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Archivo de la categoría ‘Trabajo’

Vendedoras ambulantes: el orgullo de trabajar

Por Cristina Porras Bravo

La sala en la que se reúnen es pequeña, oscura y entra tanto ruido de la calle que casi no pueden oírse. Sin embargo tan solo el brillo de sus ojos es suficiente para entender lo que se está diciendo. Comparten emociones vividas durante su jornada de trabajo: las buenas ventas, los encuentros lindos, los robos, las persecuciones, el acoso, el miedo

La sociedad me mira como si yo fuera una vaga, pero no lo soy. Estoy trabajando. Trabajando para poder mantener a mi familia y eso me duele”, dice Anita, vendedora ambulante de Sao Paulo.

La venta ambulante es un trabajo duro, mal pagado y lamentablemente castigado. Los vendedores ambulantes de todo el mundo son muchas veces vistos como ciudadanos de segunda categoría, maltratados por los clientes, maltratados por las fuerzas de seguridad y carentes de todo apoyo legal. Más aún si son mujeres.

Venden la ropa que nos viste, la comida que nos alimenta, la música que nos acompaña… pero tras sus puestos y mantas las vendedoras ambulantes son invisibles. Sin derechos ni respeto, la sociedad olvida que trabajan para sobrevivir.

“Trabajo con mucha tensión y miedo. Solo me siento segura cuando llego a mi casa. Cuando me veo corriendo perseguida por un agente me siento basura, me traumatiza, me siento basura…basura, basura, basura… es horrible, no tengo otra palabra. Pero aunque vengan una y mil veces yo seguiré aquí una y mil veces”, se reafirma Vânia.

Anita Mendes y Vânia Almeida Andrade son dos mujeres vendedoras ambulantes de entre los 100.000 vendedores que tiene la ciudad de Sao Paulo. Tan solo en Brasil hay más de 2 millones de personas dedicadas a la venta informal en las calles. Las mujeres como ellas sufren la doble discriminación de ser mujeres y ser vendedora ambulante.

En Brasil hasta 1 de cada 3 mujeres ha experimentado violencia. Una violencia que está a la orden del día. Tanto, que según una investigación oficial, cada dos minutos, cinco mujeres son golpeadas violentamente en Brasil.

En este contexto las trabajadoras experimentan diariamente acoso verbal y sexual, intentos de soborno y corrupción, apropiación indebida de sus bienes y el no reconocimiento de su actividad productiva. Trabajan intimidadas por la policía que en cualquier momento puede confiscar todas sus pertenencias, su forma de ganarse la vida, el sustento para su familia. Son rechazadas por la sociedad muchas veces crítica con la venta ambulante; acosadas por clientes… y no tienen ningún respaldo ni apoyo por parte del gobierno.

Lejos de compadecerse y sentirse víctimas estas mujeres se han unido bajo el grito: ¡Somos mujeres! ¡Somos vendedoras ambulantes y queremos trabajar! Un canto que se hincha cuando muestran y verbalizan que están orgullosas de ser quienes son, que son felices vendiendo por las calles porque es su forma de ganarse la vida y de mantener a su familia. Un canto entonado para reclamar derechos que son suyos.  Son mujeres respetables y trabajadoras y la sociedad debe reconocerlo.

Juntas están haciendo de la violencia que sufren una defensa de la alegría. Se reúnen para compartir y sentirse arropadas pero sobre todo para aprender sobre cuáles son sus derechos y cómo pueden reclamarlos ante las instituciones.

Ellas son madres, hijas, hermanas… mujeres que cada mañana caminan largas horas hasta llegar a las calles más transitadas para poder vender sus productos. Mujeres cada día sufren insultos, estafas, robos y persecuciones para poder llevar a casa cada noche algo para mantener a su familia.

En el Centro Gaspar García de Brasil, con el apoyo de InspirAction, están trabajando para defender los derechos de las mujeres vendedoras ambulantes a trabajar y vivir con seguridad, conscientes de sus problemas y de la falta de recursos con los que cuentan.

