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El dilema de Ceferina: ser agricultora y no tener qué comer

Por Susana ArroyoSusana Arroyo

Ceferina Guerrero vive rodeada de pueblos fantasma: cerca de Repatriación, en Paraguay, todo el mundo se ha ido. Donde antes había casas, campos y escuelas ahora hay soja (y más soja). ‘¿Ves el cordón de miseria en la capital? Esos que viven en las calles y te piden limosna son campesinos, hermanos nuestros que vendieron su tierra a los sojeros y se fueron a buscar una vida mejor’.

Y no la encontraron.

En los últimos 10 años, 900.000 personas han sido expulsadas del campo paraguayo. Se fueron presionadas por la falta de tierra, de semillas y de trabajo, por la crueldad de las sequías y la escasa inversión pública en la agricultura familiar. Pero sobre todo, se fueron presionadas por la expansión voraz de la soja.

La siembra de ese grano cubre más del 80% de la superficie cultivable del país. Su producción ocupa millones y millones de hectáreas, que generan millones y millones de dólares, que enriquecen a pocas muy pocas familias.

Ceferina es una de las pocas campesinas de Paraguay que no han emigrado a la ciudad por culpa de la invasión de la soja. (c) Susana Arroyo / Oxfam Intermón

Ceferina es una de las pocas campesinas de Paraguay que no han emigrado a la ciudad por culpa de la invasión de la soja. (c) Susana Arroyo / Oxfam Intermón

Digan lo que digan quienes defienden el boom sojero, el panorama no es bueno: muchas familias campesinas sin parcelas, muchas propiedades en pocas manos, riqueza mal distribuida y grandísimas extensiones sembradas de un producto, que lejos de satisfacer la demanda nacional de alimentos, se exporta a Europa y China, donde se utiliza como forraje o es convertido en combustible.

¿Qué hacer entonces? A sus 63 años, Ceferina enfrenta un dilema: Irse o quedarse. Vender o conservar su tierra, una parcela de cinco hectáreas que ya ni siquiera logra alimentar a su familia, debido al deterioro de los suelos y al alto precio de las semillas, abonos y herramientas de cultivo.

Si la vende y se va, tendrá dinero en efectivo, pero perderá su casa y su terreno, que aunque pobre, algo de maíz puede darle. ¿El riesgo? Que lo ganado por la venta no le alcance ni para vivir ni para comer.

Si la conserva y se queda, no tendrá ingresos, pero al menos protegerá su patrimonio. ¿Los contras? Su salud puede resultar afectada por las fumigaciones y el consumo de alimentos contaminados por agroquímicos. Las enfermedades gástricas aumentan durante la siembra de soja y las respiratorias, durante la cosecha.

¿Qué harían ustedes?

Ella parece tenerlo claro: ‘Vender nuestras tierras no es la solución. Necesitamos propiedades y más y mejores recursos para sembrarlas. La parcela que no se siembra, se pierde’.

Pero luego duda y tras un silencio largo, añade: ‘bueno, en realidad creo que no tengo alternativa, lo mío no parece un dilema, sino una condena’.

 

Susana Arroyo es responsable de comunicación de Oxfam en América Latina. Tica de nacimiento, vive en Lima. Pide que cambiar el mundo nos valga la alegría, no la pena.

Lo que sí cambia: mujeres campesinas al frente

Por Carolina ThiedeCarol 2013-1

Mientras marchaba por el centro de Asunción (Paraguay), junto a una multitud variopinta de sindicalistas, hombres y mujeres del campo, estudiantes e indígenas, vi subir a la tarima central a Cynthia González, joven lideresa campesina de 23 años. Ella iba a pronunciar uno de los discursos centrales de la protesta contra el Gobierno de Horacio Cartes, convocada al cumplirse un año de su gestión.

Quienes luchamos por la igualdad de género en Paraguay y en tantos otros lugares sabemos que el trabajo necesita ser radical, pero también cotidiano y persistente, básicamente porque los avances son lentos. Por eso es bueno reconocer y festejar lo que sí cambia. Eso pensé emocionada cuando escuché a Cynthia, esa chica tan joven, hablarle con toda su fuerza a las miles de personas movilizadas.

