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Victoire Ingabire, 5 años presa en Ruanda

Por Rosa Moro Rosa Moro

Hoy, 14 de octubre, se cumplen 5 años desde que entró en la cárcel Victoire Ingabire, la líder pacifista ruandesa encarcelada por el régimen del país. Esta mujer es mucho más que la cabeza visible de un partido político de oposición: es un icono de la lucha de los pueblos de la región de los Grandes Lagos africanos, consciente, pacífica, durísima.

Cada día las autoridades de la cárcel fustigan a Victoire con lo que se les ocurra, le han pintado los cristales de negro para que no pueda leer y escribir. Está perdiendo la vista. A veces no dejan que nadie la visite. A veces le quitan sus enseres, pero ella, cada vez que sale de su celda, o se comunica con el exterior, luce semblante sereno y hace señales de victoria, como su nombre, y entonces todos los que se preocupan por ella y por el destino de la sufrida gente de esta región, recuperan un poco la esperanza.

Despedida en el aeropuerto. Victoire Ingabire con su familia. Imagen familiar.

Despedida en el aeropuerto. La última imagen de Victoire Ingabire con su familia. Imagen de archivo familiar.

En 2010 decidió volver a su Ruanda natal desde Holanda donde vivía con su familia una vida acomodada de alta ejecutiva para presentarse a unas supuestas elecciones que tendrían lugar ese año en Ruanda. Todos sabían que la democracia en Ruanda es solo “supuesta” y que las elecciones solo se organizan para que el régimen que lleva más de 20 años presente credenciales ante los donantes y padrinos occidentales. Fue detenida y encarcelada, acusada de todo tipo de tropelías como querer desestabilizar al gobierno (qué manía tienen los dictadores de acusar a sus opositores de querer “desestabilizar el gobierno”, ¡pues claro! ¡quieren echarlo del poder presentándose a unas elecciones! ¡No dando un golpe de estado como suelen hacer ellos, los dictadores!).

Victoire saluda a sus seguidores durante el juicio, vestida con el uniforme rosa de los presos de Rwanda. Imagen: FDU.

Victoire saluda a sus seguidores durante el juicio, vestida con el uniforme rosa de los presos de Rwanda. Imagen: FDU.

Si la hubieran dejado presentarse a aquellas elecciones, ahora Victoire tal vez sería una figura política desgastada por cinco años bregando en la arena política. ¿Hubiera ganado? Probablemente… y se la hubieran comido con patatas todos los apoyos nacionales e internacionales del actual régimen. No olvidemos nunca que una dictadura no se sostiene solamente por el hombre en el trono. Se sostiene por una amplia red clientelar dentro del país, rica y poderosa, y por un apoyo incondicional de poderes económicos fuera del país.

Al encarcelarla su fuerza se ha redoblado, su nombre es susurrado cada noche en millones de oraciones desesperadas por todo el mundo, sus seguidores ahora sí que son verdadera legión. Como le pasó a Mandela, como le pasó a Aung San Suu Kyi. Eso es lo que desquicia al régimen ruandés, que queriéndola hacer desaparecer, el efecto está siendo el contrario, su icono se ha vuelto más grande en estos cinco años.

También desde hace 5 años la familia y amigos de Victoire en Holanda celebran sin ella su cumpleaños, el día 3 de octubre. Este año el régimen ruandés les ha sorprendido decretando, como por casualidad, ese mismo día 3 el “Día de Ruanda” en Holanda. Qué odio no tendrá el presidente Kagame a esta mujer, que él mismo viajó a Holanda, entre gran pompa y protocolo, con esa actitud de “Dientes, dientes” que diría alguien aquí en España. Gracias a ello, ahora todos sus seguidores sabemos que su cumpleaños es el 3 de octubre, deberíamos decretar este mes como el mes de Victoire, el mes de la Victoria. No estaría mal ¿no?

Rosa Moro es periodista y activista. Le apasionan África, la comunicación y la revolución. Colabora con diversos medios y organizaciones y es autora del blog África en Mente.

Cuando la vida queda atrás

@bdelabanda

Por Belén de la Banda 

Con frecuencia me pregunto cómo estará Madeleine Ndeisi, una de las personas que huyeron de la guerra en República Centroafricana en 2013. La conocí en el sur de Chad en septiembre, mientras mis hijos empezaban aquí el curso que ahora termina. Ella había tenido ya muchos meses de sufrimiento. Con 61 años, Madeleine es una persona anciana, sin fuerzas, terriblemente cansada y desorientada, como lo estaría cualquiera que haya perdido en un instante de guerra todo lo que tenía en su vida, en su país. Tampoco era mucho, lo que ella considera necesario:  ‘Allí tenía mi estera, mi comida como el sorgo, alubias, cacahuetes… Todo eso tenía para vivir, pero como hubo la crisis, tuve que irme, y lo incendiaron todo.’

Madeleine Ndeisi en la iglesia de Mainené, donde ha sido acogida tras huir de la guerra en República Centroafricana.