Cristina Porras Bravo  es responsable de Comunicación Digital en InspirAction 

Economía y felicidad: lecciones desde el slum

Por Ana Claver

 “El comercio justo no te saca de la pobreza. El comercio justo hace que no te falte comida o que tengas un techo bajo el que vivir. Pero lo que te saca de la pobreza es pasar al siguiente nivel económico”

Shakuntala-Sanjay, trabajadora de Creative Handicrafts, Abril 2017

Grupo de costura y confección dirigido por Shakuntala Sanjay, que aparece en el extremo inferior derecho de la imagen. Copyright: Creative Handicrafts.

Esta semana he conocido a Shakuntala. En la misma semana en que se cumplen 4 años del derrumbe del Rana Plaza en Bangladesh, el edificio que albergaba talleres de confección, en condiciones de seguridad y laborales extremas e indignas, y que provocó la muerte de 1.134 personas.

Shakuntala no es de Bangladesh, es de India. Tienen en común que India es otro país clave en la industria mundial del textil y la confección, y que ella también trabaja en el sector. Podía haber sido una de las víctimas de una tragedia como el Rana Plaza. La diferencia es que ella trabaja para el sector textil de comercio justo. Y es una diferencia radical.

Shakuntala-Sanjay tiene 44 años y trabaja en Creative Handicrafts. Creative es una cooperativa de comercio justo, ubicada en Bombay (India), con más de 30 años de existencia y 13 grupos de mujeres que fabrican ropa. Shakuntala entró con 22 años. Empezó haciendo trabajos manuales porque no tenía ningún tipo de formación y ni siquiera sabía coser. Hoy, 22 años después, coordina un grupo de 18 trabajadoras.

Su experiencia de cambio personal y colectivo con el comercio justo es exitosa: desde los tiempos en que vivía con menos de 0,50 euros al día, porque no trabajaba -no existen oportunidades laborales para las mujeres migrantes rurales sin educación ni formación de los slums de Andheri en Bombay-, a su situación actual: independiente económicamente, con una casa segura y saludable, y su hija Shirley trabajando como profesora en uno de los centros de enseñanza más reconocidos de Bombay -Shirley pasará “al siguiente nivel económico”-. Para ella, poder ofrecer una educación a su hija ha sido uno de los cambios más importantes en su vida.

Shakuntala organiza recursos y personas, revisa las calidades de las prendas y gestiona pedidos para cumplir entregas y plazos. Es quien logra que las prendas estén listas en la tienda de comercio justo de mi barrio y que lleguen a tiempo para la colección primavera-verano que trae el mes de abril.

Aunque en España aún estamos lejos de la media europea de consumo de productos de comercio justo -nuestro gasto anual es unas 17 veces inferior-, lo cierto es que el comercio justo crece anualmente en España.  Y como dice Shakuntala, “si el comercio justo sigue adelante, nosotras salimos adelante”. No porque sea una relación de ayuda, sino porque es una relación profesional justa entre quienes producen -ellas- y quienes compran -nosotros-.

El aumento constante de las ventas del comercio justo es el mejor mensaje que la ciudadanía con poder de compra podemos enviar a las grandes marcas de la moda: queremos ropa digna, que no daña vidas. Ropa que respeta los derechos de las personas -de quienes producen y de quienes consumimos-, y del planeta. Ropas que promueven oportunidades de desarrollo vital, profesional y de autonomía personal como las que Creative Handicrafts fabrica y Shakuntala muestra. Oportunidades de pasar al siguiente nivel económico.

Si las grandes cadenas de la moda promueven y vigilan condiciones dignas en sus cadenas de suministro, si promueven la transparencia sobre quiénes son sus proveedores y dónde se ubican, las personas beneficiadas por el comercio justo seremos no solo miles, sino millones.

Y, como Shakuntala afirma, nos sentiremos más responsables, más orgullosas, más felices. Y quizá ella y muchas otras trabajadoras hayan logrado pasar al siguiente nivel económico.

Ana María Claver Muñoz trabaja en investigación social e incidencia política en Oxfam Intermón

Gertrude no pudo volar

Por Mª Ángeles Fernández

Iba a ser la primera vez que salía de su país, incluso de su entorno más cercano. Las ganas de ver nuevos horizontes eran evidentes. El liderazgo de su colina iba a traducirse en una experiencia en el extranjero. Pero no hay viaje ni tampoco relato. La historia de Gertrude desde Burundi a Bilbao no puede escribirse. ¿No se puede contar?