La lideresa campesina, Cynthia González, durante la manifestación del 15 de agosto de 2014 en Paraguay contra las políticas del Gobierno de Horacio Cartes. (c) Luis Vera

Cynthia González durante la manifestación del 15 de agosto de 2014 en Paraguay contra las políticas del Gobierno de Horacio Cartes. (c) Luis Vera

Desde su tarima, Cynthia exigió tierra y trabajo para el campo, denunció las fumigaciones con agroquímicos que envenenan comunidades enteras y la violencia estatal que permite el asesinato impune de campesinos, cuyo máximo ejemplo es el conocido caso Curuguaty. Su rostro decidido me reflejó el de tantas otras jóvenes campesinas, que pelean por un futuro que no las obligue a huir de sus tierras. Cynthia habló en nombre de la CONAMURI, organización de mujeres campesinas e indígenas que lleva 15 años de trayectoria rupturista en un espacio donde los dirigentes suelen ser hombres.

Paraguay es un país marcado por una historia de desigualdad en la tenencia de tierra, fruto de las “tierras malhabidas” apropiadas irregularmente durante la dictadura militar y el avance desmedido del agronegocio, que actualmente expulsa a familias y jóvenes del campo a los cinturones de pobreza de las principales ciudades. Por eso la lucha campesina organizada es el puntal de resistencia antisistema que nos da esperanza.

La visibilidad de sus líderes mujeres no se queda en lo simbólico. La Federación Nacional Campesina, una de las organizaciones rurales mixtas más poderosas del país, está liderada hoy por una mujer, como consecuencia de la promoción de liderazgos femeninos y la generación de políticas de género al interior de este y otros espacios organizativos. Muy diferente a lo que pasa en los partidos políticos, progresistas o conservadores, y en los cargos electivos: sólo 16,8% de parlamentarias en Paraguay.

Creo que el cambio real llega desde abajo, desde la gente que trabaja por ese otro mundo posible. Por eso tantos campesinos organizados en Paraguay entienden, no sin dificultades, que la defensa de la tierra y su derecho a cultivarla pasa también por la igualdad para las mujeres, esas “avanzadoras” que transforman el mundo.

 

Carolina Thiede es responsable de Comunicación de Oxfam en Paraguay. Feminista porque cree que lo personal es siempre político. Pregunta todo el tiempo “¿ya firmaste por Curuguaty?

La campesina y el presidente

Por Susana ArroyoSusana Arroyo

Dolores nos recibió con su bebé de poco más de un año, sentada en el patio de una casa de madera que alguien del pueblo tuvo a bien prestarle. Esa vivienda perdida entre potreros, de tablones viejos, ajena y sin ventanas, es su hogar, pero también su cárcel. Como a muchos hombres y mujeres rurales de Paraguay, a Dolores la lucha por la tierra le costó su libertad.

Tiene dos hijos y vive en prisión domiciliaria con Luis, su compañero. Les acusan de participar en un enfrentamiento en Marinakue, las tierras del Estado en las que se habían instalado y que según las leyes paraguayas debe ser para las familias campesinas sin tierra. “Queríamos construir nuestra casa, trabajar la tierra. Pero salió mal. Nos dijeron que nos iban a dar ya la tierra, pero no fue así”.

 

Dolores Peralta en la casa donde permanece en arresto domiciliario en el municipio de Curuguaty (Paraguay) (c) L. Hurtado / Oxfam Intermón

Dolores Peralta en la casa donde permanece en arresto domiciliario en el municipio de Curuguaty (Paraguay) (c) Laura Hurtado / Oxfam Intermón

Nuestra conversación con ella estuvo marcada por una mezcla de esperanza y abatimiento. Y por sus lágrimas contenidas, por su mirada perdida -o encontrada- en los ojos de su pequeño. Parecía estarle prometiendo el futuro que a ella y a Luis se les escurre entre los dedos.

Y es que Dolores bien podría llamarse Fortalezas. Esa mañana nos habló de sus miedos, sus sueños y sus pesadillas. Lloró, sonrió y hasta llegó a ilusionarse: “Sí, hagamos esa campaña mundial para exigir nuestra tierra, así sentiré que no estamos solos”.

Pero de todas las preguntas que le hicimos, sólo una le cambió realmente el semblante. Se sentó derecha, elevó el tono, habló con una firmeza tajante, con coraje.

¿Qué le dirías al presidente Horacio Cartes si lo tuvieras delante?

