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Por el recuerdo de una niña refugiada

Por Winnie Byanyima

Lloraba a mares cuando llegué al Reino Unido como refugiada.

Recuerdo cómo me miraba el policía del puesto de control de inmigración. A mí, una niña africana, pequeña, perdida y desconsolada. Me había pillado con un billete falso de 100 dólares. ‘No sabía que era falso’, traté de explicar. En Uganda, bajo la dictadura de Idi Amin, no teníamos más remedio que cambiar dinero en el mercado negro. Pensé que mi suerte se había acabado y que iba a ir a la cárcel.

Jeanne Berat

Jeanne Berat, de República Centroafricana, tuvo que huir al sur de Chad para salvar su vida y la de sus hijos. Imagen de Pablo Tosco/Oxfam Intermón.

El viaje había sido peligroso. Mi madre y yo tuvimos que marcharnos de repente. Huimos a Kenia de noche. Teníamos miedo porque muchas personas que también habían huido habían muerto, pero estábamos desesperadas. La gente nos ayudó durante nuestro viaje hasta llegar a un país que acogía refugiados: el Reino Unido. .

Pero mi suerte no se había acabado. El policía me dijo unas palabras que nunca olvidaré: ‘Te perdono porque sé que vienes de una situación muy difícil’. ¡Estaba a salvo! Pronto tendría la suerte de recibir una buena educación gracias a una beca para refugiados.

Ese policía, ese día, ese país, cambiaron mi vida. Me trajeron finalmente hacia Oxfam, donde puedo contribuir a la lucha por la justicia social que siempre me ha impulsado.

Mi experiencia no es comparable a las que he escuchado de otras personas que también se han visto obligadas a abandonar sus hogares en todo el mundo. Pero me ayuda a comprender por qué necesitamos encontrar con urgencia las formas más justas y efectivas de apoyar a estos millones de personas vulnerables y traumatizadas.

El mundo se enfrenta a la crisis de desplazamiento más grave de la que existen registros. Más de 65 millones de personas han tenido que dejar sus casas por el conflicto, la violencia o la persecución. Dentro de tres días se celebrará la primera Cumbre de Naciones Unidas por los refugiados y migrantes en Nueva York. No podría haber llegado en un momento más oportuno.

Estoy orgullosa, como persona que una vez fue refugiada, de asistir a este evento. Es una oportunidad para que el mundo se una y acuerde un enfoque común. Al final, por supuesto, la gente que ha tenido que huir es un síntoma de causas de origen como la guerra, la violencia, la persecución, el cambio climático y la pobreza. El mundo tiene que hacer más para resolver estos problemas.

Y necesitamos una respuesta ambiciosa para apoyar a las personas que buscan refugio y asegurarnos de que pueden vivir con paz y seguridad. No es problema ajeno, es nuestro.

Si todos podemos imaginar por un minuto ‘¿Qué pasaría si fuera yo?’, podemos empezar a entender que la suerte y la resiliencia nunca pueden ser suficientes. Necesitamos humanidad, no sólo de las personas corrientes, sino también de nuestros gobiernos, que tienen la obligación de protegernos con buenas leyes.

Todas las personas que se han visto obligadas a huir de los conflictos, la violencia, los desastres o la pobreza o en busca de una vida mejor tienen derecho a ser tratadas con dignidad y respeto. Los refugiados también deben tener acceso a oportunidades para trabajar y estudiar y para cualquier otra cosa que permita a las personas llevar una vida digna y productiva.  ¿De qué otra forma podrían, si no, hacer su contribución al país que les ha acogido?

Generaciones enteras de niños y niñas refugiados se están viendo privadas de una educación, lo que disminuye sus opciones de conseguir empleo, obtener ingresos y pagar impuestos. Los Gobiernos deben garantizar que tanto las niñas como los niños tengan un acceso igualitario a la educación.

Sin embargo, las expectativas de estas cumbres son desalentadoras incluso antes de que hayan comenzado

Me indigna la obstinada negativa de los Gobiernos ricos a acoger más refugiados. Y, por otro lado, no se puede acusar a muchos países en desarrollo de dar la espalda a los millones de personas que ponen en riesgo sus vidas y las de sus hijos al huir en busca de protección.

¿Tan poco valor dan los líderes de los países ricos a las vidas de esos desafortunados niños y niñas que buscan desesperadamente un hogar seguro?

