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Archivo de la categoría ‘Internacional’

Las tres vidas de Fati Marmoussa

Por Yasmina Bona

Fati sonreía cuando la conocí y cuando me despedí de ella. Sentadas bajo un cobertizo de paja en el patio de su casa, me explicaba cómo es su día a día en esta zona rural del centro de Burkina Faso, uno de los países más pobres del mundo. Ella es agricultora, mujer y madre. Reúne tres características que la convierten en un perfil muy vulnerable ante los efectos que el cambio climático está provocando en su país. Sequías e inundaciones extremas ponen en peligro la supervivencia de sus habitantes, y las mujeres, especialmente, están en la cuerda floja.

Como el 80% de la población de Burkina Faso, Fati es agricultora y se alimenta gracias a lo que consigue hacer crecer en sus campos. Su vida acumula muchas horas de trabajo cultivando. No fue a la escuela, lo aprendió todo de sus padres, y ahora es ella quien mañana y tarde trabaja en el campo junto a su marido para asegurar que sus tres hijos tengan algo para comer.

Pero en los últimos años, la cesta de Fati está más vacía. El clima ha cambiado, llueve menos y cuando lo hace, la lluvia es tan violenta que provoca inundaciones. Sus cosechas de sorgo y maíz apenas sobreviven a los antojos de un clima cada vez más extremo e impredecible. Las sequías se eternizan y los alimentos escasean. Y entonces, llega el hambre: ‘Vendemos nuestros animales para pagar los cereales, pero aún así tener comida sigue siendo un problema´ comenta Fati sin perder la sonrisa, como tratando de evitar la desesperación: ‘Hubo un momento en el que ya no llegaba a alimentar a mis hijos. No tenía nada más’.

Fati Marmoussa, en su campo de sorgo, en el centro de Burkina Faso. Imagen: Pablo Tosco/Oxfam Intermón.

Fati Marmoussa, en su campo de sorgo, en el centro de Burkina Faso. Imagen: Pablo Tosco/Oxfam Intermón.

En los países más vulnerables a los efectos del cambio climático, las mujeres son las que más padecen sus consecuencias por varias razones relacionadas con su papel en la sociedad. Cuando falta la comida porque la cosecha ha sido mala debido a la sequía o las inundaciones, son las mujeres las que reducen la ingesta de alimentos, con los consiguientes efectos: cansancio y problemas en su salud y en la de sus bebés.
Con 26 años, Fati ya tiene tres hijos, y con ellos tiene que caminar largas horas para acudir al médico cuando enferman. Aunque desde hace un tiempo percibe que las enfermedades se han reducido en su comunidad. La instalación de un pozo de agua potable en Tafgo, donde vive, ha sustituido al estanque en el que antes las mujeres se aprovisionaban de agua sucia que usaban para beber y cocinar. ‘Hubo un cambio positivo en nuestras vidas porque antes bebíamos y cocinábamos con agua del estanque, y teníamos muchas enfermedades’.

Fati recuerda la instalación del pozo como un día de celebraciones entre las mujeres de su pueblo. Ir a buscar agua es una tarea tradicionalmente encomendada a mujeres y niñas, por lo que tener agua cerca, permite a las mujeres ahorrar tiempo que pueden dedicar a otras actividades productivas y a las niñas, poder ir a la escuela.

La malnutrición infantil es uno de los frentes de batalla del país que en los últimos años el cambio climático no ha hecho más que agravar. En la zona del Sahel, castigada con crisis alimentarias recurrentes, unos 5,9 millones de menores de cinco años sufren de malnutrición aguda
Fati participa en talleres para prevenir la malnutrición de sus hijos. La comunidad de Tougouri, donde vive, forma parte de un proyecto desarrollado por la organización local ATAD y Oxfam Intermón para fortalecer la capacidad de adaptación de las personas de las zonas rurales más pobres del país ante unas condiciones climáticas extremas. En las formaciones, madres como ella aprenden a sacar mayor provecho de los alimentos que cocinan para suministrar los nutrientes necesarios a sus hijos en función de la edad, y conocen mejor las normas de higiene que pueden seguir para evitar enfermedades. ‘He cambiado de hábitos respecto a la alimentación de mi familia. Cubro los platos que tienen comida y no los dejo en cualquier sitio. Con las formaciones, tenemos salud’, comenta Fati, que comienza a ser dueña de su propio desarrollo.
Agricultora, mujer y madre africana, Fati tiene todas las papeletas para sufrir mucho ante los efectos del cambio climático. Junto con millones de personas más que viven en el lado más vulnerable del planeta, necesita que nos movilicemos para exigir compromiso. Vidas como la de Fati deberían estar sobre la mesa en la cumbre de Cambio Climático de Marrakech, para que quienes más contaminan se hagan cargo de su responsabilidad. El cambio climático es un fenómeno más de desigualdad: afecta más a quienes tienen menos. Pero podemos pararlo.

