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Archivo de la categoría ‘Trabajo’

Flores de café

Por Carmen Suarez

Lucila Blandón es la presidenta del movimiento Flores de café y miembro de la junta directiva de Aldea Global que, entre otros productos agrícolas, elabora y distribuye el Café Tierra Madre que comercializa Oxfam Intermón. Este café está producido por mujeres propietarias de su tierra bajo los criterios del comercio justo. Parte de los beneficios de su venta  se reinvierten en un fondo común de la cooperativa para ayudar a las mujeres a titular la tierra en la que trabajan  que,  en muchas ocasiones,  ya era de sus padres o de sus maridos,  pero que, desde un punto de vista legal, no podían reclamar como suya.

Lucila Blandón, durante una visita a Barcelona. Imagen de Pablo Tosco/Oxfam Intermón.

Lucila Blandón, durante una visita a Barcelona. Imagen de Pablo Tosco/Oxfam Intermón.

Lucila tiene 51 años y toda su vida ha transcurrido siempre en la zona montañosa de Jinotega, al Norte de Nicaragua. ‘Soy nacida y criada allí. Nací de una familia muy pobre. Mi madre se quedó viuda muy joven y nos crió a mis hermanos y a mí trabajando en una hacienda’, explica. Y allí, en unas condiciones de vida muy duras, Lucila fue creciendo junto a su familia hasta que  a los 19 años se  unió  a su compañero y ‘empecé a procrear hijos. Soy madre de ocho’ dice.

 “Mi marido y yo trabajábamos en la tierra juntos, pero llegó la guerra a mi país y él se tuvo que ir”, cuenta Lucila. En esas circunstancias, en 1979, ella se vio a sí misma como “una mujer sola, con cuatro hijos” y no le quedó más remedio que salir de casa a buscarse la vida. “Horneaba pan, empecé a sembrar y cultivar pipianes y así, poco a poco,  fui saliendo de la pobreza. En los años 80, cuando mi marido volvió de la guerra, yo ya mantenía a mi familia trabajando sola”.

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Ellas dan la nota

Por Nuria Coronado

Para quienes hacen oídos sordos a la violencia machista día sí y día también. Para quienes creen que la desigualdad y la discriminación son inventos de feministas trasnochadas. Para esos hombres y mujeres que dan la espalda a que tengamos los mismos derechos, el grupo de cuatro artistas Ellas dan la nota compuesto por Cristina del Valle, Mercedes Ferrer, Aurora Beltrán  y Estela María, lleva quince años subiéndose a los escenarios de medio mundo para decir basta.

Ellas dan la nota, en concierto. Imagen del grupo.

Ellas dan la nota, en concierto. Imagen del grupo.

Y lo hacen como mejor saben: entonando voces, afinando acordes, arrimando el hombro a ritmo de melodías. ‘Somos un grupo de mujeres artistas que a través de la música denunciamos la violencia contra las mujeres en cualquier lugar del mundo y en cualquiera de sus formas Con nuestras actuaciones tratamos de concienciar que un sociedad desigual es una sociedad enferma que acabará agonizando y provocando por el camino demasiado sufrimiento entre los millones de mujeres y niñas que la padecen’, dice Mercedes.

Para estas cuatro cantantes unir sus voces es hacer frente a lo que tanto duele y sin embargo se ignora. ‘Cantar es curar heridas, es llegar a través de la cultura y de la música al corazón y a la sensatez. Cada canción es un bálsamo, una pomada que cierra heridas y cambia conciencias. Es la mejor manera que tenemos para provocar y promover un Pacto de Estado contra la violencia machista’, añade Ferrer. Y es que con sus canciones pretenden borrar el mapa de la vergüenza de nuestro país y dibujar el del orgullo femenino. ‘A nosotras nos importa que cada año un centenar de mujeres sean asesinadas en España, que más de 1.000 mujeres sean violadas, que 500.000 sean traficadas sexualmente o que más de 400 se suiciden teniendo detrás un cuadro de violencia cada año, cifras que jamás aparecen en los datos oficiales’, subraya la cantante.

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La gran preocupación de todos los días

Por Dori Fernández Hernando

Empiezo el día echando un vistazo a Twitter, mi lista de prensa resume en unos cuantos tuits la actualidad y me sitúa. Después miro por encima el correo, la alerta diaria creada en Google sobre mujeres asesinadas no falla ninguna mañana. Es un recuento amargo, pero necesario.