Cerca del 86% de los refugiados y solicitantes de asilo vive desplazado en países de renta media o baja; países cuya ciudadanía ya se ha acostumbrado a compartir sus aulas y hospitales con estas personas. Uno de cada cinco habitantes del Líbano es refugiado sirio. Y la cuarta ‘ciudad’ más grande de Jordania es un campo de refugiados.

Muchos países africanos conocen desde hace tiempo su responsabilidad de proteger a las personas obligadas a huir (a una escala masiva). Y esta responsabilidad prevalece. Un reciente análisis de Oxfam muestra que los países de la Unión Africana acogen a más de una cuarta parte de los 24,5 millones de refugiados y solicitantes de asilo del mundo a pesar de representar tan solo un 2,9% de la economía mundial.

Mi propio país, Uganda, acoge a más de medio millón de refugiados y solicitantes de asilo. Allí, los refugiados tienen garantizado su derecho –como deberían tenerlo en cualquier país– a trabajar, a abrir negocios, a asistir a la escuela, a desplazarse libremente y a tener propiedades. También se les proporciona tierras para el cultivo.

El número de personas desplazadas internas, obligadas a huir dentro de las fronteras de su propio país, es aún mayor. Y resulta escandaloso que se ignore a estas personas en las cumbres. El África subsahariana acoge a casi un 30% de las personas desplazadas internas debido a los conflictos y la violencia, por ejemplo, en Nigeria, donde un violento conflicto que dura ya siete años y que también afecta a Níger, Chad y Camerún ha provocado una crisis humanitaria regional.

Así que debemos rebajar nuestras expectativas: dada la situación actual, no podemos esperar compromisos por parte de los Gobiernos ricos de acoger y dar apoyo a más refugiados. Tampoco podemos esperar que se ofrezca a la población refugiada un mejor acceso al trabajo y los estudios.

Pero aún queda tiempo para que los Gobiernos rectifiquen. Siempre lo hay.

Por ahora, corremos el riesgo de que estas cumbres no sean más que un tímido primer paso para ayudar a los millones de personas que se han visto obligadas a huir. Por el contrario, deberían constituir un punto de inflexión en esta crisis.

Los Gobiernos, y las personas que los conforman, deben recordar su humanidad, la misma que yo encontré cuando me acogieron no hace tanto tiempo.

Winnie Byanyima es Directora Ejecutiva de Oxfam Internacional.

En el Día de África: un futuro para María

Por Julia-Serramitjana
desde Bangui

María es centroafricana y tiene poco más de un mes. Su vida ha empezado en el campo de desplazados de Capucien, a las afueras de Bangui, la capital de República Centroafricana. Sin casa, ni hospital, ni agua corriente ni luz.
Su madre, Keemzith, recuerda perfectamente el día en que llegó a este lugar: era el 5 de diciembre de 2013. Fue el mismo día en el que tuvo que abandonar su barrio a causa de la violencia, en una de las terribles crisis que han sacudido las vidas de la gente en Centroáfrica en los últimos años. Y aquí siguen desde entonces, en un descampado al lado de una iglesia donde también se concentra un centenar de personas más. Aguantando como pueden.

María, en brazos de su madre en el campo de refugiados de Capucien, en República Centroafricana. Imagen de Júlia Serramitjana/Oxfam Intermón.

María, en brazos de su madre en el campo de desplazados de Capucien, en República Centroafricana. Imagen de Júlia Serramitjana/Oxfam Intermón.

La situación es mucho más tranquila, pero no han podido recuperar sus vidas. ‘Aquí no tenemos nada, vinimos corriendo cuando atacaron nuestras casas‘, recuerda Keemzith. Sostiene a su hija con delicadeza y con actitud tranquila y serena, a pesar de todo. A ella la puede alimentar con leche, pero no a sus otros 3 hijos. ‘No hay nada que comer aquí‘, explica. Si las cosas no cambian, cuando María crezca tampoco tendrá qué llevarse a la boca.

Hoy, 25 de mayo se celebra el Día de África, una jornada conmemorativa que tiene como objetivo celebrar los logros del continente y reflexionar sobre sus problemas. En República Centroafricana no parece que haya mucho que celebrar, la verdad.
Casos como el de María son descorazonadores en un lugar del mundo en el que se concentra gran parte de la población joven. Los hombres y mujeres que vendrían a representar el futuro de nuestro planeta. Y es que el 40% de la población de la República Centroafricana tiene menos de 14 años pero la esperanza de vida no llega a los 50 años.