La burocracia ha demostrado la absoluta desigualdad de las mujeres en este pequeño país de la región de los Grandes Lagos. Gertrude ya tiene documentación personal y, por tanto, la ciudadanía negada a muchas de sus compatriotas, también ha legalizado su matrimonio, pero aún no ha logrado la cotitularidad de la tierra en la que trabaja cada día. ¿Si hubiera tenido algo a su nombre podría haber tomado el vuelo?, ¿si hubiera demostrado que es propietaria podría haber llegado a Bilbao? Las probabilidades tiñen las respuestas: esa documentación habría facilitado el proceso. Sin duda.

Aline, líder de una organización burundesa, durante su reciente visita a Bilbao. Imagen de Helena Bayona.

Gertrude Nyandwi no ha venido a Euskadi a conocer escuelas de empoderamiento o explotaciones ganaderas y agrícolas gestionadas por mujeres. Sí lo ha hecho Aline iyonizigye, que no para de sonreír y de contar la importancia del abono agrícola y del cambio en la gestión de los cultivos para la vida de su colina (la unidad administrativa más pequeña que existe en Burundi) y de las mujeres que habitan en ella. Lee el resto de la entrada »

En el Día del Pueblo Gitano: ¡Opre Romnjna! ¡Arriba las mujeres!

Por Patricia Caro Maya

El día 8 de abril  de 1971 se declaró en Londres el Día Internacional del Pueblo Gitano  y se institucionalizó  la bandera gitana, pero desgraciadamente este día se convierte a menudo en el día Internacional del Payocentrismo Patriarcal. No sólo celebra la imposición de los intereses antigitanos como centro de las políticas,  sino que además celebra su desconexión total de los derechos kalés con perspectiva interseccional.

La benevolencia  perversa que toma este día en los actos institucionales de alto abolengo, se vuelve  hostil si analizamos  las políticas de género impuestas sobre las kalís. Su mayor producto es normativizar  un estereotipo de mujer incapacitada a causa de su cultura. Pero tranquilas, las instituciones políticas han decidido unilateralmente una solución: negar la violencia de género estructural  y  capacitar  para el acceso a un  trabajo  precario que sustente los cimientos  del ensamblaje neoliberal. La  estrategia es sencilla e histórica: división sexual del trabajo, control reproductivo y negación de la economía feminista kalí.

Si a esto añadimos, un principio explícito en estas políticas donde se establece  que las comunidades romaníes no podemos gestionar nuestros propios recursos ¿Qué vía podemos escoger la kalís para contribuir a la igualdad de género en la esfera pública? ¿Cómo afectará eso a nuestras vidas privadas? ¿Y a nuestros derechos? Si nos impiden  gestionar  los recursos destinados a nosotras ¿Quién se supone que está capacitado? Como siempre, al amparo de este principio,  ya existían almas caritativas masculinas  bien  organizadas y predispuestas a  llevar la “pesada carga” de supervisar, dirigir y normativizar de manera paternalista los recursos  destinados a nuestros derechos y nuestras necesidades  (una pista: ninguna pertenece a la cultura gitana).

Afortunadamente, la debilidad democrática de esta alianza patriarcal contra los derechos de las kalís está absolutamente desconectada de la realidad viviente y activa de nuestras comunidades. Son justo las kalís más invisibilizadas  las que desde aquellas organizaciones comunitarias que tienen menos recursos, redes informales o de forma  individual,  trabajan de manera incansable por mitigar y revertir los efectos de este tipo de políticas. No obstante, a causa de la asimetría de poder, aunque sigue siendo necesario su esfuerzo, no es suficiente para conseguir que los derechos se hagan realidad.

Por eso, el Día Internacional del Pueblo Gitano no es un día para celebrar el Payocentrismo Patriarcal. Hoy, como todos los días del año, hay que concienciar a la sociedad española (paya y kalí), así como las élites políticas, de que es necesario aceptar el impacto fascista del antigitanismo de género. Es un día para construir un marco común entre instituciones payas y kalís con perspectiva interseccional  que transforme nuestras relaciones en una herramienta que contribuya al desarrollo democrático del país. Sabemos ya las cosas que no funcionan, ahora toca renovar las ideas paulatinamente y dar paso a nuevas estrategias  que generen un avance significativo en el ejercicio  de nuestros derechos.

