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Entradas etiquetadas como ‘cambio climático’

Una bolsa de leche en el desierto

Por Elena Bastidas

El eco de la arena. Este bello título de un libro de poemas del poeta mauritano Abdel Qáde podría resumir lo que me llevé tras mi experiencia conociendo el trabajo de Oxfam Intermón en Mauritania, una labor en la que tanto tiene que ver la ayuda procedente de la Cooperación española.

Un eco que llega hasta España y que no debe dejar de escucharse a través de quienes lo podamos transmitir. Ecos de petición de solidaridad, ecos de la labor bien hecha, ecos de ejemplo en la optimización de recursos, ecos de esperanza.

Las dirigentes de la cooperativa Kossam Arihaara muestran su trabajo a la delegación de diputados españoles. Imagen de Migueltxo Molina / Oxfam Intermón

Mi experiencia personal conociendo los resultados de la cooperación al desarrollo había estado, hasta el momento, vinculada a países de América Latina. Del continente africano solo conocí hace muchos años, Senegal. Ha sido, por tanto, mi primera estancia en Mauritania y llevaba la mochila llena de ganas de aprender, de conocer la realidad de ese país pero sobre todo de comprobar en primera persona el trabajo de organizaciones como esta.

En unas pocas jornadas, pero muy intensas, pude conocer a esos héroes de la ayuda como  Mamadou y tantos otros que saben exprimir con acierto y rigor, los recursos llegados de la solidaridad española. Pude comprobar ese milagro consecuencia del esfuerzo y la voluntad de multiplicar frutos en esos paisajes mayormente desérticos.

Tal vez por ser mujer, me causó especial impacto Kossam Arihaara, una cooperativa de mujeres que lideran el emprendimiento combatiendo la desnutrición, generando recursos y trabajo con esas bolsas de leche que comercializan. Símbolo de nuevo, como en el Antiguo Testamento, de abundancia y creación, las mujeres de Kossam Arihaara ofrecían un testimonio esperanzado, de posibilidad de un tiempo nuevo, de madres pariendo un futuro que vivir y también legar a sus hijos e hijas.

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Luchar contra los elementos

Por María José Agejas

No nacieron con alma de guerreras pero la vida tenía planes para ellas. Habitan en algunos de los puntos del planeta más afectados por el cambio climático y a través de diferentes estrategias, contra todo pronóstico, han logrado plantarle cara. Éstas son sus historias.

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Imagen de Annie Bungeroth / Oxfam

Con esta cara de felicidad, Ipaishe, de Zimbabue, parece no haber sufrido. Pero Ipaishe ha visto morir sus cosechas a causa de las inundaciones y de las sequías. Su peripecia vital la llevó a romper con las tradiciones y lo esperado de ella: tras enviudar y rechazar la imposición de su familia política para que se casara con el hermano de su marido, decidió volver a la casa paterna. Su padre la recibió con los brazos abiertos. Ipaishe se hizo cargo de las tierras de la familia y poco a poco se fue convirtiendo en líder comunitaria: empezó a colaborar con Oxfam para lograr un sistema de irrigación. Desde entonces las cosechas se han incrementado en un 240%.

Recuperó su antigua faceta de profesora para educar a su comunidad en la prevención del SIDA y otras enfermedades y acabó, hace un año, acudiendo a la COP21 de París en representación de millones de agricultores para entregar un millón de firmas a los líderes mundiales. Si Ipaishe no se hubiera rebelado contra la tradición establecida, jamás habría logrado todo esto.

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Imagen de Pablo Tosco / Oxfam Intermón

Ana G´anda tiene 41 años. Es una de las fundadoras del banco de cereales  de su localidad, Chitego, en Tanzania, creado a partir de la hambruna del 98 que sucedió a una fuerte sequía. ‘La gente intentaba cocinar pasto y algunas hierbas del campo’. El banco de cereales sirve para almacenar las cosechas y disponer de ellas gradualmente. Además, el excedente se vende cuando los precios están más altos. Parte de ese dinero vuelve al banco y permite comprar grano cuando el precio baja para volverlo a almacenar.

Así, el banco garantiza la seguridad alimentaria a sus socios, aunque al principio nadie lo apoyaba: ‘Sólo un pequeño grupo entendió la idea, y empezamos a trabajarla’. Gracias a esa visión, Ana no sólo tiene comida para su familia, sino que con los excedentes ha comprado cerdos. La venta de las crías ha pagado la educación de tres de sus hijos y la construcción de su casa. Es el cuento de una lechera a la que el cántaro no se le rompió.