Un grupo de hombres armados entró en su aldea cuando ella había salido al campo. Mataron, quemaron las casas y los cultivos, pillaron el ganado. ‘Los niños tienen fuerza, corrieron. Pero yo no tengo fuerza, caminaba un poco y me caía, otro poco y me caía, así que tuvieron que ayudarme. Me cansaba y me caía‘. El hijo de Madeleine y sus vecinos la buscaron, salvaron su vida y cargándola a sus espaldas la llevaron al otro lado de la frontera de Chad, buscando la seguridad. La suya es apenas una historia más en un entorno de desastre: salvar la vida no ha significado asegurar la supervivencia.

Su hijo tuvo que seguir camino hacia N’Djamena, pero Madeleine no podía continuar. En Mainené, el pueblo al que llegó, la comunidad hizo un gran esfuerzo para acoger a todos los que llegaban aterrorizados, agotados de caminar de noche, traumatizados. La hospitalidad africana es norma, y además muchos de los habitantes de este pueblo habían tenido la experiencia de huir al otro lado de la frontera. ‘Me acogieron bien en Mainené, por eso estoy aquí. No me quejo de pasar la noche en la iglesia, sino de que nos falta para comer, a nosotros y a ellos mismos, aunque nos han acogido bien.

Junto a Madeleine está todo lo que tiene ahora mismo en el mundo: una estera donde dormir, y un par de mantas. Al pueblo le gustaría poder hacer más por los refugiados, pero los recursos son muy limitados, desde los pozos que se secan cuando no llueve suficiente, hasta la escasez de comida. Madeleine ni siquiera puede hacer lo mismo que otras personas refugiadas: no tiene fuerza para trabajar en el campo.

Los días son muy duros para ella, sin nada que hacer y sin fuerzas para hacer nada. ‘Si tengo ayuda, salgo de día, y voy al bosque y cojo hojas silvestres, las cocino y las como.‘ Porque la comida es la principal preocupación del día: ‘La gente del pueblo encuentra también poco para comer. Pero sobre todo nosotros los refugiados tenemos mucho problema para conseguir comida’. 

Los días y los meses pasan rápido. El curso escolar termina aquí después de un año de esfuerzo. No puedo olvidar el peso de los días de Madeleine, la recuerdo y me pregunto cómo habrá pasado la estación seca, si habrá sobrevivido a la dureza de esa vida de refugiada, a la añoranza de esa vida que para ella, en todos los sentidos, quedó atrás.

Belén de la Banda es periodista y trabaja en el equipo de comunicación de Oxfam Intermón.

Nos tragamos nuestros problemas como fufu

Por Marijke DeleMarijke Deleu pq

Cuando nos planteamos investigar la protección a civiles en la República Democrática del Congo este año, vimos la necesidad de poner el foco en las mujeres. Esto ha significado priorizar su participación en nuestra investigación y planificar su inclusión en cada paso del proceso que llevaría a la publicación.  Nos planteamos cómo reclutar y entrenar a las asistentes de investigación, cómo recoger los datos (las preguntas que se formulan, la selección de participantes y el contexto en el que se recogen), cómo analizar los datos y cómo escribir.

Las mujeres del Este de la República Democrática del Congo se exponen al peligro durante sus desplazamientos al campo. Imagen de Oxfam.

Las mujeres del Este de la República Democrática del Congo se exponen al peligro durante sus desplazamientos al campo. Imagen de Oxfam.

El proceso comenzó con la búsqueda de investigadoras. Queríamos que fueran al menos el 50%: animamos a las mujeres a presentarse a los puestos de investigación, y aplicando criterios de discriminación positiva aceptamos para la entrevista a todas las mujeres que cumplían los criterios básicos. Muchas mujeres se presentaron, pero cuando se dieron cuenta de que el trabajo de campo sería prolongado (entre 14 y 21 días) muchas nos dijeron que no podrían dejar sus casas tanto tiempo. Al final, el equipo de investigación se compuso de 7 mujeres y 15 hombres. Las mujeres fueron el 32% del equipo, una representación aceptable pero que no llegaba a los estándares que nos habíamos propuesto.

Durante la formación inicial de los investigadores nos aseguramos de que el género se incluía como prioridad. Pero enseguida nos dimos cuenta de que teníamos mucho por hacer: durante la cena, después de un largo día de formación, tuvimos una conversación sobre los roles de hombres y mujeres en el hogar. Uno de nuestros asistentes de investigación declaró: ‘Yo nunca podría lavar la ropa interior de mi mujer’. Mi colega Florentin, el supervisor de investigación de Kivu Norte, lo retó en términos expeditivos: ‘Yo lavo la ropa interior de mi mujer’. A medida que la conversación avanzaba, me sentía orgullosa de ver cómo un compañero discutía apasionadamente en favor de la igualdad en casa, una discusión que había comenzado por la ropa interior de su esposa.

Un grupo de mujeres comparte sus preocupaciones sobre la seguridad en un grupo focal. Imagen de Oxfam.

Un grupo de mujeres comparte sus preocupaciones sobre la seguridad en un grupo focal. Imagen de Oxfam.