– He imaginado muchas veces ese momento y si le encuentro le voy a decir muchas cosas. Que somos trabajadoras, que fuimos a esa tierra para trabajarla, para tener cosas que vender, un ingreso para ayudar a nuestros hijos. No somos haraganes. Trabajamos siempre para comer. Al presidente le pedimos que venga a ver cómo vivimos acá, a ver cómo estamos luchando. Queremos que venga, hablar con el que manda.

No podíamos lanzar la campaña Jóvenes sin Tierra = Tierra sin futuro sin contar la historia de Dolores. Y el presidente paraguayo no debería gobernar sin escucharla y garantizar, de una vez por todas, sus derechos.

Pero Cartes sigue en silencio. ¿Qué pasará por su cabeza? ¿Qué le diría él a Dolores si la tuviera delante? ¿Cómo sería esa conversación entre la campesina y el presidente?

 

Susana Arroyo es responsable de comunicación de Oxfam en América Latina. Tica de nacimiento, vive en Lima. Quiere que cambiar el mundo nos valga la alegría, no la pena.

 

Pedagogía frente a las inundaciones en Paraguay

Por Laura Hurtadolaura

Paraguay sufre las peores inundaciones de su historia. En la capital, el río ha crecido siete metros y medio y ha arrasado los barrios más humildes, conocidos como El Bañado por encontrarse justamente en la parte ribereña de la ciudad. En total ya se han evacuado 80.000 personas en campamentos improvisados, mientras crecen las críticas ante la escasa e ineficaz actuación del Gobierno.

Inundaciones en el Bañado Sur de Asunción. Imagen del video Gloria y la lluvia.

Inundaciones en el Bañado Sur de Asunción. Imagen del video Gloria y la lluvia, del proyecto Chake Ou

A pesar de ser una zona inundable, aquí viven unas 150.000 personas, cifra que no para de aumentar debido a la emigración creciente del campo a la ciudad. Es el caso de Ofelia que vino en busca de una vida mejor hace casi 20 años. En Asunción gana diez veces más que en su pueblo del interior. En el barrio de El Bañado se construyó una casa preciosa y creó una familia, pero en 1997 ya tuvo que trasladarse a un albergue por culpa de las inundaciones. Cuando la conocí, estaba sacando los muebles de su casa con el agua hasta los tobillos por segunda vez en su vida. Estaba muy afectada, pero no se quejaba. En el fondo, sabe que es afortunada porque sus vecinos de las partes más bajas sufren inundaciones casi cada año.

Y lo sabe porque Ofelia es una de las personas encargadas de ayudar a la gente del barrio cuando se producen este tipo de catástrofes, en el marco del programa que desarrollan Oxfam Intermón, Cruz Roja y Plan Internacional, en colaboración con el PNUD en Asunción, y con la financiación de la Unión Europea. Este proyecto se llama Cháke Ou (“Cuidado que viene” en guaraní), y forma a personas como Ofelia para que hagan pedagogía con sus vecinos. Por ejemplo, tienen que enseñarles a identificar los riesgos, a abandonar sus casas y buscar sitios seguros antes de que sea demasiado tarde. La inmensa mayoría son mujeres.

¿Por qué se escogen principalmente a mujeres para estas tareas?’, pregunto. La respuesta que obtengo me deja desconcertada. Las mujeres con hijos y con casa propia son las que más se implican y las que consiguen que el mensaje se replique mejor. Eso les supone una enorme carga, que se suma a la que ya tienen en casa y en el trabajo, pero garantiza que la gente de la comunidad sea consciente de la importancia de actuar a tiempo y de luchar por un barrio en el que se pueda vivir dignamente. En definitiva, ellas son las que marcan el camino para una vida mejor en este lugar olvidado por las autoridades. Que no es poco. Y además aprenden a ser escuchadas y respetadas, que también es un gran logro.

 

Laura Hurtado es periodista y responsable del proyecto Avanzadoras de Oxfam Intermón.

Ramona: 20 años y un desalojo

Por Susana Arroyo Susana Arroyo

A sus 20 años, Ramona González conoce el amor, la resistencia y la muerte.

Nació en una familia campesina paraguaya, pero la falta de tierra y oportunidades la hicieron marcharse a la ciudad. Trabajó varios años como empleada doméstica, tuvo un niño, se enamoró y regresó a su comunidad para reclamar su derecho más básico: una vida digna.