¿Qué futuro cabe esperar? Quizá, con ayuda de todos, el país pueda superar la situación de crisis, y la familia de María pueda rehacer su vida. Y  conseguir que estos primeros días en un campo de desplazados sean sólo un recuerdo borroso, o se olviden completamente. Porque María merece un futuro.

Júlia Serramitjana es periodista y trabaja en Oxfam Intermón. Actualmente destacada a República Centroafricana.

A Barbine no le gusta la lluvia

Por María José Agejas

A Barbine no le gusta la lluvia. Después de la última está acatarrada. O quizá sea el paludismo. Casi que le da igual, porque ni puede ir al médico ni tiene dinero para comprar pastillas. Enfermó el otro día, cuando la lluvia y el viento volcaron su tienda de campaña. Barbine no es excursionista, sino desplazada.

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Barbine junto a parte de su familia en el sitio de desplazados de Capucien, Bangui. Imagen de María José Agejas

Menos mal que estaban los árboles para detenerla. A la tienda, digo. Si no, a estas horas habría volado hasta Congo, al otro lado del río Ubangui. Y no es una tienda de esas que se despliegan en dos segundos, sino de las grandes, de las que pesan un montón y que están bien ancladas al suelo. O lo estaban cuando las instalaron en su día en este campo de desplazados de Capucien, a las afueras de Bangui.

Así que ahí está. Barbine, digo. Sentada en el suelo, rodeada por algunos de sus hijos y nietos, tosiendo y limpiando unas hojas de melonera para cocinarlas. Le pido que me explique: “estábamos dentro, comenzó a llover muy fuerte. La tienda se levantó, y salimos para escondernos ahí. Por suerte nadie resultó herido”. ¿Y ahora?, le pregunto, casi avergonzada de la suerte que tengo en la vida. “Ahora no se qué podemos hacer. Dormimos en el suelo. Nosotros no podemos reparar la tienda “.

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Sufrir por el agua, bailar con el agua

Por María José AgMaria-Jose-Agejas_avatar_1446635289-70x70ejas 

Clarisse se levanta y pregunta: ‘¿cuándo hay que lavarse las manos?’  Los niños responden como si fuera la tabla de multiplicar: ‘antes de comer, después de ir al baño, antes de amamantar a un bebé…

Estamos en unos terrenos de la iglesia católica en los que sobreviven en tiendas de campaña más de cuatro mil personas.  La mitad, quizá más, niños como los que esta mañana se divierten con Clarisse. Algunos van a las escuelas cercanas, otros no. Muchos llevan allí varados más de dos años o han nacido ya sin casa.

Clarisse es promotora de higiene y salud pública de Oxfam Intermón en Bangui, República Centroafricana. Un país en el que una de cada cinco personas ha tenido que dejar su hogar. De una población total que no llega a los cinco millones, la mitad no puede sobrevivir sin ayuda.

Clarisse baila durante una sesión de formación en higiene en el campo de desplazados de Grand Séminaire, en Bangui. Imagen: María José Agejas

Se ve a la legua que a Clarisse le fascina su trabajo. Mientras niños y adultos dibujan en una hoja el ciclo de contaminación oral-fecal, Clarisse se pone a bailar y a cantar, no sea que los asistentes se aburran y se vayan antes de haberse enterado bien de la importancia que tiene la limpieza para evitar enfermedades. De repente la clase de higiene se transforma en una fiesta y las señoras y los señores dan palmas y ríen, mientras alguno se suma al baile, inequívocamente africano, claro está. Así se pasa la mañana. Hay poco que hacer en un campo de desplazados.

Hay unas 450.000 personas desplazadas en el interior de la República Centroafricana, y otras tantas que han huido del país. Muchos están con familias o amigos, otros en campos como este.  No pueden volver a sus casas porque estas ya no existen o porque no se sienten seguros en sus antiguos barrios o pueblos debido a la presencia de grupos armados. Nadege es una de las mujeres que asiste al taller: ‘la vida aquí es muy difícil’, nos dice, ‘pero seguimos viviendo en este lugar porque tenemos paz y calma’. Nadege vive en el sitio con su marido y sus hijos desde hace dos años. ‘En mi barrio hubo masacres y muertes, y por eso huimos’.