No sirve de nada decir que hemos cerrado el año con 60 víctimas mortales por violencia de género; eso no muestra la magnitud del problema que tenemos como sociedad, aunque deja tranquilos a quienes han de proporcionar los medios para erradicarlo. Total, solo son media docena cada mes… y afortunadamente –para ellos- solo hay datos oficiales desde el año 99.

Mujer. Imagen de Issara Willenskomer.

Mujer. Imagen de Issara Willenskomer.

Por eso, hace ya cuatro Navidades que me entretuve en rastrear y contrastar las cifras sobre mujeres asesinadas por violencia machista en el ámbito de la pareja o expareja con el objetivo de añadirlas a las oficiales y dar mayor magnitud al problema, si cabe.

Para alguien como yo, nacida y criada en el revuelto Bilbao de los años sesenta, la comparación fue inevitable: las víctimas mortales por terrorismo en los últimos 45 años ascendían a 1.222 (fuente: Fundación Víctimas del Terrorismo); las del otro terrorismo, el machista, ascendían a 1.202 sólo desde enero de 1995 hasta el 26 de diciembre de 2012. Desde entonces, cada nuevo asesinato se suma a esa cifra.

Con motivo de este nuevo 25 de noviembre (Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra las Mujeres) tengo previstos talleres con adolescentes en unos cuantos institutos de la provincia, charlas con profesionales de ayuntamientos, con asociaciones de mujeres, hasta en una Escuela de Madres y Padres el mismo día 25 en Sanlucar La Mayor (Sevilla).

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Las tres vidas de Fati Marmoussa

Por Yasmina Bona

Fati sonreía cuando la conocí y cuando me despedí de ella. Sentadas bajo un cobertizo de paja en el patio de su casa, me explicaba cómo es su día a día en esta zona rural del centro de Burkina Faso, uno de los países más pobres del mundo. Ella es agricultora, mujer y madre. Reúne tres características que la convierten en un perfil muy vulnerable ante los efectos que el cambio climático está provocando en su país. Sequías e inundaciones extremas ponen en peligro la supervivencia de sus habitantes, y las mujeres, especialmente, están en la cuerda floja.

Como el 80% de la población de Burkina Faso, Fati es agricultora y se alimenta gracias a lo que consigue hacer crecer en sus campos. Su vida acumula muchas horas de trabajo cultivando. No fue a la escuela, lo aprendió todo de sus padres, y ahora es ella quien mañana y tarde trabaja en el campo junto a su marido para asegurar que sus tres hijos tengan algo para comer.

Pero en los últimos años, la cesta de Fati está más vacía. El clima ha cambiado, llueve menos y cuando lo hace, la lluvia es tan violenta que provoca inundaciones. Sus cosechas de sorgo y maíz apenas sobreviven a los antojos de un clima cada vez más extremo e impredecible. Las sequías se eternizan y los alimentos escasean. Y entonces, llega el hambre: ‘Vendemos nuestros animales para pagar los cereales, pero aún así tener comida sigue siendo un problema´ comenta Fati sin perder la sonrisa, como tratando de evitar la desesperación: ‘Hubo un momento en el que ya no llegaba a alimentar a mis hijos. No tenía nada más’.

Fati Marmoussa, en su campo de sorgo, en el centro de Burkina Faso. Imagen: Pablo Tosco/Oxfam Intermón.

Fati Marmoussa, en su campo de sorgo, en el centro de Burkina Faso. Imagen: Pablo Tosco/Oxfam Intermón.

En los países más vulnerables a los efectos del cambio climático, las mujeres son las que más padecen sus consecuencias por varias razones relacionadas con su papel en la sociedad. Cuando falta la comida porque la cosecha ha sido mala debido a la sequía o las inundaciones, son las mujeres las que reducen la ingesta de alimentos, con los consiguientes efectos: cansancio y problemas en su salud y en la de sus bebés.
Con 26 años, Fati ya tiene tres hijos, y con ellos tiene que caminar largas horas para acudir al médico cuando enferman. Aunque desde hace un tiempo percibe que las enfermedades se han reducido en su comunidad. La instalación de un pozo de agua potable en Tafgo, donde vive, ha sustituido al estanque en el que antes las mujeres se aprovisionaban de agua sucia que usaban para beber y cocinar. ‘Hubo un cambio positivo en nuestras vidas porque antes bebíamos y cocinábamos con agua del estanque, y teníamos muchas enfermedades’.