Ramona con otros jóvenes paraguayos. Imagen: Susana Arroyo / Oxfam Intermón

Ramona con otros jóvenes paraguayos. Imagen: Susana Arroyo / Oxfam Intermón

La mañana del 15 de junio de 2012 madrugó, como cada día, para ir a limpiar el campo. Junto a su compañero y otras decenas de familias jóvenes preparaban el terreno donde sembrarían su futuro.  De repente helicópteros, hombres armados, un tiroteo; gente corriendo, gritando, muriendo.  Tomó a su niño en brazos y salió corriendo hacia el bosque.

Alguien había dado la orden de desalojar la finca pública  Marinakue, esa donde Ramona y su gente estaban trabajando.  Murieron seis policías intervinientes y once labriegos.  En un país donde cientos de personas campesinas han sido ejecutadas en los últimos 25 años, más que un desalojo, aquello parecía un exterminio.  Una semana más tarde, el parlamento paraguayo usó la masacre de Curuguaty para acabar el mandato del presidente de entonces, Fernando Lugo.

La historia esta joven, la de su comunidad y la del mismo Paraguay, habían cambiado para siempre.

Han pasado dos años desde entonces y una mezcla de dolor y determinación marca el gesto y las palabras de Ramona. ‘Vinimos por comida y por trabajo y terminamos con nuestros familiares muertos, perseguidos o encarcelados. No descansaremos hasta que el gobierno nos devuelva la tierra y la libertad. Quiero de vuelta a mi marido y a la vida que soñamos juntos’.

La primera vez que hablamos fue cuando preparábamos con ella y toda la comunidad la campaña “Jóvenes sin tierra = Tierra sin futuro”.  Su imagen era la de una mujer que no había tenido tiempo para ser joven, que había estado ocupada intentando sobrevivir.  La segunda vez sonreía, brillaba.  Era el día que hacíamos público nuestro proyecto. Estaba rodeada de jóvenes que, luego de conocer su historia, habían firmado la petición que lanzamos para que el presidente de Paraguay entregue la finca de Marinakue a Ramona y las familias y jóvenes de Curuguaty.

Las firmas de esas muchachas y muchachos –que tuvieron la suerte de nacer en otro Paraguay- tienen mucho poder.  Lograrán que el gobierno escuche y otorgue esas tierras públicas a quiénes llevan años reclamándolas, pero ya lograron, quizá, el más importante de los cambios: revivir en Ramona algo de la esperanza que la injusticia y la desigualdad de su país llevan años masacrando.

 

Susana Arroyo es comunicadora y trabaja en Oxfam Intermón 

Paraguay: soja, tierra y poder

Por María Luisa Toribio María Luisa Toribio

Alicia Amarilla es de Paraguay: un país agrícola con suelos fértiles y abundante agua, pero con una población campesina sumida en la pobreza. Desde muy joven se involucró en la lucha contra el acaparamiento de tierras y en la actualidad es representante de la Coordinadora Nacional de Organizaciones de Mujeres Trabajadoras Rurales e Indígenas (Conamuri). Hace unos meses tuvimos ocasión de hablar con ella en este espacio, con motivo de una visita a Madrid.

Cultivo de soja en Paraguay. Imagen de Pablo Tosco

Cultivo de soja en Paraguay. Imagen de Pablo Tosco

Como en otros países de América Latina, la tierra está en manos de latifundistas (el 2% de los propietarios posee el 85% de la tierra). Un modelo que se intensificó durante la dictadura de Stroessner con el reparto ilegítimo de prebendas y tierras. Fue también en aquellos años –en la década de los 70 del pasado siglo– cuando el cultivo de soja comenzó a invadir el país, asentándose un modelo agrícola mecanizado y destinado a la exportación, a costa de la agricultura campesina que alimentaba a la población.

La colonización de las tierras se completó años después con la llegada de la soja transgénica de Monsanto. Las semillas modificadas genéticamente son la forma de hacerse con el control de la producción y venta de semillas. Este y no otro es el objetivo de la agricultura transgénica.