Imagen de Pablo Tosco / Oxfam Intermón

Imagen de Pablo Tosco / Oxfam Intermón

Dorcas Erukudi tiene 40 años y está acostumbrada a las sequías recurrentes en su localidad natal de Naduat, en Turkana, Kenia. Es una de las zonas más expuestas a la zozobra meteorológica que provoca el cambio climático. Dorcas es la tesorera del comité de prevención de riesgos de su pueblo.

Ese comité, creado por 20 personas que se autogestionan y reciben formación de Oxfam, hace préstamos para que la gente emprenda pequeños negocios o actividades que les permitan sobrevivir sin tener que depender de la agricultura. El negocio de Dorcas es una tiendita de comida, algo con lo que nunca se atrevió ni siquiera a soñar. Quiere que sus hijos vayan a la universidad. El comité trata de promover métodos para defenderse de los avatares del cambio climático, pequeños cambios que pueden marcar la diferencia entre la supervivencia y la hambruna: cómo fabricar carbón cuando hay inundaciones, cómo lograr que haya pasto para el ganado en época de sequía.

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Imagen de Oxfam

Un día, la nicaragüense Leonarda Centeno abrió las puertas del conocimiento. Es lo que sintió, explica, cuando se capacitó en técnicas agrícolas y se organizó, sumándose a una federación de mujeres productoras. Ha aprendido cómo nutrir la tierra, conoce la importancia de la reforestación para luchar contra el cambio climático y se muestra orgullosa de utilizar semilla criolla de frijoles. Recibió esta semilla seleccionada en una reunión: explica que otras mujeres presentes en el encuentro la utilizaron para comer, mientras que ella la sembró. Con menos de un kilo de semillas logró 60 de cosecha. ‘Mis hijos han tenido estudios, educación, salud y el pan de cada día‘, explica orgullosa. ‘Ahora yo tomo mis propias decisiones respecto al trabajo’.

Para apoyar el trabajo de estas y otras luchadoras contra el cambio climático, Oxfam Intermón invita a firmar la campaña #YaNoMásExcusas

 

María José Agejas es periodista. Forma parte del equipo de comunicación de Oxfam Intermón.

Las tres vidas de Fati Marmoussa

Por Yasmina Bona

Fati sonreía cuando la conocí y cuando me despedí de ella. Sentadas bajo un cobertizo de paja en el patio de su casa, me explicaba cómo es su día a día en esta zona rural del centro de Burkina Faso, uno de los países más pobres del mundo. Ella es agricultora, mujer y madre. Reúne tres características que la convierten en un perfil muy vulnerable ante los efectos que el cambio climático está provocando en su país. Sequías e inundaciones extremas ponen en peligro la supervivencia de sus habitantes, y las mujeres, especialmente, están en la cuerda floja.

Como el 80% de la población de Burkina Faso, Fati es agricultora y se alimenta gracias a lo que consigue hacer crecer en sus campos. Su vida acumula muchas horas de trabajo cultivando. No fue a la escuela, lo aprendió todo de sus padres, y ahora es ella quien mañana y tarde trabaja en el campo junto a su marido para asegurar que sus tres hijos tengan algo para comer.

Pero en los últimos años, la cesta de Fati está más vacía. El clima ha cambiado, llueve menos y cuando lo hace, la lluvia es tan violenta que provoca inundaciones. Sus cosechas de sorgo y maíz apenas sobreviven a los antojos de un clima cada vez más extremo e impredecible. Las sequías se eternizan y los alimentos escasean. Y entonces, llega el hambre: ‘Vendemos nuestros animales para pagar los cereales, pero aún así tener comida sigue siendo un problema´ comenta Fati sin perder la sonrisa, como tratando de evitar la desesperación: ‘Hubo un momento en el que ya no llegaba a alimentar a mis hijos. No tenía nada más’.

Fati Marmoussa, en su campo de sorgo, en el centro de Burkina Faso. Imagen: Pablo Tosco/Oxfam Intermón.

Fati Marmoussa, en su campo de sorgo, en el centro de Burkina Faso. Imagen: Pablo Tosco/Oxfam Intermón.