Fati recuerda la instalación del pozo como un día de celebraciones entre las mujeres de su pueblo. Ir a buscar agua es una tarea tradicionalmente encomendada a mujeres y niñas, por lo que tener agua cerca, permite a las mujeres ahorrar tiempo que pueden dedicar a otras actividades productivas y a las niñas, poder ir a la escuela.

La malnutrición infantil es uno de los frentes de batalla del país que en los últimos años el cambio climático no ha hecho más que agravar. En la zona del Sahel, castigada con crisis alimentarias recurrentes, unos 5,9 millones de menores de cinco años sufren de malnutrición aguda
Fati participa en talleres para prevenir la malnutrición de sus hijos. La comunidad de Tougouri, donde vive, forma parte de un proyecto desarrollado por la organización local ATAD y Oxfam Intermón para fortalecer la capacidad de adaptación de las personas de las zonas rurales más pobres del país ante unas condiciones climáticas extremas. En las formaciones, madres como ella aprenden a sacar mayor provecho de los alimentos que cocinan para suministrar los nutrientes necesarios a sus hijos en función de la edad, y conocen mejor las normas de higiene que pueden seguir para evitar enfermedades. ‘He cambiado de hábitos respecto a la alimentación de mi familia. Cubro los platos que tienen comida y no los dejo en cualquier sitio. Con las formaciones, tenemos salud’, comenta Fati, que comienza a ser dueña de su propio desarrollo.
Agricultora, mujer y madre africana, Fati tiene todas las papeletas para sufrir mucho ante los efectos del cambio climático. Junto con millones de personas más que viven en el lado más vulnerable del planeta, necesita que nos movilicemos para exigir compromiso. Vidas como la de Fati deberían estar sobre la mesa en la cumbre de Cambio Climático de Marrakech, para que quienes más contaminan se hagan cargo de su responsabilidad. El cambio climático es un fenómeno más de desigualdad: afecta más a quienes tienen menos. Pero podemos pararlo.

Yasmina Bona es periodista y trabaja en el equipo de comunicación de Oxfam Intermón. Ha viajado a Burkina Faso para conocer directamente cómo sufren las comunidades campesinas del centro del país las consecuencias del cambio climático.

50 días gratis al año: el trabajo que no cobran las mujeres

Por Lara Contreras

Soy mujer y en mi caso personal no trabajo 50 días gratis. No lo hago porque trabajo en una organización donde los hombres y las mujeres ganan el mismo sueldo por hacer el mismo trabajo. Todas y todos trabajamos mucho. Y lo hacemos para, entre otras cosas, que las mujeres no estén desde el día de hoy trabajando gratis hasta final de año, como indican las estadísticas.

Una gran parte del trabajo de las mujeres no se remunera ni se valora. Imagen de Tran Mau Tri Tam / Unsplash.

Una gran parte del trabajo de las mujeres no se remunera ni se valora. Imagen de Tran Mau Tri Tam / Unsplash.

Oxfam Intermón acaba de sacar el informe: ‘Bajan los salarios, crece la desigualdad: el impacto de las diferencias salariales en los hogares’. En este informe se pone de manifiesto como la desigualdad salarial es una de las principales causas de la desigualdad y como las caídas salariales han perjudicado a los colectivos más vulnerables. Este es el caso de las  mujeres que son las más perjudicadas por estas diferencias salariales. A nivel global, y a pesar de la incorporación de más de 250 millones de mujeres en el mercado laboral, su nivel salarial en 2015 es el mismo que el que disfrutaban los hombres 10 años atrás, en 2006.  De seguir a este ritmo, no será hasta 2133 que se conseguirá cerrar la brecha económica entre mujeres y hombres.

España es un caso paradigmático de cómo la desigualdad salarial afecta a las mujeres trabajadoras -que ganan un 18,8% menos que los hombres- lo que implica que la mujer trabaja 50 días más que el hombre para conseguir el mismo salario. Es decir, desde hoy hay millones de mujeres que van a trabajar por nada.