Yasmina Bona es periodista y trabaja en el equipo de comunicación de Oxfam Intermón. Ha viajado a Burkina Faso para conocer directamente cómo sufren las comunidades campesinas del centro del país las consecuencias del cambio climático.

50 días gratis al año: el trabajo que no cobran las mujeres

Por Lara Contreras

Soy mujer y en mi caso personal no trabajo 50 días gratis. No lo hago porque trabajo en una organización donde los hombres y las mujeres ganan el mismo sueldo por hacer el mismo trabajo. Todas y todos trabajamos mucho. Y lo hacemos para, entre otras cosas, que las mujeres no estén desde el día de hoy trabajando gratis hasta final de año, como indican las estadísticas.

Una gran parte del trabajo de las mujeres no se remunera ni se valora. Imagen de Tran Mau Tri Tam / Unsplash.

Una gran parte del trabajo de las mujeres no se remunera ni se valora. Imagen de Tran Mau Tri Tam / Unsplash.

Oxfam Intermón acaba de sacar el informe: ‘Bajan los salarios, crece la desigualdad: el impacto de las diferencias salariales en los hogares’. En este informe se pone de manifiesto como la desigualdad salarial es una de las principales causas de la desigualdad y como las caídas salariales han perjudicado a los colectivos más vulnerables. Este es el caso de las  mujeres que son las más perjudicadas por estas diferencias salariales. A nivel global, y a pesar de la incorporación de más de 250 millones de mujeres en el mercado laboral, su nivel salarial en 2015 es el mismo que el que disfrutaban los hombres 10 años atrás, en 2006.  De seguir a este ritmo, no será hasta 2133 que se conseguirá cerrar la brecha económica entre mujeres y hombres.

España es un caso paradigmático de cómo la desigualdad salarial afecta a las mujeres trabajadoras -que ganan un 18,8% menos que los hombres- lo que implica que la mujer trabaja 50 días más que el hombre para conseguir el mismo salario. Es decir, desde hoy hay millones de mujeres que van a trabajar por nada.

Además, hay muchas más mujeres que hombres que cobran el SMI o menos, que en España es irrisorio para satisfacer las necesidades básicas, el 18,6% de las mujeres trabajadoras tuvo salarios menores o iguales al mínimo, frente al 8,3% de los hombres. También ostentamos la medalla de plata de la UE en mujeres trabajadoras pobres.

Ana es trabajadora doméstica en Barcelona y cobra alrededor de 700 euros netos. Mujer, con 51 años y 2 hijos, con experiencia profesional pero sin formación reglada superior tuvo que encontrar una salida en el sector doméstico. Hoy vive en una vivienda de alquiler social, con su marido -en situación de paro de larga duración-, su hijo de 21 años y su hija pequeña. Siente que esos 700 euros netos, ante todo, le roban oportunidades a su familia y sus hijos.

Ana nos cuenta como ganar tan poco le ha hecho aislarse porque no puede tener vida social, le obliga a comer menos sano y le hace alegrarse de que su hijo no quiera ir a la Universidad porque, si hubiera querido, le tenía que haber dicho que no podía pagarla. Ganar un salario digno, ganar lo mismo que un hombre y tener las oportunidades que un hombre cambiaría su vida, le evitaría avergonzarse de ser pobre.

El hecho de que las mujeres tengan que ocuparse del trabajo de cuidados las relega a trabajos más precarios y peor pagados, además de impedirles progresar profesionalmente al mismo ritmo que los hombres. Y como ya hemos dicho antes, muchas mujeres aunque progresen ganan menos que los hombres por el mismo trabajo. Esto realmente no tiene explicación. Yo como mujer, no lo admito.

Según el presidente de la CEOE, la incorporación de las mujeres al trabajo es un problema porque no se puede crear trabajo para todos. Este tipo de afirmaciones es alarmante porque prioriza de nuevo el trabajo de los hombres frente al de las mujeres. La sociedad ya no las admite, nos avergonzamos de ellas.

Por eso, lanzamos la voz de alarma. Es urgente que nuestros políticos establezcan medidas para eliminar la brecha salarial de género penalizando a las empresas que establezcan salarios diferentes para categorías laborales idénticas en función de si son ocupadas por hombres o por mujeres. También a través de mejoras en la conciliación de la vida personal y familiar, la distribución y reparto de los cuidados.

perfil-lara-contrerasLara Contreras es Responsable de Contenidos e Incidencia en Oxfam Intermón

Soñando una Colombia sin guerra

Por Raquel Checa

“Nunca creí que viviría esto” esas son las palabras con las que arrancó Estebana su intervención este martes 27 de septiembre, en los primeros minutos de una reunión de alrededor de 30 mujeres colombianas en Bogotá. Allí estábamos, todas de pie, en círculo, mirándonos a los ojos y compartiendo cómo nos sentíamos a pocas horas de haber visto, o mejor diríamos vivido,  la firma final de la Paz entre el Gobierno de Colombia y la guerrilla de las FARC-EP (Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia – Ejército del Pueblo).