En los países más vulnerables a los efectos del cambio climático, las mujeres son las que más padecen sus consecuencias por varias razones relacionadas con su papel en la sociedad. Cuando falta la comida porque la cosecha ha sido mala debido a la sequía o las inundaciones, son las mujeres las que reducen la ingesta de alimentos, con los consiguientes efectos: cansancio y problemas en su salud y en la de sus bebés.
Con 26 años, Fati ya tiene tres hijos, y con ellos tiene que caminar largas horas para acudir al médico cuando enferman. Aunque desde hace un tiempo percibe que las enfermedades se han reducido en su comunidad. La instalación de un pozo de agua potable en Tafgo, donde vive, ha sustituido al estanque en el que antes las mujeres se aprovisionaban de agua sucia que usaban para beber y cocinar. ‘Hubo un cambio positivo en nuestras vidas porque antes bebíamos y cocinábamos con agua del estanque, y teníamos muchas enfermedades’.

Fati recuerda la instalación del pozo como un día de celebraciones entre las mujeres de su pueblo. Ir a buscar agua es una tarea tradicionalmente encomendada a mujeres y niñas, por lo que tener agua cerca, permite a las mujeres ahorrar tiempo que pueden dedicar a otras actividades productivas y a las niñas, poder ir a la escuela.

La malnutrición infantil es uno de los frentes de batalla del país que en los últimos años el cambio climático no ha hecho más que agravar. En la zona del Sahel, castigada con crisis alimentarias recurrentes, unos 5,9 millones de menores de cinco años sufren de malnutrición aguda
Fati participa en talleres para prevenir la malnutrición de sus hijos. La comunidad de Tougouri, donde vive, forma parte de un proyecto desarrollado por la organización local ATAD y Oxfam Intermón para fortalecer la capacidad de adaptación de las personas de las zonas rurales más pobres del país ante unas condiciones climáticas extremas. En las formaciones, madres como ella aprenden a sacar mayor provecho de los alimentos que cocinan para suministrar los nutrientes necesarios a sus hijos en función de la edad, y conocen mejor las normas de higiene que pueden seguir para evitar enfermedades. ‘He cambiado de hábitos respecto a la alimentación de mi familia. Cubro los platos que tienen comida y no los dejo en cualquier sitio. Con las formaciones, tenemos salud’, comenta Fati, que comienza a ser dueña de su propio desarrollo.
Agricultora, mujer y madre africana, Fati tiene todas las papeletas para sufrir mucho ante los efectos del cambio climático. Junto con millones de personas más que viven en el lado más vulnerable del planeta, necesita que nos movilicemos para exigir compromiso. Vidas como la de Fati deberían estar sobre la mesa en la cumbre de Cambio Climático de Marrakech, para que quienes más contaminan se hagan cargo de su responsabilidad. El cambio climático es un fenómeno más de desigualdad: afecta más a quienes tienen menos. Pero podemos pararlo.

Yasmina Bona es periodista y trabaja en el equipo de comunicación de Oxfam Intermón. Ha viajado a Burkina Faso para conocer directamente cómo sufren las comunidades campesinas del centro del país las consecuencias del cambio climático.

El sexto sentido de las mujeres para los desastres

 

Por Cristina Niell

Cuenta Svetlana Aleksiévich en su libro “Los muchachos del zinc” que las madres de combatientes rusos presentían la muerte de sus hijos. ¿Será cierto que hay un sexto sentido? ¿Qué las mujeres lo poseemos? ¿Y que es lo que siempre se han llamado intuición femenina? Hay una cantidad ingente de literatura pseudocientífica en la red a favor y en contra de ello.

Leía un trabajo de campo realizado por responsables de la promoción de la salud de Oxfam en Etiopía. Preguntaban a personas que viven la aridez y la dureza de un territorio que cíclicamente se ve inmerso en graves sequías, cuándo son conscientes de que la escasez de lluvias va a desembocar en una situación de crisis. Pues bien, las respuestas de hombres y mujeres, fueron sensiblemente distintas. ¿A ver si va a ser verdad lo de la intuición? Ellas eran conscientes del problema antes que ellos. Para ellos, la respuesta fue ‘cuando los animales mueren‘; sin embargo, para ellas la alerta era más temprana, “cuando los animales dejan de dar leche”.

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Muchas personas como Habodo viven en pequeños asentamientos tras haberse visto obligadas a abandonar sus hogares. Imagen: Oxfam.