El conflicto en el que el país ha caído desde finales del año 2012 ha tenido graves consecuencias en el derecho al acceso al agua potable de los centroafricanos. No sólo para los que han perdido sus casas y dependen de que organizaciones como Oxfam Intermón les provean de agua, duchas o letrinas. Aquí los hogares tienen dos formas de conseguir agua: la red de suministro oficial, que se limita prácticamente a la capital, Bangui, y que a veces no llega directamente a las casas, sino a fuentes instaladas en las calles, y los pozos. Desde el inicio de la guerra, tuberías, puntos de distribución y otras infraestructuras han sido destruidas y muchos pozos contaminados con los cuerpos de víctimas de la guerra. ‘Y si la población bebe el agua de esos pozos’, apunta Clarisse, ‘te puedes imaginar lo que viene después. Las epidemias pueden desatarse en cualquier momento’.

Clarisse explica que son los propios desplazados los que integran buena parte de la fuerza laboral contratada por Oxfam Intermón en los sitios.  Ellos se ocupan de promover la higiene, de vigilar los puntos de agua, de limpiar las letrinas o de recoger los residuos.

Trabajar en los sitios para personas desplazadas es para Clarisse una manera de conocer a sus compatriotas. ‘Este trabajo me ha permitido conocer quién soy yo y quién es la población’. Sonríe mirando al cielo y añade: ‘A fuerza de trabajar con ellos, se establecen relaciones, conexiones. Por eso cuando estoy en casa echo de menos a los desplazados’.

María José Agejas es periodista. Forma parte del equipo de Oxfam Intermón en República Centroafricana.

La economista que sentía vergüenza por lavarse el pelo

Por Marta Val

Tengo una caldera que tarda en calentar el agua. Hay que dejar abierto el grifo hasta que sale el agua de la ducha a la temperatura deseada. Tengo prisa y esos minutos de espera se me hacen eternos. Esta mañana se me ocurrió cronometrarlos: cada mañana mi ducha está sacando agua a presión durante 4 minutos. O lo que es lo mismo, por el grifo de mi ducha salen unos 75 litros de agua durante este tiempo. Esa es la cantidad de agua que, según los indicadores Sphera que utilizamos en situaciones de emergencia, necesita una familia de 5 miembros durante todo un día. Y yo todavía no he empezado a ducharme, sólo estoy esperando que el agua se caliente.

Una mujer transporta agua en un barrio de Bria (República Centroafricana). Imagen de Pablo Tosco / Oxfam Intermón.

Una mujer transporta agua en un barrio de Bria (República Centroafricana). Imagen de Pablo Tosco / Oxfam Intermón.

Es increíble cómo somos capaces de aprovechar el agua cuando no nos sobra. En la cuidad siria de Salamiyah, donde Oxfam está trabajando en un proyecto de mejora de acceso agua potable, Razam, una economista de 30 años cuenta cómo, desde que comenzó el conflicto, tener agua se ha convertido en su obsesión; siempre ha disfrutado de agua corriente en su hogar, pero desde que la guerra afectó a su ciudad, los cortes de agua han sido continuos. A veces se  quedan hasta un mes sin servicio.  Ella explicaba lo culpable que se siente cada vez que se lava el pelo (lo ha reducido a dos veces semanales) y siempre utiliza dos baldes, de manera que no se desperdicie ni una gota. El agua después se reutiliza para el inodoro. De la misma forma, han conectado la manguera de salida de la lavadora a un depósito, donde almacenan el agua con la que lavan después los suelos de toda la casa.

En Bangui, capital de República Centroafricana, en situación de conflicto desde 2013, las mujeres todavía lo tienen peor. Antes del conflicto, sólo una ínfima parte de la población tenía conexión de agua en sus casas. Algunas familias compraban agua en pequeños kioscos esparcidos por la ciudad,  propiedad de la empresa municipal de agua, donde las mujeres llenaban sus recipientes y pagaban en función de la cantidad suministrada, 207 francos o lo que es lo mismo 0,32 euros por metro cúbico. Pero la mayor parte de las familias en Bangui no pueden permitirse este servicio y las mujeres se abastecen  de pozos tradicionales, no protegidos. Algunas de ellas, las menos, utilizaban lejía para desinfectar el agua antes de beberla. En general un acceso a agua potable bastante limitado, sobre todo en términos de calidad.