Además, hay muchas más mujeres que hombres que cobran el SMI o menos, que en España es irrisorio para satisfacer las necesidades básicas, el 18,6% de las mujeres trabajadoras tuvo salarios menores o iguales al mínimo, frente al 8,3% de los hombres. También ostentamos la medalla de plata de la UE en mujeres trabajadoras pobres.

Ana es trabajadora doméstica en Barcelona y cobra alrededor de 700 euros netos. Mujer, con 51 años y 2 hijos, con experiencia profesional pero sin formación reglada superior tuvo que encontrar una salida en el sector doméstico. Hoy vive en una vivienda de alquiler social, con su marido -en situación de paro de larga duración-, su hijo de 21 años y su hija pequeña. Siente que esos 700 euros netos, ante todo, le roban oportunidades a su familia y sus hijos.

Ana nos cuenta como ganar tan poco le ha hecho aislarse porque no puede tener vida social, le obliga a comer menos sano y le hace alegrarse de que su hijo no quiera ir a la Universidad porque, si hubiera querido, le tenía que haber dicho que no podía pagarla. Ganar un salario digno, ganar lo mismo que un hombre y tener las oportunidades que un hombre cambiaría su vida, le evitaría avergonzarse de ser pobre.

El hecho de que las mujeres tengan que ocuparse del trabajo de cuidados las relega a trabajos más precarios y peor pagados, además de impedirles progresar profesionalmente al mismo ritmo que los hombres. Y como ya hemos dicho antes, muchas mujeres aunque progresen ganan menos que los hombres por el mismo trabajo. Esto realmente no tiene explicación. Yo como mujer, no lo admito.

Según el presidente de la CEOE, la incorporación de las mujeres al trabajo es un problema porque no se puede crear trabajo para todos. Este tipo de afirmaciones es alarmante porque prioriza de nuevo el trabajo de los hombres frente al de las mujeres. La sociedad ya no las admite, nos avergonzamos de ellas.

Por eso, lanzamos la voz de alarma. Es urgente que nuestros políticos establezcan medidas para eliminar la brecha salarial de género penalizando a las empresas que establezcan salarios diferentes para categorías laborales idénticas en función de si son ocupadas por hombres o por mujeres. También a través de mejoras en la conciliación de la vida personal y familiar, la distribución y reparto de los cuidados.

perfil-lara-contrerasLara Contreras es Responsable de Contenidos e Incidencia en Oxfam Intermón

Cosmonautas

Por Barbijaputa

Mujeres que llegan a casa como quien llega a un oasis. Mujeres que se quitan los tacones: uno primero, el otro después, con cuidado. Que ponen los pies sobre el suelo frío, o sobre la moqueta caliente, para que la superficie plana le alivie los huesos y los músculos. Para que las pantorrillas vuelvan a su posición natural.

Mujeres que, porque son obligadas por sus empresas o porque los tacones estilizan la pierna, se suben a zapatos que tocan el suelo sólo con una punta minúscula que aguantará su peso 8, 10 o 14 horas.

Tacones. Imagen de Caitlin Wilson / Unsplash.

Tacones. Imagen de Caitlin Wilson / Unsplash.

Mujeres que alcanzan su habitación como quien consigue hacerse con la bandera de una cucaña, y se desabrochan el sujetador deseosas de notar la liberación que viene a continuación. Mujeres que sienten cómo sus pechos vuelven a su posición natural y, muchas veces, a su tamaño natural. Y respiran. Respiran profundamente y un pequeño escalofrío recorre sus nucas.

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Una historia desde Perú

Por Laura Martínez Valero

Cuando estás en Lima, es difícil mirar hacia los cerros que rodean la ciudad sin que se te encoja un poco el corazón. Secos y polvorientos, hasta donde alcanza la vista están cubiertos por pequeñas casitas de colores. Es un paisaje hermoso, pero también tiene algo de terrible, como si todo aquello no debiera estar ahí. No así.

Conocí a Sara Torres en uno de esos cerros, entre esas coloridas construcciones que vistas de cerca dan cuenta real de su precariedad. En las zonas más altas son apenas cuatro palos y una lona. En las más bajas, se pueden ver paredes de ladrillo con más frecuencia. Mi compañero Pablo y yo habíamos llegado allí para conocer el día a día de la gente que vive en las colinas, con las que nuestra organización, Oxfam, trabaja en la preparación ante un posible terremoto.