Ya en el terreno, comenzamos a organizar grupos focales sólo de mujeres. Ellas compartían: compartían mucho, y lo que decían nos abría los ojos. Nos decían que son ellas quienes trabajan en el campo y se ponen en riesgo tanto en las largas caminatas y durante las horas que pasan en los campos, además de cargar el peso del trabajo doméstico también. Nos dijeron cómo,  a pesar del hecho de que sufren más amenazas  para su seguriad, no se les invita a las reuniones sobre justicia o protección. Nos contaron que no pueden hablar con las autoridades cuando tienen un problema y que es frustrante ver que sus preocupaciones no se toman en serio. Hablaron de la escala y variedad de retos a los que se enfrentan las mujeres: grupos armados, violaciones, abuso doméstico, la necesidad de huir de sus casas, y la incapacidad para ahorrar o gestionar su propio dinero.

Una de las mujeres con las que hablamos resumía su experiencia diciendo: ‘nos tragamos nuestros problemas como fufu‘, (un alimento básico local que se come como pasta). La expresión comunicaba un fuerte sentido de que las mujeres se tienen que guardar los problemas para ellas mismas, que no pueden compartirlos con nadie. Es una metáfora que ha permanecido en nuestro equipo de investigación mucho después de que terminara el trabajo de campo.

Las historias compartidas en los grupos focales rompían el corazón, pero aún había mucho más. Sólo cuando nuestra responsable de medios, Passy, habló con las mujeres de una en una nos dimos cuenta de que, a pesar de que se estaba compartiendo mucho sufrimiento, estas mujeres no estaban contando lo peor. Una mujer le contó que una niña de 12 años de su pueblo se había suicidado después de que le dijeran que tendría que casarse con su violador. Otra mujer dijo que las violaciones son tan comunes que ella siempre lleva condones: si un hombre intenta violarla, ella le dice que es seropositiva y le pide que use un condón.

Una mujer asiste a una reunión con su bebé. Imagen de Oxfam.

Una mujer asiste a una reunión con su bebé. Imagen de Oxfam.

Nuestro informe no iba a ser sobre mujeres, aunque teníamos intenciñon de integrar una perspectiva de género. Pero las experiencias de las mujeres terminaron ocupando un espacio mucho más importante una vez que nos dimos cuenta de lo que están sufriendo las mujeres en la zona Este de la República Democrática del Congo, tanto dentro como fuera de sus casas.

Las voces de las mujeres surgen con fuerza para denunciar la situación de seguridad. Sus voces influyen en nuestra forma de enmarcar nuestras recomendaciones: pedimos que las mujeres tengan más acceso a los recursos, que asuman roles de toma de decisión en las estructuras estatales y tradicionales, para que puedan renacer y para que la desigualdad que lastra a la sociedad de esta región pueda traducirse en derechos.

Marijke Deleu es asesora de políticas de protección en el programa de Oxfam en la República Democrática del Congo.  

Un día en la vida de Sauda

Por Belén de la Banda @bdelabanda

Hassaballah no para. Es un bebé dicharachero, que se mueve y ríe constantemente. Pasa de los brazos de su hermana mayor, Fatimé Zara, a los de su madre, pide teta, y luego quiere ir otra vez con su hermana. Quiere coger cualquier cosa que aparezca a su alrededor, se ríe otra vez, parlotea. Le digo a Sauda, su madre, que parece un niño muy feliz.  Sauda sonríe: ‘es mi alegría. Para mí es muy importante que Hassaballah esté bien’.

Sauda, con sus hijos Hassaballah y Fatimé Zara. Imagen (c) Pablo Tosco / Oxfam Intermón

Sauda, con sus hijos Hassaballah y Fatimé Zara. Imagen (c) Pablo Tosco / Oxfam Intermón

Sauda ha perdido dos niños, para ella no es una teoría: sabe que en su entorno muchos niños no llegan a los cinco años, y también sabe por qué. Hace unas semanas tuve la ocasión de pasar un día con ella y ver cómo conjura el temor y la preocupación. Trabajando.  Sauda Hamid vive en Am-Ourouk, al final de una pista de tierra muy difícil,  en la región del Guera, más o menos al centro de Chad. Tiene 28 años y seis niñas y niños. Ella dice que tiene ocho hijos, y explica con enorme tristeza que dos de sus hijos, un niño y una niña, murieron. Necesita  pensar que esto no volverá a ocurrir. Su única oportunidad es trabajar mucho, hacerlo todo muy bien.

Su día se compone de muchas tareas sencillas que implican mucho esfuerzo, y no parar. ‘En la estación seca me levanto a las 4 de la mañana. Enciendo el fuego, caliento el agua, hago mis abluciones con el agua caliente. Después pongo la olla al fuego y barro el patio. Preparo la masa que voy a dar de comer después a los hombres para la comida. Después caliento el agua para lavar a los niños, los lavo y preparo los cántaros para ir a buscar el agua. Cuando vuelvo con el agua, la vierto y tengo que volver porque un solo viaje no es suficiente. Traigo otro viaje de agua y lo dejo en casa. Me siento a la sombra para descansar un poco. Entre tanto, llega el momento de la oración de mediodía. Rezo y vuelvo a coger las cosas para ir al pozo. Cuando vuelvo, limpio de nuevo la casa. ‘

El camino al pozo. Las mujeres van juntas para evitar peligros. Imagen: Pablo Tosco / Oxfam Intermón

El camino al pozo. Las mujeres van juntas para evitar peligros. Imagen: Pablo Tosco / Oxfam Intermón