Manifestación por las víctimas del conflicto en Colombia. Imagen de Oxfam Intermón.

Manifestación por las víctimas del conflicto en Colombia. Imagen de Oxfam Intermón.

En ese círculo, una a una compartimos nuestros sentimientos, nuestras emociones, nuestros sueños de esperanza y de paz; de una paz que ahora se ve más cerca que nunca. Muchas palabras en memoria de todos los muertos, desaparecidos y víctimas de este conflicto armado.

No son palabras al aire. Algunas de las participantes de la reunión están en esa lista de víctimas. Cargan con historias de vida muy duras. Una de ellas compartió cómo a pesar de haber sido víctima de violencia sexual por actores armados y haber perdido dos hijos en esta guerra, ha sabido perdonar y ahora quiere avanzar hacia la paz porque sueña con dejar a sus nietos un país mejor.

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Por el recuerdo de una niña refugiada

Por Winnie Byanyima

Lloraba a mares cuando llegué al Reino Unido como refugiada.

Recuerdo cómo me miraba el policía del puesto de control de inmigración. A mí, una niña africana, pequeña, perdida y desconsolada. Me había pillado con un billete falso de 100 dólares. ‘No sabía que era falso’, traté de explicar. En Uganda, bajo la dictadura de Idi Amin, no teníamos más remedio que cambiar dinero en el mercado negro. Pensé que mi suerte se había acabado y que iba a ir a la cárcel.

Jeanne Berat

Jeanne Berat, de República Centroafricana, tuvo que huir al sur de Chad para salvar su vida y la de sus hijos. Imagen de Pablo Tosco/Oxfam Intermón.

El viaje había sido peligroso. Mi madre y yo tuvimos que marcharnos de repente. Huimos a Kenia de noche. Teníamos miedo porque muchas personas que también habían huido habían muerto, pero estábamos desesperadas. La gente nos ayudó durante nuestro viaje hasta llegar a un país que acogía refugiados: el Reino Unido. .

Pero mi suerte no se había acabado. El policía me dijo unas palabras que nunca olvidaré: ‘Te perdono porque sé que vienes de una situación muy difícil’. ¡Estaba a salvo! Pronto tendría la suerte de recibir una buena educación gracias a una beca para refugiados.

Ese policía, ese día, ese país, cambiaron mi vida. Me trajeron finalmente hacia Oxfam, donde puedo contribuir a la lucha por la justicia social que siempre me ha impulsado.

Mi experiencia no es comparable a las que he escuchado de otras personas que también se han visto obligadas a abandonar sus hogares en todo el mundo. Pero me ayuda a comprender por qué necesitamos encontrar con urgencia las formas más justas y efectivas de apoyar a estos millones de personas vulnerables y traumatizadas.

El mundo se enfrenta a la crisis de desplazamiento más grave de la que existen registros. Más de 65 millones de personas han tenido que dejar sus casas por el conflicto, la violencia o la persecución. Dentro de tres días se celebrará la primera Cumbre de Naciones Unidas por los refugiados y migrantes en Nueva York. No podría haber llegado en un momento más oportuno.

Estoy orgullosa, como persona que una vez fue refugiada, de asistir a este evento. Es una oportunidad para que el mundo se una y acuerde un enfoque común. Al final, por supuesto, la gente que ha tenido que huir es un síntoma de causas de origen como la guerra, la violencia, la persecución, el cambio climático y la pobreza. El mundo tiene que hacer más para resolver estos problemas.

Y necesitamos una respuesta ambiciosa para apoyar a las personas que buscan refugio y asegurarnos de que pueden vivir con paz y seguridad. No es problema ajeno, es nuestro.

Si todos podemos imaginar por un minuto ‘¿Qué pasaría si fuera yo?’, podemos empezar a entender que la suerte y la resiliencia nunca pueden ser suficientes. Necesitamos humanidad, no sólo de las personas corrientes, sino también de nuestros gobiernos, que tienen la obligación de protegernos con buenas leyes.

Todas las personas que se han visto obligadas a huir de los conflictos, la violencia, los desastres o la pobreza o en busca de una vida mejor tienen derecho a ser tratadas con dignidad y respeto. Los refugiados también deben tener acceso a oportunidades para trabajar y estudiar y para cualquier otra cosa que permita a las personas llevar una vida digna y productiva.  ¿De qué otra forma podrían, si no, hacer su contribución al país que les ha acogido?

Generaciones enteras de niños y niñas refugiados se están viendo privadas de una educación, lo que disminuye sus opciones de conseguir empleo, obtener ingresos y pagar impuestos. Los Gobiernos deben garantizar que tanto las niñas como los niños tengan un acceso igualitario a la educación.

Sin embargo, las expectativas de estas cumbres son desalentadoras incluso antes de que hayan comenzado

Me indigna la obstinada negativa de los Gobiernos ricos a acoger más refugiados. Y, por otro lado, no se puede acusar a muchos países en desarrollo de dar la espalda a los millones de personas que ponen en riesgo sus vidas y las de sus hijos al huir en busca de protección.

