Imagen de Pablo Tosco/Oxfam Intermón.

 

Esta semana ha querido que le ayudemos a dar a conocer su historia. Esto es lo que nos ha contado:

En muchas guerras, se abandona a su suerte a mujeres, niñas y niños. Está sucediendo en Sudán del Sur y estoy segura de que también ocurre en muchas otras partes del mundo. Quiero decirles a las mujeres que se encuentran en una situación similar a la mía que tengan valor. Ten coraje y sé fuerte porque tu familia te necesita. Cuida de tus hijos porque, antes o después, volverás a casa para seguir protegiendo su futuro. Antes o después, podremos volver con nuestras familias‘.

El lema para el Día Internacional de la Mujer de este año es Make it happen (Haz que suceda, en su traducción al español). Josephine es un alentador ejemplo de los desafíos que muchas mujeres en Sudán del Sur afrontan y que logran superar contra viento y marea. Pero, para ello, necesitan mucha más ayuda.

La resiliencia y el empoderamiento hace de las mujeres en Sudán del Sur auténticos motores de cambios: campesinas, periodistas, jóvenes lideresas, profesoras, poetas, etc. Ayudan a sus familias y sus comunidades, y se ayudan las unas a las otras. En un país en guerra en el que muchos hombres han muerto o se han marchado para luchar, las mujeres se han convertido en la columna vertebral de sus comunidades. Se han quedado atrás para cuidar de sus familias y hogares, de las personas enfermas o heridas, de los campos y del ganado… y han de tomar todas las decisiones. Las mujeres son heroínas silenciosas de la turbulenta historia de Sudán del Sur.

Sin embargo, a pesar de su fortaleza y resiliencia, los niveles de violencia sexual y de género en el país son increíblemente elevados, alarmantes, y empeoran cada día.

Las violaciones, los abusos sexuales, el acoso, la violencia doméstica, los matrimonios forzados o la “prostitución de supervivencia” son problemas persistentes en Sudán del Sur, incluso antes de que comenzase la guerra, y se han visto exacerbados por los elevados niveles de desigualdad de género y la falta de justicia para las supervivientes. Desde diciembre de 2013, cuando estalló el conflicto, la violencia contra las mujeres se ha agravado debido al desplazamiento masivo y una mayor presencia de hombres armados que actúan libremente y con total impunidad.

Los informes sobre derechos humanos de Naciones Unidas señalan que todas las partes del conflicto (soldados, policía y fuerzas de seguridad) han cometido actos de violencia sexual contra mujeres de diferentes grupos étnicos. La violación se ha convertido en un arma de guerra y la violencia sexual en una forma de castigo colectivo. Zainab Bangura, enviada especial de Naciones Unidas para temas de violencia sexual, afirmó durante su visita a Sudán del Sur el pasado mes de octubre que la tasa de violaciones en el país eran las peores que jamás había observado y se hizo eco de la atroz situación de algunas mujeres, niños y niñas y personas ancianas que son víctimas de reiteradas violaciones. Recientemente, el secretario general adjunto de Naciones Unidas para los Derechos Humanos denunció que la población de Sudán del Sur había sufrido un “mes de las violaciones”.

Mientras la guerra y la violencia sexual desatan el terror, también lo hace la grave crisis alimentaria que continúa azotando al país, a pesar de ser el primer receptor de ayuda a nivel mundial. Cerca de 2,5 millones de personas padecen desnutrición severa. Así, las mujeres se ven obligadas a asumir peligrosos riesgos para complementar la ayuda que reciben y poder alimentar a sus familias. Abandonan los emplazamientos de protección de Naciones Unidas para recoger leña o conseguir combustible, agua o alimentos. A menudo, deben caminar largas distancias en busca de comida y cruzar puestos fronterizos donde pueden ser víctimas de acoso y violaciones o ser detenidas, secuestradas o, incluso, asesinadas. En algunas zonas de Sudán del Sur, Oxfam está distribuyendo vales para carbón, hornillos eficientes y molinos de grano en un intento de minimizar estos riesgos. Pero dada la gravedad de la violencia sexual, la respuesta ha de ser sistemática. Ante todo, el Gobierno de Sudán del Sur y la oposición deben asumir inmediatamente el control de sus tropas y mostrar tolerancia cero ante las violaciones y otros crímenes de violencia de género. La comunidad internacional debe proporcionar una mayor financiación para programas dirigidos a la protección de las mujeres y las niñas y a promover la igualdad de género pues, dada la magnitud del problema, la financiación actual es insuficiente.