La soja se ha convertido en el principal cultivo del país. En torno a ella, un conglomerado de terratenientes y empresas multinacionales obtienen ingentes beneficios. Poseen la tierra, controlan todo el negocio (semillas, plaguicidas, fertilizantes, maquinaria, transporte de la cosecha…), son dueños de infraestructuras (silos, puertos, fábricas), controlan la exportación… ¡Es el agronegocio en estado puro!

Paraguay es el cuarto exportador mundial de soja. Europa recibe más de la mitad de su producción. ¿Su destino? producir piensos para el ganado y agrocombustibles. Para ello, Paraguay ha pagado un alto precio: más pobreza, familias campesinas expulsadas de la tierra, asesinatos de dirigentes campesinos, deforestación y pérdida de biodiversidad, fumigaciones con plaguicidas tóxicos que envenenan la tierra, el aire el agua… y las personas.

Este asalto a las tierras campesinas no habría sido posible sin el apoyo de la clase política asentada en el poder durante décadas. Un pequeño paréntesis durante la presidencia del depuesto Fernando Lugo suscitó esperanzas. Se dieron tímidos pasos que no gustaron al agronegocio. La gota que colmó el vaso fue la negativa del Gobierno a autorizar la entrada de nuevos cultivos transgénicos. La prohibición duró poco, autorizarlos fue una de las primeras medidas del nuevo Gobierno, tras la rápida destitución del presidente Lugo en extrañas circunstancias en 2012. El país volvía a la “normalidad”.

A pesar de todo, las organizaciones campesinas, entre las que se encuentra Conamuri, no han claudicado. Siguen luchando por recuperar la tierra y por mantener las semillas que les han alimentado tradicionalmente. Porque el derecho a la alimentación pasa por el derecho a la tierra y a las semillas. Alicia Amarilla nos habla de ello en esta breve entrevista.

El 24 de mayo es la Jornada Mundial contra Monsanto. Habrá actividades en todo el mundo para denunciar las prácticas de esta compañía. Más información: Paraguay, un país devorado por la soja. Le Monde Diplomatique en español. Enero, 2014

María Luisa ToribioBióloga y activista, con una mirada global al mundo que me lleva a implicarme en causas como el medio ambiente, la pobreza, los derechos humanos, las poblaciones indígenas… Convencida de que las múltiples crisis que vivimos tienen raíces comunes y de que toca impulsar cambios profundos. 

El patio de Alba, sin rosa ni azul

Por Eva MoureFoto Eva Moure

Lo primero que vi cuando entré al patio de Alba fue una carretilla de color lila apoyada sobre un poste, una de esas carretillas de currante,  para trajinar trastos. Era el recuerdo de una reunión de mujeres en la que había participado. Pensé que era un buen símbolo para Alba: trabajadora, decidida, sensible y muy consciente de su condición de mujer campesina, con tantas ganas de crecer como la caña de azúcar de su pequeña plantación, a 60 km de la capital, Asunción.

 

Antes de viajar ir allí, lo que sabía sobre Paraguay se reducía a unos cuantos datos: población que habla guaraní, sin salida al mar, una dictadura tan larga como la española que duró hasta el 89 y, en los últimos años, uno de los países más sexys para la inversión extranjera, sobre todo para empresas que buscan tierra buena- bonita- barata donde plantar soja, maíz y otros productos para la exportación. Como trabajadora de Oxfam Intermón, también sabía que en el departamento de Arroyos y Esteros de Paraguay está Manduvirá, una cooperativa azucarera de comercio justo  que es un referente de organización ejemplar desde que hace 40 años plantó cara a la empresa local que esclavizaba a los trabajadores y apostó por el asociacionismo, el desarrollo ecológico y la producción en pequeñas fincas. Dicen de sí mismos que están haciendo una ‘revolución dulce’, asegurando que los socios reciben semanalmente la paga por su producción, dando servicio técnico, crédito,  asistencia sanitaria y educativa, además de fomentar la participación y la negociación colectiva. De las 1.700 personas que forman hoy la cooperativa, el 44% son mujeres. Y Alba es una de ellas. Por eso tenía ganas de conocerla, a ella y a otras socias de la cooperativa.