En la estación de lluvias, además, están las tareas del campo. Sólo llueve tres meses al año, así que tienen pocos días para trabajar duramente y conseguir las tres cuartas partes de lo que la familia necesita.  ‘Cuando llega la lluvia, damos gracias a Dios. Gracias a ella tendremos una cosecha y viviremos. Si la cosecha no es suficiente, trabajaremos para otros. Y si eso no es posible, tenemos que irnos lejos. Dejamos el pueblo para buscar algo que comer hasta que llegan las primeras lluvias. Entonces volvemos para sembrar y cultivar de nuevo

Esta región de Chad tiene un clima saheliano, desértico la mayor parte del año. Sólo entre julio y septiembre llueve, y en ese momento hay que hacer la mayor parte de la labor, cultivar el 80 por ciento de lo que comerán durante el año. La lluvia, que es la bendición esperada, no siempre está a la altura de lo esperado. A veces no es suficiente. Y otras veces, como durante nuestra visita,  cae en forma de grandes tormentas, con demasiada fuerza y rompe las plantas, o inunda los campos y hace que todo se pudra.  El agua para beber, en la estación de lluvias, está más cerca, pero está en grandes charcas naturales que se forman en las zonas bajas. Tiene bacterias, gusanos, riesgo.

Hay enfermedades. No tenemos la posibilidad de tener agua limpia. Todo lo que tenemos es esa charca que veis, y que Dios nos ha dado, pero provoca muchas enfermedades. Provoca enfermedades de la piel a los niños, enfermedades del estómago, eso lo hemos notado. Mi hija Ramla, que tiene tres años, tiene diarrea permanentemente. La he llevado al hospital y me han dicho que el agua que consume no es buena para ella. Incluso su papá, si toma esta agua, se pone enfermo. Así que tengo que ir a buscarla a otro sitio, mucho más lejos. Paso casi todo el día para ir y volver.

Sauda recoge agua en una charca junto con otras mujeres de Am-Ourouk. Imagen: Pablo Tosco / Oxfam Intermón

Sauda recoge agua en una charca junto con otras mujeres de Am-Ourouk. Imagen: Pablo Tosco / Oxfam Intermón

En el reparto tradicional de las tareas, son las mujeres quienes se ocupan del agua. Necesitan agua para todo, así que Sauda piensa qué más puede hacer, además de ir y volver tres veces cargada con veinte litros en cada hombro y dedicar muchas horas al día a buscar agua: ‘A veces lavo muy bien un recipiente y lo pongo sobre el tejado para recoger agua del cielo cuando llueve. Después conservo el agua dentro de casa. Hago todo esto para evitar las enfermedades. Mi pequeñita bebe de esta agua y su papá también.’

Si alguno de los niños cae enfermo, tendrán que endeudarse y llevarlo a dos horas y media de camino para que lo vea un enfermero en el centro de salud. Pero muchas veces no hay dinero, y tratan de curarlo con infusiones.  Y también tiene que endeudarse para que sus hijos puedan estudiar, porque en Am-Ourouk no hay escuela. ‘Yo no fui a la escuela, crecí aquí, pero fui algún tiempo a la escuela coránica. Por eso entiendo bien lo importante que es el colegio, por eso llevo a los niños a estudiar, quiero que mis niños estudien, que vayan a la escuela, necesito que tengan esa oportunidad’.

A la hora del descanso, todo es también trabajo. Pero para Sauda es un momento especial, quizá el mejor del día:  ‘Enciendo el fuego, preparo la cena. Caliento el agua, lavo a los niños, les pongo las mosquiteras fuera para que se sienten un rato. Entonces llega la puesta de sol. Después de cenar y entretener un poco a los niños extiendo las mosquiteras dentro y los acuesto para que pasen la noche. Después voy a lavarme para ir a dormir. Tengo que protegerlos del calor y los mosquitos. Si no pongo la mosquitera, los mosquitos pican a los niños y se ponen enfermos. Eso me hace sufrir mucho, quiero evitarlo. Por eso les pongo las mosquiteras para que estén bien protegidos en el interior y para que puedan dormir bien.’  

El agua es un problema en la mayor parte del mundo, y aquí, en Chad, muy especialmente. Mis compañeros de Oxfam Intermón en la zona están trabajando para construir un pozo de agua potable en Am-Ourouk. Es el deseo de Sauda: agua limpia, cerca de casa, para alejar la preocupación y empezar a cambiar su vida. Después de sólo un día con ella, yo también  deseo con todas mis fuerzas que ese pozo sea realidad. Que cada día en la vida de Sauda pueda empezar a cambiar.

Belén de la Banda es periodista y trabaja en el equipo de comunicación de  Oxfam IntermónAhora mismo empeñada en promover la campaña ‘cambia su agua, cambia su vida‘.

La primera disc-jockey de Sudán del Sur

Julia Serramitjana

 

Se llama Sara Oliver Nyoma pero es conocida entre sus fans como DJ NileQueen. Tiene 27 años y es la primera mujer disc-jockey de Sudán del Sur. En un mundo predominantemente masculino, Sara ha conseguido hacerse un hueco en el panorama musical.