La financiación de los programas para la protección de las mujeres es insuficiente en comparación con la de otros destinados a satisfacer otras necesidades. Naciones Unidas ha solicitado 1.810 millones de dólares para financiar la respuesta a la crisis en Sudán del Sur. Sin embargo, tan solo se han destinado 70 millones a programas de protección y 15 millones abordar la violencia de género. A pesar de que la protección de la población civil es una de las principales prioridades, la comunidad internacional debe actuar urgentemente y financiar la respuesta a estos riesgos. Además, se debe prestar especial atención a programas en los ámbitos de la salud, el bienestar psicosocial, la seguridad, la economía y el liderazgo dirigidos a las mujeres supervivientes y vulnerables. Para abordar la violencia de género y sexual, así como la desigualdad de género, los líderes de Sudán del Sur y la comunidad internacional deben seguir el liderazgo mostrado por Josephine y otras inspiradoras mujeres.

Winnie Byanyima es Directora Ejecutiva de Oxfam Internacional

 

La primera disc-jockey de Sudán del Sur

Julia Serramitjana

 

Se llama Sara Oliver Nyoma pero es conocida entre sus fans como DJ NileQueen. Tiene 27 años y es la primera mujer disc-jockey de Sudán del Sur. En un mundo predominantemente masculino, Sara ha conseguido hacerse un hueco en el panorama musical.

Desde que se dio a conocer en 2008,  ha actuado en dos ocasiones en la sede de Naciones Unidas de Nueva York con motivo del Africa Day, organizado por la Unión Africana, la última vez en 2013. Su orgullo es doble. Fue la primera mujer DJ, y también la primera DJ africana en participar en este evento. Sus remezclas de música sursudanesa, hip-hop, reggae, pop, dancehall, entre otros estilos, es potente y explosiva.


Sara vive actualmente en Nueva York pero sueña con volver a su país, asolado por una guerra civil desde hace más de un año y con varios años más de conflicto acumulados, a pesar del éxito que ha conseguido en la diáspora.

Cuando conocí su historia a través de “Talk of Juba”, sus palabras me parecieron igual de potentes que su música: “Lo que he conseguido me anima a seguir luchando, a hacer más de lo que pensaba que podía conseguir, no sólo para mí, sino para el futuro de las niñas de África. Como mujeres, no deberíamos tener ningún límite a lo que podamos hacer “

Sara, conocida como NileQueen, que significa Reina del Nilo, es la primera mujer DJ de Sudán del Sur.

Y así es. Cuando estuve en Juba conocí a Edmund Yakani, quién nos contó que las mujeres tanto dentro como fuera del país  jugaron y siguen jugando un importante rol de pacificadoras durante las guerras.

Como Sara, que suele difundir mensajes reivindicando una solución al conflicto a través de las redes sociales, muchas mujeres sursudanesas en el extranjero, han puesto en marcha iniciativas como “We are nilotic”, desde dónde están usando su voz e influencia colectiva para promover la paz entre las 64 tribus de Sudán del Sur. Y de esta forma, intentar salvaguardar el futuro de las niñas y mujeres de este país.

Tienen el sentimiento agridulce de triunfar fuera de sus fronteras y no en Sudán del Sur, pero anhelan volver.

Mientras, hacen crecer desde diferentes partes del mundo la semillas de lo que algún día podrán hacer crecer de nuevo: oportunidades para las niñas y mujeres de su tierra para que, como dice Sara,  no encuentren límites a lo que puedan conseguir.

Júlia Serramitjana es periodista y trabaja en Oxfam Intermón

Ésta no es mi guerra. Historias de refugiadas

Por Belén de la Banda  @bdelabanda

No es ella quien empezó la guerra. Ni siquiera sabe a ciencia cierta en qué momento ha empezado, ni quiénes son los responsables. Ésta no es su guerra, pero por obra y gracia de ella, ya su casa no es su casa, ni su familia es su familia tal como la conocía, el terreno donde sembraba y cosechaba su comida ya no está a su alcance, y su vida ha quedado absolutamente destrozada. Esta guerra no es su guerra, pero esta vida ya tampoco es su vida.