Enérgica y optimista, Sara te arrastra, literalmente, ladera arriba, ladera abajo. Muy querida por su comunidad, ha sido dirigente durante 6 años en El Trébol, uno de los miles de asentamientos humanos que pueblan las montañas. Decir que ha sido dirigente significa que se ha encargado de movilizar a todos los vecinos y vecinas para mejorar sus condiciones y construir carreteras, negociar el suministro de agua y electricidad u organizar formaciones sobre género y reducción del riesgo ante terremotos. Porque aquí si quieres algo te lo tienes que hacer tú misma. El estado se encarga de muy poco.

Sara Torres en el muro de la desigualdad, que separa los asentamientos pobres de la zona rica de La Molina. (c) Pablo Tosco

Sara Torres contempla desde lo alto el asentamiento donde vive. (c) Pablo Tosco

A medida que pasaban los días y convivíamos con Sara nos fuimos dando cuenta de que detrás de ese carácter fuerte, se escondía una Sara diferente, que se abrió a nosotros cuando menos lo esperábamos. Y comenzó a hablar: “Yo no quería tener esposo. Nunca quise tener esposo. No sé si será trauma o no sé, algo que había nacido en mí, que yo no quería tener esposo, pero si quería tener hijos”. Aún así convivió más de 20 años con un hombre con el que acabó teniendo dos hijos en común. Sin quererle, sin amarle. Rezó y rezó para que en ella se despertara un sentimiento hacia él. Pero no lo logró.

A los tres años de convivir juntos, él empezó a agredirla. Y ella también se defendía a golpes. Sara comenzó a alternar los periodos en los que justificaba esa violencia con otros en los que se le abrían los ojos. “¿Para qué hacernos daño tanto él como yo si no hay nada que nos ate a nosotros?”, se preguntaba. Pero siguió aguantando.

Aguantando porque creía que eso es lo que una líder hacía. Aguantando porque tenía una imagen y no podía perderla. “Yo no podía decir nada porque yo era dirigente. Era presidenta del comedor. Yo era una mujer ejemplo para las demás. ‘Sara, vecina Sara, está pasando esto con la vecina’. Y yo corría. ‘Vecina Sara están asaltando allá’. Y yo corría”, nos explicó.

Pero llegó un momento en el que Sara dejó de correr y se separó. Ya hace tres años de ello. Ahora recuerda aquella época con otra mirada. Se da cuenta de la gran paradoja que vivió: “Yo era la que traía gente profesional para que les dé charlas a las mujeres, para decirles: “¿Saben qué, señoras? Ustedes tienen estos derechos. Como ustedes mujeres tienen que hacer respetar sus derechos. No deben hacerse agredir con los hombres. Ustedes tienen que denunciar. Eso yo debería haber hecho hace mucho tiempo”, nos confesó en un susurro.

Querida Sara, siempre has sido una líder. Pero ahora lo eres más que nunca.

Laura Martínez Valero trabaja en el equipo de comunicación de Oxfam Intermón y participa en el proyecto Avanzadoras,

Autónoma, mujer orquesta, olvidada

Por Marian Alonso

Un tercio de los autónomos en España son mujeres. Su ritmo de crecimiento dobla el de los varones. En concreto, hay 608.790 mujeres autónomas, un 34% del total de 1,7 millones de trabajadores por cuenta propia activos, según un estudio sobre ‘Empresarios Individuales’ realizado por Informa D&B a finales de 2015.

Las diputadas no han respondido a la petición para mejorar las condiciones de las autónomas. Imagen: quéhacenlosdiputados.org

Las diputadas no han respondido a la petición para mejorar las condiciones de las autónomas. Imagen: quéhacenlosdiputados.org

Pero, pese a estos datos, existen algunos desajustes importantes. Por ejemplo, si una mujer emprendedora tiene previsto dar a luz antes de haber cotizado 180 días a la Seguridad Social no tendrá derecho a cobrar la prestación por maternidad. De igual manera, en el caso de las mujeres autónomas, no se contempla el permiso por lactancia remunerado. Un permiso remunerado que se concede a las asalariadas de una hora al día hasta que el niño/a cumpla los nueve meses y que, además, se puede acumular y sumar a la baja maternal remunerada.