Desde que se dio a conocer en 2008,  ha actuado en dos ocasiones en la sede de Naciones Unidas de Nueva York con motivo del Africa Day, organizado por la Unión Africana, la última vez en 2013. Su orgullo es doble. Fue la primera mujer DJ, y también la primera DJ africana en participar en este evento. Sus remezclas de música sursudanesa, hip-hop, reggae, pop, dancehall, entre otros estilos, es potente y explosiva.


Sara vive actualmente en Nueva York pero sueña con volver a su país, asolado por una guerra civil desde hace más de un año y con varios años más de conflicto acumulados, a pesar del éxito que ha conseguido en la diáspora.

Cuando conocí su historia a través de “Talk of Juba”, sus palabras me parecieron igual de potentes que su música: “Lo que he conseguido me anima a seguir luchando, a hacer más de lo que pensaba que podía conseguir, no sólo para mí, sino para el futuro de las niñas de África. Como mujeres, no deberíamos tener ningún límite a lo que podamos hacer “

Sara, conocida como NileQueen, que significa Reina del Nilo, es la primera mujer DJ de Sudán del Sur.

Y así es. Cuando estuve en Juba conocí a Edmund Yakani, quién nos contó que las mujeres tanto dentro como fuera del país  jugaron y siguen jugando un importante rol de pacificadoras durante las guerras.

Como Sara, que suele difundir mensajes reivindicando una solución al conflicto a través de las redes sociales, muchas mujeres sursudanesas en el extranjero, han puesto en marcha iniciativas como “We are nilotic”, desde dónde están usando su voz e influencia colectiva para promover la paz entre las 64 tribus de Sudán del Sur. Y de esta forma, intentar salvaguardar el futuro de las niñas y mujeres de este país.

Tienen el sentimiento agridulce de triunfar fuera de sus fronteras y no en Sudán del Sur, pero anhelan volver.

Mientras, hacen crecer desde diferentes partes del mundo la semillas de lo que algún día podrán hacer crecer de nuevo: oportunidades para las niñas y mujeres de su tierra para que, como dice Sara,  no encuentren límites a lo que puedan conseguir.

Júlia Serramitjana es periodista y trabaja en Oxfam Intermón

Mujeres a la carga

Por Belén de la Banda @bdelabanda

Este septiembre he vuelto a viajar a África después de unos años. En un país nuevo para mí, me sorprenden imágenes que ya conocía: esos estereotipos que todos tenemos en la cabeza.

¿Cómo imaginamos a las mujeres africanas? Con algo bien grande sobre su cabeza.

Mujeres transportan productos al mercado en el sur de Chad. Imagen: Belén de la Banda.

Mujeres transportan productos al mercado en el sur de Chad. Imagen: Belén de la Banda.

Mujeres que cargan. Sobre sus cabezas, sobre sus hombros. Sólidos, líquidos. Grandes barreños, haces de leña, paquetes bien atados. Diez, veinte, cuarenta, cincuenta kilos. Todos los días. No he visto ningún estudio sobre el transporte y las mujeres africanas, pero sería importante hacerlo: cuántos kilos, cuántos kilómetros, en qué condiciones, para qué.

Las niñas también cargan. Desde muy pequeñas saben que será su sino. Pronto empiezan a practicar el equilibrio y a sentir el peso sobre sus cabezas, sobre sus hombros. Sintiéndose orgullosas cuando pueden cargar un poco más, y luego otro poco más. Detrás de sus madres, de sus hermanas mayores, imitando sus movimientos.

Y al peso en la cabeza se suma muchas veces un bebé a la espalda. Carga, cuidado y manos libres para seguir trabajando, para hacer algo más si es necesario. El ‘reparto’ tradicional de las tareas. El ‘reparto’ tradicional de la carga. Un esfuerzo que produce dolor y enfermedades. Un esfuerzo que no sorprende, que no se valora. ¿Por qué siempre ellas, sólo con su cuerpo?

 

Belén de la Banda es periodista y trabaja en el equipo de comunicación de Oxfam Intermón

Sudán del Sur: cuando las mujeres se llevan la peor parte

Por Júlia SerramitjanaJulia Serramitjana

La semana pasada tuvo lugar en Londres la cumbre contra la violencia sexual como arma de guerra organizada por Naciones Unidas, en la que se reunieron más de 100 gobiernos, los directores de ocho agencias de Naciones Unidas y casi un millar de expertos. El objetivo: sellar un compromiso internacional para que se investiguen y documenten estos crímenes; para que se persiga a los que los han cometido y se garantice asistencia a los que les han sufrido; la mayoría mujeres y niñas.

Mujeres en Sudán del Sur

Una mujer en el campo de desplazados de Mingkaman, en Sudán del Sur. Imagen: Pablo Tosco

Mientras leía la carta de conclusiones firmada por Angelina Jolie y William Hague me pregunté: ¿Servirá de algo? Debería. Al menos para visibilizar esta situación e impulsar medidas para frenarlo. Son muchos los lugares en el mundo dónde este drama sigue destrozando las vidas de millones de personas, principalmente mujeres, que tienen que convivir con la frustración de ver cómo los terribles abusos que han sufrido quedan impunes y olvidados.