Creo que simplemente las mujeres etíopes constataron una realidad vinculada a su rol en la familia y en la sociedad. Responsables de la alimentación de la familia, fueron conscientes del peligro cuando no había leche para la familia. Así que más que un sexto sentido adivinatorio, vieron señales distintas de un mismo problema. Busco más información sobre la realidad de Etiopía. Nuevamente, este país ha atravesado una grave sequía provocada el fenómeno de El Niño. 10 millones de personas precisan ayuda, mientras de cerca de 8 millones más están siendo ya atendidas por el Gobierno etíope. Oxfam, la organización para la que trabajo, colabora con la población de la región Somalí y de los distritos de Afar y Oromía. Ayuda a 282.000 personas a las que ha facilitado agua apta para el consumo, sistemas de saneamiento o dinero a cambio de trabajos para la comunidad como la rehabilitación de pozos y canalizaciones de agua.

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Cumbre de París, último día: Nada sobre nosotras sin nosotras

Hoy escribe Sagrario Monedero López.  Desde la Cumbre sobre Cambio Climático en Paríssagrario monedero

Jessica es una mujer de piel muy morena, bajita y muy sonriente. Aunque su aspecto transmite mucha cierta fragilidad, Jessica es una luchadora nata. En el año 2013, el tifón Haiyán arrasó su pueblo llevándose por delante su casa, sus cosechas, su proyecto de vida y sus ilusiones. También acabó  con la vida de uno de sus hijos. El tifón Haiyán provocó en Filipinas la muerte de más de 6000 personas, miles de desaparecidos y desaparecidas y cuatro millones de personas desplazadas. Aunque afectó fuertemente a grandes sectores de la población filipina, las consecuencias fueron más graves en el caso de los grupos en peor situación. El de las mujeres, especialmente.

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Afectados por el tifón Haiyan en Filipinas. Imagen de Melanie Smith, Inspiraction

Después de todo lo que hemos leído esta semana en Más de la mitad, no estoy descubriendo nada si digo que las mujeres sufren más duramente las consecuencias del cambio climático. Y, ¿por qué? Pues se puede resumir en que la pobreza tiene rostro de mujer y son las personas más pobres las que más expuestas están al cambio climático (al mismo tiempo que, por cierto, son las que menos han contribuido a generarlo). En países en desarrollo como Filipinas, son las mujeres las que más dependen de sectores como el de la agricultura, muy vulnerable a los efectos del cambio climático y sus viviendas suelen estar construidas con materiales de peor calidad, poco resistentes a tormentas, inundaciones o huracanes. También con frecuencia  suelen estar emplazadas en las zonas más marginadas y en peores condiciones en cuanto al terreno y a la cercanía a los caudales fluviales.

Pero esto no es todo. Sabemos que cuando se producen desastres naturales, las mujeres tienen menos acceso a medios anticonceptivos por lo que existe mayor probabilidad de que se produzcan embarazos no deseados, con los efectos que éste tiene tanto si se sigue adelante como si no. Más ejemplos: en situaciones de desastre y crisis humanitaria aumenta el riesgo de las mujeres de sufrir violencia sexual debido al hacinamiento y a la situación de caos que se suele producir en la zona.

Pero esto no es sólo un problema de las mujeres que viven en países del sur global. También las mujeres europeas se ven afectadas de manera distinta por cuestiones relacionadas con el medio ambiente: la proporción de mujeres en situación de pobreza energética en España es mayor que la de hombres. Y no sólo en los impactos hay diferencias, sino también en la generación del calentamiento global: según un estudio del European Institute for Gender Equality, en el uso del coche privado como medio transporte los hombres europeos nos ganan por goleada.

En estos días se está celebrando en París la Cumbre de Naciones Unidas contra el cambio climático conocida como COP21. Es la primera vez en la historia que estamos a punto de conseguir  un acuerdo global, vinculante y justo sobre cambio climático. Sin embargo, este proceso está pecando de ser ciego ante las desigualdades de género y de no reconocer que las mujeres contribuyen de manera distinta al cambio climático y que, sobre todo, se ven afectadas también de manera distinta por los impactos de éste. Ayer, a la entrada al recinto de Le Bourget donde están teniendo lugar las negociaciones, podíamos leer en un cartel: “Nada sobre nosotras sin nosotras”. Los derechos de las mujeres y la equidad de género deben ser parte fundamental del acuerdo que salga de esta cumbre y de las estrategias de lucha contra el cambio climático. Y sí… si las mujeres están siendo ya las más afectadas por los impactos del mismo es esencial que estén incluidas en todos los espacios de decisión de manera equitativa.  Es lo mínimo que se puede pedir.

Sagrario Monedero López  es responsable de incidencia política de InspirAction.

¿Cómo lograr una oportunidad frente a la amenaza del clima?