Niñas y mujeres cogen agua de las cisternas instaladas por Oxfam en el campamento de refugiados de Za'atari en Jordania. Imagen: Caroline Gluck/Oxfam

Niñas y mujeres refugiadas de origen sirio cogen agua de las cisternas instaladas por Oxfam en el campamento de refugiados de Za’atari en Jordania. Imagen: Caroline Gluck/Oxfam

Ésta es la historia de la mayoría de las mujeres que han tenido que huir de un conflicto y ahora se encuentran en un campo de de refugiados. Hace pocos días, mi compañera Júlia hablaba de cómo en Sudán de Sur las mujesres llevan la peor parte. Cuando pierden a parte de su familia, su responsabilidad se multiplica, su trabajo tradicional -cuidar de la familia, de los niños, de los ancianos, conseguir agua, preparar la comida, buscar techo…- se multiplica.

Es la realidad de mujeres sirias como  Lekaa, una refugiada siria  que mis compañeros conocieron en el campamento de Za’atari, en Jordania, una mujer de clase media en su país, que  nunca pensó que algún día se vería en esta situación. ‘Todas las mañanas lloro. Echo de menos mi país, mi familia, mis amigos. El trabajo de las mujeres, aquí es más duro, lo pasamos peor. Tengo miedo de dar a luz en este sitio. Estaré muy cansada, y sin mi madre y mis hermanas…

El miedo de Lekaa lo ha vivido Mari, una mujer dinka refugiada en el campo de Mingkaman, en  Sudán del Sur:  parió a su tercer hijo bajo una lona de plástico, y fue un parto tan difícil que enfermó. Por suerte, tiene con ella a su familia: ‘A pesar de que mi marido está conmigo, no puede hacer nada para mantenernos. Dependemos de las agencias humanitarias. Lo perdimos todo cuando vinimos: las cabras, las vacas y nuestras pertenencias‘.

La vida en el campo es difícil, pero lo peor de todo es que no tiene futuro. Knyah huyó hace 4 meses de su casa en Juba, cuando empezaron los ataques, con su marido y sus 5 hijos.  Se refugiaron en el recinto de Naciones Unidas en la ciudad ‘Nos dieron esterillas, mantas y plásticos para construirnos una vivienda. Pero yo no quiero vivir aquí siempre. Nuestros hijos serán una generación perdida‘. Para ella, la falta de libertad, no poder regresar a su casa, ni salir del campo por el riesgo de que la maten, es lo más duro.

El riesgo es siempre una posibilidad cercana. Nyawer perdió a uno de sus tres hijos durante los ataques en Juba: ‘Primero oímos disparos, luego bombas. Teníamos mucho miedo. Entonces, un tanque pasó por encima de nuestra casa y mató a uno de mis hijos‘. En su barrio entraron grupos de soldados dinka a matar a los nuer, etnia a la que pertenece.  Aunque logró escapar con su marido y sus otros dos hijos, buscar refugio fue difícil:  ‘la gente nos decía que en el recinto de la ONU estaríamos seguros, pero tardamos días en encontrarlo. Cuando llegamos fue un alivio, pero ahora ya no nos sentimos seguros aquí tampoco‘. Su marido salió del campo a buscar carbón para cocinar y lo mataron también.

Pero además, en las situaciones de conflicto, las mujeres son usadas como arma de guerra, víctimas de asesinatos, violaciones, y todo tipo de humillaciones. Sus cuerpos forman parte del botín, de la relación de poder o se convierten en una forma de hacer daño al enemigo. Y muchas veces también son víctimas de agresiones en los campos donde han buscado acogida.

Hoy se conmemora el Día del Refugiado, para atraer la mirada de la sociedad mundial sobre la realidad de millones de personas que lo han perdido todo huyendo de los conflictos. Es el momento de comprometernos a ayudar a estas familias, y de hacer todo lo posible para que situaciones como las que viven no vuelvan a ocurrir. Para que terminen esas guerras que no son suyas, y recuperen las vidas que sí lo son.

Belén de la Banda es periodista y trabaja en Oxfam Intermón

Sudán del Sur: cuando las mujeres se llevan la peor parte

Por Júlia SerramitjanaJulia Serramitjana

La semana pasada tuvo lugar en Londres la cumbre contra la violencia sexual como arma de guerra organizada por Naciones Unidas, en la que se reunieron más de 100 gobiernos, los directores de ocho agencias de Naciones Unidas y casi un millar de expertos. El objetivo: sellar un compromiso internacional para que se investiguen y documenten estos crímenes; para que se persiga a los que los han cometido y se garantice asistencia a los que les han sufrido; la mayoría mujeres y niñas.