Y es que la cultura de la impunidad que ampara esos crímenes es bien arrelada en muchos países como Sudán del Sur, un país que acaba de cumplir un triste aniversario: seis meses de conflicto armado. Medio año de guerra y dolor.

Cuando estuve allí, hace ya un par de meses, conocí a Edmund Yakani, director de CEPO, una organización defensora de los derechos civiles, que está documentando, entre otros temas, el impacto que tiene el conflicto entre las mujeres. Y lo hacen en un contexto realmente difícil.

Edmund me contaba que en este conflicto, como en muchos otros, las mujeres se están llevando la peor parte. En situaciones de violencia como la que está viviendo Sudán del Sud, nos contaba que son las principales víctimas de violaciones, humillaciones y asesinatos.

Yakani explicaba la razón por la cual esto es así: en las guerras las mujeres juegan un papel primordial en el cuidado de la familia, ejerciendo un rol de protección y estabilidad. Con sus maridos muertos o en el frente, muchas de ellas, ahora, solas y con varios hijos e hijas a su cargo, se encargan de mantener a toda la familia. Se encargan de buscar y preparar la comida y el agua, de garantizar un techo para resguardarse, de cuidar de las personas mayores y de los pequeños.

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Edmund Yakani, director de CEPO, organización pro derechos civiles. Imagen: Pablo Tosco

Ambos bandos son conscientes del papel que juegan las mujeres en este conflicto. De cómo ellas salvaguardan la vida en un contexto dominado por la muerte, así que la forma para causar aún más dolor entre los hombres en el frente es humillando, violando y matando a sus mujeres. Es así como usan la violencia sexual como arma de guerra. Y es así como destrozan la vida, que precisamente ellas representan.

Ahora, seis meses después que empezara la guerra, recuerdo cómo me impresionó conocer a Yakani. Cómo me chocó su valentía y determinación a la hora de trabajar y denunciar la violencia sexual presente en su país en guerra en y el sentimiento de entrega, preseverancia y compromiso que transmitía a la hora de contarlo. Ojalá un día ya no deba de seguir luchando por ello.

 

Júlia Serramitjana es periodista y trabaja en Oxfam Intermón

5 lecciones de las mujeres de Sudán del Sur

Por Júlia Serramitjana Julia Serramitjana

Hace unos días volví de Sudán del Sur, un país castigado por un conflicto desde hace casi medio año y que, tras el acuerdo de alto el fuego firmado este fin de semana, debería abrir una brecha de esperanza para millones de personas que lo están sufriendo.

Durante la anterior guerra civil, las mujeres se unieron a través de las fronteras para abogar por la paz y tuvieron un rol esencial en tanto que agentes del cambio.

Las mujeres que conocí allí contaban historias durísimas. Historias difíciles de escuchar.  Mi compañera Laura Hurtado ya contaba hace un tiempo las enormes dificultades a las que tienen que enfrentarse en este país. Y eso que todavía no había empezado la guerra.

Una de las mujeres que conocí en Sudán del Sur: Diing Ajak tiene 44 años, desplazada en Mingkaman, tiene 10 hijos e hijas a su cargo.

Una de las mujeres que conocí en Sudán del Sur: Diing Ajak tiene 44 años, desplazada en Mingkaman, tiene 10 hijos e hijas a su cargo. Imagen: Pablo Tosco / Oxfam Intermón

Admiro a esas mujeres que, en situaciones de conflicto y vulnerabilidad, logran transformar el dolor y el sufrimiento en coraje y valentía para poder seguir adelante. Con la resiliencia como bandera, me sorprende la admirable capacidad que tienen para sobreponerse a largos períodos de dolor emocional y situaciones adversas.

Lo que vi allí me hizo tomar conciencia de esas dificultades, que son aún más apremiantes. Muchas han llegado a los campos de desplazados sin nada. Sus maridos están muertos  o luchando en el frente.

Con varios hijos e hijas a su cargo, se ven ahora obligadas a rehacer sus vidas en un campo de desplazados. Durante los días que estuve en uno de los campos de desplazados del país, Mingkaman, pude darme cuenta de cómo se convierten ahora en el principal motor de la supervivencia de sus familias.  Ellas son las que van a buscar la comida, la leña para el fuego, el agua, de racionar el sorgo y las lentejas. Las que se preocupan por encontrar un techo donde poder resguardar a  sus hijos e hijas de las lluvias.  Observándolas, intentaba imaginarme la situación a la que hacen frente, físicamente agotadora y psicológicamente extenuante.

El 84% de las mujeres de Sudán del Sur son analfabetas y la mayoría carece de conocimientos suficientes para incorporarse al mercado laboral, casi inexistente, lo que las hace depender de sus maridos, siendo todavía más dramática la situación de las miles de viudas que deja la guerra.  De ellas aprendí muchísimo.

Admiré la necesidad de ser autosuficiente que manifestava Mary Bol, quizás la excepción a esa estadística, que me transmitía su frustración: “Antes podía mantenerme yo misma, pero aquí no puedo hacer nada. Solía limpiar oficinas en Bor. Además tenía un terreno donde podía cultivar a la orilla del río y era una fuente de ingresos para mi familia”, contaba con resignación.

Siempre recordaré el atisbo de esperanza que transmitía Mary Abrey, una mujer que dio a luz a su tercer hijo bajo un techo de plástico  y que, a pesar de todo, confiaba en que un día podría llegar a ofrecerle un futuro.