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Por Rosa Martínez

Aunque los países llamados desarrollados (Europa, Estados Unidos, Canadá) son los principales responsables del cambio climático, no son los que a día de hoy están sufriendo sus consecuencias de una manera más dura (al menos no todavía y no por mucho tiempo, en todo caso). Por el contrario, son los países que menos han contribuido al cambio climático, y por tanto, la población mundial más pobre la que más está viendo afectado su, ya de por sí, precario modo de vida.

Las mujeres y las niñas sufren especialmente los efectos del cambio climático. Imagen: Getty Images.

Las mujeres y las niñas sufren especialmente los efectos del cambio climático. Imagen: Getty Images.

Como la mayor parte de las cuestiones que afectan a los derechos, son las mujeres, por norma general más pobres y más vulnerables en cualquier sociedad,  las que más sufren las consecuencias del cambio climático.

Su incidencia en la agricultura, los desastres naturales, o las migraciones afecta de manera diferente y más severa a las mujeres debido al rol social, la discriminación y la pobreza que sufren. Cultivar comida o buscar combustible y agua en un contexto climáticamente hostil es el día a día de millones de mujeres en el mundo. Y por si fuera poco, según estudios de la ONU en caso de desastre natural tienen más posibilidades de morir. No es de extrañar por tanto, que hoy día las mujeres supongan 20 de los 26 millones de personas refugiadas que se han desplazado a consecuencia del cambio climático.

Entonces ¿qué tenemos que cambiar para que las mujeres tengan una oportunidad real frente al cambio climático? En primer lugar es imprescindible sensibilizar a la sociedad sobre la justicia climática y las consecuencias sociales y demográficas del cambio climático. La Cumbre del Clima que empieza hoy debe cerrar un acuerdo justo que asegure derechos humanos para todas las personas, teniendo en cuenta que sin igualdad de género no habrá desarrollo.

Hay que conseguir un reparto justo de los fondos disponibles para adaptación y mitigación del cambio climático, priorizando los lugares donde el impacto es mayor. Por ejemplo, el 32% de este dinero acaba en Europa y sólo el 4% en el África subsahariana, y además menos del 1% está enfocado a las necesidades de las mujeres en los países más afectados. Y por último, la eterna cuestión del acceso al poder. Las negociaciones climáticas están en manos de hombres: sólo el 20% de los miembros los comités de la ONU para cambio climático son mujeres y el 10% del equipo directivo del Green Climate Fund. Las mujeres deben aumentar su representación en la toma de decisiones climáticas.

Garantizar los derechos, contar con más recursos y tener una mayor representación es imprescindible si queremos construir un mundo justo e igualitario. Sabemos que empoderar a las mujeres, puede cambiar el mundo, por eso es necesario contar con las mujeres en la lucha contra el cambio climático.

Rosa Martínez es coportavoz de Equo 

Las mujeres contra el cambio climático

Por Laura Martínez Valero Laura Martínez Valero

Estos días se celebra la Conferencia del Clima (COP21) en París. Los principales líderes mundiales se sientan a discutir los próximos pasos en la lucha contra el cambio climático. Tendrán que llegar a un pacto y lograr que durante el próximo siglo la temperatura global del planeta no suba más de 2ºC o los expertos nos auguran un futuro muy poco alentador con un efectos extremos como sequías e inundaciones; millones desplazados climáticos, enfermedades y aumento de los conflictos armados, entre otros impactos. Y ante este panorama, quienes se van a llevar la peor parte son las personas más pobres del planeta (unos 3.500 millones de personas), aunque, irónicamente, son las que menos contribuyen a la emisión de los gases de efecto invernadero (son causantes sólo del 10% de emisiones mundiales según un reciente informe de Oxfam).

Otro de los colectivos más afectados por el cambio climático serán las mujeres. Tal y como se ha visibilizado en numerosas ocasiones en este blog, en muchos países son ellas quienes soportan el peso de proveer de alimentos y agua a sus familias y comunidades. Y precisamente estos medios de vida son los que están principalmente amenazados por el cambio climático. Además, cuentan con menos recursos a los que recurrir en las épocas difíciles que se avecinan (como acceso a la tierra, a la formación o al capital).