Por todo ello, deseo la LIBERACIÓN  de su “pesada carga” a las almas paternalistas que se disfrazan de caridad y REIVINDICO  que  los derechos de las comunidades kalés con perspectiva interseccional dejen de ser el negocio de la marginalidad para ser el primer logro democrático del S.XXI.

En aras de afirmar la internacionalidad ancestral de la fuerza y resistencia del Pueblo Gitano con perspectiva de género y en avance de las democracia española,

Opre Romnjna!!! (¡Arriba las mujeres!)

Patricia Caro Maya es activista por los derechos de las mujeres, especializada en mujeres romaníes (Romnja). ‘Mover los cimientos del Patriarcado antigitano es mover los cimientos del Patriarcado sin fronteras en la búsqueda constante de nuestro Derecho a vivir como Humanas’.

Estudiar en serio la conciliación familiar

Por Beatriz Peinador

En la empresa privada, cuando vamos a una entrevista de trabajo, todavía nos preguntan si vamos a tener la intención de quedarnos embarazadas o si tenemos hijos, aunque las formulaciones de estas preguntas estén prohibidas por ley. Una gran parte de empresarios de la sociedad española sigue considerando que el hecho de que una mujer se quede embarazada es un sobrecoste perjudicial para la empresa.

Una mujer cuida a su hijo mientras trabaja. Imagen: INEM.

Demos un paso más. Ya estamos incorporadas al mercado laboral y nos quedamos embarazadas. ¿Qué pasa? Las mujeres tenemos 16 semanas de permiso por maternidad, adopción, acogimiento o guarda de hijos con fines legales desde el año 1996. ¿No ha cambiado la sociedad en 21 años para que sigamos teniendo el permiso con la misma duración?

En el caso de los hombres, en la legislación española hasta el día 1 de enero de este mismo año tan sólo disponían de 13 días por permiso de paternidad, adopción o acogida y 2 días de permiso de nacimiento ofrecido por la empresa. En este caso, la sociedad demandaba una legislación que ampliará este permiso, pero que ha estado en “vacatio legis” desde el año 2009, es decir, suspendida su entrada en vigor hasta que la situación económica mejorara. Actualmente, los hombres cuentan con 4 semanas de permiso por paternidad.

Asociados con el nacimiento, la adopción, el acogimiento o la guarda con fines legales, existen unos derechos de conciliación cuya finalidad es mejorar la conciliación familiar y laboral. Pero, ¿quién asume estos derechos? Como ejemplo, según datos del Instituto Nacional de Estadística, 33.779 mujeres se acogieron a la excedencia por cuidado de hijos menores de 3 años frente a los 2.416 hombres.

Esta gran diferencia es debida, entre otras, a dos principales razones: las mujeres siguen ganando menos que los hombres, por lo que cuando alguien de la pareja tiene que dejar de trabajar por cuidar a sus hijos, se elige a la persona con menor salario. El segundo motivo es cultural y está asociado a los roles de género. Con la división sexual del trabajo, la mujer era la encargada del cuidado de los hijos y del hogar, mientras que el hombre era el que se dedica a trabajar para mantener a su familia. ¿Estos valores siguen prevaleciendo en la sociedad actual?

Para responder a esta pregunta, me gustaría que me ayudaseis.

Mi nombre es Beatriz Peinador Gárgoles. Soy alumna del doble grado en Sociología, Relaciones Laborales y Recursos Humanos de la Universidad Rey Juan Carlos. Para la realización del trabajo final del doble grado, estoy analizando la distribución del cuidado de la población de la Comunidad de Madrid y su incidencia sobre los derechos de conciliación que existen actualmente en la legislación española. La población de estudio es la Comunidad de Madrid, ya que debido a que es un trabajo académico, no dispongo de los recursos temporales y económicos para realizarla nacionalmente.