Mujeres en Sudán del Sur

Una mujer en el campo de desplazados de Mingkaman, en Sudán del Sur. Imagen: Pablo Tosco

Mientras leía la carta de conclusiones firmada por Angelina Jolie y William Hague me pregunté: ¿Servirá de algo? Debería. Al menos para visibilizar esta situación e impulsar medidas para frenarlo. Son muchos los lugares en el mundo dónde este drama sigue destrozando las vidas de millones de personas, principalmente mujeres, que tienen que convivir con la frustración de ver cómo los terribles abusos que han sufrido quedan impunes y olvidados.

Y es que la cultura de la impunidad que ampara esos crímenes es bien arrelada en muchos países como Sudán del Sur, un país que acaba de cumplir un triste aniversario: seis meses de conflicto armado. Medio año de guerra y dolor.

Cuando estuve allí, hace ya un par de meses, conocí a Edmund Yakani, director de CEPO, una organización defensora de los derechos civiles, que está documentando, entre otros temas, el impacto que tiene el conflicto entre las mujeres. Y lo hacen en un contexto realmente difícil.

Edmund me contaba que en este conflicto, como en muchos otros, las mujeres se están llevando la peor parte. En situaciones de violencia como la que está viviendo Sudán del Sud, nos contaba que son las principales víctimas de violaciones, humillaciones y asesinatos.

Yakani explicaba la razón por la cual esto es así: en las guerras las mujeres juegan un papel primordial en el cuidado de la familia, ejerciendo un rol de protección y estabilidad. Con sus maridos muertos o en el frente, muchas de ellas, ahora, solas y con varios hijos e hijas a su cargo, se encargan de mantener a toda la familia. Se encargan de buscar y preparar la comida y el agua, de garantizar un techo para resguardarse, de cuidar de las personas mayores y de los pequeños.

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Edmund Yakani, director de CEPO, organización pro derechos civiles. Imagen: Pablo Tosco

Ambos bandos son conscientes del papel que juegan las mujeres en este conflicto. De cómo ellas salvaguardan la vida en un contexto dominado por la muerte, así que la forma para causar aún más dolor entre los hombres en el frente es humillando, violando y matando a sus mujeres. Es así como usan la violencia sexual como arma de guerra. Y es así como destrozan la vida, que precisamente ellas representan.

Ahora, seis meses después que empezara la guerra, recuerdo cómo me impresionó conocer a Yakani. Cómo me chocó su valentía y determinación a la hora de trabajar y denunciar la violencia sexual presente en su país en guerra en y el sentimiento de entrega, preseverancia y compromiso que transmitía a la hora de contarlo. Ojalá un día ya no deba de seguir luchando por ello.

 

Júlia Serramitjana es periodista y trabaja en Oxfam Intermón

5 lecciones de las mujeres de Sudán del Sur

Por Júlia Serramitjana Julia Serramitjana

Hace unos días volví de Sudán del Sur, un país castigado por un conflicto desde hace casi medio año y que, tras el acuerdo de alto el fuego firmado este fin de semana, debería abrir una brecha de esperanza para millones de personas que lo están sufriendo.

Durante la anterior guerra civil, las mujeres se unieron a través de las fronteras para abogar por la paz y tuvieron un rol esencial en tanto que agentes del cambio.

Las mujeres que conocí allí contaban historias durísimas. Historias difíciles de escuchar.  Mi compañera Laura Hurtado ya contaba hace un tiempo las enormes dificultades a las que tienen que enfrentarse en este país. Y eso que todavía no había empezado la guerra.

Una de las mujeres que conocí en Sudán del Sur: Diing Ajak tiene 44 años, desplazada en Mingkaman, tiene 10 hijos e hijas a su cargo.

Una de las mujeres que conocí en Sudán del Sur: Diing Ajak tiene 44 años, desplazada en Mingkaman, tiene 10 hijos e hijas a su cargo. Imagen: Pablo Tosco / Oxfam Intermón

Admiro a esas mujeres que, en situaciones de conflicto y vulnerabilidad, logran transformar el dolor y el sufrimiento en coraje y valentía para poder seguir adelante. Con la resiliencia como bandera, me sorprende la admirable capacidad que tienen para sobreponerse a largos períodos de dolor emocional y situaciones adversas.