 

Alba Zaracho en un momento de descanso tomando mate con su madre. (c) Pablo Tosco / Oxfam Intermón

Alba Zaracho en un momento de descanso tomando mate con su madre. (c) Pablo Tosco / Oxfam Intermón

 

Le pedimos a Alba, que tiene 35 años, no se ha casado, juega al voleibol y le gusta el fútbol, que nos cuente. Nos dice que está activamente implicada en la cooperativa. Cree en ella. Su padre vendió durante toda su vida la producción de caña a la empresa que ostentaba el monopolio local y pagaba arbitrariamente (cuando pagaba) a los trabajadores. Asociarse a Manduvirá el año 2006 fue un salto evolutivo. “Ahora tenemos más ingresos y con ese dinero podemos hacer muchas cosas más: invertir en la finca, comprar algunas cositas para la casa, estudiar, ir al oculista…”. A pesar de que la cooperativa fomenta la igualdad de género, nos cuenta que a los hombres no les gusta que las mujeres hagan trabajos en las fincas, “aunque las socias productoras se manejan muy bien”. Ella tiene una huerta para autoconsumo que trabaja ella misma y una pequeña finca con caña de azúcar para la que contrata jornaleros en época de la cosecha. Su clave para que hagan las cosas como ella quiere es “cómo les tratas”: con respeto pero firme, con las cosas claras. Exige, pero a cambio les paga un poco más. No hace bandera de ello, simplemente lo cuenta como su manera de trabajar en un entorno de hombres que al principio no la dejaban jugar con ellos a volei. Como en el patio de una escuela antigua, en rosa y azul.

Con Alba, como con tantas otras mujeres que empujan hacia adelante, me vuelve a la cabeza la habitación propia de Virginia Wolf. Decía que la libertad intelectual depende de lo material. Sin usar la palabra empoderamiento, Wolf señaló con el dedo que sin autonomía económica y sin espacio propio, la mujer no podía ser libre. El próximo reto de Alba es conseguir un trabajo en la fábrica que Manduvirá inaugura el 25 de abril, un hecho histórico: una cooperativa de pequeños productores que construye una fábrica para poder procesar su propia producción de azúcar. En un país que no ha levantado una fábrica desde hace más de 40 años. Bravo.

 

Eva Moure es periodista y trabaja en Oxfam Intermón

Alicia Amarilla: “Alimento sano, pueblo soberano”

Por Laura Martínez Valero  Laura Martínez Valero

Semilla: inicio y origen de la vida. Semilla, alimento. Semilla, semilla, semilla, futuro. Físicamente, una semilla es un granito de maíz o una pipa de girasol, pero en potencia es mucho más. Como defiende la Campaña Alimentos con Poder de Oxfam Intermón, son derechos, igualdad, educación, libertad. Quien controle la semilla, controlará su desarrollo y sus beneficios. Y, como siempre, los intereses económicos y políticos entran en juego.

De ello es experta Alicia Amarilla, Secretaria de Relaciones de la Coordinadora Nacional de Organizaciones de Mujeres Rurales e Indígenas (CONAMURI) en Paraguay. Ayer, día en que Oxfam Intermón presentó su Informe sobre Hambre, era de obligado rigor que ella estuviera presente para hablar de su experiencia.

En Paraguay, el país con mayor nivel de desigualdad de América Latina (el 80% de la tierra cultivable está en manos del 2% de la población), se ha implantado un modelo agroexportador. Las grandes multinacionales, como la estadounidense Monsanto, acaparan la mayor parte de tierras y agua para destinarlas a monocultivos orientados a la exportación, como la soja, acabando así con la biodiversidad y con la fuente de alimento de los campesinos y campesinas. Para ello, en muchos casos, expulsan a los campesinos de sus tierras de forma violenta.

Además de acaparar tierras, estas empresas promueven el uso de semillas transgénicas, es decir, modificadas genéticamente. “Están patentando nuestra semilla y privatizándola. Nos están arrebatando nuestros medios de subsistencia, nuestro medio de vida”. Son propiedad de las empresas y para usarla los campesinos deben comprarla cada año, lo que les puede llevar a la ruina. Y en un país con una alta tasa de feminicidios, el aumento de la pobreza está generando aún más violencia contra las mujeres, como denuncia Alicia.