A partir de 2013 y como consecuencia del conflicto, este endeble sistema de servicio de agua potable se vio seriamente afectado; los kioscos quedaron inservibles, algunos fueron directamente atacados  y la mayoría quedaron fuera del perímetro de seguridad de la población. Lo mismo pasó con los pozos tradicionales, los pocos que quedan accesibles por seguridad están todavía más contaminados, y tratar el agua ya no es para nadie una prioridad. A eso se suma un aumento de la tensión ya existente alrededor de los escasos puntos de agua accesibles. En conclusión, antes del conflicto el acceso a agua potable era muy limitado; después del conflicto  es inexistente; prácticamente ya nadie tiene agua potable en Bangui.

Y aquí, como en tantos otros países, la mujer tiene el rol y la responsabilidad heredada de buscar y traer agua a la familia. Y cuando las fuentes de agua ya no son accesibles y  encontrar agua es una necesidad, ellas son capaces de todo con tal de conseguirla. He visto una mujer con un bebé a la espalda llenar una garrafa con un cacito de metal, cogiendo cuidadosamente, con mucha calma, el agua de un charco de lluvia en la cuneta de una carretera.

Como Razam, que se siente culpable por lavarse el pelo, siento que estos testimonios me llevan a un profundo sentimiento de vergüenza y de rabia. Voy a reciclar los 75 litros que se me van por el desagüe cada mañana antes de la ducha. Y también dar a conocer todo lo que puede hacerse para resolver esta situación, a través de proyectos de agua potable en situaciones de emergencia. Sé que es muy poco, casi ridículo ante realidades tan aplastantes. Pero debe ser mi forma de contribuir a entender mejor el privilegio que tenemos cada día cuando disfrutamos del agua.

Marta Val es experta en proyectos de cooperación internacional de abastecimiento de agua, saneamiento y promoción de higiene.

Cómo ser mujer me salvó la vida

Por María José Agejas 

Muriel explica, sin dejar de reír, cómo ser mujer le salvó la vida: ‘si había hombres los sacaban y los asesinaban. Yo tuve miedo, porque tengo el pelo corto. Pensaron que era un hombre, pero me pidieron que me quitara la ropa y vieron mis pechos‘ dice, señalando sus generosas mamas, ‘y me dejaron irme’. 

Muriel en el campo de refugiados de Castor, Bangui. Imagen de Pablo Tosco / Oxfam Intermón

Muriel en el campo de refugiados de Castor, Bangui. Imagen de Pablo Tosco / Oxfam Intermón

Aunque aún sea capaz de reír, Muriel es una de las víctimas de la guerra en la República Centroafricana. En 2013 tuvo que huir de su barrio, arrasado por las milicias. Ahora vive en un campo de desplazados de Bangui. Se trata de una guerra tan olvidada que ni siquiera conocemos cuántos muertos ha dejado. Una guerra que se reaviva como los rescoldos mal apagados y en la que todo vale.

A Muriel aquel día le salvó ser mujer, pero a otras les ha costado caro. Los equipos de Oxfam Intermón en Paoua han escuchado historias de mujeres y niñas atacadas durante sus desplazamientos hasta los pozos o manantiales. Normalmente son ellas las encargadas de este viaje, que en muchos casos se ha alargado, debido al conflicto.

Y es que en esta guerra, que comenzó en 2012, el agua ha sido utilizada como arma. La destrucción de las ya escasas infraestructuras y la contaminación o inutilización de los pozos, de los que se surte buena parte de la población, sobre todo en las zonas rurales, alejan las fuentes de agua de los hogares y fuerzan a madres e hijas a caminar distancias mucho más largas. Es en esos trayectos donde las mujeres nos han contado que han sufrido ataques.

¿Qué hacer cuando esto sucede? Lamentablemente en la República Centroafricana la justicia no funciona, ni para las mujeres ni para los hombres. Fuera de Bangui el Estado brilla por su ausencia, incluyendo el sistema judicial, sustituido cada vez con más frecuencia por la “justicia popular”. Las mujeres no pueden denunciar, ni pueden esperar que la policía o el ejército, cuerpos totalmente desmantelados, les ofrezcan la protección debida.