Por lo que, os pido, si tenéis 5 minutos y vivís en la Comunidad de Madrid, que me ayudéis a conocer y analizar este tema, tan sólo rellenando el cuestionario que podéis encontrar en este enlace. Todos los datos van a ser utilizados únicamente para uso académico y es totalmente anónimo.

Muchas gracias por vuestra colaboración.

Las manos invisibles

Por Alba Trepat

Ambur es una ciudad árida y polvorienta situada en la carretera nacional que va de Bengaluru a Chennai, al norte del estado sureño de Tamil Nadu, en la India. La ciudad y los pueblos de los alrededores dependen de la industria del cuero, con más de un centenar de curtidurías, fábricas y pequeños talleres. Fuera de los centros formales de producción, cientos de mujeres del estatus social más bajo y las castas inferiores trabajan desde su domicilio en la región, empleadas principalmente para coser las piezas de cuero que forman la pala – la parte superior que luego se une a la suela – de los zapatos.

Todas ellas suponen mano de obra barata y flexible para un sector fuertemente globalizado. Es decir que la labor que realizan no es artesanal o tradicional, sino que está integrada a los procesos de producción modernos de las principales marcas y distribuidores occidentales. El modelo de zapato, el número de puntadas, el hilo y el método de trabajo dependen completamente de las indicaciones de la fábrica.

Sin embargo, las trabajadoras a domicilio no obtienen los encargos directamente de las fábricas ni son reconocidas como trabajadoras de estas, sino que reciben los pedidos a través de intermediarios quienes, a su vez, consiguen el encargo de una fábrica subcontratada por la fábrica principal. Debido a su dispersión por el territorio no tienen ningún poder de negociación.

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Flores de café

Por Carmen Suarez

Lucila Blandón es la presidenta del movimiento Flores de café y miembro de la junta directiva de Aldea Global que, entre otros productos agrícolas, elabora y distribuye el Café Tierra Madre que comercializa Oxfam Intermón. Este café está producido por mujeres propietarias de su tierra bajo los criterios del comercio justo. Parte de los beneficios de su venta  se reinvierten en un fondo común de la cooperativa para ayudar a las mujeres a titular la tierra en la que trabajan  que,  en muchas ocasiones,  ya era de sus padres o de sus maridos,  pero que, desde un punto de vista legal, no podían reclamar como suya.

Lucila Blandón, durante una visita a Barcelona. Imagen de Pablo Tosco/Oxfam Intermón.

Lucila Blandón, durante una visita a Barcelona. Imagen de Pablo Tosco/Oxfam Intermón.

Lucila tiene 51 años y toda su vida ha transcurrido siempre en la zona montañosa de Jinotega, al Norte de Nicaragua. ‘Soy nacida y criada allí. Nací de una familia muy pobre. Mi madre se quedó viuda muy joven y nos crió a mis hermanos y a mí trabajando en una hacienda’, explica. Y allí, en unas condiciones de vida muy duras, Lucila fue creciendo junto a su familia hasta que  a los 19 años se  unió  a su compañero y ‘empecé a procrear hijos. Soy madre de ocho’ dice.

 “Mi marido y yo trabajábamos en la tierra juntos, pero llegó la guerra a mi país y él se tuvo que ir”, cuenta Lucila. En esas circunstancias, en 1979, ella se vio a sí misma como “una mujer sola, con cuatro hijos” y no le quedó más remedio que salir de casa a buscarse la vida. “Horneaba pan, empecé a sembrar y cultivar pipianes y así, poco a poco,  fui saliendo de la pobreza. En los años 80, cuando mi marido volvió de la guerra, yo ya mantenía a mi familia trabajando sola”.

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Ellas dan la nota

Por Nuria Coronado

Para quienes hacen oídos sordos a la violencia machista día sí y día también. Para quienes creen que la desigualdad y la discriminación son inventos de feministas trasnochadas. Para esos hombres y mujeres que dan la espalda a que tengamos los mismos derechos, el grupo de cuatro artistas Ellas dan la nota compuesto por Cristina del Valle, Mercedes Ferrer, Aurora Beltrán  y Estela María, lleva quince años subiéndose a los escenarios de medio mundo para decir basta.

Ellas dan la nota, en concierto. Imagen del grupo.

Ellas dan la nota, en concierto. Imagen del grupo.