¿Tan poco valor dan los líderes de los países ricos a las vidas de esos desafortunados niños y niñas que buscan desesperadamente un hogar seguro?

Cerca del 86% de los refugiados y solicitantes de asilo vive desplazado en países de renta media o baja; países cuya ciudadanía ya se ha acostumbrado a compartir sus aulas y hospitales con estas personas. Uno de cada cinco habitantes del Líbano es refugiado sirio. Y la cuarta ‘ciudad’ más grande de Jordania es un campo de refugiados.

Muchos países africanos conocen desde hace tiempo su responsabilidad de proteger a las personas obligadas a huir (a una escala masiva). Y esta responsabilidad prevalece. Un reciente análisis de Oxfam muestra que los países de la Unión Africana acogen a más de una cuarta parte de los 24,5 millones de refugiados y solicitantes de asilo del mundo a pesar de representar tan solo un 2,9% de la economía mundial.

Mi propio país, Uganda, acoge a más de medio millón de refugiados y solicitantes de asilo. Allí, los refugiados tienen garantizado su derecho –como deberían tenerlo en cualquier país– a trabajar, a abrir negocios, a asistir a la escuela, a desplazarse libremente y a tener propiedades. También se les proporciona tierras para el cultivo.

El número de personas desplazadas internas, obligadas a huir dentro de las fronteras de su propio país, es aún mayor. Y resulta escandaloso que se ignore a estas personas en las cumbres. El África subsahariana acoge a casi un 30% de las personas desplazadas internas debido a los conflictos y la violencia, por ejemplo, en Nigeria, donde un violento conflicto que dura ya siete años y que también afecta a Níger, Chad y Camerún ha provocado una crisis humanitaria regional.

Así que debemos rebajar nuestras expectativas: dada la situación actual, no podemos esperar compromisos por parte de los Gobiernos ricos de acoger y dar apoyo a más refugiados. Tampoco podemos esperar que se ofrezca a la población refugiada un mejor acceso al trabajo y los estudios.

Pero aún queda tiempo para que los Gobiernos rectifiquen. Siempre lo hay.

Por ahora, corremos el riesgo de que estas cumbres no sean más que un tímido primer paso para ayudar a los millones de personas que se han visto obligadas a huir. Por el contrario, deberían constituir un punto de inflexión en esta crisis.

Los Gobiernos, y las personas que los conforman, deben recordar su humanidad, la misma que yo encontré cuando me acogieron no hace tanto tiempo.

Winnie Byanyima es Directora Ejecutiva de Oxfam Internacional.

Colombia: no habrá paz sin las mujeres

Por Arantxa García Gangutia

“Hay evidencias cuantitativas en otros países de que cuando se introduce el concepto de género en una situación de postconflicto, las probabilidades de que los acuerdos sean sostenibles en el tiempo se multiplican” (Belén Sanz, Directora de ONU Mujeres en Colombia)

Manifestación en Colombia para exigir búsqueda de desaparecidos. EFE.

Manifestación en Colombia para exigir búsqueda de desaparecidos. EFE.

Desgraciadamente estamos muy acostumbradas a ver procesos de construcción de paz en los que las mujeres están prácticamente ausentes. ¿Cómo es posible construir una paz duradera dejando sin voz a más de la mitad de la población? Sus historias no pueden permanecer invisibles y así lo han entendido en las negociaciones de paz de Colombia: un 48% de las víctimas del conflicto armado son mujeres y un 52% de las casi 8 millones de personas desplazadas también son mujeres.

Se trata de la primera vez que en un proceso de paz se hace el esfuerzo para ver los impactos diferenciados entre hombres y mujeres. El resultado para muchas activistas por los derechos de las mujeres ha sido todo un ejemplo para cualquier proceso de construcción de paz y un hito para el feminismo latinoamericano.

El trabajo realizado por la subcomisión de género, en el que han participado de manera muy activa organizaciones como Sisma Mujer, ha contado con una representación muy diversa (tres delegaciones de expertas, lideresas regionales, excombatientes y activistas LGBT) y ha conseguido su objetivo: incluir en el Acuerdo de Paz un enfoque que velara por los derechos de las mujeres y de la comunidad LGTBI en torno a aspectos tan importantes como la propiedad de la tierra, la reparación a las víctimas de violencia y el acceso a los órganos de decisión.

Cambiar el machismo, profundamente enraizado en la sociedad colombiana y exacerbado por un conflicto armado que ha durado más de 50 años, no es tarea fácil. Las organizaciones de la sociedad civil que luchan por los derechos de las mujeres tienen claro que queda mucho camino por recorrer tras la firma del Acuerdo de Paz, pero sobre el papel ya se han producido cambios significativos.