Durante la baja maternal, una trabajadora autónoma deberá seguir pagando el 100% de su cuota de autónomos a no ser que contrate a una tercera persona que la sustituya con todo lo que ello comporta y pese a que la facturación de su negocio no pueda soportarlo. Y ¿qué se nos dice? que coticemos más un año antes de dar a luz para obtener una prestación, durante la baja maternal, más elevada. ¡Cómo si eso fuese tan sencillo! Estas barreras sumadas a otras de ámbito administrativo, fiscal y financiero, dificultan más el emprendimiento femenino, que el de nuestros homólogos masculinos.

En el 2015 puse en marcha una comunidad dedicada a ayudar, a través de mentoring y consultoría, a otras mujere empendedoras del mundo digital. Se llama mujer orquesta al aparato (MOA). Basada en mi propia experiencia, decidí dar un espacio a otras mujeres con la capacidad de poder desarrollar múltiples facetas en su vida y potenciar su talento. Mujeres con un gran sentido de la responsabilidad pero, también, con un gran sentido del humor, a las que pretendo ayudar.

Fue a través de este servicio de mentoring y de algunas formaciones de emprendimiento en las que participé, donde recogí las múltiples dificultades con las que otras mujeres emprendedoras se encontraban a la hora de poder materializar su negocio digital y, contando con su apoyo, decidí pasar a la acción y enviar una carta personalizada a todos los miembros del nuevo Congreso de Diputados donde remarcaba las políticas sociales y fiscales que casi nunca nos favorecen. De las 350 cartas remitidas solo he obtenido el acuse de recibo de Don Patxi López y de Don Miguel Ángel Heredia.

De los 348 diputados/as restantes no he obtenido respuesta alguna en apoyo a esta iniciativa. Ninguna diputada se ha puesto de nuestro lado ni ha hecho manifestaciones expresas. No obstante, no desisto en mi intento por hacernos escuchar. Mantengo abiertas las reivindicaciones a través del Facebook de Mujer Orquesta al Aparato (MOA) donde he recibido multitud de apoyos. Mi objetivo es que se fijen en el emprendimiento femenino como motor de recuperación económica en España y que las políticas para el sector del emprendimiento no se concentren exclusivamente en el desarrollo de Startups e I+D como se desprende de la mayor parte de los programas políticos.

Espero que el legado que pueda dejarle a mi hija, de apenas tres años y medio,  sea más prometedor de lo que resulta ser actualmente. Y sobre todo, espero aportar mi granito de arena para que las desigualdades con las que ella se encuentre en un futuro sean inexistentes.

Marian Alonso es fundadora de la comunidad Mujer Orquesta al Aparato.

¿Revolución sin mujeres?

 

Por María Teresa Fernández Ampié

“Mire compañera, la verdad es la revolución no se puede hacer sin la participación de las mujeres”

Inicio de la canción El cenzontle pregunta por Arlen, dedicada a Arlen Sui, mártir de la Revolución en Nicaragua.

Hoy 19 de julio se cumplen 37 años del triunfo de la Revolución Popular Sandinista en Nicaragua, un hecho que marcó tanto la historia del país, sino la historia personal de quienes vivimos ese momento de transformación social. Como muchas mujeres de mi generación participé en la lucha contra la dictadura somocista en el movimiento estudiantil, levantando  barricadas, y con la Revolución en las distintas tareas, la alfabetización, la recolecta de algodón y café para que el país obtuviera divisas…

Así conocí a muchas mujeres en las tareas de la Revolución Popular Sandinista: obreras agrícolas o campesinas, como Nubia Quintero. Ella con 27 años se involucró en la revolución y además de aportar en las tareas de la causa, era madre de cinco hijos y productora. Dedicaba una buena parte de su tiempo a cosechar maíz y ajonjolí, a pesar de no tener tierra propia. Participaba en la revolución con la esperanza de un futuro mejor para ella, para sus hijos y su país.

Desde el 2006, cada año las mujeres rurales organizadas le recuerdan al Gobierno de NIcaragua que tiene una deuda con las mujeres rurales. Exigen que se cumpla la ley que otorga tierra a las mujeres. Imagen: coordinadora de mujeres rurales.