Y lo hacen como mejor saben: entonando voces, afinando acordes, arrimando el hombro a ritmo de melodías. ‘Somos un grupo de mujeres artistas que a través de la música denunciamos la violencia contra las mujeres en cualquier lugar del mundo y en cualquiera de sus formas Con nuestras actuaciones tratamos de concienciar que un sociedad desigual es una sociedad enferma que acabará agonizando y provocando por el camino demasiado sufrimiento entre los millones de mujeres y niñas que la padecen’, dice Mercedes.

Para estas cuatro cantantes unir sus voces es hacer frente a lo que tanto duele y sin embargo se ignora. ‘Cantar es curar heridas, es llegar a través de la cultura y de la música al corazón y a la sensatez. Cada canción es un bálsamo, una pomada que cierra heridas y cambia conciencias. Es la mejor manera que tenemos para provocar y promover un Pacto de Estado contra la violencia machista’, añade Ferrer. Y es que con sus canciones pretenden borrar el mapa de la vergüenza de nuestro país y dibujar el del orgullo femenino. ‘A nosotras nos importa que cada año un centenar de mujeres sean asesinadas en España, que más de 1.000 mujeres sean violadas, que 500.000 sean traficadas sexualmente o que más de 400 se suiciden teniendo detrás un cuadro de violencia cada año, cifras que jamás aparecen en los datos oficiales’, subraya la cantante.

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La gran preocupación de todos los días

Por Dori Fernández Hernando

Empiezo el día echando un vistazo a Twitter, mi lista de prensa resume en unos cuantos tuits la actualidad y me sitúa. Después miro por encima el correo, la alerta diaria creada en Google sobre mujeres asesinadas no falla ninguna mañana. Es un recuento amargo, pero necesario.

No sirve de nada decir que hemos cerrado el año con 60 víctimas mortales por violencia de género; eso no muestra la magnitud del problema que tenemos como sociedad, aunque deja tranquilos a quienes han de proporcionar los medios para erradicarlo. Total, solo son media docena cada mes… y afortunadamente –para ellos- solo hay datos oficiales desde el año 99.

Mujer. Imagen de Issara Willenskomer.

Mujer. Imagen de Issara Willenskomer.

Por eso, hace ya cuatro Navidades que me entretuve en rastrear y contrastar las cifras sobre mujeres asesinadas por violencia machista en el ámbito de la pareja o expareja con el objetivo de añadirlas a las oficiales y dar mayor magnitud al problema, si cabe.

Para alguien como yo, nacida y criada en el revuelto Bilbao de los años sesenta, la comparación fue inevitable: las víctimas mortales por terrorismo en los últimos 45 años ascendían a 1.222 (fuente: Fundación Víctimas del Terrorismo); las del otro terrorismo, el machista, ascendían a 1.202 sólo desde enero de 1995 hasta el 26 de diciembre de 2012. Desde entonces, cada nuevo asesinato se suma a esa cifra.

Con motivo de este nuevo 25 de noviembre (Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra las Mujeres) tengo previstos talleres con adolescentes en unos cuantos institutos de la provincia, charlas con profesionales de ayuntamientos, con asociaciones de mujeres, hasta en una Escuela de Madres y Padres el mismo día 25 en Sanlucar La Mayor (Sevilla).

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Las tres vidas de Fati Marmoussa

Por Yasmina Bona

Fati sonreía cuando la conocí y cuando me despedí de ella. Sentadas bajo un cobertizo de paja en el patio de su casa, me explicaba cómo es su día a día en esta zona rural del centro de Burkina Faso, uno de los países más pobres del mundo. Ella es agricultora, mujer y madre. Reúne tres características que la convierten en un perfil muy vulnerable ante los efectos que el cambio climático está provocando en su país. Sequías e inundaciones extremas ponen en peligro la supervivencia de sus habitantes, y las mujeres, especialmente, están en la cuerda floja.

Como el 80% de la población de Burkina Faso, Fati es agricultora y se alimenta gracias a lo que consigue hacer crecer en sus campos. Su vida acumula muchas horas de trabajo cultivando. No fue a la escuela, lo aprendió todo de sus padres, y ahora es ella quien mañana y tarde trabaja en el campo junto a su marido para asegurar que sus tres hijos tengan algo para comer.