Pero como siempre ya hay mujeres que se han movilizado ante esta amenaza. Es el caso de Ipaishe en Zimbabue. Es agricultora y en la región en la que vive la lluvia se ha vuelto cada vez más escasa y lo que es peor, impredecible. “La falta o el exceso de lluvia tiene un efecto drástico en nuestro medio de vida. Una vez llovió mucho y la lluvia destruyó nuestros cultivos. En otra ocasión, las lluvias llegaron con normalidad pero pararon muy pronto, y los cultivos se marchitaron y se echaron a perder debido al calor”, explica. Por suerte, Ipaishe ha podido acceder a un pequeño proyecto de irrigación que le permite contar con una fuente de agua constante. Ahora su parcela luce siempre verde y ella se encarga de hablar con otros agricultores y agricultoras que todavía no se benefician del proyecto para que se sumen a él. Además, ha acudido a la cita en París para defender personalmente este tipo de proyectos.

Iphaise en su parcela en la región de Gutu, en Zimbabue. (c) Oxfam

Precisamente, los fondos destinados a proyectos de adaptación al cambio climático como el que ha beneficiado a Ipaishe son uno de los puntos más conflictivos en el acuerdo que se está gestando en París. Esta falta de acuerdo, que está poniendo en juego millones de vidas, es un sinsentido. Se alcance o no la meta de los 2ºC, los efectos ya se están haciendo notar y es necesario proveer ya de medios a las personas más afectadas.

Como Ipaishe muchas otras mujeres están trabajando para poner solución los problemas derivados del cambio climático. Os invito a conocer a cuatro de ellas en esta preciosa página y a firmar la petición para exigir a Gobiernos y a las grandes empresas que emprendan acciones urgentes para combatir el cambio climático.

Para cerrar este artículo me quedo, sin duda, con esta frase de Ipaishe: “Hay gente que no sabe cómo es el cambio climático. Me gustaría poder enseñarles cómo vivimos, cómo de duro trabajamos, y mostrarles qué fácil es perderlo todo. Quizá entonces puedan entenderlo”. Sí, quizá entonces podríamos entenderlo… o quizá seguiríamos buscando excusas, ¿qué opináis?

Laura Martínez Valero trabaja en el equipo de comunicación de Oxfam Intermón y participa en el proyecto Avanzadoras. Cree firmemente en el Periodismo Comprometido.

Un clima para ¿medio mundo?

Por Anna Pérez Català Anna Pérez Catalá

Dicen que el 2015 es el año del cambio climático. Aunque esto ya se dijo en 2009. Pero mi pregunta es: ¿será posible parar el cambio climático sin contar con la mitad de la población del planeta? Cambio climático y género se entrelazan de muchas formas, pero parece que esto no es suficientemente apreciado por los políticos y negociadores.

Clima y género

Marcha del Cambio Climático en Lima, en diciembre de 2014. Imagen: Anna Pérez Català.

En diciembre estuve en Lima, asistiendo a la COP20, la Conferencia de las de la Convención Marco de las Naciones Unidas para el Cambio Climático. Como cada año, allí se discute el futuro de las emisiones que cambian nuestro clima, y los delegados intentan llegar a un acuerdo global que reduzca los gases de efecto invernadero y preserve nuestro planeta.

Hay 195 países en la Conferencia. Unas 3000 personas. Pero según un estudio de Womens’ Environment and Development Organisation sólo el 12-15% de los líderes de delegación son mujeres y, en general, sólo un 30% de las delegaciones son mujeres. La Conferencia lo intenta, y cada año organiza el día de género para discutir sobre los retos y casos de éxito de la inclusión de las mujeres en las políticas y acciones climáticas. Aunque, muy preocupantemente,  la mayoría de los asistentes a algunos de los actos son mujeres.

Como podemos ver, las Naciones Unidas son un reflejo de una situación global. Las mujeres no solamente se ven menos representadas en la organización que debe luchar contra el cambio climático, sino que además también son las más afectadas por este fenómeno. Los impactos del cambio climático, como la sequía, las inundaciones, los fenómenos meteorológicos extremos, la falta de seguridad alimentaria… afectan a las mujeres y a los hombres de manera diferente. Los mas afectados por el cambio climático son las poblaciones más pobres, y dentro de estas, el 70% son mujeres.

Al mismo tiempo, las mujeres juegan un rol principal en la adaptación y mitigación del cambio climático.  Ellas  son las responsables de la producción de alimentos, de la recogida de agua, y de procurar energía para cocinar y calentarse. También las que conocen las estrategias para afrontar los cambios en el clima y adaptarse a ellos, y tienen la innovación y emprendería para contribuir a la solución.

Pero parece que dentro de la Conferencia no todo el mundo ve esta importancia. De hecho, hasta 2007 no había ninguna referencia a temas de género en los documentos de la convención. Debido a esta falta de inclusión, en Lima se aprobó el Programa de Trabajo en Género, que pretende mejorar la consideración de este tema en las políticas climáticas. Pero no sin problemas.