Quedé impresionada por el ímpetu y la valentía de Matha, que había perdido a su marido y ahora debía ocuparse de sus 6 hijos y tenía graves problemas para poder alimentarles y se esforzaba día a día para poder tener una vida lo más normal posible.

Y la serenidad de de Diing, que con 44 años y madre de 10 hijos, con un marido en el frente que, sola en Mingkaman, explicaba cómo, a pesar de todo, estaba segura que podría sobreponerse a todas las dificultades.

Mujeres como Mary Bol, Mary Abrey, Matha o Diing son una parte vital del desarrollo del país.  Y lo que aprendí de todas ellas es que siempre hay que seguir luchando por un futuro mejor.   Son el ejemplo de cómo seguir adelante cuando todo es adverso.

Júlia Serramitjana es periodista y trabaja en Oxfam Intermón

La cooperante y el guerrillero, o cómo atraer la atención hacia Sudán del Sur

Por Laura HurtadoLaura Hurtado

Hace unos días terminé de leer La guerra de Emma (Ed. Marbot, 2011) donde la periodista norteamericana Deborah Scroggins cuenta la historia de Emma McCune, una británica de buena familia que lo dejó todo para impulsar un proyecto de educación en Sudán del Sur, cuando todavía no se había separado de Sudán. En medio de la guerra más larga de África y de una de las primeras hambrunas mediáticas, Emma se enamoró de Riek Machar, entonces un líder guerrillero del Ejército Popular de Liberación de Sudán (EPLS). Machar terminaría ocupando la vicepresidencia del nuevo país independiente en 2011 como representante de la etnia nuer, pero actualmente permanece escondido tras ser acusado por el presidente Salva Kiir -de la etnia dinka- de encabezar un golpe de Estado el pasado mes de diciembre.

La británica Emma McCunne con su marido guerrillero, Riek Machar, en Sudán del Sur

La británica Emma McCunne con su marido guerrillero, Riek Machar, en Sudán del Sur. Imagen: www.theage.com.au

Como os podéis imaginar, la relación entre la cooperante inglesa y el guerrillero sursudanés nunca fue fácil. Por un lado, los cooperantes extranjeros que eran colegas de Emma no entendieron que se casara y se fuera a vivir con un ‘señor de la guerra’ y de esta forma tomara partido en el conflicto, poniendo en riesgo la neutralidad que deben tener las personas que trabajan para las ONG con el fin de garantizar su labor en el país: ayudar a la población civil a sobrevivir en medio de la brutalidad. Por otro lado, los miembros del EPLS afines a Riek Machar insinuaban que no era suficiente duro para disciplinar a sus tropas debido a la influencia de su esposa ‘khawaja’ (término árabe que usan los sudaneses para referirse a los blancos). De hecho, ‘la guerra de Emma’ fue el nombre que algunos miembros del EPLS dieron a la guerra que estalló en 1991 entre los seguidores de la John Garang, el líder del EPLS, y los de sus lugartenientes Riek Machar, Lam Akol y Gordon Kong, como si ella fuera la culpable de todo. Un clásico, por cierto, como Eva en el Paraíso, por citar un ejemplo.

Emma McCune fue una mujer comprometida con la población afectada por la guerra en Sudán del Sur

Emma McCune fue una mujer comprometida con la población afectada por la guerra en Sudán del Sur. Imagen: louderthanwar.org

De todas formas, la intención del libro no es ni mucho menos contar una historia de amor. El controvertido romance solo sirve como excusa para intentar comprender la guerra civil sudanesa que, exceptuando pequeños paréntesis de paz, duró más de 50 años (1955-2005) y dejó millones de muertos (sí, millones). Todo ello para conseguir  ‘atraer el interés de los lectores occidentales’, según confiesa la autora en las primera páginas.

A lo largo del libro, Scroggins relata escenas horripilantes que vivió en su propia piel cuando viajó a Sudán del Sur para cubrir la hambruna en 1988 o la guerra en 1990 para un periódico de Atlanta (EEUU). Miles de personas hambrientas peleándose por la comida que distribuían unas pocas ONG, en un país abandonado a su suerte por Occidente y víctima de los ‘señores de la guerra’ locales, que sacan partido de sembrar el caos.

Pero lo peor de todo es que, mientras leía el libro, los enfrentamientos en Sudán del Sur estallaron de nuevo. De repente, la historia se repetía. Y el horror también. Casi un millón de personas (1 de cada 8 sursudaneses) ha tenido que abandonar su hogar repentinamente, atemorizadas, dejando atrás sus tierras y su ganado, es decir, su medio de subsistencia. Se calcula que 5 millones de personas necesitan alimentos, agua y refugio, mientras Occidente mira a otro lado. De los 1,27 billones de dólares que pidió Naciones Unidas a la comunidad internacional para esta emergencia solo se ha conseguido una tercera parte.

Por suerte, algunas ONG seguimos allí, dispuestas a salvar vidas.

 

Laura Hurtado es periodista, feminista y trabaja en Oxfam Intermón. Si quieres, puedes ayudarnos a responder a la emergencia en Sudán del Sur.