Pero en los últimos años, la cesta de Fati está más vacía. El clima ha cambiado, llueve menos y cuando lo hace, la lluvia es tan violenta que provoca inundaciones. Sus cosechas de sorgo y maíz apenas sobreviven a los antojos de un clima cada vez más extremo e impredecible. Las sequías se eternizan y los alimentos escasean. Y entonces, llega el hambre: ‘Vendemos nuestros animales para pagar los cereales, pero aún así tener comida sigue siendo un problema´ comenta Fati sin perder la sonrisa, como tratando de evitar la desesperación: ‘Hubo un momento en el que ya no llegaba a alimentar a mis hijos. No tenía nada más’.

Fati Marmoussa, en su campo de sorgo, en el centro de Burkina Faso. Imagen: Pablo Tosco/Oxfam Intermón.

Fati Marmoussa, en su campo de sorgo, en el centro de Burkina Faso. Imagen: Pablo Tosco/Oxfam Intermón.

En los países más vulnerables a los efectos del cambio climático, las mujeres son las que más padecen sus consecuencias por varias razones relacionadas con su papel en la sociedad. Cuando falta la comida porque la cosecha ha sido mala debido a la sequía o las inundaciones, son las mujeres las que reducen la ingesta de alimentos, con los consiguientes efectos: cansancio y problemas en su salud y en la de sus bebés.
Con 26 años, Fati ya tiene tres hijos, y con ellos tiene que caminar largas horas para acudir al médico cuando enferman. Aunque desde hace un tiempo percibe que las enfermedades se han reducido en su comunidad. La instalación de un pozo de agua potable en Tafgo, donde vive, ha sustituido al estanque en el que antes las mujeres se aprovisionaban de agua sucia que usaban para beber y cocinar. ‘Hubo un cambio positivo en nuestras vidas porque antes bebíamos y cocinábamos con agua del estanque, y teníamos muchas enfermedades’.

Fati recuerda la instalación del pozo como un día de celebraciones entre las mujeres de su pueblo. Ir a buscar agua es una tarea tradicionalmente encomendada a mujeres y niñas, por lo que tener agua cerca, permite a las mujeres ahorrar tiempo que pueden dedicar a otras actividades productivas y a las niñas, poder ir a la escuela.

La malnutrición infantil es uno de los frentes de batalla del país que en los últimos años el cambio climático no ha hecho más que agravar. En la zona del Sahel, castigada con crisis alimentarias recurrentes, unos 5,9 millones de menores de cinco años sufren de malnutrición aguda
Fati participa en talleres para prevenir la malnutrición de sus hijos. La comunidad de Tougouri, donde vive, forma parte de un proyecto desarrollado por la organización local ATAD y Oxfam Intermón para fortalecer la capacidad de adaptación de las personas de las zonas rurales más pobres del país ante unas condiciones climáticas extremas. En las formaciones, madres como ella aprenden a sacar mayor provecho de los alimentos que cocinan para suministrar los nutrientes necesarios a sus hijos en función de la edad, y conocen mejor las normas de higiene que pueden seguir para evitar enfermedades. ‘He cambiado de hábitos respecto a la alimentación de mi familia. Cubro los platos que tienen comida y no los dejo en cualquier sitio. Con las formaciones, tenemos salud’, comenta Fati, que comienza a ser dueña de su propio desarrollo.
Agricultora, mujer y madre africana, Fati tiene todas las papeletas para sufrir mucho ante los efectos del cambio climático. Junto con millones de personas más que viven en el lado más vulnerable del planeta, necesita que nos movilicemos para exigir compromiso. Vidas como la de Fati deberían estar sobre la mesa en la cumbre de Cambio Climático de Marrakech, para que quienes más contaminan se hagan cargo de su responsabilidad. El cambio climático es un fenómeno más de desigualdad: afecta más a quienes tienen menos. Pero podemos pararlo.

Yasmina Bona es periodista y trabaja en el equipo de comunicación de Oxfam Intermón. Ha viajado a Burkina Faso para conocer directamente cómo sufren las comunidades campesinas del centro del país las consecuencias del cambio climático.