Los delitos sexuales no serán amnistiables

‘El daño que sufre tu alma nunca desaparece’ contaba la periodista y superviviente de violencia sexual en Colombia, Jineth Bedoya, que ha luchado en estos años para conseguir que la violencia sexual durante el conflicto armado no permaneciera impune. Una lucha que ha dado sus frutos: el Acuerdo de Paz incluye que los delitos de violencia sexual no sean amnistiables y la creación de un equipo de investigación especial para casos de violencia sexual  dentro de la Jurisdicción Especial para la Paz, y en la Comisión de Verdad.

Titularidad de la tierra para las mujeres: El Acuerdo de Paz incluye que la reforma rural reconozca el papel que desempeñan las mujeres en las zonas rurales y propone soluciones a un importante problema como es el de la titularidad de la tierra. Cuando sus maridos o compañeros han muerto o desaparecido, ellas no tienen acceso ni al título de propiedad, ni a un crédito que les permita explotarlas. También se propone que el Fondo de tierras prevea el acceso a la tierra de manera especial para las mujeres campesinas.

Acceso de las mujeres a espacios de participación

El Acuerdo de Paz también anuncia medidas para facilitar la participación política de las mujeres y la comunidad LGTBI en los distintos espacios de representación y toma de decisiones que se crearán para la puesta en marcha del Acuerdo. Aunque queda aún mucho por concretar y no se menciona de manera explícita la paridad, se trata de un primer paso muy importante.

Arantxa García Gangutia es periodista y trabaja en Comunicación e Incidencia en la ONG InspirAction

Una historia desde Perú

Por Laura Martínez Valero

Cuando estás en Lima, es difícil mirar hacia los cerros que rodean la ciudad sin que se te encoja un poco el corazón. Secos y polvorientos, hasta donde alcanza la vista están cubiertos por pequeñas casitas de colores. Es un paisaje hermoso, pero también tiene algo de terrible, como si todo aquello no debiera estar ahí. No así.

Conocí a Sara Torres en uno de esos cerros, entre esas coloridas construcciones que vistas de cerca dan cuenta real de su precariedad. En las zonas más altas son apenas cuatro palos y una lona. En las más bajas, se pueden ver paredes de ladrillo con más frecuencia. Mi compañero Pablo y yo habíamos llegado allí para conocer el día a día de la gente que vive en las colinas, con las que nuestra organización, Oxfam, trabaja en la preparación ante un posible terremoto.

Enérgica y optimista, Sara te arrastra, literalmente, ladera arriba, ladera abajo. Muy querida por su comunidad, ha sido dirigente durante 6 años en El Trébol, uno de los miles de asentamientos humanos que pueblan las montañas. Decir que ha sido dirigente significa que se ha encargado de movilizar a todos los vecinos y vecinas para mejorar sus condiciones y construir carreteras, negociar el suministro de agua y electricidad u organizar formaciones sobre género y reducción del riesgo ante terremotos. Porque aquí si quieres algo te lo tienes que hacer tú misma. El estado se encarga de muy poco.

Sara Torres en el muro de la desigualdad, que separa los asentamientos pobres de la zona rica de La Molina. (c) Pablo Tosco

Sara Torres contempla desde lo alto el asentamiento donde vive. (c) Pablo Tosco

A medida que pasaban los días y convivíamos con Sara nos fuimos dando cuenta de que detrás de ese carácter fuerte, se escondía una Sara diferente, que se abrió a nosotros cuando menos lo esperábamos. Y comenzó a hablar: “Yo no quería tener esposo. Nunca quise tener esposo. No sé si será trauma o no sé, algo que había nacido en mí, que yo no quería tener esposo, pero si quería tener hijos”. Aún así convivió más de 20 años con un hombre con el que acabó teniendo dos hijos en común. Sin quererle, sin amarle. Rezó y rezó para que en ella se despertara un sentimiento hacia él. Pero no lo logró.

A los tres años de convivir juntos, él empezó a agredirla. Y ella también se defendía a golpes. Sara comenzó a alternar los periodos en los que justificaba esa violencia con otros en los que se le abrían los ojos. “¿Para qué hacernos daño tanto él como yo si no hay nada que nos ate a nosotros?”, se preguntaba. Pero siguió aguantando.

Aguantando porque creía que eso es lo que una líder hacía. Aguantando porque tenía una imagen y no podía perderla. “Yo no podía decir nada porque yo era dirigente. Era presidenta del comedor. Yo era una mujer ejemplo para las demás. ‘Sara, vecina Sara, está pasando esto con la vecina’. Y yo corría. ‘Vecina Sara están asaltando allá’. Y yo corría”, nos explicó.

Pero llegó un momento en el que Sara dejó de correr y se separó. Ya hace tres años de ello. Ahora recuerda aquella época con otra mirada. Se da cuenta de la gran paradoja que vivió: “Yo era la que traía gente profesional para que les dé charlas a las mujeres, para decirles: “¿Saben qué, señoras? Ustedes tienen estos derechos. Como ustedes mujeres tienen que hacer respetar sus derechos. No deben hacerse agredir con los hombres. Ustedes tienen que denunciar. Eso yo debería haber hecho hace mucho tiempo”, nos confesó en un susurro.