Desde el 2011, cada año las mujeres rurales organizadas le recuerdan al Gobierno de NIcaragua que tiene una deuda con las mujeres rurales. Exigen que se cumpla la ley que otorga tierra a las mujeres. Imagen: coordinadora de mujeres rurales.

Como Nubia, conocí a muchas mujeres campesinas, algunas productoras y otras obreras agrícolas que trabajaban para grandes terratenientes, pero soñaban con tener una parcelita. Ellas y yo creímos que al triunfar la revolución, todas y todos seríamos beneficiados por igual. Sin embargo la reforma agraria iniciada en 1981, dos años después del triunfo, aunque reconocía el derecho de las mujeres a tener tierra, nos demostró que no fue así: de cada 100 personas a las que se entregó tierra, solamente 8 fueron mujeres. De esa manera, sin proponérselo, la revolución también contribuyó a  invisibilizar a las mujeres en el campo, y siguió la vieja cultura patriarcal de no reconocer a las mujeres como sujetas políticas de cambio y agentes de la producción agrícola.

Que la tierra estuviera en manos de los hombres era visto como algo normal, pero el involucramiento de muchas en cooperativas y otras formas organizativas y la necesidad de tener sus propios recursos como sí los tienen los hombres, les fueron abriendo un horizonte de derechos que ellas no conocían. Tanto así que hoy Nubia es la Presidenta de la Cooperativa Nuevo Amanecer, en la Comunidad Lechecuagos, del departamento de León, en Nicaragua. Después de la revolución, Nubia reconoce que las mujeres descubrieron que podían hacer muchas cosas que se consideraban tareas de hombres, como ser dueñas de la tierra, pero lamenta que aún después de tantos años, muchas no tengan parcelas propias.

En Nicaragua como en aquellos años, el gobierno sandinista hoy (en su tercer período de gobierno) afirma que no se puede hacer la revolución sin la participación de las mujeres, pero decirlo no es suficiente, como no lo fue en los años 80.  En aquel momento fue la reforma agraria la que representó la esperanza perdida, hoy tenemos la ley 717, Ley Creadora de un Fondo para compra de Tierra con Equidad de Género para mujeres rurales, aprobada en 2010 por una mayoría de diputados sandinistas y de los partidos de oposición, pero que hasta la fecha no se cumple, ya que no se asigna la partida presupuestaria que le corresponde en el Presupuesto General de la República.

Nubia, y miles de mujeres que alquilan tierra, piden prestada o producen a medias en tierra que no es suya, cada vez que llega la celebración de la revolución, esperan que por fin al Gobierno no se le pase la oportunidad de pagar la deuda que tiene pendiente con las mujeres rurales.

Pagar esa deuda contribuiría a una mayor participación política de las mujeres en organizaciones, cooperativas, salir de la violencia, negociar en el núcleo familiar, producir agroecológicamente, tener mayores ingresos para ellas y sus  familias, tener activos productivos para su empoderamiento y alcanzar una vida de bienestar.

María Teresa Fernández Ampié preside la Coordinadora de Mujeres Rurales de Nicaragua. Casi 20 años trabajando a favor de los derechos de las mujeres rurales nicaragüenses, promueve la organización y la participación activa de las mujeres en su propio empoderamiento y desarrollo.

Cinco preguntas pertinentes (o no) sobre trabajo sexual y derechos humanos

Por Ana Martínez

Gate i Oslo. Skummelt, mørkt, skremmende, stemning, natt, opplyst gatemiljø, gatelys, nattestid, ensomt, dystert, høstmørket, gatebelysning, gult gatelys, illustrasjon. Foto: © Luca Kleve-Ruud / Dagsavisen / Samfoto

Calle de Oslo por la noche. Foto: © Luca Kleve-Ruud / Dagsavisen / Samfoto

Oslo, Noruega, 11 de la noche. Las calles están vacías, a excepción de dos mujeres de origen africano que conversan bajo la luz de una farola. Varios policías vestidos de paisano se acercan y las interpelan de malas maneras: “¿Tenéis condones? ¿Dónde está vuestra documentación? No os queremos ver más por aquí”.

Acoso policial como en este caso, violencia, extorsión, hostigamiento o discriminación. Las personas que se dedican al trabajo sexual están especialmente expuestas a estas y a otras muchas vulneraciones de derechos humanos en todo el mundo. En su mayoría se trata de mujeres que, además, se enfrentan a múltiples formas de discriminación y desigualdades de género.