Lo que vi allí me hizo tomar conciencia de esas dificultades, que son aún más apremiantes. Muchas han llegado a los campos de desplazados sin nada. Sus maridos están muertos  o luchando en el frente.

Con varios hijos e hijas a su cargo, se ven ahora obligadas a rehacer sus vidas en un campo de desplazados. Durante los días que estuve en uno de los campos de desplazados del país, Mingkaman, pude darme cuenta de cómo se convierten ahora en el principal motor de la supervivencia de sus familias.  Ellas son las que van a buscar la comida, la leña para el fuego, el agua, de racionar el sorgo y las lentejas. Las que se preocupan por encontrar un techo donde poder resguardar a  sus hijos e hijas de las lluvias.  Observándolas, intentaba imaginarme la situación a la que hacen frente, físicamente agotadora y psicológicamente extenuante.

El 84% de las mujeres de Sudán del Sur son analfabetas y la mayoría carece de conocimientos suficientes para incorporarse al mercado laboral, casi inexistente, lo que las hace depender de sus maridos, siendo todavía más dramática la situación de las miles de viudas que deja la guerra.  De ellas aprendí muchísimo.

Admiré la necesidad de ser autosuficiente que manifestava Mary Bol, quizás la excepción a esa estadística, que me transmitía su frustración: “Antes podía mantenerme yo misma, pero aquí no puedo hacer nada. Solía limpiar oficinas en Bor. Además tenía un terreno donde podía cultivar a la orilla del río y era una fuente de ingresos para mi familia”, contaba con resignación.

Siempre recordaré el atisbo de esperanza que transmitía Mary Abrey, una mujer que dio a luz a su tercer hijo bajo un techo de plástico  y que, a pesar de todo, confiaba en que un día podría llegar a ofrecerle un futuro.

Quedé impresionada por el ímpetu y la valentía de Matha, que había perdido a su marido y ahora debía ocuparse de sus 6 hijos y tenía graves problemas para poder alimentarles y se esforzaba día a día para poder tener una vida lo más normal posible.

Y la serenidad de de Diing, que con 44 años y madre de 10 hijos, con un marido en el frente que, sola en Mingkaman, explicaba cómo, a pesar de todo, estaba segura que podría sobreponerse a todas las dificultades.

Mujeres como Mary Bol, Mary Abrey, Matha o Diing son una parte vital del desarrollo del país.  Y lo que aprendí de todas ellas es que siempre hay que seguir luchando por un futuro mejor.   Son el ejemplo de cómo seguir adelante cuando todo es adverso.

Júlia Serramitjana es periodista y trabaja en Oxfam Intermón

La cooperante y el guerrillero, o cómo atraer la atención hacia Sudán del Sur

Por Laura HurtadoLaura Hurtado

Hace unos días terminé de leer La guerra de Emma (Ed. Marbot, 2011) donde la periodista norteamericana Deborah Scroggins cuenta la historia de Emma McCune, una británica de buena familia que lo dejó todo para impulsar un proyecto de educación en Sudán del Sur, cuando todavía no se había separado de Sudán. En medio de la guerra más larga de África y de una de las primeras hambrunas mediáticas, Emma se enamoró de Riek Machar, entonces un líder guerrillero del Ejército Popular de Liberación de Sudán (EPLS). Machar terminaría ocupando la vicepresidencia del nuevo país independiente en 2011 como representante de la etnia nuer, pero actualmente permanece escondido tras ser acusado por el presidente Salva Kiir -de la etnia dinka- de encabezar un golpe de Estado el pasado mes de diciembre.

La británica Emma McCunne con su marido guerrillero, Riek Machar, en Sudán del Sur

La británica Emma McCunne con su marido guerrillero, Riek Machar, en Sudán del Sur. Imagen: www.theage.com.au

Como os podéis imaginar, la relación entre la cooperante inglesa y el guerrillero sursudanés nunca fue fácil. Por un lado, los cooperantes extranjeros que eran colegas de Emma no entendieron que se casara y se fuera a vivir con un ‘señor de la guerra’ y de esta forma tomara partido en el conflicto, poniendo en riesgo la neutralidad que deben tener las personas que trabajan para las ONG con el fin de garantizar su labor en el país: ayudar a la población civil a sobrevivir en medio de la brutalidad. Por otro lado, los miembros del EPLS afines a Riek Machar insinuaban que no era suficiente duro para disciplinar a sus tropas debido a la influencia de su esposa ‘khawaja’ (término árabe que usan los sudaneses para referirse a los blancos). De hecho, ‘la guerra de Emma’ fue el nombre que algunos miembros del EPLS dieron a la guerra que estalló en 1991 entre los seguidores de la John Garang, el líder del EPLS, y los de sus lugartenientes Riek Machar, Lam Akol y Gordon Kong, como si ella fuera la culpable de todo. Un clásico, por cierto, como Eva en el Paraíso, por citar un ejemplo.