Alicia Amarilla ayer durante la rueda de prensa y posterior entrevista en la sede de Oxfam Intermón en Madrid. (c) Ana Sara Lafuente / Oxfam Intermón

Alicia Amarilla ayer durante la rueda de prensa y posterior entrevista en la sede de Oxfam Intermón en Madrid. (c) Ana Sara Lafuente / Oxfam Intermón

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Por otro lado, las semillas transgénicas son resistentes a los herbicidas, que suelen vender también los fabricantes de semillas transgénicas para que todo quede en casa, pero a un coste muy alto. “A través de la plantación transgénica que viene con su paquete tecnológico agrotóxico, la mujeres paraguayas nos vemos muy afectadas. Tenemos miles de mujeres con cáncer de cuello uterino, de mama, niños con leucemia, niños malformados… Y eso significa que las mujeres son responsables de esos hijos malformados”.

Las mujeres tienen un papel muy importante en el mundo del rescate y cuidado de las semillas. “Para trabajar en la tierra hay saber mucho sobre cada semilla. Las mujeres campesinas podemos hablar con propiedad. Hay compañeras que se van a casa y se pelean con el marido porque él quiere usar Matatodo o Roundup. Desde el Estado, el Ministerio de Agricultura ‘agarra’ a los hombres y les mete en la cabeza que lo mejor son las semillas transgénicas, los agrotóxicos… Sin embargo, las mujeres campesinas no están en esa situación porque históricamente alrededor de su casita siempre tienen verdura y fruta, y alimentan a su familia de esa producción, orgánicamente”.

Alicia me contó ayer que tienen un dicho: “alimento sano, pueblo soberano”. Y por ello, las mujeres de CONAMURI intentan solventar esta situación mediante incidencia política: presentan proyectos de ley de derecho a la alimentación, de defensa de las semillas nativas, y en contra de la violencia y la discriminación de las mujeres. “La alimentación de nuestro pueblo es fundamental porque significa que nos vamos empoderando y vamos resistiendo con nuestro patrimonio, que es la semilla. Porque la semilla es nuestra, es del pueblo, no es de Monsanto, no es de las empresas multinacionales”

Laura Martínez Valero es estudiante de Periodismo y Comunicación Audiovisual. Colaboradora del equipo de comunicación de Oxfam Intermón.

La huerta de Cristina o la libertad de elegir

Por Verónica Heilborn Verónica Heliborn

Cuando conocí a Cristina mientras cargaba el carro con productos de su huerta para venderlos en la feria de San Pedro, como cada miércoles, no pude menos que celebrar sus conquistas. De ser una mujer que trabajaba sola en la huerta y sacaba unos pocos productos para alimentar a su familia, se había convertido en una agricultora que trabajaba de manera organizada con otras agricultoras y agricultores de la zona, con acceso a formación, con posibilidades de mejorar su huerta y su vida, con un carro de caballos para recorrer semanalmente, junto a varias vecinas, los 7 km que separan su casa de la feria en el centro de la ciudad. Esto, en un país tan desigual como Paraguay, era y es un salto cualitativo gigantesco.

Después de un par de años acudiendo a la feria, la venta semanal de tomates, pimientos, lechugas, maíz, queso y judías, le han permitido obtener ingresos estables, invertir en su parcela, haciendo que sus hijas e hijos completen sus estudios secundarios, mejorando la variedad de alimentos en el menú familiar, y contando con un mínimo ahorro para imprevistos. Me lo contaba con orgullo y alegría, confesando haber pasado incertidumbres y complicaciones. A pesar de la cuesta arriba, Cristina, labrando, cultivando alimentos sanos y sabrosos, consiguió autonomía económica, que no es ni más ni menos que ganar márgenes de libertad para decidir.

 feriantas que participa cada semana en el mercado (feria) de San Pedro.

En un país tan desigual como Paraguay, tener autonomía económica es sinónimo de libertad. (c) Pablo Tosco / Oxfam Intermón

Tras conocer de cerca a Cristina, sé que detrás de cada ensalada y cada guiso que preparo, hay varias mujeres como ella que han criado con cuidado cada verdura, y que a través de cada kilo de pimientos y maíz que compro en los mercados y ferias de productoras, estoy pidiendo que persista y mejore la pequeña agricultura, y que muchas mujeres agricultoras sean más independientes, más fuertes y un poco más libres para elegir lo que quieren.