Amnistía Internacional ha publicado cuatro informes sobre trabajo sexual en Noruega, Argentina, Hong Kong y Papúa Nueva Guinea que evidencian los abusos y violaciones de derechos humanos que sufren las trabajadoras y trabajadores sexuales en estos países, la solución pasa por exigir a los Estados normas que protejan, respeten y hagan efectivos sus derechos humanos a la vez que abordan la trata, la explotación y la discriminación de género. Entre las medidas que Amnistía Internacional solicita a los gobiernos está la despenalización del trabajo sexual entre personas adultas cuando hay consentimiento.

Mona ejerce como trabajadora sexual y vive en las calles de Port Moresby, capital de Papúa Nueva Guinea, con sus tres hijos. A menudo, sufren agresiones verbales. “Dormimos y nos bañamos en los desagües. En ocasiones, algún cliente nos paga una habitación. Si pedimos agua a los vecinos, nos persiguen y nos insultan. Me da mucha vergüenza, pero no hay esperanza para nosotros”, explica. Las trabajadoras sexuales y sus familias están particularmente expuestas a la violencia y a otros abusos de derechos humanos. La esperanza de la que habla Mona está precisamente en leyes que garanticen que todas las personas tengan acceso a sus derechos económicos, sociales y culturales, a la educación y a oportunidades de empleo, además de que gocen de una protección y seguridad mayores. La despenalización supone eliminar las leyes y políticas que criminalizan o sancionan el trabajo sexual y reforzar aquellas que penalizan la explotación, la trata de personas o la violencia contra quienes se dedican a ello.

A Laura, una trabajadora sexual de las calles bonaerenses, la asaltaron una noche a punta de navaja. Nunca lo denunció a la policía. “No me van a escuchar porque trabajo en esto”, asegura. Cuando el trabajo sexual está penalizado, las trabajadoras y trabajadores sexuales están también privados de medidas de protección que podrían servir para aumentar la vigilancia e identificar y prevenir abusos de derechos humanos tan atroces como por ejemplo la trata. A menudo, las víctimas son reacias a denunciar si temen que la policía tome medidas contra ellas por vender servicios sexuales.

Es el caso del modelo nórdico, que prohíbe la compra de servicios sexuales, criminaliza la organización del trabajo sexual y penaliza a las personas que ejercen este trabajo y que se organizan con el objetivo de sentirse más seguras. Amnistía Internacional destaca que estas personas tienen dificultades hasta para encontrar algo tan básico como el alojamiento, ya que sus arrendadores pueden ser procesados por alquilarles un hogar. “Algunos clientes te agreden en sus apartamentos. Pueden hacerlo porque saben que estás demasiado asustada como para ir a la policía. No nos queda otra opción que obedecer sus reglas porque estamos en su casa y no podemos llevarlos a la nuestra”, explica Tina, una mujer nigeriana que trabaja en las calles de Oslo.

La doble discriminación y el estigma que sufren algunos colectivos, como el LGBTI, es otra de las principales preocupaciones en torno a la vulneración de derechos humanos en el trabajo sexual. Virginia, una mujer trans que ejerció como trabajadora sexual en Buenos Aires durante años, explica las dificultades a las que tenía que hacer frente para acceder a los servicios médicos: “Cuando estaba enferma, iba al hospital, pero la gente siempre nos maltrataba. Nos decían que fuéramos a otra clínica porque allí no podían tratarnos…”. Ante este tipo de abusos, es necesario combatir la discriminación y los estereotipos de género perjudiciales, empoderar a las mujeres y al resto de grupos marginados y garantizar que ninguna persona carece de alternativas viables para ganarse la vida.

En definitiva, ¿qué deben hacer los gobiernos para proteger los derechos de las trabajadoras y trabajadores sexuales? Amnistía Internacional demanda un marco jurídico que proteja a estas personas frente a la violencia, explotación y la coerción; que impulse su participación en la elaboración de las leyes y políticas que afectan a su vida y su seguridad; y que garantice el acceso a la salud, la educación y les ofrezca oportunidades de empleo.

Ana Martínez es periodista en Amnistía Internacional España.