Emma McCune fue una mujer comprometida con la población afectada por la guerra en Sudán del Sur

Emma McCune fue una mujer comprometida con la población afectada por la guerra en Sudán del Sur. Imagen: louderthanwar.org

De todas formas, la intención del libro no es ni mucho menos contar una historia de amor. El controvertido romance solo sirve como excusa para intentar comprender la guerra civil sudanesa que, exceptuando pequeños paréntesis de paz, duró más de 50 años (1955-2005) y dejó millones de muertos (sí, millones). Todo ello para conseguir  ‘atraer el interés de los lectores occidentales’, según confiesa la autora en las primera páginas.

A lo largo del libro, Scroggins relata escenas horripilantes que vivió en su propia piel cuando viajó a Sudán del Sur para cubrir la hambruna en 1988 o la guerra en 1990 para un periódico de Atlanta (EEUU). Miles de personas hambrientas peleándose por la comida que distribuían unas pocas ONG, en un país abandonado a su suerte por Occidente y víctima de los ‘señores de la guerra’ locales, que sacan partido de sembrar el caos.

Pero lo peor de todo es que, mientras leía el libro, los enfrentamientos en Sudán del Sur estallaron de nuevo. De repente, la historia se repetía. Y el horror también. Casi un millón de personas (1 de cada 8 sursudaneses) ha tenido que abandonar su hogar repentinamente, atemorizadas, dejando atrás sus tierras y su ganado, es decir, su medio de subsistencia. Se calcula que 5 millones de personas necesitan alimentos, agua y refugio, mientras Occidente mira a otro lado. De los 1,27 billones de dólares que pidió Naciones Unidas a la comunidad internacional para esta emergencia solo se ha conseguido una tercera parte.

Por suerte, algunas ONG seguimos allí, dispuestas a salvar vidas.

 

Laura Hurtado es periodista, feminista y trabaja en Oxfam Intermón. Si quieres, puedes ayudarnos a responder a la emergencia en Sudán del Sur.

El bidón a la fuente

Por Farah Karimi FarahKarimi

Hace unos días estuve hablando con una joven en el campo de refugiados de Arúa, en el norte de Uganda, donde han llegado miles de personas huyendo del conflicto en de Sudán del Sur. Y, una vez más, me di cuenta de que el tema de la seguridad es un tema sensible, que genera una situación incómoda.

Con tan sólo 17 años de edad, Nyebuony escapó del rebrote de violencia en su país, junto con sus tres hermanos. Están sin sus padres, solo quedan los hijos, como parece ser bastante común en esta crisis. Siendo la hija mayor tiene que ocuparse de sus hermanos. Y como es habitual entre las mujeres en Sudán del Sur, su tarea consiste en ir a buscar agua a la fuente recién rehabilitada y que se encuentra fuera del campamento.

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La directora de Oxfam Novib habla con un grupo de mujeres en el campo de refugiados de Arúa, en el norte de Uganda.

Nyebuony llegó a este campamento en enero. Le pregunto varias veces si se siente segura en su nueva vida como refugiada pero nunca me responde. Solo obtengo una respuesta indirecta cuando me comenta que le gustaría tener un bidón de agua más grande.

Nyebuony tiene que ir hasta la fuente de agua cuatro veces al día con su pequeño bidón. Si tuviera uno más grande, podría ir a la fuente solo dos veces al día, lo que sería un gran alivio para ella. Por desgracia, las agencias humanitarias se han quedado sin bidones, y los nuevos pedidos aún no han llegado.

La seguridad es, sin duda, un tema delicado. Las mujeres están muy marginadas en la sociedad sursudanesa. La violencia hacia ellas es algo común y está vista como un asunto privado. Es fácil imaginar lo expuestas que deben estar las madres solteras, las jóvenes y las niñas al acoso y la violencia sexual, pero sabemos muy poco al respecto. Y me preocupa que no hagamos lo suficiente para evitar las amenazas a las mujeres frente a la violencia y el abuso.