Querida Sara, siempre has sido una líder. Pero ahora lo eres más que nunca.

Laura Martínez Valero trabaja en el equipo de comunicación de Oxfam Intermón y participa en el proyecto Avanzadoras,

En el Día de África: un futuro para María

Por Julia-Serramitjana
desde Bangui

María es centroafricana y tiene poco más de un mes. Su vida ha empezado en el campo de desplazados de Capucien, a las afueras de Bangui, la capital de República Centroafricana. Sin casa, ni hospital, ni agua corriente ni luz.
Su madre, Keemzith, recuerda perfectamente el día en que llegó a este lugar: era el 5 de diciembre de 2013. Fue el mismo día en el que tuvo que abandonar su barrio a causa de la violencia, en una de las terribles crisis que han sacudido las vidas de la gente en Centroáfrica en los últimos años. Y aquí siguen desde entonces, en un descampado al lado de una iglesia donde también se concentra un centenar de personas más. Aguantando como pueden.

María, en brazos de su madre en el campo de refugiados de Capucien, en República Centroafricana. Imagen de Júlia Serramitjana/Oxfam Intermón.

María, en brazos de su madre en el campo de desplazados de Capucien, en República Centroafricana. Imagen de Júlia Serramitjana/Oxfam Intermón.

La situación es mucho más tranquila, pero no han podido recuperar sus vidas. ‘Aquí no tenemos nada, vinimos corriendo cuando atacaron nuestras casas‘, recuerda Keemzith. Sostiene a su hija con delicadeza y con actitud tranquila y serena, a pesar de todo. A ella la puede alimentar con leche, pero no a sus otros 3 hijos. ‘No hay nada que comer aquí‘, explica. Si las cosas no cambian, cuando María crezca tampoco tendrá qué llevarse a la boca.

Hoy, 25 de mayo se celebra el Día de África, una jornada conmemorativa que tiene como objetivo celebrar los logros del continente y reflexionar sobre sus problemas. En República Centroafricana no parece que haya mucho que celebrar, la verdad.
Casos como el de María son descorazonadores en un lugar del mundo en el que se concentra gran parte de la población joven. Los hombres y mujeres que vendrían a representar el futuro de nuestro planeta. Y es que el 40% de la población de la República Centroafricana tiene menos de 14 años pero la esperanza de vida no llega a los 50 años.

¿Qué futuro cabe esperar? Quizá, con ayuda de todos, el país pueda superar la situación de crisis, y la familia de María pueda rehacer su vida. Y  conseguir que estos primeros días en un campo de desplazados sean sólo un recuerdo borroso, o se olviden completamente. Porque María merece un futuro.

Júlia Serramitjana es periodista y trabaja en Oxfam Intermón. Actualmente destacada a República Centroafricana.

Quiero enseñar las tetas, en nombre de Rosa Elvira

Por Lula Gómez

“(Rosa Elvira) puso en riesgo su integridad y vida, hasta el punto de que JAVIER VELASCO le cercenó su existencia; si ROSA ELVIRA CELY no hubiera salido con los dos compañeros de estudio después de terminar sus clases en las horas de la noche, hoy no estuviéramos lamentando su muerte”, señala el documento jurídico de la Alcaldía de Bogotá emitido hace unos días. Con él se defiende de las acusaciones de la familia de la mujer asesinada (Rosa Elvira Cely) contra varias entidades del Distrito, acusadas de no haber prestado atención oportuna para evitar su trágica muerte.

Está claro, lo dice la ley, si eres mujer no puedes salir con tus colegas de clase por la noche: tienen derecho a matarte. Si has nacido fémina, no puedes aparcar tu coche en un descampado: puede haber alguna fiera que te ataque y tú tendrás la culpa por haber osado a dejar el coche donde podías. Si tienes tetas, cúbretelas: no vayas a provocar la sexualidad del contrario y claro, ¡se las enseñaste! Volvamos a la burka. Si te violan, pregúntate si cerraste bien las piernas, porque de lo contrario, eres una facilona (así lo preguntó la magistrada del Juzgado de Violencia sobre la Mujer número 1 de Victoria a una pregunta víctima hace apenas unos meses.

Protestas en el lugar donde apareció el cuerpo de Rosa Elvira. Imagen de Julián Ortega Martínez. Licencia CC.

Protestas en el lugar donde apareció el cuerpo de Rosa Elvira. Imagen de Julián Ortega Martínez. Licencia CC.

Todo esto viene a colación porque Colombia estos días vive indignada bajo la campaña #RosaElviranoesculpable. En el año 2012 un asesinato conmovió al país, el de Rosa Elvira Cely, a quien mató en un parque un compañero de estudio. Aquella aberración terminó con su vida (la de ella) y una ley, una norma que lleva su nombre, Rosa Elvira Cely. Gracias a esa norma, en Colombia el crimen contra una mujer por su condición femenina en un delito autónomo (feminicidio) y conlleva una de las mayores penas entre los homicidios. Cuesta por eso entender el documento remitido estos días, por muchas excusas que se hayan presentado después. ¡Los políticos salpicados dicen además que no se utilice la violencia de género contra ellos!