Correr en África

Por Elena Rodríguez ElenaRodríguez

Su nombre es Banchiayhu Dessalegn Jiffar y tiene 24 años, es la más joven de siete hermanos. Vive en Addis Adeba, la capital de Etiopía, y su familia vive de la agricultura. Acabó la escuela secundaria y tiene licencia de mecánico. En un país donde más de un tercio de la población sufre hambre y donde el índice de alfabetismo entre las mujeres apenas es del 25%, Banchiayhu es una privilegiada… y adora correr. Empezó a correr con apenas seis años, y a competir por placer en 2007. Y ahora, tras haber participado con éxito en varias carreras importantes del país, tiene como plan de futuro participar en campeonatos del mundo y en los juegos Olímpicos.

Banchiayhu Dessalegn Jiffar (en el centro) durante un entrenamiento en Addis Abeba. Imagen:  © Kaleab Getaneh, Run in Africa

Banchiayhu Dessalegn Jiffar (en el centro) durante un entrenamiento en Addis Abeba. © Kaleab Getaneh, Run in Africa

Actualmente Banchiayhu trabaja en Yaya Resort, un recinto de entrenamiento de atletas al norte de Addis Adeba. Su trabajo consiste en hacer de guía a los huéspedes, habitualmente clientes europeos que llegan a Etiopía para entrenar en altura. La capital, a 2.300 metros sobre el nivel del mar, exige a los corredores un periodo de adaptación tras el cual mejora su rendimiento deportivo en carrera al regresar a sus países de origen. Gracias a ese trabajo, Banchiayhu puede entrenar y obtiene algunos ingresos y un lugar donde vivir y comer.

En Etiopía el atletismo es deporte nacional, los y las atletas etíopes, junto a las keniatas, ostentan los primeros puestos, especialmente en las grandes distancias. Los grandes nombres del atletismo en Etiopía proceden de zonas rurales, donde muchos niños y niñas cruzan grandes distancias para ir a la escuela, o para ir a buscar agua. Mujeres y niñas emplean hasta seis horas para ir a recolectar el agua en manantiales y ríos porque faltan infraestructuras y recursos materiales. La pobreza económica del país demora el acceso al agua potable lo que, a su vez, retrasa el desarrollo económico.

Conocimos a Banchiayhu en un entrenamiento. Run in Africa, una agencia de turismo deportivo en Etiopía, nos llevó hasta ella unos días antes del Great Ethiopian Run, la 13ª edición de una carrera de 10 kilómetros que se celebró en Adis Adeba en noviembre.

Pero aunque Banchiayhu nos preparó bien para enfrentarnos al reto deportivo de correr por las calles de la capital etíope, no pudo prepararnos ante la maravilla de correr junto a 37.000 corredores y corredoras etíopes por las calles de una ciudad en la que viven (o sobreviven…) más de 6 millones de personas. El 45% de los participantes éramos mujeres, un dato más que relevante, pues hasta en las carreras más populares en España la participación femenina apenas llega al 40%.

¿La experiencia? Contradictoria… ¿Cómo es posible participar en una carrera con tanta alegría y tanta rabia a la vez?

37.000 compañeros y compañeras de carrera son impresionantes. Las horas previas, cuando en Europa se aprovecha para calentar, estirar en silencio, concentrados… en Addis Abeba son una fiesta de cánticos, bailes y música étnica. Un gorgoteo de emoción creciente que culmina en la salida y prosigue sostenida durante los 10 km de ascensos y descensos. Cómo explicar lo que se siente cuando te animan a seguir “go, go, go”, “don’t stop”, “keep running”… a ti, que has venido a ver cómo viven, y que ahora eres tú el más desdichado de los corredores y necesitas su ayuda, impulso y energía para seguir corriendo a 2.500 metros sobre el nivel del mar.

Ayuda, impulso, energía… la que necesitan para sacar adelante a su país, a su población. Esa energía nos hubiera hecho mucha falta los días previos a la carrera para pasear por la ciudad, para soportar la terrible pobreza de sus calles, de kilómetros y kilómetros de chabolas, de gente en la calle, malvendiendo cuatro pertenencias con las que llegar a la noche. No, así no se sale de pobreza. Ni con toda la buena intención de esta corredora improvisada que organiza una carrera para que la población española arrime el hombro y haga posible que alguna de esas familias salga de ahí. Pero no, no llegamos. Es muy difícil llegar. La meta es lejana y nosotros, las organizaciones, la población española, somos demasiado pocos y estamos demasiado lejos.

Pero ellos y ellas sí, ellos y ellas tienen la fuerza, el impulso y la energía, y todo lo que hemos de hacer los de fuera es animarles a seguir; “go, go, go”, “don’t stop”, “keep running”, sigue luchando para que las instituciones os tomen en serio, tomen medidas para que una ciudad (¿cuántas en todo el mundo?), un país, no deba permitir que su gente viva en esas condiciones. Su vida debe cambiar.

Mujeres como Banchiayhu lo pueden cambiar. Sinceramente, esperamos verla en los próximos Juegos Olímpicos de Río de Janeiro.

Elena Rodríguez es responsable de eventos deportivos solidarios en Oxfam Intermón, entre ellos el Oxfam Intermón Trailwalker