En todos los campamentos que he visitado, desde el recinto de ONU en Juba, la capital de Sudán del Sur, donde se alojan miles de personas desplazadas, a los campos de refugiados aquí en Uganda, el número de letrinas está lejos de ser suficiente y no ofrecen a las mujeres la privacidad y la protección necesaria.

Las cuestiones de género y la protección de las mujeres son temas de la vida real, y en esta crisis miles de mujeres pueden ser víctimas potenciales de la violencia y el abuso. Y así, igual que valoro los enormes logros de nuestro equipo y las organizaciones locales con las que trabajamos para responder a esta emergencia, también quiero expresar mi preocupación por la situación de la mujer. Tenemos que encontrar una solución sin demora.

Farah Karimi es directora de Oxfam Novib.

Sudán del Sur: ser mujer en un país nuevo

Por Laura HurtadoLaura Hurtado

Hoy se cumplen dos años desde la independencia de este nuevo Estado y no puedo evitar recordar lo que escuché hace unos meses en una charla de Ingrid Kircher, investigadora austríaca que pasó dos meses y medio en dos regiones remotas de Sudán del Sur para realizar un estudio para Oxfam. En concreto, recuerdo esta frase: “En Sudán del Sur, una niña de 15 años tiene más probabilidades de morir durante el parto que de finalizar la escuela”.

Los derechos de las mujeres en Sudán del Sur son vulnerados (c) Pablo Tosco

En Sudán del Sur, los derechos de las mujeres son vulnerados (c) Pablo Tosco / Intermón Oxfam

Según nos contó Kircher, especializada en la protección de derechos humanos en zonas de conflicto, un tercio de las niñas son casadas antes de los 18 años en los Estados de Lakes y Warrap donde ella centró su trabajo. Matrimonios tempranos que tienen graves consecuencias a largo plazo para las mujeres, como el abandono de la escuela (y del acceso a la educación) o los embarazos precoces que ponen en peligro su salud. La tasa de mortalidad materna es elevadísima, con 1 de cada 7 mujeres fallecidas por complicaciones durante el embarazo o el parto.

Una realidad que me pareció aterradora y que no termina aquí puesto que las mujeres de estas zonas rurales, donde la tradición está fuertemente arraigada, no tienen derecho a tener propiedades ni a tomar decisiones aunque carguen con la mayor parte del trabajo productivo y doméstico. Además, la violencia doméstica es generalizada. La familia del novio, cuando negocia el matrimonio, debe pagar a la familia de la novia varias vacas, que son distribuidas entre los hermanos de ella, que a su vez, dependen de esas vacas, para poder casarse. “Por ello, muchos hombres piensan que las mujeres son de su propiedad. Creen que tienen derecho a pegarlas porque han pagado por ellas”, relató Kircher que se entrevistó con 22 grupos de hombres y mujeres y más de 70 informantes clave para realizar su investigación entre octubre y diciembre de 2012.

El contexto no ayuda. Después de décadas de guerra, el nuevo Estado se enfrenta a enormes desafíos con más de la mitad de la población viviendo por debajo del umbral de la pobreza, numerosos conflictos internos y graves dificultades para acceder a servicios sociales básicos (en todo el país hay menos de cien kilómetros de carretera asfaltada). La inseguridad y la falta de infraestructuras afectan especialmente a mujeres y niñas que, en algunas zonas, tienen que caminar tres y cuatro horas para llegar a un centro de salud. Eso si el marido accede, tal como nos explicó Kircher: “En el pueblo de Wardiot me contaron que si le pides dinero al marido para ir al médico responde que ya ha pagado muchas vacas por ti y que no va a vender otra ahora. Hasta que estás tan enferma que no puedes andar tu marido te forzará a trabajar”.

Por suerte, al finalizar la charla, Kircher quiso transmitir algo esperanza. Nos contó que las mujeres empiezan a asociarse. Que empiezan a surgir organizaciones que defienden sus derechos. Que algunas niñas logran quedarse en la escuela en lugar de casarse. Son pequeñas resistencias, cambios que se producen lentamente, pero que sirven de ejemplo para las demás y que, sin duda, son semillas para un futuro mejor para los y las habitantes de este nuevo país.

 

Laura Hurtado es periodista y trabaja en Intermón Oxfam.