Pero, por qué en vez de capar nuestras libertades no enseñamos quienes asumen esa máxima que lo abominable no es la hora a la que lleguemos borrachas y a rastras?. En la escuela debemos repetir a los violentos que el crimen está en acosar, matar, abusar, molestar… y eso es lo que debe repararse. En nombre de Rosa Elvira hoy quiero enseñar las tetas y pedir dimisiones, la de quienes siguen pensando que Rosa Elvira no tenía que haber salido de su casa. ‪#‎RosaElviraNoEsCulpable #‎RenuncieMiguelUribe.

Lula Gómez, escritora y periodista todoterreno. Actualmente dirige su propia agencia desde la que propone contenidos, edita, crea y ejecuta ideas de comunicación. Ha dirigido el documental Mujeres al frente, la ley de las más nobles, sobre siete protagonistas de la historia reciente de Colombia.

Ciento setenta y dos mujeres en la pausa del café

Por Belén de la Banda

Tengo que reconocer que cuando se habla de café no puedo ser imparcial. La única adicción que no he podido quitarme nunca más allá de dos o tres días es el café con leche. Ahora mismo, mientras escribo, tengo la taza llena al alcance de la mano derecha. Y mientras lo preparo, y cuando lo tomo, me siento bien. Y el concepto de pausa de café me resulta una de las ideas más estimulantes: en medio de cualquier evento, supone un momento de encuentro libre con las personas que nos encontramos en ese camino. Y en los días de trabajo, las pocas veces que hay un hueco, supone un estupendo momento especial con las compañeras.

Betty ha encontrado nuevas oportunidades de desarrollo gracias al cultivo del café Tierra Madre. Imagen: Sergi García / Oxfam Intermón.

Betty ha encontrado nuevas oportunidades de desarrollo gracias al cultivo del café Tierra Madre. Imagen: Sergi García / Oxfam Intermón.

Por eso me ha resultado muy simpática la propuesta del Día Mundial del Comercio Justo, que se celebra mañana sábado: la mayor pausa de café del mundo, #FairTradeChallenge. Donde estés, con quien estés, diez o quince minutos para reflexionar en torno a una taza sobre lo mucho que puedo hacer para mejorar la vida de otras personas.

Para mí este año también va a ser muy especial ese momento. Lo celebraré con mi familia (tendrá que ser pausa-café y pausa-chocolate, e incluso pausa-galletas para tener a todos satisfechos). Lo que es seguro es que sabremos de quién acordarnos. Porque desde hace cinco años seguimos la historia de las mujeres que cultivan café en Nicaragua, y ahora añadiremos a las cooperativas de mujeres que se incorporan a enviarnos su café desde Uganda bajo la etiqueta Tierra Madre.

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De la huida a la reconstrucción personal: la historia auténtica de una refugiada

Por Maribel Maseda

La situación mundial está siendo tan compleja y difícil que a duras penas se puede decidir en cual de los conflictos  fijar la mirada. La guerra de Siria ha tomado mayor protagonismo cuando sus efectos han puesto en peligro o en evidencia  posiciones y acuerdos  entre algunos países  que no pensaban tener que revisar tan pronto y que quizá por razones de ego no habían contemplado el factor de lo imprevisible, aún cuando la fragilidad de las relaciones entre ellos siempre había sido por todos conocida.

Aní huyó de la guerra y se ha convertido en una profesional valiosa en nuestra sociedad. Imagen: Maribel Maseda.

Aní huyó de la guerra y se ha convertido en una profesional valiosa en nuestra sociedad. Imagen: Maribel Maseda.

 

Hablo con Aní, refugiada armenia que llegó a España hace años huyendo de la guerra de Nagorno Karabaj,lo más difícil para mí ha sido dejar esa noche mi casa sabiendo que no volvería a verla nunca más; de un día para otro, es como arrancar del corazón todo lo que has vivido desde que naciste’.

Quiere mantenerse en el anonimato. No quiere ser estigmatizada por su historia, y aunque dice haber recibido muchas ayudas altruistas de parte de los españoles, en su ruta hacia un ‘refugio’ seguro, también ha vivido rechazos y desconfianzas hacia su persona. La recurrencia de las guerras pone al descubierto la capacidad del mundo de  negociar la vida. Pero el mundo se escapa de las manos del  ciudadano, que solo puede esperar que sus dirigentes posean esa capacidad. Pero además, le hace tomar conciencia de que lo lejano no siempre es sinónimo de ajeno. Y ha pasado de preguntarse ‘¿por qué ha ocurrido y qué más va a ocurrir?‘ para temer un ‘¿podría ocurrirnos a nosotros?’.