En la segunda semana de la COP vimos una fuerte discusión en temas de lenguaje de este documento. Las palabras utilizadas eran ‘igualdad de género’, que pretende entender los diferentes comportamientos, aspiraciones y necesidades que tienen los hombres y las mujeres, y hacer que sean considerados, valorados y favorecidos de forma igual. Arabia Saudí, pero, propuso eliminar este concepto de todo texto negociado y utilizar ‘equilibrio de género’, que significa una igualdad numérica entre hombres y mujeres. Lo más impactante es que de toda la plenaria, sólo México se postuló en contra. Ninguno de los países desarrollados y supuestamente igualitarios lo hizo. El texto final, pues, tiene muchas menciones a equilibrio de género, y sólo una a igualdad. Un paso atrás para la inclusión del género en los temas climáticos.

El tema tampoco mejora en el acuerdo final de la COP. La ‘Llamada de Lima para la acción climática’, tan alabada por los medios de comunicación, sólo contiene una vez la palabra ‘mujeres’, y simplemente para decir que se estudiarán las oportunidades de mitigación teniéndolas en cuenta.

Hace falta mucho trabajo para conseguir una transversalización del género en las políticas climáticas, pero es muy necesario si queremos implementar políticas duraderas y eficaces. Y la falta de interés de un mundo masculinizado, bien simbolizado por el público ampliamente mayoritario de mujeres en la conferencia del día de género, es nuestra primera batalla.

Anna Pérez Català es ambientóloga especialista en el cambio climático.

Virginia Ñuñoca y su lucha contra el cambio climático en Perú

Por Anna Kramer Anna Kramer

Antes de conocer por primera vez a Virginia Ñuñoca ya sabía cómo era. En 2012, un equipo de Oxfam fue a la pequeña aldea del altiplano peruano donde vive y la entrevistó junto con un reportero de El Comercio, uno de los periódicos más importantes del país.  El Comercio publicó su fotografía en una exposición en el marco de la Bienal de Fotografía de Lima. La presencia Virginia en una galería de arte limeña representaba la voluntad de unir lo que la periodista Marie Arana llama ‘los dos Perús‘: el de la próspera y bulliciosa capital y el de las regiones más pobres y remotas en el campo.

Cuando en octubre pasado finalmente conocí a Virginia, me di cuenta inmediatamente de por qué esta mujer tan amable, enérgica y carismática había inspirado a tantas otras. Tres años después de haber participado en un proyecto para que las familias campesinas del altiplano peruano puedan adaptarse al cambio climático, había ampliado su sistema de riego, triplicado el área para pastoreo y tenía vacas lecheras que utilizaba para hacer queso. ‘Puedo vender la leche y el queso… y hacer yogur para alimentar a mis hijos. La leche es sagrada. Es una bendición‘, dice.

Virginia Ñuñoca demuestra que se puede vencer el cambio climático (c) Percy Ramírez / Oxfam

Virginia Ñuñoca demuestra que se puede vencer el cambio climático (c) Percy Ramírez / Oxfam

Pero la lucha de Virginia no acaba aquí. ‘No quiero ser la única que disfrute de este depósito de agua‘, añade. ‘Quiero que todos mis vecinos y vecinas tengan leche, y puedan vivir y prosperar‘.

Las mujeres y el cambio climático

Virginia ha experimentado de primera mano la mayor amenaza en la lucha contra el hambre: el cambio climático. Por todo el mundo, la meteorología impredecible y las estaciones erráticas están sembrando el caos para las familias agricultoras. Y el altiplano peruano no es una excepción: ‘Noto que el clima está cambiando mucho. Antes no era así. Ahora, algunas veces la hierba se seca mucho por el frío y la escarcha. La gente suele ser muy pesimista por la falta de agua que tenemos, pero si trabajas duro, puedes salir adelante‘.

Las mujeres indígenas rurales se encuentran entre los grupos más marginados de Perú. Son las que tienen menos oportunidades para acceder a la educación o ganarse la vida dignamente. Dado que con frecuencia son las que cuidan de sus familias y de la tierra, su participación en el proyecto de adaptación al cambio climático organizado por Oxfam es esencial.