Ante matrimonios forzosos y tempranos, violaciones, maltratos y asesinatos, de poco les sirve a las centroafricanas tener una presidenta mujer… y feminista. En efecto, Catherine Samba-Panza es la presidenta del  gobierno de transición y tiene un buen currículum como luchadora por los derechos de la mujer. Militó, por ejemplo, en la Asociación de Mujeres Juristas de Centroáfrica, especializada en luchar contra la mutilación genital femenina, de la que es víctima una de cada cuatro niñas en ese país, y trabajó también para Amnistía Internacional en temas de derechos humanos.  Ahora apenas puede aguantarse en la silla mientras ve cómo barrios enteros se vacían de un día para otro al ritmo de los ataques de uno y otro bando.

María José Agejas es periodista. Forma parte del equipo de Oxfam Intermón en República Centroafricana.

¿Tú qué sabes?

Por Lorena Auladell image

¡Cállate! ¿Tú qué sabes? ¡¡Tú no tienes marido!!

A Bernadette (no es su verdadero nombre) su vecina la hace callar, porque considera que al haber sido violada, embarazada por su agresor, dado a luz a su bebé y haber sido repudiada por su marido y encontrarse absolutamente  desamparada, Bernadette no tiene el derecho de darnos su opinión. Después de varios días atravesando la región de Ouham Pende (RCA) y bastantes baches atravesados, hemos llegado al pueblo de Poubati y estamos preguntando a la comunidad cómo se encuentran, cómo ha cambiado su vida desde de los acontecimientos de 2013 (que aún no han cesado) y sobretodo, nos afanamos por intentar encontrar pistas que nos permitan encontrar las más mínimas posibilidades de apoyo y recuperación.

La familia de Jeannette Longayale, de República Centroafricana, refugiada en el sur de Chad. Imagen: Pablo Tosco/Oxfam Intermón

La familia de Jeannette Longayale, de República Centroafricana, refugiada en el sur de Chad. Imagen: Pablo Tosco/Oxfam Intermón

La crisis en RCA es demasiado compleja y para intentar entender este quebradero tenemos que hacer tantas preguntas de tantos aspectos distintos que a veces nuestros interlocutores (las mismas comunidades) se cansan, se nos duermen o abandonan el sitio de puro agotamiento. A veces tampoco saben cómo respondernos a nuestras cuestiones, a veces tan peliagudas y sensibles que consideran que personas como Bernadette no tienen la legitimidad suficiente para manifestarse.

En lo que todos coinciden es que el inicio del “sufrimiento” (textual) viene de tan largo que ni se acuerdan, en RCA nunca existió un gobierno fuerte, con programas, planes o políticas concretas, con una sistema judicial y legal al servicio de los centroafricanos, con sistemas o estructuras sociales que les garantizasen un marco de vida, de hacer, de ser y de convivir. Tampoco este país con un nombre que más bien parece una coordenada geográfica que el nombre de una verdadera nación, constaba en las agendas políticas internacionales. Republica Centro Africana hace décadas que es tierra de nadie  y el conflicto civil en el que se encuentra desde finales de 2013, sólo ha venido a agravar si se puede, aún más la situación…y es que en RCA ningún tiempo pasado fue mejor. Se estima que para poder dar una respuesta  a esta crisis son necesario 609 millones de dólares que permitan cubrir las necesidades de  2’7 millones de personas en riesgo y casi 890.000 personas desplazadas o refugiadas

Desde OXFAM Intermón, estamos intentando encontrar pistas para dar respuestas a cosechas enteras perdidas, a ganados enteros robados, a 426.236 personas desplazadas en el propio país (muchas viniendo en la intemperie)  y  460. 542 personas refugiadas en los países vecinos que han perdido todo en la huida, a

personas que no pueden salir de su casa o pueblo  por miedo a ser agredidas o asesinadas, a barrios enteros de casas arrasadas a nivel de suelo, al incremento de mujeres viudas o jefes de familia, repudiadas, al incremento de la malnutrición crónica y a la radicalización de las partes.