La realidad va mucho más allá de lo que uno pueda imaginarse leyendo, escuchando o viendo las noticas relacionadas. Aní tuvo suerte de lograr finalizar sus estudios durante su ruta de huida ‘yo no pedía trabajar en mi profesión; pedía que me dieran la oportunidad de buscar cualquier trabajo, tenía una bebé de meses y tenía que alimentarla’.

Una vez que la persona refugiada deja su vida, debe esperar el momento que le den para enfrentarse a las nuevas circunstancias que va a vivir a partir de ese momento: el idioma, las costumbres, los requisitos burocráticos y legales, el hogar, su familia, la salud deteriorada durante tanta incertidumbre y adversidades… pero antes de llegar a esto, debe salir del lugar intermedio en el que está hoy.  Porque hoy los refugiados sirios están esperando en medio de todo y de nada a tener esa oportunidad.

 ‘Cada uno llegaba al aeropuerto como podía; los Cascos Azules intentaban organizarlo de manera que se facilitara la salida; allí había mucha gente a la que habían echado de sus casas con lo puesto, en pijama, chanclas, esperando que les llevaran en algún vuelo. Si nos quedábamos, podían matarnos en cualquier momento’.

Aní recuerda que en alguno de los países por los que pasó, la existencia de centros de acogida y refugio ofrecía ciertas garantías básicas de supervivencia, sin embargo, en otros en los que no existían, uno tenía que contar con su espíritu de lucha y fortaleza para vencer las inclemencias de cada día.

Y es que la realidad del refugiado incluye la certeza de que durante mucho tiempo ya no podrá gozar de autonomía, ni de la libre elección del minuto siguiente; va a necesitar de la disposición de otros  a ayudarles para sobrevivir.

Hoy Aní está perfectamente adaptada a España y espera que le aprueben la petición de la nacionalidad. Sabe que su integración requiere de la renuncia a la tristeza por la pérdida y no habla de ella. Tiene la posibilidad de mirar al futuro y gracias a esa oportunidad que le dieron algunos, en una de esas vueltas de la vida, otros pudieron tener una mejor calidad en la suya gracias a su intervención.

Dar refugio no es solo dejar estar. La magnitud del sufrimiento de los refugiados sirios puede contarse sin mencionar  los  factores que enredan la comprensión del problema; sin utilizar versiones de uno u otro país; sin recurrir a tratados, pactos, estados o  gobiernos. Sin terminologías que especializan una situación que debería ser un asunto global y que devuelve el control de los derechos humanos a esferas que le quedan muy lejanas al ciudadano.

Pero para que un refugiado pueda contar que en su camino encontró ayuda en personas desconocidas, hay que conocer su existencia. Atreverse a intentarlo aún cuando uno crea que al no  entender de política o no creer en ella o no saber qué versión dar como válida no podrá implicarse en la ayuda humanitaria y solidaria tan fundamental en toda catástrofe y que es la que en verdad define la evolución humana. Aún cuando sepa que la solución real necesitaría de actitudes que hoy identificaría de pura demagogia porque él mismo ha perdido la confianza.

El drama de los refugiados sirios ocupa ahora los primeros espacios en las agendas políticas aunque lamentablemente no parece que sea debido a motivos prioritariamente humanitarios. El ciudadano de a pie se pregunta cómo se ha podido llegar a una situación semejante de desorganización y desconexión internacional. En ella, el  sálvese quien pueda parece quedar escrito en tinta invisible tras los compromisos, que como es habitual, le llegan en medio de sus propios intentos de discernir qué parte de lo que le cuentan es real y objetiva, cual necesaria para los intereses  que ya sabe que de seguro existen  y cual para la solución real y humanitaria. Cuando intenta comprender el conflicto se topa con unos embrollados antecedentes de los que debe partir, en los que participa una multitud internacional donde nada es lo que parece y donde las confianzas son tan frágiles como condicionadas.

Mientras tanto, miles de mujeres, hombres, niños y niñas que poseen sus ilusiones para la vida, sus proyectos para llevarla a cabo, sus aportaciones que ofrecer a la sociedad si esta les da la oportunidad, han perdido incluso sus propios nombres y han pasado a llamarse todos igual: refugiados. Y en este enorme grupo, ya de nada vale la propia identidad ni todo aquello que pensaban harían en la vida.

A partir de ahora, la vida se les concede.Y  así, se tejen soluciones en base a deudas invisibles para muchos pero sólidamente grabadas que reforzarán las consecuencias de la  pérdida del arraigo, la de la identidad y con ella, la de sus derechos como seres humanos.

Debemos atrevernos a mirar más allá de la complejidad creada. De otro modo, miles, millones de personas, quedarán ocultas tras ella.

El desconocimiento de la realidad de este tipo de conflictos permite que se mantenga y se repita la impunidad con la que se generan.

Maribel Maseda es Diplomada Universitaria en Enfermería, especialista en psiquiatría y experta en técnicas de autoconocimiento. Autora de obras como Háblame, El tablero iniciático, y La zona segura.