Virginia cultivando en su parcela en los Andes de Perú. (c) Percy Ramírez / Oxfam

Virginia cultivando en su parcela en los Andes de Perú. (c) Percy Ramírez / Oxfam

En este proyecto, se organizan talleres de liderazgo, autoestima e igualdad de género. Talleres que para Virginia, que hoy tiene 54 años, fueron esenciales para que perdiera el miedo a los hombres y se sintiera capaz de hacer cosas por su cuenta.  ‘A veces voy a otras comunidades, y cuando llego allí comparto lo que he aprendido. Hay algunos que escuchan y luego me dicen: lo que dijiste me ayudó‘.

Su tranquila convicción me recordó a mi madre, que nos enseñó a mi hermana y a mí a a crecer y sentirnos feministas.  Le pregunté a Virginia cómo había transmitido estos valores a sus cuatro hijas y dos hijos.

Les digo que pueden hacer el mismo trabajo, que tienen los mismos derechos en casa, como profesionales, con su país.  No debería haber machismo. Todos debemos ser respetados como iguales en derechos.’

Virginia ha sido recientemente elegida representante de tres comunidades para un proyecto ganadero, donde puede aportar su experiencia y liderazgo en la cría de vacas lecheras. También le han propuesto ser líder de su comunidad, pero según cuenta mientras ríe: ‘No tengo tiempo, me gustaría… puede que algún día‘.

 

Anna Kramer es escritora y editora en Oxfam America.

Susan George y las redes del poder

Por María Luisa Toribio María Luisa Toribio

Me encanta escuchar a Susan George. Combina una mente lúcida con una gran capacidad de comunicación. Sus investigaciones apuntan a las entrañas del poder y del proceso de globalización económica y financiera del mundo. En sus libros y en sus charlas nos lo cuenta con una claridad impresionante, al tiempo que plantea líneas de actuación desde la sociedad. Los títulos de algunos de sus libros lo dicen todo: Otro mundo es posible si…, Sus crisis, nuestras soluciones.

Susan George (c) Pablo Tosco

Susan George, en el 50 aniversario de Intermón Oxfam

Me gusta lo bien que explica la manera en que las élites financieras han conseguido convertir sus objetivos –privatización de los servicios públicos, prioridad incuestionable del mercado…– en el sentido común del mundo. Es cierto, hay reconocerles el mérito de haber puesto los mercados financieros (o lo que es lo mismo, la especulación y la acumulación indecente de capitales) en primer lugar, por encima de los derechos de las personas y del equilibrio del Planeta en el que vivimos. Hemos llegado al extremo de que el mundo de las finanzas es quien dicta a los Estados las políticas de austeridad que nos están quitando derechos y servicios.

He aprendido tanto escuchando a Susan George que sus escalas en Madrid son para mí una cita ineludible. La última vez que tuve el privilegio de escucharla fue en el encuentro Otro Mundo Está en Marcha, el pasado mes de febrero. Nos dejó dos prioridades: el cambio climático y tener al sector financiero bajo control; nos animó a actuar: “nunca pienses que lo que haces es inútil, porque no sabes qué efecto puede tener”; y nos metió prisa: “vivimos un momento único en la historia”, nos dijo “y urge reaccionar, necesitamos objetivos claros y actuar juntos”.

Si bien es cierto que la sociedad está despertando y cada día vemos ejemplos del poder de la acción ciudadana colectiva, creativa y pacífica; también lo es que necesitamos impulsar cambios de calado que nos lleven a poner el equilibrio del Planeta (nuestra casa común) y el bienestar de las personas por delante de los intereses financieros de unos pocos.

Mientras escribo estas líneas, los niveles de CO2 en la atmósfera alcanzan un nuevo récord. Greenpeace reacciona con rapidez y cuelga en su web un gráfico que habla por sí solo. Una nueva llamada de atención sobre el cambio climático, una de esas dos prioridades acuciantes que nos recordaba Susan George.

El dato me reaviva una pregunta que me acompaña desde hace décadas: ¿cómo lograr que el medio ambiente se perciba como algo propio? Porque la realidad es que buena parte de la sociedad –y desde luego la inmensa mayoría de la clase política– sigue viendo el medio ambiente como algo ajeno, que no afecta a sus vidas. La respuesta se va perfilando con el tiempo, necesitamos sentirnos parte de la vida en el Planeta. Una conexión que no vendrá solo de los datos y los argumentos, sino del corazón y los sentimientos.

 

 

María Luisa Toribio. Bióloga y activista, con una mirada global al mundo que me lleva a implicarme en causas  como el medio ambiente, la pobreza, los derechos humanos, las poblaciones indígenas… Convencida de que las múltiples crisis que vivimos tienen raíces comunes y que toca impulsar cambios profundos.