Creo que tuve mucha suerte de aprender relativamente pronto que para tener iguales derechos que los hombres y hacer cosas que la tradición reservaba para ellos, era imprescindible ser económicamente independiente, es decir, ganar mi propio dinero. A lo largo de los años me fui encontrando con mujeres que se habían visto atrapadas en situaciones que nadie elegiría: ser madres muy jóvenes o de muchos críos, tener un marido o pareja ausente… o sin amor, con empleos indignos, con deudas insalvables, incluso con una combinación de todas de las anteriores. Pero no fue hasta que conocí a las mujeres feriantes de San Pedro de Ykuamandyju -en el norte de Paraguay-, cuando comprendí con cuánta fuerza la autonomía económica podía darnos libertad.

Viviendo en un país tan desigual, en zonas rurales con apenas servicios públicos, ser mujer agricultora es, de partida, un camino cuesta arriba. Mal que nos pese, vivimos en una cultura machista, que hace miopes -y hasta ciegos- tanto a los técnicos del Ministerio de Agricultura, que ven a las mujeres como cuidadoras y no como productoras, como a la banca pública y privada, que “arriesgan” muy poco en créditos para mujeres emprendedoras.

 

Verónica Heilborn es responsable del programa de Medios de Vida de Oxfam en Paraguay. 

María, la productora de poder

Por Susana Arroyo Susana Arroyo

Sacos en mano, machete en cintura y un bebé de meses colgando en sus caderas. María Inés Dávalos nos estaba esperando para mostrarnos su parcela. “¿Nos vamos? Tenemos mucho que ver y hay que regresar antes del almuerzo”. Su juventud me sorprendió tanto como su firme y serena claridad. A sus 24 años María es agricultora, estudiante, lideresa comunitaria, madre y defensora de las mujeres campesinas.  “Dicen que el campo de Paraguay solo hay gente mayor, pero eso es un mito”.

Recorrimos juntas un terreno fértil, sano, diverso… y propio, algo casi imposible en su país, donde el 85% de la tierra está en manos del 2% de la población. “Mi abuelo logró comprar esta propiedad a un banco que era dueño de casi toda la zona, pero ahora los vecinos nos estamos organizando para no perderla, usted sabe, para prohibir que entre la soja“. Paraguay es uno de los mayores productores y exportadores de soja del mundo y las casi 4 millones de hectáreas que dedica a este producto están acabando con los bosques y la tierra para el ganado y pequeña agricultura familiar.

María, estudiante, campesina y lideresa, explica que no hay futuro sin tierra, ni tierra sin alimentos, ni alimentos sin poder. (c) Luis Vera

María, estudiante, campesina y lideresa, explica que no hay futuro sin tierra, ni tierra sin alimentos, ni alimentos sin poder. (c) Luis Vera

Si perdiera su tierra, el destino de María sería migrar a los barrios marginales de Asunción (capital de Paraguay), como tuvieron que hacerlo ya miles de campesinos y campesinas. Si lograra quedarse, seguiría construyendo la vida a la que tiene derecho: “Yo sueño con campos repletos de alimentos y donde las productoras tengamos trabajo, donde hombres y mujeres seamos iguales, los jóvenes tengamos educación y salud y ya no tengamos que abandonarlo todo”.

¿Cómo hacer para conservar la tierra entonces? Tras un buen vori-vori (¡y toda una mañana desgranando, cocinando, amamantando y cuidando gallinas!) María me convencía: para conservar las tierras conquistadas hay que cultivarlas.

Alrededor de una mesa con el mismo mantel a cuadros que usaba mi abuelita, me explicó que sembrar alimentos le da comida e ingresos; que los ingresos evitan su depedencia de la soja y le dan autonomía; que la autonomía le da capacidad de decisión; que poder decidir le permite estudiar y ser dirigenta; que la formación y el liderazgo le permiten ser mejor mujer y agricultora; que todo esto le permite tener una relación de tú a tú con los varones de su comunidad y su familia; demostrar que hay formas más igualitarias y justas de vivir y producir.

Para María estaba muy claro: no hay futuro sin tierra, tierra sin alimentos…ni alimentos sin poder. A mí, conocerla me enseñó que no hay poder sin alimentos, alimentos sin tierra… ni futuro posible sin nuestro poder y el de María.

Susana Arroyo es responsable de comunicación de Oxfam en América Latina. Tica de nacimiento, vive en Lima. Quiere que cambiar el mundo nos valga la alegría, no la pena.