Lo estamos intentando y lo vamos a lograr, porque nuestros interlocutores (las mismas comunidades) ya saben cuál es el enemigo a batir y cómo se debe batir. Saben que este no es un conflicto inter-religioso cómo se ha intentado mal retratar, saben que no va a ser a través de las armas y saben que con los brazos cruzados no se consigue nada. Nuestros interlocutores (las mismas comunidades) saben que el hambre la sufren de lejos, la enfermedad es parte de su vida y saben que las nulas escuelas, centros de salud o servicios sociales deberían estar a su servicio. Nuestros interlocutores (las mismas comunidades) saben que su país es rico en materias extractivas, y que los suculentos beneficios no son para ellos, saben que hay algo que “no funciona” y que a medida que pasan los años, su hundimiento parece no tener límites.  Nuestros Interlocutores como Bernadette, saben que a pesar de lo que les diga su vecina, tienen derecho a hablar y a darnos su opinión y nosotros les vamos a hacer saber que les vamos a escuchar.

Lorena Auladell Marín es especialista en acción humanitaria para seguridad alimentaria y medios de vida en Oxfam Intermón.

Cuando la vida queda atrás

@bdelabanda

Por Belén de la Banda 

Con frecuencia me pregunto cómo estará Madeleine Ndeisi, una de las personas que huyeron de la guerra en República Centroafricana en 2013. La conocí en el sur de Chad en septiembre, mientras mis hijos empezaban aquí el curso que ahora termina. Ella había tenido ya muchos meses de sufrimiento. Con 61 años, Madeleine es una persona anciana, sin fuerzas, terriblemente cansada y desorientada, como lo estaría cualquiera que haya perdido en un instante de guerra todo lo que tenía en su vida, en su país. Tampoco era mucho, lo que ella considera necesario:  ‘Allí tenía mi estera, mi comida como el sorgo, alubias, cacahuetes… Todo eso tenía para vivir, pero como hubo la crisis, tuve que irme, y lo incendiaron todo.’

Madeleine Ndeisi en la iglesia de Mainené, donde ha sido acogida tras huir de la guerra en República Centroafricana.

Un grupo de hombres armados entró en su aldea cuando ella había salido al campo. Mataron, quemaron las casas y los cultivos, pillaron el ganado. ‘Los niños tienen fuerza, corrieron. Pero yo no tengo fuerza, caminaba un poco y me caía, otro poco y me caía, así que tuvieron que ayudarme. Me cansaba y me caía‘. El hijo de Madeleine y sus vecinos la buscaron, salvaron su vida y cargándola a sus espaldas la llevaron al otro lado de la frontera de Chad, buscando la seguridad. La suya es apenas una historia más en un entorno de desastre: salvar la vida no ha significado asegurar la supervivencia.

Su hijo tuvo que seguir camino hacia N’Djamena, pero Madeleine no podía continuar. En Mainené, el pueblo al que llegó, la comunidad hizo un gran esfuerzo para acoger a todos los que llegaban aterrorizados, agotados de caminar de noche, traumatizados. La hospitalidad africana es norma, y además muchos de los habitantes de este pueblo habían tenido la experiencia de huir al otro lado de la frontera. ‘Me acogieron bien en Mainené, por eso estoy aquí. No me quejo de pasar la noche en la iglesia, sino de que nos falta para comer, a nosotros y a ellos mismos, aunque nos han acogido bien.

Junto a Madeleine está todo lo que tiene ahora mismo en el mundo: una estera donde dormir, y un par de mantas. Al pueblo le gustaría poder hacer más por los refugiados, pero los recursos son muy limitados, desde los pozos que se secan cuando no llueve suficiente, hasta la escasez de comida. Madeleine ni siquiera puede hacer lo mismo que otras personas refugiadas: no tiene fuerza para trabajar en el campo.

Los días son muy duros para ella, sin nada que hacer y sin fuerzas para hacer nada. ‘Si tengo ayuda, salgo de día, y voy al bosque y cojo hojas silvestres, las cocino y las como.‘ Porque la comida es la principal preocupación del día: ‘La gente del pueblo encuentra también poco para comer. Pero sobre todo nosotros los refugiados tenemos mucho problema para conseguir comida’. 

Los días y los meses pasan rápido. El curso escolar termina aquí después de un año de esfuerzo. No puedo olvidar el peso de los días de Madeleine, la recuerdo y me pregunto cómo habrá pasado la estación seca, si habrá sobrevivido a la dureza de esa vida de refugiada, a la añoranza de esa vida que para ella, en todos los sentidos, quedó atrás.

Belén de la Banda es periodista y trabaja en el equipo de comunicación de Oxfam Intermón.